Revista

Polvo del camino. 250. Friolera de notitas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura

Polvo del camino/ 250

Friolera de notitas
Héctor Cortés Mandujano

Veo que en uno de los estantes de mi casa hay un apilamiento de hojas pequeñas y grandes, dobladas. Las reviso: son muchas notas que escribí, en pedazos y pedacitos de papel, vaya a saberse para qué. No son secuenciales ni tienen fecha. Las numero sólo para separarlas. Algunas, creo, tienen lógica por sí mismas (con las otras hago lo que haré con éstas, luego de copiarlas: las rompo y las tiro a la basura). Antes, las comparto contigo lector, lectora.

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Somos miles en la Capilla Sixtina. Se oye un rumor como de mar, como de cantina, como de moscas. Lo que más se oye, porque lo dicen y lo gritan por micrófono los policías, es: “¡No fotos!” y “¡Silencio!” en varios idiomas.
Ciudad Vaticano es una empresa que cobra por todos sus servicios y en la decena de kilómetros donde hay tantos museos, hay muchísimas tiendas. La iglesia, sin dudar, es el mayor negocio. En su alrededor pululan restaurantes, tiendas, gente que vende. Si Jesús intentara sacar de nuevo a los comerciantes de la iglesia necesitaría un ejército.
[La segunda noche que pasamos en Roma sueño, de principio a fin, una obra de teatro que escribiré apenas tenga tiempo. Se llamará como el hotel: Baltic.]

2

Fue un instante y hubo acción necesariamente rápida. Luego el tiempo dejó de tener importancia. Se detuvo o siguió, poco importa. Pero el instante, ese instante fue el definitivo, del que hay que hablar, del que hablaré.

3

Frente a mí, en una calle de Nueva York, un hombre vende carteles (El Guason, Bob Marley, “El beso”…). Empieza a llover y recoge a toda velocidad. Sale, vuelve y anuncia los nuevos objetos en venta: paraguas e impermeables.

4

Una mesera en Roma (en el restaurante donde comemos) tiene miedo a las palomas. Es terrible, porque hay muchas. Es como si un pescador tuviera miedo a los peces.

5

Mientras los demás descansan, caminan, dan vueltas… Mientras yo duermo, juego, escribo palabras que caen al vacío… Mientras ella se levanta, dicta órdenes, mira cómo los ángeles vuelan en el aire… trascurre el tiempo y también se detiene en los goznes de los días, se atora en el momento en que ella se viste y yo la veo: observo cómo sus pechos ya no son tan firmes, cómo ya hay gramos de más en el que fue su vientre plano.
El tiempo se detiene en mi mirada y luego avanza sin detenerse, olvidándose de mí, de la mujer que ya está vestida, me manda un beso y se va. A mí, echado en la cama, se me ocurre pensar en intrascendencias, que escribo: éstas.


        
Ilustración: Leonora Ventura
Ilustración: Leonora Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

De faros y foros. 2. Sobre Tesoros en el naufragio. Mónica Corzo

Fotografía: Mónica Corzo.

Sobre Tesoros en el naufragio
Mónica Corzo

Octubre 17, 2024

Antes de iniciar mi presentación, he de decir que hice una pequeña investigación de campo. Supe que hubo otros lectores y quise conocer su punto de vista. Ambos son grandes e implacables lectores. Los cito:

Tesoros en el naufragio es una novela escrita por dos escritores, dos escritores que platican mucho entre sí, como esos jóvenes en clases que no les interesa lo que dicen desde la palestra y se pierden siguiendo el vuelo de una mosca o bien se preguntan “¿Quién está ausente en Ítaca?”.
Pero a veces ambos hacen planes: uno escribe su primera obra de teatro y el otro escribe muchas, es una máquina, se inventa historias por todos lados. Pues bien, por cosas del destino o las canciones elegidas o porque no hay mejor lugar para hacer un plan que no es un plan, estos dos escritores coincidieron en un aeropuerto y quedaron de hacerla, de escribirla. Supongo que se dieron un abrazo al despedirse. Roger viajó a Guadalajara y Héctor a Berriozábal. Hubo zoom, internet Infinitum, fallas en el suministro de energía, un divorcio, una obra de teatro donde cantan unos gorditos y por fin: la novela. Que leí e hice una sugerencia (me gustaba el otro final) y no me hicieron caso y lo cambiaron. Necios. Pero el resultado es genial, porque, como una vez leí, la memoria la hacemos todos: escritores y lectores, los tesoros en el naufragio.

Luis Daniel Pulido. Poeta


El pasado es un naufragio del que no puedes escapar. Un thriller emocionante que te llevará a través del tiempo y la memoria.

Tania Corzo. Escritora

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Presentar Tesoros en el naufragio es un acontecimiento afortunado para mí, por dos razones: la primera, es porque me dio la oportunidad de leer esta novela que explora una de las formas de amistad más lindas y duraderas (algunos psicólogos aseguran que es la única y verdadera amistad): la de la infancia; y la segunda, porque los autores son estos dos hombres a los que quiero entrañablemente y admiro aún más: Héctor Cortés Mandujano, amigo y eterno maestro, con quien desde hace 20 años hemos estado juntos en un sinfín de talleres, proyectos, paseos, fiestas, charlas filosóficas, confidencias y confesiones. Una vez hasta planeamos un crimen, que nunca llevamos a cabo, pero que habría sido todo un éxito. Y Roger Octavio Gómez Espinosa, a quien me une, además de la amistad de años, enmarcada siempre en el quehacer literario, un cercano parentesco (del que estoy muy orgullosa, por cierto); y a quien admiré como escritor desde que leí su primera novela.

El que estos dos grandes y admirados míos hayan escrito Tesoros en el naufragio, para mí, ya era garantía de que iba a disfrutar enormemente esta novela, y no me equivoqué. Leí dos versiones diferentes, la primera versión se titulaba Sin concurrencia de varones, y la segunda versión ya terminada y calientita, recién salida de los hornos de Editorial Tifón, es la que hoy estamos presentando.
Las dos lecturas me atraparon. Me sumergí en la trama narrada, al principio, por la voz de su protagonista, Víctor, quien, al quedar varado en el pueblo de su infancia, se ve invadido de recuerdos, cargados de sensaciones y dudas. Una historia que, vista desde sus ojos infantiles de aquel tiempo, pareciera llena de suspenso, intriga, secretos y aventura… ¿O no sólo lo parece?, ¿sucedió?, ¿qué hay detrás de esos recuerdos escabrosos? Empieza el misterio.
Una habitación siempre cerrada, una abuela enigmática, un hermano perdido… No exagero al decir que hay un par de momentos en que la lectura obliga al lector a enderezar la espalda y poner un puntito más de atención a la trama. La historia va alternando entre el presente y el pasado, y en esa danza en el tiempo, se van mostrando los personajes de adultos y de niños. Así podemos conocer a Vero, Carlitos y Santi.
La amistad desarrollada durante la infancia, es un vínculo cómplice y libre, por eso es tan duradera, leal y sincera. ¿Llegar a la edad adulta nos salva de los miedos y las angustias?, ¿olvidamos los sueños y las fantasías de la infancia? Yo creo que no. Se presentarán de vez en vez, de manera sorpresiva, durante toda nuestra vida. Perdurarán en nuestro anecdotario íntimo y personal más preciado, para bien o para mal. Y para esto está la palomilla de la infancia. Ellos saben y lo comprenden sin que les cuentes. ¿Qué les vas a contar?, si estuvieron ahí, presentes, en cada paso, en cada momento.
Vero (un personaje con el que me identifiqué en su versión niña, y la única mujer del cuarteto de amigos), inquisidora, curiosa, con tendencia a encontrar significados ocultos en todo, la que hace las preguntas precisas y difíciles, las preguntas que todos se deberían hacer, en un momento toma la voz narrativa, nos muestra el otro ángulo de la historia. Nos hace desandar el camino andado y, como todos los caminos vistos en sentido contrario, nos muestra otro paisaje.
Santi y Carlitos, con sus personalidades tan disímbolas y contrarias, complementan y sostienen a este grupo que, a modo de cada uno, se comprenden y se apoyan sin juzgarse… De alguna manera, a pesar de la distancia, el tiempo y la vida, la vida que los lleva por distintos caminos que se cruzan de vez en cuando, del amor y desamor (porque también hay de eso en esta novela), se siguen tomando de las manos, como cuando eran niños.
¿Qué somos, si no nuestros recuerdos? Si de un momento a otro nos borraran la memoria, no queda nada. Empezaríamos de cero a construir nuestra historia, nuestra identidad. Somos nuestra memoria. Esta novela también trata de esa memoria personal que es nuestra esencia, y de la memoria compartida con quienes caminan a nuestro lado, y que se traduce en manos que nos sostienen, que nos toman y nos levantan; se trata también de esas palabras, personas e imágenes de nuestra historia personal, que nos apuntalan en momentos difíciles, de esos tesoros que siempre quedan después del naufragio y con el tiempo van adquiriendo más y más valor.
Dicen (los autores) que no fue su intención que esta novela se volviera un remover de infancias. Pero yo agradezco que así sea. Fue inevitable, al leerla, repasar también algunos momentos de mi vida con la mirada curiosa de aquella niña que bien podría ser Vero. Espero, lector, lectora, que disfrutes de este libro, que te atrape la historia, y te arrastre en un naufragio de recuerdos, y que encuentres que está ahí, en ese niño/niña, el secreto para salir a flote.
Gracias por escucharme.


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[Texto leído durate la presentación de la novela Tesoros en el naufragio, de Héctor Cortés Mandujano y Roger Octavio Gómez Espinosa, el 17 de octubre de 2024.]


Fotografía: Mónica Corzo.
Fotografía: Adriana Corzo.

Sobre la autora:

Mónica Corzo. Villaflores, Chiapas, México.

Inició su carrera profesional como Licenciada en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación Educativa e Inteligencia Emocional. Durante su etapa de estudiante publicó algunos artículos en el semanario Este Sur.

Fue redactora en las Secretarías Técnica y de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Chiapas. Colaboró en la elaboración del libro El nuevo rostro de Chiapas y el Diccionario enciclopédico de Chiapas, ambos publicados por el Gobierno Estatal, y dio clases de literatura y filosofía, torciendo luego el camino para convertirse en una empresaria que nunca quitó los dos pies del terreno de la literatura.

Durante los últimos veinte años ha sostenido con ahínco empedernido la existencia del Taller Literario del maestro Héctor Cortés Mandujano, de donde es la alumna siempre ausente, la admiradora fiel de sus compañeros escritores, y coautora de las novelas colectivas inéditas Norte 17 y Delta; Así como del cuento «Un mal día para suicidarse», publicado en el libro 8 Mujeres, Editorial Tifón, 2019 .

Ha incursionado en Teatro y en lecturas de atril. También es miembro activo de la Rial Academia de la Lengua Frailescana. Aunque lo suyo, suyo, es preparar el café que invita a la lectura.

Disquisicionario. 8. Fitzgerald y Carraway: la realidad en la ficción. Esteban Martínez Sifuentes.

                    

Fitzgerald y Carraway: la realidad en la ficción
Esteban Martínez Sifuentes


Egresado de Yale y empleado en la correduría de acciones, el bonachón Nick Carraway se acaba de mudar del medio oeste, en los “bordes del universo”, a un lujoso barrio en los suburbios de Nueva York. Bahía de por medio, ha alquilado una modesta casa cerca de su prima Daisy y su marido Tom, hombre exitoso y racista aficionado al polo. Carraway no tarda en quedar deslumbrado por la distinción y el enigma de uno de sus vecinos ahí a unos pasos, el de la residencia más fastuosa de la zona. Pronto éste lo invita a una de sus rumbosas fiestas quincenales en la mansión y van trabando amistad. Esto en la novela de Scott Fitzgerald El gran Gatsby (1925), literaria y extraliterariamente con olor a alcohol y dinero y amenizada por el movido jazz de la época.
Es la obra cumbre del autor de Saint Paul, Minnesota (1896-1940), universitario fracasado y alcohólico, y una de las mejores del siglo XX. En ella se contrastan muchas cosas que importan, el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza y, en la moral de Carraway, la superficialidad de los poderosos y la virtuosa ingenuidad provinciana contra la decadencia de la megalópolis.
Este joven optimista, el narrador de la historia, no tarda en ser invitado por el encantador Jay Gatsby a almorzar en el centro de Nueva York; aquél acepta complacido. A sugerencia de Gatsby, acuden a un discreto y exclusivo restaurante. Se sientan a la mesa con el viejo Meyer Wolfsheim, quien de entrada le parece al noble Carraway un actor aburrido o un inofensivo dentista. Marginado un tanto en la conversación, no tarda en enterarse que es un apostador, pero no uno amateur o de medio pelo, sino el que amañó la Serie Mundial de Beisbol de 1919 entre los “Medias blancas” de Chicago y los “Rojos” de Cleveland.
A inicios de la instauración de la Ley Seca, eran años de bonanza económica, gran corrupción política y consolidación de los grupos mafiosos italianos, judíos e irlandeses. Un suceso que marcó por décadas la historia de ese deporte en Estados Unidos, The Black Scandal consistió en que el equipo de Chicago se dejó ganar los partidos que definían el campeonato. Para las autoridades, el fraude salió de la cabeza del primera base del equipo. Ambición, pero también una especie de represalia contra la roñosería del propietario de los Medias blancas, que hacía pagar a sus jugadores hasta por los uniformes limpios, por lo cual iniciaron una huelga. Figuras similares de la época eran Henry Ford y William Randolph Hearst. Sobre éste existe una película imperecedera, un tanto sesgada con relación al magnate del periodismo puesto que el personaje a la sazón estaba vivo, amenazó con demandar a Orson Welles y hacerle la vida imposible hasta el último suspiro; sobre el otro, Ford, promotor del nazismo, pocos se han atrevido a retratarlo en una gran producción.
Como cerebro táctico y financiero del garlito deportivo de 1919 se agazapaba el gánster profesional Arnold Rothstein, quien sirvió de inspiración para el Wolfsheim de la novela de Fitzgerald. Al final fueron vetados de por vida de ese deporte ocho jugadores, a quienes se les había prometido una bolsa de cien mil dólares por su fingimiento. Los verdaderos responsables permanecieron impunes, igual que en el Crack bursátil que tardaría pocos años en estallar.
Toda creación literaria (toda creación a secas) se nutre en mayor o menor grado de realidad y mentira, verdad e imaginación, son los dos ventrículos del corazón o, como gustéis, los dos hemisferios del cerebro. Impulsos naturales. Los escritores de ficción suelen embozar sucesos y personajes de la realidad por diversos motivos. Unas veces son fácilmente reconocibles, otras no tanto, y pueden ser un estímulo para el espíritu detectivesco de cualquier lector; si no se descubren no importa tanto, la obra debe funcionar como un todo redondo.
La dosis original depende de la malicia del escritor. En la novela en cuestión, el otro yo de Fitzgerald es Tom Buchanan y, más aun, Carraway. La frágil y caprichosa Daisy, el evanescente amor eterno de Gatsby, es Zelda (1900-1948), la hiperactiva esposa en la vida real de Fitzgerald, quien rechazó varias veces al aspirante a escritor porque “las niñas ricas no se casan con muchachos pobres”, aunque ella no era demasiado rica ni el pretendiente demasiado pobre; cuestión de aspiraciones, y de simulación. Zelda no era la primera que, como Daisy a Gatsby, lo rechazaba por el mismo motivo.
Los Fitzgerald fueron la pareja perfecta unos años, un icono de matrimonio alegre y despreocupado, escandalizante y digno de chismearse en la prensa donde estuvieran, en Hollywood, en la costa Este o fiesteando en París con Hemingway, Stein, Picasso y otros desenfadados rebeldes. Ella hija de un juez de la Suprema Corte de Alabama y bailarina de revista (flapper), y él famoso por su primera novela, A este lado del paraíso (1920). Eran célebres. Sobrevinieron las traiciones mutuas. Zelda, que anhelaba ser artista de ballet, escritora y pintora, terminó en el manicomio. Scott, abrumado por la vida y más alcoholizado que nunca, murió antes a los 46 años, con una hija desatendida y una obra imperecedera. ¿Es el precio de ser escritor? No siempre es así (los bienportados Borges y Bioy Casares, dos ejemplos a mano) y además casos similares e incluso peores se dan donde no hay creatividad.
En el cine, Chaplin usó maravillosamente el recurso del embozo a medias para otorgarle mayor densidad a la sátira y potenciar el escarnio hacia los personajes reales de El gran dictador (1940): cualquiera con mínimas nociones de historia reconoce que la figura Adenoid Hynkel representa a Adolfo Hitler, y Bencino Napolini a Benito Mussolini.
Allá por el 422 a.C., en la disfrutable comedia Las avispas el griego Aristófanes no tuvo empacho en ridiculizar por su nombre a su rival político Cleón, e incluso llama a dos de sus protagonistas Filocleón y Bdelicleón, es decir pro-Cleón y anti-Cleón. Cleón de Atenas, general en la Guerra del Peloponeso y representante de la clase empresarial, no era de los que se tragaban burlas así como así, pero no se conocen sus represalias contra el autor; seguramente las hubo. Se dice que doña Luisa, madre de García Márquez, le reclamaba con sentido del humor al hijo haberla retratado en varias de sus obras y, sobre todo, en Cien años de Soledad (“Úrsula cien años”). De no haberlo externado ella, pocos se hubieran dado cuenta.
Por diversas razones, que a veces llegan a la agresión física, en ocasiones conviene disfrazar la realidad, lo que no significa falsearla o mentir, sino crear. El quid, nada fácil, está en aprovecharla, exprimirla para encontrarle la originalidad, el ángulo diferente, novedoso.
Volviendo a El gran Gatsby, en el capítulo inicial de la obra, Tom Buchanan, interrumpe a Carraway para señalar durante una inocua comida familiar: “La civilización se está cayendo a pedazos. Me he convertido en un terrible pesimista al respecto de las cosas. ¿Has leído El ascenso de los imperios negros de este hombre Goddard?” Carraway, que se precia de ser una persona honesta, reconoce que no. Y Tom aprovecha para añadir: “Bien, es un buen libro, y todo el mundo debería leerlo. La idea es que si no tenemos cuidado, la raza blanca será… terminará completamente subyugada. Todo es científico; incluso está comprobado”.
El ascenso de los imperios negros y su autor Goddard no existieron; sí es verídica, en cambio, la realidad de La caída de la gran raza, de Madison Grant, y La ascendente marea de color contra la supremacía blanca en el mundo, de Theodore Lothrop Stoddard, de cuyos títulos y autores Scott Fitzgerald destiló los suyos. Así, de manera original y sintética, dota de ideología y corporeidad real al ficticio millonario supremacista Tom, el altivo e infiel esposo de Daisy, y se evita posibles reclamos de los influyentes autores Grant y Stoddard y su legión de seguidores, entre los cuales se contaba Theodore Roosevelt. Grant moriría en 1937 y Stoddard en 1950; aún tienen adeptos.
Según el periodista Rich Cohen, el hampón Rothstein fue el primero en vislumbrar que la Ley Seca (1920-1933) significaba una inmejorable oportunidad para los grandes negocios, y actuó en consecuencia. Rothstein fue asesinado por una deuda de póker en 1928. Su alter ego en la ficción Wolfsheim, más que socio, “creador” de Jay Gatsby (al parecer él le ayudó a amasar su fortuna), concluye su breve y significativo paso por la trama negándose a asistir al entierro de Gatsby a pesar de la insistencia de Carraway. “Aprendamos a demostrar nuestra amistad con un hombre cuando está vivo y no después de su muerte”, finaliza ese gánster crepuscular continuador de El padrino de Coppola (primera parte, 1972) y sucesivos pillos de tono patriarcal. Realidad que parece ficción, el mismo Francis Ford escribió el guion de la película epónima de la novela, la de 1974 (Jack Clayton) donde aparecen Redford como Gatsby y Farrow como Daisy, sin duda la mejor de las cinco o seis que se han hecho.
Carraway, que nos ha ido mostrando sutilmente su creciente malestar por la vida vacua e hipócrita y la imposibilidad de recuperar el pasado que deseaba Gatsby con todo el poder de su fortuna, decide acompañar hasta su tumba al hombre corrupto que ha admirado. No obstante, Jay Gatsby le resulta mejor persona que Tom, Daisy y el resto de los ricachos de alcurnia tipo Donald Trump que ha conocido. Asqueado, al final Nick Carraway se vuelve al virtuosismo rural del medio oeste donde cree pertenecer. Allá, mera especulación, se volverá rico con la experiencia adquirida en Nueva York y tendrá hijos que querrán ser como Daisy y Tom. Suele suceder en la realidad.


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*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Disquisicionario. 7. Alas a la imaginación: la pluma. Esteban Martínez Sifuentes.

                    

Disquisicionario


Alas a la imaginación: la pluma
Esteban Martínez Sifuentes

A otro héroe anónimo de la humanidad se le ocurrió, para desahogar la pesadumbre que rebullía en su alma o recordar la deuda del vecino por las vacas que le vendió semanas atrás, recoger la pluma que había soltado un ganso en una zacapela contra otro ganso. Sucedió así: la observó con detenimiento durante horas (antes sobraba el tiempo), la remojó por la parte delgada en el caldo espeso y negro que por azar tenía a su alcance y, reflexivo, se puso a garrapatear sobre la superficie lisa y receptiva (arcilla, pergamino o papel) que estaba en su mesa…
No estamos seguros de que haya sido así. En todo caso, primero tuvo que haberse inventado la escritura, el alfabeto, ¿o fue al mismo tiempo? En fin, lo relevante aquí es que la pluma, la punta afilada y manipulable de una estaca, cálamo (caña) o hueso, y la escritura se aliaron para inaugurar una revolución más significativa que la invención de la imprenta o el internet. Largando la prehistoria, daban paso nada menos que a la Historia, el registro perdurable de cualquier cosa que acontecía, había acontecido o acontecería en el entorno e incluso, abstracción más abstracción, en las fantasías.
De ahí la importancia de gimnasia cerebral de la lectura, que es descifrar una abstracción (el lenguaje, la escritura) dentro de una abstracción (el escritor) dentro de otra abstracción (el lector). Y puede haber más, sucede que mi capacidad de abstracción no da para tanto. El envite por la lectura es más alto que apoltronarse frente a Netflix o derribar enemigos en los videojuegos, pero paga mejor y siempre se gana, así sea un puñado de relucientes palabras nuevas, una frase luminosa, la hebra de una remembranza, ¿quieren apostar?
La pluma estilográfica es como el pariente rico del lápiz, y el bolígrafo un aspiracionista clasemediero, en apariencia. A condición de que no falle, es el invento perfecto, barato, duradero, democrático.
Dispositivo relativamente reciente y ahora desechable (su producción masiva comenzó a inicios de los 40 del XX en Argentina), el bolígrafo vino a liberarnos de cargar con la pesada pluma fuente o estilográfica, cuya tinta se acababa a mitad del urgente manuscrito, se atascaba o secaba antes de ser usada, aparte de que tenía la maña de derramarse en cualquier paño blanco (como el mar al delfín, le sigue fascinando la tela blanca). A su vez, antes, la estilográfica metálica nos liberó de portar la pluma animal y el engorroso tintero a todas partes, esto a mediados del siglo XIX, si bien los árabes, expertos calígrafos por su religión, empleaban algo similar desde 900 años atrás. Con un cuadernillo en la otra mano pudimos anotar, bosquejar pormenores o ángulos esenciales en cualquier sitio, incluso caminando, como los esforzados reporteros o los secretarios particulares del político trinchón y el importantísimo CEO de algo.
En Argentina y regiones de Suramérica le nombran birome y en otros países biro. Pensé que era lunfardo, un porteñismo. No. Su origen es interesante. Fue una marca comercial, Birome, con los apellidos de sus primeros comercializadores, los hermanos húngaros Biro y su amigo Juan J. Meyne que huyeron del nazismo.
Los socios, uno de ellos Lázló Biro, periodista e inventor definitivo, la llamaron esferográfica. Entre otros atributos que pregonaba su publicidad y hoy nos parecen obvios (salvo el último), estaban: siempre cargada, tinta indeleble y de secado rápido, punta esférica, y “única para la aviación”. Popular tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, se le conoció también como pluma atómica, lo cual me obliga a protestar aunque sea a destiempo. El bombardeo fue un acto de barbarie y la pluma es civilizatoria. Salvo insultos y amenazas, todo lo que tenga que ver con el lenguaje lo es.
En los 50 Lázló Biro se mudó a Francia, donde vendió la patente a un tal Marcel Bich, que simplificó y abarató la producción del esferógrafo, convertido hoy día en el ubicuo y transparente Bic. En conclusión, ¿el bolígrafo se lo debemos al nazismo? No, a esa podrida doctrina no le debemos sino el dolor que causara; sí a la tenacidad de los Biro.
En realidad los tres instrumentos de expresión personal, estilográfica, lápiz y bolígrafo, tienen en la actualidad sus nichos de uso. Aunque el desenlace sea idéntico, impensable con un Bic la firma entre mandatarios nacionales de un pacto comercial de chorrocientos millones. Con un tanto de inspiración y otro de ahínco, cualquiera de los espigados instrumentos le saca alas a nuestra imaginación. Según esto desde Edison, la tradición ordena que el genio, incluyendo al que implica la escritura y el dibujo, sea 99 por ciento de sudor y uno por ciento de susurros de las musas al oído. No hagamos caso y que cada quien aporte lo que Dios le dé a entender.
Que hagan la prueba las nuevas generaciones digitales: nada existe más liberador que tomar un bolígrafo o pluma y ponerse a plasmar sobre una hoja virgen lo que nos dicte nuestro libérrimo albedrío o, como dice la expresividad ibérica, lo que nos salga de los cojones. Por ejemplo, una carta de amor; antaño, desde mucho antes de la novela epistolar Las relaciones peligrosas (1782) y hasta hace unos magros 20 años, tenían impacto y removían corazones empedernidos en sentido favorable o desfavorable.
“No, Martínez, te lo escribo por primera y última vez: aunque tus ʻnoches de invierno y sal sean una agonía en la mísera yacija de condenado al patíbuloʼ, te quiero solo como amigo y no pienso casarme contigo en los próximos 250 años. Ah, y no me llames Estrellita delante de los compañeros, ¿me entiendes? Mi nombre es Estela”.
No me resisto a consignar lo siguiente como curiosidad, maravilla de recursos de internet y homenajeable esfuerzo por promover la creación literaria entre niños y jóvenes: como resultado del primer premio de poesía Estudiantes Poetas, efectuado allá por 2017 en Miami a iniciativa del consulado de España, apareció el volumen colectivo Oda a mi bolígrafo.
¿Cuántas hojas en blanco puede realmente engalanar la tinta de un bolígrafo? Quién sabe, poseen la desconcertante y enfadosa manía de perderse casi nuevos. ¡Bah, al fin y al cabo son desechables y se adquieren en cualquier tiendita! No es inusual ver uno destripado en el arroyo por peatones y coches, y me pregunto yo: ¿por qué nunca se les cae la billetera o siquiera un billete de 500? ¡Ah, claro, eso se cuida, es valioso! Lo otro, no.
En un trámite bancario reciente, le deslicé por el escritorio los documentos que acababa de firmar a la ejecutiva. Los observó y dijo:
─Muy bien, ¿ahora me devuelve mi bolígrafo?
─Es mío, usted no me dio uno ─respondí con enjundia.
─¿Me lo jura?
─Sí, soy escritor. Nunca salgo sin uno y es éste ─no la percibí convencida en lo del bolígrafo ni en lo de escritor; apechugó, no obstante, con una sonrisa profesional.
Para ver qué se siente, desde joven he fantaseado con robar un banco (por supuesto, no voy a cometer tal latrocinio), pero no así.

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En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Voces ensortijadas 249. Las manos que hablan. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez
Las manos que hablan


Nati observó con atención su mano izquierda que tocaba el cristal de la ventana. Estaba a bordo de un camión, viajando en carretera. El paisaje era una selva verde con un cielo en tonos grisáceos y unas pinceladas en color azul.
El tono del esmalte que decoraba sus uñas le gustaba, no se había percatado que también las uñas tenían sus colores favoritos. Se alegró de haber elegido el tono de color palo de rosa, le sentaba muy bien.
Continuó observando la forma de sus dedos, cada una de las partes que integraban las falanges, las falanginas y las falangetas de su mano. Siguió moviendo los dedos, se sintió muy agradecida de poder hacerlo. Tenía unas manos sanas y eso era un gran regalo. Absorta en el movimiento de la mano recordó que había aprendido elementos básicos de la lengua de señas. Comenzó a hacer el repaso del abecedario, su nombre completo, el nombre que le había otorgado su maestra sorda en lengua de señas. Las manos eran una herramienta fundamental para las personas sordas y las personas hablantes que querían comunicarse con ellas. El movimiento de las manos era todo un arte combinado con los gestos.
Además de lo anterior, las manos cumplen con muchas actividades, se usan para comer, vestirse, escribir, bordar, acariciar, cocinar, pintar, esculpir, maquillar, ejecutar un instrumento, construir, sostener, aplaudir, entre muchas funciones más. En su mente asomó la frase: ¡Vaya que las manos tienen un papel vital!
Continuó repasando algunas frases que había aprendido en lengua de señas, recordó que tenía palabras favoritas como los días y meses del año, se puso a deletrearlas. Luego, se descubrió intentando dibujar las formas que imaginaba en las nubes. En espacio de instantes, las nubes se esparcieron y el sol se asomó para reflejar sus rayos sobre el rostro de Nati quien llevó sus manos para cubrirse los ojos.
‘Las manos que hablan’, dijo para sí, volviendo de nuevo la vista a sus dedos, ahora de ambas manos, como si fuera la primera vez que descubría lo maravillosas y bellas que eran, además de agradecer por lo afortunada que se sentía de tenerlas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 249. Una semana de octubre. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Amanda Cruz Hernández.

                 Polvo del camino/249

Una semana de octubre
Héctor Cortés Mandujano

¿Quieres hacer reír a Dios o al Diablo? Cuéntale tus planes. Eso dice un dicho.
Cuento esto porque decidí no participar en la Feria Internacional del Libro Unach, del 14 al 18 de octubre de 2024, aunque recibí amables invitaciones para hacerlo. Sin embargo, mi querido amigo Efraín Bartolomé me invitó a presentar su libro Cuadernos contra el ángel (que tiene un prólogo mío) en la FIL y ahí estuve.
Elda Pérez Guzmán presentó su libro de poemas Las otras Evas, y tiene un prólogo mío.
Luis Daniel Pulido presentó su libro De música ligera y otros temas, y tiene un prólogo mío.
Presentaron el libro Villaflores a través de los tiempos, crónica de un pueblo mítico, y tiene un texto mío.
El día que presentamos el libro de Efraín, tuve la suerte de saludar a mi querido amigo Sarelly Martínez, quien también, me dijo, presentó su libro Un lector agradecido (donde en varias páginas habla de mí y de mis libros) y a pregunta del alguien del público sobre a quién leer, dijo mi nombre.
Es decir, estuve en la FIL hasta en la sopa.

Pero esa semana no podía hacer más compromisos, porque el lunes 14 tuvimos una reunión en casa de Linda Esquinca (para ver espacios, tomas de luz, etcétera) porque haremos allí una función privada de mi obra Las canciones son cartas de amor, con la Camerata Vocal Iexpro.
El martes 15 tuve ensayo de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime Sabines, que en lectura en atril presentaremos en Casa Conejo, con Luis Daniel Pulido, Alfredo Espinoza y Víctor Loaeza, bajo mi dirección.
El miércoles 16 presentamos el libro manuscrito e ilustrado por Efraín.
El jueves 17 presentamos la novela Tesoros en el naufragio, coescrita con Roger Octavio Gómez Espinosa, simultáneamente en Guadalajara y Tuxtla, con la participación de Nadia Arce y Mónica Corzo.
El viernes 18 cerramos la primera temporada, en Casa Conejo, de Las canciones son cartas de amor.
Al mismo tiempo, en esta semana, revisé el libro fotográfico Chiapas, elecciones 2024, que coordinan Raúl Ortega y Jesús Hernández, donde también hay un texto mío.
Tuve, además, reuniones para avanzar en un libro (no de literatura) que escribo a invitación de un amigo y una asociación.
Y, por supuesto, dedique muchas horas a mi trabajo, a mi familia, a mis amigos, a mi vida personal.
A veces me dicen quienes viven en ciudades complicadas que qué bonito es estar en provincia, donde pacen las vacas y el tiempo se detiene. Han leído muchas novelas bucólicas y pastoriles de otros siglos, les digo: yo tengo más ocupaciones que mandadas a hacer.
Es que hago planes, para que Dios o el Diablo se diviertan un poco.

          
Ilustración: Amanda Cruz Hernández.
Ilustración: Amanda Cruz Hernández.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El tintero de Nadia. 12. Tesoros de la infancia. Nadia Arce

                   Tesoros de la infancia
Por Nadia Arce

Una novela de páginas nostálgicas, amorosas, relevantes para quienes gozamos de una buena narrativa, más que fluida, profunda. Novela de altura, donde lo interesante de su ritmo podría marearte, impactar por los paisajes humanos inconclusos y las decisiones interesantes de sus personajes que a veces suelen ser inentendibles pero tan identificables como cualquiera de tus familiares. El vértigo de su tinta nos atrapa, entre un personaje que aparece para después irse o una escena poco común que nos llena de enigmas o suposiciones lúcidas. Más que entretenida, asoma en cada capítulo el expertise de dos enamorados de la pluma que no dejan de maravillarnos con esos dos hermanos lejanos pero unidos. También nos hacen conocer a una madre que a cualquiera conmoverá y de una abuela o una amiga que todos desearíamos tener cerca.
Ectoplasmas, figuraciones infantiles y complicidades, son en parte algunos elementos curiosos que no pasan desapercibidos en estos Tesoros. No se sabe a ciencia cierta, qué tanto de autobiográfico puede ser el libro, sin embargo, para todos hay algo con lo cual engancharse o también, perderse para luego encontrarse en el brinco de un nuevo episodio sorprendente, donde la emoción que se palpa es notable.
La infancia en este libro-mundo no es un lugar plano, es un universo de recuerdos. Tal vez malformados con el paso del reloj, tal vez moldeados a conveniencia o simplemente existentes en ese espacio lleno de excusas para profesar lo que seguimos siendo ya de adultos. Y ahí, como hilo conductor, en medio de las dudas siempre la abuela, figura emblemática y fundamental para la mayoría de los seres que habitan aquí, ella, como diosa mística y a la vez genio con un porte de mujer fuera de lo común, nos hechiza, tal como lo hace esta obra. ¿Cómo no desear conocerla? Ojalá pudiera verla en persona, ya no me importa que sea solamente una protagonista más, la admiro tanto desde que ella pudo mirarse en el espejo y contarme lo que es el amor, la muerte y hasta lo que puede ser un hombre.
Leer es alejarte de este plano, entrar en otro, “naufragar”, dejarse conquistar por el mundo de la imaginación y al final sabemos que los escritores sólo son chismosos con ínfulas, eso me gustó tanto. La pretensión o el juego podrían ser atributos conjugados en este libro, depende del humor del lector y de su nivel de chismosidad o depre, (no digo depresión porque es muy larga esa palabra y cansa al ser nombrada). Entonces, bueno, así en breve, recomiendo con toda la amplitud literaria que podría –o no- caracterizarme este libro, que es bueno sí, que te va a gustar, -sí y no- porque nadie sabe hasta donde la imaginación se mezcla con la realidad y eso sea aceptable para cada uno, tampoco sabemos si eso será capaz de sanarnos o de volvernos más in-cuerdos. Porque de repente me imaginé que leía una especie de Rayuela al azar, donde justo estuve colocada para leer lo que dictaron dos mentes más que cómplices, entrelazadas por una alianza que traspasa kilómetros, fronteras culturales y distancias.
Gracias Héctor, poco te conozco pero sé algo o mucho o nada de ti, -sí y no- y por eso me caes bien y tus letras vivaces me atraparon, aunque también me crearon cierta angustía, como esa que se padece cuando soñamos pesadillas. Gracias por ser equipo de batalla literaria, por esa amabilidad que te caracteriza y por ser nombrado una y otra vez en las charlas que me narra alguien que conoces, muy probablemente, -sí y no- más que yo.
Y gracias a ti Octavio por ser parte de mis días, con tu madre real y la de Víctor, tu abuelita a la que siempre saludas y a tu hermano clon –o no- que está por saberse, ama ser parte de ti y tú de él. Lo bueno es que tus hijos siempre serán tus hijos, lo bueno que podría ser yo esa Vero o esa Lili o ambas, pero jamás Susana, gracias a Dios ya que te quiero bien, así como quiero seguir en este mundo leyendo y escribiendo con todos sus trajines, tus novelas y poemas, y los míos, pero siempre, dicho sea de paso a tu lado.
Gracias por otro libro más, a ambos. A Tifón por la belleza de su edición, al excelente fotografo, al elegante formato en blanco y negro de este título y a Chiapas, por haberlos acunado a todos.


Con sinceridad y cariño, Nadia Arce.
18 de septiembre 2024
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Un agradecimiento especial a Carlos Oroná y su troupe por permitirnos presentar esta novela en "El Forito" de Guadalajara.
________________
[Texto leído por Nadia Arce durante la presentación del libro Tesoros en el Naufragio, de Héctor Cortés Mandujano y Roger Octavio Gómez Espinosa, el 17 de octubre de 2024. Presentación simultánea en sedes El Forito, de Guadalajara, y Casa Conejo, de Tuxtla Gutiérrez.]
Fotografía proporcionada por la autora.
Contacto:
https://www.facebook.com/ElTinteroTallerEditorial?mibextid=LQQJ4d
https://instagram.com/eltinterotallereditorial?igshid=NTc4MTIwNjQ2YQ==
https://www.youtube.com/@eltinterotallereditorial

www.eltinterotallereditorial.com.mx

*Sobre la autora:

Nadia Arce

Poeta, narradora, fotógrafa independiente, difusora cultural y editora.

Es fundadora y directora de El Tintero Taller Editorial, el cual ya cuenta con más de cuarenta
libros publicados desde poesía, cuento corto, autobiografía, novela y poesía.
Egresada el ITESO como Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Es coordinadora de talleres literarios, impartidos tanto en su país, México, como en el extranjero; es fotógrafa independiente y creadora del proyecto cultural Mil Mujeres.
Ha sido jurado de numerosos concursos literarios, como el reconocido concurso internacional de cuento: Juan Rulfo.
Fue Coordinadora del Taller Literario Elías Nandino en Cocula, Jalisco.

Reconocimientos:
Premio International Latino Book Awwards 2024 (ILBA24) otorgado a la antología poética Vivas las queremos: Voces del mundo contra el feminicidio, en coautoría.

●Autora seleccionada en el Calendario Literario Tiempo de Mujeres 2022 y en la publicación anual del Encuentro internacional de Poesía “Víctor Campio” de Ourense, España (2022). Además de otras publicaciones colectivas nacionales e internacionales.
● Antologada en el Diccionario de Escritores en Jalisco (2020) y Diccionario de
Escritoras en Guadalajara (2019), referenciada en la Enciclopedia de la Literatura en
México desde 2002.
● Ganadora del prestigioso concurso Cuento Corto Punto de Lectura en el marco de la
FIL de Guadalajara 2002, convocado por la editorial Punto de Lectura y el Diario
Milenio.

Obra publicada:
En el corazón del arce (El Tintero Taller Ed., 2024); Cómo echar a volar mi pluma. Manual de escritura de El Tintero Taller Editorial (El tintero Taller Ed.), 2023; Barco de palabras para soportar naufragios (2022, El Tintero Taller Ed.);
Bitácora Encendida (2019, Ed. Prometeo); Rayado Personal (2017, Ed. Serpiente de Papel);
Fuego Azul (2016, Ed. El Viaje). Brilla Palabra (2007. Ed. Cabos Sueltos); Dondequiera
poesía
(2005, RAIA Editorial).

Voces ensortijadas 248. Los días de fiesta. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Los días de fiesta

Ernestina echó una vista al paisaje que tenía frente a su casa, la bella montaña que rodeaba a la colonia donde vivía. Justo estaba a punto de presenciar el ocaso, se dio cuenta que disfrutaba tanto ese momento. Era la espera de la magia, el poder ver al sol ocultarse. Cuando la magia sucedía solía contemplar las hermosas tonalidades que coloreaban el cielo, como en esa tarde.
Observó la llegada de la noche, ese día estaban en casa Pilita, la perrita que tenían como una integrante más de la familia y ella. Jesusa, su hija y Matías, su esposo habían salido a comprar unos antojitos para la cena.
Pilita estaba en la entrada de la casa, acostada en su tapete, últimamente se cansaba y dormía más. Ernestina la observó y regresó el tiempo cuando era una cachorra, habían pasado varios años desde su llegada. Fueron sumando a su mente la serie de experiencias que en familia tenían con Pilita. Además de ser una gran cuidadora en casa, era una excelente compañía, amorosa, le gustaba que la acariciaran y disfrutaba tomar el sol en los días calurosos.
El silbido del viento hizo volver la mirada de Ernestina hacia la ventana, percibió el aire frío. Se acercó despacio a Pilita para colocarle una cobija. Ni siquiera sintió su presencia, estaba enrrollada sobre el tapete. Dormía profundamente y dejaba escuchar un ligero ronquido.
El clima le hizo apetecer un atole a Ernestina. Fue a la cocina para ver qué ingredientes tenía. Decidió hacer atole de amaranto. Doró la cantidad de amaranto que tanteó para que la consistencia del atole fuera espesita. Posteriormente, lo licuó. Colocó en un recipiente leche, canela, azúcar y el amaranto en polvo. Mientras preparaba el atole siguió pensando en la importancia de Pilita en la familia, se sintió muy afortunada y agradecida de tenerla y de los distintos aprendizajes que les había llevado.
Respiró profundo al tiempo que disfrutaba el aroma de la canela que daba un toque especial al atole. Esa tarde era de fiesta, los motivos eran varios, el ocaso contemplado, la presencia de la noche, el viento, el atole de amaranto, la presencia de Pilita y sus ronquidos, los antojitos que venían en camino y cenarían en familia.
Ernestina pensó que finalmente los días de fiesta podían ser todos. Qué difícil era poder apreciarlo así, a simple vista. Sin embargo, al volver la mirada al tiempo pasado, la memoria y el corazón se conectaban, trayendo las imágenes de esas experiencias vividas, los instantes, las emociones distintas y a los distintos personajes que formaban parte de ellas.
Apagó el fuego. Dejó tapada la olla donde preparó el atole. Fue a poner la mesa para la cena y a buscar el recipiente para la cena de Pilita. A lo lejos se escuchó el sonido de un carro, Pilita despertó de inmediato y se dirigió ladrando rumbo a la entrada de la casa, la cobija quedó a medio camino.
Ernestina observó la escena. Sonrió. Los días de fiesta podían ser todos, cada quien tenía la libertad de elegir si así lo vivía.
Photo by Mehmet Turgut Kirkgoz on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 248. La moderación del entusiasmo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                       	 
Polvo del camino/ 248

La moderación del entusiasmo
Héctor Cortés Mandujano

—El amor puede ser una cosa espantosa
—Por eso la mayoría de las grandes historias de amor son tragedias

Agatha Christie,
en Muerte en el Nilo

En unas vacaciones de rancho, a los 18-19 años, “me leí enterito a don Marcial Lafuente” (Serrat dixit), célebre autor de novelas de vaqueros, y también leí, porque estaban a mano, muchas novelitas de amor. Las dos parten de esquemas inamovibles. Pienso, por eso, que quienes leen esas novelas (Corín Tellado et al) no andan buscando crímenes, como quienes leen a Agatha Christie no andan buscando historias de amor.
Cité varias expresiones de amor y pasión, en mi Polvo del camino anterior, de la versión cinematográfica de Muerte en el Nilo (1937), de Agatha Christie. La novela sin embargo es más parca sobre el asunto. La leo en mi edición elegante: Planeta DeAgostini, 2022, con traducción de H. C. Granch.
Linnet Ridgeway es bella y multimillonaria (p. 10: “una mujer tan rica como ésa no tiene derecho a ser también hermosa”), y Jackie, su mejor amiga, es más o menos pobretona y no tan bonita. Linnet, al conocer a Simon, prometido de Jackie, lo toma por esposo. Jackie jura matarlos. Esa es la premisa.
Jackie le dice a Linnet que está loca por Simon, pero que (p. 20) “el matrimonio me curará, así lo espero. Siempre se ha dicho que modera el entusiasmo”.
En el yate sobre el Nilo, ya avanzada la novela, hay también una escritora muy abierta al tema erótico. Habla con Poirot (p. 59): “¿Por qué tiene todo el mundo tanto miedo al sexo? ¡Es el eje del universo!”.
Poirot le dice sin muchos miramientos a Linnet lo mal que hizo al quitarle el prometido a su mejor amiga (p. 71): “Usted tenía todo cuanto la vida puede ofrecer. La existencia de su amiga estaba limitada a una sola persona. Usted lo sabía pero, aunque vaciló, no retiró la mano. Por el contrario, la extendió y, como el rico de la Biblia, se apoderó de la única oveja del pobre”.
Las enfermeras, de tanto ver enfermos y muertos, no son las más expertas en matices, en tacto, como sí lo es Poirot, el detective más famoso de Agatha. Va una por el Nilo (pp. 262-263): “¡Las enfermeras suelen ser bastante tétricas! La enfermera de noche está siempre asombrada de que su paciente esté vivo por la noche; la enfermera de día se sorprende de que el paciente esté vivo por la mañana”.
La novela cierra el círculo con varios asesinatos en el Nilo, cuyos orígenes y explicación son el amor, la pasión… y la ambición.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 6. ¡Habla por Dios! ¡Habla! Esteban Martínez Sifuentes.

                    
¡Habla por Dios! ¡Habla!
Esteban Martínez Sifuentes

A ver, mi reina, di algo, una frase, una palabra, una simple silabita, qué te cuesta, mi preciosa. Habla por favor; mów, prosze; parlez s’il vous plaît; speak please, ¡di algo, animalejo del demonio! Luego de mucho tiempo de exhortarla con infinita paciencia, en varias lenguas, cientos de tonos y el humor más diverso, mi gata por fin habló. ¿Cómo sucedió y qué dijo? Aquí está la historia; prometo contar la verdad y sólo eso.
Estaba de espaldas y con una cerveza en mano siguiendo el partido de basquetbol de la semana, cuando noté con el rabillo del ojo que se trepaba al respaldo del sofá. Seguí clavado en la televisión y al poco rato sentí que posaba y retiraba, posaba y retiraba una de sus patas delanteras en mi hombro, como si tocara a la puerta de un ser querido. Mal momento, el partido estaba en clímax y el caldo de cebada riquísimo.
Voltee a verla, me vio con su mirada eléctrica e insondable de siempre, quizá más insondable que nunca, sacudió su cabecita y habló. Habló de verdad como lo hacemos ustedes y yo, con una dicción bastante aceptable considerando su tamaño y su, digamos, animalidad.
No de buen modo, se quejó de la falta de ratones y pájaros para cazar, me reclamó por las croquetas diarias, sabrosas pero dañinas para su hígado, por la falta de espacio para correr y saltar, por la escasez en los alrededores de árboles para afilarse las uñas y, ¿pueden creerlo?, porque fumaba delante de ella.
─Bueno, carajo, ¿solo sabes sacar aspectos negativos de tu amo? ─intervine yo; mi equipo acababa de fallar un enceste cantado─. ¡Por Dios!, di algo constructivo, que demuestre de una vez por todas que los gatos son inteligentes y no convenencieros por mero instinto de conservación. ¿Acaso te crees sagrada? Eso pasó hace siglos y en otro lugar, ¿te enteras?
─Tú querías que hablara ¿no? Nos la pasábamos aceptablemente bien antes de esto ¿no? Pues es lo único que tengo que decir. Además, por si no lo sabías, el instinto de conservación también incluye tejer alianzas entre diferentes; de hecho, creo que la inteligencia consiste precisamente en eso, en tejer alianzas balanceadas entre diferentes: yo te doy algo, tú me das otra cosa en sincera reciprocidad y vivimos a gusto. No somos convenencieros, ni ladinos, ni diabólicos.
─¿Ah, no? ─ironicé.
─No. En nuestro caso particular tú me pusiste un nombre, complementas mi alimentación y me ofreces seguridad, menos de los perros que de las tormentas eléctricas y los cohetes, a los que sí les tengo verdadero pavor. A cambio, yo te ofrezco compañía, fidelidad, momentos divertidos. No necesito gritos ni patadas, justificados según tú. Me has pateado varias veces, ¿te acuerdas…?
─¡Y dale con los reclamos…! ¡Pásasela a Johnston, está solo, está solo…! ¡Te lo advertí, idiota…! ¿Te gusta el básquet?
─Apesta. Y discúlpame por interrumpirte. Sucede que yo estaba bien antes, pero tú insististe. Decidí que era el momento, tengo que aprovechar la ocasión.
─Está bien, sigue ─mi equipo estaba por remontar.
─Violentando mi esencia y mi cuerpo, me castraste siendo muy joven, ¿por qué no castran también a los de tu estirpe…?
─Eso fue idea del veterinario.
─¡Ah mira, qué buena salida! Es conocido que el veterinario me llevó y me trajo en una jaula, él mismo abrió su cartera y se pagó sus honorarios, él me cuidó un par de días. Bueno, un decir eso de cuidar, porque tengo varios puntillos que reclamarte sobre eso…
─¿Sabes qué?, mejor lárgate de aquí antes de que te corra a zapatazos, ¡zape!
─Ya son muchísimos humanos ─no se largó─ y se están acabando, sobre todo por codicia, un planeta que no es solo de ustedes.
─¡Lo que me faltaba, una gata intelectualoide, comunista! Si detestas las patadas, vete por favor, desaparece. Por cierto que no me he casado para no recibir en casa quejas o reclamos. Aunque casi siempre me veas de ocioso, trabajo duro fuera de aquí.
─Me doy cuenta, no creas que no. Por eso salgo a tu encuentro y me froto en tus piernas con alegría. Con la alegría propia de mi especie, no busques otra cosa. Pero sea como quieras, y espero que no te arrepientas.
─No te preocupes por eso, puedo sobrevivir ─juzgué divertida mi respuesta y me eché a reír a carcajadas.
Se fue contoneando el trasero como de costumbre, disimulando a la perfección su derrota. ¿Cómo se le ocurría que iba a imponerse a un humano?, pensé, levantándome por otra cerveza para seguir disfrutando el partido, se ponía cardiaco a minutos del final. Hacía por lo menos un par de meses que no veía uno tan emocionante, hagan el esfuerzo por comprenderme.
Al día siguiente empecé a dimensionar lo que había dejado escapar. Presentaciones en estadios, cine y televisión, conferencias en auditorios universitarios y empresariales, shows de lujo en teatros principales. “¡Sorprendente, inquietantemente quejumbroso, el único gato, qué digo gato, animal en verdad parlante en la historia de la humanidad!” Una auténtica mina de oro, y la había desaprovechado por idiota. Nada me costaba haberle puesto un poco más de atención. Bueno, me dije, si se había dado una primera vez, vendría sin falta una segunda.
Intenté sobornarla con ratones capeados en aceite de pescado, con suculentos pájaros, con leche de cabra, de camello, de yak, con embutidos finos, y nada. Le puse mi costosa almohada de plumas de ganso en su gatera, me hinqué delante de ella, imploré, ¡habla, sé que sabes hacerlo, habla por favor, por nuestros momentos felices, por aquel día en que te recogí de la calle, una pelotita peluda y chirga, y te ofrecí yogurt en mi propio plato de cereal; habla! Todo inútil. Le apliqué la ley del hielo, la privé de comida y agua por unos días, terminé llamándola estúpida.
Me estoy quedando sin cabello de la exasperación. Los vecinos creen que estoy listo desde ayer para el manicomio; yo estoy empezando a creerlo. ¡Habla por lo que más quieras! Se va, regresa a medianoche de las casas vecinas, me ve con su mirada profunda y da la media vuelta con exasperante orgullo.
¡Di algo, no te vayas así! ¡Quéjate aunque sea y te cumplo por triplicado lo que desees! ¡Putéame si quieres, pero mueve ese hociquito! Hay días enteros en que ni siquiera aparece por aquí, y no salgo a la calle ni a comprar comida por esperarla. Estoy empezando a comer croquetas.
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En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.