Polvo del camino. 138. 不要忘记. Héctor Cortés Mandujano

不要忘记
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano





Como a millones en el mundo, el libro de fotografías de Xuan Peng, No olvidar, editado y distribuido en su lengua original, me dejó impactado. Eran, son imágenes de guerra. En éstas el fotógrafo parece estar a centímetros de lo que su cámara muestra. 
	Sin duda, la secuencia más terrible es la serie de diez fotos donde vemos “correr”, huir desesperadamente a un hombre joven, delgado, oriental, a quien falta un brazo y no puede usar una de sus piernas. La imagen capta a la perfección el movimiento externo y la desesperación interna; en la cuarta foto, como muestra de su prodigiosa técnica, el fotógrafo toma el momento exacto en que una bala se impacta en el muñón del brazo; aun así, con remarcado gesto de dolor, el muchacho continúa su escape.
	El nuevo impacto, en la fotografía número siete, le da en la espalda y lo derrumba; la ocho es su rostro agonizando, la nueve es ya la muerte tomándolo por completo y la diez, como complemento lógico de la tragedia (si hay lógica en matar a un ser humano desarmado, a un ser humano), es una fotografía –sin duda tomada con zoom– del soldado que baja el rifle asesino y sonríe satisfecho.
	La secuencia se volvió un libro en sí misma. En América Latina se hizo una edición de gran formato a la que titularon simplemente “Asesinato”. Luego se hizo una película y una novela de filiación filosófica, que basaba su argumento en la Crítica de la razón pura, de Kant, donde, en términos generales, la guerra se etiquetaba como fenómeno y la fotografía como noúmeno. Curiosamente, aunque la obra fue atacada por filósofos, porque era imprecisa en la aplicación de los términos kantianos, se volvió un fenómeno (kantianos abstenerse) de ventas. 
	Lo llamativo de todo el boom que inició con las fotografías es que se identificó al asesinado y se le hizo un homenaje, se atendió las necesidades de su familia; se identificó al soldado y se le condenó a cadena perpetua, pero Xuan Peng logró evadir las hordas que lo buscaban y se volvió una especie de fantasma. Sí había fotos suyas de escuela y cosas así, pero no se le conocía suficientemente, pese a la fama que le había venido encima como un alud. 
	Yo, por supuesto, fui un seguidor de esta escalada mediática (compré varias versiones del libro, vi la película, leí la novela) y nunca esperé que en mi carácter de oficinista de provincia un día iba a vivir lo que viví.
	Soy un fotógrafo aficionado y cuando iba a casa –vivía en ese tiempo, decía, en un poblado provincial, lejano de multitudes– un hombre frente a mí cayó como fulminado. Fui a auxiliarlo con rapidez; me di cuenta de inmediato que estaba muerto. Marqué al número oficial para hacer el reporte y para no dejar el cadáver solo, decidí quedarme; en la espera me nació la idea de tomarle una foto. Luego de una lucha interna sobre lo ético del acto, lo hice.
	Se llevaron el cadáver y poco a poco se desenredó la madeja. El muerto era Xuan Peng y mi fotografía se volvió oro molido. 
        Ahora, gracias a eso, soy una celebridad. Esa es mi historia.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com. 
Ilustración: HCM

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

de México y el extranjero.

Polvo del camino. 137. La lengua común del desamor. Héctor Cortés Mandujano

La lengua común del desamor

Héctor Cortés Mandujano

Me gustó por varias razones Solitario de amor (Grijalvo, 1988), de Cristina Peri Rossi: el narrador es un hombre apasionado por una mujer (las mujeres suelen escribir sobre mujeres o desde el punto de vista femenino); no elude las escenas sexuales ni algunas que pueden ser desagradables (a mí lo narrado sobre la saliva me da un poco de asco); su texto alcanza niveles poéticos, sin detrimento de su raíz narrativa…
	El hombre permanece innominado, la mujer se llama Aída. Ella ha sido casada (tiene un hijo) y ha tenido varios amantes. El narrador la ama sin pausa, con furor. Él habla de cómo puede verse en los quioscos, en las calles, pornografía explícita (p. 8): “La obscenidad es pública, ya no produce ni excitación ni sorpresa”.
	Dice que Aída (pp. 9-10) “sale del amor con un extraordinario vigor para las cosas cotidianas. Como si el amor hubiera sido sólo una pausa en los quehaceres, una isla fugitiva en el mar espeso de la rutina”.
	Hace una larga enumeración de las cosas que ama de ella, aquí algunas (pp. 15-16): “No amo sus olores, amo sus secreciones. […] La espléndida y sonora orina de caballo que cae como cascada de sus largas y anchas piernas abiertas. Nazco y me despojo de eufemismos; no amo su cuerpo, estoy amando su hígado membranoso de imperceptible pálpito, la blanca esclerótica de sus ojos, el endometrio sangrante, el lóbulo agujereado, […] las raíces de los dientes, el lunar marrón del hombro, […] el pequeño clítoris engarzado en la vulva como un faro”.
	A veces le da la voz a ella (p. 20): “El lenguaje lo inventaron las mujeres para nombrar lo que parían –dice Aída desde la cama”.
	El narrador tiene un amigo, que también habla (p. 36): “Hay una sola casa en la vida de cada uno –dice Raúl, repartiendo las cartas sobre la mesa, para resolver un solitario–. Y es la casa de la infancia. En esa nos quedamos para siempre. Las demás sólo son simulacros, sucedáneos”.
	Otra vez él (p. 39): “Los hombres –dice Raúl– nunca dejan de ser niños. Y las mujeres nunca son más que madres”.
	Una gran verdad (p. 58): “El amor no es gregario: es para dejar de amar –o para huir del amor– que el hombre se vuelve social”. Dice más adelante (p. 82): “Si renuncio a mi amor por Aída, puedo volver a ser social, gregario; podré hablar la lengua común, la del desamor”.
	Dice Aída que los hijos sólo son de las madres (p. 69): “La participación de un hombre en el nacimiento de un hijo es mínima: sólo unas pocas gotas de semen que prodiga de manera poco selectiva y hasta inútil: las pierde cada día en las sábanas o en los pantalones, las derrocha en cualquier agujero. Ningún hombre puede saber lo que es tener un hijo. Sólo las madres lo saben”.
	No se lo dice a ella, lo escribe (p. 130): “No, Aída: el dinero no es de nadie. Por eso puede perderse y ganarse; porque, en realidad no tiene dueño. El dinero es tránsito, desposesión, abulia. Más allá del que necesitamos para comer y para estar abrigados, el dinero es hastío”.
	Me encantó el proverbio hebreo que usó como epígrafe del último capítulo (p. 183): “Cuando la pasión te ciegue, vístete de negro y vete adonde nadie te conozca”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Polvo del camino. 136. Horizonte de sucesos. Héctor Cortés Mandujano

Horizonte de sucesos
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Sus ojos tan tristes

como los de un pescado muerto

David Martín del Campo, en «El sentadito»
Horizonte de sucesos se dice en ciencia cuando cualquier objeto se acerca a un agujero negro en el universo y es tragado por él. En la vida, con perdón de los científicos, hay momentos en que uno se acerca a una fuerza que nos toma como suya. 
	Yo había dejado a una mujer, particularmente amada en un principio, especialmente odiada después, y ya no quería ninguna más cerca. La fuerza centrífuga de ésta a quien no nombraré, me llevaba hasta el hueco donde desaparecían no sólo mis energías, sino mi tiempo, mis intereses, mi vida. Giraba en torno a ella casi siempre y luego, vencido, entregado, sin defensas, caía en ella. Salirme era un triunfo, un vacío insomne. Creí que siempre estaría en su órbita y que para mí había escrito Lorca esto: “No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Ya me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás”. 
        Hasta que al fin pude alejarme y sufrí como un perro herido, hambriento, enfermo y a la intemperie. 
        Dejaría el sexo, me volvería célibe a fuerza de no tocarme ni dejar que me tocaran.
	Así las cosas, busqué la compañía de gente mayor, hombres y mujeres, con quienes conversaba de temas serios y bebía con la moderación que ellos y ellas lo hacían. Ya no tenían pasiones, sino enseñanzas, sabiduría. Sus huesos ya no ardían y el corazón era, en todo caso, un pequeño fogón con el calor necesario para seguir viviendo, sin dar las llamaradas terribles que el mío daba cuando estaba girando en el mundo de pasión donde había vivido con aquella, de cuyo nombre no quiero ni acordarme. 
	Uno de los viejos me invitó a su rancho. Era criador de caballos finos. Me sorprendió la limpieza de los campos (como si los hubieran bañado y peinado) y el orden de los postes de alambrado; parecía aquello hecho con cálculo y maestría, con pulso matemático. Nada fuera de lugar: ni un montón de tierra por allí, ni una rama pudriéndose. Me di cuenta que tenía un ejército de trabajadores y, seguro, un capataz muy riguroso, muy capaz.
	Entramos al corral y había sólo una yegua y su potranca. La yegua volvió la vista y al reconocer, supongo, a su dueño, decidió ignorarnos; la potranca, hermosísima, de patas perfectas y ojos brillantes, me vio y vino hacia mí. 
	Yo no tengo práctica alguna con animales y no supe qué hacer. El viejo me dijo que no me moviera. El bello ejemplar resopló sobre mi cara y luego lamió mi cuello, me mordisqueó una oreja.
	—Le gustas –me dijo.
	—¿Y qué hago?
	—Mueve las manos con lentitud, acaríciala.
	Puse mis manos sobre la crin color miel y luego sobre el hocico pequeño y suave; la acaricié en el medio de la frente, y luego el pecho. En esos momentos orinó con un chorro poderoso, que me inquietó.
	—Le gustas, orinó de la emoción, debes oler a caballo –dijo el viejo.
	—Ella es preciosa, también me gusta mucho. ¿Qué más hago?
	—No la puedes montar, porque no aguantaría tu peso. Quédate con ella, ahora vuelvo.
	La potranquita, cuando se fue el viejo, puso su cabeza sobre uno de mis hombros y cerró los ojos. Suspiró. El viejo fue por una cámara y nos tomó una foto que nos muestra a ambos con los ojos cerrados, las cabezas unidas y tal vez soñando con el amor, con un amor, con la imposible posibilidad de que ella encuentre el caballo perfecto y yo la mujer de mis sueños…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 135. El río y el cocodrilo. Héctor Cortés Mandujano

El río y el cocodrilo

Héctor Cortés Mandujano

las profundidades del infierno,

en ese momento las habría atravesado de una zancada

Sarrasine, de Balsac
Como aguas de río caudaloso, salido de su cauce por las lluvias, rápidas se leen las páginas de La nana Concepción (Universidad Autónoma de Nayarit-Editorial del Lirio, 2022), del narrador chiapaneco Luis Antonio Rincón García, quien ganó con ella, en 2020, el Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo”.
	Cada capítulo, de los ocho que la conforman, ofrece novedades y encandila a los lectores, lo que nos es fácil para cualquiera que se precie de inventar historias y escribirlas.
	El capitán Ajab y Moby Dick, de Melville, y El viejo y el mar, de Hemingway, por citar dos ejemplos conspicuos, parecieran no modelos en la lucha entre un ser humano y un animal, que ocupa el centro anecdótico de esta novela de Luis Antonio, pero sí familia ascendente del cocodrilo, la Matilde y la nana Concepción.
	Rincón García, sin embargo, es fiel a su tierra y, aunque no menciona con precisión el lugar donde trascurre su historia, es evidente que es en Chiapas, donde se insulta con tanta sabrosura como lo hacen entre sí la Matilde y la nana, y donde los ríos inundan cada año a las comunidades que no sólo tienen que lidiar con sus atrasos ancestrales, sino también con los desastres naturales que se han vuelto, lamentablemente, sempiterna costumbre.
	La nana Concepción vive en una aldea pobre, con los tres nietos que un hijo y su nuera le dejaron en resguardo mientras ellos buscaban nuevo futuro en los Estados Unidos de América. La Matilde es una muchacha que también ha sido abandonada, por las mismas razones, por sus padres, y se ha hecho cargo del cuidado de sus hermanitos. Para paliar el hambre no le importa robar y, por eso, estas dos mujeres que alguna vez fueron amigas ahora no lo son tanto. Y juntas tienen que hacer frente a la inundación del pueblo, salvar a sus pequeños, y en una escena que dura varios capítulos de tensión dramática, enfrentarse a un cocodrilo cuya única misión, parece, es comérselas. 

Hay un par de flash back esenciales. Uno para conocer la fuerza de quien antes fue Conchita y ahora es la nana Concepción: se enfrentó a un toro furioso a quien todos temían, y otro para conocer la capacidad criminal de un cocodrilo, que fue muerto –y el guiño es muy claro– por Miguel Álvarez.
	Planteada la lucha entre dos mujeres y un cocodrilo, la novela transcurre con sobresaltos y administrada tensión. No se puede suponer el final, porque los dados narrativos no están cargados en uno u otro sentido, y eso hace que leamos la novela como si nosotros pudiéramos ayudar a la sobrevivencia de los protagonistas (las mujeres y el cocodrilo), como si pudiéramos hacer que deje de llover o que el río dé alguna alternativa a las mujeres que, en un precario techo, tienen que enfrentarse con un adversario terrible o que el pobre cocodrilo hambriento ya coma de una vez.

Tengo la suerte de conocer a Luis Antonio desde antes de que formalmente se convirtiera en escritor; lo he visto comenzando, avanzando, creciendo y ahora me da mucha alegría ver cómo su nombre se consolida como el de uno de los narradores jóvenes más productivos, más premiados y con la mirada panóptica como para abordar con éxito varios géneros: su primer libro fue un ensayo, y ya ganó premios como cuentista, como autor de novelas, como dramaturgo y muy recientemente como poeta. No hay que ser un genio para suponer que en su futuro habrá cada vez más y mejores trabajos literarios. Ya venció en muchas batallas contra la página en blanco, pero le quedan cientos de páginas para encantarnos, para llegar a nuevos puertos, para seguir enriqueciendo la literatura de Chiapas, su tierra amada. 

[Texto leído en la presentación de La nana Concepción, de Luis Antonio Rincón García. Telar Teatro. 12 de agosto 2022. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 134. Una criatura maldita. Héctor Cortés Mandujano

Una criatura maldita

Héctor Cortés Mandujano

Si un demonio hubiese puesto entre Sarrasine y Zambinella

las profundidades del infierno,

en ese momento las habría atravesado de una zancada

Sarrasine, de Balsac
No vivió mucho Roland Barthes. Nació en 1915 y lo atropellaron en 1980. Por fortuna, dejó varios libros escritos que, hablo de mi experiencia, me han hecho admirar no sólo su conocimiento y su inteligencia, sino también su inquietud por transitar, con cada libro, nuevos derroteros, no repetirse.
	Leo de él S/Z (Siglo XXI, 1980), que es resultado de un seminario que dio durante dos años (1968-1969) y que analiza lexía por lexía (unidad de lectura, unidad léxica, palabras, párrafos) el cuento Sarrasine, de Balzac.
	Tal vez el libro no sea para quienes leen sólo para entretenerse (qué maravilla) o para quienes escriben sólo porque aprendieron las primeras letras en la escuela. Es para lectores que gustan de analizar los entramados de una historia, para escritores que busquen algo más que contarla. S/Z analiza desde la crítica (psicológica, psicoanalítica, temática, histórica, estructural), pormenorizadamente, desde una expresión, “se sentó junto a mí”, por ejemplo, hasta el concepto de belleza, los matices de la narración y las conversaciones que los personajes de Sarrasine tienen en esta historia diferida, que es una caja china, un cuento dentro de otro.
	Dice, antes de entrar al análisis, que (p. 2) “lo que está en juego en el trabajo literario (en la literatura como trabajo) es hacer del lector no ya un consumidor, sino un productor del texto”, y también que (p. 3) “interpretar un texto no es darle un sentido (más o menos fundado, más o menos libre), sino por el contrario apreciar el plural de que está hecho”, porque (p. 7) “leer es un trabajo de lenguaje. Leer es encontrar sentidos, y encontrar sentidos es designarlos”.
	Ya en el análisis de ciertas frases de Sarrasine, dice Barthes (p. 76): “Leer es luchar por nombrar, es hacer sufrir a las frases del texto una transformación semántica. […] Se nos dice que Sarrasine tenía ‘una de esas voluntades enérgicas que no conocen obstáculos’; ¿qué debemos leer?, ¿voluntad, energía, obstinación, testarudez, etc.?”.
	Me encantan los títulos raros o misteriosos. S/Z me atrapó desde su título (y porque leo todo lo que encuentro de Barthes), sobre el que ya me había hecho varias teorías hasta llegar a la página 89, que lo explica. Sarrasine en pocas palabras, y en su instancia más básica, es la historia de un escultor feo, sin experiencia amorosa, que se apasiona por una hermosa cantante de ópera, Zambinella, que resulta ser un hombre castrado, un castrati. Y la historia funciona porque ocurre en la Italia de 1758. Vuelvo al título. Barthes propone varias ideas, tomo también la más elemental (p. 89): “S y Z están en una relación de inversión gráfica: es la misma letra vista desde el otro lado del espejo; Sarrasine contempla en Zambinella su propia castración. Por eso, la barra (/) que opone la S de Sarrasine a la Z de Zambinella tiene una función pánica: es la barra de la censura, la superficie especular, el muro de la alucinación, el filo de la antítesis, la abstracción del límite, la oblicuidad del significante, el índice del paradigma y, por tanto, del sentido”.
	Hay un momento en que Zambinella parece proponer un mensaje con un gesto. Dice Barthes (p. 126): “Aquí es imposible decir si el mensaje proviene de la Zambinella o del discurso, si se dirige a Sarrasine o al lector; no está situado… […] la escritura tiene el poder de operar un verdadero silencio del destino: literalmente es una contracomunicación”- 
	Zambinella es un ser sufriente (p. 136): “El mundo está desierto para mí. Soy una criatura maldita, condenada a comprender la felicidad, a sentirla, a desearla, y, como tantas otras, obligada a verla huir de mí en todo momento”.
	Sarrasine no se agota en una primera lectura; hay que releerla, sugiere Barthes, aunque esa otra lectura esté (p. 139) “injustamente censurada por los imperativos comerciales de nuestra sociedad que obliga a despilfarrar el libro, a tirarlo bajo el pretexto de que ha sido desflorado, para que se pueda comprar uno nuevo”. 
También, y esto lo sugiero yo, hay que releer S/Z.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 133. Bellísima noche. Héctor Cortés Mandujano

Bellísima noche
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

No he comido en todo el día, porque nadie ha comprado las chácharas que vendo.
	Al fin, alguien.
	Sólo me alcanzará para algo barato, unas quesadillas tal vez.
	Por el callejón, apenas algunos focos de luz amarillenta. 
        Huele mal. Miasmas.
	Me han dicho de tres viejas que venden comidas a precios módicos por aquí. 
        No conozco este rumbo.
	El local es pequeño, desastroso. Me asomo. Debe ser medianoche. Nadie. Basura, restos de comida. Movimiento. Una rata enorme. Otra y otra. Pienso, no sé por qué, que son las tres viejas. Me voy.
	Llego hasta el rincón donde dejé los cartones. Aquí duermo. El hambre contrae mis tripas. Me acuesto. ¿Tengo ochenta años o más?
	Cierro los ojos y me concentro en dormir. Oigo ruiditos. Entreabro los ojos y veo a las tres ratas descomunales.
	Una se convierte en una muchacha y me toma de la mano, me levanta hasta sus brazos, hasta su cuerpo oloroso, grato. Bailamos.
	La otra se vuelve una luz multicolor que acompaña nuestra danza. La tercera es mágica música.
	No tengo hambre, soy ágil, río, nada me hace falta. ¿Habrá alguien  en el mundo más feliz que yo en este instante?

***

[Dimos una función de teatro, La divinidad del monstruo, en Puebla, y salimos muy tarde. Era medianoche y teníamos hambre; encontramos –Alfredo, Nadia, Dalí y yo– algo que comer en un local pobrísimo atendido por dos ancianas. Goteaba el agua del lavabo, el olor de la comida lograba eclipsar los otros olores que yo supuse. Pasó por la calle y se acercó a nosotros un viejo esquelético, con una muleta, dificultades para moverse, una voz bajita y una caja de cartón. Vendía chucherías hechas de alambre y metal, evidentemente tomados de la basura. Nadia le compró una moto-encendedor. Se fue el hombre. Sentí desconsuelo por el viejo y las ancianas. Soñé con los tres en una pesadilla que terminaba horrorosamente. Decidí hacer mejor, apenas despertarme, esta fábula para conjurar la pesadumbre que adiviné en sus vidas. Quedé triste de todos modos.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 132. El hígado y el corazón de un pez. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ VII
El hígado y el corazón de un pez

Héctor Cortés Mandujano

Tobías hablaba constantemente con su ángel de la guarda, aunque éste no siempre, sino muy rara vez contestaba sus preguntas o mostraba su presencia más bien fantasmal y gigantesca. Tobías, por eso, a veces pensaba estar loco cuando hablaba con el aire mudo.
	Estaba enamorado de Sara, a quien no había confesado sus sentimientos, porque, consultado antes de dar ese paso, su padre no estaba de acuerdo con el eventual matrimonio. Tampoco el padre de Sara lo quería como yerno. 
         —¿Qué hago? ¿Qué hago?, preguntaba al aire. 
         “—Espera” –pensó oír en algún momento.
	 “—Espero qué”. 
         Silencio.

Un día su padre, como el rey Hamlet, decidió tomar una siesta bajo la fresca sombra de su jardín. Un gorrión jugaba entre las ramas. Cuando el padre dormía con placidez, el gorrión voló a la altura exacta, en la coordenada precisa, para que su deposición entrara completamente en el oído del durmiente. 
	El padre despertó con alaridos y dijo a Tobías, quien llegó presto, que el excremento de gorriones era mortal, que moriría sin remedio (estaba seguro que eso era lo que tenía en el fondo de su oído, pues había visto al pájaro revolotear antes de entrar al mundo inconsciente del sueño). Le pidió que fuera a cobrar a uno de sus deudores una fuerte suma para dejarlo con dinero suficiente y pudiera hacer frente a la administración de la finca y las responsabilidades que suponían ser cabeza de familia.
	Tobías corrió a cumplir el encargo y daba voces a su ángel, que, si estaba por allí, ignoraba su desesperación. Tenía que cruzar un río para llegar a su destino provisional. Cuando iba a la mitad, sintió una terrible mordida en su calcañar: era un pez enorme.
	Rafael, su ángel, se le apareció y le dijo: “No le dejes escapar, ese es la solución de tus problemas. Sácalo del agua y arráncale el hígado y el corazón”.
	Eso hizo Tobías, no sin esfuerzo. Volvió con el hígado hasta su padre y, en obediencia a las instrucciones del ángel, se lo dio de comer crudo. El padre sintió que su vida estaba de vuelta y dijo a Tobías que le cumpliría cualesquiera de sus deseos.  “Quiero que aceptes a Sara como mi esposa”. 
        “—Concedido” –dijo el padre vuelto a vivir.
	Tobías fue hasta la residencia de Sara y sus padres, que estaba ocupada, también, por espíritus malignos, diablos poderosos. Ninguno, le dijo el ángel, podrá resistir el humo del corazón del pez, que quemarás en el centro de la casa.
	Tobías y Sara se casaron ante la mirada complacida de los padres. En la noche de bodas, Tobías deseó que el ángel no estuviera viendo a su mujer desnuda y luego a él con ella haciendo lo que los ángeles nunca podrán. No podía estar seguro. De todos modos, se portó como si sólo estuviera con ella. Y así lo siguió haciendo en las noches subsiguientes… 

[Aunque modificadas varias circunstancias, este cuento tiene como base el bíblico Libro de Tobías.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

de México y el extranjero.

Polvo del camino. 131. La conversación en «Peor para el sol», de Sabina. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 9 
La conversación en "Peor para el sol, de Sabina 

Héctor Cortés Mandujano

Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, 1949) no sólo es evidentemente un gran lector; también tiene un oído entrenado para la poesía. Escribió muchos sonetos para la revista Interviú, que luego fueron parte del libro Ciento volando de catorce (AGT Editor, 2001). En algunas de sus canciones es obvio su conocimiento poético y su dominio del idioma.
	“Peor para el sol” (de su álbum Física y química, de 1992) es, aunque no lo haya explicitado con ningún dueto (creo), una conversación, que yo remarco con guiones. Se supone que, en un bar, un hombre pregunta el nombre a una mujer (esta no lo dice de forma explícita la letra de la canción, es la inferencia previa) y ésta le dice en los versos que canta únicamente Sabina:
	“—¿Que adelantas sabiendo mi nombre? Cada noche tengo uno distinto, y siguiendo la voz del instinto me lanzo a buscar… 
	“—Imagino, preciosa, que un hombre…
	“—Algo más: un amante indiscreto, que se atreva a perderme el respeto, ¿no quieres probar? Vivo justo detrás de la esquina, no me acuerdo si tengo marido. Si me quitas con arte el vestido, te invito champán.”
	El personaje que nos cuenta la historia es el hombre del bar, que nos dice: “Le solté al barman mil de propina, apuré la cerveza de un sorbo. Acertó quien ‘El templo del morbo’ le puso a este bar”. (‘El templo del morbo’, es, hay que decirlo, un pésimo nombre para un bar, pero tal vez sólo eso le rimaba a Joaquín. Es como Juan Gabriel, que en “Amor eterno” rima Sepulcro con Acapulco… A veces las musas están distraídas.)
	La canción nos sigue contando la aventura con la misma forma conversada: van al depa de la mujer, esnifan una raya de coca (“Nos sirvió para el último gramo el cristal de su foto de boda”; estas imágenes canallas de Sabina, me parecen impostadas; son usuales en sus canciones. Parece que quisiera asustar al auditorio: ‘Oh, qué falta de respeto, qué malvados’), se desnudan. La mujer, en su papel de devoradora, le informa que no se debe enamorar, en otra de sus declaraciones de mala telenovela (“con el alba tendrás que marcharte para no volver”).
	La respuesta de él tiene el mismo temblor melodramático: “Es mejor, le pedí, que te calles; no me gusta invertir en quimeras. Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón.”
	Tienen sexo, sin remilgos, como ella propone (“en mi casa no hay nada prohibido”) y que él resume, con cursilería (“Ya sabéis, copas, risas, excesos, ¿cómo van a caber tantos besos en una canción?”). Sabina reconoce, en una entrevista que le oí, que en una canción un elemento central es la cursilería; ésta tiene un evidente desbalance entre lo canalla y lo azucarado. [No quiero sugerir que mi corazón es de piedra; suelo también ser cursi, aunque hay cosas que, llevadas al extremo, como en “Peor para el sol”, me dan ñañaras.]
	Lo previsible ocurre al final: el hombre regresa al bar, herido por la experiencia, y se encuentra con que ella también ha vuelto (“Me moría de ganas, querido, de verte otra vez”. Oh, el amor existe, exclamaría una quinceañera).
	Lo menos logrado de la canción, me parece, es el estribillo, que dice el hombre a quién sabe quién: “Peor para el sol, que se mete a la siete a la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna”.
	Lo llamativo es la eficacia de un compositor, bastante popular, que es capaz de disfrazar un diálogo como si fuera un texto continuo, sin perder el hilo de la trama. Y hacer que una historia, contada con cierta complejidad, parezca tan simple de escribir…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Polvo del camino. 130. Árbol-jaguar/1. Héctor Cortés Mandujano

Árbol-Jaguar/ 1
Somos el árbol que una vez soñamos

Héctor Cortés Mandujano

Toda la noche fue soñar con árboles

Efraín Bartolomé

Para celebrar los 70 años de existencia del poeta Efraín Bartolomé (Ocosingo, Chiapas, 1950), Berenice Torres Almazán, editora, congregó a Ediciones Oropéndola, La Flauta de Pan y Librería Los Argonautas para publicar, en noviembre de 2020, el libro doble Soñar con árboles, de Efraín Bartolomé, y Setenta años en setenta imágenes, de Guadalupe Belmontes Stringel.
	Las fotografías de Guadalupe, Pillita, Belmontes, esposa y compañera del poeta, lo muestran a él, en setenta instantáneas, al lado, dentro, cerca, rodeado, recargado, parado, sentado, debajo, con una mano puesta sobre la crústula, detrás, con un pie sobre la raíz, medio escondido, meditando, escribiendo, en cuchillas, en actitud contemplativa, casi invariablemente vestido de blanco, tocándose la sien, de perfil, de cuerpo entero, en plano americano, en retrato viendo a la cámara, con los ojos bajos, viendo hacia otro lado, tal vez hablando, abrazando, pegando su rostro al tallo, entre las ramas, solo y, al final, en una foto de Balam, hijo de Efraín, en compañía de Pillita y siempre, en todas, hermanado a uno o muchos árboles.
	Los lugares donde fueron tomadas las fotografías son también disímbolos: Deyá, Mallorca, España; Yaxchilán, Chiapas; Angkor Wat, Camboya; Reservas de la Biósfera El Triunfo y de la Biósfera de los Montes Azules, Chiapas; Bosque de Ahuehuetes, Aguascalientes; Río Jataté, Ocosingo, Chiapas; Nueva York; Garganta de Samariá, Creta, Grecia; Tapijulapa, Tabasco; Colima; San Diego, California; Feldafing, Alemania; Bonampak, Chiapas; Copán, Honduras;  Madrid, España; Filadelfia, EUA; Churubusco, Ciudad de México; Suiza; Chiapa de Corzo, Chiapas, etcétera.
	Las páginas dejan a veces ver sólo las fotos, aunque hay paraderos donde únicamente está la Poesía nacida de su amor arbóreo (p. 54): 

                      Mi santa escuela
              estaba allí: en el patio de mi casa
               bajo la clara copa de los árboles

Hace tiempo que Efraín no publicaba nuevos poemas. Sin embargo, no es éste, decía, un libro exclusivamente, sino dos, y los poemas son hojas, quizás ramas en el árbol que constituye este libro mayormente fotográfico. Pero es una alegría oír de nuevo la voz de este hombre que sabe cómo traducir su corazón en estas savias y sabias palabras: Somos el árbol que una vez soñamos (p. 111):

             Hojas y ojos abundantes se dieron en nosotros
             para mirar la noche
                   el artero crepúsculo
                        el apasionado amanecer

Habla en estos poemas de árboles que se queman o sufren con las desdichas de tener cerca hombres con hachas, aunque no deja de quererlos y sentirlos vivos (p. 40): “Hay que sembrar un árbol en la imaginación/ Luego soñar que crece…”. Los árboles, al final, han sido capaces de sobrevivir a tanto (p. 48): “Después de la tormenta/ todos los árboles de la montaña/ parecieran hablar”.
	Trasmina en sus poemas su amor por la naturaleza (p. 62): “Padre/ Árbol inmenso/ Hasta ti vine caminando en sueños/ Permíteme pasar/ Una vez más/ pido permiso para pisar tu sombra”.
	El tilo y la encina, la mujer y el hombre, Efraín y Pillita, están aquí de nuevo, en Soñar con árboles/ Setenta años en setenta imágenes, unidos inextricablemente, como ha sido, como es, como será…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Fotografía: Balam Bartolomé




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 129. Recomendaciones para leer Malabarista de azotea. Héctor Cortés Mandujano

Recomendaciones para leer Malabarista de azotea

Héctor Cortés Mandujano

Antes de pensar en leer este libro, es ideal que te guste caminar sobre lo más alto de las bardas y, de preferencia, si puedes, afilar las uñas en la cáscara de los árboles. Si eso no fuera posible, ni modo, en algún sillón de la primera sala que encuentres.

Lo aconsejable para disfrutar la lectura de Malabarista de azotea es que de vez en cuando juegues con ratones y llegado el caso los mates, intentando que no chillen, porque hay algunas personas (en especial Damaris Disner, la autora) a quienes no gusta el chillido ratonil. 

Es importante que te gusten los poemas juguetones, risueños, que dan piruetas y hacen figuras, porque Damaris Disner ha escrito muchos en Malabarista de azotea y puede que, si eres muy seria o muy adusto, se te salga una carcajada que ponga en entredicho tu cara de palo.

Es mejor que te prepares y no creas que este es un libro como todos. No. Juventino Sánchez Vera, Damaris Disner y Ámbar Zoé Virgen Álvarez han hecho que las páginas parezcan parte de una caja de sorpresas, porque hay de pronto letras gigantescas, poemas que parecen un plato, una bañera, una copa de helado, y dibujos de gatos que saltan, vuelan, ríen, sueñan…

Es básico que tengas el cuerpo lleno de pelos, muchísimos pelos y, requisito indispensable, tengas una larga cola que puedas mover mientras lees, rascándote –raca, raca. raca– a tu gusto; si no, ni modo, siéntate en tu cola sin cola y con tus garras sin pelos dale vuelta a las sesenta y tres páginas de este divertido libro.

Si no sabes maullar, es súper urgente que aprendas, porque, como cuenta Damaris Disner en “El abecedario que esconde”, se tiene que saber maullar para (p. 11) “reclamar tres comidas diarias: miau, miau, miau”. También es aconsejable que maúlles cada vez que termines de leer un poema. Si no, por lo menos ráscate la panza o lámete una pata.

Es im-por-tan.tí-si-mo que nunca te hayas cortado los bigotes. Si no tienes bigotes es como si fueras un pez sin espinas, una casa sin azotea, un ratón sin chillidos, un gato con ojos feos.

Lo mejor, para leer Malabarista de azotea, de Damaris Disner, es que seas gato, gata o gate y si eso no es posible, ni modo, aunque sea uno de esos que pertenecen a la casta inferior que se hacen llamar “seres humanos”. 


[Texto leído en la presentación de Malabarista de azotea, de Damaris Disner. 1 de julio de 2022. Casa Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

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