Voces ensortijadas 235. Ser de buena madera. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Ser de buena madera

El mediodía del jueves el calor estaba más que sofocante, Asunción ya no sabía bien qué le causaba más irritación si el clima agobiante o la situación que estaba pasando. Salió de la oficina en la que compartía espacios con sus compañeras del trabajo y se dirigió al baño.
Mientras caminaba al sanitario iba pidiendo por dentro no encontrarse a nadie en el pasillo, por fortuna sus ruegos fueron escuchados. Al llegar al sanitario entró, cerró bien la puerta, se plantó frente al espejo, se miró y corroboró que tenía los ojos a punto de desbordarse en llanto. Al principio sintió que tenía mucho enojo, luego se fue calmando un poco y su sentir cambió a tristeza. Se sentía defraudada porque una persona a quien recomendó en la empresa donde laboraba había hecho malos comentarios hacia ella.
—¿Pero, Asunción, en qué momento confiaste en esa persona para que le dieran trabajo? Mira lo que ha dicho de ti, ahí sigues ayudando a la gente —su voz sonaba entre alterada y triste.
Se quedó un ratito más hasta que sintió que estaba más tranquila. Se lavó las manos, sentir el agua le hizo volver al presente. Observó que sus ojos estaban aún irritados por el llanto. Se enjuagó el rostro.
—Adiós maquillaje, bueno, no importa —dijo, intentando sonreír para sí.
Como a manera de cascada vinieron a su mente una diversidad de situaciones y retos que había tenido, personales y familiares y cómo había salido adelante, siempre con apoyo de sus familiares y amistades.
—¡Vamos de nuevo Asunción! Caer para levantarse y volver con nuevos bríos.
Su responsabilidad y compromiso respaldaban su trabajo, así que confiaba en eso. Recordó en especial el comentario que le hizo su primo Fernando en alguna ocasión donde tuvo una situación familiar que la desanimó:
—Todo saldrá bien Asunción, verás que pronto hallarás la solución. No desesperes, recuerda que eres de buena madera.
Sintió que su corazón se reconfortó. ¿Qué significado tenía ser de buena madera? Recordó a las mujeres y hombres de su linaje, personas buenas, amorosas, solidarias, luchadoras. Vaya que Fernando tenía razón.
Buscó en la bolsa derecha de su pantalón de mezclilla, halló su labial. Se pintó los labios y dibujó una sonrisa. Se acomodó el cabello. Salió del baño rumbo a su oficina. Su respiración estaba más tranquila, su paso era firme. Respiró profundo. Dejó que su corazón fluyera sin permitir que ningún mal sentimiento fuera para la persona que la ofendió.
En su mente resonaba la frase, "ser de buena madera". Antes de entrar a la oficina musitó para sí:
—Exactamente, soy de buena madera.
Asunción entró a la oficina. Las miradas de sus compañeras se fijaron en ella y les devolvió el mensaje con una sonrisa, de las que nacen del corazón.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 235. Los pobres, fuente de riqueza. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

             
Polvo del camino/ 235

Los pobres, fuente de riqueza
Héctor Cortés Mandujano

Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años

José Emilio Pacheco,
en “Antiguos compañeros se reúnen”



En Yo no me llamo Rubén Blades (2018), documental escrito y dirigido por Abner Benaim, su protagonista, el cantante Rubén Blades, habla de sus inicios y cuenta que escribió una canción de una persona muy pobre y que él, que también lo era, de pronto empezó a ganar dinero con la canción y que ésta la conectó con otras oportunidades y siguió ganando dinero hablando de la gente que no lo tenía. Esto le supuso un problema de conciencia del que, quién sabe cómo, pudo salir. Hablar de los pobres, puede volvernos ricos.
Silvio Rodríguez en “Canción con harapos” (del disco Causas y azares, 1986) dice: “Qué fácil es engañar al que no sabe leer./ Cuántos colores, cuántas facetas
tiene el pequeño burgués. […] Desde una mesa repleta, cualquiera decide aplaudir/ la caravana en harapos de todos los pobres./ Desde un mantel importado y un vino añejado,
se lucha muy bien. […] Qué fácil es protestar por la bomba que cayó/ a mil kilómetros del ropero y del refrigerador”. En una entrevista, Silvio dijo que la canción la escribió incluso como una autocrítica: él protesta por muchas cosas desde su posición de privilegio…
En su libro autobiográfico Si me permiten actuar (1986), Enrique Cisneros (1948-2019), el Llanero solitito, actor disidente, critica a Gabino Palomares porque su canción “La maldición de Malinche” fue, dice, la bendición de Gabino. La crítica a los poderosos, parece decir, a veces nos hace poderosos.
Cecilia Boal contó en una entrevista de televisión que Augusto Boal, célebre hombre de teatro brasileño, presentó, con una compañía, una obra de teatro ante campesinos que al final los impelía a defender la tierra con su vida. Un campesino se acercó a ellos y les pidió que se les unieran a un enfrentamiento que tendrían al otro día con un terrateniente y su ejército. Boal les dijo que ellos eran actores. El campesino les dijo, entonces, “ah, la sangre de la que hablaban no es la suya, es la nuestra”. El arte y la realidad siempre tan alejados.

En la película Tiempo de huracanes (2023, dirigida por Elisa Miller), basada en la novela de Fernanda Melchor, se retrata terriblemente la maldad, el asesinato, la falta de principios de los protagonistas, todos desposeídos de fortuna económica, pobres, paupérrimos. Pero la peli costó millones y la novelista debe haber ganado bastante por lo que escribió (su libro está traducido a más de 30 idiomas) y por los derechos vendidos para el cine.
No sé si eso sea bueno o malo. Así es.
Leo Falsa liebre (Mondadori, 2022) donde asientan que esta joven narradora, Fernanda Melchor, nacida en Veracruz, ha ganado muchos premios nacionales e internacionales. Falsa liebre es también la historia (bien escrita, bien tramada) de mucha gente pobrísima que se droga, se prostituye, roba, mata sin cesar.
No sé si Fernanda viene de ese estrato social o lo conoce bien o sólo tiene mucha imaginación y decidió que su literatura giraría en torno de Los olvidados, como llamó Buñuel a su película que es un retrato de fuera (Buñuel hizo arte con lo que tuvo a mano) de la gente a la que, según estas historias, no sólo viven en la miseria económica, sino también (dicen películas, novelas, canciones) en la pobreza moral y espiritual. Y esa gente pobre, pese a todo, produce riquezas. De ellos viven, por ejemplo, todos los políticos…




Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 234. Agua de coco, agua de coco. María Gabriela López Suárez

Foto: Anugrah Lohiya

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Agua de coco, agua de coco

Verónica salió de casa rumbo al mercado, prefería ir temprano para que no le diera el golpe de calor.
     Doña Chofi, su vecina, la había invitado a su cumpleaños en la tarde noche y Verónica quería
prepararle un atole de guayaba y un panque de vainilla con pasas. Además, aprovecharía para
comprar algunas legumbres para su despensa.
     Cuando tenía espacio de tiempo, como ahora, Verónica prefería ir al mercado caminando, entrar a
esa zona en coche requería de mucha paciencia no solo para encontrar dónde estacionarse sino
también para lidiar con el tráfico que siempre había.
     Revisó su reloj, eran apenas las 8:30 de la mañana y la zona no estaba tan despejada como imaginó.
     Observó que había nuevos puestos de comercio ambulante, pasó entre algunos de ellos. Los
productos eran diversos, ropa, zapatos, bolsas, plantas, dulces regionales, panes, bueno hasta
algunos instrumentos musicales como flautas. Verónica sabía que de no tener pendientes se
quedaría ahí revisando si había algo que le gustara para comprarlo. En esta ocasión pasó de largo.
     Al entrar al mercado las escaleras estaban vacías, ninguna vendimia se asomaba. Un mundo de
aromas le dio la bienvenida primero el olor a pan, luego arroz con leche, tamales, frutas, pinole
hasta llegar al aroma a rosas, que prevalecía sobre las demás flores. Buscó sus productos, encontró
unas guayabas hermosas con un aroma muy agradable. Fue al puesto de las especias, compró
canela, un ingrediente clave para el atole, fécula de maíz, así como los ingredientes para el panque,
azúcar mascabado, harina de trigo, vainilla, pasas, mantequilla. Repasó si algo más le faltaba, no, los
demás ingredientes los tenía en casa. Hizo una especie de escaneo entre las legumbres, compró
lentejas y garbanzos. Por fortuna eran pocas cosas y el peso era aceptable, acomodó los productos
en sus bolsas de tela. Regresaría a casa caminando.
Salió del mercado y se percató que las escaleras ya tenían productos en venta, unas bellas flores se
asomaban en bolsitas de plástico negras. Eran como una especie de decoración que alegraba la vista.
     Se puso sus gafas para el sol. El calor se sentía muy fuerte en la calle, le dieron ganas de salir
corriendo. Sin embargo, se la llevó tranquila, caminando entre la muchedumbre. Algunas personas
se detenían para buscar algo en el comercio informal, unas más respondían mensajes en el celular o
simplemente esperaban a alguien sin tener en cuenta que había más personas que deseaban pasar.
A lo lejos Verónica escuchó una voz que gritaba,
     —¡Agua de coco, agua de coco! ¡Lleve su agua de coco!
     Estaba cerca de los puestos de aguas frescas. Como una especie de respiro entre el gentío hizo una
pausa, se detuvo a comprar agua de coco. Se quedó unos minutos en el negocio, mientras la
degustaba, saboreando los trocitos de la pulpa de coco. Terminó el agua, dejó su bolsita en el bote
de basura del negocio y emprendió su camino.
Verónica sintió que se había recuperado del calor. Ahora le esperaba la emoción de preparar la
bebida y panque para obsequiar a doña Chofi. Mientras retomaba su paso aún alcanzó a escuchar,
     —¡Agua de coco, agua de coco!
     Verónica pensó en voz alta: ¡Agua de coco! Un oasis para este calor, mientras sonreía para sí,
disfrutando aún lo refrescante de la bebida.
Foto: Anugrah Lohiya
Foto: Anugrah Lohiya

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 234. La larga línea verde en el mar. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

             
Polvo del camino/ 234

La larga línea verde en el mar
Héctor Cortés Mandujano

Leo de nuevo El reto (Plaza & Janés, 1969), de Anton Chéjov, y allí me encuentro con esto (p. 100): “Recorrieron el muelle, desde donde contemplaron durante un buen rato el mar fosforescente. Von Koren empezó a explicar cómo se producía este fenómeno”.
Mi mente vuela. Hace tiempo fuimos mi mujer, dos amigos (Juan Ángel Esteban, Tania Corzo) y yo a las Barras Zacapulco, que es parte del municipio de Acapetahua, Chiapas. Para llegar a ella hay que tomar una lancha y hacer un breve recorrido por las tranquilas aguas del estero. El espejo líquido, los manglares arracimados y el cielo, te amueblan la vista, la visten, la pintan, la asombran…
Pasamos unos días en la playa, que incluyó ver muchos zopilotes, tan familiarizados con nosotros y con cualquiera, que parecían gallinas, guajolotes mansos; hubo también el inicio de un librito, ya publicado (Sangre helada), que hicimos Juan y yo: yo escribí un par de cuentos a mano y Juan hizo las ilustraciones; hubo un conato de ahogamiento: Juan, Tania y yo estábamos en el mar, de pie ante las olas bravas (mi mujer, tranquila, en la hamaca); el mar pareció enojado, sin razón, y Tania decidió salir. Juan y yo quedamos en aquella caldera revuelta y de pronto no sentimos la tierra bajo nuestros pies. Salir de allí nos llevó mucho tiempo y casi todas nuestras fuerzas…
A lo que iba.
En una de las noches que pasamos allá, estábamos tomando vino. Mi mujer, dormilona y prudente como es, se fue a dormir temprano, y Juan, Tania y yo nos volvimos los únicos habitantes de la playa. En cierto momento de la noche decidí, en lugar de ir al baño, descargar mis aguas bajas lejos de mis amigos (la noche estaba estrellada y tiritaban azules los astros a los lejos) y desde allí vi que las olas tenían un color verde fosforescente.
Pensé que estaba borracho.
Ya desaguado, vi como la enorme línea de espumas (como si allí los potros del agua dieran un reparo) era, en efecto, verde, verde fosforescente. Llamé a mis amigos y me acompañaron. Los tres nos quedamos como bobos viendo aquello.
Tratamos de encontrar alguna explicación. Y nada.
Una noche después, ya con mi mujer, los cuatro permanecimos alelados viendo el espectáculo magnífico hecho, aparentemente, sólo para nosotros. El libro de Chéjov me lo recordó.
Abro Google y tomo la primera nota: “La explicación de este fenómeno está en unas diminutas algas que brillan cuando son perturbadas por las olas o las corrientes, según científicos locales. Estos brillos fluorescentes no representan ningún peligro para el ser humano, aunque sí modifican el entorno marino en el que aparecen”.
A mí me modificó. A veces, ahora, sueño el mar y me veo parado en la playa y siento la noche inmensa (nótese de nuevo el plagio descarado a Neruda) y veo cómo la espuma verde me ilumina (una línea de focos dirigidos hacia mí, que me bañan) y la imagen me hace feliz, como un niño frente al misterio del sabor de un helado de chicle o el permiso de su mamá para jugar en los charcos, bajo la lluvia…



Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El tintero de Nadia. 6. Envidia mortal. Nadia Arce

                         Envidia Mortal
Nadia Arce

Hay ausencias que representan un verdadero triunfo.
Julio Cortázar

Nunca mostraba expresión envidiosa alguna, ni un ápice. Su cuerpo no manifestaba nada, ni siquiera un pequeño gusto por lo ajeno. Cada que la veía, ella trataba de inculcarle la añoranza de lo otro, de lo que no tiene, de lo que no puede, de lo que no es. Y nada.
Cada mañana Esperanza sale de su casa, vestida elegantemente, tranquila. Su vehículo ni siquiera es del año. Ni gorda, ni flaca, camina tranquilamente, saca las llaves de su hermoso bolso artesanal. Alejandra la mira desde la cocina y como cada mañana dice: “¡Cómo quisiera uno de esos!”. Esperanza abre la puerta, se sube al auto pero no lo arranca inmediatamente, se toma el tiempo de acomodar el espejo (aunque no siempre es necesario), de colocar sus pertenencias (su bellísimo bolso), su té o agua. “¡Cuida tanto de su salud la desgraciada! Su termo del té es tan lindo...” Entonces Esperanza enciende la marcha y se aleja.
Si ya sé, tiene los días ocupados, todos los días trabaja en algún proyecto, tampoco tiene un empleo estable y no se le ve estresada. Su estabilidad, dice (una vez la oí presumir en una fiesta perfectamente organizada por su marido), dice que es eso mismo, no tener nada seguro, nada completamente estable, se trata de vivir confiado en lo que debe de ser: será. Y cuando dijo eso, su esposo, sí el que amorosamente le organizó la fiesta agregó: “No sé cómo lo hace, pero siempre sus proyectos prosperan”. Ay sí, como si fuera eso real, no puede todo prosperar, nada más porque lo dice él, le ha de haber dado toloache, muy fiel, muy fiel el testarudo. Tan tonto que ni siquiera ha gozado de mirar mi escote alguna vez o de tontear cuando nos topamos corriendo en el parque. ¡También él es tan saludable!. No es que los envidie, simplemente son raros... Se dice Alejandra a sí misma.
Y así cada día, Alejandra envidia a Esperanza. Alejandra es más bien bajita, rellena pero no formada, tiene atributos pero no talentos. Se luce como puede, cuanto puede y se mide a lado de su vecina, mide sus “triunfos” mide la felicidad que tiene con su marido, mide esa capacidad ausente en ella de vivir tranquila, sin estar a expensas de demostrar a otros o de ciertamente, presumir algo.
—Buenas noches Esperanza.
—Qué tal, Ale, ¿qué dices?
—No nada, nada tan bueno como tú podrás contarme. ¿Qué tal el proyecto del día?
—Nada, nada nuevo, todo va en marcha. Gracias por preguntar… debo irme, Ignacio me espera para cenar, es nuestro aniversario.
—Sí, sí, que te vaya bien (ojalá te caigas en la entrada o te haga daño la cena). ¡Feliz aniversario! Bye, bye.
—Hasta pronto vecina, ¡buenas noches!
—No le saqué nada. Ni una pista de que trae entre manos ahora. De seguro quiere seguir tranquila por el resto de sus días, no comparte y yo que quiero saberlo todo. ¿Qué van a cenar?, ¿cuántos años festejan juntos?, ¿por qué nunca oímos que se pelean? Dime, dime, ¿por qué no tienen los problemas que nosotros tenemos?
Su esposo la escucha, no le contesta nada. Un marido que en secreto quisiera tener una “Esperanza”.

Pasaron varios años. Alejandra por fin encontró un motivo para dejar de odiar a su vecina…
—No me digas, ¿cómo que está enferma? Ay pero ¿de qué? Ella tan pacifica, ¿por qué se habrá de enfermar alguien así?
—No lo sé, Ale. Pero platicamos más tarde, debo de ir por los resultados al médico.
—Ay sí, cualquier cosa aquí estoy eh.
—Gracias, muy amable vecina. ¡Hasta pronto!
—Y Me saludas mucho a Esperancita por favor.
—Sí, claro, bye.
Si yo ya sabía, que tanto equilibrio no es posible. Si es cáncer pues ya le quedarán pocos días tranquilos. ¿Y si es una enfermedad venérea? A la mejor sus “proyectitos” ¡son amantes!, Ay pobre vecino. Pero no les voy a desear el mal, pobres, ahora sí se les acabó la felicidad.
En el hospital el diagnóstico fue sencillo, un problema con la glucosa, tan solo con alimentación Esperanza podría cuidarse y mejorar. Mientras eso sucedía, Alejandra le narraba (otra vez) a su esposo el capítulo del día y su encuentro con Ignacio.
—Mujer ¿cuándo vas a dejar a los demás con sus temas y te dedicarás a los tuyos?, ojalá mejore Esperanza, no creo que sea nada grave. Siempre se le ve muy bien.
—Pues será lo que tenga que ser, como dice ella… ¿a poco te preocupa?, si es una persona tan insignificante, creo que es escritora o algo peor ¿poeta?
—Déjala en paz. Ya quisieras tú sus reconocimientos.
—Mira, nada más porque está enferma no voy a decir nada, pero qué grosero eres conmigo, ni pareces mi esposo diciéndome eso, deberías de apoyarme en todo, para eso nos casamos.
—No te voy a apoyar nunca con tu criticadera y tus juicios constantes. Te hacen mal. Pura pérdida de tiempo pero no entiendes. Haces más corajes y empleas más energía en eso que en algo productivo. Ya mejor me voy a dormir.
—Haz lo que quieras, siempre lo haces, termino de ver mi serie y me voy a la cama. Que al cabo ni me extrañas ahí…
—Sale…
—Ey… ajá.
Las palpitaciones cada vez eran mayores. Alejandra otra vez se desveló viendo novelas aunque les diga series. Se fue a dormir a lado de su paciente marido. Amaneció como cada día, pero no el corazón amordazado de Alejandra, durante la noche dejó de latir, su esposo cree que de cansancio, de coraje, de tristeza. Siempre amargada y esperando más de la vida, siempre disgustada por aquellos que no sentían envidia, como Esperanza que en esos momentos de la mañana tomaba sus pertenencias para ocupar su bolso precioso, ese que hace juego perfectamente con su outfit.
Al salir de casa, la ambulancia al pie de la puerta de Alejandra. El esposo sereno, con una expresión menguada de desconcierto y tristeza. Esperanza se acercó a él…
—¿Todo bien vecino?
—No. Resulta que de la noche a la mañana me he vuelto viudo.
—Pero, ¿cómo?
—Dicen los paramédicos que fue un ataque fulminante al corazón, murió dormida…
—Lo siento vecino, en verdad…
Los dos se quedaron en silencio, Esperanza no se atrevió a mirar directamente al interior de la ambulancia. Después de un rato, ella rompió la ausencia de palabras.
—Oye, en serio: ¿puedo apoyarte en algo? En verdad dime, no nos tratamos mucho pero siempre han sido amables con nosotros…
—No sé. Tengo la cabeza revuelta.
Esperanza cruzo los brazos, bajo la vista para darle tiempo de ordenar ideas.
—¿Sabes qué? Sí… sus parientes están lejos. Y para el funeral… no sé qué ponerle… ¿me ayudarías con la ropa?, no tengo cabeza para esas cosas, debo firmar varios papeles y…
—Claro, claro… no te preocupes.
Esperanza entró a aquella casa, guiada por el esposo afligido. Él le indicó el cuarto de la difunta, el armario, la ropa. Esperanza dejó su preciosa bolsa en la cama, eligió cuidadosamente el atuendo que pulcramente combinaría, se tomó el tiempo necesario. Sintió paz, algo de serenidad y después de meditar el fin de la vida, bendijo a su vecina por nunca meterse en sus asuntos. La imagino en otro plano, fuera de este, conociendo sensaciones distintas, entendiendo lo que nadie puede hacer o pensar o sentir estando vivo. Siempre se veía tan animada. Tendió amablemente la cama, coloco ahí la ropa. Entonces quiso escribir algo, la inspiración la arrebató inesperada, tomó su bolso, lo esculcó hasta darse cuenta de que no traía consigo ni pluma, ni papel. Se sentó frustrada en la cama observando la ropa que había elegido, ella se vería tan bien en su última presentación en público y ni siquiera tuvo que pensar en qué habría de ponerse. No sufrió ni padeció. De repente llegó una envidia tan intensa por Alejandra, por esa paz que de seguro estaría sintiendo. El corazón apretujado, fue tan rara esa sensación que nunca había vivido. Se le cayó el bolso al piso… uno de sus adorno se rompió, rodo por debajo de la cama. ¿Qué es eso de llegar al fin del camino?
Ella va paso a paso, Esperanza no sabe cuándo terminará el suyo, su andar es firme pero no ha concluido nada todavía, nada a comparación de llegar a ese último punto y finalizar la vida y morir así, plácidamente a lado de su querido esposo, dormida, tranquila.
¿Podría ser la muerte tan gentil conmigo?, quisiera morir así, se dijo.
En ese momento, en el rostro de Alejandra por fin se vio un halo de paz.
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*Sobre la autora:

Nadia Arce

Poeta, narradora, fotógrafa independiente, difusora cultural y editora.

Es fundadora y directora de El Tintero Taller Editorial, el cual ya cuenta con más de veinte
libros publicados desde poesía, cuento corto, autobiografía, novela y poesía.
Egresada el ITESO como Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Es coordinadora de talleres literarios, impartidos tanto en su país, México, como en el extranjero; es fotógrafa independiente y creadora del proyecto cultural Mil Mujeres.
Ha sido jurado de numerosos concursos literarios, como el reconocido concurso internacional de cuento: Juan Rulfo.
Fue Coordinadora del Taller Literario Elías Nandino en Cocula, Jalisco.

Reconocimientos:
●Autora seleccionada en el Calendario Literario Tiempo de Mujeres 2022 y en la publicación anual del Encuentro internacional de Poesía “Víctor Campio” de Ourense, España (2022). Además de otras publicaciones colectivas nacionales e internacionales.
● Antologada en el Diccionario de Escritores en Jalisco (2020) y Diccionario de
Escritoras en Guadalajara (2019), referenciada en la Enciclopedia de la Literatura en
México desde 2002.
● Ganadora del prestigioso concurso Cuento Corto Punto de Lectura en el marco de la
FIL de Guadalajara 2002, convocado por la editorial Punto de Lectura y el Diario
Milenio.

Obra publicada:
Cómo echar a volar mi pluma. Manual de escritura de El Tintero Taller Editorial (El tintero
Taller Ed.), 2023); Barco de palabras para soportar naufragios (2022, El Tintero Taller Ed.);
Bitácora Encendida (2019, Ed. Prometeo); Rayado Personal (2017, Ed. Serpiente de Papel);
Fuego Azul (2016, Ed. El Viaje). Brilla Palabra (2007. Ed. Cabos Sueltos); Dondequiera
poesía
(2005, RAIA Editorial).

Voces ensortijadas 233. Amor incondicional. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Amor incondicional

Con cariño y agradecimiento al público lector
de las Voces Ensortijadas, en su séptimo aniversario.

La jornada laboral de Leonor había estado ardua, se agradeció haber preparado un día antes su comida porque ni tiempo tenía de ir a la cocina económica que estaba frente a la imprenta donde trabajaba. Doña Inés, la señora que les ayudaba con el aseo y a quien en ocasiones le solían pedir favor para comprarles sus alimentos no había llegado, estaba con un gran resfriado.
—¿Tomás, Pili, les parece si hacemos una pausa para comer y luego continuamos con las impresiones? — preguntó Leonor.
—Yo sí te tomo la palabra Leonor, mis tripas me están reclamando desde hace rato —dijo Pilar.
—Coman ustedes, mientras avanzo otro poco y luego me relevan —señaló Tomás.
—De acuerdo Tomás, vente Pili, vamos a comer.
Luego de comer Leonor compartió con Pilar el postre, peras que su amiga Rosario le había obsequiado de su cosecha, guardó una para Tomás. Platicaron un rato y continuaron con su labor. Tomás hizo una breve pausa, dijo tener poca hambre, en realidad su comida era un licuado que bebió de inmediato para luego degustar la pera que le ofreció Leonor. Finalmente, terminaron las impresiones que entregarían a las 4,30 de la tarde.
Para regresar a casa Leonor decidió tomar un taxi, poco le apetecía caminar, aunque recordó que caminar le sentaba bien para despejarse. Cambió de idea y emprendió la caminata. Al llegar a casa sintió una sensación de paz, el olor a flor de muralla de un par de arbolitos que tenía en el patio le dieron la bienvenida, al igual que su par de caninos, Tacho y Piolín quienes se habían percatado de su llegada y gustosos de verla no dejaban de juguetear con ella.
Leonor entró a casa, dejó sus cosas, se colocó sus sandalias y procedió a dar de comer a Piolín y Tacho que ladraban sin cesar. Mientras los caninos degustaban sus croquetas, Leonor fue a la cocina a preparar alguna bebida, era hora de relajarse. Buscó frutas secas, encontró unos pétalos de rosas y unas rajas de canela para preparar su tisana. Preparó una jarra pequeña.
Llevó su bebida caliente al patio, se sentó en uno de sus bancos de madera con cojines y cerró los ojos. Sintió el aroma de la tisana, era muy agradable. Bebió un sorbo, estaba deliciosa. Se percató que sus queridos caninos estaban a su lado, relajados. Los observó con cariño, el canto de los grillos comenzaba a escucharse. Tacho levantó las orejas, como percibiendo algún sonido. Piolín continuó acostado. Tacho volvió la vista a Leonor, sus miradas se encontraron, se acercó a ella y Leonor lo acarició. Agradecida con ese amor incondicional que los caninos suelen brindar en todo momento. Esos instantes fueron un gran regalo, el día ajetreado se había esparcido. Permanecieron ahí un rato más. Leonor terminó su tisana con una grata sensación en su corazón.
Tacho volvió a ponerse en alerta, no tardó en ladrar y Piolín lo secundó, a lo lejos se escuchó una voz,
—¿Leonor estás acá? Traje pay de queso —era Rosario, la amiga de Leonor quien como cada noche llegaba a visitarla con algo para compartir.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 233. Ladrones raros. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

             
Polvo del camino/233

Ladrones raros
Héctor Cortés Mandujano

Voy a relatar lo que a mí me sucedió…

Famosa canción compuesta por Muñeca Acuario
e interpretada por, entre otros, La sonora santanera

Más de las que quisiera han entrado ladrones a las casas donde he vivido. Me han robado lo que podríamos llamar nimiedades (una máquina de escribir que me costó mucho comprar; aparatos electrónicos, pantalones, zapatos…) hasta llevarse todo, hace varios años: camas, mesas, objetos, ropa, fotografías, bote para el papel de baño y rollos nuevos de papel. Hicieron varios viajes. La casa quedó vacía por completo.
Sin embargo, en la galería de ladrones, en los actos de robo, tres han destacado por la extrañeza de su hazaña.
Cuando vivíamos en Tuxtla, hace más de veinte años, teníamos una muchacha que nos ayudaba en los oficios de casa. Una tarde se encontraba llenando una bolsa de nailon transparente con hojas secas, en el patio. Mi mujer por casualidad estaba frente a ella y se dio cuenta de que había colores vivos al fondo de la bolsa. Le pidió revisarla y descubrió que se llevaba cuatro o cinco de mis boxers. Yo ya me había quejado de que cada vez veía disminuir mi ropa interior. La muchacha, ante los reclamos de mi mujer, le dijo que se había llevado varios más, en otras ocasiones. Los trajo. Eran muchos, exclusivamente míos. Nunca entendimos si lo suyo era fetichismo, nunca la volvimos a ver.
Mi amiga Lidia Peña decidió organizar mis cientos de diplomas por año, los programas de mano de las obras de teatro en las que he participado (de 1982 en adelante) y las invitaciones a presentaciones de mis libros (de 1990 en adelante). Los juntó todos en un maletín de papel cartulina. Era muy obvio que era de papel y, por su peso, que no contenía nada valioso. Pues aun así alguien entró en mi biblioteca, en Berriozábal, y se lo llevó. Lo triste es que se robó mi historia documentada y, seguramente, cuando vio su “botín”, tiró mis muchos recuerdos a la basura…
Hace poco, en junio de 2024, entró un grupo de al menos tres personas a nuestra casa. Un vecino logró detener la rapiña, porque les cayó con las manos en la masa; abandonaron con prisa el lugar, aunque ya se habían llevado lo previsible: aparatos electrónicos, herramientas, mis zapatos (me han robado tantos zapatos en mi vida que, si los ladrones se juntaran, ya podrían poner una pequeña zapatería) y varios objetos de ornato… dejaron en bolsas y apartados lo que ya consideraban propiedad suya. Lo previsible también, salvo por un detalle: habían juntado una colección de libros míos, es decir, escritos por mí, que se llevarían. De nuevo el pasmo. ¿Para qué los quieren? ¿Son mis lectores? ¿Creen que tienen un valor especial –algunos, para mí sí: son ejemplares únicos; suponen que en algún lugar alguien les dará un buen dinero por ellos? Qué utopía.
Un amigo que llegó en esos días y vio el montón de libros míos, apartados por los ladrones, dijo como una broma: “Son tus fans”. Vaya adoración.
Hubo un libro, que obviamente no es mío, que también encontramos en una de las bolsas abandonadas: El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Qué ladrones tan raros.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 232. Lo que se queda. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Lo que se queda

Rita estaba muy entusiasmada de volver a su terruño, a casi de tres años y medio de haber salido de su ciudad en busca de oportunidades laborales era la hora de volver a casa. La noticia fue muy bien recibida por su familia.
     En casa doña Aurelia, mamá de Rita, había hecho los tamales dulces que tanto gustaban a su hija menor, sin olvidar el delicioso champurrado que solía preparar para ocasiones especiales. Doña Aurelia deseaba que su hija regresara con bien y poder apapacharla con esos alimentos que tanto disfrutaba Rita.
     El trayecto de regreso a casa le pareció rápido a Rita, hasta revisó el reloj. En realidad el recorrido era el mismo tiempo que cuando había migrado a la otra ciudad, 13 horas. La explicación que Rita se daba era que quizá el motivo era la emoción de estar nuevamente en su ciudad, con su familia, amistades.
     Se alegró de haber conseguido boleto con espacio en ventanilla. Durante el recorrido de entrada a la ciudad hasta la terminal de autobuses Rita se percató cuánto había cambiado su terruño. Observó menos árboles, más cemento, construcciones y más construcciones. Intentó tener las imágenes de qué había antes y qué estaba ahora, como una especie de recuento de fotografías, fueron viniendo algunas imágenes a su mente.
      Sintió una sensación poco grata, qué pasaba en la ciudad, por qué había cambiado tanto. Asomó a su mente la palabra desarrollo, ¿era acaso esa la razón? Antes de que se pusiera a reflexionar e intentar dar respuesta a su propia pregunta el camión se había detenido, ya estaba en la terminal. Verificó no olvidar ninguna pertenencia y solicitó su equipaje. Se encaminó a la parada de servicios de taxi, esperó un par de turnos que estaban antes que ella y luego se dirigió a su domicilio.
     En el camino a casa siguió identificando cambios en las calles, en viviendas y cuando entró a su barrio se quedó más que asombrada, de lo que ella había conocido poco estaba en pie. Las construcciones antiguas que solían distinguir a las calles aledañas a donde vivía, habían sido sustituidas por casas modernas y una en especial, la casa de la esquina como solía decirle, justo estaba en plena demolición. Se dio cuenta que el pequeño árbol situado frente a la casa de la esquina tampoco estaba ya, un gran vacío se percibía.
     De pronto Rita sintió como una especie de sentimientos encontrados, entre la nostalgia que le quedaba de la imagen que tenía de su ciudad, de su barrio y la emoción de reencontrarse con sus seres queridos. Como si fuera una especie de tesoros, en su mente tenía grabadas las imágenes de lo que ya no estaba físicamente, todo eso representaba para ella lo que se queda y  que se guarda con mucho amor en el corazón. El taxi se detuvo, había llegado a su destino. Pagó, bajó del taxi y tomó su equipaje para ir a la puerta de casa. Tocó el timbre y escuchó la voz que le hizo latir rápidamente el corazón,
     —¿Quién es? ¿Eres tú Rita? —era la inconfundible voz de doña Aurelia.
    —Sí mamá, soy Rita.
     Doña Aurelia abrió la puerta, ambas se fundieron en un abrazo, lloraron de la emoción tan grata del reencuentro. Rita identificó el aroma a tamales y champurrado, sin duda estaba agradecida de volver a casa, dentro de lo que se queda grabado en el corazón, en la mente, en el olfato y en los sentimientos también estaba el sazón de mamá.
Fotografía: Nadia Arce

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 232. La juventud de la vejez. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nuding.

                          Polvo del camino/ 232

Apuntes de oído/ 18
La juventud de la vejez
Héctor Cortés Mandujano

Hice fácil las adversidades
y me compliqué en las nimiedades

Nacha Guevara,
en “Ya no sé qué hacer conmigo”

Silvio Rodríguez, célebre cantautor cubano, nació en 1946. En 2024, a sus 78 años, sacó a la luz su nuevo disco: Quería saber.
Clint Eastwood (actor, director, productor, músico…) tiene 94 años. Está preparando su siguiente película, Jurado # 2, que quizás empiece a filmar el próximo año.
George Miller, cineasta, nació en 1945. A sus 79 estrenó Furiosa, en 2024, dentro de la saga de Mad Max, que empezó en 1979. Van cinco. La cuarta (Mad Max: furia en el camino) es una absoluta obra de arte.
Leí hace poco que Alejandro Jodorowsky, chileno y artista de muchos talentos (músico, actor, director de cine y teatro, escritor de varios géneros, sanador, lector de tarot, etcétera), a sus 95 años irá a su país natal para presentar su nuevo libro y su nueva película.

Nacha Guevara, cantante argentina, a quien escucho desde que era un jovencito, grabó en 2023 un nuevo álbum a sus 80 años, escrito en términos generales, según datos de Spotify, por Clotilde Acosta, Daniel Gustavo Vilá, Ricardo Estanislao Monje y la propia Nacha: Voy a cantar lo que se me canta. (La oración alude, en este caso, a no me voy a fijar en lo que el público quiera, en el posible éxito: voy a cantar lo que se me dé la gana…).
Tres canciones se refieren directamente a su edad. En “80 y cantando” dice: “Ochenta […] es otra vez amar la vida, es otra vez tirar los dados. […] Ochenta años pero no rezongo./ Ochenta años pero no me quejo. […] y una buena tarde, silenciosamente,/ moriré de joven, no importa a qué edad”.
En “Voy a cantar lo que se me canta” dice: “En estos tiempos de cuantos likes tienes,/ criptomonedas en la Santa Sede,/ de amar por zoom en tardes de apatía,/ quién tiene tiempo para la rebeldía:/ voy a desatar este nudo en mi garganta./ Voy a cantar lo que se me canta”.
En “Ya no sé qué hacer conmigo” (escrita por ella misma, Óscar Mediavilla y Ave Fénix) habla de las múltiples cosas que ya hizo: “Ya aprendí a falsear mi sonrisa,/ ya caminé por la cornisa”; dice también que ya fue ética, errática, escéptica y fanática; abúlica, metódica, púdica y católica. Y “ya creí en los putos marcianos,/ ya estuve tranqui y hasta las manos”; además, dice, probé, fumé, tomé, dejé, firmé, viajé, pagué, sufrí, fui, volví, fingí, mentí. “Y oigo una voz que dice, con razón:/ Vos siempre cambiando, ya no cambies más./ Y yo estoy cada vez más igual:/ ya no sé qué hacer conmigo”.

Cuando yo era veinteañero surgió un dicho que a mí me parecía un despropósito: La vida empieza a los 40 (¿y por qué nos trajeron con tanta anticipación?, me preguntaba). Con esta breve lista de artistas que he hecho, me parece que no debemos encerrarnos a repasar pasadas glorias, mientras tengamos la oportunidad de seguir viviendo, de nuevamente caer y volver a levantarnos…


Ilustración: Héctor ventura.
Ilustración: Héctor ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 231. Instantes en la vida. María Gabriela López Suárez

                               
 Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Instantes en la vida

Cuando le llegó la invitación a Mariela para ir a pasar el fin de semana con sus amistades que vivían en otro estado, le entusiasmó la idea. De entrada sabía que eso le causaría acumular actividades y poner en fila varios pendientes, sin embargo, la propuesta valía la pena.
        Llegó la fecha del viaje; el tiempo de su estancia sería muy breve y en su mente resonó el mensaje de su prima Maru, ‘somos instantes en la vida, así que hay que aprovechar al máximo nuestro paso por ella’.
        Durante su traslado al destino, en el vuelo que la llevaría al terruño de visita, Mariela se detuvo a pensar cuántas veces solía tomarse espacios para compartir con sus amistades o simplemente para estar con ella. Aunque le causó una sensación de tristeza, el ejercicio le ayudó a percatarse que siempre solía poner a todo y a todas las personas antes que a ella.
        Como si su yo interno le hablara dejó que su pensamiento aflorara,
         —¿Cómo es que la vida se pasa en un abrir y cerrar los ojos? ¿Aún estoy a tiempo de poder darme el espacio para compartir instantes con mis seres amados? ¿Si yo no estoy para mí, quién lo estará?
         Una leve sacudida en el vuelo, producto de las turbulencias, la hizo volver de sus reflexiones. Llegó al aeropuerto, buscó un transporte colectivo para que la llevara a la colonia donde vivían sus amistades. En el camino la lluvia le hizo compañía. Observó que las montañas verdes se cubrían con el manto que dibujó la lluvia, que de manera moderada a intensa acarició el paisaje y decoró las ventanas del transporte.
         Mariela estaba ahí contemplando el paisaje, absorta en la belleza de éste y consciente del hermoso regalo de apreciar los valiosos instantes en la vida.
         El sonido de su celular se escuchó, era su amigo Brian quien preguntó a qué hora llegaría a su casa. El paisaje sonoro de la lluvia sonaba en segundo plano, mientras Mariela respondía el mensaje.

Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.