Polvo del camino. 295. Ocho películas famosas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 295

Ocho películas famosas
Héctor Cortés Mandujano

Todo en el cine es falso y, sin embargo, real

Fernanda Solórzano,
en Misterios de la sala oscura

Fernanda Solórzano escribía críticas de cine en la revista Letras libres, y las decía, con su agradable presencia, en el podcast de la propia revista; también es co-conductora en el programa Encuadre Latinoamericano. La veía, la veo en ambos programas.
Leo su libro Misterios de la sala oscura. Ensayos sobre el cine y su tiempo (Debolsillo, 2020). Son ocho prolijos trabajos sobre el mismo número de películas donde aborda el antes, la proyección y el después de la cinta; al mismo tiempo cuenta la historia de los actores, el director, el guionista, las peripecias que los llevaron a juntarse… El ejemplo clave es el texto más largo y más completo: “El redentor de la noche”, su ensayo sobre Taxi Driver; en él habla de las infancias, adolescencias, vidas de Martin Scorsese (el director), Robert de Niro (el actor principal), Paul Schrader (el guionista), Jodie Foster (la niña co-protagonista), los asesinatos masivos en EUA, el diario del psicópata Arthur Bremer, las diferencias entre los asesinos múltiples y los asesinos seriales, las consecuencias que en los actores y especialmente en la actriz tuvo la proyección de la cinta, etcétera…
“Las máscaras de la violencia” es sobre La naranja mecánica (basada en la novela de Anthony Burgess), dirigida por Stanley Kubrick; “La erótica feminista” analiza El último tango en París, de Bernardo Bertolucci; “La purificación del poder” se adentra en El padrino (basada en la novela de Mario Puzo), dirigida por Francis Ford Coppola; “Los resortes del miedo” estudia El exorcista, basada en la novela de William P. Blatty y dirigida por William Friedkin; “La entronización de la adolescencia” se centra en Tiburón (basada en la novela de Peter Benchley), dirigida por Steven Spielberg; “En defensa del mediocre” aborda Forrest Gump, basada en la novela de Winston Groom, dirigida por Robert Zemeckis, y “Las transformaciones del cuerpo” examina Matrix, de los todavía entonces hermanos (los dos después se han definido como mujeres) Wachowski.
El libro está escrito con inteligencia, conocimiento y una prosa cuidada, que elude pedanterías y suscita interés. Solórzano evidentemente no tomó como suya la obligación de hablar de cineastas mujeres (los ocho directores; los novelistas, cuando son la base de la película, y los guionistas son hombres) y los protagonistas (en El exorcista, aunque la niña es la estrella, el título alude al sacerdote) pertenecen también al género masculino.
Al final, en “Lecturas generales”, escribe Fernanda Solórzano (p. 351): “Seguí el mismo esquema de trabajo con cada ensayo: leí las novelas –si las había– en las que se basaron los guionistas y directores para las películas comentadas; revisé después biografías de directores, actores, guionistas u otros personajes relevantes para cada una de las películas y busqué aquellas enfocadas más en la vida de los sujetos que en su trabajo, o en interpretaciones del mismo; por ello traté de evitar estudios críticos –menos aun los que abordaban directamente la película analizada”.
Un libro muy recomendable.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Liminar 4. Colores inexistentes. Miguel Isaac Zavala Flores

Fotografía: Alwin Suhas: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-banded-peacock-butterfly-with-a-broken-wing-19863834/

Colores inexistentes
Miguel Isaac Zavala

Tuvo que cortar sus alas, su futuro.

Cuando conocí a Valentín, las luces eran entre azules y doradas, en un invierno a medio calentar, se iluminaba aquel salón de clases. Había llegado a Guadalajara por el trabajo de su padre, que estuviera en la misma escuela que yo, fue decisión del azar. Era un muchacho libre, tanto de voluntad como de pensamiento, a veces, cuando lo observaba sin que él notara mi presencia, lo veía mirar las ventanas, como si quisiera salir, como si pudiera volar. Tenía en los ojos un temor extraño, una lágrima que nunca salía, un recuerdo que no lo dejaba.
Era un genio en la escuela, sus calificaciones eran las más altas de todos y parecía no costarle esfuerzo alguno, pero más brillante que su cerebro era su presencia, como si viniera del sol, calentaba el alma del resto sólo con su ser. Era amable con todos, tenía una empatía abrumadora, una preocupación genuina por el mundo, un deseo de ayudar.
Daba tutorías en los recesos para aquellos a los que nos costaba entender. Yo era su alumna infalible, no me perdía ni una sola sesión, era bastante mala en la escuela y mis padres me presionaban. Pasé tantos días con él, a veces hablábamos de cosas ajenas al estudio, como de la familia, del dolor, de la vida. Fue en esa aula empolvada, en ese discurso y silencio, en esos ojos cafés, fue en ese instante en el que ciega me di cuenta, me había enamorado.
Nuestra amistad era hermosa, no quería arruinarla, no quería romper aquella luz en mi vida, distanciar su presencia solar, interrumpir su vuelo. Pero el corazón es cosa seria, con su ejército de mariposas, te invade por completo. Sin darme cuenta, comencé a pensar en él por accidente, a encontrarlo en un verso, a mirarlo en el viento, en las nubes, en los sueños. No pude soportarlo más y un día me armé de valor. Le di una carta con mala ortografía, un pequeño chocolate y una queja por los mil y un suspiros que me arrebató. Con el terror más grande de mi vida esperé su respuesta por minutos, por horas, por días.
Una mañana como cualquier otra se me acercó para decirme que lo acompañara, yo lo seguí al aula de siempre, ahí, en una temerosa valentía me sonrió, me dijo que fuera su novia. Yo, con el rubor que tanto había guardado, acerqué mis labios a los suyos. Él, con su mano tersa, tomó mi mejilla e impulsando al destino, rozando nuestras bocas, sellamos el pacto.
Los días a su lado eran más soleados que el verano, más tranquilos que el invierno, más vivos que la primavera. Fue en otoño cuando todo empezó, cuando mis paisajes se llenaron de colores inexistentes, de risas infinitas, de palabras de amor.
En marzo, con la llegada de los atardeceres violeta, llegó una oscura verdad. Valentín dejó de asistir a clases, un golpe duro ante lo que yo creía que era perfecto. Al enterarme de la razón, mi corazón se rompió, me dolió tanto imaginarlo a él, que amaba las clases, que amaba enseñar, perdiéndolo todo. Su padre había enfermado y ante la difícil situación económica que atravesaban, él tuvo que salirse de la escuela para meterse a trabajar. Debía aportar dinero a su familia, lo necesitaban, en verdad lo necesitaban y Valentín, con el corazón de oro, sólo pudo aceptar.
Extrañaba tanto su vida, por eso llorando me confesó que quería volver, que quería estudiar, que el mundo afuera era cruel, era duro, estaba vacío. En sus ojos almendrados vi tristeza, vi frío, vi su presencia solar congelarse.
Valentín comenzó a cambiar, se volvió más indiferente ante la vida, más reservado, menos brillante. Él sabía lo que ocurría, él sabía en lo que se estaba convirtiendo, por eso fue que me terminó. Con el corazón en la boca y con su lágrima, esa que siempre guardaba celoso, fue que me dijo que lo mejor era terminar, acabar con todo antes de que me hundiera junto a él. Al principio no lo entendí, le dije que no me importaba, que quería una vida juntos. Sólo me respondió que respetara su decisión, con una mueca de súplica, acepté.

Ahora, varios años después, sigo pensando en Valentín, sigo recordando su brillo especial, sus versos de miel, su sonrisa de luz. Me sigue doliendo el recuerdo de no verlo llegar a la escuela, de su sol apagándose, de sus alas ya rotas, aquellas que se cortaron, aquellas con las que yo también volé.
Liminar es una puerta de entrada para escritores emergentes que nos han brindado sus escritos para colaborar con este ejercicio de generosidad que implica la escritura. Bienvenidos.

*Sobre la autora:

Miguel Isaac Zavala Flores

Escritor emergente

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 294. Apapachos al corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez


Apapachos al corazón

Las mujeres con alas de paso tejidas con hilos de la infancia,
atravesadas por afilados hilos de la adultez.
Carmen Agudelo Baquero

El ciclo escolar había comenzado de nueva cuenta, las prisas se hacían presentes en lo cotidiano, Ibeth ya tenía previsto que les tocaría a Josué y a ella volver a la rutina de correr con Rubén y Benito, sus hijos, sobre todo ahora que ya iniciaban a cursar el primer grado de primaria.

En más de una ocasión Josué le había planteado a Ibeth que dejara de trabajar en la escuela de nivel preescolar donde era auxiliar de las maestras titulares, para poder dedicar más tiempo a sus hijos y no andar con tantas carreras. Ibeth no había dudado en decirle que, además de que le gustaba su trabajo, tenían la necesidad económica de ambos sueldos para el sostén de los gastos de la casa, de la educación de sus hijos y también los gastos personales de cada uno.

El primer día de clases fue toda una odisea. Ibeth se despertó más temprano que de costumbre en los días laborales. La alarma la hizo levantarse con un sobresalto, estaba profundamente dormida, soñaba que llegaba tarde a su trabajo. Se alegró de que fuera un sueño. Había olvidado que ajustó la alarma más temprano porque tenía la incertidumbre de que no le fuera a dar tiempo de preparar el desayuno para la familia y también el lunch que haría Josué para llevar a la escuela y al trabajo. Por fortuna todo fluyó bien. Josué llevó a los hijos a la primaria, Ibeth pensó que a ella le habría gustado llevarlos, pero a la vez se alegró de que no, porque le daría una sensación de nostalgia.

Su día laboral fue intenso, muchas niñas y niños ingresaron por vez primera al preescolar y para varias y varios había sido algo complicado el separarse de mamá y papá que los llevaron a la escuela. A la hora de la salida mientras acompañaba a las niñas y niños de su grupo para entregarlos a sus mamás y papás Ibeth se sentía agotada, le costaba dibujar la sonrisa en su rostro, pero hacía el mejor esfuerzo.

Ordenó el espacio del salón y guardó sus cosas. Revisó su reloj, ya estaba en su hora de salida y justo a tiempo para ir por Rubén y Benito. Se apresuró para llegar en tiempo. Subió al transporte colectivo y dio un respiro tan profundo que varias personas voltearon a verla. Ibeth se sonrojó, pero a la vez sonrió, algunas personas le devolvieron la sonrisa.

Mientras llegaba a la escuela se puso a pensar que el mundo de las personas adultas no es tan fácil, sobre todo para las mujeres, una se la pasa corre y corre, ella era un ejemplo. Siguió ensimismada en su sentir; apenas era el primer día del nuevo ciclo escolar y estaba muy cansada. Respiró profundo por segunda vez, pero sin ser tan expresiva como la primera. Sintió una sensación de alivio, muy grata. Lentamente llevo una de sus manos al corazón, la dejó ahí unos instantes. Le pareció mágico sentir sus propios latidos, la respiración profunda y el conectar con su mano habían sido sus apapachos al corazón. Se dio cuenta que esa conexión tenía que hacerla más seguido, por lo regular, solía olvidarse de ella e Ibeth también era importante.

Respiró profundo por tercera vez antes de pedir la parada para bajarse. Cuando descendió del transporte sintió que tenía un poco más de energía, caminó al portón de la escuela y ahí se detuvo a esperar a Benito y Rubén, no tardó en divisarlos. Ambos la buscaban entre las personas, ella agitó la mano para que la vieran. Abrazarlos era también un lindo apapacho a su corazón.

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/
Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 294. Amor sin sexo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 294

Amor sin sexo
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

La depresión es un lirio desmayado, un viento detenido, un perro muerto. Me llegó con la suavidad y lo imprevisto de, por ejemplo, un árbol que se derrumba sin ningún aparente aviso previo. Y todo se detuvo en mi vida. Ninguna luz tenían mis días, ningún sueño mis noches.
Tal vez por eso algo sentí (no alegría, no entusiasmo) cuando mis tres amigos de siempre llegaron a mi departamento: Ava, cincuentona con aires de reina mala y vestida con la elegante extravagancia de siempre; Julia, adorable criatura, cuyo corazón parecía de 15 años aunque lo demás de su cuerpo no tuviera tanta juventud, y Ramo, homosexual guapísimo, maquillado con discreción, lleno de poses de diva.
—Venimos por ti, vamos al cine.
Me pareció una invitación del mesozoico (¡ir al cine, por Dios!), pero no tuve fuerzas para negarme. Ava, evidentemente, tenía coche y chofer. Los cuatro nos acomodamos en el espacioso y cómodo vehículo.
Ya sabía que el problema sería elegir la cinta: Ava prefiere las tragedias, Julia las películas románticas, Ramo las superficiales (de preferencia las musicales) y yo no estaba para ningún género.
Decidí no participar en la discusión cuando nos hallamos frente a la cartelera. Cada cual se aferró a su gusto y se metió a su sala. Yo quedé solo. Cada cual, supongo, pensó que entraría con alguna, alguno. Era una descortesía que en otro momento me hubiera dado igual; en ese momento me hundió más el puñal de la tristeza.
Salí, caminé al tuntún un rato, detuve un taxi y me fui a mi departamento. Cuando llegué y abrí la puerta, ¡sorpresa!, mis tres amigos habían llenado de globos, adornos, bocadillos, vinos, licores y gente mi depa (bueno, no ellos con sus manitas inútiles, sino sus servidores). Y allí estaban ellas y él, con las caras alegres por haberme jugado la broma en el cine, cuando lo único que necesitaban era sacarme un rato para armar su borlote.
Una copa fue puesta en mis manos por Julia y la bebí. Qué delicia. Y ya había preparado para mí otra igual. Qué música tan bien elegida. Mi cuerpo, aunque no lo quisiera, comenzó a bailar; mis amigos me abrazaron y la sonrisa llegó de nuevo a mis labios…
Estuve feliz hasta que la madrugada y el cansancio me llevaron a la cama. Desperté y a mi lado había un ramo de rosas y una tarjeta de ellos. ¡Te amamos!, decía.
Llegaron a desayunar conmigo y comentamos las peripecias de la noche anterior. Soy un afortunado, porque estos tres seres son parte de mi corazón y lo pintaron de nuevo de colores, le barrieron las sombras, lo hicieron latir contento otra vez.
La amistad es amor sin sexo. La felicidad es un lirio abriéndose, un fuerte viento, un perrito jugando sin pensar ni en el ayer ni en el mañana…
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 293. El intercambio de sonrisas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El intercambio de sonrisas

La riqueza es el lujo de saber vivir con las cosas pequeñas

 y menudas de la vida

José Luis Quintero Carrillo

 

Ese martes la lluvia dio un poco de tregua, Mariela y su familia aprovecharon para salir a tiempo a sus diversas actividades. El tío Guillo tenía mucho trabajo para limpiar su carpintería, la lluvia había hecho algunos estragos por el techo donde se colaba agua en una rendija. Doña Celeste, madre de Mariela, tenía pedidos de tamales para esa tarde, se alegró que su comadre Trini le llevara un día antes muchas hojas de plátano para envolver los tamales; Juan, hermano menor de Mariela iría por la masa que habían encargado. Mariela tenía la encomienda de ir al mercado a comprar los ingredientes. Arturo, hermano mayor de Mariela, ayudaría en la mañana al tío Guillo y por la tarde sería quien haría la entrega de los tamales.

Cada integrante de la familia se dirigió a hacer sus tareas. Antes de salir de casa, Mariela revisó que no le faltara la lista de los ingredientes. Se encaminó al mercado, el sol no solo se había asomado esa mañana, sino que había despertado con tal fuerza que parecía casi increíble que tras tres días de lluvia seguida casi no hubiera rastros de agua en el suelo. El calor comenzaba a sentirse. Mariela se alegró de haber salido temprano de casa. 

Al entrar al mercado recordó la recomendación que solía hacerle doña Celeste,

─Por favor, no te vayas a distraer a comprar otras cosas que no te pida─ ante esa petición Mariela siempre solía decir que no había de qué preocuparse, pero en más de una vez se había dejado atrapar por ir a ver la venta de flores, productos de semillas o una gran variedad de cestas de todos los tamaños y colores.

Esta ocasión se fue directo a los puestos indicados para surtir los ingredientes. Hasta revisó con detalle que fueran las cantidades indicadas para que no hiciera falta algo. El calor al interior del mercado ya se percibía, en algunos puestos tenían prendidos sus ventiladores, por momentos Mariela sintió que se quería quedar ahí un rato más, pero tenía que regresar pronto a casa.

Estaba por comenzar a refunfuñar por el calor que estaba más fuerte cuando se acordó que hace unos días había querido que saliera el sol y cesara tanta lluvia. Así que su rostro no solo cambió, sino que sintió que algo en su interior y en su cuerpo también había cambiado. Recordó que se había pintado los labios con uno de sus colores favoritos, así que había que lucirlo con una sonrisa. Se acomodó las bolsas del mandado y emprendió el camino a casa. 

En el trayecto de regreso Mariela se encontró con una diversidad de personas, nadie conocida, cada quien en su mundo. Le llamó la atención una señora mayor, que venía en sentido contrario a ella, a paso tranquilo, con la cabeza cabizbaja, quizá ensimismada en sus pensamientos o pendientes. Mariela continuaba sonriendo y de pronto, el rostro de la señora se levantó y coincidió con el de ella, la señora dibujó una sonrisa tímida. El intercambio de sonrisas fue fugaz, ambas continuaron su paso. A Mariela ese intercambio le pareció un regalo muy bonito. Le generó una sensación de gratitud en el camino, en el día; se alegró de sonreír, en el día a día tan ajetreado y con tantas vicisitudes, esos intercambios, sin duda, eran una especie de bálsamo para recordar la importancia de disfrutar y agradecer cada instante. Apresuró el paso, la estaban esperando para comenzar a hacer los tamales..

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 293. Novela, película, cortometraje. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: "David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz".


Polvo del camino/ 293

Novela, película, cortometraje
Héctor Cortés Mandujano

3. El cortometraje La mujer de negro (2012), de Juan Carlos Martín, no cuenta una historia (la cámara toma el rostro, el cuerpo, la silueta de una mujer, y juega con otras tomas desconectadas que no aluden a lo figurativo), pero muestra un abanico de imágenes que, conjugadas con la música, crean un coctel del blanco y negro al color, que me mantuvo pendiente y feliz durante los 13 minutos que dura.

2. No sabía quién era Juan Carlos Martín cuando comencé a ver la cinta 40 días (2008), una road movie de tres amigos: Andrés, cineasta, a quien su mujer dejó para irse a buscar respuestas; Ecuador, actriz que pierde el papel en una obra de teatro por un accidente que le impide caminar sin muletas, y Pato, poeta homosexual enamorado sin esperanza de Andrés.
Los tres se van, primero, a Real de Catorce para experimentar con los hongos y luego, en el mismo coche, a Nueva York. Juan Carlos Martín llena de postales constantes el camino y hace que en la película se involucre, como un viajante más, el espectador. El guion, de Pablo Soler Frost, hace alusiones constantes al cine y a la literatura, y la historia –donde hay enamoramientos, borracheras, canciones y las aventuras que supone un camino tan largo– tiene casi al final una ruptura imprevista. En una simetría infausta, al actor en la vida real le pasó lo que al personaje en la película.

1. He leído varios libros de Pablo Soler Frost, y había comprado quién sabe dónde y desde cuándo Yerba americana (Ediciones Era-CNCA, 2008), la novela que el autor escribió después del guion de 40 días, con la misma trama y con distinto título.
Pato –se llama David– dice a Andrés (pp. 31-32): “Güey, a mí me gusta ser maricón… Es más fluido, más acorde con el espíritu de los tiempos… […] No porque me estén diciendo en la tele todo el tiempo que ser gay es superchingón, voy a hacerme gay; a mí me gustan los güeyes, no los gays. A mí me gustan los hombres como se gustaban los hombres en Grecia. No hoy”.
Explica Pato a Ecuador el futbol americano (p. 97): “Mira, hay un güey guapísimo, increíble, como un delfincito al que toda su banda, de hombres gigantescos y fornidos, adora; y estos tienen que protegerlo del ataque de una banda enemiga, que quieren tronchárselo y proteger a su propio príncipe. Ah, y además, hay una pelota, que en realidad es una especie de rombo, y puntos y goles, pero eso, en realidad, no importa. Lo que importa es el güey más guapo…”.
Dice Pato a Ecuador, para explicar sus problemas de comportamiento (p. 121): “Estoy enojado porque no me tocó más, no porque a otros les haya tocado menos. Y eso me está matando”.
Los tres contestan el célebre Cuestionario Proust. Esta es la última respuesta de David- Pato (p. 140): “Si no tú, ¿entonces quién? Si no ahora, ¿entonces cuándo?”.
En la nota final, Soler Frost explica la diferencia entre la película y la novela (p. 185): “Las películas son como aviones que estallan; las novelas (por lo menos las mías) como barcos que se hunden”.
Leí primero la novela, después vi la película y luego, el corto. Sin pausa. Quedé agradecido con todos y con todo.

Ilustración:  "David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz".
Ilustración: «David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz».




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Liminar 3. El andador. Miguel Isaac Zavala Flores

Fotografía: Fernando Paleta: https://www.pexels.com/photo/colorful-day-of-the-dead-parade-in-mexico-city-29243528/

El andador
Miguel Isaac Zavala Flores


Ahora soy un axolotl

Julio Cortázar en “Axolotl”


Hace tiempo ya que desconozco lo que hago, es rara la ocasión en la que me puedo ver. Sé que es extraño, pero ya sólo soy un peatón, una persona caminando en mitad de sí mismo, de su centro.
Comenzó cuando era joven, estaba en bachillerato, con mi uniforme verde con blanco, con mis esperanzas a flor de piel. Era el camino por el que regresaba de la escuela, ese encantador sitio lleno de historia y futuro, de vida y de muerte. El Paseo Alcalde, un sitio hermoso a mi parecer, uno que me absorbía cada vez más, uno que terminó por comerme.
Cuando apenas era ese joven soñador, el paisaje era completamente amarillo, un amarillo pálido y brillante, uno que reflejaba un sol de mañana, un sol de tarde. Los árboles, esos que adornan el andador central, apenas eran brotes. Un andador cualquiera rodeado por dos carriles para autos, uno a cada lado, donde los pitidos distraían del pensar, de la vida. Un andador simple, sin embargo, yo veía en él un futuro atronador, fue por eso que me obsesioné. Lo utilicé como un santuario, como un fluir de ideas, como el sitio perfecto de mi expresión, de mi escritura.
Como el destino me hacía cruzar por aquel sitio casi todos los días, mi obsesión fue creciendo hasta hacerse dependencia, a veces, los fines de semana me escapaba buscando cualquier excusa para regresar. Veía los brotes crecer, las calles pintarse, a la gente vivir. En ese andador la vida era extraña, como brumosa. La vida era un punto medio entre la desolación y la esperanza, entre el pasado y el futuro. Pasaron los veranos por mi vida y el andador seguía ahí. Me miraba y me observaba, no al revés, era él quien sentía curiosidad, era él quien me veía crecer.
Los árboles brotaron y el amarillo se acompañó del verde, mi dependencia parecía llegar a su fin, con el andador completo en belleza y estructura, mi expectativa parecía morirse, pero el andador era especial, como la vida misma comenzaba a crear formas nuevas. Por sus banquetas comencé a observar frases de poetas, de escritores. Por su centro, unas pequeñas fuentes comenzaban a brotar, como hierbas de cristal. En sus calles, unos topes regulaban el tráfico, a la gente. En invierno, los árboles pintados de luz parecían acariciarme.
El andador estaba vivo, me tocaba, me olía, me miraba. Comencé a aterrarme, es como si el andador supiera de mí, de lo mucho que me obsesionaba. A veces cerraba los ojos y él aparecía en mis recuerdos; en otras tocaba mis manos y se sentían como sus banquetas; a veces lloraba y salían hojas, a veces reía y nacía brisa; el andador me estaba consumiendo.
Pronto comencé a pensar como él, en colectivo. Vi el sufrimiento andante, la alegría corriendo, el miedo del indigente, la felicidad del niño. Esa combinación entre desastre y esperanza, entre desolado y vivo, me recordaba a mí. A veces, cuando era yo y por fin tenía el control, iba al andador, sólo así lo sabía.
Una mañana el terror se hizo tangible. En mi abdomen comencé a sentir una presión aplastante, una fuerza bruta pisando con intensidad. Era mi madre, iba de camino a su trabajo. Estaba ahí, entre mis costillas flotantes, entre Angulo y Garibaldi. Por mis brazos sentía cosquilleos, eran un par de chiquillos jugando a atraparse. En mi cerebro sentí tristeza, eran los niños con hambre, la gente sin techo, las familias rotas, los miedos del mañana. En mi sonrisa sentí un rubor, era la esperanza del día, la juventud rebelde, la ayuda de corazón, la felicidad de estar vivo.
La vida de un andador es extraña, uno debe acostumbrarse. A veces le salen matorrales en las axilas, baches en la piel, basura en la nariz. El tiempo a veces es pasado, en otras futuro, pero muy rara vez presente. Para poder ser un andador a tiempo completo uno debe desprenderse de sí mismo, por eso sólo conozco lo que es de mí cuando cruzo por el andador, por mi ser, cuando en mi extraño azar decido mirarme, olerme, tocarme.
Siempre me veo pasar por el pecho, donde las farolas están medio fundidas, donde la tragedia y la esperanza se confluyen; buscando letras en el aire, buscando textos invisibles. A veces me encuentro en mí, escribiendo.

Liminar es una puerta de entrada para escritores emergentes que nos han brindado sus escritos para colaborar con este ejercicio de generosidad que implica la escritura. Bienvenidos.

*Sobre la autora:

Miguel Isaac Zavala Flores

Escritor emergente

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 292. Entre neblina y montañas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Entre neblina y montañas 

La terminal de autobuses estaba con bastante afluencia, Alfonso y Roberto habían llevado a Marina, su mamá, que salía de viaje para su ciudad de origen. Roberto había comprado una bufanda artesanal para la tía Bertha, hermana de Marina, por su parte, Alfonso le compró un par de guantes afelpados. La tierra de Marina estaba enclavada en las montañas y el clima era muy frío.

Marina se despidió de ellos con nostalgia, pero a la vez contenta de regresar a su terruño, tras años de una larga ausencia. Se subió al autobús, buscó el número de su asiento, los números estaban casi ocultos. Una chica le ayudó a identificar el número 9. Se alegró que sus hijos le hubieran elegido ventanilla. 

El conductor dio el saludo de bienvenida y mencionó que el tiempo de viaje estimaba entre 10 y 12 horas. 

Todo dependía de las condiciones del clima, si llovía podrían demorarse un poco más. Marina calculó que estarían llegando alrededor de las siete de la mañana a su querida tierra. 

Marina envió mensaje a Bertha, le avisó que acababa de salir y que calculaba que llegaría temprano, a las siete de la mañana. Bertha había quedado de ir por ella a la terminal. Luego de eso revisó sus mensajes, guardó el celular y decidió disfrutar el viaje. Se acomodó para observar en la ventanilla, al poco rato ya estaban en carretera. El cielo se decoró con muchos relámpagos. Marina auguró que era una señal segura de lluvia y no se equivocó. A Marina no le gustaba viajar con lluvia, pero se encomendó a la divinidad y a confiar en el manejo del conductor. Se quedó dormida. 

El sonido de su alarma la hizo despertarse, había olvidado apagarla. Eran las seis de la mañana. Se sintió apenada porque los demás pasajeros iban durmiendo aún. Se alegró de que nadie más fuera a su lado, de lo contrario también se habría despertado. Buscó su botella de agua, tenía sed y hambre. Había dormido tan profundo que ni había cenado el sándwich que llevaba. Nuevamente buscó en su bolsa y lo halló. Comenzó a degustarlo mientras contemplaba el paisaje.

Su corazón desbordó de alegría, divisó las montañas que le daban la bienvenida a su territorio. En la parte alta los copos de neblina las decoraban. Su mente viajó años atrás, la primera vez que salió de su terruño, cuando era niña, ese paisaje la atrapó. Se quedó mucho tiempo observando, le parecía demasiado hermoso y mágico.

Ahora de nueva cuenta estaba contemplando tan bello regalo de la naturaleza. Las montañas seguían ahí, tan imponentes, resguardando el territorio de sus habitantes. La neblina se iba esparciendo poco a poco. Marina estaba de vuelta a esa gélida tierra. Sus ojos se llenaron agua, sintió que su corazón latía más rápido. 

El sonido del celular la sorprendió, era Bertha, ya estaba por salir de casa para la terminal. Marina le dijo que ya merito se verían y se darían muchos abrazos. Esa mañana era uno de los despertares más hermosos para Marina, entre neblinas y montañas, y ella era la protagonista.

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/
Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 292. Yo quise más, no había fin. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Camilo Herrera Cortés.

Polvo del camino/ 292

Apuntes de oído/ 23

Yo quise más, no había fin
Héctor Cortés Mandujano

Charly García (Buenos Aires, Argentina, 1951) es autor de una colección de canciones que han acompañado la vida de mucha gente de Latinoamérica; entre ellas, la mía. Durante años fue tal vez la figura más visible del fenómeno comercial conocido como Rock en tu idioma y fue cayendo su estrella conforme envejecía y no cesaba de meterse todas las drogas posibles al cuerpo, de tener problemas legales e internamientos incluso a clínicas psiquiátricas. Se le empezó a conocer más por escándalos, que por nuevas propuestas musicales. Sigue vivo, por fortuna.
Suele o solía ser profundo en sus letras, hasta en las que ha desgastado la repetición del éxito: “No voy en tren, voy en avión, no necesito a nadie a mi alrededor” es una alusión a su modo veloz de transitar por el mundo con respecto a los ñoños que, como yo, vamos a otro paso, y que a veces para vivir necesitamos compañía; y así, en su producción (hizo una cuarentena de discos) hay rastros de un pensamiento que no se entretiene tanto, como muchos, en la superficialidad. Ejemplos podrían ser “Los dinosaurios” (elegante y clara alusión a la dictadura, al poder que se ejerce con brutalidad), “Nos siguen pegando abajo” (sobre la moral que vigila las entrepiernas de la gente), “Cerca de la revolución” (cómo cambia la sociedad, cómo cambia el amor), “Promesas en el bidet” (sobre la fugacidad de los sentimientos)…
Sorpresivamente, en 2024, a los más de 70, estrenó un disco donde la voz es una lástima y la música no ha cambiado: La lógica del escorpión.
Pero una de mis favoritas la compuso y la canta al alimón con Pedro Aznar. Se llama “Tu amor” y es parte del disco Tango 4, de 1991.
Empieza con ideas en todo lo alto: “Yo quise el fin y había más,/ yo quise más, no había fin”, que lo mismo puede referirse a la inteligencia, la estupidez, el amor, las drogas…
Durante un tiempo, en momentos de cercano melodrama, su estribillo me hacía sentir acompañado, porque yo comparto con él esta visión de las cosas: “No voy a llorar si nadie me acompaña, no voy a dejar un camino sin andar”…
Es curioso cómo una canción breve puede contener ideas que, en otros formatos, necesitarían mucho más espacio para desarrollarse, muchas más palabras: “Aunque sea el fin del amor,/ yo he visto el fin del disfraz./ Yo quiero el fin del dolor/ pero no hay fin, siempre hay más”. Ah, la vida y lo que llamamos amor.
Sus certezas separan lo que, aunque existe fuera de nosotros, decidimos meternos como instrumentos de tortura. Y son ciertas, si tú las crees. O falsas: “No existe sombra, no existe culpa, no existe cruz”. Y a estas aseveraciones les clava una estaca en el corazón: “No voy a esperar que el destino hable por mí”.
No sé si estoy tan de acuerdo, en cambio, con que la salvación se logre a través de la presencia de otra persona (¿o se referirá al amor por uno mismo? No estaría mal). Pero esto es una canción, no un tratado filosófico: “Yo tuve el fin y era más./ Yo tuve más y era el fin./ Yo tuve el mundo a mis pies/ y no era nada sin ti./ Crucé la línea final por tu amor…”.
Me hubiera gustado que la canción se resolviera sin el ingrediente romántico. ¿Qué la vamos a hacer? El romanticismo sigue siendo un buen negocio…

Ilustración: Camilo Herrera Cortés.
Ilustración: Camilo Herrera Cortés.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Liminar 2. Los secretos del viento. V. Balltre

Fotografía: Mostafa Ft.shots: https://www.pexels.com/photo/dramatic-sand-dunes-texture-in-algerian-desert-30253635/

Liminar
Los secretos del viento
V. Balltre


El viento tiene muchos secretos y ha sido testigo de un sinfín de historias; incluso presenció asesinatos, guerras, nacimientos, cosechas.

Si hay algo más viejo que la Tierra, es el viento que estuvo aquí desde antes que nosotros y seguirá estando cuando nos hayamos ido.

El viento viaja, susurra, silba, pero no es ningún soplón; el viento se enoja creando tifón o duerme cuando la copa de ningún árbol se mueve.

El viento nació hace mucho tiempo, aunque nunca se mencione cuándo lo creó Dios. Me gusta pensar que fue después de la luz y antes de las mareas, pues entonces, ¿quién daría olas a la Tierra?

El viento lleva consigo memorias que nadie más puede guardar. A veces lo escucho hablar, pero nunca me dice nada, pues lleva en él sus secretos, que a nadie ha de contar.

Imagino al viento como ese testigo silencioso, el único capaz de cargar a toda la humanidad. Quizá un día sopló en la cara de Cleopatra y, después, en la mía.

¿Cuántos secretos carga el viento? ¿Es que un día los habrá de contar?

Todos tenemos tesoros, memorias por guardar; el mar oculta sirenas y el viento, sus secretos.
Liminar es una puerta de entrada para escritores emergentes que nos han brindado sus escritos para colaborar con este ejercicio de generosidad que implica la escritura. Bienvenidos.

*Sobre la autora:

V. Balltre

Escritora emergente

Valeria Trejo, para conocer en el mundo literario como V. Balltre, es una escritora emergente
originaria de Chiapas. Su obra se centra principalmente en la poesía, los cuentos cortos y las
prosas, formatos con los que explora las emociones y la cotidianidad de manera profunda.
Aunque su trayectoria es aún incipiente y se podría considerar amateur, ha realizado algunas
publicaciones en páginas web y ha creado un compendio de libros propios aún inéditos. Para V.
Balltre, este espacio representa un importante paso en su camino literario.
Sus escritos se nutren de las pequeñas cosas de la vida diaria y onírica, que ella transforma ya sea en belleza o en melancolía, plasmando esas sensaciones en sus textos con sinceridad y sensibilidad.