Polvo del camino. 353. Inventor de nubes. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/353

Inventor de nubes
Héctor Cortés Mandujano


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Hace muchos años apareció Roger Octavio Gómez Espinosa en uno de mis talleres y desde entonces forjamos una amistad que ha permanecido intacta, pese a que ya no vivimos ni siquiera en el mismo estado de la República.
Estamos, eso sí, en permanente contacto y por eso fue más o menos natural que se inscribiera, en los tiempos de pandemia, al primer taller virtual de dramaturgia que di. La idea era que, en diez sesiones, los inscritos pensaran, diseñaran y escribieran una obra que leeríamos, para exponerla a los demás del grupo, en la sesión número once.
Después de mi primera clase, cada cual fue avanzando a su paso, pero Roger –no recuerdo si en la segunda o tercera sesión– ya había terminado una obra a la que le puse muchos peros, porque tenía un lenguaje muy simbólico y era sobre una poeta suicida. Me pareció intelectualizada y densa.
Sin mucho prurito, Roger se deshizo de esa obra y escribió otra. Tampoco paso mi escéptico modo de pensar: si no tienes productor, no escribas algo que lo más probable es que se vuelva alimento para el cajón de objetos olvidados. En teatro, insistí, decir una peluca es comprar una peluca y mencionar una máquina interestelar, como era el caso, es meterse en mil problemas de dinero, de materiales, de construcción.
Y entonces apareció Acrofobia. Aunque las clases eran colectivas y cada cual hablaba de sus propias problemáticas de escritura, yo sesionaba con cada uno por aparte. Acrofobia desde el principio me pareció buena idea. Roger y yo hablábamos de ella, y yo le proponía soluciones a algunas cuestiones que lo ponían inseguro. En ciertos momentos yo pensaba, y así le decía: “No te preocupes por eso, será asunto de los actores y el director”.
Supe que me había puesto yo mismo la soga al cuello cuando Roger me dijo, una vez terminada la obra, y celebrada por mí, que la había escrito pensando en que yo la dirigiera y la actuáramos Alfredo Espinoza y yo. Que en nosotros se había inspirado para crear los personajes.

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Alfredo y yo veníamos del montaje de La divinidad del monstruo, una obra mía, donde éramos los únicos personajes, y yo tengo total confianza en su talento interpretativo. Comenzamos a ensayar Acrofobia y a resolver las varias minucias que tiene volver un texto escrito en una realidad teatral. Escribí una versión en español de la canción escrita originalmente en niolamashiano y con Alfredo improvisamos varios diálogos ceñidos a la idea de nuestros personajes y a la idea del autor.
Invitamos a varias personas a ayudarnos: Daniel Dávila hizo una música muy linda y muy triste que cantó en el idioma de estos seres extraños (un escritor suicida y un bombero atípico) y en español; Ulises Peimberth nos ayudó con el paisaje sonoro y la escenografía, en la que también participó Daniel; Jazmín Zea nos asesoró con el vestuario y Rudy Laddaga nos dio prestado un proyector, que luego, generoso como es, nos regaló, para solucionar la parte sustantiva del montaje. Juan Ángel Esteban Cruz hizo un cartel muy creativo que usamos en la difusión. Y nos lanzamos al estreno.
Desde la primera función gozamos la capacidad de empatía que Roger logró con los dos personajes: el viejo escritor, que no conoce muy bien el idioma en el que habla y no busca la simpatía del público, y el joven bombero que es muy simpático y que, al final, nos da una sorpresa que hace que parte del público llore. Fue muy emocionante ver cómo aquello que estuvo en la mente de Roger, que fue volviéndose palabras en el papel, ahora era para la gente la realidad de dos seres que se volvían, por lo menos mientras duraba la obra, parte de sus emociones, sus risas, sus lágrimas…
Roger llegó a la última función de la primera temporada y aplaudió de pie cuando llegamos al final. Nos confesó, después, que se sintió tan emocionado, que quiso llorar (o lloró, no me acuerdo), lo que para nosotros fue un halago, porque, como yo sé por carne propia, no siempre el director es el mejor amigo del dramaturgo.
Creo que Roger ha escrito espléndidos cuentos (y, por ponerlo de ejemplo, uno magistral: “La nave del sol naciente”, de su libro Soltar las riendas), una gran novela (La lluvia en las hojas del platanar) y una obra de teatro, Acrofobia, que ha logrado una conexión profunda y humana con los distintos públicos que la han celebrado y aplaudido. No puedo sentirme más satisfecho de haber puesto mi grano de arena para que floreciera su escritura.
Y todavía, afortunadamente, hay mar de fondo en su talento abisal.

[Prólogo de la edición de Acrofobia, publicada por Editorial Tifón en 2022]


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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