Casa de citas/ 814
Abducción
Héctor Cortés Mandujano
Con un abrazo al querido amigo que está detrás del seudónimo
Mi amigo me envía un PDF con su libro autobiográfico, de largo subtítulo: El acróbata del viento. Una novela sobre la memoria, la gratitud y las personas que sostienen nuestras alas cuando olvidamos cómo volar. Lo firma con un seudónimo: José Pérez Brenman y sobre él escribe en tercera persona. Está a la venta en Amazon.
El libro y el lenguaje es reflexivo (p. 9): “Todo está conectado. El cielo y los sueños. La bipolaridad y las visitas. La memoria rota y los años de budismo. Los accidentes —hubo uno, grande, que cambió todo, y llegaremos a él— y la comprensión que llegó después del accidente. El aikido y la vacuidad. Roberto y la infancia. Ángel Martínez Bravo y la muerte como maestra. Las luces en el cielo que no son de ninguna aerolínea que José conozca, y él conoce todas. Todo está conectado y este libro es el intento —imperfecto, fragmentario, honesto— de trazar el mapa de esa conexión”.
Habla de su padre (p. 14): “Cuando hablaba del futuro, parecía no estar imaginándolo. Parecía recordarlo. José creció escuchando aquellas versiones del mundo”, y de la madre: (pp. 17-18): “Si el padre le enseñó a José que el mundo podía estar lleno de misterios, la madre le enseñó que aún en medio del misterio debía existir un lugar al cual regresar. Ella fue la fuerza invisible”.
En su recorrido vital, después de los padres llega la mujer (p. 28): “Scarlett: La mujer que decidió permanecer cuando muchas otras personas habrían salido corriendo. Con los años, José comprendió que el amor no se demuestra durante los días tranquilos. Se demuestra durante las tormentas. Y Scarlett había atravesado más tormentas de las que cualquier persona debería enfrentar. Había soportado sus terrores nocturnos. Sus despertares abruptos. Sus silencios. Sus obsesiones. Sus búsquedas espirituales. Sus preguntas imposibles”.
Y luego la hija, Gabriela, a quien también toma como maestra. Uno más (pp. 39-40): “El maestro no siempre aparece con una túnica antigua ni vive en un pantano remoto. A veces aparece en una sala sencilla, en una enseñanza tranquila, en una frase que parece pequeña hasta que parte la vida en dos. Esa frase llegó a través de Geshe Kelsang Gyatso, fundador de la tradición Kadampa. Geshela había escrito muchos libros, pero uno de ellos tocó a José con una fuerza especial: Océano de Néctar. Allí encontró la palabra. Vacuidad. No fue una palabra más. Fue una llave”.
José va cambiando (pp. 41-42): “Según las enseñanzas que comenzaba a estudiar, nada existía de manera independiente, sólida o permanente. Todo surgía en dependencia de causas y condiciones. Todo aparecía ante la mente. Todo carecía de existencia verdadera. La mente, aunque inmaterial, podía producir mundos enteros. Como la electricidad que no se parece a las imágenes de un televisor, pero permite que esas imágenes aparezcan”. Lo bueno es que (p. 43) “Ya no había un Dios vigilante castigándolo desde afuera. Había responsabilidad. Había causa y efecto. Había mente. Y había camino”; (p. 65): “Durante años había querido encontrar los secretos del universo. Ahora comenzaba a sospechar que el verdadero secreto era mucho más sencillo. Aprender a amar. Y aprender a dejar ir”.
Su vida lo lleva a ver, con un desconocido, una nave extraterrestre (pp. 101-102): “Había una conclusión a la que José había llegado muchos años atrás. Si las abducciones existían, no ocurrían necesariamente en el plano físico. Aquella idea no provenía de libros. Ni de grupos ufológicos. De hecho, nunca perteneció a ninguno. Nació de sus propias experiencias. Y de una intuición difícil de explicar. La sensación persistente de que algo había ocurrido. La extraña certeza de que una parte de él había sido intervenida. No como una herida visible. No como una cicatriz. Sino como una modificación imposible de describir. Había momentos en los que estaba convencido de portar algo. […] Una alteración. Una marca. Una información”.
La nave llega, después, hasta su casa, donde duerme con su mujer (pp. 104-105): “Los sonidos de la noche habían desaparecido. Y entonces apareció aquel ruido. No provenía de ningún lugar. O quizá provenía de todas partes. Era un sonido mecánico. Profundo. Impersonal. Una vibración imposible. José y Scarlett despertaron al mismo tiempo. Inmóviles. Paralizados. Conscientes. Aterrorizados”.
La experiencia fue, para él, definitiva (pp. 106-107): “Hasta que todo cesó. El silencio regresó. Los animales tardaron horas en tranquilizarse. Y la vida continuó. Pero algo había cambiado. José comenzó a fragmentarse. Al principio fueron pequeños vacíos. Después aparecieron recuerdos duplicados. Dos versiones igualmente convincentes de un mismo acontecimiento. Más tarde comenzó a despertar con la certeza de encontrarse en otra fecha. Algunas mañanas estaba seguro de que era martes cuando habían pasado semana. Algunas mañanas estaba seguro de que era martes cuando habían pasado semanas. Otras veces creía estar viviendo años atrás. Los recuerdos recientes comenzaron a desdibujarse. La memoria de mediano plazo permanecía. La memoria profunda seguía llenando los vacíos. Pero las costuras comenzaban a abrirse”.
Lo provocado por la nave, continuó (pp. 121-122): “José no se dio cuenta del momento exacto en que sucedió. No hubo un estruendo. No hubo un instante dramático. Simplemente un día descubrió que había perdido algo que lo había acompañado toda la vida. Había perdido el valor. No el valor de enfrentar peligros. Ni el valor de morir. Ese nunca lo perdió. Había perdido el valor para vivir”.
Se deja ir, hasta que su hija lo rescata, lo lleva a vivir con él (p. 125): “Y vigilaba. Siempre vigilaba. Como una centinela. Como una madre. Como un padre. Como una hija”. Se invierten los papeles (pp. 143-144): “A veces los hijos se convierten en padres. Y a veces los padres deben aprender la lección más difícil de todas. Aceptar ser amados”.
El final es ficción, claramente: José desaparece. Mi amigo, el que está detrás del seudónimo, me vino a visitar ayer, y platicamos, reímos, seguimos haciendo planes para el futuro. Y eso ya no es parte de la historia que cuenta el libro…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com