Líneas de desnudo/ 11

De mi carpintería (2)

Manuel Pérez-Petit

Un día de hace una docena de años publiqué:
 
Ahora que estoy a punto de llegar al minuto cero por decisión propia –y estoy yo mismo sorprendido por este ejercicio de voluntad que ya hubiera querido para mí en otros momentos de mi vida; voluntad no de amar, sino de querer amar– o de repente se presenta ante mi ojos una ceguera que me permite cumplir el sueño de solo ver y no mirar..., 
 
ahora que ahora cobra más sentido que nunca –como si nunca hubiera sentido el sentido que, realmente, tiene, quisiera yo o no lo quisiera, o hay un sí que no requiere de palabras y que se planta ante mí insolente y me derrota...–, 
 
ahora que parece que llega de una vez el último viaje que Machado mencionó en su retrato: "y esté al partir la nave...", ¿lo recuerdas, al menos, por Serrat?…, o al menos ése es mi deseo y de torrentes de mí me he precipitado en el torrente "que nunca ha de tornar"..., 
 
ahora que brutales incendios forestales amenazan con destruir los últimos pilares de nuestra conciencia histórica verdadera o están devorando nuestros infértiles planes de dominio y vanidades..., me llega la conciencia de que siempre fui esclavo y ahora, de repente, soy, por vez primera, un hombre libre...,
 
ahora..., con una ejemplar indolencia, pues mi rendición es armisticio, por primera vez en mi vida escribo algo con intención y lo publico sobre la marcha, infringiendo mis más elementales principios operativos, estoy en el punto exacto de mi vida...,; 

ahora no os regalo un poema mío sino un poema mucho mejor que cualquiera de los que yo pueda escribir nunca.Y os lo regalo lleno de gratitudes; pidiendo perdón por mis torpezas y errores lamentables, con alegría, lleno de besos, temblando... Y pensando en que hasta mi sonbra se sonroja solo con verte...
 
Al día siguiente publiqué:
 
En una antigüedad muy remota, un hombre sin nombre cruzó el mundo y se encontró en Egipto y en Mesopotamia, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad no tan antigua pero también lejana, otro hombre sin nombre cruzó Asia y entró en América, mucho antes de que ésta fuera descubierta, y la pobló, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad ya más cercana, un hombre llamado Aníbal cruzó en elefante la península hispánica, para librar una batalla, a las puertas de Roma, que aún nadie ha olvidado, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad ya bastante familiar, un hombre, Julio César, cruzó el Rubicón con sus legiones, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad casi inmediata, Jesucristo, hombre y Dios en uno, se retiró al desierto y en él se mantuvo durante cuarenta días y cuarenta noches, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad ya con tres cifras en el calendario y en nuestra era, Mahoma se desplazó de Medina a La Meca, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad muy moderna ya, Cristóbal Colón se embarcó hacia las Indias, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
En otra antigüedad de un centenar de años, Lenin tomó un tren, haciendo un viaje que cambió el curso de la historia.
 
... Y ya hoy todo me parece antiguo, y es que hoy ya ha comenzado el viaje que cambiará el curso de la historia, lo más nuevo que podría suceder. 
 
Mañana llegará sobre media mañana. Ahora sí que todo anda por los aires. Cuando llegue, allí estaré yo, ligero de equipaje, lleno de luz como mazorca. Y nuestro abrazo será el principio de un viaje que cambiará el curso de la historia.
 
Así lo publiqué, sin pudor, mientras todos los temblores me hacían de merengue sin cuajar ante la sola idea de encontrarla, de encontrarme con ella. Cimbraba como un flan aún caliente y no había flama que me sostuviera en pie. Aquello no parecía tener cura...
     Y dos meses y ocho días después publiqué:
 
No volveré a sentir como palpitan los guisos de tus días que eran nuestros, ni el aleteo de tus manojos de boquerones que llevas por el mundo como pestañas que abanican todo aire respirable, aunque aún queda en mi boca el sabor de un baile de madrugada en el puerto de Castellón, los abrazos donostiarras y granadinos o la cálida humedad que nos envolvió en la sierra de Huelva o en el desierto de Almería, por no decir nada de ese arroz con carabineros en la Albufera, aquella ascensión a las cumbres andorranas, las interminables autopistas de levante, esas bravas madrileñas del barrio de las Letras o aquel rugir de olas en La Concha…, con que hicimos el menú a bordo de un coche de alquiler…

No volveré a cocinar con mis entrañas para ti y la alquimia de nuestro sudor no volverá a ser la fórmula secreta de la inmortalidad que era solo nuestra, en los tiempos en que todo eran gambas blancas de Huelva, cabo de Gata, pan de Antequera, paté ibérico, Port Lligat con los huevos de Dalí, ensaladas sin remolacha, salmorejo cordobés, playas de Sorolla, canciones de Nino Bravo o gótico de Burgos con bocatas de morcilla..., y era posible ser gourmet sin tener dónde caernos muertos...
            
No volveré a oír tu voz seguramente... Seguramente no volverás. Ya no regresarás, seguramente, y tampoco a tus silencios ni yo a mis intentos de pacto y protocolo ni la cadena de oro a tus tobillos, a la intensidad de las caricias, las cucharas de palo y mis lentejas de estrellas michelín. 

Poco a poco poco importa ya, o al menos tanto como que el archivo de la Armada española se encuentre a cientos de kilómetros del mar, junto a una plaza de toros cuadrada pero también a escasa distancia de la cuna del español más transatlántico de todos: Alonso Quijano, conocido por don Quijote... 
 
Creo en ti; eso me queda y me consuela, aunque en verdad no sé si creo o quiero creer, en un nuevo acto de voluntad de piedra. Pero con todo lo terrible creo, y aún así, si pudiera, te comería.
            
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Nota del autor
2009 fue un año extraño para mí. Intentaba salir de una deriva terrible que no viene ahora al caso relatar pero que durante los dos años anteriores, y especialmente el negro 2008, me habían llevado a tocar fondo, no se sabe incluso de qué forma. Aquel 2009 comenzó lleno de promesas, avanzó redentor como ninguno, y cuando el velamen de la nave de mi vida se levantaba ya con cierta gallardía y yo me sentía capaz por fin de navegar todos los mares, todo se cayó, como haciendo realidad el dicho popular aquel: “más dura será la caída”. Y lo fue. Lo que aún no sabía era lo que me estaba esperando, que dejo para otro día, y era cosa de nuevos horizontes.



   
Fotografía: © M P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.