Cajón de rubores. 17. El general Obando. Antonio Florido

Fisonomía 17 
El general Obando

Por Antonio Florido

     
La carta llegó al campamento con la crecida silenciosa y traicionera del Putumayo, de modo que hasta transcurridas dos horas el General no pudo leerla; el Putumayo no juega y Obando lo sabe; cuando las aguas del río se remueven turbias y caprichosas junto a los juncos, todos en el campamento acuden como culebras, rápidos y resueltos, hasta dejar los alrededores más limpios que la cabeza del Gringo.

Obando abrió la esperada carta despacio hasta la desesperación; barruntaba desde días atrás que aquello se acababa; para su desgracia las cuatro primeras letras que leyó provocaron el latigazo involuntario de su codo izquierdo, la señal de que el General se ahogaba en la humillación.

Obando leyó hasta el final el papel sucio y amarillento y se quedó mirando las aguas del Putumayo que ya habían alcanzado los troncos más gruesos de la barraca; con el corazón lleno de mierda y de rabia arrugó la hoja y la arrojó donde nadie pudiera verla; llamó entonces al Cabo con su voz aguardentosa y desagradable; el Cojo apareció de la nada y al ver la cara del General supo que a la mañana siguiente abandonarían la maldita selva.
Aquel mismo día, bajo la penumbra de su choza y sin dar tiempo a que el vómito le traicionara, Obando ordenó preparar la marcha; esa noche, densa y misteriosa como pocas, las estrellas se le cruzaron entre ceja y ceja y no pegó ojo; después de treinta años en la trocha con el fusil al hombro, cuatro mujeres, once hijos conocidos y veintitantos hombres muertos a su costa, cómo podría vivir en adelante; Obando, Don José María Obando, hijo adoptivo de Don Ramón Obando del Campo, no sabía que la vida pudiera echársele encima con tanto peso, aplastando su orgullo y su destino antojadizo, y todo en nombre de la dichosa democracia.

 Los Yaguas caminaban de regreso con la caza de una semana, entre árboles centenarios, altos como el orgullo de sus ancianos, mientras el General pasaba revista a los pocos soldados de su regimiento; al cabo se despidió de todos, mirando a los ojos de cada uno; sólo se llevaba con él al Gringo, que conocía los senderos misteriosos de la selva y era medio indio. 
Mientras Obando y el Gringo enseñaban sus espaldas camino de Cali, en busca de la sinrazón del presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo, que se quedaba al mando del campamento, esbozó una sonrisa estúpida y pasajera que no contagió a ninguno de sus subordinados; ni el Chusco, ni el Chamizo, ni el Cojo, ni el Niño sonrieron; ni siquiera la Chana se alegraba de la marcha del General que maldito el día en que se iba quizás para siempre.

Cuatro semanas a lo más; eso fue lo que el General dejó dicho, pero ya habían pasado dos y lo único que se oía era la indomable Seca golpeando los rostros cansados por la lucha; los Yaguas no se divisaban desde el campamento, aunque más que por la distancia porque ver un Yagua y no ver nada era lo mismo; los ojos secos de los soldados alcanzaban hasta poco más allá de las aguas del Putumayo; la Chana cumplía años sin decir nada a nadie y se avergonzaba en silencio de su cara mustia y poco agraciada; a la mujer también se le acabarían los buenos tiempos, al menos eso es lo que todos se decían continuamente con la mirada; ninguno deseaba ver entrar al General por el camino de los charcos, porque verle entrar y acabar la lucha contra los insurgentes era cosa segura, pero ninguno deseaba tampoco que su General faltase para siempre, ninguno menos Sarmientos, para quien la ausencia de su superior era la mejor noticia que pudiera conocerse. 

El 11 de julio de 1841 amaneció sin avisar; en el cielo de la selva donde viven los Yaguas raras veces se ve el sol allá arriba, por entre los árboles; sólo donde las calvas han hecho de la arboleda un tapiz húmedo y verdoso florecen plantas caprichosas en busca de los tímidos y cálidos fuegos del cielo.

El 11 de julio de 1841, el mismo día en que el General Obando se negaba a pactar la rendición con el presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo se sentía con el mundo dentro del pecho y hacía y deshacía a su antojo; la Juárez le colocó bajo las narices el segundo plato de estofado que, aun ardiendo, el coronel relamía con sus ojuelos achinados; la Juárez se retiró y dejó a su coronel tranquilo en medio de aquel sofoco de verano, que maldito si llegó el calor aquel año; Piedelobo torció el gesto a la primera engullida y, con la cara roja como el tomate, escupió un trozo de carne; luego tomó la jarra de chicha, fría como el alma de una viuda, y bebió para dejar sitio a otro golpetazo de ardiente estofado; de cuando en cuando el coronel maldecía el día en que vio al de la Enara entrar por la puerta de su casa para decirle que se pusiera la charretera; desde entonces su maldito dolor de barriga le enredaba el vientre a golpes de bocado; el coronel llamó a la Juárez a voces: “¡Chana, venga usted acá con su amorcito!”; la Juárez o la Chana, como al coronel le gustaba clavarle al oído, aparecía de golpe y entonces el Piedelobo le frotaba el trasero delante de todos, como si nada; los demás, ante la ausencia de su General, callaban como muertos; hasta el Niño, pese a su juventud asquerosa y repulsiva callaba miserablemente y aguantaba el tirón.

   El calor húmedo de la selva del Tarapoto entraba a todos por los ojos, secando el alma cansada ya de tantos años de lucha sin causa y sin fin; el Piedelobo seguía estrechando con sus manazas las entrepiernas de la Juárez mientras mascaba como un cerdo el último bocado de carne; a ver quién era el guapo en levantarse sin el permiso del coronel, pero el guapo fue el Niño que harto ya de tragar bilis sacó la faca y amenazó con ella al dueño de la Chana; el silencio se espesó cuando los demás vieron pararse las quijadas del coronel; el Niño tragó la poca saliva que le quedaba y, de no estar la Chana todavía en la falda del Piedelobo, habría salido de allí como alma que se come la Seca, el parón cálido y salino de la selva; hasta las moscas dejaron de zumbar; el coronel, envalentonado, se quitó a la Chana de encima, dejó el cucharón sobre la mesa y levantó su enorme espinazo buscando la voz silbante de la faca en el aire; el Niño no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya el coronel le aferraba la garganta con la fuerza de un arco de acero; pero no apretó para que los demás viesen el espectáculo de ver a un hombre morir a su voluntad; el Niño maldijo al coronel y fue lo último que hizo en su corta vida; el aire, espeso como la leche de la Facunda, humedecía los rostros del coronel, de la Chana y de los demás; el tiempo, temeroso de que a él también le tocase parte, paró su ritmo, hasta que un antojo del Piedelobo le hizo soltar el peso que cayó al suelo como un fardo.

   Sarmientos Piedelobo pidió a la Chana un cubo de agua y lo echó sobre la sangre vertida a dos palmos de sus botas; las moscas comenzaron de nuevo a revolotear; algunos disparos lejanos atronaron en los oídos de los hombres quienes aprovecharon la ocasión para salir de allí por patas; el coronel echó de nuevo sus manazas sobre las cachas de la Chana y, mirándola como un enamorado, comenzó a reír a carcajadas; la Chana le imitó por hacer algo y ambos acabaron enlazados en un juego sucio de sudor y sofocos; en la estancia calenturienta y húmeda del Tarapoto no había ocurrido nada en realidad; la lucha seguía como seguía el sofocante calor golpeando los rostros cobrizos de los Yagüas; fuera oíanse disparos de arcabuces cruzando el enrarecido aire de mediodía; el Piedelobo acabó su comida echado sobre una destartalada yacija, sucia como su alma gringa; pensaba qué suerte que aún faltase bastante para que por la puerta apareciera el maldito General; pero mientras tanto el mundo estaba dentro de su pecho y no había fuerza de la selva que se le opusiese a su coraje; la Chana continuó con su brega y, agachada en el suelo, sobre sus carnosas rodillas de hembra aún joven, restregaba con fuerza sobre la mancha rojiza de quien la quiso en mal día para ella; el Piedelobo miró a la Juárez y ambos sonrieron; Sarmientos Piedelobo escupió lejos el cigarro ensalivado y se dio la vuelta para dormir; las moscas continuaron revoloteando sobre los restos de sangre aún fresca.

Amaneció; la selva, aún en silencio, comenzó su acostumbrado carillón de trinos y gorjeos mientras los primeros clarores del día inundaban lentamente los poros de la tupida arboleda; el coronel Piedelobo roncaba; la Chana movía su denso cuerpo zambullida en un delirio de pesadillas, acordándose del Niño, aún caliente; los demás esparcían sus lacios y desmedrados cuerpos hasta que llegasen los primeros rayos del sol abrasador; el aire soplaba tímidamente, cobardemente, como todo lo que se movía allí, en el campamento, sin el beneplácito atrabiliario del Coronel.
Piedelobo abrió los ojos como pudo; la garganta, aprisionada por un cerco de hierro, no escupió ningún sonido inteligible; sólo sus pupilas y su escaso entendimiento llegaron a comprender que el General había llegado un par de semanas antes de lo previsto; al momento los hombres del campamento, pillados de medio pie, formaron con sus arcabuces, mirando al suelo; el General era el General y la cosa no era para bromas; varias gargantas tragaron salivas; la Chana acudió presta con una cesta de sonrisas y con las manos retorciendo su delantal en señal de servidumbre y nerviosismo; el General preguntó poco y a los mismos de siempre, a los de lengua mansa y dadivosa; sacaron entonces al Niño y arrojaron su cuerpo en medio de todos; el General, hombre al fin de pocas palabras, les miró uno a uno; esa era su forma de dar órdenes.

El coronel cruzó sus ojos con los ojos del General pero éste le aplastó con su mirada; en un acto fatal Sarmientos se postró de rodillas e inclinó su espalda como un perro estúpido y miedoso; los demás no respiraban; el destino estaba escrito y de allí a la noche alguien no llegaría; ese alguien lo sabía, como lo sabían muy bien todos los del campamento; el coronel izó sus manos rogatorias de dedos entrelazados sin levantar la cabeza; de sus labios salieron algunos lamentos que pronto se convirtieron en gemidos; Obando alzó su negra bota de cuero y con cara de profundo asco golpeó el costado del cobarde una vez y otra; a cada golpe Sarmientos Piedelobo retorcía sus fibrosos miembros, se echaba las manos a la cabeza y lloriqueaba como un cerdo pidiendo clemencia; el General, un militar que sólo había conocido el sonido ululante de las balas al cruzar sinuosas el aire, cesó en su furia y afirmó su gastado cuerpo recuperando el aliento perdido; la Chana le sirvió otra cesta de sonrisas adornada esta vez con un manojo de guiños; los demás, inmóviles, no cerraban los párpados; el General miró a uno de ellos y con un movimiento de su cabeza le indicó que aquella piltrafa estaba allí de más; entre todos levantaron el bulto de carne deshecha; el coronel, todo hinchado, comprendió que por esta vez llegaría al final del día y este pensamiento extrajo de su boca una leve y extraña mueca mezcla de felicidad, odio y rencor. 

La Chana tomó la mano yerta del Niño y la besó; sería la última vez; las moscas este año han venido a la selva más empalagosas que nunca; las moscas siempre traen malos aires; mientras, los Yagüas, ajenos a todo, hasta de los disparos de la sinrazón, continuaban con su afanosa tarea de desentrañar los misterios de la selva.

A las tres de la tarde las piedras sudaban en el campamento, tan espesa era la humedad que las frentes del Chamizo, del Chusco, del Cojo y del Gringo goteaban efluvios verdosos de cobardía y de miseria; cuando el Relamío y el Balas acabaron por fin de socavar el terreno la Seca, el parón cálido y salino de la selva, comenzó a levantar un fino hilo de brisa que relamió los silenciosos rostros de los presentes; la Chana se acercó al cuerpo del Niño y, para sorpresa de todos, escupió una, dos y hasta tres veces en la boca del desdichado; el coronel volvió a condenar el puto día en que al de la Enara le dio por decirle que se pusiera la charretera; la tierra húmeda cayó sobre el cuerpo del Niño a peso, como con odio; los presentes se fueron retirando lentos y perezosos; la Seca ululó, cansina, como si de verdad lamentase aquella pérdida.

El General, serio y con la cara desgastada y descosida por la guerra, echó la última mirada a la escena fúnebre y entornó de nuevo sus rugosos párpados adormilados.

Un poco más allá, apartados de la vista de los ojos maliciosos, el Peinao, el más joven ahora en el campamento tras la muerte del Niño, ha mirado a la Juárez con ojos de perro en celo; la Chana, embragada y sugerente, le ha devuelto la mirada a medias, pues debe asegurarse de que el General no se ha dado cuenta.

En el campamento la vida sigue como siguen los Yaguas viviendo en las entrañas de la selva del Tarapoto, sin descanso, en silencio, muellemente; pero algo ha cambiado; desde que llegó el General una nube negra le cubre la cara; no hay quien le hable, ni nadie se atreve a desentrañar los oscuros misterios de su rostro callado y serio; nadie sabe lo que ocurrió en Cali pero todos lo adivinan en su fuero interno; es un secreto a voces que el General se empeña en aplazar hasta el infinito; la guerra se ha acabado; se ha acabado por la cobardía del presidente José Ignacio de Márquez; el muy imbécil claudicó y llevó la deshonra a todos; en el campamento los soldados miran al General esperando una señal para abandonar ya la lucha eterna; todos lo esperan menos la Chana que sabe que su General no abandona.

Han pasado días, semanas; todo continúa igual, como si la guerra siguiera su curso inexorable; los soldados se mueven con desidia, de acá para allá; el Putumayo mueve sus aguas buscando el camino que nunca encuentra, entre los árboles compuestos y frondosos; es media mañana; el General ha llamado a reunión; todos acuden prestos; en medio de sus soldados comunica lo que todos desean oír; se marchan; abandonan el campamento; todo se ha terminado; Obando suelta las palabras como quien se desprende de un fardo de cincuenta kilos; la Chana se equivocó y siente que su General haya tomado esta decisión; la partida se hará a la mañana siguiente; el destino, la Chanca; una vez allí se dispersarán y cada uno buscará a su familia o hará lo que le venga en ganas.

El día siguiente no amaneció; una manta de agua caía sobre el campamento convirtiendo las aguas del Putumayo en una simple broma; el primero en abandonar el campamento fue el coronel, que lo hizo solo y cabizbajo; luego el Chusco, el Chamizo, el Cojo, el Gringo y el Peinao se despidieron del General y tomaron el camino de la trocha principal en dirección al sur, donde todos habían oído escuchar que se encontraba la Chanca; la última en salir de allí fue la Chana que miraba hacia atrás cada dos pasos para ver si su General tomaba el mismo camino que los demás; pero el General no se levantó de su sillón de madera vieja y nudosa; se quedó observando las espaldas de los que le habían acompañado y obedecido durante largos años; el agua caía como si fuesen chorros de plomo derretido, a peso, socavando la tierra y formando arroyos de aguas sucias y enlodadas; el día seguía sin amanecer, de oscuro que se mostraba; las nubes formaban una bóveda de agua en la selva del Tarapoto y sólo se oía el crujir horrísono de alguna rama o tronco que cedía a la fuerza del agua; la soledad y el General eran los únicos que permanecían en el campamento, bajo la barraca principal; los Yaguas estaban allí cerca, invisibles, quietos, callados, observando el agua que caía cada vez con más fuerza; los Yaguas sabían esperar pacientemente a que llegara la calma y comenzaran de nuevo a brotar la vida, las flores y los insectos; el General parecía una rama inmóvil y silenciosa; sentado en su sillón nudoso y de madera envejecida, rumiaba el sentido que había tenido su vida; años dedicados a la lucha contra la injusticia para nada; el presidente José Ignacio de Márquez le había decepcionado; Obando jamás aceptaría la democracia, eso quedaba para los de la ciudad, porque la ley de la trocha era su ley y nunca la cambiaría por una memez semejante.

La selva, obcecada en la pertinaz lluvia, parecía opinar como Obando y se mostraba rebelde, obstinada, meliflua, derramando sobre el campamento y sobre la barraca del General todas las aguas del planeta; el Putumayo continuaba su crecida gradual alimentado por miles de brazos acuosos y amenazaba con desbrozar la barraca; Obando se levantó de su sillón de madera envejecida y nudosa; allí solo, en medio del diluvio universal, levantó la cabeza, miró al frente, a los árboles viejos y mudos como él y, empapado como estaba hasta la médula de sus huesos, levantó los brazos al cielo y con su voz bronca y desagradable lanzó un grito atronador que enloqueció aún más los acordes de la selva. 

Joven en la ventana (1875). Gustave Caillebotte (Francia 1848-1894)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 16. Aún puedo vomitar. Antonio Florido

Fisonomía 16 
Aún puedo vomitar

Por Antonio Florido

     
Huele a tejido recién pintado, a trazos deshechos, rugosos, a líneas desleídas en el fondo del lienzo imitando una atmósfera de ceniza irrespirable; apesta a muerto ya descompuesto, a gente huida a toda prisa, a túneles cerrados por sorpresa y sin motivo aparente; los escalones se derriten en la cuesta que baja hasta el andén; mi cuerpo, absorto y desconocido, avanza solo, sin que nadie ⎯ni yo mismo⎯, se lo ordene, en un progreso hacia ninguna parte, hundiéndose en un ambiente lechoso de sofoco y de ausencia; llego al último escalón, un pasillo mugriento se abre a la derecha; otro, igual de sucio y pestilente, lo hace hacia el otro lado ⎯estúpida armonía de los pasillos callados, sosa simetría del mundo⎯, nada en el aire, solo silencio…y las pisadas ahuecadas en las losas podridas; avanzo tocando las paredes, rozando con la punta de mis dedos los últimos escombros de esta tierra que se hunde sin remedio; fuera quedan pocas cosas, acaso algún ser viviente que todavía no se ha enterado de qué va la película; hace frío, el viento del norte que desgaja las alheñas se convierte en un gélido aliento aquí adentro, bajo tierra, entre estos infinitos callejones por donde la gente solía caminar cabizbaja, ¡qué tiempos!

Antes éramos muchos, decenas, cientos, miles de personas las que caminábamos por aquí, cada uno a su destino, todos mirando hacia el suelo, cada uno apresado en su propia envoltura, como un cascabullo, igual que un cascarón que protege la individualidad y la sacraliza; todos íbamos deprisa, las bolsas colgadas de los hombros, los billetes en las manos cerradas, pintando un mosaico multicolor lleno de impaciencias y vacíos, pero esos días desaparecieron, ahora no me encuentro con los amigos ausentes de todos los días, soy el único que continúa esperando la llegada del tren de las 7:30, el que pasa por Candem y llega hasta Kennington para luego girar al oeste en busca de Morden; allí me bajaba a diario, tomaba el camino de las piedras brunas junto a las últimas casitas de madera y me iba al centro de la tierra para arañar los últimos restos de carbón; la tierra por dentro es dura como el alma de un desesperado; recuerdo que cavábamos todo el día sin parar, hasta llenar nuestros pulmones de humo negro, se oían toses por todos lados pero nadie hablaba, nadie cruzaba una sola palabra con el obrero de al lado porque, perder el tiempo en aquellos años, significaba desaprovechar toda esperanza de vida y de futuro; hoy ha pasado ya la hora, arrecia el aliento de la cueva, la brisa, dulcificada por las paredes gravitadas, acaricia mi rostro y una pincelada de pintura, de grumo acumulado en mi cara, se desliza hacia abajo borrando mi sonrisa; llego al andén; no hay nadie; en efecto, la soledad de este sitio es tan densa que hasta el sonido se atemoriza y huye de aquí; oigo el lamento de las paredes, de los techos curvos, de los pasillos infinitos, de las esquinas ansiosas; el desequilibrio de todo un mundo de estertores se funde con mi alma y me siento el ser más solo del planeta; por la derecha se abre una garganta oscura con el techo arqueado; parece que no puede con el peso de los años y por eso las líneas verticales, grises, opacas, se doblan hasta darse la mano por encima del cielo; en lo alto reina la oscuridad, nadie sube hasta allí para limpiar los hedores de los cientos de miles de personas que respiramos allí durante tanto tiempo; por el otro lado se abre una escalera transversal que en tiempos servía para que los pasajeros saliésemos al exterior, no sin antes cruzar infinidad de pasillos y escaleras eléctricas; hoy aparece tapiado; lo han hecho con ladrillos de cobre herrumbroso, verdes, ocres, rojizos; la pared asoma a medio acabar, ya no había tiempo para tan delicada tarea, ya nadie pasa por allí y ya ningún suspiro se quedará atrapado en las juntas de los azulejos; sin embargo, en el centro de la garganta sigue horadado el hueco con los raíles; me acerco y compruebo que las culebras continúan con la postura elegante de siempre, paralelas, calmas, cansinas, sin ganas de moverse y sin motivo tampoco para hacerlo; dos metros, casi, de espacio vertical insalvable que me separa de la pared de enfrente, un abismo abierto en el suelo a base de martillazos, arrancando los dolores de un parto que excavó esta línea de metro con miles de brazos sudorosos; me pregunto por qué sigo viniendo aquí todas las mañanas, y yo mismo me digo que tal vez sea para recordar la podredumbre que cubría la tierra por aquel entonces; luego, cuando el tiempo pasó, alguien cogió en sus manos un pincel alargado, de muelles hebras y con él dibujó el rostro y la silueta que me da la vida; ese pintor lo hizo sacando del alma el dolor que nos acompaña toda la vida, respirando quedamente, procurando con la muñeca giros misteriosos, alejándose, acercándose al lienzo, sonriendo cuando una cualquiera de esas pasadas quedaba a su agrado; parece que yo mismo le veo en su estudio, intentando expulsar de su pecho las contradicciones de sus días, dudando si seguir con el rostro o por un brazo, extraviando sus miradas en las líneas difusas lanzadas al lienzo que tiene delante; yo no soy más que un figurante de un cuadro ocre y mohoso, una escasa y diminuta efigie apenas trazada con cuatro o cinco pinceladas; no tengo cara, mi perfil es abierto, para que todo el que lo vea se imagine lo que quiera; me gusta así; no quiero destapar mi carne ante cualquier idiota que se detenga frente a mí a tratar de desnudarme; me gusta tanto que desde este plano misterioso le doy las gracias al artista y recojo los restos de hiel que él mismo desparrama por el lienzo; aunque me hubiera gustado estar acompañado ⎯no deseo negarlo⎯, quizás con alguien más joven, con alguien que aún tuviera algo que añadir a esta historia sin principio y sin final; quién sabe, al fin y al cabo, quién soy yo para decidir si este cuadro está acabado; puede que mañana, a las 7:30 en punto, se acerque mi tren y deba de nuevo llegar hasta el camino de piedras para seguir arañando con mis dedos los estratos podridos; oigo el latido del túnel, desde el banco donde me encuentro sentado percibo el zumbido ancestral de las capas del suelo, de esas alfombras dormidas que los hombres se afanaron un día en despertar; es un sonido sordo, profundo, armónico, acompasado con el latido de mi propio corazón; me distraigo olvidando a la gente que conocí allí afuera, intentando recordar una a una todas las caras cercanas para luego lanzarlas al mar del olvido, escupiendo cada vez que a mi mente se asoma un ser estúpido al que conocí un buen día; quizás por eso vengo aquí a diario; fuera, ¿qué hay que pueda servirme de algo?, ¿tal vez alguna esperanza sincera, algún anhelo diferente que llene más que todos los que pasaron por mi vida?; ya no resisto más a la gente ni aguanto la vulgaridad de sus risas, ni las locuras de sus pensamientos; ahora soy yo el que manda: lo he decidido.

Después de varias horas deambulando como un espectro por estos pasillos, asomándome a la fosa que tengo delante, esperando en vano la llegada del tren que no viene, salgo a la calle a respirar el aire frío del invierno; llueve, llueve en esta ciudad de cristal, de acero y de ladrillos; la atmósfera es rojiza, tenue, difuminada; no se ve a diez pasos de distancia pero me conozco cada uno de los edificios de memoria y sé, supongo, colijo y barrunto que están allí, altos, hieráticos, orgullosos, mirando desde lejos las diminutas hormigas que somos los hombres; algún despistado pasa junto a mí a toda prisa y continúa calle adelante; no se miran ya los hombres, todos callan, tal vez por la vergüenza de saberse semejantes; ese animal tan lacrado que nació como una excrecencia sobre la tierra, que se levantó vanidoso durante algunos años esperando la llegada de la vejez, ese mismo ser que volvió a la tierra y enmudeció para siempre…; no hay nadie más a mi alrededor, solamente la boca oscura del metro de donde salí hace unos momentos, el mismo orificio que me tragará pronto cuando vuelva a esconderme en las entrañas de la nada. 

De nuevo respiro la profunda emoción de este oculto subterráneo, mis nervios se agitan moviendo los brazos, las piernas, los músculos, en un intenso vaivén donde las contracciones son las que mandan y las que dirigen mis movimientos; las paredes, estáticas, me miran por los cuatro costados y experimento la soledad del huérfano, del que se sabe aislado de todos, del indolente que un buen día renunció a la vida y a esta sucia rutina que constituyen los días repetidos; oigo de nuevo el zumbido de la tierra bajo mis pies, de las piedras que se remueven, que se rozan unas a otras a cientos de metros hacia abajo, hacia la sima más profunda y oculta; ahora aguzo el oído y creo escuchar a mi lado unas pisadas suaves que avanzan hacia mí; mi cabeza se mueve y, aunque me faltan algunos trazos para poder reafirmarme, mi cuello voltea sobre mis hombros y observo con ansia el origen de estos sonidos; una luz difusa se contonea en el borde del último escalón, alguien se acerca, me tiembla el pulso, no quisiera por nada del mundo que la gente de fuera volviera a esta alcantarilla donde sólo las ratas, las miserias y yo mismo debemos estar; los sonidos aumentan, la luz se define, alguien está abandonando ya la bajada que le separa del mundo; pero lo primero que veo no son los pies o las manos de ese alguien; una escuadra de madera asoma suspendida en el aire, soportada por alguna fuerza desconocida, la forma se concreta, se vuelve definida, nítida, clara; es un rectángulo de tela extendida en un marco de pino; por el borde percibo unos dedos encorvados que sostienen el peso de esa masa extraña; en pocos instantes aparecen los pies bajo la tela inflamada; por encima vuelan cabellos ligeramente encrespados y morenos; es un hombre ⎯me digo⎯, un hombre el que transporta una especie de caballete al fondo mismo de la cueva ⎯algo totalmente sin sentido, la locura misma libremente expresada, el mundo excéntrico que retorna⎯; yo continúo sentado y ansioso, me extraña tanta elegancia en el porte del bulto; miro el reloj que anuncia la llegada de los trenes; nada, como siempre, parado en el mismo minuto, en el mismo segundo, eternamente esperando la llegada de un tren que nunca me llevará a mi destino; el desconocido se ha colocado a tres metros de mí; es relativamente joven, y sus manos son enérgicas, vivaces; todo su cuerpo se contorsiona mientras coloca el caballete a mi lado; luego coloca una bolsa sobre el extremo de mi banco y extrae de ella pinceles, botes de pintura irregulares, una paleta muy usada…

No cesa el misterio; espero a que por lo menos tenga la deferencia de saludarme, espero y espero y me cargo de paciencia, pero es como si estuviésemos en planos distintos, en universos diferentes, paralelos, aislados; el hombre se atusa el cabello y mira hacia los lados como si estuviese buscando algo, no sé si la inspiración que no llega o alguna sensación que sólo él conoce; de pronto se aparta a un lado igual que cuando alguien se cruza contigo y te toca sin querer un brazo, momento en el que sientes la violencia del que inunda tu espacio y te apartas, pero allí no hay nadie, nadie salvo él y yo; coloca ahora el caballete en la posición deseada, toma un pincel desnudo entre sus dedos, lo aleja, lo acota, como si estuviese midiendo alguna distancia, después mira hacia la escalera; se ha quedado observando la pared a medio levantar, seguro que los ladrillos herrumbrosos le causan, como a mí, desasosiego; deja el pincel en el banco y toma otro con su mano derecha; la paleta la sostiene con la otra mano, acerca las cerdas a la pintura y comienza a desplazar el pincel por el aire, después sobre la tela extenuada; de pronto y de manera muy suave la luz del túnel comienza a deshacerse en pequeñas fibras desnudas, observo las lámparas y compruebo que no son ellas las causantes de este nuevo colorido, todas siguen igual, pendientes del cielo, oteando desde la altura los sucesos del suelo,  las miserias de lo profundo y divisando desde la distancia la negrura que sale de las bocas del metro; todo se vuelve gris, un gris nauseabundo que inunda el espacio donde nos encontramos; los ladrillos de enfrente adquieren una tonalidad más rojiza, más real, como si unos obreros invisibles los estuviesen ahora mismo colocando, y los ojos del túnel nos observan ahora con más fulgor y con más hondura que antes; el hombre pinta un cuadro y lo hace con dolor, parando de vez en cuando para respirar, para apartar la mirada de las pinceladas marcadas a fuego sobre la tela, se ve que el artista sufre con su labor; me levanto, intento ver qué paisaje lleva entre manos, cuál es su estilo, por qué pintar en este sitio tan olvidado, pero cuando me acerco a su figura el artista parece alejarse y alejarse; y pienso que posiblemente sea una sensación mía, un efecto personal de mi propio ser ⎯de tanto tiempo como llevo esperando a que me saquen de aquí⎯, porque sin duda que sus dedos continúan dibujando extrañas figuras, densas capas, signos y líneas confusas; me retiro a un lado y trato de colocarme detrás de él para ver así mejor la obra; sobre sus hombros observo el mismo paisaje que tengo delante y que tanto conozco; a un lado el hueco perfecto del túnel que se expande como un sufrimiento hacia el otro lado, desapareciendo en lo negro; delante la pared infinitas veces analizada por mis ojos cansados, en medio la zanja insalvable y, además, todos los detalles que rodean el escenario de este cuento sin principio y sin final, de este cuento de la desesperación que intenta salvar un alma perdida de las inmundicias de lo que no comprende; el virtuoso ha expresado hasta el aire inerte que respiro, impregnando con extraña técnica todo el ambiente de un color ceniciento y sucio, como si toda la tela estuviese manchada por algo ruin y malévolo; admiro la destreza de esos dedos ágiles, de esas manos obedientes que se mueven al impulso del corazón, pero me desazonan sus ojos muertos, sus labios tirantes, su alma agrietada que intenta sepultar en la tela todo el odio que siente hacia el mundo; ¿seré acaso yo una figura más de su cuadro?, ¿es que la realidad no es más que eso, una farándula de colores donde nadie es libre y donde todo lo llevamos marcado en la sangre? 

Me duele la cara, la toco con los dedos y compruebo que mi silueta se disuelve, se ahoga en este aire gélido de realidad creada; siento miedo; por primera vez el terror invade mi alma y encoge mi cuerpo; quisiera poder hablar con este pintor para decirle que no me borre del mapa, que aunque yo sea solamente una figura, quiero seguir estando; que me conformo con ese poco de calor que me ofrece con sus suaves pinceladas; ¡quisiera decirle tantas cosas!, pero la realidad es la que es y el artista sigue pintando y yo continúo transformándome sin remedio.

Al cabo de un buen rato el pintor recoge todos sus bártulos y se va como vino, lanzando al aire sus suaves pisadas, sus tímidos coqueteos con el espacio, en un avance decidido y ligero; me duermo; el banco sostiene la parte de mi rostro que aún conservo, también mi espalda, mis brazos y mis piernas descansan; el túnel está iluminado e irradia una eterna vigilia sobre mis párpados; me duermo sin remedio, al fin, agotado por el cúmulo de emociones vividas; sueño con mi trabajo, me veo, desde fuera, bajando a la mina, erosionando con la pica y el martillo la frágil pared de azabache; y oigo toser a mis compañeros de fatigas; un cuerpo cae de pronto al suelo; el sonido es sordo, un cuerpo laxo no deja apenas huella cuando cae al fondo del esfuerzo, esas piernas y esos brazos no cavarán más las entrañas de la materia, no sufrirán más por todos nosotros; me duelen los huesos, cambio de postura y entonces, al girar la cara me hundo en el banco, despertándome; me falta ⎯lo noto⎯, un lado del rostro, apenas soy una silueta abstracta, una línea difusa, una pincelada obscena; mis ojos atraviesan los listones del asiento y veo perfectamente el suelo con las hormigas andando y alguna que otra cucaracha que busca un lugar para cobijarse; miro de nuevo el reloj y compruebo desesperado que no avanza, que el tiempo se ha detenido, que la infinitud me ha tomado en sus brazos y me lleva lejos de mi mundo; quiero morir, morir de una vez por todas, quizás para no mendigar un poco de vida sin sentido durante el resto de la eternidad. 

Aún me queda la boca para poder vomitar, y los recuerdos para conformar y rehacer el ambiente que me envuelve a su capricho; mientras nos queden bolsas de hiel que expulsar de nuestro interior seguiremos vivos, aunque este tipo de vida no sea más que una farsa, un problema sin solución, una esperanza quemada; ha transcurrido el tiempo; lo sé por la cantidad de desesperanza que llena mi alma; el reloj continúa parado en la hora eterna, las 7:30; pero ya he olvidado el día en que vivo, la semana, el año; ignoro si soy viejo o joven, porque en este esófago oscuro de hierro soy incapaz de valerme por mí mismo y camino de un lugar a otro como un recién nacido, desequilibrado y abstraído; lo único que parece real es la materia que me rodea y que da forma y sustancia al espacio concreto; si no fuera por la mecánica elasticidad de las formas nada tendría sentido, porque los pensamientos se esfuman, se moldean, se transforman, y en el mejor de los casos, desaparecen; ¡qué dolor! ¡qué dolor más infinito el de ver volar ante ti una esperanza que te cobijó durante toda la vida!; es el momento de enfrentarte a la existencia y al misterio de su fin, de su definida distancia, el momento de mirarte sin el espejo de siempre y de confesarte que has sido constantemente un iluso sin los pies en la tierra; por qué pensar cuando un simple pensamiento no es más que un jirón de tu propia piel, una tira arrancada que alimenta los sueños de los demonios; ¿quién ha querido que pensemos ⎯me pregunto⎯, que reflexionemos a lo largo de los años?, ¿quién puede haber deseado esta perversa ilusión de los deseos que nos embriagan y nos mienten?; tal vez la vida misma con sus grises matices, con sus grumos y pinceladas gratuitas; o quizás la imperiosa necesidad que todos hemos albergado de sabernos a salvo de la mediocridad, de ese insulso estado donde todo lo que hacemos o pensamos es semejante, armonioso, carente de originalidad, donde cualquier idea muere nada más haber nacido, sin haber tenido la oportunidad de rebelarse a los demás, sin haberse hecho un hueco en la masa mísera del mundo.

Dejo a un lado mis sueños recurrentes y me levanto del banco para comprobar una vez más que todo sigue igual y que las sombras recorren el túnel, los sonidos profundos continúan emergiendo de las entrañas de la tierra y que continúo estando solo, solo en medio de esta brisa amortiguada que entra por la escalera vecina; mi cuerpo eterniza la forma de una simple silueta dibujada con leves trazos confundidos en el aire; ¿es esto la muerte?, ¿una espera eterna?, ¿un vacío lleno de sollozos?; creo que ya no es hora de lamentarse sino de remontar el vuelo y vivir de nuevo, aunque esta vida sea creada por otro; y pienso en el artista, en su apartada distancia, en su trabajo obcecado, en la ilusión que acumula en cada trazo; pienso en él y le echo de menos y deseo que su cuerpo asome por la boca de entrada, rompiendo el equilibrio de luces y de sombras, creando, él mismo, una nueva realidad, una sustancia distinta, un momento diferente que anule todos los anteriores y me salve de esta eterna vigilia; espero sentado de nuevo sobre el banco; miro las lámparas altísimas, los techos ocultos en la negrura, la garganta del túnel que se acerca y se aleja formando con esta dicotomía una absurda paradoja de todo lo que es, de todo lo que se levanta para luego morir; y grito en medio de la nada, grito hasta que el pecho me duele, hasta que mis nervios se aploman y el aire se me acaba; luego llega el reposo y callo, miro hacia el suelo, observo las diminutas hormigas en procesión bajo mis pies, y me sacude una envidia terrible de no poder ser como ellas, civilizadas, trabajadoras, condenadas de por vida a un esfuerzo en el que no deben valorar nada más, sólo el trabajo, la tarea rutinaria, el pensamiento yermo y el sentido de sus días vacíos y sin esperanza; al menos ellas tendrán la oportunidad de morir aplastadas un buen día por cualquier trozo de materia o simplemente engullidas por otro ser de mayores dimensiones; pero tienen un último día, una postrera ráfaga de luz que entrará por sus ojillos y que será la señal tantas veces esperada; yo, sin embargo, sólo dispongo de la espera sin fin, del perpetuo incomprensible hecho realidad, materia, algo tangible; y por eso, la única esperanza que me queda es que el artista me salve; sólo él dispone de mi vida; lo único que necesito es que un buen día, mientras esté ultimando este cuadro inmundo y sin apenas sentido, decida que todo ha sido un sueño asqueroso; y en ese estado de comprensión y de generosidad ⎯un estado en el que las almas, cuando lo alcanzan, se muestran en plena disposición de amor hacia el hombre⎯, tome el pincel y deshaga todo lo hecho, rompiendo la tela en pedazos, destrozando las formas y disolviendo las líneas y los colores; sólo de esta manera mi realidad será liberada y podré descansar en paz, sin encarnar una pesadilla de nadie, sin dejar de ser yo mismo…

El artista pinta; no me he dado cuenta de nada; puede que lleve un buen rato coloreando las fantasías y los miedos de su alma; puede incluso que lleve allí de pie, junto a mí, toda una vida pintando y mostrando la vanidad y la arrogancia en cada pincelada; el experto deshace sus miedos en cada trazo, en cada vahído sacado de dentro; sus miedos, al fin, pueden ser expuestos plásticamente a la vista de todos; y luego, cuando la obra esté terminada, el pintor descansará como un niño hasta que de pronto otra angustia asalte su alma y se yerga sobre sí misma impidiéndole respirar, sembrando sus noches de pesadillas y de sueños insufribles; entonces habrá llegado el momento de bajar a la tierra con otro lienzo bajo el brazo para intentar recoger sobre la tela desmayada todas las miserias del hombre; asomo mis ojos de nuevo tras su figura; el corazón me late frenético; sus hombros mueven los brazos armados con el pincel azul de la desgracia; su mano perfila un ser anónimo sin ojos, sin rostro, sin figura donde la esperanza de ser reconocido pueda aferrarse; este ser mira hacia una mesa transversal donde cuatro o cinco siluetas examinan su paso por la tierra; un tribunal de odio y de herejía que abre sus fauces tragando la libertad y la cordura de los hombres; un episodio que se repite una vez y otra llenando las existencias terrenales de sombras alargadas, de nichos abiertos, de fosas húmedas, cálidas, vaporosas; son como tributos a un más allá venidos de pronto; los trazos se marcan suaves, rozando, acariciando la tela reticulada, apenas unas líneas difuminadas en forma de hombre; y cuando compruebo que ahora se trata de una obra nueva me echo a temblar y siento odio por este ser que me mata sin remedio, condenando mi espíritu, anclándolo en el seno mismo de unos hilos cruzados y sucios; siento odio por mí mismo, por todo lo que me rodea, por este hombre que busca en el arte una mejor forma de vivir y de morir, un camino expedito hacia la nada, una esencia sin fondo que le salve de la rutina que constituyen sus días y sus noches, una manera distinta de salvarse o al menos de intentarlo; y le aborrezco sobre todo por no darse cuenta de que lo que él crea con el color esparcido es otra materia real, con vida, con alma, con sabores dulces y amargos, por todo esto le odio y por saber que la ignorancia la lleva prendida en cada matiz expresado, en cada misterio que le procuran los colores con todos sus matices; miro de nuevo el reloj de mis noches a la luz tenue de los faroles encendidos, y me sorprendo pensando que ahora ya la eternidad se comprime en medio de su propio ser, ahora la infinitud deja un resquicio a la esperanza; el rectángulo numerado, vivo y elocuente ⎯con su plateada elegancia, con sus dígitos esquinados, rojos, dolientes, encendidos en medio del negro aroma de la muerte⎯, marca por fin la hora esperada: las 7:31.

El vuelo de las golondrinas (1913). Giacomo Balla (Turín 1871-Roma 1958)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 15. Tannhäuser. Antonio Florido

Fisonomía 15 
TANNHÄUSER

Por Antonio Florido

     
El señor Arthur acaba de despertar. Ya anda el día reclamando su despedida. Por lo azul de las nubes, que se vuelven grises al paso por la ciudad. El sol, escondido, disimula su cansancio y de vez en cuando asoma sus débiles y últimos rayos entre los huecos esponjosos. Una sombra adelantada y enorme va cubriendo las casas, resbalando por los infinitos tejados en declive, hasta tocar con sus flecos las puntas de los árboles. El olor de las aceras sube hasta las ventanas semiabiertas y entra en los hogares. Un aroma a viejo, como de moho enfurecido por el transcurso del tiempo. A esta hora de la tarde la criada suele cerrar los ventanales, corriendo las cortinas hacia el centro, adormeciendo las estancias. Y luego, cuando la oscuridad ciega los ojos enciende los candelabros, creando un espejismo de siete llamitas repetidas, en una doble escalera, hasta que todas alumbran al compás mientras la mujer viaja por los pasillos comprobando la aceptable armonía de la vivienda. A eso de las ocho la mesa primorosa con su vestido de gasa, calada en los extremos. Una cena en la esquina espera la llegada del viejo, que se roza los párpados, aún recostado. Sucede así todos los días. De lunes a lunes. Pero hoy, en la noche del sábado, los señores salieron al teatro. Ahora estarán en el palco, con los brazos sobre el borde en curva, rojo y aterciopelado. No se acuerdan, embelesados, del anciano que dejaron entre las sábanas, como un recién nacido, enroscado entre sus pliegues, los brazos arrugados, el cabello ligeramente rubio, aunque escasísimo, por la edad, que ya maduró hasta los noventa bien adentrados. El matrimonio respira hondo hinchando sus pechos cuando, al fondo, el telón comienza a subir lentamente. La orquesta silba sus primeros acordes y el silencio es total, sólo abortado por algún que otro inoportuno carraspeo. 
     Arthur abre por fin sus ojos viajeros, que tantas escenas han vivido. Está el hombre a punto de claudicar de la vida. Pero aún le quedan al anciano algunas ansias encerradas en lo más profundo de su mente. El filo de la cama se muestra arisco, elevado, formando una cresta alrededor del valle donde el cuerpo aviejado ha estado descansando toda la noche y buena parte del día. Huele a carne podrida, a cieno encalado en unas paredes floreadas, a ligerísima humedad en lo alto, donde el techo, lejano, permanece quieto en actitud esperanzada. Arthur no es capaz de hilvanar dos pensamientos seguidos. Eso era antes, cuando aún los años no habían descarnado su cuerpo. Ahora, en el retiro indolente, su pensamiento aparece alumbrado por unos escasos vaivenes inopinados, como en un sueño, adormecido en el transcurso de las horas. Esta tarde, sin embargo, el viejo soñó. Y en el sueño se notó fortalecido, como en sus tiempos mozos, viajando por esos países de lenguas extrañas, por esas modalidades irreconocibles, de gentes crudas en el rostro, encendidos algunos, atractivas las hembras que le miraban como al señor que vino desde tan lejos, con la maleta reservada, en una mano pendiente. A Arthur siempre le sedujeron los viajes en tren. Trenes llenos de gentes sin nombre, de niños raquíticos y de mujeres golosas, de hombres con sus hatillos, de perros ladrando, de revisores que no revisaban apenas, a él siempre, repito, le atrajeron esos viajes, como si fueran unas despedidas de mentira, ir y no ir, huyendo del trasiego de la rutina, que también ella se torna a veces resuelta y protestona. Esta tarde el viejo se esfuerza por sacar las piernas sin la ayuda de nadie. Sólo se trata de un esfuerzo simple, aunque gigante para sus años. Elvira estará en cualquier parte del mundo. Para Arthur la casa es enorme, inabarcable, despedida hacia lo lejos igual que el horizonte se nos adelanta cuando avanzamos. Siempre escuchó el rumor del uniforme cuando ella fregaba en la cocina o cuando caminaba lenta, salvajemente, por los pasillos. Hoy solo hay silencio. Roto ahora por el roce de sus piernas que doblan el ángulo buscando una posible salida. El suelo está tan bajo que al hombre se le dispara en lo que puede su débil corazón. Ya sus pies retorcidos apoyan el suelo. La alfombra le acaricia unos dedos conchosos, como los dedos de mi abuela, cuando vivía, recuerdos que no me abandonan, que los llevo prendidos hasta el fin, hasta que todo este misterio esté resuelto. El anciano siempre duerme con el pijama. Una sencilla camisa abotonada y unos pantalones que se le suben hasta las rodillas en el instante en que Elvira le cubre con la sábana. Ese detalle nadie lo averiguó jamás. Tampoco tuvo nunca su importancia. Porque hay minucias tan engreídas que alzan el cuello hasta alcanzar el límite exacto de su elasticidad, intentando subir en la escala, para pasar de pequeña insolencia a una pincelada más gruesa. Hoy, ya casi de noche, la sombra en la habitación. Encharcando los muebles, las paredes, el techo de fatigada lámpara, la puerta de molduras enervadas, el arcón, la cama, la percha, las sillas, el galán hierático y orgulloso. Arthur, el anciano, despega la sábana, retira esa piel que le cubre desde hace ya tanto y busca la perilla blanca. Sus dedos se muestran torpes, temblorosos, y por los labios, finos y cárdenos, fluye una baba transparente que nunca se atreverá a secar porque nunca se dará cuenta de su existencia. Hay características que son indudables. Ese peinado primerizo de los adolescentes, cuando embadurnan sus cuellos con el perfume que les regaló su amada. La postura erguida de los maduros, entrados en años, años disimulados porque todavía un bozo ligero de la pasada juventud asoma a sus rostros. Y la tímida inclinación, disimulada, de los viejos que apenas escuchan lo que otros declaman, por la sordera, que les entró lentamente, como un gusano ondulando sus movimientos por los oídos, hasta el fondo, hasta que logran sentir esa cálida ternura de los huecos ocultos. Arthur logró levantar el tronco. Ahora permanece sentado sobre el filo escarpado y rocoso de la cama, con la sábana a un lado, arrugada, caliente, callada. Descansa el viejo. Su respiración se va calmando poco a poco. La luz, ya encendida, marca unas sombras opuestas a las terribles realidades. Siempre tuvieron esos ángulos las mismas aberturas, desde el principio, cuando su hijo propuso lo que propuso. Ahora ya era un poco tarde para cambiar las cosas. Las piernas perdieron sus vellos. Flacas, colgadas hacia el suelo, por la piel que se le adormece. En la mente del viejo asoma en estos momentos un pensamiento fugaz. Se siente perdido, alejado de toda posible aquiescencia, lejos de todos, apartado como Elvira, cuando la mujer se oculta tras las puertas cerradas.
     Tal vez si pudiera…
     Agarrado al arco curvo de la cama el anciano se ha puesto de pie. Intenta mantener el equilibrio, recordando cómo lo conseguía cuando aquello de tan lejos. Ahora el cuello le respondía cruelmente. Si movía más de la cuenta la cabeza, o simplemente los ojos en direcciones cruzadas, el vértigo aparecía en redondo alrededor de su cuerpo, y luego la caída. Por eso Arthur se movía muy lentamente. No había prisa. Ninguna. Esa eterna compañera de la vida que se mueve empujándote, reclamando de ti una mayor desenvoltura, ahora estaba, como él, casi dormida. Los pantalones se le fueron cayendo desde la cintura estrecha. El viejo con la camisa doblada, los dos botones de arriba desabrochados, aparentaba una especie de decrepitud, sólo evaluada con los ojos de la renuncia y del recuerdo, cuando a mi cabeza llegan ahora esas otras imágenes perdidas en la consciencia de mi vida. Arthur pensaba caminar. Hacia alguna parte. Todavía no había decidido el destino, pero al viejo le apetecía cambiar el rumbo de sus rutinas, esparcir por el suelo su destino cercano, viajar de nuevo, conocer otra vez a esas gentes de antes con las que apenas cruzaba de vez en cuando una mirada furtiva, deseaba el hombre salir de su cuerpo, ser el señor Arthur de siempre… y el tren en su retina, con el sonido metálico de sus ruedas macizas, observando desde la ventanilla paisajes inventados, horizontes que nunca más volvería a ver, como todos esos ojos de enfrente, ojos dirigidos a los suyos, como de niños y de ancianos, tan lejos aún para él en la distancia, tanta osadía guardada en la frente de los otros, cuando se levantaba a estirar las piernas o simplemente cuando dejaba desocupado su asiento para una señora entrada en años. Añoraba así, de esta manera tan insospechada, esos viajes antiguos. Ahora el hombre, esta tarde de oscura presencia, necesitaba viajar de nuevo, sentirse útil en su desenvoltura, atravesar con sus piernas las lejanas praderas de los salones, salvar los puentes apasillados de puertas cerradas. Dejó la luz en una tenue fosforescencia crepuscular. Un ocaso en el interior de la habitación. Miró hacia atrás y sintió una leve pesadumbre al tener que abandonar el espacio de sus últimas tardes. Sin embargo, Arthur se había decidido al fin. Con sus dedos agarrotados sostuvo el picaporte que cedió rápidamente en una curva hacia el fondo, suave, silenciosa, un giro que le abrió quedamente la ancha planicie moldurada y blanca. 
     Mientras tanto…
     El señor Stepelton y su esposa aparecen sentados, extáticos, como ausentes de sus pensamientos cotidianos cuando el telón, sobrio y de un verde agua maravilloso, con algunas tesituras en declive, va subiendo lentamente frente a un público expectante. Un patio de butacas silencioso. Únicamente podríamos oír, de poder, los latidos incesantes por el comienzo de la obertura que claman ya las trompas, los fagots, los clarinetes impolutos en sus brillantes apariencias, todos los instrumentos cantando en grupo, una armonía in crescendo al principio, acelerando las pulsaciones de la gente embelesada, que no se atreven a mover sus cuerpos de los asientos. Luego alcanzan los oídos el decrescendo majestuoso que deja limpio el espacio, antesala de lo que pronto sucederá en el escenario. Y esos coros, a ambos lados, como presencia articuladora del drama, lanzando al aire las voces de Los Peregrinos, voces empastadas, dúctiles, explosivas… El matrimonio, como dos figuras de cera, ha vuelto al principio de todos los tiempos, cuando esta historia de la vida hubo comenzado. El anciano quedó atrás en sus pensamientos, absorbidos ahora por la dulzura y la presencia de las cuerdas, con sus sutiles y brillantes pasajes, y los metales, poderosos, deslumbrando por encima de los invitados, ya en el concertante. 
      Arthur ha movido uno de sus pies, adelantando el movimiento, atrevido en su esencia, con el carácter que le quedó al hombre de cuando entonces. El otro pie, observado desde la altura de sus ojos desea también seguir al primero y, en un arrebato juvenil, se adelanta hasta conseguir establecer un paralelismo casi patético. El cuerpo apijamado ya se encuentra en el pasillo, la puerta tras él quedó abierta, como si nada en su mundo estuviese sucediendo, solamente el sonido crujiente de los muebles encerados de caoba, y el polvo en el ambiente, cuando choca insensible con los planos inventados. Arthur se anima y el anciano repite el movimiento de antes, avanzando siempre su pie derecho, mientras sus manos, huesudas y articuladas, se aferran a la pared más cercana, la cabeza siempre al frente, con la mirada acompañando, el temblor de sus rodillas que, ante semejante singladura, se resisten al avance. Una pequeña infantería de tejidos y de arterias sofocadas camina ahora buscando al enemigo en la batalla, en su propia ofensiva comprendida, porque el viejo desea ser un hombre de nuevo, igual que al principio, cuando era un pequeño renacuajo enjuto y rubio, junto a la falda de su madre, en el olor grato de esos tules, ansiando aquellos días pasados en la tibieza de un hogar que le atrapaba. Sin embargo, el recuerdo viene y va de su mente, así como a lo tonto, jugando con el devenir de su dueño y el viejo pierde la consciencia de lo que hace y de lo que quiere. Mira a lo lejos, a esos reflejos en el suelo, donde las losas ajedrezadas alternan sus colores, y nota en el alma un miedo a lo lejano, dudando en ese instante si seguir con su locura, que le llora en los oídos, o si regresar y echarse otra vez en esa sepultura con forma de cama. Ahora se le apagó al viejo la cordura y la comprensión de los hechos y sus piernas le avanzan el cuerpo hasta la mitad del pasillo, cuando la criada se cruza con él y le roza con desgana, mirando la cara del anciano con asco y con un cierto regusto podrido, como avergonzado, y la mujer, rebosando una juventud insolente, entra en la habitación del señor y se cruza de brazos sin saber a ciencia cierta qué debería hacer en ese caso. La joven, en su noche libre, ha sido obligada a cuidar del anciano, solamente estando allí, que no hace falta ningún acto definitivo, porque todos saben que el viejo duerme como un niño cansado y la joven, pensando en la noche fugitiva que se escapa de sus manos, en las estrellas del paseo, donde seguro que los señores caminaron con las manos enlazadas, para hacer tiempo, allá en el Lenchenberg, bajo los tilos olorosos y mullidos, junto al teatro, al lado de otras parejas maduras, arrastrando ellas los velos de los vestidos y ellos con los cuatro dedos introducidos en los bolsillos de sus chaqués. Sin embargo, el tiempo sigue con su apático progreso y ya el anciano ha tocado el filo postrero del pasillo, donde se rompe la compostura y comienza lo doblado, formando un ángulo desconocido para él hasta ese momento, ya que Arthur lo ha olvidado casi todo, en su casa de tantos años, resuelto como él era no hacía mucho, tan joven, en sus viajes, cuando regresaba y la difunta señora le recibía con la alegría en los labios, ahora su hijo, el señor, el distinguido señor Stepelton, figura con el labio inferior colgando, de la mano inseparable de su esposa, embobados ambos con el primer acto en un andante majestuoso, con una estructura enrevesada pero grata para los oídos ignorantes. Ambos esposos embelesados, casi en una salvaje salida del alma, oyendo desde su palco las violas y los chelos que se afanan en lo cromático, en esa peregrinación antesala del perdón con el que termina la primera ofensiva, en sus ochenta compases clavados en los asistentes, cuando el telón del principio, ahora, con mayor majestuosidad si cabe, surge del cielo bajando con una lentitud exasperante, y la gente, en sus asientos, se llevan los pañuelos a los dedos, por si acaso, aunque los más mesurados han decidido la espera, por el qué dirán los compañeros de asiento, que ya se sabe.  
     El señor Arthur se aproxima al salón. La mesa dibuja un centro ovalado y sobre ella una sutil vestimenta preparada para la cena. Esta noche los señores, ausentes, abandonaron los asientos y las tres sillas de costumbre aparecen desocupadas, arrimadas a la mesa, bajo ella, casi escondidas. Solamente una de ellas, la del fondo derecho, muestra su ancha lamia figurada, suave y tersa.  Elvira espera sentada mientras observa la aventura de su amo en el trajín viajero de esa tarde. Nota la sirvienta un denso desajuste en su interior, como un pequeño temblor que comienza lentamente a surgir. Un temblor, casi mudo, que se va transformando en un tenso y agrio sentido del deber. Elvira imaginaba su paseo por el parque bajo la crepuscular escultura de las nubes, soñando con una vida pasajera, una vida inventada con el anhelo de salir corriendo hacia algún sitio desconocido. Mira al señor acercándose escandalosamente lento, y ese tardo y pausado avance enciende el rostro de la damita, tan bello y delicado. Elvira sabe que la sopa se enfría y que su trabajo apenas ha servido de nada. Pero los señores no están en casa y probablemente, por otros días similares, llegarían ya bien anochecido, cuando la madrugada abriera la puerta de la casa y se notaran por los pasillos las risas afortunadas de los pequeños burgueses, risas y caprichos de dos viejos bobos que creían a pies juntillas que habían conseguido comprender el verdadero secreto de sus vidas. Pero la doncella, ajustada como siempre a la rutina, sueña y sueña, en un viaje onírico, en mitad de la tarde que huye, que se fue, bajo la noche desesperada, mientras ella queda allí, junto al viejo, sepultada de por siempre, cuando sus padres le dijeron, la casa de esos señores es una de esas de cierto abolengo, hija mía, y ella por aquellos días, miraba el rostro de su madre que apartaba los ojos hacia un lado, y luego hacía lo propio oyendo los consejos de su padre, matices que en el centro de su adolescencia aún no comprendía. Sin embargo, asintió como una buena hija y desde aquel entonces el viejo señor Stepelton maduraba en su mente sin poder remediarlo, y soñaba con él, que se moría el viejo, en un arrebato de locura y en el centro de un horrible alarido. 
     El anciano se había quedado quieto. La abertura del salón le hubo tomado la escasa cordura y los recuerdos se le escaparon, evaporados en la estancia ricamente adornada. Elvira, sentada y esperando, volvió de pronto a la realidad y en un arranque inopinado, sin razón alguna que así lo justificara, en un volcán de su pecho que le había sacado la rabia del alma, se levantó bruscamente y tomó con descaro el cuerpo del viejo y lo arrastró, tirando de sus hombros, con arrojo y violencia, con un desconsuelo impropio, como si el viejo fuese sólo un saco de patatas. Tiró de él con un ímpetu rencoroso y vengativo, por la noche desertora enmarañada en sus pensamientos. El viejo abandonó las escasas fuerzas de sus pies, y las piernas comenzaron a desplazarse hacia la mesa como si fuesen dos ridículos hilos de carne. Deberíamos comprender la actitud de la doncella si, como ella, tuviésemos la certeza de que nuestra vida se nos va de las manos. Comprender sin justificar, por supuesto, aunque la moza, joven y fuerte, seguía con el cuerpo del anciano entre sus brazos y con un vaivén definitivo lo acomodó sobre la silla apoyando los pies del viejo en el suelo, poniéndole las zapatillas que tal vez el anciano nunca se había colocado, apoyando la espalda deshecha sobre el dibujo misterioso y enigmático de la lamia de caoba. Luego le colocó el babero, de una tela blanca, impoluta, hasta la cintura, apretado ligeramente a un cuello diminuto y con la cuchara en la mano comenzó a meterle el caldo a empujones, cucharada tras cucharada, con prisa, con la rabia todavía en el cuerpo, llorando quedamente por su desventura, mirando al viejo de rostro granulado, donde la nariz, respingona y las orejas enormes colgando de los lados, daban al señor una apariencia un tanto ridícula y esperpéntica. 
Comenzaron los sátiros, las sirenas y las ninfas en su clamoroso despliegue, creando una escena sensual y atractiva, en un despertar del Venusberg majestuoso. Los esposos, que ya habían descansado en el entreacto, se miraban de hito en hito, intentando cada uno aparentar un delicado y delicioso entendimiento de lo que en el escenario estaba sucediendo. Pero en el fondo de sus almas que, como todas las almas, permanecen siempre en completo mutismo, ambos eran conscientes de que su sitio no era aquel, y los dos se sentían desubicados y a destiempo, como en otra realidad creada para los entendidos, tal vez para esa otra clase de señoras y señores más ricos y más encopetados. Sin embargo, solamente se trataba de la pura ignorancia encarnada en la convicción de los señores Stepelton. Ahora sonaba en el teatro el coro de los peregrinos, a cuatro voces sobrias y fervorosas, hombres cantando a capella, en el extremo desconocido y más alejado de los esposos, pero hasta donde alcanzaba ese característico motivo sincopado donde la cuerda convierte al oyente en uno más de la ida y la venida, que se acerca y se aleja por el camino. El éxtasis más puro y sincero en los esposos. Casi un lloro disimulado. Él se quitó el guante de cabritilla y aferró con más fuerza los delicados deditos de la esposa, en una convulsión del alma, intentando comunicar a la señora Stepelton lo exagerado de su emoción. La esposa volvió la mirada hacia el marido cuando el coro femenino inoculó en ella los ecos idílicos y sensuales del sottovoce, cuando la entrada de los Invitados creó en el público la sensación de que los artistas pasaban por unos momentos comprometidos, pero luego, al final, cuando llegó la hora del concertante, la técnica impecable les mostró a todos la enorme y verdadera precisión del libreto de Wagner.
     Arthur Stepelton siente los labios abrirse por la presión de la cuchara. El caldo se le escurre por los filos arrugados buscando el cuello. Elvira ni siquiera le mira cuando toma del plato las repetidas y rutinarias cucharadas que introduce en la boca del viejo con una desgana incomprensible. Arthur no piensa en que el caldo le quema la lengua. No siente nada. Tampoco piensa en sus recuerdos, porque aquello tan lejano y tan denso, aquello que llenó toda su vida introduciéndose en el cerebro, ha desabrochado las emociones y, éstas, alocadas y libres, se alejan del anciano para no volver a él nunca más. Las manos le tiemblan y no es capaz de percibirlo. No logra controlar esos movimientos pequeños, ridículos, eléctricos, que dibujan a su alrededor una calcomanía grotesca. Un hedor sube a lo alto, mezcla de rencor y de insana alegría, de miedo y de ganas de salir corriendo, miedo a todo lo que a ambos ahora les rodea, con la insulsa y tal vez inútil tarea de alimentar a un viejo que pronto dirá adiós a este mundo. Ella lo sabe y lo sufre en silencio. Solamente se manifiesta esa terrible venganza en la boca y en el cuello del viejo que aparecen de un rojo intenso, ardiendo por el calor excesivo y despreocupado de la sustancia. El caldo se acaba. Casi todo cayó sobre el pecho hundido, empapando el babero, manchándolo, escurriendo por esas arrugas que ni siquiera los ojos de Arthur le prestan atención. Traga y traga desposeído casi de la vida. Ya se terminó la sopa. Pero todavía permanecen sobre la encimera de la cocina el puré de carne con tuétano de buey, solea u vin blanc, el faisán y la piña, manjares que Elvira elaboró con esmero sabiendo que ella misma sería la encargada de saborearlos. De pronto, el viejo, tal vez agarrado a un ligero y fugaz rayo de cordura, se levanta y comienza a dar vueltas a la mesa sin objetivo alguno, al menos sin ningún fin comprensible, salvo, quizás, rememorar ese vaivén cuando en los viajes el cuerpo se le iba de un lado a otro, en el pasillo, mientras caminaba alegremente, por aquellos entonces. Elvira, asediada por esa dura costra de coraje que de vez en cuando todos sentimos, también se levantó abandonando la mirada del viejo y se fue a la cocina para untar un poco de tuétano de buey sobre una porción de panecillo espolvoreado con sal.  La locura y la desidia anidaron desde ese instante en la casa de los señores Stepelton. Hasta que a la sirvienta se le cruzaron los panecillos en la frente y, en el seno de una furia descontrolada, asió al viejo que en esos momentos todavía caminaba pausadamente alrededor de la mesa y lo arrojó sobre el sofá de terciopelo azul. El cuerpo del anciano cayó sobre el mullido tejido y cerró los ojos, por las comisuras de la boca fluyó, entonces, un líquido viscoso, oscuro, de una compacta apariencia. El pijama totalmente arrugado frente al pecho de Elvira que de tanto subir y bajar, le estallaba en la conciencia. 
     En otra parte de esta historia, sin embargo, los señores Stepelton continuaban paladeando la ignorancia del arte que, sin entenderlo, intentaba introducirse en el pensamiento de ambos. Había comenzado ya el último acto. Casi terminada la obra. Wolfram contemplaba a Elisabeth que rezaba a la virgen. El amado no aparece. La resignación en un rostro bello, rosado, como de hada en sus sentidos. También, como en la casa, en el escenario ha caído ya la noche. Unos acordes sutilísimos del arpa, que surgen en el aire, invisibles y tímidos. Las luces se apagan y nace un cortejo, con el ataúd sobre los hombros… Ya el final. El coro de nuevo, esta vez acompañado por las bellezas de las maderas, otorgando a la escena una sonoridad más mística, si cabe. Los dos coros cantan ahora al unísono, en una explosión orquestal elevada y cautivadora. Y en este momento los dedos enlazados de los esposos aprietan con fuerza mientras el viejo Stepelton es apaleado por Elvira, en una violencia dulce, fina, elegante, en un canto divino como las voces de los coros, un tono voraz, el engendro y el desengaño, tal vez la propia apariencia de la eterna burguesía henchida de un gozo profundo. 
      La noche desleída obliga a que tanto la señora Stepelton como su marido, se abriguen bien a la salida del teatro. Van paseando bajo las luces tenues y tontas de las estrellas que el frío del cielo ha dejado al descubierto. Pronto llegarán a su destino. Y lo primero que harán será entrar donde el viejo Stepelton duerme. La sábana le cubrirá el cuerpo que poco a poco se va difuminando en el misterio al que nosotros llamamos vida.  Tal vez la luz del techo se haya quedado prendida. Pero ese diminuto detalle, insignificante en el mar de las dudas de nuestros días, sólo extraerá de ambos una leve sonrisa burguesa y hedionda de complicidad.



Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 14. La ciudad. Antonio Florido

Fisonomía 14 
La ciudad

Por Antonio Florido

      
(El autor de este texto, con su original modalidad literaria, expresa, sugiere, descubre a su manera sentimientos y sensaciones que ha dejado en él la obra de Mario Levrero, uno de los principales escritores uruguayos de las últimas décadas).



De escaparate, al fin. Mario Levrero muestra una irreductible capacidad para angustiar. De manera real. A su forma. Aunque el inconsciente se rebele. Me coloco al lado. Del hombre que sale de casa y camina. En la oscuridad de la tarde noche. Llueve. Un almacén escondido. Para el ser necesitado. El individuo cae. Ni me preocupo. O sí. No sé. Avanzamos y subimos al camión. Cuatro bultos apretujados. Una mujer, allí. Hermosa. Tibia. Morena. Cuchicheos a tres bandas. Y los pensamientos cruzando, veloces, sobre mi cabeza. Después dormitamos. El vehículo detiene su respirar. Y nos sacan a empujones. La hermosa abre las piernas. Coloca la juntura en la espalda del otro. Yo, detrás. Callado. Embobado. Esperando. La hembra ríe. El otro no lo percibe. Caminamos por la senda del desconsuelo. Levrero se afana en asfixiarnos. Torcemos a la izquierda. A la ciudad, vamos. Pero ella coquetea con el sueño de todo varón. Ambos enloquecemos. Antes no quiso, allí, sobre el suelo. Abrir su blusa emergente. Ahora la estación. El bar. La zapatería, que detiene su ambular por el mundo de lo trágico. Molina sospecha, sueño en lo de Mario. Echevarría ve difícil de presentar, la novela. Pero yo no. Porque la sufro. Viviéndola. Me sumergí en ella. En esta ciudad de mentira. Donde las cosas sencillas son apenas alcanzables. Me preocupo por ello. Por nimiedades. El tiempo avanza. Conozco a Giménez. De la mano de él. Ignoro su nombre y sus arrugas. Nadie lo dijo. Pero me preocupa el detalle. Y pienso en doña María componiendo los estantes desbocados. Y el hombre que mira, desde el bar, hacia la calle. Luego lo supimos. Nos odiaban. Nos temían. Ella en el lado. Con la mano en alto. El de azul la llamó. Sentí celos, con él. Quiero decir, con el otro. Como si el otro y yo fuésemos. La misma persona. Uno en dos. Mario. Del grupo de los raros. O sea, de los que no mienten. Levrero no escribe. Él siente. Luego, las palabras. Dibujadas ellas solas sobre la tela. De papel. De imprenta. Que busca. Unos ojos. Sencillos. Inocentes. Que lean de lo suyo. Nació en Montevideo, por el 40. Hasta el 2004 sintió en los libros. La ausencia del genio. En la mente de los entendidos. Hasta que te metes en la piel de Zapa. Y entiendes. A Kafka renacido. O a Levrero en Praga. Que lo mismo es. Lo uno que lo otro. Tras el descanso entramos en la oficina. Para escuchar una sonrisa afeminada. Aunque no tanto. Cenamos. De manera inconfundible. Unos platos hechos por manos. Ignoradas. Debemos abandonar las cauciones. De la vida que nos tocó. Y relajarnos. Y no esperar nada de lo que viene. De camino. No podremos cambiar. Nada. Esa es la asfixia. Tremenda. Del que vive soñando. O sueña leyendo. O lee viviendo. Y soñando. En un círculo oscuro. Tenebroso. El mismo que Levrero inoculó. En el ser desaprensivo. Que un día. Se atrevió a tomar. Uno de sus libros. En las manos. Y abrirlo. Y confundirse en él. Giménez. El absurdo reglamento. Tal vez no. Para absurdo habría que conocerlo. ¿Es así la vida? ¡Quiero escribir! ¡Quiero escribir! Anclar las ideas al papel. Leerlas mil veces. Tal vez un millón. Hasta que mis ojos se sequen. Luego la bicicleta. La oportunidad del trabajo. Sin fin. Y sin descanso. Lo despreciamos. Sólo el ansia nos puede. De encontrar a Ana. En la carnadura de la. Hembra que se fue. Como vino. La vereda cambió su reloj. Por la bicicleta. Por el viejo. Por su generosidad. El mismo viejo que juega a ser niño. Anduve deprisa. Tras él. Claro, yo iba a pie. El otro pedaleaba. Allí no estaba. A veces los sueños son insaciables. Inagotables. Como cuando corres. Perseguido por algo. Que te atrapa. Sabiéndolo desde antes. En el alma un clamor. Con la piel erizada. El mal nos distrae. Junto a los perros que chillan. Y los niños que ladran. Ana no está. Giménez no rio. Sólo se limitó. A tocar una pieza. Maravillosa. En el aire musical que vuela esplendente. Con los dedos regordetes. El hombre. Con la sensualidad rebosante. Esa excrecencia que alguien. Nos otorgó. Para nada. La plaza delante. Por decir algo. Y los borrachos danzando. Brincando. Poderosos. De ebrios. Ciegos. El pasillo. Las llaves encendidas. Menos la necesaria para cumplirse. El propósito. De evitar un desastre. El individuo caminó a ciegas. Millones de veces. Por ese pasillo. Con olor a la hembra. Indecisión. Una garganta, la mía, apretada. Hasta la extenuación. Después el sueño. Vívido. Abierto a la vida. Infame. Del que desea. Sin más. Ofender al destino. Las cosas se mofan de uno. De todos. Tal vez sea mejor la paciencia. Demorar. Posponer lo atrevido. Pisotear el tiempo. Como se pisa una mierda. Que apesta. A vacío. Levrero grita: ¡Mirad hacia vosotros mismos! Yo lo asumí hace tiempo. Desde antes de nacer. Por eso descubro en los demás. Lo que me falta de todo. Por lo tullido. Sintaxis narrativa de lo interior. Según el autor, esto es. Tomar un sueño. Retorcerlo. Comprimirlo. Y del jugo componer. Mi realidad. Eso dijo el maestro. En esta primera entrega. De su inicial trilogía. La ciudad. Cruel. Expansiva. Agobiante. Hasta que la joven rubia exclama: “¡No, aléjate!”. Todo termina con la ruina de la razón. En esa estación de lo absurdo. Donde viaja nadie. Salvo tú. Y tú. Y todos los que sigan. Las sendas. Marcadas. Por Mario. Un viaje barato. Sin pretensiones. Sin quimeras. Un viaje sin destino. Sólo en el alma. O en el amor a la vida. De cada día. Con una simple evanescencia del sol. Que más tarde se pudre. Y se aleja. De nuestra vista.
Quedamos abandonados. Por esa nostalgia. Y pesadumbre. De Levrero en las venas. Desde el principio. Lo habíamos intuido. Sin atrevernos. En verdad a reconocerlo. Somos Levrero repetidos. Un uruguayo de ojos despiertos.




Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 13. Verde pantano al amanecer, crítica. Antonio Florido

Fisonomía 13 
Crítica de la novela Verde pantano al amanecer
Autor: Guille Paier (Argentina)

Por Antonio Florido

      

Leer Verde pantano es una necesidad en estos tiempos. Nace en la agonía existencial de un autor que corre por la vida con la mirada puesta en el posible detenimiento que ya se huele y que más tarde llegará. Pero ya se vislumbra, digo, ya el amanecer de los días eclosiona en el horizonte, más allá de las aguas, donde se mezclan los colores tullidos de esos tiempos de confusión.
Berti, Quique, Cora…

De sabrosa y gran narrativa. En la historia se definen unos personajes que apuntan las esquinas de unos compromisos audaces. No siempre cumplen el guion establecido y, entre ellos, se vuelca el tapiz de la confabulación y el consentimiento. Confianza del uno en el otro que se torna en una vertiginosa sospecha evidente. De vivas voces en los espacios más insospechados, surge el tono denso del agasajo y la disputa, en la voz del bonaerense, del puritito argentino que se jacta de serlo.

Una apuesta y un atrevimiento. ¿Qué saldrá de esta aventura compartida? Los hechos se suceden en un amasijo de palabras que corren con la velocidad del entendimiento de quien lee. A veces los mismos árboles se empeñan en ocultar, pero la médula pervive y se muestra en todo instante. Se percibe la desdicha, una sudestada implacable. Uno quiere la participación para encauzar los acontecimientos pero los actores son auténticos, crueles y soeces, sarcásticos, tristes y a veces cómicos, humanos. Aunque en todo caso el tema te queda de costado y te conformas con la lectura, sin mayor pretensión que el paso del tiempo saboreando, saboreando…

El Caras, Kat Silvera, Baigorrita…

Más allá de las puras descripciones, de personajes y de espacios, de emociones y futuros, la prosa es una yuxtaposición de cañizo, una estructura estructurada sobre sí misma, una paradoja de la creación en la que sin querer todos se expresan y todos se confunden. Se trata de un ejercicio en el que el idioma se hincha con la presión del invento. Sí, el español gana. Hay un rescate y una exposición clara de la palabra, como si la palabra se colocara en un altar y nos hincásemos de rodillas y le rezásemos, sí. Una frase cortada se apoya en la siguiente y se forma una articulada escritura de puntos que nunca serán capaces de caer. Se crece la propia organización, cruje el propio sentido del crecimiento.

Urbe, edificaciones, sueños, playa, viento, sexo, miradas, pausas…

Sintaxis, en la conjetura de una soñada expresión matemática. La misma se vuelve tonta al no entender por qué la tratan de esta manera. Un patrón único, particular del autor y que solamente él conoce, nos lleva al sentido exacto de la expresión que inocula un pensamiento que después se contradice y se solapa con otra perspectiva en un declive licencioso, en un marasmo y un querer que se prestan al compás de lo que uno desea y necesita. Pausas y gestos, nunca un autor dijo más con menos, nunca nadie supo hablar a medio pelo, con trabalenguas y suposiciones, no.

Paier…

Comienza la historia con un juego de luces en el cielo, en la explosión de las palabras a media banda. Uno, dos, tres hablando, cuatro llega, cinco mira, seis acepta, siete observa, anota, piensa. El lector duda de poder llegar hasta el final si la cosa sigue en este tono. Guille logra establecer un lazo entre los personajes y la sensible amistad de ese lector enceguecido. Uno se hace amigo de los pibes y de las minas que brotan como por arte de magia. Eso, ese milagro es obra sólo del autor, no lo olvidemos. Como un Tolstoi en medio de su heredad, labrando codo con codo con los mujiks del labrantío, asistimos al desbroce continuo de la epigrafía sobre la dureza del entendimiento, porque sólo estuvo acostumbrado a la dicción sencilla del occidente, pero ahora le llegó el Paier y le tomó de las solapas y le dijo: leé pibe, tomá, leé.

La eclosión y la locura de los artificios pincela toda la obra. El ritmo se mantiene, como el interés por continuar leyendo. Nunca decae. De vez en vez, entre el amasijo de indicaciones, de idas y venidas, de locuras y calmas, el lector encuentra un remanso de agonía donde el autor descansa. Le habla al cielo y al agua, a la esperanza y al remordimiento, a los dioses del augurio. Le vemos allí sentado con los ojos en alto hablando a esa conciencia que nunca detiene su dichosa costumbre de dudar, de poner en cuestión todos los hechos, de auditar hasta los suspiros, a esa gnosis que le dice que ya basta, que ya tuvo bastante, que la vida es más que eso, es otra cosa, otra bien distinta si se la entiende con la humildad de un nacido, con la sencillez de un paseante…

En síntesis, se puede afirmar que la obra Verde pantano al atardecer, es también un ejercicio de análisis heurístico, donde el autor nos muestra que comprende en profundidad los dos aspectos sustanciales de lo que estamos hablando, esto es, la realidad y la ficción, la quebrada tesitura de la materia y la angustia humana del ser perdido, la reverberación del alma que ansía encontrarse y llegar, la catarsis, la bruma despejada, el viento de la libertad más allá de la pura edificación pasajera y fútil. Dos mundos entendidos que Paier pone en comunicación, comparándolos.

Ese es el camino que uno entendió al leer, y tal vez la enseñanza si es que se trata de eso, de encontrar una posible simetría en la conciencia.

Verdaderamente encomiable.

Verdaderamente aconsejable su lectura.

Foto: Verde pantano al amanecer (2603x1319px, 2K)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 12. La cama de hojas. Antonio Florido

Fisonomía 12 
La cama de hojas

Por Antonio Florido

       


Hablar de la causalidad. Lo que ocurre. Presuroso. Tal vez en nuestras mentes. Es prescindible. Cáustico. Amierdado. Hablar de El Pozo es vivir. Morir. No creer. Sacar los sentimientos. Abriendo el hecho. El suceso. Crujiéndolo. Extrayendo la médula. El tuétano.

Montevideo, 1 de julio de 1909.

El comienzo de todo. La tragedia. La puta en la cama. Y la niña. El filo abierto entre sus piernas. El triángulo donde brilla la tormenta, aún. Onetti. Sólo estoy comenzando. La noche. Oculto a mí mismo. Onetti con los labios pintados de blanco. Un colgajo blanco. Un humo blanco. Unos pulmones negros. La melancolía. Y la discordia entre esto y aquello. También la intemperancia, le puede. Como la indiferencia. Anclada en el corazón. Punzada. Sangrante. Varias historias en una. Pero una sola escritura. Un único nervio. Belleza. Exaltación. Calor derramado por la ventana. Veinte hombres rozando a la puta. Y vemos un hombro rojo. Olor agrio en un patio. Por la excrecencia de la mediocridad. Mugre. Calor. Patio encharcado. Inapetencia en los lugares del reposo. La caja de papeles. La alfombra de hojas. La niña sobre la cama. Los brazos forzados. Pero nada de violación. Onetti solamente fuerza el olvido de lo vulgar. Y lo consigue. Alzando su escritura. Brillando con el cuerpo inclinado. Fumando. Y fumando. Blanco humo en la pieza. Esperando a Lázaro. Existencialismo, pronunció alguien. ¿Existencialismo?, digo yo. ¿Preciosismo? ¿Belleza en la suciedad de la vida? Onetti, Juan Carlos. Y Borges. ¡Qué manera tan absurda de querer desprenderse! ¡Imposible! Le vemos hacia abajo. Le observo. Me observa. Desde lejos. Sus gafas. Sus ojos. Leo. Se ha quedado sin tabaco. Y mañana cumplirá los cuarenta. Dos atrevimientos. Dos estallidos en el aire. Pasea. Y vuelve sobre sus pasos. Entonces escribe. En la noche. Hasta la extenuación. Uruguacho. ¡Qué más podés decir! ¿Cuándo comenzó usted a escribir? ¿De pequeño? No, responde. Yo, de niño, no escribía. Mentía. Fabulaba. Distorsionaba. Retorcía mi realidad. En otra. Más feroz. Más íntima. Diferente. Lejos de la medianía, tan asquerosa. Onetti. Yo no sé escribir, afirma. Sabe que lo sabe. Un dolor. Una parida del mundo. Y habla del hecho y del sueño. Se acuerda de Bunin. Iván. El ruso. Con su frío agarrado al pecho. En su cabaña mísera. Onetti tratando de desnudar su vergüenza ante nadie. Pero nadie existe con el alma limpia. Luego Cordes, el poeta. Volverá por sus fueros. Más adelante. Esperemos. Onetti vive, dice. No se pasa el día imaginando cosas. Claro. Y cuando sobrevuelo sus líneas el desmayo del escritor. Él mismo bajo las luces de los que triunfaron. El fracaso aparece. O ya estaba dentro de su alma. Puede. Pero le importa un corno, afirma. Le entiendo. Eso creo, al menos. ¿Y usted? ¿Acaso leyó usted alguna vez a Onetti? Habla de Hanka, la mujer. Le aburre. Y del amor. Sobre la doble partida del mismo. Maravilloso. Absurdo. Sobre todo cuando se fue. Y lo vemos en la distancia. Fuera de nuestra boca. De nuestra lengua, tal vez. La joven frente a la mujer. Ésta es práctica y hedionda. Cuando pasa los veinte o veinticinco. Cuando se hace mujer. Antes no. Todas iguales. Llega a entender el asco amoroso por las niñas, de los viejos. Y sigo leyendo. Me asalta. Dice: “Hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Hermoso. Y cierto. ¿No? También nos pone delante los sucesos. Como cáscaras. Vacías. Huecas. Vanas. Apenas para llenarlas de sentimientos. Éstos los únicos sensatos y verdaderos. Lo demás, ¡qué importa!

Onetti, su personaje, esto es, vive con Lázaro. ¿Casual? Una pesadilla. Constantemente le pide los pesos debidos. Pero Lázaro no aparece. La pesadilla recurrente. Como sus sueños. Como su historia. Repetida. En una ciudad, ahora. Luego en otra, quizás. A lo mejor más allá, al fin. Mas siempre lo mismo. La misma. La hermosa joven echada sobre la cama de hojas. No la viola. No le interesa. No siente esa avidez por la carne. Ella escupe en su frente. La saliva resbala. Después se seca, al aire, mientras camina. Igual que lo hace por la pieza. De pared a pared. Sin fin posible. El escritor encerrado. Escribiendo siempre el mismo libro. Con matices. Distinto. Igual. Siempre igual. Hasta el desmayo. Hasta lo no consciente. Una infancia feliz que no quiere recordar. Mayor, de golpe. La redacción. Las noches sobre las cuartillas. Con el oído atento a los teletipos. Europa arde. ¿Arde? Cordes declama su poema. Lo canta. Otro escupitajo a su orgullo. El verso es magnífico. ¡Tanto le duele la estrofa! Le responde con un cuento imaginado. El otro lo toma como una bolsa de cacahuetes. No está a su nivel. Y llega el fracaso. Otra vez el fracaso. Una caja llena de fracasos papelados.

Después de El Pozo estalló la tormenta. Uruguay expectante. Los uruguayos quietos, esperando, leyendo, leyendo. El mundo encogido. Onetti cesa de fumar un instante. Y en ese instante, apenas un suspiro, escribe Tierra de nadie. Después otro cigarro blanco, otro instante. Escribe ahora Los adioses. Fuma de nuevo y dibuja Para una tumba sin nombre. Más tabaco y logra El astillero. Así compuso Onetti una obra sustancial para comprender la literatura actual uruguaya. Juntacadáveres, La muerte y la niña…

Madrid, 30 de mayo de 1994.

Acaba la sinfonía. La cama de hojas continúa en mi mente. En tu mente. En su mente. Inabarcable. Insustituible. Eterna. En ese esbozo vespertino en el que dejó de fumar porque se le hubo, había acabado el tabaco y decidió, en un arranque total, escribir El Pozo.




Retrato de Onetti (¿1972?).  José Montes (Montevideo 1929-Montevideo 2001).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 11. El amor inconcuso. Antonio Florido

Fisonomía 11 
El amor inconcuso

Por Antonio Florido

       


Samuel tiene nueve años. Está jugando. Pasando su tarde con el amigo. El otro es rubio. Y pecoso. Y gordo. Y estúpido. Y arrogante. No todos los gordos son simpáticos. Él no lo es. Y nunca lo será…
         La tarde se ha desmayado sobre las espaldas de los niños. El frío avanza. Samuel arroja la pelota hacia el amigo. Pero cae al suelo. El amigo es torpe de movimientos. Y como lo sabe se enerva. Prefiere jugar a las chapas. Sentados. Así jadea menos. Por las carnes, que le tiemblan. El gordo se mira al espejo. Luego su madre le lava la cara. Con la manopla. Tarda un tiempo. Sus pecas se alejan unas de otras. Y brillan. Parecen rosadas estrellitas en el cielo. La pelota la toma el gordo y la devuelve. Samuel la atrapa al instante. Muchas veces repiten el inútil juego de lanzar y recoger. Samuel lo hace con desgana. Pero no quiere herir a su amigo. Es su único amigo. Ahora le toca de nuevo al gordo. No controla bien el impulso. La pelota sube al cielo. Huye. Se aleja. Se convierte en un punto diminuto. Como un planeta encendido. Al volver no llega al suelo. Quedó en el tejado. Entre dos tejas. Apretada. Sufriendo. Samuel mira al amigo con odio. Con el odio que sólo conocen los niños. El gordo agacha la cabeza. No se despide. Se va. Samuel queda solo. Y triste. Y aburrido. Ahora está sin su pelota. Mira hacia el tejado. Está lejos. O él es aún demasiado pequeño. Como un gusano. O una rata. Piensa en su madre. Y en su padre. Alguno de los dos deberá ayudarle. Pero, quién. Es difícil decidirlo. Su madre estaría dispuesta. Su padre tal vez pusiese mala cara. Un gesto huraño. Al fin se acerca a la baranda. ¡Madre!, llama. Mamá sube deprisa. Al oír el grito se puso en lo peor. ¡Estos niños! Samuel señala con el dedo. La pelota se ha dormido. Ya está cansada de esperar. La madre comprende. Y por dentro sonríe. Hace falta una escalera, dice. Voy a por ella. Samuel se queda solo. Otra vez. El frío avisa. Se le cuela por el cuello. Y llega a su espalda. Se encoge. El tiempo tarda. Casi se detiene. El tiempo es una masa de plastilina. Ahora Samuel se acuerda de su abrigo. Pero lo tiene colgado en su cuarto. Mejor no bajar. Algún pajarillo aventurero podría picotear su pelota. Oye un suspiro, de lejos. Se asoma y ve a su madre. Carga con la escalera. Al ser de hierro, pesa. Al fin llega. El último escalón se comportó como un viejito. Dulce. Tierno. Acolchado. Silencioso. La escalera apoyada sobre la pared. Si tuviese valor subiría. Y su madre quedaría abajo. Muy abajo. Debería ser valiente. Debe ser valiente. Seguro que lo hará. Su madre le pregunta, insegura. Samuel responde con aplomo. No tiene miedo. Ya es casi un hombre. La escalera se agarra a la pared como una sabandija. No quiere volcarse. Se rompería. Y Samuel la coloca como puede. Disimulando, porque le pesa demasiado. Su madre como espectadora. Samuel sube el primer peldaño. Ahora, sin embargo, tiene un problema. El mismo problema de todos los perfeccionistas. Él salió en esto a su padre. Uno de los pies lo ha colocado torcido. Habrá que enderezarlo. Pero si lo intenta puede venir el desequilibrio. Y teme. Y siente más frío que antes. Ha asomado la primera estrella. El filo del horizonte arde, aún. Es hermoso. Su cuerpecito está quieto. Y su madre no respira. Le conoce. Samuel, inténtalo, le dice. Su madre es joven todavía. Samuel es ella. Y ella Samuel. Los dos en uno. El pie derecho tiembla. Busca la derechura. El paralelismo con el pie izquierdo. Sus dedos curvan los lados de la escalera. Abiertos por igual. Formando el mismo espacio entre ellos. ¡La perfección! Han salido otras estrellitas en lo oscuro. Ahora están todas juntas. Un árbol de navidad. Encendido. La mamá le apremia. Y se abrocha el abrigo al cuello. Su hijo no está tan abrigado. Pero la pelota aún en lo alto. Sola. Desconsolada. Triste. Samuel continúa temblando. De miedo. De impotencia. Y de frío. Pero no baja del peldaño. Es tozudo. El gordo estará cenando, piensa. Junto a sus padres. En el calor. Sólo los cobardes no atrapan pelotas embarcadas. Él lo hará. El tiempo pasa. No se detiene. Lo siente en las palpitaciones de su corazón. Persiste en su esfuerzo. Intenta escalar al siguiente peldaño. Sin embargo, duda. ¿Qué pie debería subir primero? ¿El izquierdo? ¿El derecho? Una duda terrible. De su decisión pueden cambiar muchas cosas. Hasta el mundo. La madre sostiene la escalera. La asegura con la fuerza de sus manos. De ello obedece el destino de Samuel. Pero los segundos se desgranan. Y los minutos. Una estrella gira en el cielo. Y arrastra a las demás. El cielo, todo, se retuerce. Hay silencio. La gente cena. Algunos ya duermen. Sobre todo los más pequeños. Mañana hay colegio. Deberán levantarse temprano. La pelota entre dos tejas. Que no cae, la dichosa. Es posible que la pierda. Pero es su pelota. La única que tiene. La quiere. La ama. Pero a su madre también la quiere, piensa. Mas, de otra manera. Más primitiva. Más ideal. Es un amor indefinible. Tántrico. Piensa en su padre. Al que también ama. Aunque de otra forma. Hay muchos amores, se dice. Su padre le sirve de modelo. Intenta imitarle. Se le figura el espejo de la niñez. El padre está abajo. Sentado. Cena. Y ve la tele. Luego recoge lo suyo. Se vuelve a la salita. Y lee. Se acuerda de Samuel. Y de su esposa. Los dos tardan. Algo debe ocurrir. Deja el librito sobre la mesa. Con el piquito de una hoja doblado. Piensa dar una voz para llamarles. Pero decide subir. Es mejor. Así se despejará un poco. Arriba se encuentra con ella. Y con él subido a la escalera. El padre observa la escena. Es extraña. Luego, al mirar al tejado, comprende. Y sonríe. Los esposos se miran en silencio. Hablan sin palabras. El padre se apoya en la baranda. Y mira hacia el oeste. Al cielo rocoso y negro. Luego busca a Orión. Allí está. Con su cinturón ladeado. Y sus cuatro esquinas, que brillan. ¡Cuánta inmensidad! Los dos esperan a Samuel. A que sea el niño quien decida. Sólo una decisión. Pero fundamental. Es importante la espera. Radical en sus vidas. Los esposos se abrazan. Hace frío. La noche con su vahído. La embriaguez de sus vidas. Samuel debe, deberá crecer. Madurar. Vencer. Hacerse hombre. La pelota es ahora la que manda. Desde arriba le llama. Desnuda. Sobria. Aterida. Le sigue llamando. Sólo con su forma. Con su presencia. Solamente le basta con ser. Samuel, sin embargo, quedó quieto. Asustado. Tal vez convertido en piedra. O en sal. O en granito. Duros sus huesos. Sus músculos, tensos. Samuel respira. Piensa en sus padres. Los dos allá abajo, esperando. Los ama con pasión. Sin ellos, ¡qué haría! Samuel tiembla. Su cuerpecito se estremece. ¡Si tuviese el abrigo! ¡Su abrigo! De vez en cuando eleva los ojos. Clava en la pelota su mirada. ¡Qué lejos! Le gustaría tener elásticos sus brazos. Y alargarlos. Pero esa idea sólo es un sueño de niño. O de adulto. Que nadie sabe. El misterio le envuelve. Orión le mira desde la distancia. Betelgeuse alumbra la escena. Tenue. Frágil. Está demasiado lejos. A mil millones de pensamientos de distancia. Un cuadro familiar. En la tesitura. Dentro de poco el cuadro irá cambiando. El frío viste a los esposos. Se abrazan con más fuerza. El chico nota un hilillo de vergüenza. Sabe que es cobarde. Y sabe que sus padres lo saben. Quisiera cambiar. Pero él es como es. Un niño. Abierto al mundo. Al azar. Al destino. Cruje el cielo. La negrura se ha juntado. Forma copitos negros que atemorizan. Los copos envejecen muy rápido. Se vuelven canos. Albinos. Blancos hasta el resplandor. Y duros. Y fríos. Los copos pesan. El cielo ya no los quiere. Y los deja abandonados en el aire. Entonces comienzan a caer. Van volando muelles sobre el amor del vacío. Caen desmayados. Como plumas vaporosas. Las tejas del techo los reciben. Y la gente de la calle cierra sus abrigos. Y se cubren las cabezas. Nieva. Es hermosa la escena. Los tres continúan en la azotea. El gordo lleva una hora dormido. Caliente. Entre las sábanas. Tal vez esté soñando con la pelota. Y la vea subir al cielo, altísimo. Samuel maldice al amigo. Otro día no jugarán a la pelota. Los padres no claudican. Deberá ser él mismo el que tome la decisión. Su hijo maduro. Hecho ya un hombrecito. El esposo ama a su hijo. Daría la vida por él. Está seguro de ello. Siempre lo estuvo. La madre siente lo mismo. Y con más fuerza, aún, si cabe. No es asunto para discutir. En su actitud mayéutica los padres no hacen preguntas. Mas, esperan que la verdad de su hijo aparezca. Debe hacerlo. Es necesario. De ese surgimiento depende, repito, un destino. Toda una vida. Samuel es aún un niño. Débil. Tierno. Indeciso. ¡Pero tan perfeccionista! No sube al segundo peldaño. Tampoco baja hasta el suelo. Poner sus pies en el suelo sería una deshonra. Le marcaría de por vida. El peldaño que le sostiene se convierte en su morada. Las piernas derechas. Rectas. Tensas. Dolientes. Todo él resuena en el cóncavo misterio del Tiempo. Sus padres se miran. En los ojos de ambos brilla una idea. Una idea sencilla. Atroz. Última y clara. Los dos se acercan a Samuel. Abrazan las piernas del hijo. Sostienen su cuerpo tan lábil. Han decidido viajar con el hijo. Adonde él mismo decida. No importa el precio. Ellos ya han vivido lo suyo. La nieve cae lenta sobre los tres. Sus cabezas blanquean. Y sus hombros. Y sus brazos. Los tres cuerpos envueltos. Níveos. Tres cuerpos que resplandecen en lo negro. Tres cuerpos que arden. El mundo sigue rodando. Las ratas comen. Roen. Amamantan. Los gusanos inventan curvas infinitas. Y la nieve continúa lloviendo sobre la circunstancia. Una pelota en lo alto. Lejana. Sola. Inalcanzable. Los tres abajo. Agarrados. Formando un ovillo de amor. Las tres figuras se tornan claras, blancas. Como de sal. Como de azúcar. El amor es blanco, tal vez. O rosa. O de color miel. Nadie lo sabe. Hace ya mucho que el amor fue. Sólo en esta casa resiste. Y esta noche el amor no duerme. Ha decidido abrigarlos. Hacerlos suyo. Una masa blancuzca en el suelo. Enhiesta. Firme. Inconcusa. Un dolor, un deseo, un ansia, una frenética necesidad de abandonar la escritura. De descansar. La nieve golpea con fuerza. El viento, despierto, se volvió loco. Violento. Engreído. Casi un energúmeno. Los tres corazones dejan lentos de palpitar. El silencio estalla. Nadie se ha dado cuenta. La inopia nos ciega. Cuando el tejado se apura no puede más. Y la nieve cae a golpes. Con nervio. Enfadada. Entonces toco la pelota con mis dedos. Y noto la dureza de su superficie. ¡Tanta, que la esfera pesa! Y entonces comienza un movimiento. Un temblor. Un diminuto terremoto. Levísimo. Sutilísimo. La esfera se ha movido. Nerviosa, comienza a rodar. La cuesta abajo le puede. La pendiente es cruda. Y resuelta. El suelo la llama desde abajo. Al fin llega al espacio. Y gravita. Alocada. Ufana. Tonta. Tan tonta como todas las pelotas. 
          Cayó, al fin. Sobre la masa amorfa y blanca. Sobre el inmaculado e inocente amor de una pequeña familia.




Les amants (1928). René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 10. Aquel argentino. Antonio Florido

Fisonomía 10 
Aquel argentino

Por Antonio Florido

       



                                 
Como un saco de papas sonó el golpe. Brutal en su esencia. Difícil de comprender, allá en lo del Dioni, junto al Lanchas, pegado a mi derecha, bebiendo una jarra de cerveza, empinado. El Lanchas paró en seco. Luego me miró a los ojos. Lucía un bigote rubio, cerdoso, y la frente despejada hasta lo admisible. 
         ―¿Has visto?
         Había encrespado sus labios.
         ―Claro. Estoy en el mundo. ¿Acaso?
         El saco de papas había reventado sobre la acera. Un hilo rojizo como de sierpe que escapa. Inundando. Se formó un charco informe alrededor de su cabeza. El resto… el resto, un cuerpo manso, quieto. Luego alguien añadió que había sido como si nada. Eso ni se nota, apuntaron desde el final de la barra. 
         ―Total, la vida.
         ―Sí. ―Añadí, sin pensar más que en mis cosas. 
         La ventana rozaba mi brazo en el calor del Paraná. Enero y ya los cuarenta. Notándose los sudores sin querer. Atrevidos. Hacia abajo, por los rostros. El Dioni subió el volumen de una canción para el olvido. Nunca aprendí los nombres de esos estribillos tan tontos, elásticos, sobre las bocas ahítas de remordimientos. Todas las tardes en el sofoco aumentado. Faltaba, sin embargo, el Denso. Le llamábamos así y él ni se inmutaba. Alcanzó la silla junto al Lanchas. Pidió una ronda. Él pagaba. Estaba hecho un bravo.
          ―El tío va de blanco. A quién se le ocurre. El color de la muerte.
Se envalentonó. Hoy era su tarde, sin duda. El Denso abrió sus labios y tragó como un cerdo. Yo nunca le caí bien. Él a mí menos. Pero así es esto. 
          ―La muerte no entiende de tonos―dije para enronquecer la amistad de esa tarde.
          Por el filo de la otra acera fue. A unos diez metros, creo. Yo había, además, notado el crujido de los huesos cuando se quebraron. Un piso, dos, tres, quizás. Una buena altura. Para no contarlo. El Lanchas nos vio apurados y con gesto resuelto pidió lo de siempre. Habían pasado unos minutos. La sangre desde el otro lado, desde nuestro lado, apenas huele. Diría casi nada. Sólo el color ahuyentando los malos sentires de los hombres del Paraná. 
          Bebimos a la salud del muerto. Reímos. Yo, por acompañar. Luego, una tristeza en mi rostro me empujó hacia el suelo. ¿Qué habría sucedido en la mente de ese desdichado? El Denso se retiró como diez centímetros de la mesa. Le faltaba el aire a sus ciento cincuenta kilos. La barbilla temblona ondulaba a cada trago. Fijé la vista en la otra acera. La de las tiendas, porque en ésta sólo hay antros sofocantes, calurosos hasta la rabia. Al menos el Dioni había colocado las aspas en el techo. Una deferencia. Y todos, o casi, íbamos por ese detalle. Que lo demás… pues eso. 
          Levanté como pude las piernas encharcadas. Un cuerpo hermoso, el de él. A mi lado. Arrugando con su piel el desierto nebuloso de la sábana. Aire quieto, aplastando los rostros. Ni las moscas se atrevían, las muy putas, a volar. Luego un beso de mis labios le despertó, allá en lo más profundo del sueño. Preparé dos mates. Cargados. Colados. Con una pizca. A Ernesto así le puede. Fui al baño. Todavía el sabor angustioso del güisqui en la garganta. Escupí medio estómago.  
         ―Bien la tomaste, hermano.
         Tuvo la costumbre. Desde entonces, de llamarme hermano. Como si nada. Me dejé llevar. Le quería así. Sin desmerecer. Bebía el mate concentrado. A pequeños sorbos. Rumiando los antiguos amores. Recorrí su cuerpo con la boca humedecida. Así le desperté. Cada día de manera distinta. Flores del Paraná. ¡Al carajo!
         ―¿Vos me querés?
         La pregunta me llegó hondo. 
         ―¿Todavía lo dudas?
         Dije con otra pregunta.
         ―¿Sí, hasta cuándo?
         A lo del Dioni nunca quiso. Por ellos. La gente. Que habla. Todos se fijan en todos. Somos tan pocos en estas tierras ardientes. 
         Seguí observando a través de las manchas. En la otra acera sobre el suelo. Algunos pararon, luego siguieron su andar. No pasaba nada. Total.
         ―¡Será desgraciado, el cerdo! ―dijo el cerdo del Denso.
         ―Eso nadie sabe. Le toca a quien le toca. No más ―añadió el Lanchas.
         ―Estás en lo cierto ―añadí bebiendo al compás del Lanchas.
         Ya iban tres rondas. Tocaba de nuevo la rueda. Esta vez fui el adelantado. El Dioni me hizo un gesto con la cabeza. Entendía el hombre. Las jarras dolían los huesos, de frías. Pero había que tomarlas al instante. El dichoso enero, con sus humedades. Con sus calores de fuerza. Nadie por la calle. Salvo algún chiquillo parado y mirando el horror. Aún en mi cabeza el crujido del hueso. Había papas destrozadas. El charco prendió hasta el traje, sobre los hombros de un blanco brilloso.
          Ya era tarde. Pero los domingos no hacemos nada. Pasamos las horas muertas muertos sobre las sábanas. Amándonos. Abandonados al otro. Miradas sobre los ojos acuosos del amigo que encontré en Rosario. Junto al río. Cosimos las almas. Desde entonces todo ocurrió. Hasta que un día dudó. Y a partir de entonces siempre lo mismo. La eterna pregunta. ¿Sí, hasta cuándo? Le respondí con la pasión propia de un hombre. No me cansaba el hacerlo. Pero un día, atravesado, le dije que ya estaba bien. Fue cuando se fue a lo del Chinche. La trajo a casa él solo. Me engañaron sus brazos. La subió y dijo. Haré una casa. Te dejo. Reí por lo absurdo. 
         Al día siguiente puso los papeles sobre la mesa. Todo arreglado, por lo justo, es decir, por lo legal. Así hacemos las cosas los porteños, ya sabes, dijo. Luego la gente comenzó con la chanza. Subió lentamente las filas. Despacio. Al terminar con una paraba, limpiaba la frente, bebía, subía la cabeza por unos pájaros que cantaban. Después continuaba. 
         ―Eres raro, porteño.
         ―Dime, responde.
         Quería la certeza en la frente. Lo que no puede existir. La vida, quién sabe. Ernesto no comprendió mi mudez, acaso la locura de mis arrebatos. La pared subió. Colocó detrás unos soportes, por la ley. Comenzó el segundo piso. Dejando en medio el hueco extraño. La gente apenas paraba. El calor. Mediados de enero. Treinta y cinco. No son pocos. Los animales seguían escondidos a las sombras de las piedras.
        ―Es el loco de la ventana. Vino desde la ribera. Hace tiempo. Vive solo. Es raro, el tío. 
        ―Era ―corrigió el Lanchas. Y brindamos por eso. Yo, por acompañar.
De vez en cuando la observaba. Sentado bajo el cielo engañoso. Abanicándome. Allí la dejó, apoyada en una esquina, casi en derecho. También de blanco. Son más baratas. Pero la hechura no cambia.

―Estás loco, cariño ―dije atrayéndole cerca. Respiré el sudor de sus brazos. Sabía que eso lo volvía. Nos derrumbamos sobre la cama. A lo bestia. Como dos gatos luchando. 
         El pueblo miraba a lo alto. Trabajaba con el traje blanco. El de los días de guardar. Ya se sabe. Yo mismo se lo planchaba. Filaba y filaba las piedras. Paralelas, dejando un respiro entre ellas, por las dilataciones del Paraná. El hueco casi cerrado. Una viga de tabla le era bastante. Poco peso en lo alto. No más. La obra acabaría bien pronto. Los puntales se miraban entre ellos, como diciendo. 
          En lo del Dioni sonaba un tango lacrimoso. Brindamos también por eso. Yo, por acompañar. Las copas agrandaban los ojos. La acera surgió roja, bajando el color hasta el desagüe. Llovía el calor de lo alto. Gotas calientes. Necesarias. El traje se le había vuelto un asco. La cabeza doblada en un giro imposible. Miré al suelo. Tragué la poca saliva acervezada. Lloré hacia adentro.
          ―¿Vamos por otra? ―Apuntó el Denso. Seguía bravo el hombre desmesurado. 
          ―¡¿Por mí…?! ―Roncó el Lanchas, con la voz tomada. 
          ―Yo ya llegué―dije. 
          Pasó el chaval con las dos jarras prendidas, enganchadas en la curva de sus dedos. Bebieron. Brindaron por nada. Por estar vivos, acaso. Yo, por acompañar, alcé el codo. Rieron. Hizo gracia el gesto.
         El último día levantó la ventana. La colocó entre sus dedos. A pulso. Escaleras abajo. Por la acera la gente se paraba. Miraba. Reían. Hasta doblar las cinturas y enderezar sus destinos. Subió la ventana con una soga engruda. Rasposa. Eso fue lo que me dijo alguien. Que jamás me ocupé de averiguarlo. La colocó y esperó toda la noche y todo un día allá en lo alto. Quería asegurarse. Protegerla. 
         Sonó el grito sordo de un saco de papas reventado sobre el suelo. Nadie lo quiso. Todos pensaron en la vida dichosa. En el Paraná que te aoja sin remedio.   
 	Vino, dicen, desde Rosario ―mintió estúpidamente el Denso.
        ―Sí, de Rosario ―sumó el Lanchas.
        Brindaron por eso. Esta vez yo también lo hice. Por acompañar. La última. 
        De nuevo otro domingo con las ventanas apagadas. El desierto de entonces era más desierto esta mañana. Los pantalones, la camisa, la chaqueta. Un mundo blanco de plancha para nada. La vida en el Paraná es toda. No permite que nadie cambie su rumbo. Ernesto fue conducido al tanatorio. Sobre la piedra desnuda, desnudo.
        Brindo por eso. Por él.
        Sin tener que acompañar, claro.

 



Rosario, Santa Fe, Argentina (2015?). Daniel Arteta (Maldonado-Uruguay, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 9. ¡Conquisté París! Antonio Florido

Fisonomía 9 
¡Conquisté París!

Por Antonio Florido

       



                                    I

Aunque han pasado ya muchos años desde aquello, justamente en la noche del 14 de abril de 19…, a Pierre no se le va del pensamiento la cita. Fue hace ya seis semanas desde que la carta enamorada y olorosa de Pierre se hundió en el abismo oscuro y rajado de la oficina de correos. Desde ese día, pensando, analizando, pergeñando en sus maneras el destino inopinado que a todo hombre se le aparece una vez en la vida. La vio sentada con la chaquetita blanca y apuntada cubriéndole unos hombros caídos. Los brazos, en un constante temblor, por las voces de los coros que en esos últimos instantes de la obra clamaban al techo del auditorio como si pretendiesen romperlo en pedazos. Junto a ella, a no más de un metro, un matrimonio desconocido contemplaba embelesado la obra en la que los actores, con sus movimientos simétricos y cadenciosos, se afanaban en crear una colosal maravilla de hermosa consistencia. Los esposos mantenían sus manos unidas, con los dedos de ambos alternados, cruzando del uno al otro un amor tal vez estudiado para la ocasión, traído desde fuera, porque la verdadera pasión de sus almas había muerto bien antes, mucho antes, cuando aquello. Un palco en delantera, bien situado, sin necesidad de los gemelos glamur Eschenbach de la época, por la distancia y por la ilusión con que los espectadores gozaban de las escenas.
         Pierre recordaba ensimismado echado sobre un diván algodonoso, de un rosa fuerte, a dos cuerpos y con la espalda subida para que el acomodo fuese lo más confortable. Hizo memoria y se arrepintió por la medida de su precio, pero ahora llegaba el momento y una llamarada de orgullo surgió en el rostro del hombre que ya imaginaba la nueva y quizás única escena con ella sentada a su lado, arrimados ambos, sintiendo el calor y la tibieza de esa carne blanca y trémula, de ella. 

Abrió los ojos el dandi, lentamente. Por las altas ventanas cruzaban algunos tímidos rayos del nuevo día. ¿Anoche? ¿Qué hizo anoche? ¿Qué atolondrada tontera hubo cometido? No se acordaba de nada. A Pierre le punzaba la cabeza en los lados, como dos agujas que se le clavasen en la piel hasta el fondo. La dichosa resaca. Pero ahora el calendario coincidía con la elegante escritura de la mujer. El día llegó. 
         ¡Oh Violette! ¡Violette!
         Recordó presuroso la circunstancia, oculto tras el grueso telón que separaba la luz del pasillo de la pequeña intimidad del retiro. La joven allí, sentada, de espaldas, absorta en la ocurrencia de unos actores concentrados en lo suyo, pero allí seguía la mujer, ajena a su mirada, mirada que intentaba traspasar ese misterioso tejido que ante sus pensamientos se desnudaba sin pudor. De vez en cuando movía la dama la cabeza a un lado y a otro, con el cabello subido en un recogido que dejaba adivinar en la penumbra un delicioso cuello de cisne. En una de esas ocasiones, como si nada ni nadie lo hubiese pretendido, sus ojos chocaron en el aire. El amor, que nacía allí, con él de pie, escondido, tantas veces, tantos dramas oyendo el roce de su vestido mientras ella le ignoraba. Pero esa noche fue la ocasión y clavó, pues, sus ojos en los ojos de ella, y así la prendió, como se toma con delicadeza una rosa recién cortada. Lo demás ocurrió de seguido. Esperó inquieto un par de días, preguntando a unos conocidos, a unos amigos de un amigo de otro amigo, hasta que al fin la obtuvo. La dirección exacta escrita en un papelito rosa y con olor a jazmín. “Desearía, estimada y oculta dama, desearía…”, le imploraba una cita, un encuentro que no fuese casual, en su propia casa, tal vez a la hora vespertina de la merienda, o mejor, o mejor, ¡sí!, un poquito más tarde, cuando la hora de las brujas comienza y los chiquillos y el mundo entero se retira hacia sus casas, abandonando unas calles que brillan bajo la fosforescencia verdeazulada de las farolas.
         Esa misma mañana llegó. En otro papelito muy bien doblado, de la mano de un chiquillo andrajoso y famélico, jadeante, que respiraba con ahogo por la carrera desde el otro confín de la enorme ciudad. La leyó con el corazón en la boca, más rápido sus ojos que su mismo entendimiento, una lectura visual, fotográfica, impulsiva. Hasta que al final de esta, con letra menuda, levemente inclinada a la derecha, con un brío resolutivo, muestra de la alcurnia y de la altivez de la damita surgió el . 

                                     II

Apenas las ocho y media de la mañana. El día claro. Un poco de viento movía los frondosos laureles que desde la ventana podían divisarse. Disponía de poco tiempo. Habían quedado a las nueve de la tarde. La presentación, los preliminares, las bobadas de los primeros minutos mientras a él se le escaparían los pensamientos por los labios, todo su ser pendiente de ella, y ella, ella… dulce hembra de encaje, de belleza sublime, embriagadora desnudez de la inocencia que sin duda se le mostraría con excesivo descaro. O quizás la mujer, la pequeña damita, miraría tímida al suelo, sin saber escoger las palabras precisas, los sonidos y los dejes adecuados. Nadie sabía. Ni acaso el mismo Pierre, en su inteligencia acusada, podía por ahora adivinar el futuro.
          ¡La decoración! ¡El salón impoluto! ¡Los detalles! Pierre comenzó una danza irrefrenable que en su cabeza estallaba intentando crear en el salón una pieza digna de ella, sumida en una calma sin par, de una elegancia extrema. Se sentó mareado. Colocó la cabeza entre las manos, y los codos sobre las rodillas. Pensaba. Debía planificarlo todo. ¡Todo! Era la ocasión definitiva. Quizás la primera y última oportunidad de su vida. Antes de nada, después de unos minutos de sosiego, pensó en el propio mobiliario, en las paredes, en la mesa, en la cristalería, los mismos cuadros colgados en las verticales, que se inclinarían al paso de Violette, rindiéndole el debido respeto. La luz, la luz era un elemento esencial, un imaginario que impregnaría los rostros de ambos, durante la cena, tras ella, en los postres, en la paz que sigue como antesala de una somnolencia nocturna. 
         Observó detenidamente la sala. El apartamento, muy bonito y acogedor, con un leve tenor estendhaliano, se encontraba cerca de la rue de Lisbonne, un lugar apropiado, en nada desmerecido, en el centro justo del barrio adonde los dandis como él habían huido. Lejos, muy lejos, apartados de esa gran mediocridad del París de la época, una ciudad que respiraba el fragor mentiroso de una paz que se desvanecería lenta, perezosa, pausadamente. La habitación casi desnuda era relativamente grande, con las paredes tapizadas con lienzos de Jouy, en rosa y blanco. En una de ellas unos cuadros que había adquirido para la ocasión, aunque hemos de confesar que sin ninguna perspectiva demasiado certera. Copias baratas de un Picasso, de un Derain, de un Segonzac… Lienzos que estallaban en Pierre la inmensa laguna, inutilidad y pobreza de un espíritu pasajero y antojadizo, creando en su alma una violenta angustia.
         El dandi observaba alrededor, girando el cuerpo como las agujas, en perfecta armonía con los estertores de la mañana, que ya avanzaban la luz a través de las ventanas, desplazada por el mismo suelo de parqué del salón, brillando en sutiles figuras formadas tal vez en su pura imaginación. Sin embargo, no debemos reprochar nada. El hombre, sumido en una enorme tristeza, se agarraba a la ilusión de esa primera cita, tantos años esperada, imaginada y diluida tímidamente en su cabeza, en sus sueños, en su espesa voluntad de parisino a la moda, de salón en salón, hablando, coqueteando a veces, esculpiendo su apariencia frívola en el vacío del aire, entre las mismas risas de las damas que se agarraban al cuello de sus vestidos, con las muselinas entre los dedos, jugando a cruzar las miradas atrevidas, retando una dama a la damisela de al lado, en busca del máximo trofeo… Pero Pierre no constituyó nunca para ellas ningún trofeo, solamente unas delicadas sutilezas, unos detalles galantes, un mañana tal vez, o quizás la semana próxima, cuando mi madre de nuevo abra las puertas de nuestros salones. 
        Lo más importante, empero, era la cena…
        ¡La cena!
        Y pensó en un estilo afrutado en sus labios, a lo Auguste Escoffier, maestro de mil recetas apetitosas, al modo de la grande cuisine de la época. Empezar por unos canapés variados (incluidos los famosísimos bomboncitos almirante, con mantequilla y langostinos) seguidos de unas sabrosas ostras gratinadas al champán. Como entrante estaba bien. Luego, seguidamente, tras una pequeña pausa en la que de seguro su mirada reposaría en la fina piel de la dama, un consomé Olga, con oporto y vieiras. Llegados a este punto los dos, en la más absoluta intimidad, estarían conversando posiblemente sobre el tiempo, que por estos días se mostraba un poco tonto y caprichoso. Como tercero había soñado en una pequeña ración de patito asado con salsa de manzana, el plato fuerte que necesitaría irremediablemente el sabor de una copita de ponche romaine, hecho con naranja, limón, ron y merengue. Unas palabras encadenadas a las miradas de amor entre ambos, abrochando las voluntades a la luz de las velas de nácar, en ese ambiente glamoroso, rodeados de las miradas de los pintores que aún pendían sus imágenes sobre ellos. Tal vez en ese momento fuese mejor acercar los dedos largos y huesudos de él a las manos blancas y ligeramente rosadas de ella. Un acercamiento disimulado, como quien no lo ha querido. 
         Si eso ocurriera… si esa dulce cercanía le fuese permitida… 
         Los melocotones en gelatina de Chartreuse para el final, como broche de la obra que pronto comenzaría su acto definitivo. Y Pierre estaría dispuesto, si ella así lo pedía, a sustituir este último gozo por un simple helado francés. 

El dandi, superándose a sí mismo, soñaba en todo esto mientras en el fondo de su pensamiento brotaba la sorpresa. El escenario ya estaba preparado. El cuarto, desde hacía dos semanas, cerrado, para no oír los lamentos del…
         … Pero avancemos un poco más en lo que pasaba por la cabeza de Pierre. Hagámoslo.
         Miró la mesa del centro. Necesitaba adornarla para la ocasión. Pero aún había más. No sólo la mesa constituía para Pierre un elemento de enorme preocupación. También la vajilla, la cristalería, el estilo, cuestión imprescindible, tal vez un ligerísimo toque naif, elementos en cobre o bronce, los simples y diminutos detalles sobre la mantelería, las servilletas, los mismos cubiertos… Había decidido colocar en el centro un jarrón lleno de mandarinas, no muy alto, para no ocultar los carmines y los rosados de su amada, y unas velitas que llevaban guardadas esperando una ocasión como esta desde que aquello salió en la primera página de todos los periódicos. Desde entonces el alma de Pierre se había mostrado confusa y embriagada, temblona ante el miedo de esos seres desgraciados, y beoda de amor, de dulzura, de angustia que se volcaba hacia el mundo, clamando por una simple compañía, por un alma gemela que le dijera que le adoraba.
          Llamó a voces a Adele, la sirvienta, y le encargó la asunción de todos esos elementos que bailaban en la mente del hombre. Le exigió que el mantel apareciese bien planchado. Debía florecer ante ella una mantelería divinamente plana, con seis o siete repasos sobre el tono marfil de la tela.  Las servilletas, le instó a la pobre muchacha, en dos cuadrados de 60x60, debidamente doblados en un triángulo armonioso, sobre la superficie brillante y calma de los platos llanos, ni un centímetro más ni uno menos. ¡La perfección!

Adele, que jamás había decorado la mesa para una ocasión que se le escapaba, no comprendía muy bien las órdenes taxativas de su amo pero, aun así, se empeñó en la labor de satisfacer los deseos más extravagantes. Pierre tuvo que enseñarle a colocar los cubiertos. Siempre de fuera hacia dentro en ambos lados del plato. A la izquierda los tenedores y a la derecha la cuchara, cuchillo o pala para el pescado. El amo le ordenó abrir el bargueño donde guardaba las platas de su difunta madre. No era para menos. La muchacha fue extrayendo de los cajones las plateadas pinzas, las tenazas para el marisco, cucharas pequeñas para el helado… Nunca se sabe… Luego los platitos para los panecillos, las copas purísimas… Y al final el jarroncito lleno de mandarinas en el centro…
         Pierre observaba los movimientos de Adele. Pensando en los olvidos, en esos diminutos cristales que saltan de pronto cuando te das cuenta de que algo se pasó por alto. De ahí el empeño del hombre que se jugaba en esa cena toda la vida de espera junto a esas otras damas de carmín y de sonrojos. El dandi se echó de nuevo. Cerró los ojos en una fiebre que le consumía, de tanta ansia, de tanto nervio. Adele muñequeando sus manos de un lado a otro, limpiando, bruñendo, repasando las motitas de polvo que el tiempo, ¡ay, el tiempo!, había ido depositando sobre los distintos enseres. Luego sobrevino un silencio de plomo y una calma sostenida. Seguramente todo estaría ya preparado y Pierre, con los ojos aún cerrados, trató de imaginar el ambiente, las palabras, las imágenes delante de sus ojos, enfrentados a la vergüenza, al pudor, a la misma desnudez de su alma. Intentó el hombre dormir y descansar un rato, pero los pensamientos, como pequeños gusanos caprichosos, le volvían el cuerpo hacia los lados, le arañaban por dentro, en un pesar tremendo que le bajaba hasta el pecho, hasta más abajo, donde el estómago gemía de dolor y de angustia.
          Miró la hora. Las siete. Debía acicalarse. En un impulso nervado el dandi se puso de pie y se dirigió de pronto y como ido hasta el aseo. Un perfume, quizás algo más tierno, como el agua de azahar que se ocultaba tras el espejo, el bigotito derecho, con los pelillos paralelos y la barbilla ligeramente cubierta con una pátina de rubor disminuido. Volvió a mirar la hora. Las ocho. Todo el cuerpo temblando. Viajó raudo hasta el salón. Debía en su calma intensamente anhelada repasar todos los elementos. Ya Adele se hubo marchado hacía rato. Nadie como testigo. ¡Nadie! Solamente una obra para ellos dos, para el amor puro que cruzaría sobre la mesa, formando el único diámetro verdadero. 
         El reloj de la sala estalló en los tres cuartos. Sólo quince minutos. Lo natural era llegar un poquito tarde, no más de diez suspiros contados con la respiración templada. No más…


                                      III


La luz del día cruzaba ya por la ventana, por los altos cristales, atravesando el calado terso de las cortinas y formaba, en declive, unas figuras tímidas y difusas. Llegaba el frío de la noche. Y con el frío la necesidad de encender las velitas de nácar sobre la mesa, como dos faroles en la costa, sobre el precipicio, avisando la voz de uno mientras esta misma voz, en su trémula sustancia, volaba hasta el otro lado de la mesa. Las encendió. El dandi se colocó en el centro esperando, y mientras tanto, giró un par de veces sobre su eje, posando la mirada en los paisajes de los cuadros, en las mismas paredes aterciopeladas, en el techo, y más abajo, sobre la madera que crujía bajo el peso de su cuerpo. Luego, con un deje de altiva presunción, se miró en el espejo inclinado de una de las paredes y observó que la sala se repetía, como un doble de todo, como una realidad inventada, y se sintió dichoso por haber conseguido, tras el angustioso esfuerzo, la atmósfera justa que tanto había ansiado durante toda su vida.
          El timbre sonó. Un quejido primero seguido de otro y de otro. El nervio le podía, mas debía soportar la subida del telón. Ya no había marcha atrás. Se anudó bien el adorno y abrió la puerta sin prisa, como quien no quiere la cosa. Y de pronto… De pronto… Toda el alma al suelo, acolchada, tierna, ansiosa. Violette alargó una mano enguantada, con el tejido hasta el codo. Él, galante, le tomó los dedos imaginados y besó tiernamente sobre el guante. Había llegado la dama a la hora exacta. Buen comienzo, pensó. Luego, tras unas sonrisas a modo de presentación, la coquetería de ambos los empujó hacia adentro, donde un calorcillo delicioso comenzaba ya a notarse. Llevaba la damita la misma chaqueta de tantas veces. Blanca, dibujada sobre el cielo del cuarto, en la mente clavada del hombre. Se volvió inclinando levemente el cuello, invitando al dandi a que con sus propias manos le ayudase a desprenderse de la misma. Fue un momento exquisito, maravilloso, un instante en que por vez primera los hombros dulces de ella aparecieron ante él desafiantes, provocadores, formando unas curvas hacia abajo y reventando en una hermosa fragancia de color y de finura. Bajo la chaquetita la joven, la hermosa Violette, se había colocado un vestido de gasa rosa, con múltiples puntitos en blanco creando unas diagonales de leve inclinación. Era cortado sobre los hombros, con el pecho exuberante al aire, como dos masas rosadas que temblaban al más mínimo movimiento de la dama. Pierre quedó adherido a su piel durante unos segundos. En un estado de trance muy cercano a la muerte. El escote apuntado hacia abajo, formando una uve enorme que permitía engendrar mil demonios en sus pensamientos. Más arriba un cuello liso, con una lluvia dorada finísima que solamente se podía entrever al trasluz de la ventana, con las últimas luces de la tarde vieja que ya se ocultaba. Ningún adorno. Tampoco llevaba pendientes. Sólo un bolsito de piel negra sostenido en la mano izquierda, quebrada hacia la cintura. Ambos se miraron. Luego, tras unos instantes de íntima zozobra, él la invitó a sentarse sobre el diván, bajo la alta ventana. Al momento se dio cuenta de que ella podía coger frío y se levantó para cerrarla. Ella rio cuando él se encontraba de espaldas. Y después, de manera lasciva, la mujer se pasó la lengua por los labios, abrillantando la densa capa de carmín. 
          Hablaron, como él mismo había barruntado en la antigua somnolencia, del tiempo, que hay que ver, y después del drama del teatro y de la pareja que compartía con ella el palco. Atrevida, la dama tomó en sus manos la copa de vino que él le ofrecía. Los dos bebieron lentamente, a sorbos pequeños, apenas un ligero murmullo de los labios sobre el filo curvo del cristal. Pierre se sentía dichoso y notó que el nervio le abandonaba. Aunque muy despacio. En una pausa envarada Pierre olió la comida sobre la mesa de la cocina. Se levantó, le ofreció la mano para ayudarla, la dama permitió los gestos del dandi y se sentó muellemente sobre la silla Luis XV. Pierre empezó a servir la mesa. La cena había dado comienzo. El vino, hasta el máximo ensanche de las copas, fue desapareciendo en las gargantas de ambos. La charla se tornó suavemente, y sin ningún tipo de premeditación, en una compañía apenas buscada. Los canapés se confundieron con las miradas disimuladas del hombre que no podía apartar los ojos del escote tremendo y hondo de la dama. La joven treintañera era para él apenas una niña. Los cincuenta sobre los hombros de Pierre le pesaban como fardos llenos de años. La luz crepuscular surgió de pronto, inesperadamente, y los rostros de ambos esbozaron sobre la mesa unas sombras caprichosas que jugaban al juego sensual de las miradas perdidas, de esos ojos que te apuntan y se marchan, que los buscas con ansia, con un deseo espeso, con una fruición fabulosa y tierna, llena de pensamientos, de prejuicios, de celos repentinos.
         Las copas lucían sus curvas sobre el mantel marfil. Cada elemento en su lugar exacto. Ella tomaba de uno en uno esos bomboncitos almirante con los dedos ablandados. Abría los labios y los iba depositando sobre la lengua que aparecía fugazmente rosada, sólo de vez en cuando, sin dejar de clavar sus ojos en los ojos del hombre. Pierre no cabía en sí de gozo. Detrás una fuente de ostras gratinadas al champán para compartir, cocinadas con todo el amor del mundo. Se notaba en la joven, sin embargo, una ignorancia en los protocolos de la mesa, porque alguna vez observó el dandi, con un poco de desprecio hacia sí mismo, que la dama no cerraba del todo los labios mientras paladeaba ese consomé regado con una buena copa de oporto. El vino bajaba y Pierre, atento a todos los movimientos de la cena, tomaba la botella y llenaba sin esperar la copa de ella. Una, dos, tres, tal vez demasiadas se bebió la joven mientras los dos cosían sus palabras en una conversación lenta, suave, apasionada por momentos, en un diálogo persuasivo que el mismo Pierre derivaba hacia los lados, buscando el efecto y la forma premeditada. La muchacha bebía y bebía y la lengua, que antes asomaba de tarde en tarde, comenzó ahora una excursión hacia los ojos de él, que se estaban dilatando por el desmayo. Ella se tocó el cuello con la yema de sus dedos hermosos y blancos, luego los bajó hasta el pecho y se compuso el escote que le molestaba. El calor excesivo, quizás, o tal vez la intemperancia de la joven que buscaba otra cosa distinta. La botella de oporto se vació con apuro y Pierre se levantó raudo a buscar una segunda. También se la tomaron enseguida entre los dos, creando en sus pensamientos unos demonios que pronto emergerían…
          Las vieiras fueron tomadas con otra copita de oporto, de buena cosecha. Violette, que nunca las había comido, disimuló una galante y exquisita desenvoltura extraída de su ignorancia. La lengua sobre la concha, buscando lo bajo de la carne, moviéndose como una culebra perdida. Pierre observaba y ya el hombre, ante tanto velo calado, acercó su silla a la de ella y, tomando una de las vieiras, la colocó en los labios de la hermosa y le enseñó cómo deben tomarse, con suave rigor, con una dulzura disfrazada esta vez de un engaño sutil. La mujer abría la boca como una niña que lo hace ante el mundo que ignora. Él la acercaba cada vez más, hasta oler el aliento de Violette, hasta lograr casi rozar los labios de ella con sus dedos nerviosos. Luego la dama la masticaba cerrando los ojos y bebiendo de la copita de oporto que ya se le hubo subido a la cabeza. Ella y él juntos, rostros pegados, sintiendo en la piel de ella el palpitar del corazón. Pierre se las ofrecía y miraba hacia los pechos de la joven que no cesaban de temblar sostenidos por la gasa finísima del escote, en la blancura eterna de las hembras codiciadas. Antes del patito asado Pierre descorchó la botella de ponche romaine. Escogió la copa adecuada, bien arqueada y transparente. El licor penetraba en las bocas de ambos y el calor, la calidez de la sala, las bebidas, todo el conjunto de elementos pensados formaron de pronto un escenario de pura y voluptuosa sensualidad. Violette volvió sumisa la cabeza hacia Pierre y, a pesar de la diferencia de edad, aproximó sus labios a los labios del hombre en un movimiento eterno y lento, desesperadamente lento, creando en ella una desenvoltura vaporosa que sacó de golpe todos los demontres del dandi. 
          Mas antes… antes de eso, la sorpresa. Debía aparecer ese misterio ante ellos, para que el acto fuese perfecto, sublime, irrepetible. Un episodio soberbio que nunca olvidarían. Y Pierre, abandonándola momentáneamente, se dirigió al cuarto y trajo de la mano a su ahijado André, un niño de apenas cinco añitos que llevaba encerrado en el cuarto trasero casi dos semanas. André, cegado al principio por no estar acostumbrado a la luz, fue acomodándose lentamente. Pierre sospechaba que el drama tal vez fuese algo excesivo. Pero ¿acaso el amor, la pasión, el ímpetu y la fogosidad no son también sensaciones, imaginaciones tremendas, enormes, descomunales? André no había comido nada en estos días encerrado, solamente agua, mucha agua, para evitar la deshidratación. Y de esta manera el niño mostraba un cuerpo laxo y enfermizo, desnutrido, casi esquelético, un muñeco colgado de unos hilos impalpables. Violette se quedó observando al pequeño, al delicado ser que ante ella permanecía de pie sostenido por su padre adoptivo. Luego el hombre lo sentó en una sillita cercana y de nuevo desapareció presuroso en la oscuridad del pasillo. A la vuelta Pierre retiró de la mesa todo lo necesario, creando un espacio preciso y en semicírculo donde colocó las ropitas. Dijo: “A André le gusta vestirse de niña, ya lo ves”. Y cogió al niño como se toma una pluma en el aire. Sentado sobre la mesa, con las piernecitas colgando y la cabeza ladeada, levemente inclinada sobre uno de sus hombros, el niño se dejó vestir sin oponer ninguna resistencia. Violette endureció el rostro, pero al cabo de unos instantes, el oporto y el ponche rieron y entre los dos cambiaron la ropita del niño por otra delicada de niña. Ahora André se llamaba Candice. Una niñita de juegos, con un peinado que la propia joven se encargó de alisar, hacia abajo, hacia atrás, hacia los lados, pintando un glamuroso cuadro con colores suaves sobre el pequeño rostro de la niña, de la misma niña que seguía cansada, casi dormida, viviendo y soñando que vivía, de las manos de ambos, en un sopor propio del nulo alimento. La sentaron de nuevo sobre la sillita, el cuerpo derecho, los bracitos sobre los muslos que la corta faldita dejaba al aire. El lacito rosa sobre el filo del cabello le sentaba de maravilla. Pero la niña, Candice, levantó la mirada y vio sobre la mesa los trozos del patito aún sin probar, las migas de pan, los jugos de las vieiras… 
         Embriagados, la pareja comenzó a retorcerse de risa cuando oyeron los primeros lamentos del niño disfrazado de niña. Un gemido, con las manitas hacia adelante tratando de asir algo de comida, luego ese mismo gemido se transformó, de manera inexplicable, en un llanto desconsolado, en un grito desgarrador…
          La sorpresa había dado comienzo. Esa fue, así, la composición que Pierre había madurado durante tantos días.     
 

                                       IV


El pequeño había entrado en un estado de extrema vergüenza al comprender, como entienden los niños, que él no era una niña, que esa ropita dulce y aniñada no le pertenecía. Se arrancó el lacito afrutado que Violette le había prendido del liso cabello y luego siguió observando sobre la mesa los restos de comida, los olores que le entraban en el cuerpo, la saliva desprendida de la boca, llenándola, anegándola…
          Pierre y Violette oían entusiasmados el eterno llanto de Candice. En el aire del salón comenzó una sinfonía improvisada, de menos a más, formada por unos gemidos ansiosos y desesperanzados. Ellos, en una violenta e inextricable desenvoltura del alma, se fundieron en un drama de amor, formado por una mezcla confusa de lascivia, de belleza, de miedo al paso sucesivo de los años, de terror a la soledad que ambos experimentaban en el día a día. Candice alzó su garganta, con las lágrimas que comenzaron de pronto a resbalar por su carita suave y cárdena. Un llanto en grito, elevado hasta el máximo, porque tampoco comprendía el pequeño, la pequeña, por qué las manos de Pierre desabrochaban la cremallera de Violette, como tampoco llegaba su mente inocente y tierna a comprender los quejidos de ella, y su vuelco hacia atrás, o sus muslos en el aire, con el vestido subido enseñando unas piernas infinitas y sedosas. El niño vestido de niña no entendía nada. La pareja se enlazó con un nudo de engaño. Ella sostenida por el filo de la mesa de la que Pierre, en un arrebato incontrolable, había dejado caer toda la comida y todos los enseres al suelo, en un nervio de la mano, como un rayo que no puede esperar porque de otra forma la vida se le escaparía. Allí, delante del pequeño, Pierre abrió las piernas de la joven y, aplastando sus labios en los pechos enormes de la dama, en un impulso descomunal y certero, la atravesó con la dulzura que solo luce en casos como este. La pequeña gritaba cada vez con más desesperación, con la garganta doliendo, llenando la estancia con un vaho de horror por la escena desconocida y violenta. Ellos concertaron las embestidas a los llantos, en una perfecta armonía, en una cadencia que solamente concluyó cuando ambos se llenaron de sudores y él, sin poder aguantar más, reventó en ella, arqueada sobre la mesa, con el cabello en declive, hacia abajo, despeinada, confusa, beoda de amor y de lujuria, de una terrible incontinencia que hasta sus treinta años se le hubo escapado. Más tarde, cuando ambos se hubieron calmado, la niña se arrodilló sobre el suelo y comenzó a atrapar nerviosa las migajas que habían caído desperdigadas. Bebió, como pudo, las gotitas de vino, lamió la sustancia aromática de las vieiras, como un perrito que anhela la comida, que la necesita, arrastrando las piernas delgadas por la madera llena de trozos innumerables de cristal y de loza, trozos de materia fragmentados por el ímpetu del hombre cuando aquello de arrastrar con la mano todo lo que le estorbaba. Pequeños cristales que lucían mil filos cortantes sobre la noble apariencia del suelo de roble. La niña, nerviosa, buscaba y buscaba con la desesperación propia del necesitado, como quien reza al dios de su infancia rogándole un milagro. Violette y Pierre siguieron con su armónico movimiento de impulsos crecidos que ahora se amortiguaban, los labios de ambos en el aire cruzaban las salivas ahítas de la cena y el vino, la crema de sus vahídos se mezclaba entre los dos en una difusa y enloquecida escena. Miraban al pequeño. La niña, asustada, seguía limpiando los restos con sus labios, con la lengua, con los ojos, tragando una mota de comida, un licor agrio para su boca, la niña, en un escenario dramático…
          Pero ellos reían y se besaban, hasta que a él le pudo de nuevo la avaricia y el descontrol y otra vez abrió lo que pudo las piernas suaves de la joven y la volvió a penetrar sin tener en cuenta que su hijo, su hija, miraba de vez en cuando, por los jadeos incesantes, por los ruidos de la propia mesa que ya se quejaba de tantos sobresaltos. 
         La noche fue corriendo muy deprisa en la sala. Al fin, ambos se tumbaron sobre el diván, aún pegados el cuerpo en el cuerpo, todavía fundidos en la carne, en el sudor, en la lujuria que por momentos volvía a brotar entre ellos. Incansables, no permitían en el seno de sus pensamientos, que el tiempo avanzase. Hasta que ambos se quedaron desleídos sobre el terciopelo, bajo la mirada incesante del Picasso, del Derain, del Segonzac…
          Candice había atrapado con sus dientes los pedazos de patito asado. Con el primero se atragantó, pero luego ya se dejó llevar por la ensoñación de los adultos y comió más lenta, como aplastada a la comida que nadie, nadie le iba ya a retirar de la mano. Poco después se quedó dormidita sobre la colcha de madera de roble. De lado, con una ligera sonrisa dibujada en el rostro inocente y dulce de cualquier pequeño de cinco años. 
  	
                                    V

La noche se consumía precipitadamente, tan larga como el Sena a su paso curvoso por la enorme ciudad somnolienta. Pierre soñó que soñaba echado sobre un diván de terciopelo, luego, al lado, en la carne rasposa del hombre, creyó notar la caricia de la hembra. Despertó. No era eso. Simplemente el engaño del sueño que nunca le dijo que Violette se hubo marchado. Todo el sofá para él, en su triste sustancia, desnudo, medio atontado por la noche que moría, recordando el llanto sinuoso de su hija que yacía dormida sobre el roble rubioso y cálido. Se levantó con menos prisa que sorpresa. Una vez en su sitio, miró el estertor de la sala y comenzó a comprender la ruina de su vida. Subió, así, el orgullo indomable del parisino hasta el máximo, antes de caer en picado sobre la alfombra de Candice. Miró, atravesado, por la ventana. Oscuridad en la frente. Engaño paulatino de los sentidos. Una cabeza embotada y fungosa le aplastaba las sienes. Y el cuerpo cansado, igual que un viejo que se dobla en busca del suelo, por la dura experiencia, ya se sabe. No lo dudó. Pero antes de esto entró en la visión de unos detalles muy nítidos, como en un cuadro de Pieter de Hooch. Violette seguía anclada en su mente aun en la pura ausencia de la puta. Empezó un arañazo en la idea. Primero sintió un algo así como náuseas. No se lo dijo ni a las paredes, donde los cuadros. Solamente se miró en el espejo inclinado y observó el asco que corría hacia abajo como lágrimas de yeso, espesas, blancas, atrevidas. La misma imagen de Violette le molestaba. Ya la puta sin él, él sin la dama de los pechos turgentes. Le dio lo mismo. Una mujer que le asusta a un hombre debe despegarse de la realidad, desaparecer, fugarse con otro joven más tierno, que se deje, que deba aprender las inconcusas laderas de los años. Se volvió a mirar y el niño que siempre quiso ser apareció ante el hombre. Un ser distinto al que siempre hubo imaginado. Con media cara de lelo, con el pelo rizoso, casi alborotado, azaroso en el espacio. Vergüenza disfrazada de miedo, fue lo que verdaderamente le pudo, esa noche. Tan dispar. De a pie se fueron alargando las horas tremendas dando las tres y las cuatro. El cielo cuajado. Le gustaba ser niño. Quería seguir siendo niño. Y se le retorció el entendimiento una vez más cuando recordó los cincuenta, ya pasados. En los pensamientos se quiso recobrar de todo eso y se dijo que había mucha literatura en la delectación con la hembra. Llegó a alcanzar la idea casi muerta de Mme. de Mortcerf, del marqués de la Mole, del mariscal de Luxemburgo…
         André abrió los ojos en el momento en que Pierre pensaba, ensimismado, con la cara de un idiota, en un París a sus pies, cuando lo único de verdad era su fosco fracaso. Desengaño que le tomó al hombre por las manos y le llamó a voces André desde el suelo, que lloraba tiritando el niño de frío. Violette en la nada, sustituida por el hijo hambriento que acababa de soñar con la lengua rajada por los trozos de loza, de cristal. A su lado una línea difusa, en rojo, por esa misma sangre ya coagulada. ¡Conquisté París!, pensó con sorna el hombre. Humillado por la apetencia de querer ser joven de nuevo. Pero ya… Tomó como digo al chico con las manos en las manos. Qué antiguas le parecieron ahora esas manitas, esos dedos. Lo tomó como iba y lo dispuso sobre el cuarto desnudo de muebles. Sobre la cama a su anchura. Tierna carne que cubrió para calmar su conciencia. 
         Abrió la puerta entornada y escapó a la calle dejando al niño dormido. A esa hora ni las farolas brillaban. Sólo una densa capa de niebla ante él, desgajándose con el avance de su vanidad que le volvía a surgir en la mente. Cuando pensaba sobre todo en la imagen. En los gemidos. En Violette abierta. Anduvo despacio, pensativo, entre la bruma. Las callejuelas oscuras jugaron con él, confundiendo su torcedura, llevándolo hacia el valle donde el río. Media hora, tal vez una. O dos. ¡Qué importaba en ese instante de la noche el tiempo! De pronto una barda, hasta la cintura, ancha y espesa, como de piedra. Le había tocado una época en que las mujeres parisinas habían descubierto el secreto y el misterio de la seducción. Luego todo fue corto, instantáneo, fugaz. Las aguas apenas se movían. Llano de agua. Hasta el suelo, tal vez diez, quince metros. Lució, sobre su derecha, una luciérnaga. Era la luz, antesala de una de las barcazas que navegaban hasta de noche, las muy repugnantes. Paró en seco sus sospechas. Luego se dijo, ¡imbécil! 
Combinó, en un último pensamiento, la belleza con el miedo, y los vio crecer en sus entendederas como una misma cosa. 
         Pulsó sordo. Su cuerpo de dandi en el agua, de golpe.

No hubo más.
 



Naturaleza muerta de postre (1640). Jan Davidsz de Heem (1606-1683).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 8. Paul Radford. Antonio Florido

Cajón de rubores / 8

Fisonomía 8 
Paul Radford

Por Antonio Florido

       


Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva.

Los oídos del joven creyeron comprender desde su rincón apartado. Y esas palabras, revoloteando en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo. Así llegó a crecer, convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo, en una afonía perpetua, con la indiferencia generalizada en su rostro. Nació así un ser extraño. Melancólico, a ratos. Frío e impasible. A veces, apático. Aunque no siempre, porque la inocencia, esa fuerza tan vasta y vigorosa, también puede lo suyo. Por aquel entonces nadie comprendía sus maneras. En el hogar sus padres le observaban en silencio, cuando entonces. Luego, en un amor encerrado en las vidas paralelas, también ellos se miraban, como si tal cosa, y torcían a veces el gesto, en una busca del camino certero y voluble. Una obsesión hundida en el ardor por ese hijo que había comprendido, desde muy pequeño, las enseñanzas del maestro.
El hijo cambiaba su aspecto con el paso del tiempo. La mudez de las cosas. Los sentimientos arrugados, queriendo desaparecer en la veladura de los años, tiempos que se sucedían sin que los padres pudiesen hacer nada. También esos padres cambiaban. Envejecían. Pero seguían creyendo que la tristeza de su hijo era como era, una cierta ironía de la vida, una impasible cochura del alma.
Un día el hijo llegó tan alto que tuvo que confesar sus verdaderas emociones. La gente no le atraía. Notaba en ellos, en esos extraños de la vida, que todos mentían. Como una fachada herida, ingrata, soez, maleducada. Los padres, en el calor de la estufa, con las enaguas sobre las piernas, sólo tuvieron fuerzas para callar comprendiendo. A veces es mejor el silencio que una respuesta inoportuna, pensaban. Nuestro hijo es así. No hay más.
De tanto, los meses pasaron a la velocidad del rayo. Días fugaces, repetitivos, cansinos. Y en ese tiempo la soledad se le fue clavando en la mente cada vez con más fuerza. Una soledad encarnada, hecha vida, como si un enorme despoblado le venciera los nervios, doblándolos, volviéndolos sumisos.
Paul comenzó a notar que sus padres habían encanecido. Y sintió una pena y un dolor intensos. Muy fuertes. Tan fuertes que el alma se le partía. Y la voluntad se le dividía entre su padre y su madre. ¡Tanto esfuerzo en la vida!
En el barrio el niño de los Radford seguía siendo el solitario. Sólo los mayores pasaban de lado, pero los otros jovenzuelos dedicaban a Paul toda la carga de injusticia que anida en los corazones pequeños. El aislamiento pugnaba, de esta manera, con la inocencia. Una lucha sin par y atroz, tal vez desmedida. (Hablamos de dos formidables sentimientos enloquecidos por las esquinas de los días).
Paul creció. Un bozo sobre el labio, apuntando hacia adelante. Una ligerísima sombra bajo la nariz. Y todo el amor para sus padres, que seguían con las enaguas sobre las piernas, en otro invierno, apurando el amor que se escapaba, como la vida, del cuerpo, de toda el alma. Su madre en un suspiro pensando en el hijo. Pronto se encontraría de frente con el verdadero desierto, pensaba. La mujer no deseaba un campo yermo y abandonado para su hijo. Pero ¿qué hacer? El padre, sumido en la inconsciencia que otorgan los años, amaba a su mujer y trataba de ocupar en ella el vacío. Llenar con su amor de hombre esa cordura desleída, ese cuajarón de sangre. Y así pasaban las tardes, mirando a través del cristal empañado, acariciándose las manos sobre el tapete escogido, en el salón que gozaron desde que su hijo, por aquel entonces, les vino al mundo.
Por la calle la gente caminaba sin detenerse. Siempre las mismas caras, en su tediosa envoltura de inopia, en su terrible ignorancia, gentes temerosas de Dios que por las noches rezaban en silencio, en un rosario inacabable de murmullos, bajo las cálidas sábanas de sus hogares.
Pasó el tiempo. Paul había quedado por vez primera. En el puente. O sobre él, encima de la piedra biselada, como él había supuesto. Se agarró el cuello y se abrochó hasta el último de los botones del abrigo. El viento había estallado al mediodía. Y por la tarde podía oírse aún el grito del aire chocando con los salientes. Los árboles, acostumbrados a esas bravuconerías, doblaban sus tallos creando siluetas inclinadas. Era otoño. ¡Ya el frío tan cerca!
Paul cerró la puerta tras despedirse de sus padres. El mundo, ante él, con la misma soledad que de niño. Volvieron a revolotear las palabras del maestro en la mente del joven. “La soledad es peligrosa, adictiva”. La última palabra se le trastabillaba. Y volvía a pensar en ella. “Adictiva”. Pero el joven llevaba consigo una ilusión comprensible y apabullante. Nunca hubo imaginado que algún día… Pero sí, ese día había llegado. Ella estaría ahora saliendo de su casa. Debía darse prisa. En alguna ocasión, recordaba, alguien le dijo que nunca se debe llegar tarde. Y hoy se trataba de una cita. Con ella. Su primer encuentro. A solas. El mundo y él. Ella y él. Desde el colegio los ojos de ambos. Siempre cruzando unas miradas cómplices. Y unas sonrisas eternas. Por el aire, sin que nadie, salvo ellos, notase la ausencia de sus voluntades y de sus corazones.
Clara siempre se le había clavado. Era hermosa. Rubia y alta. Distinta. Con un algo misterioso muy adentro que nunca pudo ni supo ni quiso explicarse. Hasta ese momento la vida se le había mostrado a través del aspecto más vulgar de la materia. Lo otro, lo que sus padres afirmaban en esas horas pasadas al fuego, aún no lo había llegado a conocer. ¿Qué sería eso otro de que ellos tanto hablaban? Paul pensó en sus padres. Mientras tanto, avanzaba por las calles retorcidas, con el cuello bien alto. Caminaba con las manos encerradas en los bolsillos, soportando el soplo violento del aire de otoño, anticipo de las primeras nevadas. Clara en su pensamiento. Nítida esbeltez. Definida locura de su amor. Amor anidado en un pecho excesivamente joven. Demasiado acostumbrado todavía a las antiguas palabras del maestro.
Alcanzó la vista que le arrastraba como si fuera un perro de tiro. Llegó jadeando. Nervioso. Su cuerpo temblaba bajo la ropa adherida. Una silueta definida. Sobre el pretil de piedra, sí. Dentro del apartadero. Protegida con una capa gruesa. El gorro le cubría la cabeza. Luego, Paul junto a ella. Había llegado a la hora exacta. Una campanada sonó violenta en el cielo plomizo. Las siete y media. La hora en que comienza el sol a escurrirse por el horizonte.

Tras él…
Viajando a no se sabe qué lugar misterioso…
Las nubes lloran débilmente sobre los jóvenes…

Clara le miró con sus ojos verdes, en un destello desconocido y profundo. Paul se quedó paralizado por la hermosura de la joven. Recordaba la gracia de sus manitas de niña, cuando entonces. ¡Hacía tanto! Ahora, esa niña de ojos vivos se había transformado en una tierna mujercita. A Paul el corazón le palpitaba. Y se cubrió el pecho con las manos para ocultar ese atroz golpeteo, sordo y cadencioso. Con la mirada se dijeron muchas cosas. Hasta que ella soltó su dulce sonrisa y le pasó la mano por la cara para quitarle unas gotas caprichosas. Habían quedado citados allí, pero la tarde, el día, la lluvia… Paul estaba feliz. Clara estaba feliz también. El joven había descubierto una abertura en su vida, a través de su corazón que chorreaba ilusión y esperanza. Sacó del bolsillo un bulto pequeño cubierto con un papel colorido, de flores. Ella lo tomó, sorprendida. Al abrirlo, el papel crujió bajo sus dedos nerviosos. Un pequeño y primoroso librito de versos. De Carolin Schwab, la poetisa que a ella siempre le hubo fascinado. La chica se quedó observando el obsequio y no fue capaz de levantar la mirada. Sus ojos, acuosos. También el amor viaja en los libros. Pronto decidieron apartarse de allí. Pero antes…

…Antes necesitaba confesarle algunos secretos. Pesares que siempre había llevado prendidos en la quietud de su desprendimiento. Y la duda. Ese eterno y angustioso recodo de la confianza y amistad…

Pensaba Paul en la dichosa palabra cuando de pronto, en un arranque inesperado, casi de furia y de amor excitado, aprovechó la lluvia que les caía sobre los hombros y la invitó a continuar junto a la senda, donde la esquina separaba el puente de la calle cercana.
Entraron en el restaurante. Desde siempre a los jóvenes como ellos The Fox Den les había subyugado. Por la atmósfera creada en el interior. Como una caldera que aviva los corazones. Así el lugar escogido. Paul, adelantado, eligió una de las mesas más apartadas, lejos del bullicio del principio, donde la gente, de pie, tomaba cervezas y reía y cantaba. Más allá, sobre el cuadrado verde, un filo aterciopelado formaba un paisaje de madreselva. Se sentaron. Clara enfrente de él. Con sus miradas al suelo, por la timidez y porque los dos eran conscientes de que de esta cita podía depender no sólo sus destinos, sino el propio devenir de sus vidas, el azaroso fluir de todo el mundo.
Paul pidió una cerveza. Clara hizo lo mismo. Y luego, cuando el camarero desapareció, un hundimiento de las voluntades, un precipicio entre ambos que solamente la luz de la joven alumbraba en silencio. Clara, sin saber qué hacer, abrió el librito y comenzó a leer mirando a Paul de vez en cuando. Había elegido uno de los poemas más hermosos: “Green is the colour of hope”.

Layin´ down
In the Green Green grass
Eyes closed
Darkness in your mind

Hopes’s only in
The colour around you
But not for your own…

Calló. Cerró el libro y lo volvió a poner sobre la mesita. No fue capaz de continuar declamando unos versos tan bellos. Paul acercó su mano a la mano de Clara. Los dos comprendieron de inmediato. No en vano se había tratado de un propósito gestado en el calor de la estancia.
Adivinaba en su rostro una emoción desconocida. Profunda. Sincera. Y le dio miedo al joven. Un terror oculto desde siempre y que ahora nacía, resuelto, y se colaba entre ambos, como una daga bien afilada, como una lengua sedosa y húmeda sobre la piel fría.

Adictiva…

La palabra, envuelta en su verdadero significado, alcanzó la frente de Paul. Y se acordó de nuevo cuando en el aula sus ojos volaban a los ojos acristalados e infantiles de la amiga, sobre los rostros apáticos y vulgares del resto, cruzando el espacio como hilos que enlazan las voluntades. Allí, en ese sagrario espacioso, se sentía enorme el pequeño. Enorme y libre. Sumido en una paz en remanso, como la calma de un día sin viento. Ahora, sin embargo, al oír los versos de la joven traspasando el velo que les cubría, apareció en su pecho el horror a perder esa libertad y calma soñadas. Simple cuestión de saber, de poder y de estar dispuesto a la renuncia definitiva.
El encanto del principio dio paso, lentamente, a una indiferencia disfrazada de pereza, de temor, de miedo a perderlo todo, a perderse él mismo, miedo a dejar de ser una persona inopinada, un individuo ramplón y solitario, un ser acomodado en su colchón de ignorancia, bajo el manto fugaz y necesario del amor de sus padres. Paul observó la candidez y la encantadora figura de Clara. Sin el abrigo, la muchacha había eclosionado en un estallido primaveral de hermosura, mostrándose ante él en toda su esencia, casi desnuda, abierta al hombre que pronto surgiría rabioso de la carne. Y se alejó el joven de esa lujuria que le estaba apuñalando, notando en sus gestos que el cuerpo y los sentimientos se le iban de allí, muy lejos…
La noche apareció ante ellos en una cúpula de cristal. Fría. Silenciosa. Tremendamente cercana. A peso sobre las espaldas de los jóvenes que salieron a la calle cuando ya sus corazones habían enloquecido. Se despidieron con la certeza clavada de una separación para siempre. Clara apretó el librito muy fuerte, aprisionándolo entre sus dedos. El amor empaquetado siempre volaría con ella por muy lejos que ambos se encontrasen. Era lo que le quedaba de esa noche transparente y cruda, bajo las estrellas, cuando ya el viento del otoño moribundo había huido de la ciudad.
Paul llegó a su casa bastante tarde. Anduvo luchando con el tiempo, paseando por las calles desiertas, meditabundo, reflexionando en el sentido de sus actos, intentando comprender los motivos, los sucesos, los fracasos, los temores, sus propias ausencias y vaguedades. El joven debía madurar. Los años le esperaban, pacientes, más allá de su vida. Al otro lado de la adolescencia, cuando el amor te llega o cuando te quedas esperándolo sin esperanzas.

Pero había decidido...

Alcanzó de nuevo el puente, después de una vuelta alrededor de la ciudad. Se quedó allí parado, mirando la piedra exacta sobre la que Clara había colocado sus manos. Y pensó en ella con una pasión exacerbada y extraña, como si el arrepentimiento le hubiese abrasado, de pronto, la garganta. Se llevó los dedos a los ojos. Respiró hondo. Contrajo el pecho, el dolor. Giró el cuerpo y dirigió sus pasos hacia la casa donde sus padres seguramente estarían despiertos.
La salita ardía. Los viejos permanecían en silencio junto a la mesa, con sus manos inquietas. Esperaban al hijo con los ojos perdidos, en una mudez compartida. Paul, al entrar, besó a la madre sobre la frente. Luego el padre cruzó con él una leve sonrisa. Y los esposos, a su vez, cruzaron sus pensamientos. Habían sospechado que el hijo sufría. Por sus maneras de andar, por sus gestos sombríos. Se sentó junto a ellos y guardó un mutismo respetuoso. La madre le sirvió una taza de caldo y el joven lo tomó suavemente, sumido en sus propios temores. Luego les dio las buenas noches y subió las escaleras hasta su cuarto.
Vemos al joven sobre la cama sin deshacer. Mira al techo con los ojos cerrados, envuelto en una especie de cordura que se le escapa lentamente. Clara sobre el puente. Clara sentada frente a él, con los labios apretados, bajo unos ojos verdes que le siguen atrayendo. Vuelve ahora sobre sí mismo, dobla la voluntad.
De pronto regresa la palabra anclada desde siempre.

Soledad…

Cada vez el sonido más violento, más diáfano en la hechura del cuarto, vibrando en sus oídos, en su piel, en su mente.

Adictiva…

Otro sonido que golpea las paredes como si la tormenta de antes hubiese penetrado hasta él, sin permiso. Más tarde la paz, la separación exclusiva, el odio al resto del mundo. Paul gime sobre la colcha desnuda. Y siente un frío tremendo. Arrugado, con los brazos rodeando sus rodillas, el joven continúa pensando en la terrible decisión de cuando entonces, frente al carácter tibio y elocuente de la joven. Sueña que están casados. Con sus vidas donadas. Extraños en sí mismos. Juntos y felices, pero con la cortadura de la prisión que a veces ese estado supone. Cree ser feliz. También le parece ver en la frente de Clara ese dibujo suave que nace cuando la felicidad te ha desnudado. Paul busca la paz. Ansía alejarse del mundo. Desprenderse del deseo, de la carne, de sí mismo si esto fuese posible.

Pero Paul es tan joven…

Sus padres han subido los escalones tratando de no hacer ruido. Pero el hijo los conoce tan bien, los ama con tanta potencia, que no puede evitar un temblor en el alma.

Envejecen...

Pronto, sobre sus rostros, unas arrugas de amor, en una piel adelantada en el tiempo. Y Paul comprende que llegado ese momento debería vivir sólo con los recuerdos prendidos, con ese amor de niño sobre la falda de su madre, con ese juego fugaz alrededor del padre que corre, corría tras él y reía y reía.
La noche cruje, crujió sobre la ciudad. La llovizna de la tarde se convirtió, de manera insospechada, en un aguacero, en una tremenda corriente que arrastró todo cuanto encontró a su paso. Paul ha quedado dormido en su tierna envoltura de hombre, en su tibia inocencia. Se ha dormido pensando en la chica. Y Clara, con sus enormes y bellos ojos verdes, se le aparecerá en los sueños eternos de una noche sin fin, clavando el puñal de su amor sobre la carne blanda y decisiva.
Los últimos salen del restaurante con las esperanzas y temores renovados, esperando la llegada de un nuevo día.
The Fox Den apagó las luces y cerró.



La autómata (1927). Edward Hopper (1882-1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.