Voces ensortijadas 194. 6 años y contando. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       6 años y contando
                  María Gabriela López Suárez


La entrada del otoño en este 2023 ha estado llena de una intensidad de emociones, de paisajes, de  manifestaciones de la naturaleza en su mayor plenitud. También se puede percibir desde nuestro terruño chiapaneco y me atrevo a decir que en el ámbito nacional, el aroma a las festividades del Día de Muertos, aún estando en octubre.
         Y en este incesante tic tac que marca el reloj, se va caminando la vida, con sus sabores gratos, sus sinsabores, sus sorpresas, retos, el ir y venir de los pasos que cada quien recorre, a su tiempo, a su modo, así como también está el constante recordar lo efímero de nuestro paso por este mundo. Ante lo cotidiano, lo más común, lo simple que nos rodea, que me rodea, que te rodea, se encuentra la observación, la contemplación, el asombro, el regocijo y aprendizajes que intento plasmar cada semana a través de las letras que integran las Voces ensortijadas.
         Hace alrededor de dos semanas, conversando con un amigo, me percaté que el pasado 3 de julio esta columna llegó a su sexto aniversario. Gracias Alan por preguntarme cuándo y cómo surgieron estas Voces ensortijadas. En esta ocasión aplico lo del refrán que dice más vale tarde que nunca, para hacer referencia al agradecimiento por estos 6 años y lo que conlleva este proyecto que se enriquece cada día con quienes son parte del público lector de los textos que semanalmente tecleo.
         Agradezco desde el corazón a cada lectora, lector de la columna, familiares, amistades, gracias por el tiempo para leer las líneas, gracias por su motivación, su confianza para hacerme llegar sus comentarios, las anécdotas o recuerdos con los que resuenan al leer cada texto.
        Va mi agradecimiento también para el portal Chiapas Paralelo por estos 6 años de brindarme espacio para publicar la columna.   Asimismo,  agradezco a Letras, ideaYvoz y Roger Octavio Gómez Espinosa, por el espacio  para divulgar esta columna y por el incentivo para animarme a integrar la Antología I. 2020-2021 de las Voces ensortijadas que se ha presentado de manera virtual y presencial en San Cristóbal de Las Casas. Gracias a Begoña Sánchez por el apoyo para compartir las Voces ensortijadas en formato radiofónico en su programa en Radio Siberia
         Aprovecho para compartirles, con mucho gusto, que las Voces ensortijadas. Antología I. 2020-2021 se presentará en este mes de octubre en el IV Congreso Internacional de Enfoque Intercultural “Interculturalidad y Construcción de Paz” y VII Coloquio de   Interculturalidad a realizarse en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.
6 años y contando, escribir es parte de lo que me gusta hacer,  es a la vez una especie de diálogo con lo que me rodea, una manera de canalizar lo que se percibe en lo cotidiano y también es una terapia con la que conecto y que valoro como herramienta para comunicar. Gracias, gracias, gracias.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 193. Después de la tormenta llega la calma. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
           Después de la tormenta llega la calma
                  María Gabriela López Suárez

Marilú despertó de pronto, la razón había sido el sonido de los truenos acompañados de una fuerte lluvia. Revisó el reloj, las 3:45 de la mañana. Aún tenía espacio para dormir otro rato, el despertador tenía programada la alarma para las 6:30 de la mañana. 
         Los truenos y la lluvia poco contribuyeron para que Marilú conciliara el sueño, finalmente logró dormirse. Para su buena fortuna la alarma no sonó tan pronto, o al menos eso percibió al apagarla. Permaneció unos  minutos más en la cama hasta que decidió levantarse.
         Abrió la ventana de la habitación para percibir el olor a tierra mojada y verificar si la lluvia había cesado. Aún se hacía presente una leve llovizna. Supuso que el agua de la regadera estaba fría y decidió bañarse con agua caliente, buscó su resistencia eléctrica. Dejó calentando el agua mientras se preparaba un licuado con duraznos y fresas.
        Se bañó y arregló rápidamente. Revisó el reloj, marcaba las 7:28, estaba justo a tiempo para  salir rumbo a su trabajo. Bebió su licuado. Jaló su chamarra de mezclilla, su bolsa y su paraguas y salió de casa. Caminó alrededor de tres cuadras, llegó a la parada del microbús. Había una unidad con varios lugares, se subió y sentó en la tercera fila, eligió el asiento de la ventanilla. 
            Mientras el microbús hacía su recorrido, Marilú observaba con atención las gotas de agua que decoraban el cristal de la ventana. A lo lejos los cerros aún se veían cubiertos con la neblina propia de la lluvia que recién había escampado. Ese paisaje le provocaba nostalgia, venían a su mente los días de la infancia en los que suspendían las clases y ella y sus vecinas solían juntarse y jugar en el parquecito cercano a sus casas.
         Cerró un momento los ojos. El movimiento del transporte la fue arrullando, ya se sabía el trayecto rumbo a su trabajo, así que no dudó en dormitar un momento. Como una especie de alarma regresó al aquí y ahora, abrió los ojos y se encontró con un bello paisaje. El sol estaba asomándose, los cerros se veían despejados y permitían contemplar el verde que los decoraba. Marilú recordó los truenos que la habían despertado en la madrugada y ahora al observar el paisaje de la mañana se le vino a la mente la frase que solía decirle su abuelito Tomás,
        —Cuando tengas una situación difícil, acuérdate hija que después de la tormenta llega la calma.
          El rostro de Marilú dibujó una bella sonrisa, —qué razón tenías abuelito —dijo para sí, mientras se 
preparaba para ir pidiendo la parada porque ya estaba próximo su destino.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 192. La fiesta del barrio. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                      La fiesta del barrio
                   María Gabriela López Suárez


El sonido de los cuetes era uno de los tantos indicadores que había alguna fiesta en la ciudad. Linda no tenía idea qué festividad sería la próxima, prendió la radio como solía hacerlo todas las mañanas antes de irse a trabajar. Aunque solo alcanzaba a escuchar unos minutos le gustaba enterarse de las noticias más relevantes de una forma distinta a consultarlas a través de los medios digitales.
         Mientras desayunaba alcanzó a escuchar que estaba por celebrarse la fiesta de San Jerónimo, el patrón de uno de los barrios más cercanos a su casa. Linda tenía casi un año y medio de vivir en esa ciudad, así que todavía no se aprendía las festividades que se celebraban. Terminó de desayunar, apagó la radio y se dirigió rumbo a su trabajo, una asociación civil para la defensa del medio ambiente.
         Ese día le tocaba coordinar un taller para impartirlo a estudiantes de secundaria, el tema era Cómo preparar una composta en casa. En el receso que tuvieron alcanzó a escuchar la conversación de estudiantes que mencionaban que la fiesta en el barrio de San Jerónimo se pondría muy alegre. 
        A Linda le animó esa conversación y al terminar sus actividades se puso de acuerdo con Olga, Abenamar, Cecilio y Micaela, sus compañeras y compañeros del trabajo, para ir a cenar al barrio de San Jerónimo. Cuando llegaron a la plazuela del barrio Linda se dio cuenta que había mucho movimiento, un grupo de personas estaba organizado decorando con flores de papel crepe el kiosco frente a la iglesia, otras personas colocaban unas tiras de plástico picado que formaban vistosas hileras que se movían al compás del viento. Alrededor del kiosco ya estaban instalados los puestos de vendimias como churros, papas, chicharrines, palomitas, dulces de coco, una gran variedad de antojitos, bebidas como horchata, champurrado, atoles,  raspados y no podían faltar los juegos de tiro al blanco y futbolitos. 
        Dieron un par de vueltas alrededor de la plazuela, luego se sentaron en una banca y escucharon con atención mientras su compañera Olga les explicaba los orígenes de la fiesta del barrio. Linda trajo a la mente los recuerdos de su infancia cuando iba con su familia a la fiesta de la santa patrona de su terruño. Evocó que la fiesta se sentía con los preparativos que la gente hacía, con la algarabía que se generaba, el decorado que colocaban y el deleite de disfrutar las frutas en almíbar que solían vender.
        Estaban por decidir en qué puesto cenarían cuando se escuchó música a lo lejos, era una comparsa que se acercaba para danzar frente a la iglesia. Mientras Abenamar y Micaela iban a apartar lugar en la cenaduría, Olga, Linda y Cecilio fueron a ver la comparsa. Al observar la alegría de quienes danzaban Linda pensó para sí, —La fiesta del barrio permanece, que así sea con las nuevas generaciones que forman parte de cada terruño—.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 191. ¡Viva México! María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                    ¡Viva México!
              María Gabriela López Suárez

Rosario se apresuró para terminar de lavar los trastes, quería llegar temprano a casa para convivir un rato con su mamá Roberta y su hermana Asunción. Su patrona tenía cena en casa con invitados por motivo de las fiestas patrias, habían contratado servicio de banquete de platillos mexicanos. El menú era pozole rojo, verde, blanco y huaraches; a sus compañeras de trabajo en la cocina y a ella les habían dado la tarde libre y el día siguiente entrarían a trabajar a las 10 de la mañana. 
          Marlene y Martha, compañeras de Rosario la esperaron a que terminara su labor, se encaminaron unas cuadras y luego cada una se dirigió a la ruta de autobuses que solían tomar. Rosario revisó la hora, estaba muy a tiempo de llegar a casa y pasar a comprar al mercadito cercano a su domicilio. Quería preparar unos chilaquiles verdes para cenar con su familia. Para fortuna de Rosario halló todos los ingredientes que requería y gastó poco.
         Al llegar a casa encontró a su hermana y a su mamá entrajinadas bordando unas mantas, doña Sofía, una vecina que tenía una cocina económica les había encargado un pedido de 15 mantas. El motivo era que al día siguiente tendría venta especial de comida y quería estrenar decorado en las mesas. Rosario dejó en la cocina las cosas que había comprado para la cena, se lavó las manos y se sumó a bordar con ellas. 
         —¿A qué hora hay que entregar mañana las mantas que encargó doña Sofi? —preguntó Rosario.
         —Nos dijo a más tardar antes de las nueve de la mañana, ya vamos más de la mitad. Sí las terminamos hoy y hasta alcanzamos a lavarlas. Todo sea por ganarnos un dinerito —contestó doña Roberta. 
Después de un rato de bordar Rosario vio la hora, ya eran las siete de la noche.
          —Las voy a dejar un momento, prepararé la cena, hoy habrá chilaquiles verdes —señaló Rosario.
          El rostro de doña Roberta y Asunción mostraron sonrisas.
          —¡Seguro que te quedarán bien deliciosos! —dijo Asunción sin apartar la vista del bordado.
          Rosario comenzó a cocinar, se dio cuenta que no había comprado algo para beber. Revisó en el refrigerador y encontró unos limones, buscó en la alacena y halló una bolsita con chía, así que preparó limonada con chía. Al cabo de un rato sirvió la cena y llamó a su mamá y hermana a cenar.
        —¡Qué bueno que te dejaron salir temprano Charito! No solo nos ayudaste a bordar sino que nos alegraste el corazón y nos consentiste con esta cena —comentó doña Roberta. 
         Terminaron de cenar, Rosario levantó los trastes y los lavó para que al terminar de nueva cuenta ayudara en la labor pendiente. Mientras seguían bordando Asunción hizo una pausa y prendió la televisión, cada una estaba atenta en su tarea. A lo lejos Rosario escuchó, ¡Viva México! ¡Viva México!, alzó la vista un momento y dijo,
          —Ya están dando el grito, ya son las once de la noche, ya casi terminamos de bordar. Bien lo dijiste mamá, alcanzamos a lavar las mantas hoy.
         Las miradas de las tres mujeres se encontraron, con destellos de alegría. Mientras Rosario volvía su mirada al bordado resonaba en su mente la frase: ¡Viva México! Y por dentro decía, ¡Viva su gente, vivamos nosotras!
     
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 190. Chicharrines, palomitas. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                     Chicharrines, palomitas
                    María Gabriela López Suárez

Ese jueves había sido algo caótico para Virginia, al menos así lo sentía ella. Desde que se levantó tarde porque su alarma no sonó y llegó casi rayando a la preparatoria, hasta el no haber llevado el desayuno que preparó la noche anterior. Había estado poco concentrada en las clases, estuvo a punto de sentir un fuerte dolor de cabeza de no ser porque Fernanda y Hugo, sus mejores amistades le habían compartido fruta y un sandwich a la hora del receso.
         Al terminar las clases se despidió de Hugo y Fernanda y se dirigió a su domicilio, por la tarde habían quedado de ir a hacer un trabajo por equipo a casa de Fernanda. Al llegar a la parada del colectivo se sentó a esperar la próxima unidad de transporte, al abrir su mochila Virginia se percató que no había llevado suficiente dinero, no le alcanzaba para pagar el colectivo de su regreso.
         —¡Oh no! Lo único que me faltaba era no traer dinero. Bueno, al menos no hay señales de que lloverá —se dijo Virginia mientras emprendía la caminata a casa.
          Inició la travesía, por su mente pasó la idea de cuánto tiempo le llevaría, no estaba tan cerca pero tampoco tan lejos. Hizo el cálculo que quizá haría como una hora caminando o si apresuraba el paso unos 40 minutos. Por suerte su mochila iba con poco peso. 
          Los rayos del sol estaban con tal intensidad que Virginia iba en búsqueda constante de techitos que le dieran un poco de sombra. Ansiaba llegar a un parquecito que estaba cercano a su casa, se sentaría unos minutos en una de las bancas para disfrutar de los árboles. La mente de Virginia echó a andar su imaginación, se sentía como en un desierto, asoleada y con sed. A lo lejos, como tipo oasis le pareció ver algunos árboles del parquecito. En efecto, estaban ahí. Caminó más rápido y llegó al anhelado lugar. 
          Virginia buscó una banca donde llegara más sombra, se sentó un momento, se quitó la mochila y descansó su espalda. Sintió que el calor iba disminuyendo, percibió el aire fresco y el movimiento de las hojas de los árboles. Estiró sus piernas y movió los pies. De pronto su mirada se posó en un pequeño canasto lleno de chicharrines, palomitas, justo estaba más adelante de donde ella se sentó. Se le antojaron unas palomitas. No se veía a nadie que lo atendiera y ella tampoco tenía dinero suficiente para comprar.
          Retomó su caminata y al pasar por la vendimia se dio cuenta que una niña como de 10 u 11 años era la encargada de la venta. Sin embargo, la había dejado un momento y estaba concentrada acomodando unos columpios colocados a unos cuantos pasos de su canasto. A Virginia se le vinieron algunas preguntas, ¿la niña estaba sola vendiendo en ese parque? Su canasto estaba lleno, ¿a qué hora terminaría de vender? Nuevamente echó de menos no haber llevado dinero suficiente, al menos le habría comprado una bolsa de chicharrines y una de palomitas y le habría aportado algo.
          El descanso le había sentado bien a Virginia, había recuperado energía. Ya faltaba poco para llegar a casa, su mente traía de nuevo la imagen de la niña acomodando los columpios, intuía que tenía ganas de jugar en ellos. A lo lejos le pareció alcanzar a escuchar una voz que decía,
           —¡Chicharrines, palomitas!




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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 189. Entre la nostalgia y la memoria. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                  Entre la nostalgia y la memoria
                    María Gabriela López Suárez

                      Dedicado a Juan Cristóbal Velasco Pérez (Riscko).

Lo efímero de la vida se le venía a la mente a Lourdes cada que uno de sus seres queridos fallecía. Últimamente habían sucedido varias partidas físicas de amistades y gente vecina, cercana a ella. La tarde de ese martes iría de nueva cuenta a un velorio, aún no se hacía a la idea de que Alfredo hubiera trascendido y dejado el mundo terrenal. ¿Cómo era posible? Un joven como él con tantos talentos, carisma y sobre todo gran persona, amigo y compañero.
          Tomó un taxi que la llevaría al domicilio, sintió que el corazón le latía con rapidez, reconocía esa sensación de nerviosismo y a la vez de opresión en la garganta, como formando una serie de nudos que en algún momento dejaría fluir.
          Llegó al lugar del velorio, con paso lento se dirigió a la entrada, al frente estaba el féretro, alrededor cuatro cirios y muchas flores. Depositó su ofrenda de rosas blancas. Saludó a quienes acompañaban, preguntó por los familiares de Alfredo, les externó sus condolencias. En esos casos, las palabras poco fluían pero el cariño se podía palpar al compartir ese momento tan intenso y triste.
          Se sentó y se percató que había llegado antes que sus demás amistades. Seguro estarían por ahí en un rato más acompañando al amigo Alfredo. El silencio se hacía presente, también el viento que movía las llamas de las veladoras blancas que yacían en el piso, frente al féretro. 
           Desde su espacio Lourdes se sumó al silencio que la rodeaba. Ahí, como una especie de película, fueron asomándose una a una, diversas experiencias compartidas con Alfredo. Entre la nostalgia y la memoria sintió que los nudos en la garganta fluían a través del llanto, desde el corazón le agradeció por los momentos que intercambiaron. Sintió una sensación de esperanza,  de algún día formar parte de ese polvo de estrellas en el que uno se convierte al trascender y poder coincidir con quienes se adelantan en el camino.
          La mirada de Lourdes se fijó en las llamas de las veladoras, como en un tercer plano alcanzó a escuchar algunas voces, no prestó mucha atención, siguió con la mirada fija en las llamas. Recordó el texto "Un mar de fueguitos" de Eduardo Galeano.
Posteriormente, se le vino a la mente el rostro de Alfredo, con esa sonrisa que lo caracterizaba y evocó el poema de Juan Cristóbal Velasco Pérez, Verte sonreír de nuevo, 
     
“Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis peores momentos, como en medio del miedo se reajusta mi política de soledad y el parlamento de mis defectos, son quienes me convencen de retroceder en cualquier momento.
       Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis episodios de tormento; palpar la tierra con la que me cubran y descubrir que tiene para mí el exceso de confianza y hacer las cuentas de edad perdida en el alcohol y su panfleto.
      A estas ganas de verte sonreír cuando acompasa el máximo sueño y es una oz que cosecha lo que me conmueve y me pide retirada y rendición como quien ha perdido todo y ya nada más tiene, pues está amargadamente incompleto.
     Ganas tengo de verte sonreír de nuevo, aun sea en mi mejor momento. En esas noches, que, a pesar del sueño, las auras de tu ser, no lactan en el desacierto de mi fe, ni en esa catártica frustración cuando se llora somnoliento”.

—¡Qué ganas de verte sonreír de nuevo! —musitó para sí, mientras dejaba fluir las lágrimas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 188. De todo un poco. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                           De todo un poco
                     María Gabriela López Suárez

Josefa estaba exhausta, situaciones personales le tenían con el ánimo bajito, el corazón sensible y una especie de cansancio. Se sentía lacia, lacia. Aprovechando que era fin de semana le propuso a su esposo Leonel que fueran a visitar a unas amistades que vivían en el campo, bastante retirado de la ciudad. El estar en contacto con la naturaleza le vendría muy bien a ambos. Leonel aceptó  la idea y se pusieron en contacto con Marlene y su pareja, Rosaura. Ellas aceptaron de mil amores que las llegaran a visitar.
         A Marlene y Josefa les gustaba cocinar pastel de zanahoria, así que Josefa también hizo llegar la idea y su amiga estuvo de acuerdo. Josefa conocía que sus amistades eran muy buenas anfitrionas, sin embargo, Leonel y ella siempre que las visitaban solían llevarles algo para compartir. Esa vez no sería la excepción. Decidieron comprar café, chocolate y queso crema que era el favorito de Rosaura.
          Se levantaron tempranito para viajar antes de que el sol comenzara a salir con todo su esplendor, acordaron que un tramo manejaría Leonel y el otro Josefa. Así lo hicieron y llegaron a buena hora, justo para el desayuno. Las amigas se alegraron mucho de tenerlos en casa, desayunaron y degustaron el café que habían recibido de obsequio. Posteriormente, les mostraron los cambios que habían hecho en la vivienda, el huerto que tenía más verduras, de ahí usarían las zanahorias para el pastel y lo nuevo que habían agregado, un corral con patos, gansos y gallinas.
           Luego de una amena charla entre las amistades, las visitas se fueron a instalar al cuarto que les prepararon; mientras Leonel tomaba un descanso Josefa decidió regresar al corral donde estaban las aves de traspatio. Se sentó sobre una piedra frente al corral. Se dejó acariciar por el viento que corría, la sombra de los árboles era muy buena compañera. Observó a cada ave, de las gallinas le gustó lo intrépidas de subirse a las ramas de los árboles, la manera tan sutil de beber agua y el color de su plumaje; de los patos quedó encantada del modo de andar, la cadencia y el ritmo sin prisa, cuando vio volar a un par de patos de un lado a otro se dio cuenta que era la primera ocasión en su vida en contemplar ese paisaje. Y de los gansos le agradó la manera en cómo acomodaban su largo cuello para enrollarse al dormir. Ahí se quedó un rato más en silencio,  contemplando a las aves. Sintió una sensación de paz interior que le confortó. Si ella fuera  un ave le encantaría tener de todo un poco de lo que le había gustado de las gallinas, patos y gansos. Sonrió para sí. A lo lejos se escuchó la voz de Marlene,
           —¡Jose, Jose!  ¿Dónde andas? ¿Vamos a cortar las zanahorias para el pastel?
          —¡El pastel! Lo había olvidado —se dijo Josefa— ¡Ya voy Marlene!
            Echó un vistazo más al corral, qué bella manera de alegrarle el corazón. Sabia naturaleza. Se levantó y dirigió sus pasos en busca de Marlene.

                        
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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 187. A vuelo de pájaro. María Gabriela López Suárez

                         
                        Voces ensortijadas
                        A vuelo de pájaro
                   María Gabriela López Suárez

Matilde despertó temprano a pesar de ser domingo, había quedado de ir a ayudar a Pilar y  Teo, dos de sus mejores amistades, a vender suculentas en el pequeño vivero que inaugurarían ese día.  
             Revisó si llevaba todo lo que le encargaron, hizo el repaso de la lista y encontró que todo estaba en su bolsa. Tomó su celular y escribió un mensaje a Pilar:

            —¡Hola Pili y Teo! Ya voy para el vivero, llevo lo que me encomendaron. Pasaré por el puesto de jugo de naranja, ojalá que ya estén vendiendo. Los veo al rato.

            No se esperó a que Pilar le respondiera, guardó el teléfono y se dirigió al vivero. El día estaba soleado, el clima era caluroso, tal parecía que era efecto de la lluvia de la noche anterior. Pasó por un pequeño parque que estaba cerca de su casa, había diversos espejos de agua, así solía llamarles a los charcos de agua que reflejaban los paisajes. Le encantaba observarlos.

            Mientras atravesaba el parque también se percató que muchas personas estaban tomando un pequeño descanso en las bancas, había personas jóvenes, adultas, adultas mayores. Un elemento que llamó su atención era que la mayor parte de ellas estaban entretenidas con sus teléfonos celulares, como si el mundo girara en torno a esos aparatos. 

            Matilde se quedó pensando que si ella no fuera caminando estaría como esas personas, concentrada en su celular. El aleteo de una paloma hizo volver la vista a su derecha, se dio cuenta que había muchas palomas, algunas revoloteaban dando giros y luego se arremolinaban hacia una dirección. Una señora mayor les estaba dando arroz. Las demás personas parecían no darle importancia a ese paisaje.

           —¡Uff! ¿Hasta dónde llegamos a ensimismarnos con el cel? —se dijo para sí Matilde. 

          De repente recordó que había quedado de pasar por el puesto de jugos de naranja. Apresuró su paso, echó una mirada a vuelo de pájaro a donde se ponía la señora que vendía los jugos, alcanzó a verla a lo lejos. Se encaminó rápidamente allí para encargar un litro de jugo. Revisó su teléfono, Pilar le había respondido.
          —¡Hola Mati! Gracias. Ojalá que encuentres juguito de naranja. No te demores, las suculentas y nosotros te esperamos.
   
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 186. Aguas frescas en verano. María Gabriela López Suárez

                          Voces ensortijadas
                       Aguas frescas en verano
                     María Gabriela López Suárez

El verano se había hecho presente y con él las vacaciones, Liliana estaba muy contenta porque podría ir de paseo a la Ciudad de México, a visitar a Flor y Rafael, su prima y primo, a quienes no veía desde antes de la pandemia por la Covid 19. Liliana había terminado el cuarto grado de primaria, Verónica y Patricio, su mamá y papá, le dijeron que sería su regalo por haber tenido buenas notas. 
         Sin embargo, Liliana no contaba con la situación económica que tenían en casa, la tiendita de abarrotes que era el sustento familiar había tenido pocas ventas en los últimos tres meses. Cuando Verónica y Patricio le dijeron que no les alcanzaban los ingresos para costear sus días de vacaciones se puso muy triste. 
         El día que le dieron la noticia estaba ayudando en la tienda, pasado el mediodía escuchó al señor que vendía pozol de cacao en su triciclo, gritaba con entusiasmo,
          —¡Aquí está el pozol! ¿Va a querer su pozol?
          Le llamó la atención el anuncio, se asomó a la puerta de entrada y se dio cuenta que el calor estaba en su apogeo, justo como para tomar algo refrescante. Vio que algunas personas se juntaban a pedir pozol. Se le vino a la mente que ella podría vender algo para tomar y de ahí reunir dinero para su viaje. Les comentó la idea a Verónica y Patricio, al principio no les llamó mucho la atención pero al ver el ánimo de Liliana se sumaron a apoyarla. Le sugirieron vender limonada, naranjada y jamaica con limón y chía. No tendrían que gastar en los productos porque normalmente los tenían. Liliana les ayudaría a prepara las aguas y también haría el anuncio. Buscó materiales reciclables, encontró una cartulina de color naranja, usó sus plumones y escribió el anuncio, acompañado de un dibujo. 
         Al día siguiente Liliana se levantó tempranito, se arregló, colocó el letrero afuera de la tienda, acomodó una mesita de madera –donde hacía sus tareas- y una silla, en espera de la clientela. Verónica estaba más nerviosa que su hija, pensando qué pasaría si la idea no tenía respuesta. Patricio le adivinó el pensamiento y comentó a ambas que habría que ser pacientes, quizá la gente no comprara mucho al inicio.
          El tiempo fue pasando y comenzó a llegar un cliente, luego una clienta, otra más y después del mediodía había vendido el agua de limonada y  jamaica con limón y chía. La naranjada había sido menos exitosa pero no se perdía, la tomarían en la comida. 
          Al quinto día de venta Liliana se puso a sumar lo que había vendido. La tía Conchi, hermana de Verónica llegó de visita, al entrar a la tienda se dio cuenta del anuncio de las aguas. Reconoció la letra de su sobrina, iba a preguntarle de qué se trataba, la encontró muy concentrada, con libreta y lápiz en mano y muchas monedas sobre la mesita. La saludó y Liliana le explicó su idea apoyada por Patricio y Verónica. 
          —Aguas frescas en verano, vaya que es muy buena idea Lili, te felicito —le dijo.

La tía Conchi además de felicitar a la niña se dio cuenta que no se había dado por vencida al saber que no podrían apoyarla económicamente para el viaje y estaba esforzándose, actividad que no solo era benéfica para sus vacaciones sino para las decisiones en la vida. Platicó con Verónica, se sumaría a apoyar con lo que faltara para cubrir los gastos del viaje. Cuando Liliana se enteró su rostro dibujó una sonrisa de oreja a oreja, agradeció con un abrazo y un beso a su tía Conchi. De inmediato les escribió un mensaje a Rafael y Flor para darles la buena nueva.

                           
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 185. ¿Cómo curar la tristeza? María Gabriela López Suárez

                                Voces ensortijadas
                             ¿Cómo curar la tristeza?
                            María Gabriela López Suárez


El amanecer de ese sábado dibujó un paisaje frío, nublado; el cuarto de Martina era oscuro, el ventanal que tenía frente a su recámara no filtró ningún rayo de sol como solía pasar cada mañana. Ella despertó temprano, como si fuese un día laboral. Revisó el reloj, eran las seis de la mañana. Intentó conciliar el sueño, se colocó sobre el lado derecho y se cubrió la cabeza con la cobija. Su mente empezó a traer diversos pensamientos, preocupaciones, el ruido mental estaba incesante. Giró nuevamente, ahora hacia el lado izquierdo, no podía dormir. Su ánimo no había estado en el mejor momento esa semana, aún sin sueño poco le apetecía levantarse de la cama. 
            Permaneció acostada otro rato más. Los pensamientos no cesaban de llegar, ella intentó batearles uno a uno, en algunos casos lo consiguió, en otros se quedó clavada intentando hallar alguna respuesta a las dudas, o buscar una solución a las situaciones que le preocupaban tanto, al grado de generarle tristeza. 
            A lo lejos le pareció escuchar el canto de un ave, la que cada mañana solía brindarle un bello saludo con su cántico. Martina se quedó escuchando con atención, mientras estiraba el cuerpo. Al tiempo que se movía comenzó a darse cuenta que era afortunada en poder respirar y estar con vida. El canto del ave seguía haciéndose presente, como una especie de motivación. Decidió levantarse de la cama.
            Disfrutó sentir sus pies sobre el piso, caminó hacia la ventana y abrió una de las hojas, la luz era tenue. Sintió el airecillo frío, respiró profundo. Alzó la vista para buscar al ave que la deleitaba con su canto, no tardó en encontrarla. Se acomodó para seguir disfrutando el paisaje sonoro. Permaneció ahí hasta que el ave se retiró. Levantó los brazos, entrelazó sus manos para estirar bien la espalda. Bajó los brazos, giró levemente la cabeza sobre cada hombro. 
           Una pregunta se le vino a la mente, ¿cómo curar la tristeza? Esa que sentía que le invadía el corazón. El frío del piso le hizo darse cuenta que no tenía las sandalias puestas, agradeció sentir ese frío. Nuevamente respiró profundo, con conciencia. Recordó lo que solía decirle Marcelo, uno de sus mejores amigos, cuando la veía agobiada,
           —¡Martina, Martina los cambios en la vida son parte de nuestro transitar! Hay que aprender a soltar y cerrar ciclos, pero sobre todo, agradecer lo que se ha presentado en la vida, amarte y apapacharte.
           —¡Vaya que me han resonado tus mensajes Marce! Justo ahora que tanto lo necesito. Bueno,  venga ese abrazo para ti Martina— dijo para sí, mirándose frente al espejo, con el rostro sonriente y estrechando sus brazos con mucho amor. 
           Luego, para sacudir la tristeza, se puso a bailar mientras tarareaba la canción "Como tú":
           —No es necesario que enseñes a un niño a llorar, ni a una paloma la forma en que ha de volar, no lo tienen que aprender, ellos nacieron así, lo mismo que en el amor, no es necesario estudiar, nacemos con él…

                                

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.