Voces ensortijadas 204. La fiesta de los hilos. María Gabriela López Suárez

                        Voces ensortijadas

                     La fiesta de los hilos
                  María Gabriela López Suárez

Roberta se levantó del asiento, se percató que llevaba más de tres horas sentada, sin haber tomado gota de agua, ni despegado los ojos del monitor de la computadora.
     —¡Qué bárbara Roberta! Te has olvidado de ti por querer avanzar en este pendiente —se dijo en tono preocupado mientras estiraba las piernas y movía suavemente la cabeza de un lado a otro.
      Se quitó los lentes, se dio un ligero masaje sobre los ojos, dio un sorbo a su taza de café frío y se detuvo a contemplar la vista desde la ventana que tenía en su oficina. Observó que en la vivienda antigua que siempre le llamaba la atención por permanecer en un tono ocre, como en el olvido, estaba siendo pintada.
     —¡Qué bonito cambio tendrá esa casa! Alegrará la vista, qué ganas de verla por dentro también — señaló en una especie de monólogo.
     Mientras volvía a su asiento se dio cuenta que ya estaba a unos minutos de salir, apagó la computadora y comenzó a guardar sus cosas con poca prisa, recordó que era miércoles y ese día Santiago, su ex esposo, iría por su hijo Joshua, a la escuela y comerían juntos.
     Al llegar a casa Roberta decidió hacer una pausita en su ajetreo cotidiano, fue a la sala y se sentó en un sillón, al volver la vista a su lado derecho encontró la bolsa donde guardaba su bordado.
    —¡Vaya, vaya pero qué tenemos por acá! ¡Este bordado ha quedado intacto desde hace un par de demeses, o quizá más! —exclamó mientras abría el cierre de la bolsa. Sacó el bordado, intentó recordar qué le faltaba para culminar el jarrón con gerberas, una vez aclarada la idea buscó el hilo en tono marrón y su aguja. Para su sorpresa encontró que sus bollos de hilos estaban revueltos. Por su mente pasó la idea de que Joshua podría haber jugado los hilos, descartó la idea.
      Seguía intentando hallar la respuesta de cómo habría pasado ese enredo. Su mente se entretuvo observando que los hilos estaban tan bien entretejidos que formaban una bella especie de telaraña multicolor. A diferencia de lo que le pasaba antes de aprender a bordar, que habría jalado los hilos en su desesperación para terminar pronto y formar nudos en vez de desenredarlos, comenzó a tomar con cuidado cada bollo y jalar suavemente los hilos hasta lograr que cada color se fuera separando. Cuando terminó se dio cuenta que había sido un lindo ejercicio para poner en práctica su paciencia, sin sacrificar ningún hilo, ni cortarlo.
      Roberta enrolló y guardó cada bollo de hilo en la bolsa, imaginó que en ese tiempo de tener abandonado el bordado, se había organizado la fiesta de los hilos. Quizá ella era la invitada principal pero en sus labores cotidianas ni siquiera se había dado por enterada. Sonrió para sí mientras se acomodó en el sillón, la luz del sol que se coló por la ventana le dio un toque cálido que la acompañó mientras tomaba el bordado y comenzaba con la puntada de arroz para decorar el jarrón.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 204. Cuatro mujeres: cuatro. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

               
Polvo del camino/ 204

                     Cuatro mujeres: cuatro
                    Héctor Cortés Mandujano

                            La literatura es una forma elegante del rencor

                                                            María Negroni

Aunque es breve, El corazón del daño (Penguin Random House, 2021), de María Negroni, es una rápida biografía –de niña al día de hoy–, revisión personal de sus libros anteriores, el amor, la lucha, la salida de Buenos Aires a Nueva York y la vuelta, el matrimonio, el divorcio, la nueva actitud sexual. El tema central, sin embargo, es la relación conflictiva de la autora con su madre. El libro me parece genial.
[Conocí a María Negroni en un encuentro de escritores en Chiapas. La vi de pronto. Me impactó su belleza y su elegancia. Luego la oí leer y me enamoró por completo. Me sentí un adolescente (no lo era) ante una diosa. Mi gran momento fue cuando un día después de mi lectura (ella estuvo ahora en el público), yo desayunaba con un par de amigos, ella se acercó a mí, creo que me tocó el hombro y me dijo algo así como “me gustó lo que leíste”. Para ella yo supongo que fui nadie, para mí fue sentirme eléctrico de la cabeza a los pies. Cuánta magia sentí, qué fácil fue ser feliz.]
Dice María insistentemente que sus recuerdos de niña no coinciden con los de su madre: No/ sí había libros, Sí/ no había perros negros en el jardín, Sí/ no te quedaste sola en la calle con tu hermanita (p. 11): “Mi madre: la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida. Nunca amaré a nadie como a ella. Nunca sabré por qué mi vida no es mi vida sino un contrapunto de la suya, por qué nada de lo que hago le alcanza”.
Sabe que no hará un libro convencional (p. 15): “Un día empiezan a aburrirnos los libros que entretienen (ya lo advirtió Baudelaire, divertirse aburre) y nos volvemos adictos a la escritura indócil, la que acentúa su rareza, se concentra en la historia de nadie, los problemas de nadie, el significado del mundo y la eternidad”.
En este libro (“Esto, en suma, no es un libro”) cabe todo (p. 37): “Muchos años después, una maestra de yoga me dijo, sencillamente. Sufrir es una decisión. Una decisión cognitiva, agregó”.
De nuevo trabaja sobre una idea de Baudelaire (p. 49): “…en la experiencia estética interviene algo del orden del crimen y la taxidermia, que todo artista es un dealer de la muerte, que canibaliza la vida y la transforma en fantasma material”. Cita a varios autores, varios libros. Thomas Mann (p. 66): “Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia”.
Escribe frases lapidarias (p. 69): “El odio es lo que parece, un amor herido”; (p. 104): “El abismo no tiene biógrafo”; (p. 128): “La claridad no es más que la cara amable de la sombra”, y en la misma página: “La verdad es la más peligrosa de las mentiras”.
Habla de sus propios libros (p. 79): “Escribí poemas que son prosas, ensayos que no creen en nada, biografías apócrifas, y hasta dos engendros de novelas que proliferan hacia adentro como una fuga musical”.
En los caminos del azar, cita el libro que comenté la semana pasada (p. 120): “… de dónde salió esa chica rubia que movía el pelo al reírse, y acabó llevándose la belleza del marido”.
La madre atraviesa todo (p. 139): “Yo amaba como vos, Madre, aborreciendo. En esto nos parecíamos: nunca me puse de rodillas, nunca seré melodramática, no soy demostrativa”.
Escribe, casi en el final (p. 142): “La vida hace estragos. Soy ahora una mujer desnuda”.
Una gran experiencia leer a María Negroni.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 203. Noche de estrellas. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas

Noche de estrellas
María Gabriela López Suárez

Después de una larga jornada laboral llegó el fin de semana. Manuela se apresuró a terminar con algunos pendientes, había quedado de salir con Sofía y René, sus amistades de la universidad. Tenían rato de no reunirse, alrededor de un par de años, había mucho que platicar y ponerse al corriente de las novedades que cada quien tenía para compartir.
Sofía propuso el lugar de encuentro, El Molino, un restaurante que ni Manuela ni René conocían. A decir de Sofía, era un espacio muy grato, donde podrían conversar muy bien, además tenía un lindo jardín que aunque era pequeño le daba una bella vista. Esos datos les animaron a aceptar la propuesta.
Cuando Manuela revisó el reloj se percató que tenía tiempo de pasar a comprar chocolates para sus amistades. Sin embargo, no tomó en cuenta que habría tráfico en el centro de la ciudad. Eso le hizo demorarse un poco, no llegaría tan puntual como contemplaba. Después de un rato de espera tomó un taxi y se dirigió a El Molino.
Para la sorpresa de Manuela el coche se descompuso justo cuando estaba cerca de su destino.
—Me da mucha pena, pero el carro ya no arranca, hasta acá la dejaré —señaló el taxista.
—¡No me diga eso¡ Voy con retraso a mi cita. ¿Y cuánto falta para llegar al restaurante que le dije? —comentó Manuela intentando no sonar alterada.
—Ya está bien cerquita, solo camina como una cuadra y media, luego da vuelta a la derecha y verá unos faroles, ahí es —respondió el conductor.
—Gracias señor —expresó Manuela en un tono bajito, entre molesta y desanimada.
Comenzó a caminar y ligeramente volteó a ver al señor del taxi que se movía de un lado a otro con el celular en mano, alcanzó a escuchar que decía,
—Bueno, ¿será que me puedes ayudar? Se me quedó el carro aquí…
Manuela continuó su andar, el camino era de terracería, por fortuna había llevado unos zapatos sin tacón alto. Había poca luz, sacó el celular y se percató que no había señal, pensó en Sofía, en qué momento aceptaron llegar a ese lugar tan solitario. Iba a refunfuñar cuando por instinto levantó la vista al cielo, se detuvo un instante, era una noche de estrellas, la oscuridad permitía distinguirlas mejor. El paisaje era sumamente hermoso, se sintió agradecida y acompañada por ese regalo. Prosiguió su caminar, dio vuelta a la derecha siguiendo las indicaciones del conductor y alcanzó a distinguir los faroles. Sonrió,
—¡Vaya, vaya, al fin he llegado al Molino! Sin apresurar el paso avanzó hasta llegar a la entrada, sintió su corazón contento ahí estaban René y Sofía.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 203. Cuatro mujeres: tres. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.

               
Polvo del camino/ 203

Cuatro mujeres: tres
Héctor Cortés Mandujano

Dicen que un carnicero zen hace un corte preciso
y todo el buey
cae en pedazos
como un rompecabezas

Anne Carson

La belleza del marido. Un ensayo ficticio en 29 tangos (Bisturí 10, 2020), de Anne Carson, con traducción de Soledad Marambio, en un pequeño libro sobre la pérdida, que apostilla cada poema con un verso de John Keats.
Carson es canadiense y, dice la solapa, “se gana la vida enseñando griego antiguo”. Lo digo porque en el segundo tango dice que en un bolsillo de la ropa de su marido (p. 10) “encontré una carta que él había empezado/ (para su amante del momento)/ que contenía una frase que yo había copiado de Homero”; sigue diciendo: “Fiel a nada/ mi marido. Entonces ¿por qué lo amé desde la niñez hasta mi edad madura/ y la resolución de divorcio llegó por correo?/ La belleza. No es un gran secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza”. Dice más adelante (p. 11): “La belleza hace al sexo sexo”.
Aparte de infiel, ladrón de textos (p. 12): “escribí una charla breve (‘Sobre la desfloración’) que él robó y publicó/ en una revista trimestral”.
Su marido bello tuvo muchas amantes (p. 23): “Poco después de un año desde nuestro matrimonio/ mi marido/ comenzó a recibir llamadas (de una mujer) tarde en la noche./ Si yo contestaba (ella)/ colgaba. Mis oídos se volvieron roncos".
Dice Anne Carson (p. 30): “Mi marido mentía acerca de todo./ […]/ Mentía cuando no era necesario mentir”.
Se hace muchas preguntas (p. 41): “Por qué la naturaleza me entregó a esta criatura –no la llames mi elección”. Pero sabe que está bajo su embrujo (p. 45): “Si pudiera matarte tendría que hacer después a otro exactamente igual a ti”.
Él no cambió nunca (p. 56): “Engañar cada noche es signo de desesperación”.
Tiene con él una conversación larga. Un poquito de lo que se dicen (pp. 67-68): “Cobarde./Lo sé./ Traidor./ Sí./ […]/ Devastador mentiroso sádico falso./ Por favor./ […] Las mujeres./ Sí./ La mentira./ Sí./ […]/ Tus sueños son un desastre./ Son mi obra maestra”.
Pero era bello (p. 72): “Aristóteles quien/ no tuvo marido,/ casi nunca menciona la belleza”.
Se dejan, él se va, varias desventuras después conversan (p. 96): “Todavía te acuestas con todo el mundo./ Lo hago”.
Ya nada son y él la llama a veces (p. 109): “Pruebas intercaladas con halagos./ Eres la única persona a la que le temo./ Mezcladas con encanto sexual./ Si se te antojara venir y calmarme yo estaría feliz”.
Conclusión (p. 114): “Bueno, la vida tiene riesgos. El amor es uno”.


Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 202. Sonrisas que contagian. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas

Sonrisas que contagian

María Gabriela López Suárez



El sábado Mónica se levantó más temprano que de costumbre, tenía el pendiente de ir a comprar unas maceteras de barro que le había encargado su tía Sonia. Mónica estaba de visita en la ciudad donde vivía Sonia y aprovechando que tenía el día libre decidió apoyar a su tía con el mandado.

Era la segunda ocasión que Mónica iba al centro de la ciudad, a la zona del mercado; la primera ocasión la llevó Sonia.

—¿Estás segura que quieres ir sola al mercado? Si me esperas a que regrese del trabajo podemos ir juntas —preguntó la tía antes de irse al taller de textiles donde laboraba.

—Sí tía, yo me voy solita, me acuerdo bien de la ubicación, de las calles. Si de plano me pierdo de rumbo, te llamo.

Ambas salieron de casa, se encaminaron una cuadra y media, se despidieron y luego tomaron el rumbo a sus destinos.

Mónica comenzó a recordar los negocios que había visto en la primera visita al mercado, poco a poco se fue ubicando. De pronto, fue por una calle, dio vuelta, caminó nuevamente, giró y se percató que había regresado al mismo punto. Sonrió para sí, estaba sin avanzar. Se puso atenta y observó que un kiosco era el referente para que se ubicara.

Continuó el recorrido, mientras avanzaba llamó su atención una tienda que tenía afuera unos jarrones grandes, muy vistosos. Observó muchas figuras de barro al interior, casi estaba segura que ahí encontraría el pedido de la tía Sonia. Escuchó la voz de una mujer, con tono amable, que la invitaba a pasar.

—¡Pásale muchacha! ¿Qué es lo que buscas? Ahora te atiendo.

Mónica entró a la tienda, echó un vistazo a los estantes, percibió un agradable aroma a incienso y descubrió acercándose a ella a una señora muy delgada, ojos grandes y rostro sonriente, que le preguntó qué necesitaba. La señora se movía, rápidamente, de un lado a otro en la tienda y la seguía invitando a ver los productos. Ese gesto le hizo sentir confianza a Mónica, quien pronto descubrió el área de las maceteras de barro. Eligió tres maceteras pequeñas, una en forma de conejo, otra de tortuga y una de media luna.

Poco a poco llegó más clientela al negocio, el espacio era de tamaño mediano y bien ventilado. La señora continuaba dando un trato con calidez a cada persona, sin ponerse nerviosa porque el negocio se iba llenando. Tocó el turno de que Mónica pagara. Pidió que le envolviera las macetas con papel y la señora le ayudó a colocarlas en la bolsa de tela que llevaba Mónica. Le agradeció mucho la compra y siguió atendiendo a la clientela.

Al salir de la tienda Mónica alzó la vista, observó con atención el nombre del negocio, La Cubanita. Volvió la mirada a la señora de la tienda, seguía sonriente, en amena conversación con las personas que pedían productos. Mónica regresó a casa contenta, por no haberse perdido, por cumplir con la encomienda y por tener la oportunidad de conocer a la señora de la tienda,

—No cabe duda, el mundo necesita de más personas con sonrisas que contagian —dijo para sí, mientras percibía cómo su rostro también sonreía.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 202. Cuatro mujeres: dos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                Polvo del camino/ 202


Cuatro mujeres: dos
Héctor Cortés Mandujano

¿Qué puede darnos la civilización?

Virginia Woolf, al hablar de Thoreau

Horas en la biblioteca (Austral, 2019), de Virginia Woolf, es una colección de ensayos, cuyo tema principal es la literatura. La Woolf revisa autores que, en muchos casos, fueron sus contemporáneos y que ahora ya pasaron a la etiqueta de clásicos.
De Coleridge dice, por ejemplo (p. 67): “La incompatibilidad que sin duda existía entre Coleridge y el resto del mundo, según nos persuaden las Charlas de sobremesa, surgió del hecho de que, más incluso que Shelley, era ‘un ángel hermoso e ineficaz’ ”.
De “El cuaderno de Mr. Kipling” tomo este apunte magnífico (p. 85): “Una gruesa carpa, en un estanque, sorbe una hoja caída y emite el sonido de un besito mundano y perverso. De la tierra emana el vapor y el vapor asciende en silencio, y una preciosa mariposa, de quince centímetros de envergadura, atraviesa el vapor zigzagueando de color y aletea hasta posarse en la misma frente del dios”.
Cita a Emerson (p. 113): “No puede escribir bien el hombre que piense que puede elegir entre varias palabras. En la escritura de veras buena, cada palabra significa algo”.
Le dedica varios ensayos a Dostoievski, cita una de sus observaciones (p. 163): “Por su propia naturaleza, el provinciano tendría que ser un psicólogo especializado en la naturaleza del ser humano”.
Cita la última entrada del diario de Jane Austen, que parece irónico, porque murió tres meses después (p. 185): “Todo va bien”.
Elizabeth Hitchener fue una de las mujeres de Shelley; me pareció extraño lo que le escribió en una carta (p. 220): “Toda la naturaleza, salvo la de los caballos, es armónica, y nace en la desdicha quien haya nacido siendo caballo”. Dice la Woolf de Elizabeth Lady Holland (p. 251): “Sabía ser tan impersonal como un chiquillo de diez años, y tan inteligente como un político”.
Asienta esta idea que alude a la perfección que buscó incesantemente Flaubert (p. 298): “Flaubert dedica un mes a buscar la frase idónea para describir una lechuga”.
Critica el método que Clayton Hamilton (p. 302): “Según él, toda obra de arte se puede trocear, y esos pedazos se pueden nombrar y numerar, dividir y subdividir, habida cuenta de su orden de precedencia, como si fueran los órganos de una rana disecada. De este modo aprendemos a ensamblarlos de nuevo: según Hamilton, de este modo aprendemos a escribir”.
A veces la literatura reduce las cosas a un momento, dice; las pone en escena nomás (p. 326): “Y así vamos y venimos a tirones a lo largo de las novelas más famosas del mundo. Así las manifestamos en una sola sílaba, escrita, por qué no, con la caligrafía de un chiquilicuatre analfabeto. Un beso es el amor. Una taza rota son los celos. Una sonrisa es la felicidad, la muerte es un féretro”.
Gran compañía la Woolf.

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 201. Cuatro mujeres: una. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                  Polvo del camino/ 201

                  Cuatro mujeres: una
                Héctor Cortés Mandujano

                                                Su secreto estaba a salvo
                                             como una mosca en la letrina

                                                             Anne Sexton,
                                                        en “El campesino”

Hice un pequeño viaje de descanso con mi mujer. Visitábamos a mi cuñado, su hermano; como allí yo tengo el tiempo libre y una hamaca a mi disposición, escogí cuatro libros del rimero que siempre estoy leyendo (dos comenzados y dos por comenzar); al llegar allá me di cuenta que los cuatros estaban escritos por mujeres: Transformaciones, de Anne Sexton; Horas en la biblioteca, de Virginia Woolf; La belleza del marido, de Anne Carson, y El corazón del daño, de María Negroni. Los cuatro me parecieron prodigiosos. Los comparto contigo lector, lectora.
	Transformaciones (Nordicalibros, 2021) es, además, un libro elegante y bellísimo, con ilustraciones de Sandra Rilova y traducción de María Ramos. Lo que transforma la autora son dieciséis cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los vuelve poemas que subvierten, deconstruyen, critican los papeles asignados especialmente a la mujer. Es, incluso, muy divertido. ¿Qué más pedir?
	En “Blancanieves y los siete enanitos” la madrastra reina es muerta terriblemente y (p. 21): “Mientras tanto Blancanieves permaneció en el palacio,/ abriendo y cerrando sus ojos azul esmalte,/ y hablando de vez en cuando con su espejo/ como hacen las mujeres”.
	La reina, que engaña a “Rumpelstiltskin”, ese hombrecito que está “dentro de muchos de nosotros”, cuando está angustiada por su promesa (p. 33): “lloró dos cubos de agua marina. (y)/ Fue tan insistente/ como un testigo de Jehová”.
	Escribe en “Rapunzel” sobre varias propuestas eróticas; ésta es una (p. 49): “Dame tus labios inferiores/ hinchados con su destreza/ y a cambio yo te daré un ángel de fuego. […] Somos dos pájaros/ lavándose ante el mismo espejo”. Rapunzel sólo conocía a una mujer. Conoció a un hombre (p. 54) “y él le declaró su amor./ ¿Qué bestia es ésta?, pensó ella […] ¿Qué espinosa planta crece en sus mejillas?/ ¿Qué es esta voz profunda como la de un perro?/ Pero él la deslumbró con sus respuestas./ Pero él la deslumbró con su palo danzante”.
	Me gustan mucho sus comparaciones (p. 19): “Estaba tan llena de vida como una gaseosa”; (p. 22): “Había un rey tan sabio como un diccionario”; (p. 30): “Tenía una hija tan hermosa como una uva”; (p. 45): “La princesa estaba madura como una mandarina”; (p. 59): “Apareció tan repentinamente como una piedra en el riñón”. Dice en “Cenicienta” (p. 65): “Cenicienta fue hasta el árbol de la tumba/ y lloró como una cantante de góspel”. Las hermanastras fingen amor cuando ella ya será la princesa (p. 66): “En la ceremonia de boda/ las dos hermanas se acercaron para hacer las paces/ y la paloma blanca les sacó los ojos a picotazos”.
	Escribe en “Un ojo, dos ojos, tres ojos” (p. 69): “Una vez conocí a una niña/ con la mente de una gallina”. “Caperucita roja”, ve al lobo fingiendo ser su abuela (p. 88): “La abuela le resultaba extraña,/ parecía tener una peluda y extraña enfermedad”.
	Dice en “Las doce princesas bailarinas” (p. 102): “y el sol se elevó/ desnudo y furioso”,  y en “La bella durmiente” habla de una de las hadas (p. 118): “su útero como una taza vacía”. Ante la maldición a su hija: “El rey parecía El grito de Munch”; cuando la princesa se pincha todos quedan dormidos (p. 119): “Incluso las ranas eran zombies”.
	Este libro es como un pensamiento feliz en la mente de un condenado a muerte; como hallarse una rosa fresca en el centro de una hoguera.


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

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Voces ensortijadas 201. Reencuentro. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                    Reencuentro
               María Gabriela López Suárez

El tiempo no cesaba de correr, el calendario iba pasando día tras día hasta que por fin llegó el anhelado puente vacacional que Ailén añoraba. Revisó las propuestas que tenía para esos tres días de descanso, visitar a su familia, compartir un par de días con sus amistades o con su novio, y en última instancia dar un paseo sola, a algún lugar cercano. Se le vino a la mente, ¿cuánto tiempo tenía de no dedicarse un espacio para ella? Había perdido la cuenta. Decidió por irse de paseo sola, en el fondo sabía que le vendría bien.
          Comenzó la selección de a qué lugar iría, le apeteció un lugar de clima cálido o templado. Finalmente, decidió ir a un pueblito que quedaba alrededor de 6 horas de donde ella vivía. No tenía a ninguna persona conocida ahí, sin embargo, buscó información en la red y halló datos suficientes para confirmar su decisión de dar el paseo. 
          Una de las cosas que más le costaba era llevar un equipaje ligero, se hizo el propósito de llevar solamente lo indispensable y ser práctica. En una mochila de dos hombros colocó lo que requería y para su asombro lo logró.
          Mientras se formaba para hacer fila y comprar el boleto a su destino se percató que tenía rato de no sentir ese cosquilleo en el cuerpo de cuando se viaja a un lugar nuevo. No demoró para subir al camión y emprender el recorrido.
           Se hospedó en un hostal céntrico, la calidez del personal y la atención en el servicio le brindaron confianza. En la recepción le otorgaron un tríptico  con un croquis que ubicaba los lugares más atractivos para conocer. Ailén tenía tanto tiempo de no tener un croquis impreso que le hizo sentir esa sensación grata de cuando se escribían cartas a mano. Fue marcando, con un lapicero, los lugares que visitaba.
           Mientras recorrió las calles percibió no solo los paisajes que la rodeaban, la arquitectura, la gente que iba y venía, las aves que volaban y hasta su sombra reflejada por los rayos del sol, sino también sintió la tranquilidad de sus pasos, recuperó su asombro por los escenarios nuevos y percibió una sensación que hace tiempo no tenía, estar a gusto consigo misma. Se rió de las veces que dio vueltas y volvió al mismo lugar, se agradeció por darse la oportunidad de escucharse, de caminar con su propio ritmo hacia donde quería, de dejarse llevar sin la presión del tiempo, de quedarse contemplado un bello ocaso con tonos color ocre y naranja mientras caminaba sobre una calle donde era la única persona que transitaba por ahí y sobre todo, de ser una grata compañía.
          Llegó el momento de regresar a casa. Volvió con una agradable sensación, ese viaje era justo el reencuentro que necesitaba con ella misma.
  
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 200. Alzar los brazos. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                      Alzar los brazos
                  María Gabriela López Suárez


Vanessa percibió ese viernes como un día largo, largo, tal parecía que el tiempo anunciaba que en breve llegaría el invierno. Ella lo esperaba con entusiasmo y agradecimiento. En un espacio en que asomó su mirada en la ventana alcanzó a observar cómo las nubes se desplazaban rápidamente, como si las fueran apresurando a moverse, era un efecto que le gustaba.
          Avanzó en las actividades que tenía pendientes, dentro de las cosas que más le agradaban de ser su propia jefa era que podía organizar sus tiempos. Revisó los catálogos de productos que vendía, anotó los pedidos atendidos y lo que aún faltaban. La tarea parecía muy sencilla, se enfrascó tanto en ella que el tiempo se le fue volando, se percató que ya eran casi las 3 de la tarde y era hora de cerrar el local. 
           Una vez en la calle Vanessa percibió que el clima había cambiado rápidamente, los rayos del sol se habían esfumado y el cielo comenzaba a colorearse en tonos grises, acompañado de ráfagas de viento. El paisaje dibujaba un escenario como de seis de la tarde, cuando apenas darían las cuatro. 
           Repasó en su mente que esa tarde le tocaba visitar el vivero de su primo Raquel, él le había prometido que le apartaría un par de macetas con flores de nochebuena. Aunque aún faltaba para el invierno quería cerciorase que Raquel no se olvidara de sus flores. Por lo regular, las macetas se vendían con anticipación.
            Mientras caminaba rumbo al vivero el cielo se oscureció rápidamente y el viento comenzó a soplar acompañado de unas gotitas de lluvia, como una suave brisa. A medida que avanzaba en loel tramo que la llevaba al vivero sintió la atmósfera cubierta de humedad. Por un momento tuvo la sensación que estaba en un bosque de niebla, su imaginación le fue de apoyo. 
            Vanessa continuó el recorrido, a paso lento pero seguro, disfrutando el regalo de la llovizna menudita. Agradeció a sus piernas y pies por ser su sostén. Se detuvo un momento, como si una especie de imán la llevara a levantar la vista al cielo y alzar los  brazos, sintió cómo las gotitas de agua acariciaban su rostro y sus brazos se extendían como si fueran una especie de alas. Respiró profundo y consciente, sintió paz en su corazón. Los instantes que permaneció ahí fueron un deleite. En un tercer plano alcanzó a escuchar unos ladridos, era Lochi, la perrita que tenía Raquel, que le daba la bienvenida.


PD. Esta entrega de Voces ensortijadas corresponde a la número 200 en Letras, Idea Y voz. En la búsqueda de los significados del número 200, para mi sorpresa hallé una diversidad de ideas, todas interesantes. De ellas recupero tres conceptos, equilibrio, armonía y gratitud. Resueno con estas palabras con las que me identifico en estas 200 publicaciones. Agradezco a Letras, Idea Y Voz por el espacio y la divulgación de la columna, asimismo, para el público lector va mi gratitud por darle cabida y tiempo a estas líneas, semana tras semana. Ustedes son parte de esas voces ensortijadas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 200. Polvo del camino. Héctor Cortés Mandujano

llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                Polvo del camino/ 200

                  Polvo del camino
               Héctor Cortés Mandujano

                                El polvo indescifrable que fue Shakespeare

                                                                    Borges, 
                                                                 en “Cosas”

No sé si sea tarde para explicar por qué llamé Polvo del camino a esta columna que hoy cumple 200 ediciones. Se supone que esas cosas se explican desde el principio. Sin embargo, las fórmulas esotéricas dicen que nada ocurre tarde o temprano, sino justo a tiempo. Confiaremos en ello. 
	Cuando mi amigo Roger Octavio Gómez Espinosa me pidió que escribiera para la revista electrónica que preparaba, yo tenía escritos algunos cuentos o minificciones (cuatro o cinco) que, según yo, iban a conformar en el futuro un libro de pequeñas narraciones. Fueron publicados dentro de mis primeras diez entregas de la columna que bauticé de un día para otro, porque me subí al tren en movimiento de Roger, colgado de una barandilla.
	Pensé con rapidez en un título general para mis columnas y lo primero que vino a mi mente fue una imagen placentera: yo iba de niño detrás de una carreta (manejada por quien sabe quién), descalzo, y veía cómo mis pies se hundían en las suavísimas capas del polvo del camino que nos llevaban de El Ciprés, la finca donde nací, hacia la colonia Cristóbal Obregón, donde estudié los primeros años (cuatro) de educación primaria.
	Pero en aquel día, en aquel instante de placer, yo no iba a la escuela. Tengo la impresión de que me había bajado de la carreta para sentir cómo mis pies se hundían en el polvo, en ese polvo casi etéreo. “Camino sobre las nubes”, podría haber pensado en esos cuatro-cinco años de vida. No creo haberlo hecho.
	Las imágenes del tren y la carreta son la misma. Yo iba agarrado con mis manitas a la parte trasera de la carreta y viendo hacia abajo. Lo más importante en ese momento no era caminar (la carreta me jalaba), sino ver mis pies hundiéndose en el polvo y tener como única la sensación de suavidad suprema.
	El polvo del camino quedó como un maravilloso recuerdo de mi infancia libre y feliz. Luego vino aquello de Polvo eres y en polvo te convertirás, de un libro de libros que es más bien metafórico. Después llegó la lectura de un libro de ciencias –el rancho y la infancia habían quedado atrás, en la memoria– donde supe que el polvo de nuestra casa no siempre entra de la calle, sino es la piel que se nos va cayendo: Somos polvo. 
	Allí descubrí que, aunque fuera una parte minúscula, el sutil polvo de aquel camino no era solo del camino, sino también mío, parte de mí. 
        Saltemos de aquel tiempo a éste. Lo que escribo (aunque a veces me dé vergüenza firmar mis textos, porque en realidad los sueño, los imagino y parecen venir de un lugar mío que no conozco) es parte de mi camino y mi camino es mi propio reguero de polvo.
        Flaubert, cuando lo procesaron para que revelara en quién se había inspirado para escribir Madame Bovary dijo la célebre frase: “Madame Bovary soy yo”. 
         Mi paráfrasis de las palabras de Flaubert, que son una declaración tajante sobre lo que significa escribir, es simple: El camino soy yo, el polvo soy yo. 
         Te agradezco lector, lectora, por acompañarme, por leerme.


llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com