Revista

Disquisicionario. 4. Un fantasma en Heathrow. Esteban Martínez Sifuentes.

                     
Un fantasma en Heathrow
Esteban Martínez Sifuentes

En tránsito hacia Polonia, escala de cuatro horas en Londres. Mi primer vuelo trasatlántico. Mala noche con tiempo tormentoso y aburrida película inglesa nominada al Oscar de ese año. A las diez de la mañana sobrevolábamos los borrosos y ordenados suburbios de la capital del reino, con tanta resonancia en la historia contemporánea.
Descendimos a la pista sin contratiempos. En el gigantesco complejo aeroportuario, enfilamos por pasillos interminables bordeados de anuncios rumbo a los controles de migración, donde confluían otros pasillos y decenas de escaleras mecánicas que subían y bajaban a otros pisos y recordaban una imagen de Escher o, más exacto, a Pink Floyd The Wall. Las colas eran larguísimas pero avanzaban de prisa. En alguna parte había leído que aquel era el aeropuerto con mayor tráfico de personas en el mundo, y esa ala, parecida a un matadero de reses tecnificado, era exclusiva para transbordos, me enteré después.
Salimos avante mi esposa y yo sin preguntas ni trámites excesivos (pronto entendería por qué). En un piso inmenso con bendita luz natural gracias a los inmensos ventanales, buscamos una sala de espera. Más pasillos, anchos como los de un gran almacén, con bares, restaurantes, librerías, casas de cambio y tiendas duty free donde, quisieras o no, te rociaban con promociones de perfumes y te ofrecían vasitos de cremas irlandesas y wiskis.
─¡Compañeros latinos, fíjense: las fragancias las tenemos al tres por dos! ─habló un vendedor en español del Caribe─ Dos for men y una for lady, o como gusten.
─Después volvemos, gracias.
─¿Después cuándo?, compañero latino. No me engañe. Los latinos somos así, todo lo dejamos para después.
─Gracias, no.
Nos instalamos Josefina y yo en la sala de espera, junto a una isla con stands de comida rápida y frente a los monitores de salidas y llegadas. Sentada en las butacas de enfrente, una familia multirracial, ejemplar y fotogénica. Mujer oriental de ojos rasgados; hombre de tez morena, latino, y niño de cuatro o cinco años, pelo ensortijado y mirada de rendija.
─Hola ─me animé a saludar al ver que el adulto nos observaba.
─Hola, buenos días ─respondió con claridad. A la mujer, aburrida o cansada, no le significamos demasiado.
La mayoría de los ingleses en esa ala del aeropuerto eran negros, latinoamericanos, hindúes, algunos de éstos con turbante blanquísimo, barba grisácea y envaramiento de marajás. Caí en la cuenta de que técnicamente estábamos secuestrados. No había resquicio ni para asomarse a respirar un sorbo de aire londinense. Recién descendido, apareció un grupo de jóvenes de apariencia nórdica, uno de ellos con los cigarros y el encendedor en la mano. Quizá fuera sólo una manía. Aun así, saqué mis aditamentos y los seguí. Entraron al baño.
Preguntándome si existía algo tan arcaico como una zona de fumadores, abordé a una mujer policía. Y sí, sí existía tal cosa.
Caminé de prisa hacia el final de la avenida donde me indicara la mujer. Era una especie de jaula de cristal cerrada por todos lados y con un tubo grueso hacia el techo último. Cupo para doce personas, advertía un letrero en la entrada. La gente de adentro duplicaba con soltura ese número. A pesar de los extractores a todo trapo, amarillaban los cristales, los asientos, todo. Llegaron los nórdicos. Dos fumaron, tres permanecieron ahí por solidaridad. Entró la mujer del aseo a vaciar los ceniceros, sacó una cajetilla de extra largos de su vestido blanco, se fumó medio cigarro, lo aplastó dentro de la bolsa negra que arrastraba y se fue.
Paseamos por las tiendas, compramos un pasable café de máquina. En una tienda de discos, una pared entera dedicada a música y memorabilia de los Beatles y otra a los Rolling.
A la hora, otra visita al cubo de la ignominia. Encontré el Daily Mirror abandonado y me puse a hojearlo. Cristiano Ronaldo se había ido de farra y el príncipe Carlos inaugurado no sé qué. Nervioso, con el cigarro desenfundado, entró el moreno que nos saludara, estudió las caras con timidez y se me acercó.
─Hola otra vez.
─Hola de nuevo ─respondí, contento de la compañía─. ¿De dónde eres?
Era de Ecuador y vivía en Yokohama, de donde eran la esposa y el hijo. Después de vacacionar en Praga, volaban a Barcelona, donde él tenía a su madre. Se llamaba Wilson Andrés. Animados, al segundo cigarro ya hablábamos de Gaudí y la Divina Familia, que yo no conocía. “Cuando quieras, hermano; cuando quieres”, me dijo, serio. De pronto apareció la japonesa con el niño y le hizo señas a través del cristal. Parecía molesta, y de armas tomar. Él se levantó de prisa, apagó el cigarro y salió.
Pasamos por otros vasitos de wiski. En la confluencia de las avenidas principales exhibían un Aston-Martin deportivo con las puertas desplegadas. Mi esposa quería un disco de Tracy Chapman.
─Tracy Chapman no es del Reino Unido.
─¿Y qué si no lo es?
El dinero no era mucho. Le prometí que, si nos sobraba, de regreso a México lo compraríamos. Hojeábamos revistas cuando se nos acercó Wilson cariacontecido, con el maletín al hombro. Nos preguntó si habíamos visto a su mujer y su hijo. No, fue la respuesta; ¿te ayudamos a buscarla? Gruñó algo y se fue.
Se acercaba nuestra partida. Una última visita al cubo. En un rincón estaba Wilson prendido a su cigarro.
─¿Encontraste a tu familia? ─le pregunté.
─¿Mi familia? No, ¿la habéis visto vosotros?
No. Pero si la veíamos, le dije, le diríamos que aguardara al pie de los monitores. Murmuró un “gracias” y salió. No sé por qué me dio la sensación de que ya no estaba tan preocupado.
Entré al baño, fui a la sala para que Josefina también lo hiciera antes de abordar. Le conté que Wilson seguía buscando. Dijo que ella había visto levantarse al ecuatoriano y recalcarle a la japonesa, en español nítido, que no se tardaba; no lucían enojados entre sí, aunque ella le pareció malhumorada todo el tiempo.
Apareció en pantalla nuestro vuelo; el de Wilson Andrés y familia, me enteré, estaba por cerrar. Supuse que ya estaría con los suyos. Heathrow es un laberinto imponente pero inofensivo por su señalización y la abundancia de policías amables. Escuchamos por los altavoces:
Your atention please. Mister Wilson Andrés, you must go to the counter number eleven, go to counter eleven...
Formados en la fila para abordar, de nueva cuenta:
Your atention please. Mister Wilson Andrés...
Tres semanas después, en el transbordo de regreso a México, mi primera visita al cubo. A lo lejos vi que salía de los sanitarios un hombre idéntico a Wilson; convencido de que era él, le grité por su nombre. Se detuvo un instante, y sin voltear, o como volteando pero menos que a medias, se reacomodó la correa de su maleta de mano y desapareció con paso rápido en el primer recodo. Permanecí en el cubo mucho tiempo; no lo reconocí de cierto, pero me pareció verlo rondar por ahí.
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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Voces ensortijadas 245. A la falda de la montaña. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

A la falda de la montaña

El otoño no solo había llegado con esos aires que anuncian que falta poco para concluir el año, sino que también había traído consigo tormentas tropicales. A Samantha le gustaban los días lluviosos, siempre y cuando no fuera a causa de tormentas o huracanes, por ese ambiente relajado que puede generar la lluvia, el olor a tierra mojada y el contemplar la vegetación verde.
Justamente había pasado la mitad de la semana con lluvias intermitentes, por ratos muy fuerte, luego llovizna, una leve pausa y de nuevo llovía con fuerza. La tarde del jueves la lluvia había dado tregua buena parte del día, justo casi a la hora de salir del trabajo comenzó a hacerse presente en forma de llovizna, menudita pero continua.
Samantha verificó que ya era hora de la salida, apagó el equipo de cómputo, verificó que no hubiera quedado nada prendido y salió de su oficina. Se puso el impermeable, esa vez olvidó el paraguas en casa. Se agradeció tener el impermeable de emergencia que solía guardar en la oficina. Caminó hacia la entrada, esperaría a que pasaran por ella.
Contrario a otras ocasiones esta vez el paso de Samantha fue sin prisa, no solo porque Mineth su hermana e Ignacio, su primo, no eran puntuales sino porque sintió una sensación de disfrutar el paisaje de la llovizna. Se dirigió lentamente por el pasillo hasta quedar de frente a la montaña que rodeaba su espacio laboral.
Observó el paisaje, muchos árboles frente a ella. Los árboles eran altos, con un follaje precioso, la lluvia les daba un toque especial, casi mágico. Recordó los dibujos que solía hacer de niña cuando intentaba representar montañas. En sus trazos dibujaba una especie de líneas curvas que adquirían la forma como ella veía las montañas, luego las rellenaba con árboles cuyo follaje tenía un intenso color verde. Cuando terminaba sus dibujos se quedaba pensando en las imágenes que veía en la carretera, las montañas le causaban mucho asombro. Más de una vez se hizo dos preguntas, ¿qué se sentirá subir a la montaña? ¿Los árboles serán acolchonados en sus copas?
La llovizna le había mojado el rostro, pero eso no era impedimento para que siguiera contemplando el gran regalo. Halló que entre los árboles también había pequeños espacios, la distribución entre el tamaño de los árboles era lo que generaba el curveado que ella intentaba dibujar con formas como rizos que se juntan.
Mientras seguía contemplando la vista hacia la montaña su rostro dibujó una sonrisa. Tenía un par de años trabajando en ese lugar y no se había percatado que justamente se ubicaba a la falda de la montaña.
—Mira Samantha, tu sueño de niña hecho realidad ahora que eres adulta —se dijo en voz alta.
El sonido de su celular le hizo volver la vista a su bolso, era un mensaje de Ignacio.
—Samantha ya estamos en la entrada, te esperamos.
Guardó el celular. Se llevó las manos al rostro intentando limpiar las gotas de la lluvia. Se acomodó el gorro del impermeable y con el corazón contento caminó rumbo a la entrada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 245. Aute: Sable erguido. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

                       Polvo de camino/ 245

Apuntes de oído/ 19

Aute: Sable erguido
Héctor Cortés Mandujano

No es fácil que se oigan y tengan éxito las canciones de sexo explícito (no me refiero, por supuesto, a las abominables que son más un insulto que un asunto creativo). Las de Luis Eduardo Aute (1943-2020) me parece que han sido populares, en la medida en que fue popular él, en ciertas élites y luego en el público que no discrimina lo que oye: basta con que esté de moda. Y Aute tuvo sus quince minutos de fama entre la, llamémosle, masa genérica.
Se le oyó y celebró, creo, porque sus alusiones al sexo, que eran directas, formaban parte de un envoltorio más bien poético. Pero, sí, llamó sobaco al sobaco, desde algunos títulos: “Cuerpo a cuerpo”, “Pumpum, pumpum”, “No te desnudes todavía”...
En “No te desnudes todavía” (del álbum Alma, 1980) habla de los prolegómenos: “Cuando el deseo estalle/ como rompe una flor/ te quitaré el vestido/ te cubriré de amor/ y en la espera te pediría/ no te desnudes todavía”.
Hizo Aute un disco donde mezcla asuntos bíblicos con el erotismo: Templo (1987) En “Cada vez que me amas”, una canción menos conocida, la sexualidad no es tan abierta, es metafórica: “Tu voz resucita mis músculos dormidos,/ mis latidos sepultados./ Tus manos, cuando me tocan, curan/ mis heridas más invisibles./ Tu hambre fecunda peces/ que se multiplican como deseos de humedad/ en el múltiple pan de mi cuerpo. Cada vez que me amas/ es un milagro”.
En “Dentro” (del álbum Cuerpo a cuerpo, 1994), por ejemplo, dice sin ambages: “A veces recuerdo tu imagen desnuda en la noche vacía […] Así me reanuda la sangre tensando la carne dormida […] Dentro me quemo sin ti/ me vierto sin ti y nace un muerto”. El recuerdo, pues, le hace tener una erección y se masturba, eyacula.
“Cuerpo a cuerpo” la canción que da título al álbum tampoco se anda por las ramas: “Y así es como el amor me enseñó/ a ser un contrincante/ dispuesto al ataque/ el filo de un sable/ erguido en el aire…”.
“Mojándolo todo” (del álbum Alevosía, 1995) también va al grano desde el principio: “Tendida/ con los muslos como alas abiertas/ dispuestas al vuelo/ me incitas, me invitas a viajar/ por lácteas vías/ y negros agujeros”. Es casi una postal porno. Ella incluso se toca su “flor más desnuda, mojándolo todo”.
Sigue sin pudor: “Húmedas llamas/ los labios que con tus dedos/ delicadamente delatas, dilatas para mí/ mostrándome obscena, la cueva del milagro/ por donde emana líquido rayo de la vida incandescente/ fuente/ lechosa lava, salpicaduras de agua profunda/ que inunda, mojándolo todo”. ¿Así o más claro?
  
Ilustración: Leonora Ventura
Ilustración: Leonora Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 3. Masoquismo puro. Esteban Martínez Sifuentes.

                     
Masoquismo puro
Esteban Martínez Sifuentes


Tu esposa toca comedidamente para preguntar: “¿Ya vas a venir, cariño?”, y tú: “Sí, sí, bombón, otro ratito y estoy contigo”. Tachas, rompes, reniegas y el Meollo, seductor y resbaloso, no se concreta. En la cima del desaliento frente a la hoja en blanco, asoma la Idea Brillante, paradójicamente pálida e inasible como todas las ideas brillantes en ciernes. Te entusiasmas, cómo no. Camina hacia ti con la gracia prometedora de siempre, finge que va a acariciarte, te muestra con descaro su dedo medio y se esfuma entre risas de escarnio por un resquicio de la ventana. Te quedas viendo hacia allá hasta que todo pierde sentido.
La insatisfacción, transitar la cuerda floja con un ropero en la cabeza, es el sino del escritor, qué duda cabe. Tienes que asumirlo si estás ahí por tenacidad, una palabra de prestigio pero con agridulce carga de masoquismo y dudosa rebeldía contra el mundo.
A punto de levantarte, vuelve la Idea con nuevos ropajes y hasta diferente peinado. Pero ¿es la misma u otra? Qué importa con tal que sea brillante. Le coqueteas, se van acercando, tratas de asirla de los cabellos. Es dura cuando quiere. Forcejeas con ella para que se siente, le aplicas una llave y cae desmayada al piso como un costal de nada.
Sigues haciendo que piensas en el Meollo y sus implicaciones. Entra sin tocar la puerta el Personaje Principal, tímido, apenas corpóreo; sin abrir la boca, ves cómo se agazapa en un rincón como si no valiera nada. De la misma manera ingresa otro Personaje, un poco más acuerpado y decidido; esquiva a la Idea en el piso, llega hasta tu revuelto escritorio y pega engallado un manotazo exigiendo alcohol. La Idea vuelve en sí, se levanta para apoyar los reclamos de bebida del otro. Contagiado de rebeldía, petulante, se les une el Personaje del rincón y vislumbras que no es Principal sino Secundario o incluso Sacrificable. Tampoco importa, tú vas a rescatar algo, estás decidido. Aparece el Meollo, increpando. Amenazan con amotinarse, patalean. Tratas de argüir, alguien amaga con sacar una pistola. Terminas cediendo a regañadientes, con cierto placer secreto, y les sirves ron barato, lo único que tienes. Brindan. Demandan hielo, cacahuates.
Mientras los otros bailan y gritan, tu trabajo empieza a fluir, a fluir... “Es lo mejor que he escrito hasta ahora”, te dices, cansado pero satisfecho, con severa euforia de crítico académico. Al día siguiente te das cuenta que no es así, que el Meollo necesita otros ángulos, quizá diferentes personajes, ideas menos trilladas (“¡ya chole con citas y paráfrasis borgeanas o de Raymond Chandler!, ¡atrévete por otras sendas!), y vuelves a empezar otra vez. Tachas, rompes, te deprimes un rato frente a la hoja en blanco, aparece la Idea, ya no tan brillante pero más sosegada y amigable, te entusiasmas, y sigues y sigues, masoquismo puro, como si nada más importara en el mundo.
Años o, si bien te va, meses después, aparece el Lector con tu libro en la mano, lo lanza de pésimo modo en el escritorio, te da la espalda y se larga por donde llegó sin emitir una palabra. Sonríes desvalidamente y, tras un lapso de cavilaciones variopintas, sientes la necesidad acuciante de ponerte a escribir. Tu esposa te reclama del otro lado de la puerta que abras ya o si no…, y tú gritas que hasta la una o dos de la mañana no estás para nadie. Y nadie, hay que hacerle caso al Escritor cuando se percibe embalado, es Nadie.
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En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Voces ensortijadas 244. Se envuelven regalos. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Se envuelven regalos

Yunuen salió por el mandado que le pidió su mamá, el clima ese sábado estaba muy caluroso. Al entrar al mercado sintió un poco menos de calor; en algunos puestos tenían encendidos ventiladores. Pasó al puesto de las especias, revisó la lista de ingredientes que le anotó doña Pilar. Fue pidiendo la mercancía y por suerte, halló todo lo que necesitaba.
—Mi mamá se pondrá bien contenta, pocas veces encuentro todo lo de la lista —dijo para sí, mientras disfrutaba el olor que despedía la bolsa con rollitos de canela. El olor de la canela era de sus favoritos y qué decir del sabor.
Guardó los productos en las bolsas de tela que había llevado. Llegó al puesto donde vendían pescados y camarones, compró algunos filetes de pescado y aprovechó que también tenían bolsitas con verduras picadas y ramos de epazote.
Mientras seguía el recorrido en el mercado, se detuvo un momento, repasó la lista de cosas pendientes por comprar. Continuó caminando y se topó con un puesto de coronas de flores, de las que suelen usarse para coronar y felicitar a quienes cumplen años.
—¡Uy pero qué despistada soy! Mañana es el cumpleaños de la tía Lucita y se me olvidó por completo. ¿Y ahora qué le voy a regalar? —se dijo en voz alta mientras se llevaba la mano a la frente. Sintió algunas miradas de personas que la observaban. Yunuen siguió su camino, ahora con ese nuevo pendiente.
Su mente seguía pensando en el regalo para la tía Lucita, era una de sus tías consentidas, no solo de ella, sino de toda la familia. Como si tuviera una especie de rayo de luz, Yunuen recordó que tenía una manta para bordar, eso sería el regalo para la tía. Aprovechando que estaba cerca de ahí un puesto de hilos, se acercó y compró un par de ellos para combinar con los que ya tenía en casa.
Antes de retomar el camino a casa verificó la lista del mandado, llevaba todo y hasta algunas cosas de más, como los hilos. Hizo nuevamente una pausa, descansó un ratito del peso de las bolsas y se quedó observando a las personas que pasaban a su lado y al frente de ella. Nuevamente sintió lo cálido del clima. Se le antojó un agua de jamaica, pero no vio ningún puesto de aguas frescas. Gente iba y venía, adultas, jóvenes, niñas, niños. Cada quien en su mundo.
—¡Cristos, Cristos! —se escuchó del lado derecho, era un comerciante ambulante que iba con su diablito lleno de imágenes religiosas, de bulto.
El señor se veía cansado, sediento como Yunuen, solo que a diferencia de ella, la carga que él llevaba era más pesada y no podía darse el lujo de detenerse a observar como ella. El vendedor siguió su paso. La mirada de Yunuen se detuvo en un letrero, Se envuelven regalos, colgando frente a una caja envuelta con papel de fiesta.
—¡Oh! También necesito una envoltura para el regalo de la tía —se dijo para sí.
Hizo memoria si tenía algún ahorro para comprar una envoltura. Antes de iniciar con una nueva preocupación decidió que haría algo creativo con los materiales de reuso que encontrara en su casa. Respiró profundo. Era hora de volver a casa, se dirigió a la parada del colectivo. Subió, se acomodó en el asiento junto con sus bolsas. El transporte pasó justo frente a la tienda donde estaba el letrero de las envolturas. Yunuen sonrió. Recordó que de niña le gustaba crear envolturas distintas para los regalos. Su mente ya estaba ideando la envoltura ideal para el obsequio de la tía Lucita.
Photo by Huy Nguyu1ec5n on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 244. El arte de lo cotidiano. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM, color: Juan Ángel.

                 	 
Polvo del camino/ 244

El arte de lo cotidiano
Héctor Cortés Mandujano


…Empecinados, buscan lo sublime en lo cotidiano

Joan Manuel Serrat,
en su canción “Mil años”

Es impresionante la cantidad de premios que se llevó la película Aftersun (2022), escrita y dirigida por Charlotte Wells, con Paul Mescal, Frankie Corio y Celia Rowlson-Hall. Llama también la atención porque es la ópera prima de esta joven cineasta (Edimburgo, Reino Unido, 1987) y la historia no tiene suspenso ni efectos especiales ni golpes ni asesinatos. ¿De qué trata? De las memorias fragmentarias que una mujer (su pareja es otra mujer, pero eso en la cinta es solamente anecdótico) tiene de un viaje que hizo con su padre cuando era niña. ¿Qué pasó en el viaje? Nada en especial. Fueron solos, ella jugó maquinitas con un niño, que también estaba de vacaciones, y se dieron un beso. Tuvo la niña un enojo pasajero con su padre y éste, una noche, se emborrachó hasta caer (la niña no estaba en ese momento con él). Y ya. ¿Y ya? La riqueza que supongo vieron los especialistas que la han premiado tanto está no en lo explícito de la trama, sino en lo oculto. La película, en ese sentido, no muestra: sugiere. No explica, propone un discurso, aparentemente simple, que el espectador tiene que desentrañar…

En Tótem (2024), que ganó varios premios Ariel este año, de la guionista y directora Lila Avilés (Ciudad de México, 1982), con Naíma Sentíes, Montserrat Marañón y Marisol Gasé, ocurre más o menos lo mismo, es decir, nada muy relevante, pero aquí la familia es tan rococó como cualquier familia mexicana: El padre-abuelo usa un aparato para hablar y suena robótico; uno de sus hijos tiene una enfermedad terminal y celebran su cumpleaños (llegan varios amigos y su exmujer); dos hermanas del chavo no se llevan tan bien como quisieran, y las niñas –la hija del cumpleañero y de una de las hermanas– son atendidas-desatendidas por tod@s. Pero saber quién es quién en la película no parece, en ningún sentido, una tarea de la cineasta, sino del espectador.
Como en la anterior, esta cinta no tiene epifanías ni clímax. Es evidente que late en esta familia un corazón lleno de espinas sin que la finalidad de la película sea mostrar cómo se reconcilian, cierran sus heridas o buscan la manera de llevarse mejor. El fin puede ocurrir en cualquier momento, porque lo que vemos es un fragmento, un retazo de vida que no empieza ni termina, como suele ser la vida en realidad…

Con Antón Chéjov (1860-1904) nació un género teatral que no buscaba reírse de la gente (la comedia) ni mostrar sus desgracias (la tragedia); sólo era un asomo a una parte de su existencia, no necesariamente la más llena de hechos o peripecias. Se le llamó, se le llama “Pieza”. Y me parece que estas dos jóvenes autoras y directoras han hecho florecer, de nuevo, el jardín de los cerezos de Chéjov, nuestro –como lo llamaba Pitol– contemporáneo.
Ilustración: HCM, color: Juan Ángel.
Ilustración: HCM, color: Juan Ángel.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 2. ¿Por qué rayos el sol? Esteban Martínez Sifuentes.

                       
¿Por qué rayos el sol?
Esteban Martínez Sifuentes

…el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser
hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos...

(“Piedra de sol”, Octavio Paz.)

Según el cristal con que se mire, es un joven en plenitud o un venerable anciano de 4 mil 500 millones de años con pila para otros tantos. El sol no es nada pequeño, pero sí enigmático, agresivo y ciudadano común en Zacatecas, Andorra o Mauritania, el olvidado asombro de estar vivos. ¿Por qué rayos sigue ahí, y tan campante? La canica de la Tierra cabe más de un millón de veces en esa desaforada pelotota de hidrógeno y helio en permanente ebullición, reactor de fusión nuclear que no contamina ni cobra factura a fin de mes.
De niños descubrimos que sí puede taparse con un dedo, y así empezamos a medir fuerzas con el entorno, el asombro racionalizado. Lo podemos tapar para un ojo solamente y a condición de que el dedo esté a la distancia adecuada, si lo movemos tantito se nos cae el supuesto. Mientras, la irradiación continúa azotando el resto de la cara y el cuerpo, el horizonte.
El sol es calor y luz, energía, agua secuestrada al mar que fertiliza la simiente. Es el clima, la vida de nuestro planeta. Con su cúmulo de connotaciones míticas y románticas, el lucero vespertino, Marte y no se diga la conspicua Luna parrandean con fulgor prestado. El sol rige el movimiento del sistema planetario. Al sol nada le hace sombra, salvo la noche, un eclipse y las nubes, los techos, una sombrilla, todo lo cual sucede más cerca de nosotros que de él. Es gigantesco, pero como está muy, muy remoto…, la bagatela de 150 millones de kilómetros en promedio, de acuerdo al perihelio o al afelio de nuestro esférico hogar; esto es, sin escalas ni para detenerse a comprar unas papas fritas u orinar, a 131 años en auto a una velocidad de 130 km por hora. Lo precedente es parte de lo que van aprendiendo los chicos reflexivos y curiosos, los demás solo juegan bajo el sol. Y entre más reluzca más alborozados se sienten, sobre todo si están en la playa o a la vera de una alberca.
En realidad todos nos interrogamos en algún momento y desde temprano qué es esa bola incandescente que, como fiel dependiente de los humanos, se oculta al atardecer para volver sin falta en horas a restaurar el día, obedeciendo, creemos, a nuestras costumbres. Todo apunta a que a esa bola tirana y engreída no le importamos en lo más mínimo. Está ahí por la gravitación, la curvatura del espacio-tiempo y otras reglas universales de la física, y más allá o acá de eso, por afortunado azar o alguna voluntad desconocida, llamémosle Dios si lo desean. Ninguna objeción.
Como sea, perplejos, inconformes recalcitrantes, nos seguimos preguntando por qué existe el universo, las galaxias, el Güero y, pregunta de preguntas, por qué el tercer planeta con su característica membrana azul-blancuzca y su inmensa heterogeneidad de seres que corren, nadan, vuelan, saltan, se arrastran.
Pero la inquietud más acuciante e insondable de todas es ¿por qué yo, nosotros, pensantes y apasionados? La ciencia ofrece algunas respuestas; la religión otras. Ambas caminan por vías paralelas y escrutándose de reojo como dos amigos que han reñido. Quizá, solo una hipótesis, algún día se unifiquen. De lo primero que aprendemos de los mayores es a no retarlo con la mirada porque nos dejará ciegos, aunque, como nos inculcan también desde parvulitos y no tarda en demostrárnoslo la praxis, no hay peor ciego que quien no quiere ver.
El sol es una de las 54 figuras de la lotería mexicana, integradas en una época y lugar determinados con cosas comunes del paisaje celeste, terrestre, callejero, casero, corporal e imaginativo: la luna, la estrella, el mundo, el pájaro, el músico, el cazo, la mano, el corazón, la sirena, el diablito… Buena idea, es un merecido y lúdico homenaje al sol. Allá afuera, más pero más lejos y apenas visibles con tecnología de punta, hay cantidad de soles que dan pavor por su diámetro y sus furores de megalodonte herido; nos tocó uno benigno, de dimensiones medianas y amigables, y ¿cómo, por qué razón o de parte de quién? ¿Estamos solos en el vecindario?
La gran luminaria ha sido una deidad principalísima en la mayoría de las culturas. Algunas de ellas: Mitra, en la persa, Ra en la egipcia, Helios en la griega, Inti en la incaica, Tonatiuh y Huitzilopochtli en la nahua o azteca, Itzamná en la maya, Apolo o Febo en la romana. En la diversificada cultura actual se le conoce como Playa, cuyo intrincado ritual se realiza entre las familias de la clase media por lo menos una vez al año; si no se realiza, hay maldición en el círculo familiar, reclamos y un fuerte efecto de frustración.
No le importamos, dije. Hay indicios de que sí, y bastante. Su energía hizo surgir las plantas, laboratorios químicos de alta eficiencia. Las plantas, que por medio de la fotosíntesis empezaron a producir oxígeno, contribuyeron a crear la atmósfera, manto o capelo mágico bajo el cual se desarrolla la obra teatral pasada a veces por lluvia, granizo, nieve, huracanes (no importa, hay que seguir disfrutándola, quizás el final sea bueno), y a la vez el ubicuo susodicho nos protege de sus potentes rayos ultravioleta. ¡Qué no hace ese señor fisgón, metijoso o metiche!
No solo ayuda a sintetizar la vitamina D, el calcio imprescindible para los huesos, sino el resto de los nutrientes. Fue materia orgánica, energía, que se convirtió en petróleo y carbón. Energía. Es constante y está en el lugar justo, su tamaño y su potencia son los que precisamos para disfrutar de climas relativamente templados. Si se alejara un poco, nos congelaríamos; si se acercara, nos evaporaríamos.
Su masa abrumadora atrae cometas y asteroides vagabundos que de otro modo buscarían la Tierra u otro planeta necesario para guardar el delicado equilibrio de nuestra existencia. Y más aún, su radiación electromagnética forma en los límites del régimen planetario un escudo que protege la vida de los abundantes rayos gamma provenientes de explosiones de lejanas galaxias. ¡Somos tan ovejita sin guía ni techo al respecto!
En él nos basamos para contar los días; es el calendario, la Piedra de Sol. Es más que la cobija de los pobres o el rey, es la sobrevivencia del planeta, nada nuevo bajo el sol. Esta aseveración bíblica aparece en un desencantado pasaje sobre lo cíclico de la vida, al inicio del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades… ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?” Que cada quien responda con honestidad.
Tan bonito en pelis y documentales, el universo es oscuro y helado, violento e impredecible; no así la estrella reina. Tiene su ciclo de once años con altibajos y sus ramalazos de ira, las tormentas solares, pero no deja de mimarnos. Numerosas construcciones pétreas y prehistóricas alrededor del orbe alabaron su grandeza, megalitos, túmulos, pirámides. Costó leña y sangre reconocerlo, es el centro indiscutible, el corazón, la Fuerza.
Por si taquicardia u otras arritmias químicas y electromagnéticas, escrutan su comportamiento observatorios terrestres, satélites artificiales en órbita y arriesgadas sondas que van a su encuentro. Es un pan de Dios, pero más vale vigilarlo como a un señor responsable y altivo que de vez en cuando se echa sus copetines. Y sería deseable asimismo ocuparnos más en restañar las cicatrices antropogénicas de la deforestación, la emisión de gases venenosos, el enmugrecimiento de mares y ríos, los conflictos bélicos y otros azotes que golpean a muchos y enriquecen a grados astronómicos a unos cuantos.
De acuerdo, el asumido asombro puede causar insolación y desmayos, manchas, cáncer en la piel, interferencias en las telecomunicaciones, glaciaciones. Para prevenir los primeros basta hidratarse con suficiencia, usar manga larga y sombrero, quitasol o traje de astronauta, o meterse a un local a consumir un helado, un café, una cerveza, cuando parece caer a plomo sobre nuestras cabezas. Ícaro lo desafió volando entusiasmado con sus alas de cera y cayó al mar, desoyendo los consejos de su padre Dédalo para que no se acercara demasiado. Volar alto en libertad, ¿qué joven hubiera podido resistirse?
Las estrellas hollywoodenses en el cenit de sus carreras son pálidos remedos, mera mercadotecnia y a veces una pizca de talento, que crece en cualquier geografía. Debería darles vergüenza la usurpación del apelativo. El Asombro a secas y con mayúscula no repara en fronteras geopolíticas, ilumina miseria y opulencia, visita los patios de las cárceles y los clubs de golf más exclusivos. Social y científicamente, tenemos mucho que aprender de él.

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En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Voces ensortijadas 243. Entre el azul y el silencio. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Entre el azul y el silencio

Rebeca dio el último sorbo a su vaso de agua fresca que le había preparado Dinorah, su hermana menor, conocía bien sus gustos, limonada con un toque de jengibre. Como muy pocas veces, Rebeca se había dado el espacio para estar sin hacer nada, algo raro en ella, todo el tiempo andaba de un lado a otro. Recordó que su tía Domi le solía decir cuando visitaba a la familia,
—Rebe, pará un rato hijita, no que sos una pirinola, gire y gire. ¿Es que no te cansás?
Cuando escuchaba eso de la tía Domi, Rebeca sólo sonreía y le preguntaba qué postre quería, la tía Domi hacía una pausa en los comentarios y hasta se animaba a cocinar con ella. Las galletas con grageitas eran sus favoritas.
Esa tarde del miércoles, luego de comer, Rebeca decidió no ir a trabajar al negocio familiar. Tenían una papelería muy sui géneris, en ella se podía comprar desde un lapicero, hasta estambre, agujas, aros para bordar y unas macetas pequeñas, con estilos no repetidos. Dinorah se había adelantado a abrir el negocio, más tarde llegarían don Santiago y doña Mirta, padre y madre de las hermanas.
—¡Hola, Dinorah! Esta tarde me quedo en casa, les veo en la noche. Besos —escribió Rebeca en un mensaje por Whatsapp.
—¿Te sientes bien, Rebe? Tú nunca faltas a la tienda —contestó de inmediato Dinorah.
—Todo bien, nenita, hoy me tomé la tarde 🙂 —señaló Rebeca.
—¡Súper! Me alegra, yo les aviso por acá que no vienes. Disfruta —se despidió Dinorah.
Sin tener bien claro qué haría en la tarde, Rebeca se decidió por la lectura, tomó el libro que tenía intacto desde muchas semanas atrás, El eterno femenino, de la autora Rosario Castellanos. De una sentada logró avanzar lo que no había hecho en semanas, hasta terminar la obra. En voz alta leyó:
—"Voy a ponerme a cantar/el muy famoso corrido/de un asunto que se llama/el eterno femenino,/ y del que escriben los sabios/ en libros y pergaminos… Porque me voy despidiendo/ y no quisiera olvidar/ a ninguna, aunque bien sé/ que en un corrido vulgar/ ni están todas las que son/ ni son todas las que están."
La obra de teatro de la autora había sido de su total agrado, se quedó reflexionando en los tres actos planteados, en la manera de abordar las realidades de las mujeres, de una manera crítica, con un humor que invita a no quitar el dedo del renglón, la condición de las mujeres en las sociedades. Dejó el libro sobre un estante y salió al patio. Aún tenía tiempo para contemplar el cielo.
La tarde era soleada. Rebeca recordó la importancia del silencio, ese que normalmente no solía disfrutar por el constante ajetreo. Levantó la vista al cielo y descubrió un intenso azul que regocijaba al contemplarlo, luego se sentó un rato cerca de un árbol de jazmín que había sembrado don Santiago. Cerró los ojos unos instantes, percibió el aroma de los jazmines; en el silencio se asombró, cuánto tiempo tenía de no poner atención a los latidos de su corazón. Ahí se quedó un ratito más. Esa tarde de "ombligo de semana", Rebeca había tomado la mejor decisión, entre el azul y el silencio, se había vuelto a escuchar.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 243. Honrar, honra. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

                 	 
Polvo del camino/243

Honrar, honra
Héctor Cortés Mandujano


Mi querido amigo Sarelly Martínez Mendoza me obsequió su reciente libro Un lector agradecido. Narrativa chiapaneca contemporánea (Unach, 2024), que compila parte de los textos escritos a partir de sus lecturas de libros no sólo de Chiapas (obras de Octavio Paz y Vargas Llosa, por poner dos ejemplos conspicuos, también son parte de este volumen) y no sólo de narrativa, sino igualmente de poesía y de, hagamos un plural, ciencias de la comunicación, que son tan cercanas a la profesión de Sarelly, doctor en periodismo.
Dice en las “Palabras preliminares”, para aclarar el sentido de su antología (p. 2): “Lo que escribo está en la esfera de las aficiones del lector común que quiere compartir sus gustos con otros lectores”. Es muy notoria la buena fe que anima a Sarelly cuando escribe y comparte sus hallazgos. Lo hace alegremente, sin prejuicios.
A partir de la pifia que cometió una diputada (dijo que Juventud en éxtasis la había escrito García Márquez), el autor comenta que en esos ambientes políticos es muy difícil que florezca la lectura y cierra su escrito con una pregunta que evidencia la realidad terrible en nuestras tierras (p. 15): “ ‘¿Leer para qué?’, puede preguntarse un joven preparatoriano, y responderse rápidamente: ‘si yo lo que quiero es ser diputado’ ”.
Comenta a Jan de Vos y su escrito sobre Fray Lorenzo de la Nada. Dice (pp. 19-20): “Su apellido, De la Nada, lo conquistó cuando prohibió a los españoles de Tabasco arrebatar indígenas para su servicio. […] La respuesta de uno de los aludidos fue contundente: ‘¿Quién es Pedro Lorenzo para prohibir semejante cosa? Fray Pedro no es nada, su oficio es decir misa y predicar y casar y allí se acaba’. A partir de entonces, fray Pedro Lorenzo llevó con gusto el apellido De la Nada. Transformó ‘el insulto en título de honor’, y así fue conocido entre sus feligreses”.
Cuando comenta los decires de Jorge Moreno, “El Piña”, de la Rial Academia de la Lengua Frailescana, cita varias de sus descripciones (p. 28): “Además de culito sin juicio era amachada” y alguna que otra declaración de restauranteros francos (p. 29): “¡si quiere’sté come’ sabroso, vaya’sté a come’ en su casa”.
Tiburcio Fernández Ruiz era hermano de Eva, mi abuela materna. Sarelly habla de él, a partir del libro escrito por Valente Molina. A mí me operaron de la vesícula el año pasado, cuando tenía 62 años. A esa edad murió mi papá y uno de mis hermanos; por ello me llamó la atención este dato sobre mi tío Bucho (p. 63): “En 1950, después de una operación de vesícula muere a la edad de sesenta y dos años”. Parece que a la muerte le gusta dar vueltas sobre mi familia en esa edad.
Otra de las peculiaridades del libro de Sarelly es que habla de varios libros míos, y se refiere a mí en algunos otros escritos. Y eso me hace, lo mismo que su título, un lector agradecido; sin embargo, y él lo sabe, mi agradecimiento mayor es saber que, al margen de sus múltiples saberes, lecturas y reconocimientos, Sarelly sigue siendo, para fortuna mía, desde años, mi muy querido amigo…
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El tintero de Nadia. 11. ¿México lindo y querido?. Nadia Arce

                   
¿México lindo y querido?
Por Nadia Arce

Ya no. Hoy por hoy, le temo a mi país. Los casos impunes de personas desaparecidas me han quitado el antojo de festejar, las ganas de sentirme patriota se han ido lejos, lejos de aquí gracias al caos que impera cada día.

Ya no me siento ciudadana del mismo país por el que abogué en aquel concurso de oratoria cuando era apenas una chica de preparatoria; me ilusionaba “servir” a mi país y ahora tengo que cuidar de que en mi país no se sirvan de mi vida o de mis seres queridos.

Hoy los narcotraficantes viven a sus anchas en nuestros pueblos “mágicos” el encanto que abunda es sangriento, el pánico circula por los municipios y las matanzas son algo de lo más normal fuera y dentro de mi ciudad.

¿Podemos vivir así? Lo hacemos a diario, lo soportamos a menudo cuando ignoramos o normalizamos el terror. ¿Tenemos opciones? De verdad, no lo sé. A veces lo único que quiero es irme de aquí, no “que me traigan aquí”, ahora es mejor irse para no morir a ráfagas de plomo por desconocidos.

Y pensar que de niña jugaba en la calle, iba sola al parque y a la tienda sin miedo a que me robaran, íbamos de campamento, de excursión sin pensar en toparnos con gente de algún “cartel”…

Me quedo con la gente bonita, con la comida sabrosa, con los paisajes que aún no han sido profanados.

Anheló la paz, la serenidad en las calles y avenidas, las buenas noticias en los medios de comunicación que parecen obreros de malas nuevas todos los días, o al menos la mayor parte de ellos.

Me quedo con mi parte y con las ganas de un cambio, pero en mi caso: de residencia.

México libro y querido… te fuiste lejos de aquí.

Nadia Arce
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*Sobre la autora:

Nadia Arce

Poeta, narradora, fotógrafa independiente, difusora cultural y editora.

Es fundadora y directora de El Tintero Taller Editorial, el cual ya cuenta con más de veinte
libros publicados desde poesía, cuento corto, autobiografía, novela y poesía.
Egresada el ITESO como Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Es coordinadora de talleres literarios, impartidos tanto en su país, México, como en el extranjero; es fotógrafa independiente y creadora del proyecto cultural Mil Mujeres.
Ha sido jurado de numerosos concursos literarios, como el reconocido concurso internacional de cuento: Juan Rulfo.
Fue Coordinadora del Taller Literario Elías Nandino en Cocula, Jalisco.

Reconocimientos:
Premio International Latino Book Awwards 2024 (ILBA24) otorgado a la antología poética Vivas las queremos: Voces del mundo contra el feminicidio, en coautoría.

●Autora seleccionada en el Calendario Literario Tiempo de Mujeres 2022 y en la publicación anual del Encuentro internacional de Poesía “Víctor Campio” de Ourense, España (2022). Además de otras publicaciones colectivas nacionales e internacionales.
● Antologada en el Diccionario de Escritores en Jalisco (2020) y Diccionario de
Escritoras en Guadalajara (2019), referenciada en la Enciclopedia de la Literatura en
México desde 2002.
● Ganadora del prestigioso concurso Cuento Corto Punto de Lectura en el marco de la
FIL de Guadalajara 2002, convocado por la editorial Punto de Lectura y el Diario
Milenio.

Obra publicada:
Cómo echar a volar mi pluma. Manual de escritura de El Tintero Taller Editorial (El tintero
Taller Ed.), 2023); Barco de palabras para soportar naufragios (2022, El Tintero Taller Ed.);
Bitácora Encendida (2019, Ed. Prometeo); Rayado Personal (2017, Ed. Serpiente de Papel);
Fuego Azul (2016, Ed. El Viaje). Brilla Palabra (2007. Ed. Cabos Sueltos); Dondequiera
poesía
(2005, RAIA Editorial).