Trabajo en alturas. 40. Miauyéutica. Roger Octavio Gómez

Miauyéutica
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

El gato,

sólo el gato

apareció completo

y orgulloso:

nació completamente terminado,

camina solo y sabe lo que quiere.

Pablo Neruda en «Oda al gato»

Una golondrina pasa frente a la ventana. Se pierde veloz en el espacio que mi vano deja ver. Jericaya vuelve la vista a mi. Maúlla suave. “La vi”, le digo. Maúlla de nuevo. “No, no puedo darte una golondrina.” Me ignora. Se estira. Bosteza. Salta y se aleja de la ventana. Qué sé yo de buenas comidas.



Jericaya lanza un zarpazo al aire, se agazapa en los rincones, la vista fija en la nada y, rayo de suave pelaje, salta y ataca, a un fantasma quizá. Siente la mirada atenta que le prodigo. Maúlla. Sonrío. Soledad se ha esfumado. Jericaya la ha espantado, otra vez, y somos ella y yo, gata y humano; solitarios, no más.



Si yo faltara un día Jericaya podría cazar las aves del jardín, los ratones de las alcantarillas, los insectos de la noche. Si Jericaya faltara un día, volverían mis días a la oscuridad de mis tejados y a platicar en soledad.



Un hombre predica sobre un dios magnífico. Lo observamos. “Qué bello ha de ser poder creer en lo que este hombre dice”. “Miáu”. “Qué terrible que seamos tan incrédulos”. “Miáu”. “¿En qué momento dejamos de creer?” “Miáu”. “Cuánta razón tenés, Jericaya”. “Miáu”. “Siempre tenés la respuesta precisa, la verdad filosófica”. “Miáu”
      “¿Cómo lo hacés?, ¿cómo podés vivir tan tranquila con tanta sabiduría?”. “Miáu”.

Ilustración: Adriana GR

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