Cajón de rubores. 23. La máscara (1). Antonio Florido

La máscara (1)

Por Antonio Florido

Fumar y rayar es imposible. Lo intenté de nuevo esta mañana; la luz, esa grácil presencia recién nacida, me acarició el rostro y me sentí dichoso, pero aun así el humo y la mano no lograban concordar en el asunto. Era sencillo. Es sencillo. Iba por la primera página. Leí. Una palabra, una frase… Sentí como un cuchillo en mi corazón. 
Se trataba de un sufrimiento desconocido que me nacía de lo más hondo. Un significado había penetrado, de pronto, en el torrente seco de mis venas y creí que me desmayaría de un momento a otro. Fue, quizás, una nostalgia que gritaba, un posible que tal vez jamás existió. Al momento noté la llegada del hambre y aspiré el cigarrillo con la fiera de un humano y raspé la hoja con la punta acerada del lapicero; con fuerza, con rabia, con miedo. Estaba excitado. Y temía que aquello que me podía, huyera; así, sin más, dejando mi alma podrida y sola en aquella primera hora de la mañana, en el momento irrepetible de la emoción por la lectura extrema de un autor extremo, callado. 
El niño ante mí.
No hubo cuadro ni fotografía, sólo la elocuencia parda de una descripción desnuda y atroz. 
Dijo: “Ríe como engañando, pero no es feliz: sufre. Mírenlo”
Y era cierto…
El pelo rubito sobre unas cejas incipientes, una frente clara, la nariz apuntando un rosa cálido acompañando a unas mejillas de flor eclosionada. Cerré los ojos y le vi ante mí. ¡Qué hermosa criatura! ¡Qué delicioso orgullo saber de la Creación, de la labor imprescindible de nuestro Señor de los cielos!
Luego, mi mano consiguió enderezar una línea gris bajo el negro escrito. Me detuve en un suspiro. Pensé. Gocé como sólo se logra en algunos momentos olvidados de la vida. Abrí de nuevo mi pensamiento y me dejé llevar a esa parte ignota en la que algunos de nosotros depositamos nuestras ilusiones. 
El pequeño, efectivamente, sonreía de una manera delicada, casi invisible. Había que poseer una sutilísima perspicacia para entender que esta criatura no era feliz. Era un joven escondido tras una caricatura, tímido y cándido, pero consciente, -a esa edad en la que todo se abre de pronto-, de que aquello que observaba era sólo una apariencia. El niño buscaba con ansia un amor que le protegiese. Se le notaba en la mirada trémula, en la delicadísima desviación de sus ojos, en la inclinación, también deliciosa y casi ridícula, de su cabeza, de su cuello un poco tenso; se le apreciaba, insisto, en que con los ojos imploraba, con el arco apuntado de sus comisuras, suplicaba, pedía, gritaba en silencio, con una sonrisa macabra y falsa, compuesta. 
Tuve que abandonar el lapicero sobre la hoja curva del libro. Me aparté de esa realidad transmitida con el arte singular del que pocos entienden. Fumé el resto del cigarrillo (tal vez de otro cigarrillo, distinto) frente a la luz que crecía ante mí, frente al rayo pertinaz y claro que me decía tantas cosas, que me engatusaba. 
¡Qué dolor, Dios!
Dazai sostiene su rostro triste con una mano inocente. Mira hacia abajo, pero en verdad os digo que su mirada produce una angustia indescriptible; una mirada ciega, eterna, sin esperanzas, sin rumbo; un ensayo por seguir intentando comprender el mundo, su mundo; el sombrío sentido de la existencia. 
Arrojé al suelo la colilla, hastiado; pisoteé con ira el rabioso humo que se empeñaba en sobrevivir. Y retorné a la hoja rayada. Leí. Volví a hacerlo, sí. Leí frenéticamente, como un loco al que le falta todo, como al que no entiende nada. Leí hasta la exasperación, preguntándome si me había dejado algo a la deriva, si había perdido algún minúsculo e imperceptible detalle de lo expresado. De nuevo pasé la vista por la descripción maravillosa que ese hombre, que esa máscara triste, con su cara sostenida por una mano sin remedio, había escrito. Y el niño, ese niñito sonriente, ese niñito que sólo existía en mi imaginación, me dijo cosas, me susurró al oído. Ese niño rodeó mi cuello tembloroso y me pasó sus dedos por unos ojos ciegos, húmedos. 
¡No puedo! 
¡No puedo más!
¡Perdónenme!
 

De la serie Personas – Personajes – Máscaras; Justyna Kopania, (Varsovia, Polonia)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s