Casa de citas/ 816
Sexo y luz: cinco libros de Anne Carson
(Segunda de cinco partes)
Héctor Cortés Mandujano
Los poemas en prosa de Unas pocas palabras, de Anne Carson, son breves, van a lo suyo y suponen, en términos generales, enseñanzas aprendidas de gente antigua. En “Unas pocas palabras sobre las esperanzas” dice (p. 172): “La vida es aprender”.
Escribe en “Unas pocas palabras sobre las geishas” (p. 178): “La cuestión de las geishas y el sexo siempre ha sido compleja. […] De hecho, como sabréis, las primeras geishas fueron hombres (bufones y tamborileros)”.
Tiene algunas que se salen del curso de las otras, por ejemplo (p. 182) Unas pocas palabras sobre Gertrude Stein a eso de las 9:30 p.m., que cito completamente (p. 182): “Qué curioso. ¡No tenía ni idea! El día de hoy ha terminado”.
Algunos son breves relatos (p. 190): Unas pocas palabras sobre las decepciones musicales: “Prokófiev estaba enfermo y no pudo asistir a la interpretación de su sonata para piano no. 1 tocada por otro. La escuchó por teléfono”.
Habla de sexo en Unas pocas palabras sobre la desfloración, antes y después de que ésta ocurrió (pp. 214-215): “Recorrí Venecia bramando, bajo y sobre los puentes, pero ya no estabas. Más tarde ese mismo día llamé por teléfono a tu hermano. ¿Qué le pasa a tu voz? Dijo”.
Unas pocas palabras sobre lo importante y lo trivial, comienza con una lista de ambas (p. 218): “Las cosas importantes son el viento, la maldad, un buen caballo de combate, las preposiciones, el amor inextinguible, la manera en que los pueblos eligen a su rey. Entre las cosas triviales está la tierra, los nombres de las escuelas de filosofía, el estado de ánimo y no estar con ánimo, la hora exacta”.
Habla mucho, decíamos, sobre artes visuales (p. 234): Unas pocas palabras sobre Van Gogh. “Bebo porque quiero entender el cielo amarillo, el gran cielo amarillo, dijo Van Gogh. Cuando miraba el mundo veía los clavos que sujetan los colores a las cosas y veía que los clavos sufrían”.
Hay varios sobre el placer, como Unas pocas palabras sobre el hedonismo (p. 292): “Cuando te veo bailar se crea una despiadada inmensidad, como un marinero en un mar en calma chicha. Deseos tan redondos como melocotones brotan en mí durante toda la noche, ya no recojo lo que cae”.
Este es el final (p. 300): EPÍLOGO DE LA AUTORA. Unas pocas palabras sobre los epílogos. “Un epílogo debería desaparecer de la piel rápidamente, como una friega de alcohol. He aquí un ejemplo, de la abuela de Emily Tennyson, la entrada íntegra del diario del día de su boda, el 20 de mayo de 1765: Acabé Antígona, me casé con el obispo”.
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Canicula di Anna es sobre un pintor antiguo, siglo XV, quien vivió y murió en 448-523, “al que llamaban Perugino,/ un coetáneo de Miguel Ángel y maestro de Rafael”.
Carson arroja datos del tiempo, el lugar, los habitantes y luego se concentra en el protagonista (pp. 315-316): “El pintor, en todo caso, no es un hombre feliz./ Una mujer, como siempre, es el problema”.
No se sabe el nombre de la mujer (p. 318): “Creo que me gustaría llamarla Anna”. Esa es una ventaja (p. 327): “Aquí no la conocen. Esto es, ¡tengo libertad para inventármela!”.
El libro se mueve a muchos lados, a muchos temas, cambia de épocas, aparece en el poema la poeta, y vuelve a Anna y al pintor (p. 491): “Pero escuchando a escondidas a Anna hoy descubrí —¡qué será lo siguiente!— que pasó cinco años de su adolescencia en un convento./ ‘Era despiadada’ ”. Luego, Anna es una mujer contemporánea.
En el epílogo, Anne Carson dice que (p. 620): “Después de contar una historia se producen algunos instantes de silencio. Después las palabras continúan. Porque siempre querrías saber algo más”, y luego establece las posiciones autora-lector-lectora (p. 625): “¿De qué lado de la puerta estás? No lo sabes. ¿De qué lado estoy yo? Me corresponde a mí decírtelo”.
Continúa (pp. 627-628): “tras haberte retenido conmigo durante tanto tiempo, me parece que sí que tengo algo que ofrecerte. No la información misteriosa, íntima y reconfortante que habrías querido, sino algo que te acompañe, y con toda seguridad es lo mejor de lo que soy capaz. Es simplemente el hecho, mientras bajas las escaleras y caminas por las calles oscuras, mientras percibes formas, mientras contraes matrimonio o hablas bruscamente o esperas un tren, mientras empiezas a imaginar, mientras escudriñas cada marca, simplemente el hecho de mis ojos en tu espalda”. Y el libro concluye.
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La vida de las ciudades es el cuarto libro. Es breve. Tiene una introducción (p. 632): “Las ciudades son la ilusión de que de alguna forma las cosas están relacionadas: mi pera, tu invierno.
“Soy una especialista en ciudades, a Dios gracias”.
Dice después (p. 638): “no hay ciudades vacías (sólo especialistas vacíos)”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com