Líneas de desnudo. 78. Leer. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 78

Leer
Por Manuel Pérez-Petit

Convengamos que hay tres tipos de lectura.
            Está la del académico, el crítico o el editor, por ejemplo, que debe ser analítica, aunque sea llevada a cabo con diversos métodos y finalidades. Sin menoscabo de que pueda generar disfrute, esta lectura es más bien contraria a lo lúdico, aunque no niega esta posibilidad. 
            También está la del que anda en el proceso de adentrarse en el oficio de escribir, que es una lectura interesada, casi parasitaria, conducente al aprendizaje de un oficio que no puede estudiarse en Escuela, Facultad o Colegio alguno y que apenas puede adquirirse mediante la propia lectura y el ejercicio continuo, disciplinado y fruto casi en exclusiva de la voluntad, acudiendo a referencias cuyo valor es indudable, tales como otros autores y la lectura de obras consagradas. “Roben si es necesario”, decía Juan Carlos Onetti (1909-1994) en su célebre "Decálogo (más uno) para escritores principiantes". Es una práctica que exige entrar en el texto de forma no erudita ni intelectual sino llena de afán devorador, hambrienta de elementos en que expresar la propia intención escritora, y que por lo general conviene llevar a cabo mediante la orientación de alguien en quien se deposita la propia confianza como facilitador, asesor o maestro. 
            Y, como es natural, está, de igual modo, la lúdica, que es la lectura común, y si bien las otras dos no están reñidas con el placer de leer, la que en exclusiva es por placer y no tiene intención más que la de pasar el tiempo es esta, en mi opinión la más grande todas, aquella por la que en verdad merece la pena adentrarse en un libro. 
            La panoplia de posibilidades, como se ve, es muy amplia. No se está, por otra parte, en condiciones de desdeñar ninguna lectura. Hay quienes desprecian unas en favor de otras, e incluso quienes descalifican o califican a las personas en función de las obras que leen. Para gustos, los colores, como diría el castizo. Sin embargo, el clima no está para exquisiteces, al menos a nivel de calle, en esta cosificación a la que estamos siendo sometidas las personas. Otro asunto es que se hablara de circuitos o círculos culturales, una gran parte de los cuales –a qué mentirnos– son “de salón”, o sea, frívolos, insustanciales, mundanos, como torear sin toro, teóricos, carentes de esfuerzo y riesgo. Aún así, en algunos sí entra en juego el rigor, el criterio, la selección, la capacidad de jugársela, que, en todo caso, deben ser coherentes y que en un universo ideal tendrían que ser asunto de todos. Pero se dista mucho –y mucho más que nunca– de ese mundo. 
            Para el lector lo importante es encontrar obras y acceder a ellas, y ahí toma protagonismo, por cuanto facilitador y por su responsabilidad moral, la importancia del oficio de escribir, pues no podemos olvidar que de manera necesaria se escribe para los otros. Hoy existe una corriente de autores que dicen que los lectores no les interesan, y yo siento que eso es venderse de algún modo al poder y a las cadenas, porque si uno escribe es para ser leído, no para su vanidad personal, y si cualquiera lo hiciera por éste último motivo no tiene sentido que se presente al público diciendo que escribe solo para sí mismo, pues con esa ordinariez y falta de respeto a los demás se descalificaría a sí mismo. Mejor sería en este caso que no se anunciara. Esos autores que desprecian al lector dan la razón a quienes controlan las cosas. Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra. Y lo cierto es que hay que leer. Como sea. Igual no tanto como las campañas se empeñan en hacernos ver, y en vano todas ellas transmiten la sensación de que son un exceso que no sirve para nada.
            Y la realidad es la que nos toca. Se habla más que lo que se lee. Alguna cita o algún comentario suele bastar para ilustrar a muchos –no son pocos los que recitan de memoria quedándose en las primeras frases de las obras, y casi nadie se sabe fragmentos ubicados a mitad de cualquier libro o poemas completos–. Se lee bien poco. Se habla más por referencias –y mejor si breves– que por la propia lectura. Un terrible signo de nuestro tiempo es la impostura. Cualquiera puede “conocer” cualquier tema con “San google”: son los “wikiexpertos” de encefalograma plano, carentes de criterio y rigor, acumuladores de datos para "certificar" su aptitud a la hora de afrontar planteamientos discursivos que no requieren de recuerdos y a los que no afectan los olvidos, y con los que muestran a los demás de manera voluntaria su “suficiencia” e involuntaria su mediocridad.
           No juzgo, válgame Dios, solo me faltaba eso, pero con más que notable frecuencia, insisto no sin cierta tristeza, confundimos información con conocimiento. Dirán que me repito más con esto que el chorizo de Cantimpalos, pero solo indico una realidad observada –o realidades– por largo tiempo en multitud de casos y situaciones, que me preocupa, y no poco.
           Leer poco o mucho o algo es condición imprescindible hoy en nuestro mundo para poder vislumbrar algún horizonte posible, y es muy molesto para quienes dirigen con mano de hierro y sin disimulo el deambular de nuestras sociedades a su antojo y capricho, por lo que lo proscriben y, por si fuera poco, aplauden a los que no leen, pues ello facilita de manera determinante la fertilidad incontestable de su discurso finalista de manipulación, dominio y control acérrimos. 
         Pero lo cierto es que los que no leen son la inmensa mayoría –por más que de manera tan patética a veces quieran parecer eruditos de panfleto y/o mientan como condenados diciendo que se leen hasta los prospectos de las medicinas, y es que esto se percibe en la pobreza expresiva y de vocabulario: no es posible que lea quien no sabe hablar–, lo que hace aún mas necesario el grito que deberíamos alzar todos para que el mundo deje de ser cada día más hostil y más pequeño. 
         Ay, si la mitad de la gente que presume de ser lectora lo fuera de verdad...
 Colección casi completa a junio de 2014 de los títulos publicados por Sediento Ediciones (archivo de M. P.-P.), proveniente de una biblioteca particular.
Fotografía: ©Gabriel Mendoza García.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

4 comentarios sobre “Líneas de desnudo. 78. Leer. Manuel Pérez-Petit

  1. Gracias. Creo sinceramente que ese librero es el mejor de la historia de Sediento Ediciones, y ojalá su propietario, don Gabriel Mendoza, lo haya seguido alimentando. Para mí como editor es un honor y un privilegio haberme relacionado con personas como él.

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