Desde la buhardilla. 4. Lo encontré en La. Gabriel Mendoza García

Lo encontré en La


He buscado en los ojos de mi madre, encontrando constelaciones esmeraldas que orbitan en un cosmos de inefable ternura, donde cada destello es un susurro de amor eterno. He buscado en el pelaje de mis gatos, descubriendo allí una suavidad indescriptible, como si cada hebra fuera un refugio tejido por manos divinas, un calor que combate el filo implacable del invierno. He buscado en el verdor resplandeciente de las hojas de Joaquín, el noble fresno que le regala sombra a mi casa. Entre sus ramas hallé un respiro de frescor, pero también el lamento de un mundo asfixiado por el humo ponzoñoso de su propia destrucción. He mirado en la penumbra del ocaso y en las estrellas que despiertan en las gélidas noches de invierno; sólo vi la inconmensurable eternidad, sonriendo en su silencio, con la luna como un eco de su enigma. He buscado en la acidez mezclada con dulzura de las zarzamoras, en la piel aterciopelada del durazno, en el crujir cristalino de la manzana y en la pulpa embriagadora del mango. Sólo encontré allí destellos de un edén perdido, deleites incomparables que susurran memorias de un paraíso primigenio. He indagado debajo de mi piel, en la sangre que escribe estas líneas, en los pulmones que se expanden con el aire, y en el estremecimiento de mi carne al recordar. No he dado con él. He buscado en el brillo solar que me deslumbra por las mañanas, calentando mi piel con la promesa de un fulgor que resistirá incluso la muerte del mundo, pero tampoco estaba allí. Mis pasos me llevaron a las tierras altas, donde alguna vez me perdí en un amor tan vasto como sus montañas. En sus calles empedradas, en sus torres que arañan el cielo, en sus ríos y en sus cafés, sólo hallé milagros del mundo antiguo, ecos de cosmogonías lejanas y monumentos que veneran la fugacidad de lo eterno. Entré a las iglesias, buscando en sus sombras y en sus vitrales. Pero sólo encontré un silencio que parecía cavar dentro de mí, un vacío que me empujó a huir sin mirar atrás, sin importar si faltaba al respeto o dejaba mi sombrero puesto. Te busqué también en las aguas saladas del Pacífico, dejando que la arena se hundiera bajo mis pies, mientras el oleaje cantaba su canción eterna. Sólo sentí la cálida brisa marina, el sol que acaricia sin quemar, las memorias infantiles que hierven con la añoranza. He buscado en las palabras de mi padre, siempre poderosas y envueltas en un manto de amor que pesa y consuela a la vez. Allí encontré el sonido del alivio y la calma, pero no te encontré a ti. He buscado en todos y cada uno de los besos que robé, en cada par de parpados cerrándose, sucumbiendo ante mí, pero sólo pude disfrutar de la dicha de estar vivo. He buscado en estas letras, miles y miles de ellas, algunas vivas, algunas muertas y otras por nacer, pero ni siquiera yo puedo jactarme de ser creador y buscarlo al mismo tiempo, sólo hallé mi oficio y mi vocación. He buscado en las fotografías, en los daguerrotipos, en videos y en pantallas, pero sólo han aparecido pobres imitaciones, aproximaciones, eso sí, fantásticas y alucinantes, dignas de idolatrarse y venerar, pero no, no eras tú. Recorrí acantilados, bosques y llanuras, edificios grises y avenidas rebosantes de vida. En cada rincón vi rostros similares al mío, almas que llevan la melancolía derritiéndose en sus mejillas y un brillo de anhelo inextinguible en sus corazones. Miré en mi pasado, en mi presente, en mis bolsillos vacíos y en una mochila desgastada que guarda los restos de quien fui. Busqué en los libros de mi estantería, y leí tu nombre muchas veces, más de las que podría citar en este texto, pero no te encontré precisamente allí, casi, pero no, no se trataba de ti. Bajé por las escaleras y le pregunté a mi perro, él me miró con ojos inundados de inocencia, olisqueó mi mano y después aulló. Si bien no encontré nada, fue él quien me dio una pista. Volteé al interior de casa y vi a mis hermanos, jugaban, estaban inmersos en lo suyo, ajeno al horrible mundo que a diario nos sobrecoge con sus noticias, y en ese estado entendí que quizá ya te conocían. Días atrás me encontré en el último autobús que me dejaría cerca de donde habito, iba vacío y el chofer se olvidó de encender la luz, quizá ni me vio… Y yo, mirando el pasamanos de acero, entendí que, cuando suspendes el estrés y la ansiedad, la paz resurge del silencio, un apenas perceptible lugar entre el sagrado silencio y dormir… Llegué, subí a la buhardilla, me senté en mi silla… Pensé en volver a fumar, pero antes, me puse los audífonos. Busqué una canción y apreté el botón de reproducir… y allí fue donde te encontré.

No hubo dudas, fue una zambullida en el mar antártico, un ventarrón a bocajarro…


Lo encontré en La, en Fa, en Re y en Sol. Lo encontré en Sí y en Do, en Mi y en todas las bemoles. ¿Cómo pude soslayarlo? Vives en cada nota que provoca temblores en el alma, en cada mirada anegada, como un cable a tierra entre los recuerdos y el hoy, eres el baile invisible que nos lleva de regreso a la vida. Es gracias a ella que tengo fe, pues si me lo llegasen a preguntar, diría que sí, ¡creo!, ¡creo! Soy devoto fiel, irredento y perdido en sus ríos. Es ella quien le da sentido a todo, es la sal en la comida, el azul del océano y la luz de todos los ojos que miran con nostalgia… Cada vez que escuche la arrogante afirmación del ateo, cuándo se jacte de que no existe Dios, le diré sin rodeos: La música, allí es donde encuentras a Dios.


Tal y como José Arcadio Buendía lo sintió, en la mágica pianola de Crespi. Aunque a diferencia suya, que creyó que Dios era el ejecutante invisible de la pianola, yo tengo la certeza de que lo es.


Gabriel Mendoza García
15 de enero de 2025


Foto proporcionada por Gabriel Mendoza García.

Sobre el autor:

Gabriel Mendoza García (Ciudad de México, 1984) escritor y creador de videos y contenido en redes sociales, fundamentalmente en la actualidad a través de la plataforma Alcance Tendencia Mx. Fan acérrimo del dúo musical europeo Lacrimosa, quienes representan su mayor fuente de inspiración, desde niño destacó por centrar sus esfuerzos cognitivos en mundos imaginarios y por valerse de su sensibilidad. Su primer intento literario fue El Oráculo de Gaia, una reinterpretación de El Señor de los Anillos, de la cual no queda ninguna evidencia. Su verdadera encomienda personal con la literatura es la saga Sofía, la única que tiene como epicentro la Ciudad de México, una obra coral, apocalíptica, empapada de misterio, acción, suspenso, drama, mitología, ciencia ficción, acción y aventura que, al modo de la mítica serie de televisión Lost, se centra en sus personajes y que comenzó a fraguarse en el otoño de 2007, cuyo primer fruto es Emanación. Es miembro del comité editorial de Almuzara México.

Voces ensortijadas 260. Saludos al mar. María Gabriela López Suárez

     
  Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Saludos al mar

Cristina revisó el calendario, aún faltaban varias semanas para las vacaciones. Respiró profundo, se sintió como cuando estaba en la primaria que al inicio de cada ciclo escolar averiguaba cuándo eran las siguientes vacaciones. Estaba tan entretenida en eso que no se percató que entró a su oficina Iván, su colega y amigo del trabajo, seguido de Fabiana, la jefa del área.

—¡Hola, hola! ¡Buen día Cristi! —dijo Iván.
—¡Buen día! ¿Cómo están? —saludó enseguida Fabiana.
—¡Wow! Pero qué coincidencia, buen día, qué gusto saludarles —respondió Cristina, con el corazón un poco acelerado de la sorpresa.

Después de los saludos Fabiana comentó cuáles eran los pendientes más prioritarios y tanto Iván como Cristina tomaron nota para entregar lo que tenían avanzado y lo que trabajarían aún.
La primera en salir de la oficina de Cristina fue Fabiana. Iván permaneció un ratito más, comentaron los pormenores de las encomiendas y llegaron al tema de las vacaciones próximas, que era el tema que ocupaba la mente de Cristina antes de las visitas.

Ambos coincidieron en que ir a la playa era uno de los destinos más anhelados, cada quien dio sus puntos de vista y el por qué de ese destino. Iván se despidió y salió de la oficina.
Cristina se acomodó en su silla y se puso frente a la computadora, mientras abría el archivo que trabajaría se le vino a la mente la imagen del mar. Se quedó pensando en comentarios que habían hecho algunas de sus amistades, que caminar en la playa ayuda a soltar estrés y tensiones; que el agua salada es buena para la salud; que nadar en el mar es terapéutico; que meditar frente al mar es una experiencia única.

De lo que sí estaba segura Cristina era que a ella le gustaba ir a la playa para disfrutar las puestas del sol y también los amaneceres, para dejar que el agua del mar acariciara sus pies, para quedarse contemplando por mucho rato el ir y venir de las olas y la inmensidad del mar. En resumen, a Cristina le agradaba la conexión tan bella que sentía cuando estaba en ese bello paisaje de la naturaleza.

Hizo una pequeña pausa. Cerró los ojos, se imaginó estar sentada escuchando las olas del mar y contemplando un ocaso, desde su corazón le envío saludos al mar, como si en un susurro le dijera que era su próximo destino. Luego de la pausa abrió lentamente los ojos, volvió al aquí y ahora y comenzó a redactar su encomienda laboral.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 260. Amémonos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 260

Apuntes de oído/ 20
Amémonos
Héctor Cortés Mandujano

Buscaba mi alma con afán tu alma

Manuel M. Flores

Hay poemas que toman otros rumbos cuando un músico los vuelve canciones y encuentran en su nueva forma la posibilidad de acariciar otros oídos, otros corazones, que no hubieran encontrado en su formulación escrita. Así pasó con “Amémonos”, del poeta Manuel M. Flores (1840-1885), quien nació, dice en sus Poesías (Editorial Pax-México, 1962: 5), “en el estado de Puebla, en San Andrés Chalchicomula, al pie del hermoso volcán coronado de eternas nieves”.
La música la hizo (eso dice Spotify) Carlos Montburn Campos y, aunque ha tenido muchos intérpretes, a mí me gusta solamente cuando la cantan Cucho Sánchez y, mi favorita, Lucha Villa. Tal vez porque las oí de niño y es muy difícil que el día de hoy le pueda ganar al recuerdo.
En la mínima biografía, que antecede a sus poemas, escribe una mano anónima (p. 5): “Flores parecía un árabe; los grandes ojos negros, brillantes y expresivos; la cabellera rizada; la tez morena; el espeso y largo bigote; la manera pausada de hablar y de moverse estaban reclamando el turbante, el alquicel y el yatagán de los hijos del profeta”.
En “Pensar, amar” se acerca al concepto que redondeará en “Amémonos” (p. 24): “¡Amar! Duplicar la vida,/ escalar el firmamento,/ llevar en el pensamiento/ toda la gloria escondida”. También en “Mirar el firmamento” hace un apunte que parece parte de “Amémonos” (p. 119): “Amar es comprender toda la vida/ y presentir lo eterno”.
Desde el título, “Amémonos” es una propuesta dulce, amable. El poema, por supuesto, tiene la sensibilidad de su tiempo, fuera de lo directo con que suelen abordarse ahora las cuestiones amatorias. Hay cursilería, sí; exaltación angélica de la naturaleza humana, respeto a la imaginería religiosa. Dice en su inicio (p. 134): “Buscaba mi alma con afán tu alma,/ buscaba yo la virgen que mi frente/ tocaba con su labio dulcemente/ en el febril insomnio del amor”.
El amor es divino, sugiere (p. 134): “Como en la sacra soledad del templo/ sin ver a Dios se siente su presencia,/ yo presentí en el mundo tu existencia,/ y como a Dios, sin verte, te adoré”.
Hay varios cuartetos que la canción no incluyó, supongo que para no hacerla más larga de lo que señalaban los cánones radiales de aquellos años. No incluye éste, por ejemplo (p. 135): “No preguntaba ni sabía tu nombre,/ ¿En dónde iba a encontrarte? Lo ignoraba;/ pero tu imagen dentro el alma estaba,/ más bien presentimiento que ilusión”. Tampoco está incluido éste (p. 135): “Y a la primera vez que nuestros ojos/ sus miradas magnéticas cruzaron,/ sin buscarse, las manos se encontraron/ y nos dijimos ‘te amo’ sin hablar”.
Amar, dice Flores, “es tocar los dinteles de la gloria”, y también (p. 136) “Amar es empapar el pensamiento/ en la fragancia del Edén perdido;/ amar es… amar es llevar herido/ con un dardo celeste el corazón”.
Leo el poema y oigo la canción; oigo la canción y vuelvo a ser un niño que quería amar, para sentir encarnadas estas palabras que me parecían, me parecen mágicas.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 259. Rosca de reinas. María Gabriela López Suárez

     
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Rosca de reinas

Tamara despertó temprano el 6 de enero, desde pequeña tenía esa costumbre. Como una especie de flash vinieron a su mente algunas de las ocasiones donde bajó rápidamente de la cama para ver qué les habían traído los Reyes Magos. Sintió nuevamente esa emoción, dibujó en su rostro una gran sonrisa y sus ojos se llenaron de agua.
     Repasó la lista de propósitos de año nuevo que había colocado en una parte de su habitación, el primero era Salir a caminar todas las mañanas o tardes.
     —¡Vamos ya es el sexto día! —dijo para sí. Se colocó una sudadera, pantalones, tenis y gorra. Se percató que había poca gente, disfrutó el clima fresco, el canto de las aves y esa sensación de estar dándose el regalo de hacer su caminata. Revisó su reloj, ya habían pasado 30 minutos. Regresó a casa. Nadie más se había levantado de su familia. Mientras se servía un vaso con agua, Tamara verificó si tenía algún mensaje o llamada en el celular, era muy temprano, apenas las 7 de la mañana. Sin embargo, encontró un par de mensajes, la tía Patricia le estaba recordando que llevaran la rosca de reyes y también el chocolate.
     Le agradeció el recordatorio, a Tamara se le había pasado por completo qué les tocaba compartir. Se dirigió a la cocina, preparó café y mientras bebía unos sorbos comenzó a repasar los ingredientes que llevaba la rosca que solían cocinar en la familia. Buscó en la alacena, a excepción de los higos y vainilla tenían todos los ingredientes. Para el chocolate no hubo mayor problema, contaban con todo. Buscó el molinillo que luego parecía que les jugaba a las escondidas porque no lo encontraban.
     Continuó bebiendo su café, se detuvo unos instantes para recordar en qué momento ella se había sumado a preparar la rosca con su familia. De pequeña le llamaba la atención, la cocina se volvía una especie de fiesta. Ella quería estar ahí. Hacían maravillas con pocos ingredientes. Participaban la abuelita Marce a la cabeza, tía Juli, tía Patricia, su mamá Miriam, la vecina Nati, tía Maye y su prima Rome, que era la mayor de las nietas y nietos, normalmente a quienes tenían menos de 10 años de edad no les dejaban ayudar porque se mancharían, se quemarían o se comerían algunos ingredientes como las frutas secas.
Además del gran jolgorio que se armaba en la cocina, la parte favorita de Tamara era cuando decoraban las roscas y al sentir el aroma de pan horneado. Recordaba que se quedaba en la ventana de la cocina intentando ponerse de puntillas para ver cómo quedaban las roscas antes de meterlas al horno, se preguntaba cómo le hacían para resistirse a comerlas cuando el aroma inundaba la cocina.
     Recordó una frase de la vecina Nati, ‘cuando se cocina y se hace con amor, todo sabe delicioso’. Tenía mucha razón. Ahora, a ella le tocaba ser parte de quienes preparaban las roscas. Tamara disfrutaba tanto ese momento. Se detuvo a pensar que en su familia desde hace mucho tiempo cocinaban roscas. Todas quienes formaban parte del ritual de las roscas eran mujeres, con historias interesantes que le daban los toques mágicos a las roscas, mujeres que hacían maravillas aún con una economía que en varias ocasiones había sido precaria. Roscas con amor, rosca de reinas.
 

Foto por Vinícius Vieira ft

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 259. Remanentes. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.


Polvo del camino/ 259

Remanentes
Héctor Cortés Mandujano

Todos somos árboles, pienso

Damaris Disner,
en Entonces, escribo

Spotify me manda a principios de diciembre las canciones que más oí en 2024. Compartí 12 (una por cada mes), pero evidentemente hay muchas más que me encantan y que se quedan en el tintero. Decidí recomendar otra.
“Cuarto de hotel”, de Francesca Ancarola (Chile, 1968), del álbum Que el canto tiene sentido. La canción cambia los adjetivos finales de cada verso, de modo se va volviendo distinta en cada estrofa (un poco como lo hizo Chico Buarque, en su espléndida “Construcción”). La primera parte es como de una amante abandonada y la segunda, que es la que más me gusta, parece el después de una noche de pasión: “Cuarto de hotel temprano/ Y se vistió en silencio/ Y se pagó ausente/ Salió con paso amante/ Al día tan insomne/ Con la mirada absurda/ Y las manos celestes”. La cantante tiene una voz potente y llena de matices.

Mando mis columnas con una semana de anticipación. Dije que, a la fecha que mandé la que habla de cine, había visto 357 películas, series, documentales. Seguí viendo, claro (llegué a 374, al 29 de diciembre), y la que no quiero que quede fuera es La única mujer de la orquesta (2024), documental escrito y dirigido por Molly O’Brien, quien es sobrina y la única familiar directa de Orin O’Brien, contrabajista y primera mujer que la Filarmónica de Nueva York contrató en su orquesta y de quien dijo el celebérrimo Leonard Bernstein (palabras más, palabras menos, las cito de memoria): “Cuando alzo la vista para ver a la orquesta y la veo, está concentrada. Es un milagro”.
Orin O’Brien es también alguien a quien no interesó la fama (hay un momento en que le reclama a su sobrina que la intente hacer pasar por una artista y por una excepción), sino sentirse apoyo de los demás músicos. Le parece mejor permanecer en la sombra. Y ese acto de humildad, paradójicamente, la vuelve grande.

Seguí leyendo libros y uno que no entró en la cuenta del 2024 (que cerré, al 29 de diciembre, en 262) es Entonces, escribo (Tifón, 2024), de mi querida amiga Damaris Disner. La conozco desde que era adolescente y hemos sido amigos desde aquellos años. Me encantó su breve libro, porque, aparte de su talento como narradora (poeta y dramaturga), se muestra a sí misma con enorme vulnerabilidad. Parece fácil desnudarse en público. No lo es. Y ella lo hace literariamente. Saber de su timidez infantil, sus dudas, su claustrofobia, su corazón de pollo y las muchísimas cosas íntimas que nos comparte (hasta páginas sobre su erotismo) me hacen quererla aún más. Su libro me parece honesto y valiente, sin aspavientos. No es un retrato complaciente ni simple. Lo dice ella (p. 10):”Soy mujer, no puedo describirme tan fácilmente”.
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 13. Cruel e incomprendido: el humor negro. Esteban Martínez Sifuentes.



Cruel e incomprendido: el humor negro

Esteban Martínez Sifuentes

Por lo que más quieran, por sosiego y propia sanidad mental, no se tomen la vida tan en serio. “Si te quieres suicidar porque te he sacado todo, hazlo, no me interesa. Pero por favor, ¡no lo hagas esta semana que es mi cumpleaños, tienes que cantar las que me gustan!”. Si este personaje, pongamos que masculino de 40 a 50 años, insiste en consumar su plan, recordémosle que hay por ahí “más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena”, y que en Antofagasta o Alaska hay oportunidades de empleo. Y si aun así recalcitra, que realice su acto con discreción para no ofrecer espectáculos deprimentes. Luego fallan y es lamentable.
Dicen que el humor negro es el más incomprendido de los humores. Y es que él mismo tiene la culpa, se lleva muy pesado con la gente y a ésta no le gusta que alebresten los pecadillos que oculta dentro (“¡A mí no me engañas, sé que algunos guardas! ¿Por qué, a ver, el otro día…?”). De igual manera, nos espeluzna que refresquen nuestros defectos de carácter o las marcas de herencia imputables al insensible destino, como el tono de piel, la nariz arremangada o la ausencia de pañales de seda en el tendedero de nuestra infancia. En cualquiera de estas situaciones y muchas otras hay que respetar y respetarnos, prudencia.
El humor negro busca ser irreverente, provocativo; nos expone, nos arrincona para que tomemos partido desde ya: abandonar la sala de cine o reírnos, que es aceptar, trasladar el mensaje a casa y rumiarlo en la intimidad. El que se ríe del otro, se lleva. Es un cuchillo de doble filo, y sin empuñadura. Es como defender lo indefendible; pero yo no lo inventé, ya era viejísimo cuando mi aparición.
Entendido como sátira y mordiente crítica social, en nutridos casos es propinarle una patada en el traste a la sobrevaluada supremacía del yo y burlarnos un poco (o un mucho, depende) de la solemnidad que habita en nosotros mismos para salir fortalecidos. Si testerean nuestras sólidas convicciones, ¿qué nos escuece si las atesoramos en lo más profundo e inatacable? Ignorémoslo. ¿O no son tan sólidas? ¡Fortalécelas, documéntalas, discútelas con palabras que para eso se inventaron, pero no patees el sofá ni pongas bombas contra inocentes! Más apertura, si todo es ficción, accionar y modos de ser del ente humano, que nació para ocultar y revelar, conspirar y departir, solemnizar y juguetear un día sí y otro no, a escondidas en el closet, en el umbral de la puerta o a pleno sol. ¿O acaso te crees impoluto o superior? ¡Cuidado, el nazismo no poseía autocrítica ni sentido del humor y por esas carencias asesinó a millones!
El humor negro cuestiona, sazona con chile habanero y limón, con arsénico y encaje (Arsenic and Old Lace, Frank Capra, 1944). Si hay necesidad (y parece que siempre la hay), hurga con quitagrapas en la herida para que sobrevenga la catarsis en el lector o espectador. Está calculado, de otro modo sería comedia hueca, grotesca, sádica y, entonces sí, tal vez ofensiva. Además, en la literatura y el cine recae por lo regular en personajes viciosos, arrogantes, estólidos, pretenciosos, explotadores o matones. A veces aparecen las deformaciones físicas, pero van acompañadas de deformaciones morales.
En Un pescado llamado Wanda (Charles A. Crichton, 1988) se pitorrean de un tartamudo y para colmo intentan pegarle a cada rato en su nariz herida. Ah, sucede que es un pillo pertinaz y servil con su jefe.
En El quinteto de la muerte (Alexander Mackendrick, 1955), una bondadosa viejecita es asediada por malhechores relapsos que, como Tom-Silvestre-Coyote contra Jerry-Piolín-Correcaminos, siempre muerden el polvo.
En El esqueleto de la señora Morales (Rogelio A. González, 1960), una esposa indefensa, y chantajista, parece haber sido asesinada por el cínico-aunque-tolerante esposo subyugado, que funge de taxidermista y detesta a los allegados de su consorte por hipocritones y cotillas; exonerado por la ley, el culpable recibe su merecido de una forma inesperada.
Con cantidad de trancazos y sangre (implícita) de por medio, en En Brujas (o Escondidos en Brujas, Martin McDonagh, 2008), los mejores amigos del mundo, ambos católicos y simpaticones y uno con nobles sentimientos, se ven orillados a eliminarse el uno al otro; tenemos patente de corso para carcajearnos, son sicarios y cosechan lo que sembraron.
Mucho antes en Grecia, en la comedia clásica los ciudadanos se critican y putean cómicamente unos a otros como un triunfo de la libertad democrática del individuo: Las Nubes. Y, ambas obras de Aristófanes, en Lisístrata las mujeres cierran sus piernas a los maridos tratando de parar el trastorno de la guerra.
En la Roma del siglo II, Apuleyo perfila la novela picaresca del Siglo de Oro español con su irreverente Las Metamorfosis o El asno de oro, donde Lucio transformado por artes mágicas en burro es testigo de las injusticias contra los marginados. El picante diablo cojuelo de Luis Vélez de Guevara (1579-1639) levanta los techos de las casas como si fueran de cartón y presencia miserias e intimidades de sus moradores.
Inspirada en algún grado en el asesino de opulentas mujeres Henri Désiré Landru, Monsieur Verdoux (Chaplin, 1947) es una polarizante, blanca-negrísima película donde el personaje equipara, al pie de la guillotina, sus crímenes con los que cometen desde mullidos sillones los barones de la guerra a nombre de la patria.
El cochecito (Marco Ferreri, 1960) y El verdugo (Luis G. Berlanga, 1963), ¡qué joyas!, ¡y en plena época franquista! A Kieslowski le faltó el negro en su trilogía de colores, que no aparece en la bandera de Francia pero algo de esa tonalidad debe tener ese país. En Un tipo serio (2009) de los incansables mala-leche hermanos Coen, un catedrático ejemplar abrumado por las desgracias cotidianas sube a la montaña a suplicarle clemencia o alguna señal esperanzadora a Yahvé, y Yahvé, con su arcana sabiduría, le manda un rayo que lo pone a temblar aún más. Así se templa el acero.
Sin en cambio, no hace muchos años, en un viaje largo en autobús y en pleno mediodía (es relevante el dato), me tocó bancarme una película donde al arranque, cinco minutos, los dos personajes dialogan no importa de qué mientras aprontan su arsenal para el asalto a la joyería que se disponen a cometer en Los Ángeles. Los eméticos 125 minutos restantes (7,500 larguísimos segundos) son un ensordecedor enfrentamiento con las instituciones del orden regulares y especiales y un derroche de lo más explícito de balazos, humo, sangre y muertos; ni un gramo de humor, a excepción del involuntario. Luego, zanganeando en internet, descubrí que la cinta era, hasta ese momento, en la que se soltaban más balas por minuto en la historia de la cinematografía (la página especificaba cuántas pero no recuerdo). ¿Había menester de tremenda apología al plomo y el desprecio por el semejante? Claro que sí. A la brutalidad de los delincuentes por escapar impunes le corresponde la angurria de los productores por hincharse de dólares. ¿Y pasarla en horario infantil en el autobús?
Cantor insigne del amor y editor del asceta fray Luis de León, Francisco de Quevedo era un maestro de ese humor filoso y cruel (La vida del Buscón, “érase un hombre a una nariz pegado”). César Vallejo escribe con intención sacudidora, “quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo”, y “también quiero muchísimo lavarle al cojo el pie”. Thomas de Quincey se preguntaba ¿qué impide gozar del hecho estético de un incendio o un asesinato cuando materialmente no se puede hacer nada?
Freud el infaltable consideraba el humor, sin tonalidad o de todas las tonalidades, como capaz de aligerar el peso de la rutina y la aflicción que nos ronda con singular constancia. Y aunque no lo hubiera dicho, el humor es artículo de primera necesidad, dispositivo de defensa. “Destapa”, libera al permitir que ciertos contenidos traumáticos salgan a orearse y, si nos descuidamos, a armar un aquelarre.
En tal eventualidad, les suplico contención, mesura, que no causen tanta batahola y traten de entender que los otros también tienen derechos. El poeta y teórico del surrealismo André Breton recopiló una impagable Antología del humor negro (1940) y, de paso, incorporó el término “humor negro” a la belicosa y materialista cultura occidental. La obra estuvo vetada cuatro años, lo que duró el gobierno colaboracionista de Vichy en Francia.
El humor negro arranca risas en situaciones incorrectas, tristes, trágicas o incluso grotescas, en temas tabú o sagrados. Comodino y entrometido, se aviene a todo. Lo echan a patadas, vuelve. No se burla (bueno, en ocasiones sí) de las religiones ni del auténtico creyente promedio, sino de los que se amparan en alguna de ellas para creerse mejores o cometer atrocidades. Es genérico, no tiene nombre ni apellido, es humor adulto en todas las acepciones. Jamás debe ser dirigido directamente por un niño a otro niño o por un adulto a un niño.
Si está bien logrado (y el inglés Alec Guinness era un gran actor ejemplo de ello), no es de mal gusto como sostienen algunos. No es sangre ni vísceras expuestas a diestro y siniestro como el gore. No es ver sufrir hora y media a una mujer indefensa en garras de un psicópata o un maligno ente sobrenatural. No es facilona destrucción de autos, peleas a balazos al menor recoveco de la trama. “Aptas para todo público”, la mitad de la producción de Marvel y Pixar (Disney) son películas belicistas sin ningún embozo.
Es cierto, contar un chiste de esa tonalidad funérea puede ofender o herir susceptibilidades, étnicas, socioeconómicas, regionales, sexuales, de género. Por eso, como decían los intérpretes de corridos, para “empezar a cantar, pido permiso primero”. ¿Me permiten…? ¿Por qué los pobres mineros de las compañías canadienses no pueden viajar? Por su alto contenido de metales en las venas, siempre suenan los detectores de los aeropuertos. Les advertí.
Es, aparente paradoja, sutileza gruesa, guarra y refinada no apta para tibios, pacatos, ñoños, sensibleros, damas iglesieras o caballeros relamidos. Nada ni nadie se eleva por encima de una carcajada arrancada con frescura y originalidad en, esto sí sacratísimo, la intimidad de la lectura o el solaz de una película. ¿Desterrarlo de los medios?, ¿multarlo? Es muy difícil y resultaría contraproducente. Lo ideal sería tolerar al prójimo, amarlo y, better than better ya que los verbos precedentes causan comezón y escepticismo, entenderlo. Sin visos de elegancia y casi sin advertirlo, a diario empleamos la parodia, la ironía, la sátira, el absurdo, lo grotesco y otras concomitancias. Aprendamos a aplicarlas con refinamiento y contra los verdaderos enemigos de la colectividad. Los demagogos, los corruptos, los violadores, los pederastas, los mafiosos, los narcotraficantes, los prepotentes, los exclusivistas por motivos que incumben a la dignidad humana.
“En este establecimiento no se discrimina a nadie en razón de su sexo, su color de piel, su…” Son medidas básicas plasmadas en letreros comunes en la actualidad, pero cuyo trasfondo ha costado y cuesta mucha sangre. V.g., la abolición de la esclavitud y la real vigencia de la no discriminación en Estados Unidos, Sudáfrica y países con culturas originarias intervenidas con pólvora y acero por europeos.
No es afán mío fomentar la violencia ni siquiera verbal, pero puede resultar una excelente táctica defensiva: ármate de una selecta dotación de chistes contra el hostil, y cuando él lance uno contra tu sensibilidad, tú encájale otro inapelable contra la suya, por lo menos concluirá en empate. Veneno y contraveneno:
─A los negros Dios los olvidó en el horno, por eso su pigmentación tan tostada.
─Y tus ancestros blancos le tenían tanto pánico al sol que se escondían en cuevas, de ahí el tono crudo del pellejo y por eso nadie los traga.
─Era solo un chascarrillo, calma. No buscaba ofenderte.
─Yo tampoco. Salud.
En una definición válida asimismo para el humor del teórico de la cultura e historiador Johan Huizinga (Homo ludens, 1938), el juego como capacidad del ser humano se da (debe darse) siguiendo reglas consentidas en libertad y debe practicarse fuera de lo que pueda considerarse utilidad o ventaja inmediata. Hagámoslo así, es gratis y paga dividendos. Un ejemplo de resiliencia y alegría por vivir “a pesar de todo”: Helen Keller, que era inteligente, activista de izquierda y anti-nazi. Existen muchos otros. Basta aguzar los fanales, y empatía, por favor, si es que les queda alguna...
─Lo que es la mía, no la encuentro desde la otra noche que me la quité para bañarme. Ja, creo que nunca he tenido y no me hace falta desde que una vez, mis padres, siendo yo apenas un chavalillo…
El buen standopero o cuentachistes profesional en vivo sabe que un principio básico para enganchar al auditorio es burlarse de sí mismo; y luego, entonces sí, agitar la guadaña del ingenio contra todo lo que se mueva en el universo, TODO: judíos, musulmanes, Testigos de Jehová, gays, ateos, marcianos, afrodescendientes, amorosos que susurran a Jaime Sabines en el oído de la amada en un Burger King, intelectuales, ludópatas, cancerosos, blancos color carne de pescado, tímidos, gandallas, oficinistas, albinos, pelirrojos, el Papa, Donald Trump, potosinos, rusos, asiáticos ojos de rendija, embarazadas, impotentes, cornudos, bígamos, mataditos en el estudio, enclenques, bulímicos, diabéticos, vigoréxicos, vegetarianos o los que manejan grúas en cualquier parte del mundo. Esto es (repetimos sin pizca de humor aunque convencidos), todo lo que se mueva.
No siempre funciona, si no pregúntenles a los del semanario satírico francés Charlie Hebdo; no obstante, vale la pena atrever a divertirse sin tanto lastre o gravedad que solo nos hunde más en la noche fría e irremediable personificada por la Flaca Dama.



        
Fotografía de James Frid, en Pexels
Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Desde la buhardilla. 3. Me abro al cierre. Gabriel Mendoza García

Me abro al cierre

Cual dinámica fluvial, el año ha transcurrido. Como muchos otros, como casi todos. Entre procesos de erosión y sedimentación; de la hidrósfera a la atmósfera, de aquí a la litósfera y, nuevamente, al abrazo de las aguas continentales. Hemos nadado contracorriente en ocasiones, pero siempre aferrados al tronco de la fe.
2024 comenzó con muchas sorpresas, pero, sobre todo, con grandes apuestas lanzadas al destino. Esperanza férrea como moneda de cambio y un temple imbatible como escudo. Así, los calendarios recorrieron sus páginas, repletas de jornadas tachadas y promesas olvidadas. Y llegó la lluvia, y llegó la noche; los ángeles lloraron diluvios sobre nosotros. El caos, como la humedad, siempre encuentra cómo infiltrarse en el alma y en los días más luminosos. Sin embargo, aquí seguimos, disfrutando de lo aprendido, porque, como he dicho antes, hay años para forjar éxitos y fortunas, y otros para forjarse el carácter. Nada puede ser tan malo cuando las recompensas se manifiestan como lecciones duras, pero necesarias. ¿Qué sería de nosotros sin una luna de sangre que ilumine nuestro rostro con carmín en noches de vigilia involuntaria?
No vale la pena hacer un balance de buenos y malos momentos, pues esos se irán revelando en fotografías: imágenes mudas y sordas, incapaces de transmitir, entre miradas y sonrisas, las historias que guardan en silencio. Es hora, entonces, de dar las gracias. A aquellos que fueron antorchas en la oscuridad. A quienes se convirtieron en mentores, compañeros de trinchera y aliados inesperados.
La primera persona a la que debo agradecer es a mi madre. Con paciencia y el cariño que uno siempre anhela, me tiende su mano y me dice que no debo preocuparme por el futuro, porque, tarde o temprano, las aguas que abandonan el río regresan a su cauce. Con sus hermosos ojos verdes, me cobija y protege contra un mundo inclemente. Irónico resulta que, a mis cuarenta años, debería ser yo quien la cuidara y protegiera. Pero así es la vida: un vaivén constante que, con una sonrisa, acepto como parte del devenir.
Mi padre merece también mi agradecimiento, desde luego. Desde su trinchera, no tan lejana, sigue creyendo en mí. Aunque no soy una copia exacta de él, aunque no viví sus mismas luchas, está orgulloso de este ser que soy, con mis propias historias y conflictos. Agradezco tenerlo todavía como una figura que inspira y, con su porte imponente, me recuerda que soy capaz de enfrentar cualquier desafío que se presente.
Un agradecimiento muy especial a una persona que, a lo largo de doce años, ha creído en mí y en lo que tengo que decir, que, pese a encuentros, desencuentros y reencuentros, el cariño permanece intacto. El hacedor de milagros que ya todos conocen y pocos valoran, que no quita el dedo del renglón cuando se trata de impulsar, dejándose la piel en cada compromiso con sus autores y colaboradores, no dejando nada para él la mayoría de las veces. Mi editor, Manuel Pérez-Petit, que no importa si sea Sediento o Almuzara, o lo que venga, siempre confiaré en tu sabiduría y conocimiento, no sólo del tema editorial, sino del mundo que nos asola. Vaya zapatos que tendrá que llenar quien sea que venga después.
Debo darle las gracias a una persona que me dedicó gran parte de su tiempo, su cariño y sus caireles. Ese tiempo es impagable, pero jamás será desperdicio, y eso no está a discusión, pues las horas que se invierten en amar, son horas que alimentan el alma, no importa si son una o dos, o mil; importan, sencillamente. No diré más porque respeto lo cíclico, lo efímero y lo sempiterno, por ello concluyo con esta frase: “Ayer la pude ver, atreviéndose a vivir, enfrentando al mundo y sin miedo a ser feliz”. Que el amor y el bien siempre iluminen tus senderos de buenaventura.
Es importante recalcar que también este año descubrí a uno de mis mejores amigos, que ya se encontraba en mi horizonte desde hace muchos ayeres, pero que su apoyo apareció de forma inesperada, como una espada valiosa que se unía a la batalla, aquel que porta a Excalibur en el momento más crítico. Después de encontrarme enlodado por tormentas pasadas, Jorge Vargas me dio la mano en plena oscuridad. Y sin él, no estaría, quizá, escribiendo esto. Estaría, probablemente, seis metros bajo ya saben dónde.
Quiero agradecer a mi mejor amiga, que quizá yo no sea su mejor amigo, pero ella sí lo es de mí, una confidente incondicional, una estrella submarina en forma de Perla que siempre está iluminando la vida de todos, guardándose poco de ese brillo para ella, y que se merece mucho más de lo que cree. No tengo mas que palabras afectuosas hacia ella, por creer en este irredento remedo de ser humano, que, como ella dice: un toro en cristalería, hace lo que puede con lo que tiene.
Christian Vizuet es otra de esas personas que pocos pueden presumir tener como amigo, pues siempre aparece de la nada y te saca una sonrisa. Es de esas personas que están, y cuidado de darlo por sentado, que en cualquier momento su talento nos lo arrebata de la mundanidad y se volverá alguien tan ocupado en lo que merece hacer y estar, que difícilmente, podremos recurrir a este Pepe Grillo moderno. Si no tienes alguien que te grite “¡Hurra!” desde bambalinas, lo siento por ti.
Gracias al Círculo de Contención de Señoras que se formó en los últimos meses del año, cenáculo de talentos, pero, por encima de todo, de buenos corazones y brazos fuertes dispuestos a luchar los unos por los otros, desde la valiente y sorprendente Valkyria; el astuto, inquieto y virtuoso Elfo, y la encantadora y vivaz Barda, dispuesta a cruzarse el carril del metrobús si la ocasión lo amerita.
Gracias a mi fiel e incondicional audiencia de cada viernes en Alcance Tendencia Radio, que también han sido un enorme círculo e apoyo, de terapia grupal, en donde se hace catarsis global mientras nos deleitamos con melodías inefables y fraternidad. Mis queridos fraters, sin ustedes, todo sería nada.
Agradecimientos especiales a mis colaboradores de locuras, aquellos que tienen que soportar al toro de lidia que trata de abrirse paso en la cristalería, que tira una cosa por tratar de poner a salvo otra y después se llena de culpa y luego de ira y luego de resignación. Ese soy, gracias por tanto Juan Antonio, Carlos, Pablo y Pedro, y perdón por tan poco.
Otro agradecimiento especial a mi querido Manuel Salazar, quien me llevó de viaje a San Luis Potosí, sitio en el que pasó uno de los mejores momentos de este año tan turbulento. Por su amistad sincera y por ser una de mis personas favoritas de este periodo.
A mis hermanos, a mis gatos, a mi perro y a todos los artistas que me llenan de inspiración y combustible para seguir adelante día tras día.
Y, por último, pero no menos importante, a la única persona que siempre ha tenido todos los motivos para odiarme, y que, durante estos 365 días, hizo posible que, en mis días más oscuros, tuviera algo que desayunar. De nuevo, gracias por tanto y perdón por tan poco, tan nada, tan malo.

Y un no gracias a dos personas en específico, que ni por asomo mencionaré aquí ni nunca jamás, pues sus nombres los he escrito en un papel para después quemarlos esta noche. Sin insultos ni maldiciones, sólo deseos de no volverlos a ver, como una pesadilla que se acaba, nubarrones de verano que se esfuman con los destellos mortecinos del otoño y, congelados posteriormente en el invierno. Deseo que sus memorias sirvan de abono para nuevas flores en primavera, unas muy distintas a ustedes. Mi deseo para ustedes es que no dañen a nadie más, ni siquiera a ustedes mismos. Que Dios los bendiga, yo ya les dije adiós.

Así, me abro al final de todas las cosas. Al colofón de un año complicado. A la promesa de un nuevo inicio, siempre aguardando como agua para el sediento. Y yo estoy ansioso por beberme el mar.

Gabriel Mendoza García
@megaescritor

30 de diciembre de 2024



Ilustración: Proporcionada por Gabriel Mendoza García

Sobre el autor:

Gabriel Mendoza García (Ciudad de México, 1984) escritor y creador de videos y contenido en redes sociales, fundamentalmente en la actualidad a través de la plataforma Alcance Tendencia Mx. Fan acérrimo del dúo musical europeo Lacrimosa, quienes representan su mayor fuente de inspiración, desde niño destacó por centrar sus esfuerzos cognitivos en mundos imaginarios y por valerse de su sensibilidad. Su primer intento literario fue El Oráculo de Gaia, una reinterpretación de El Señor de los Anillos, de la cual no queda ninguna evidencia. Su verdadera encomienda personal con la literatura es la saga Sofía, la única que tiene como epicentro la Ciudad de México, una obra coral, apocalíptica, empapada de misterio, acción, suspenso, drama, mitología, ciencia ficción, acción y aventura que, al modo de la mítica serie de televisión Lost, se centra en sus personajes y que comenzó a fraguarse en el otoño de 2007, cuyo primer fruto es Emanación. Es miembro del comité editorial de Almuzara México.

Voces ensortijadas 258. Entre ausencias y agradecimientos. María Gabriela López Suárez

     
Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Entre ausencias y agradecimientos

Estas líneas que escribo antes de culminar el 2024 se inspiran escuchando un coro de grillos que fondea como uno de los más bellos paisajes sonoros de la noche. El clima es un tanto fresquito, agradable, me hace recordar la época invernal que en el sureste chiapaneco se torna distinto, dependiendo de la región geográfica en la que una se encuentre. Me acompaña también el calor de una velita que desprende un sutil aroma a vainilla, el fueguito que honra la memoria de quien ha partido recientemente de este espacio físico, una de las integrantes de nuestra bandita peluda. En un cuarto plano alcanzo a percibir el viento que mece los árboles.
El fuego de la velita me hace recordar a la luz que me ha acompañado este 2024, esa luz que está siempre ahí, hay que darse el espacio para tenerla presente. Sin duda, ha sido un año lleno de diversas experiencias, aprendizajes, sinsabores, ausencias, despedidas, pero también momentos únicos, intensamente gratos y amorosos que es importante agradecer.
Uno de los regalos más valiosos que una persona y un ser vivo puede tener es la salud, de ahí que llegar con salud al finalizar un año es un gran tesoro. Mientras observo el cielo, que en esta época del año nos permite percibir más estrellas que titilan, me hace evocar lo maravilloso que es el regalo de contemplar la bóveda celeste. Un tercer regalo invaluable es el acompañamiento de nuestros seres amados, los que están en las distintas vicisitudes y que reconfortan y apapachan nuestro corazón.
Y además de los regalos que ya mencioné, en este 2024 he tenido el regalo de caminar en otros espacios, en otros senderos, recorrer caminos, escuchar y encontrarme con personas nuevas, reconocerme en las redes que se han ido tejiendo con el tiempo, valorar esas redes y crear nuevas, valorarme a mí como parte de ellas. Valorar y agradecer a quienes forman parte del andamiaje que día a día se construye, se alimenta, se cuida y se fortalece.
El tema de las ausencias no se puede hacer a un lado, forman parte de la vida, se aprende de ellas, aunque el dolor pueda hacerse presente. Es necesario hacerles frente y dejar que suceda la vida. Y una parte fundamental en este 2024 son los agradecimientos, por lo que ha venido, lo que ha fluido, lo que se ha gestado, lo que el universo y la divinidad nos ha brindado.
Un agradecimiento muy especial es poder continuar compartiendo estas Voces ensortijadas de manera semanal. La escritura y la lectura son también regalos que nos permiten volver la mirada a nuestro interior, conectar con nosotras, con nosotros. Valoro, agradezco y me llena de alegría, motivación e inspiración cuando estas voces resuenan en ustedes, con algún suceso, pensamiento, evocan experiencias o anécdotas, que me comparten y me llevan a reconocer la importancia de la escritura cuando trasciende de lo personal a lo colectivo.
Muchas gracias al público por este año de lectura de las Voces ensortijadas, por el espacio de tiempo que brindan para conectar con ellas; agradezco de manera especial a Letras, idea y voz, Chiapas Paralelo y Tropikalia en Radio Siberia, por la divulgación de esta columna semanal.
¡Muy feliz y venturoso año 2025 para ustedes y sus familias! Que la lectura y la escritura sean los puentes que nos permitan conectar con más corazones y mentes.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 258. Mis libros favoritos de 2024. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 258

Mis libros favoritos de 2024
Héctor Cortés Mandujano

El año pasado leí 255 libros, al 22 de diciembre, que es la fecha en que mando esta columna. Traté de hacer un balance que incluyera diversos géneros entre los libros que decidí que eran mis favoritos de 2024 y creo que lo logré: novela, cuento, ensayos de distinto orden, poesía, dramaturgia, cine, entrevistas, artes visuales… La diversidad también está en las nacionalidades. L@s autor@s son de Francia, EUA, España, Perú (¡cuatro autor@s!), México, Chile e Italia. Los dos libros donde sólo se consignan los años de publicación, los leí en mi lector electrónico (Heráclito y Parménides. El uno y lo múltiple) y en la computadora (Las partículas elementales). Ojalá te interesen lector, lectora.

Uno: Las partículas elementales, 1998, de Michel Houellebecq (Francia, 1968), es una novela extraña: está disfrazada de biografía y mezcla con conocimiento de causa la investigación científica y el sexo explícito. Es también un estudio minucioso de la soledad, las (malas) relaciones de los hijos con los padres y el amor. Inteligente, divertida, descarada y, por momentos, muy dura.
Dos: El lado activo del infinito (Random House, 2015), de Carlos Castaneda (Perú-EUA, 1925-1998) es el cuarto libro sobre las enseñanzas de don Juan Matus, indio yaqui y chamán, a Castaneda. Los tres anteriores me gustaron, pero éste me tocó hondo. Me parece que hay menos máscaras, menos eufemismos, más verdad: “Después de caminar un kilómetro, todos los lugares del mundo son iguales”.
Tres: El orden del Aleph (Editorial Candaya, 2021), de Gustavo Faverón Patriau (Lima, Perú, 1966) es un ensayo deslumbrante, erudito, una “inmersión total” en “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. Las 331 páginas se centran en el célebre cuento de Borges, pero se mueven hacia la religión, el arte en general, la literatura por supuesto, el psicoanálisis, Hitler, el nazismo, y todo lo que arroje luz a cada palabra pensada y escrita por aquel argentino genial.
Cuatro: Misterios de la sala oscura. Ensayos sobre el cine y su tiempo (Debolsillo, 2020), de Fernanda Solórzano (Ciudad de México, 1971). Son ocho prolijos trabajos sobre el mismo número de películas, famosas y contemporáneas, donde aborda el antes, la proyección y el después de la cinta; al mismo tiempo cuenta la historia de los actores, el director, el guionista, las peripecias que los llevaron a juntarse… Buenísimo.
Cinco: El Incal (integral), Reservoir Books, 2017, de Alejandro Jodorowsky (chileno-francés, 1929) y Moebius (Francia, 1938-2012). Estos dos artistas trabajaron juntos en varios libros gráficos. El Incal salió en varias entregas. El libro que leí, como dice entre paréntesis, tiene todas las entregas y, además, entrevistas con los autores. Es una historia loca que parte de este mundo, de esta realidad, y se mete a muchos/muchas más para que el aparente hombre común, que es el protagonista, evolucione, crezca y comprenda la lección que, entre otras, nos ha dado reiteradamente el budismo: todos somos todo. Las ilustraciones de Moebius son portentosas, parecen cine.
Seis: El drama intempestivo. Hacia una escritura dramática contemporánea (Paso de gato, 2020), de Carles Batlle (España, 1963) es un ensayo que busca desmarcar la escritura de teatro de las convenciones heredadas, del planteamiento básico de inicio, conflicto y desenlace, de la lógica aristotélica. Escribe Carles Batlle: “El dramaturgo intempestivo evita proponer consignas o dar soluciones. Todo lo contrario, produce interrogantes y puntos de vista, tanto para inquietar y sorprender a los demás como para descentrarse él mismo”.
Siete: Mario Vargas Llosa. Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), con Rubén Gallo (México, 1969). El libro analiza a detalle por lo menos cinco libros de MVLl: Conversación en La Catedral, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El pez en el agua y La fiesta del Chivo. Los cuadernos de trabajo, que son muy voluminosos, donde Vargas Llosa hace los proyectos y versiones primarias de sus novelas, y un montón de papeles más, pertenecen a Princeton; por eso, no sólo Rubén Gallo hace las preguntas, sino también muchos alumnos especialistas en la obra de este peruano universal.
Ocho: Octavio Paz. Iconografía (Fondo de Cultura Económica, 2020), de Rafael Vargas (México, 1954) es un espléndido trabajo para conocer a Paz, porque, aparte del gran trabajo de investigación sobre su vida y su obra, y de las no tan difundidas imágenes, de quien no gustaba tanto de fotografiarse, hay textos pacianos, tomados de aquí y de allá, que fueron escogidos con excelente tino.
Nueve: Cómo piensan los artistas (Fondo de Cultura Económica, 2015), de la periodista, editora y escritora peruana Fietta Jarque (1956), es un libro bello como objeto y por su contenido. Jarque entrevistó, “a lo largo de casi treinta años”, a 51 artistas disímbolos y cada trabajo periodístico es ilustrado por una obra de la persona entrevistada. Dice la autora en la presentación: “Los artistas hablan sobre su forma de trabajar, las circunstancias en que surgieron ciertas obras, los motivos que tuvieron para plantearlas de determinada manera”.
Diez: Heráclito y Parménides. El uno y lo múltiple (2015), de Sandro Palazzo (Italia, no hallé fecha de nacimiento), es un libro que enlaza la vida y el pensamiento de estos dos grandes filósofos: Heráclito, el Oscuro, y Parménides, el Terrible. Palazzo da muestra palpable de inteligencia y erudición en este libro de factura impecable. Las lecciones de los dos maestros sirven a nuestra vida, la aclaran, la iluminan.
Once: Samahua (Almadía, 1997), de Leonardo da Jandra (Ixtapangajoya, Chiapas, 1951). Compré el libro hace tiempo, en una librería de Oaxaca, con el propio Leonardo de testigo. Me la dedicó con sus letras incomprensibles. Hacía mucho que un libro de cuentos no me parecía tan perfecto, como éste. El lenguaje, las tramas violentas, los personajes terribles, la vinculación de todas las historias (está a casi nada de ser una novela o lo es, sin las convenciones clásicas) parecen brotar de una enorme concentración, de un talento prodigioso, de un maestro de la narrativa. Samahua es, literariamente, una maravilla.
Doce: Una bendición (Mondadori, 2009), de Toni Morrison (EUA, 1931-2019) es, otra vez, una historia de mujeres negras, de violencia, religión (“La religión, tal como la madre se la había inculcado a Rebekka, era una llama alimentada por un odio portentoso”), segregación femenina (“Ser mujer en este lugar es una herida abierta que no puede curarse”), segregación racial: “Entonces supe que no era una persona de mi país ni de mi familia. Era una negrita”.


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 257. Aroma a Navidad. María Gabriela López Suárez

     
Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Aroma a Navidad

La alarma del reloj sonó a las 7 de la mañana, Roberta la apagó, recordó que era domingo y siguió durmiendo. Un sobresalto en su sueño la hizo despertar. Revisó la hora, las 8:15 de la mañana. Mientras se estiraba para terminar de despabilarse se acordó que, aunque era domingo, tenía que ir a comprar el mandado para la cena de Navidad.
Antes de preparar su café se dio un baño rápido, luego fue a despertar a Mateo, su hijo de 7 años, para que la acompañara. A Mateo le gustaba ir al mercado, solía hacer una serie de preguntas de todo lo que llamaba su atención. Ese día, Roberta había invitado a Cielo, su vecina de 13 años y amiga de Mateo, para que fueran a las compras. No recordaba a qué hora habían quedado de verse. No tardó en saberlo porque justo antes de las 9 el timbre ya estaba sonando, era Cielo, tan puntual. Roberta la invitó a tomar café con pan y luego ella y sus dos acompañantes salieron por el mandado.
Mateo y Cielo habían leído previamente la lista del mandado, así que se iban alternando para recordar a Roberta lo que tenía que comprarse. Para la cena de Navidad Roberta se había propuesto preparar Bacalao tradicional, era la primera vez que lo cocinaría, así que le hacía mucha ilusión. Aunque el presupuesto para el platillo era un tanto oneroso, sabía que la ocasión lo ameritaba. Doña Vicky, mamá de Cielo haría una sopa de pan que le quedaba muy rica, además de temperante y hojuelas. Doña Refugio, mamá de Roberta prepararía el ponche con la ayuda de don Ricardo, papá de Roberta, quien también se había apuntado para cocinar el bacalao.
Mateo iba poniendo en práctica las matemáticas al ir haciendo las cuentas de lo que se gastaba y los cambios que le daban a su mamá. Cielo también quería aportar a la celebración y dijo que con sus ahorros compraría una piñata pequeña. Mateo no quiso quedarse atrás y cooperó para comprar cacahuates y unas mandarinas, Roberta pondría dulces y confeti.
—Pero qué bonito se siente venir acompañada por el mandado, además que me ayudan a cargar con tantas bolsas —señaló sonriente Roberta, al tiempo que escuchaba cómo Mateo leía en voz alta los letreros.
—¡Obleas, hojaldras! ¡Lleve sus obleas! —se escuchó decir a un vendedor ambulante, que portaba un gorro con motivos navideños y que se movía de un lado a otro en una esquina.
Roberta observó el panorama, la algarabía de la gente por las compras, los puestos diversos por doquier, el ir y venir de las personas, el tráfico algo paciente, los policías en modo resguardo de seguridad, personas en el comercio ambulante, jóvenes y adultas mayores, algunas con rostros sonrientes, otras con mirada triste, muchas niñas y niños con rostros de asombro por ver juguetes, lucecitas con música decembrina, las decoraciones diversas en calles y comercios, los colores rojo, verde, plata y dorado al máximo.
—¡Mamá ya tenemos todas las cosas de la lista! Solo nos falta ir por la piñata y los dulces —señaló Mateo, con alegría, trayendo de nuevo a Roberta al presente.
—¡Muy bien! Se aceptan propuestas para ir a ver las piñatas —dijo Roberta.
—¡Ya tengo una buena opción, buenas, bonitas y económicas! ¡Vamos con doña Pili! —propuso Cielo.
Roberta observó los rostros de Mateo y Cielo, sus ojos tenían un brillo hermoso, agradeció desde su corazón tener con quienes compartir la Navidad, estar con los seres amados era para ella el verdadero aroma a Navidad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.