Voces ensortijadas 246. ¿Cuánto cuesta la salud? María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

¿Cuánto cuesta la salud?

Selene revisó su reloj, eran las 9:45 de la mañana, había quedado de ir a la farmacia por los medicamentos de su tío René. Bianca su prima le llamó un par de días antes para pedir su apoyo para la compra de las medicinas. Selene y sus familiares más cercanos habían conformado una red de colaboración para situaciones diversas, entre ellas las cuestiones de la salud.
—No solo hay que estar juntos en la pachanga, también en los momentos de necesidad —solía decir la tía Chayito, esposa del tío René.
Antes de salir a la farmacia, Selene buscó la imagen de la receta médica que le mandó Bianca y el mensaje con los costos de los medicamentos. Hizo una cuenta sobre el aproximado del total que sería, siempre y cuando hallara todas las medicinas. Se alegró que no tuviera que comprar ningún antibiótico porque no le aceptarían la receta en formato digital.
Para la compra de los medicamentos Selene siguió la ruta que le sugirió Bianca. Al llegar a la primer farmacia, una de las mejor surtidas, se formó en la larga fila que había.
—Pero qué barbaridad, cuánta gente hay aquí. ¿Será que está más económico acá? Por eso habrá esta fila de espera —dijo para sí Selene mientras esperaba pasar pronto para que la atendieran.
Como al interior de la farmacia se perdía la señal de internet, Selene se concentró en observar el servicio que daba cada trabajador y trabajadora de la farmacia a la clientela. Tocó el turno a una señora que iba antes que ella. La señora habló con el empleado y le pidió el precio del medicamento solicitado y que le repitiera nuevamente el costo.
—Cuesta 1105 pesos, es lo de una caja. Aquí dice que es una caja por mes y que tiene que tomar el medicamento por un año.
El rostro de la señora dibujó desaliento, a pesar de eso siguió preguntando,
—Si cuesta eso, entonces como cuánto sería en un año. Más de 10 mil pesos, como 13 mil…
El empleado, con un rostro de poco interés, hizo movimientos en la computadora y dijo,
—13,260 pesos, sería —mientras su mirada se enfocaba en la fila de espera.
La señora repitió la cantidad y nuevamente inquirió si no habría otro medicamento de más bajo costo, el empleado le dijo que no. La señora volteó a ver a la fila de la clientela en espera, como una especie de auxilio. Finalmente, dijo que avisaría del costo del medicamento y luego regresaría a la farmacia.
Selene sintió una especie de impotencia. Quiso tener mucho dinero y poder apoyar a la señora. Por fin, le tocó el turno de atención, pasó y refirió la lista de medicamentos. Mientras el empleado iba a buscarlos, ella se quedó pensando en la señora que no compró el medicamento. ¿Cuánto cuesta la salud? Fue la pregunta que le resonó. Vinieron a su mente una serie de pensamientos, entre ellos que no todos tienen las posibilidades de comprar medicamentos caros, no todas las personas tienen acceso a un sistema de salud público y tienen que acudir a un servicio médico particular, pero no alcanzan a cubrir el costo de las medicinas.
El empleado regresó con los productos, a excepción de uno, todos los demás de la receta estaban surtidos. Al momento de pagar, Selene agradeció en su interior que su familia tuviera la oportunidad de hacer uso de un servicio médico particular y tener dinero para comprar medicamentos. Rumbo a casa siguió pensando, ¿cuánto cuesta la salud? Y en la medida que sus pasos avanzaban fue ideando en cómo poder aportar desde su red familiar para situaciones como la de la señora. Sin embargo, el trabajo tenía que ir más allá, porque la salud es un derecho y como tal las autoridades tienen, dentro de sus tantas encomiendas, que trabajar en eso. Respiró profundo, un par de niños corriendo delante de ella le hizo intentar esbozar una sonrisa, sin duda que había mucho que trabajar desde la sociedad en el tema de la salud y los derechos a ella.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 245. A la falda de la montaña. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

A la falda de la montaña

El otoño no solo había llegado con esos aires que anuncian que falta poco para concluir el año, sino que también había traído consigo tormentas tropicales. A Samantha le gustaban los días lluviosos, siempre y cuando no fuera a causa de tormentas o huracanes, por ese ambiente relajado que puede generar la lluvia, el olor a tierra mojada y el contemplar la vegetación verde.
Justamente había pasado la mitad de la semana con lluvias intermitentes, por ratos muy fuerte, luego llovizna, una leve pausa y de nuevo llovía con fuerza. La tarde del jueves la lluvia había dado tregua buena parte del día, justo casi a la hora de salir del trabajo comenzó a hacerse presente en forma de llovizna, menudita pero continua.
Samantha verificó que ya era hora de la salida, apagó el equipo de cómputo, verificó que no hubiera quedado nada prendido y salió de su oficina. Se puso el impermeable, esa vez olvidó el paraguas en casa. Se agradeció tener el impermeable de emergencia que solía guardar en la oficina. Caminó hacia la entrada, esperaría a que pasaran por ella.
Contrario a otras ocasiones esta vez el paso de Samantha fue sin prisa, no solo porque Mineth su hermana e Ignacio, su primo, no eran puntuales sino porque sintió una sensación de disfrutar el paisaje de la llovizna. Se dirigió lentamente por el pasillo hasta quedar de frente a la montaña que rodeaba su espacio laboral.
Observó el paisaje, muchos árboles frente a ella. Los árboles eran altos, con un follaje precioso, la lluvia les daba un toque especial, casi mágico. Recordó los dibujos que solía hacer de niña cuando intentaba representar montañas. En sus trazos dibujaba una especie de líneas curvas que adquirían la forma como ella veía las montañas, luego las rellenaba con árboles cuyo follaje tenía un intenso color verde. Cuando terminaba sus dibujos se quedaba pensando en las imágenes que veía en la carretera, las montañas le causaban mucho asombro. Más de una vez se hizo dos preguntas, ¿qué se sentirá subir a la montaña? ¿Los árboles serán acolchonados en sus copas?
La llovizna le había mojado el rostro, pero eso no era impedimento para que siguiera contemplando el gran regalo. Halló que entre los árboles también había pequeños espacios, la distribución entre el tamaño de los árboles era lo que generaba el curveado que ella intentaba dibujar con formas como rizos que se juntan.
Mientras seguía contemplando la vista hacia la montaña su rostro dibujó una sonrisa. Tenía un par de años trabajando en ese lugar y no se había percatado que justamente se ubicaba a la falda de la montaña.
—Mira Samantha, tu sueño de niña hecho realidad ahora que eres adulta —se dijo en voz alta.
El sonido de su celular le hizo volver la vista a su bolso, era un mensaje de Ignacio.
—Samantha ya estamos en la entrada, te esperamos.
Guardó el celular. Se llevó las manos al rostro intentando limpiar las gotas de la lluvia. Se acomodó el gorro del impermeable y con el corazón contento caminó rumbo a la entrada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 244. Se envuelven regalos. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Se envuelven regalos

Yunuen salió por el mandado que le pidió su mamá, el clima ese sábado estaba muy caluroso. Al entrar al mercado sintió un poco menos de calor; en algunos puestos tenían encendidos ventiladores. Pasó al puesto de las especias, revisó la lista de ingredientes que le anotó doña Pilar. Fue pidiendo la mercancía y por suerte, halló todo lo que necesitaba.
—Mi mamá se pondrá bien contenta, pocas veces encuentro todo lo de la lista —dijo para sí, mientras disfrutaba el olor que despedía la bolsa con rollitos de canela. El olor de la canela era de sus favoritos y qué decir del sabor.
Guardó los productos en las bolsas de tela que había llevado. Llegó al puesto donde vendían pescados y camarones, compró algunos filetes de pescado y aprovechó que también tenían bolsitas con verduras picadas y ramos de epazote.
Mientras seguía el recorrido en el mercado, se detuvo un momento, repasó la lista de cosas pendientes por comprar. Continuó caminando y se topó con un puesto de coronas de flores, de las que suelen usarse para coronar y felicitar a quienes cumplen años.
—¡Uy pero qué despistada soy! Mañana es el cumpleaños de la tía Lucita y se me olvidó por completo. ¿Y ahora qué le voy a regalar? —se dijo en voz alta mientras se llevaba la mano a la frente. Sintió algunas miradas de personas que la observaban. Yunuen siguió su camino, ahora con ese nuevo pendiente.
Su mente seguía pensando en el regalo para la tía Lucita, era una de sus tías consentidas, no solo de ella, sino de toda la familia. Como si tuviera una especie de rayo de luz, Yunuen recordó que tenía una manta para bordar, eso sería el regalo para la tía. Aprovechando que estaba cerca de ahí un puesto de hilos, se acercó y compró un par de ellos para combinar con los que ya tenía en casa.
Antes de retomar el camino a casa verificó la lista del mandado, llevaba todo y hasta algunas cosas de más, como los hilos. Hizo nuevamente una pausa, descansó un ratito del peso de las bolsas y se quedó observando a las personas que pasaban a su lado y al frente de ella. Nuevamente sintió lo cálido del clima. Se le antojó un agua de jamaica, pero no vio ningún puesto de aguas frescas. Gente iba y venía, adultas, jóvenes, niñas, niños. Cada quien en su mundo.
—¡Cristos, Cristos! —se escuchó del lado derecho, era un comerciante ambulante que iba con su diablito lleno de imágenes religiosas, de bulto.
El señor se veía cansado, sediento como Yunuen, solo que a diferencia de ella, la carga que él llevaba era más pesada y no podía darse el lujo de detenerse a observar como ella. El vendedor siguió su paso. La mirada de Yunuen se detuvo en un letrero, Se envuelven regalos, colgando frente a una caja envuelta con papel de fiesta.
—¡Oh! También necesito una envoltura para el regalo de la tía —se dijo para sí.
Hizo memoria si tenía algún ahorro para comprar una envoltura. Antes de iniciar con una nueva preocupación decidió que haría algo creativo con los materiales de reuso que encontrara en su casa. Respiró profundo. Era hora de volver a casa, se dirigió a la parada del colectivo. Subió, se acomodó en el asiento junto con sus bolsas. El transporte pasó justo frente a la tienda donde estaba el letrero de las envolturas. Yunuen sonrió. Recordó que de niña le gustaba crear envolturas distintas para los regalos. Su mente ya estaba ideando la envoltura ideal para el obsequio de la tía Lucita.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 243. Entre el azul y el silencio. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Entre el azul y el silencio

Rebeca dio el último sorbo a su vaso de agua fresca que le había preparado Dinorah, su hermana menor, conocía bien sus gustos, limonada con un toque de jengibre. Como muy pocas veces, Rebeca se había dado el espacio para estar sin hacer nada, algo raro en ella, todo el tiempo andaba de un lado a otro. Recordó que su tía Domi le solía decir cuando visitaba a la familia,
—Rebe, pará un rato hijita, no que sos una pirinola, gire y gire. ¿Es que no te cansás?
Cuando escuchaba eso de la tía Domi, Rebeca sólo sonreía y le preguntaba qué postre quería, la tía Domi hacía una pausa en los comentarios y hasta se animaba a cocinar con ella. Las galletas con grageitas eran sus favoritas.
Esa tarde del miércoles, luego de comer, Rebeca decidió no ir a trabajar al negocio familiar. Tenían una papelería muy sui géneris, en ella se podía comprar desde un lapicero, hasta estambre, agujas, aros para bordar y unas macetas pequeñas, con estilos no repetidos. Dinorah se había adelantado a abrir el negocio, más tarde llegarían don Santiago y doña Mirta, padre y madre de las hermanas.
—¡Hola, Dinorah! Esta tarde me quedo en casa, les veo en la noche. Besos —escribió Rebeca en un mensaje por Whatsapp.
—¿Te sientes bien, Rebe? Tú nunca faltas a la tienda —contestó de inmediato Dinorah.
—Todo bien, nenita, hoy me tomé la tarde 🙂 —señaló Rebeca.
—¡Súper! Me alegra, yo les aviso por acá que no vienes. Disfruta —se despidió Dinorah.
Sin tener bien claro qué haría en la tarde, Rebeca se decidió por la lectura, tomó el libro que tenía intacto desde muchas semanas atrás, El eterno femenino, de la autora Rosario Castellanos. De una sentada logró avanzar lo que no había hecho en semanas, hasta terminar la obra. En voz alta leyó:
—"Voy a ponerme a cantar/el muy famoso corrido/de un asunto que se llama/el eterno femenino,/ y del que escriben los sabios/ en libros y pergaminos… Porque me voy despidiendo/ y no quisiera olvidar/ a ninguna, aunque bien sé/ que en un corrido vulgar/ ni están todas las que son/ ni son todas las que están."
La obra de teatro de la autora había sido de su total agrado, se quedó reflexionando en los tres actos planteados, en la manera de abordar las realidades de las mujeres, de una manera crítica, con un humor que invita a no quitar el dedo del renglón, la condición de las mujeres en las sociedades. Dejó el libro sobre un estante y salió al patio. Aún tenía tiempo para contemplar el cielo.
La tarde era soleada. Rebeca recordó la importancia del silencio, ese que normalmente no solía disfrutar por el constante ajetreo. Levantó la vista al cielo y descubrió un intenso azul que regocijaba al contemplarlo, luego se sentó un rato cerca de un árbol de jazmín que había sembrado don Santiago. Cerró los ojos unos instantes, percibió el aroma de los jazmines; en el silencio se asombró, cuánto tiempo tenía de no poner atención a los latidos de su corazón. Ahí se quedó un ratito más. Esa tarde de "ombligo de semana", Rebeca había tomado la mejor decisión, entre el azul y el silencio, se había vuelto a escuchar.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 242. El encanto sonoro de la noche. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

El encanto sonoro de la noche

La época de lluvias estaba en su apogeo en el verano. Bertha disfrutaba de la lluvia, siempre y cuando estuviera en casa. Tenía gratos recuerdos de pequeña cuando en los días lluviosos las clases en la escuela se suspendían. Ella y sus hermanos solían jugar, inventándose historias que iban en barcos y transformando la sala de su casa en ese escenario.
El fin de semana Bertha, Amparo su pequeña hija de cinco años y Jacobo su esposo habían quedado de acampar en el patio de su casa. Amparo tenía mucha emoción por acampar; la situación económica en la familia no estaba tan generosa para salir de paseo fuera de la ciudad, así que Bertha propuso hacerlo en casa. A Jacobo y Amparo les pareció buena idea.
Cada integrante de la familia tenía asignadas tareas y las realizaron. Amparo buscó las lámparas de mano, unas cobijas y tapetes para colocar en el piso. Jacobo preparó los sandwiches para la cena. Eligió hacerlos dulces y salados. A Amparo y a Bertha les gustaba la mermelada de higos, también el atún con aguacate y lechuga. Bertha fue a buscar la casa de campaña que tenían tan guardada que le costó encontrarla. También preparó un té de zacate con una pizca de canela. Ésa era una bebida caliente que les encantaba.
Mientras buscaba la casa de campaña, Bertha halló unas velitas que había olvidado que tenía en casa. Se le ocurrió que podría colocarlas en vasos chicos y hacer como un pequeño camino con ellas que le diera un toque especial frente al campamento.
Entre los tres instalaron la casa de campaña, la reforzaron por si acaso llovía, acondicionaron al interior. Jacobo fue por la cena y Bertha con ayuda de Amparo prendió las velitas. Eran alrededor de las siete de la noche cuando el campamento ya estaba listo, así que decidieron entrar. No solo Amparo estaba emocionada también su mamá y papá.
Entraron a la tienda de campaña, prendieron las lámparas. Acto seguido comenzaron a caer unas gotitas de agua, estaban con tal algarabía degustando la cena que no alcanzaron a percibirlas hasta que la llovizna dejó de serlo para tornarse en una lluvia más fuerte. Amparo no tardó en preguntar si la casa de campaña resistiría a la lluvia, Bertha le dijo que sí, secundada por Jacobo.
Jacobo propuso leer el libro Las mil y una noches, como por arte de magia, lo sacó de una de las cobijas. Bertha y Amparo aceptaron, cada quien fue leyendo en voz alta una parte. Estaba tan entretenida la lectura que se olvidaron de la lluvia, hasta que Amparo dijo,
—¿Ya no está lloviendo?
—Es cierto, ¿tienen sueño? —preguntó Bertha.
—Yo no, ¿y ustedes? —respondió Jacobo.
—Tampoco —dijo Amparo.
Bertha les propuso acostarse, apagar las lámparas y disfrutar el encanto sonoro de la noche. Justo después de la lluvia había una especie de magia con los sonidos. Les invitó a disfrutarlos. Así, fueron distinguiendo el canto de los grillos, el croar de las ranas, el gotear de algunas hojas de los dos árboles que tenían en el patio y cerca de donde estaba la casa de campaña, más allá los ladridos de algunos perros de casas vecinas. Esa noche la lluvia había sido un bello regalo para disfrutar más su campamento.


    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 241. La vida es una fiesta. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

La vida es una fiesta

Julieta había quedado de comer el sábado con Mónica y Ramiro, dos de sus amistades de la época universitaria. Pese a su intensa semana laboral había despertado temprano ese día, tenía alrededor de un mes sin hacer su rutina de caminata en fines de semana. Echaba de menos salir a caminar, disfrutar la mañana sin prisas, escuchar el canto de los pájaros que solían habitar el parque por el que normalmente pasaba como parte de su ruta y observar esos detalles que de lunes a viernes pasaba inadvertidos por el incesante transcurrir del tiempo.
Mientras caminaba se percató que había nuevos murales en algunas bardas de casas, varios de ellos con alusión a temas de cuidado a la naturaleza. También encontró pequeños letreros como señalética para recordar depositar la basura en los botes. Eso le alegró no solo la vista sino también el corazón, sobre todo porque en esa zona había pequeñas áreas verdes y más de una ocasión ella había levantado botellas de plástico que la gente tiraba.
—¡Ojalá que estos murales nos hagan reflexionar y tener presente que si cuidamos a la naturaleza nos cuidamos! —se dijo en voz alta.
Continuó su recorrido, hizo una pequeña pausa para tomar agua, se dio cuenta que aunque era sábado había mucho movimiento, personas en distintas faenas, ésas que normalmente no tenía el gusto de observar en la semana. Se alegró de haber retomado la caminata, decretó desde su corazón que el tiempo tenía que ser su aliado, para poder disfrutar al máximo cada instante.
Al retomar su caminata vio a lo lejos que unas personas adultas mayores tenían una plática amena en la puerta de una casa. Al pasar cerca de ellas se dio cuenta que era una señora y dos señores quienes conversaban. El rostro de las tres personas mostraban alegría, la señora era quien tenía el turno de la palabra, justo cuando Julieta pasó frente a ella la escuchó decir:
—¡La vida es una fiesta! Reímos, bailamos, luego paramos, nada es para siempre.
El tono en que la señora expresó su sentir hizo mover muchas emociones en Julieta, cuántas veces se podía olvidar que la vida es una continua sucesión de oportunidades para estar y vivirlas. Vinieron a su mente los instantes de agobio y estrés en su dinámica cotidiana, había tanto que soltar. Siguió su caminata con más ánimo para luego dirigirse rumbo a casa.
Al llegar a su domicilio respiró profundo, vaya que la actividad había sido intensa, no solo por haber retomado el ritmo de hacerla sino por la cantidad de paisajes con los que se había deleitado. En eso estaba cuando escuchó su celular, era un mensaje de Ramiro, les preguntaba a Mónica y a ella si confirmaban la comida de esa tarde. Mientras Julieta respondía el mensaje afirmando que ella ya tenía agenda apartada para comer con ambos, que tenía muchas ganas de saludarles y conversar largo y tendido, sonrió para sí. Luego se dirigió a la cocina para ver qué prepararía de desayuno, el canto de un pájaro se escuchó como fondo musical y en su mente resonó nuevamente la frase, la vida es una fiesta.

    
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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 240. Los dulces del terruño. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Los dulces del terruño

Terminó la jornada laboral del miércoles, Mariela apagó su equipo de cómputo, tomó su bolso y se encaminó a la salida. En el pasillo coincidió con Mercedes y Trinidad, quienes trabajaban en el área de contabilidad de la empresa, se saludaron y platicaron brevemente. El tema de la charla fue el clima, coincidieron en que percibían aires del tiempo que daban señales cercanas a fin de año, específicamente, un clima que anunciaba el Día de Muertos. Lo más curioso es que aún estaban en verano. Se despidieron y cada quien tomó su rumbo.
     Mariela se quedó pensando en la coincidencia con Trinidad y Mercedes, de inmediato vino a su mente el mensaje de dulces regionales. Antes de subir a su coche revisó su reloj eran las 5:15 de la tarde, recordó que Damián, su hijo, le había pedido que le comprara algunos dulces regionales. Al día siguiente tenía que participar en una exposición en la primaria.
     —¡Uff por poco se me olvida! ¡Bendito clima que me hiciste evocar los dulces! —dijo para sí.
     Subió al carro, estaba a tiempo de pasar cerca del mercado, justo cerraban a las 6 de la tarde. Por fortuna no tuvo problemas para hallar lugar donde estacionarse. Ahora el reto era encontrar puestos donde vendieran dulces.
     Mariela caminó entre los puestos, el área de las cocinas económicas estaba casi por cerrar. Se sintió extraña al pasar por ahí sin que nadie la llamara, como solían hacer en las cocinas cuando era mañana o mediodía, "¡pásele, le mostramos la carta! ¿Qué va a querer güerita?" Apresuró un poco el paso, atravesó el pasillo de las carnicerías, todo cerrado. Dio vuelta y alcanzó a distinguir unos canastos grandes, seguro eran las señoras que vendían pan, ya no estaba tan lejos de hallar quien vendiera dulces.
     Para la sorpresa de Mariela además de los puestos de pan estaban los de tamales, pero de dulces no se miraba ninguna señora con venta. El corazón de Mariela comenzó a sentir una especie de angustia, se resistió a mirar el reloj. No se dio por vencida y preguntó con una señora que vendía tamales y atole, dónde podría encontrar dulces regionales. La señora hizo un ademán en dirección opuesta a donde estaba. Mariela agradeció y se dirigió a ese rumbo.
     La mirada de Mariela se alegró, al fondo había una señora ya mayor, con una pañoleta roja cubriendo su cabeza, era la única que estaba vendiendo dulces. Los productos de la señora eran diversos, tenía dulces de cupapé, higos, camote, turuletes, chilacayote, gaznates y puxinú.
     —Buenas tardes señora —dijo Mariela.
     —¿Buena tarde chula, qué va usté a querer? —respondió la señora.
     Mariela hizo su pedido con un poco de cada dulce, se sintió afortunada de encontrar a la señora vendiendo a esa hora. Cada uno de los dulces le gustaba. Además de comprar para la tarea de Damián, apoyaba al comercio local y a una labor que cada vez se volvía más escasa, la elaboración de dulces regionales, los dulces del terruño. Dio las gracias a la señora, quien también se mostró contenta.
     —Muchas gracias señora —dijo Mariela.
     —¡Dios la bendiga chula! Le voy a poner su coitán, usted me trajo la suerte, ya voy a levantar mi venta, ya es tarde —señaló la marchanta.
     Mariela retomó su camino, con el corazón contento, vino a su mente la época de su infancia donde las vendedoras de dulces pasaban en las calles, vendiendo de casa en casa, con su canasto sobre la cabeza y anunciando sus productos de una manera muy particular,
     —¿Vas té a queré caballito, turulete, dulce de puxinú, oblea, gaznate?
     Vaya que los tiempos cambian pensó, ya tenía que compartirle a Damián, para su exposición sobre los dulces del terruño.


    
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Voces ensortijadas 239. Mariposas en verano. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

Mariposas en verano

Ese sábado Araceli despertó alrededor de las 7:30 de la mañana. A José, su papá, le sorprendió que en fin de semana estuviera despierta a esa hora. Mientras se preparaba un licuado de leche con manzanas y peras, le explicó a su papá que el motivo de madrugar ese día era porque quería comprar materiales para una maqueta que le habían pedido en la prepa. La tienda donde vendían lo que requería solo trabajaba un rato en día sábado. Se dio un baño y se apresuró para salir antes de las 9 de casa.
     Aunque el día era soleado, a esa hora todavía se percibía cierta sensación de frescura. Araceli se percató que mientras caminaba sobre la acera izquierda, apareció una mariposa amarilla en tamaño pequeño, volando en medio de la calle,  luego una mariposa más se incorporó y como en una especie de sincronización los vuelos de ambas se conectaron. Araceli las observó y pensó que era una linda manera de iniciar el día, sobre todo cuando era muy raro ver volar mariposas en las calles de la ciudad.
     A medida que continuó su recorrido las imágenes de las mariposas fueron viniendo a su mente; recordó que de niña solía ver muchas mariposas en las calles. Intentó identificar en los recuerdos si era en la época de verano cuando las veía, justo coincidió en que sí. Había olvidado que el vuelo de las mariposas le generaba una grata sensación y ánimo, como si ella también estuviera en movimiento con ellas. En ese mar de pensamientos, se le hizo breve  el trayecto a la tienda.
     Cuando Araceli se percató que la tienda que buscaba ya estaba abierta, sintió una especie de tranquilidad, aunque lo estaría más cuando verificara que ahí vendían los materiales que le faltaban para hacer su maqueta. En efecto, ahí encontró lo que necesitaba. Preguntó costos e hizo cuentas para ver si llevaba el dinero suficiente para la compra. Se detuvo unos instantes, no le alcanzaría para comprar todo lo que quería; antes de que pudiera juzgarse por no haber previsto llevar más dinero o pedirle a su papá, se hizo algunas preguntas:
     —¿A ver Araceli, en realidad requieres todo eso? ¿Hay algunos productos que podrías sustituir creándolos tú con materiales reciclables? ¿Y si lo intentas?
     En eso estaba cuando de nuevo vinieron a su mente las mariposas en movimiento, esa ligereza y ritmo en el vuelo era un hermoso paisaje para detenerse a observar. Sin duda que esa mañana la habían inspirado.
     Finalmente, decidió llevar solo algunos materiales, haría el intento de crear los que le faltaban. La materia prima a reutilizar la tenía; consideró integrar materiales como semillas, hojas y  ramas secas de flores o árboles que había en casa.
     Regresó a su domicilio, aún no había mucho movimiento en su familia, supuso que continuaban durmiendo. Se dirigió al patio donde tenían flores y algunos árboles frutales. Se agachó para recolectar hojas y ramas secas, mientras elegía cuáles eran las más idóneas para la maqueta se percató que una mariposa, luego otra y otra, revoloteaban en las flores que había en el patio. Hizo una pausa en su labor de recolección. Admiró la cadencia de los movimientos de las mariposas, sus bellos colores y decorados, su agilidad para ir de un lado a otro y luego posarse sobre las flores. El rostro de Araceli dibujó una sonrisa, las mariposas en verano la habían inspirado y recordado la importancia de crear desde lo que se tiene.


Foto de Quang Nguyen Vinh: https://www.pexels.com/es-es/foto/volador-agua-amarillo-animal-11669257/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 238. El valor del tiempo. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
El valor del tiempo

Paola observó el reloj, las 5 de la tarde, tenía justo media hora para decorar las galletas de mantequilla del pedido que entregaría a las 6 en punto. Doña Rita, quien le había hecho el encargo, era muy puntual. Lo primero que se le vino a la mente fue llamar a Lorena, su hija mayor para que la ayudara. En ese momento recordó que no estaba, ella le había pedido ir a comprar unos materiales para un trabajo de la secundaria que tenía que entregar Mariana, su hija menor.
     —¡Qué mente la mía! Voy a llamar a Mariana, tiene menos práctica que Lore pero me ayudará —dijo para sí Paola.
     —¡Mariana, Mariana! Por favor, ¿puedes venir?
Se hizo una pausa, un breve silencio y luego se escuchó,
     —¡Voy mamá! ¡Ya voy!
Paola empezó a sentir el tic tac del reloj y Mariana no llegaba, justo cuando iba a llamarla nuevamente, se asomó.
     —Dime mamá. ¡Wow, qué bien huele! ¿Hiciste galletas?
     —Sí, tengo un pedido para doña Rita, ¿por favor, me ayudas con la decoración? ¿O prefieres ir acomodando en las cajitas para la entrega?
     Mariana optó por lo segundo, no era tan diestra en decorar y cuando Paola le dijo que tenían alrededor de 20 minutos para terminar el trabajo prefirió acomodar las galletas. Finalmente, el pedido quedó terminado en tiempo y forma. Paola obsequió unas galletas a Mariana quien comenzó a degustarlas mientras regresaba a continuar avanzando con su tarea escolar, en tanto llegaba Lorena con los materiales.
     Paola revisó el reloj, 5:40 de la tarde, respiró profundo.  Terminó de acomodar las cajas con galletas. Se sintió más tranquila. Su trabajo ya había terminado. Escuchó el sonido de mensajes en su celular, pensó que era doña Rita que llegaría antes. Eran mensajes de otros pedidos, de una empresa querían 50 galletas de avena y 50 de chocolate para las ocho de la noche y una familia quería unas roscas de mantequilla  para un desayuno al día siguiente. En el mensaje de la empresa le decían,
     —Doña Pao, disculpe hacer el pedido a esta hora, sin embargo, usted siempre saca el trabajo. Y sus galletas son muy ricas.
     Por la mente de Paola pasaron varias ideas, su trabajo era requerido y eso lo agradecía. Sin embargo, observó la hora, prácticamente tenía poco tiempo para hacer las galletas. Y al día siguiente tener listas las roscas. Normalmente le gustaba revisar los ingredientes, tener suficiente material y destinarle el tiempo, la energía y el amor al cocinar cada pedido. Se quedó unos minutos más pensando en la respuesta que daría, ¿acaso la gente no valoraba el tiempo que ella dedicaba a cocinar? Además de eso, ella también tenía otras actividades que hacer, estar con su familia; amaba su trabajo pero también respetaba sus tiempos. En ese dilema estaba cuando escuchó el sonido del timbre, fue a abrir la puerta.
    —Señora Paola buena tarde. ¿Cómo está? Vengo por mi pedido.
     —Doña Rita, usted tan puntual, justo me agarró pensando en el valor del tiempo. Pase, ahora le traigo sus galletas.
     Paola hizo la entrega de las cajas, doña Rita le echó flores a las galletas, al aroma y a la presentación. Le agradeció el trabajo; mientras tanto en la mente de Paola resonaba la importancia del valor del tiempo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 237. Llegar a nuestro destino. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Llegar a nuestro destino

Margarita hizo memoria de cuánto tiempo tenía de conocer a Dani, una niña de alrededor de ocho años de edad que había visto cerca de casa, en una construcción que estaban haciendo. Su mente hizo el recuento y calculó alrededor de un mes.
Cuando Margarita la vio por vez primera identificó en Dani sus ojos llenos de luz y la sonrisa en su rostro, estaba charlando con una señora. Margarita intuyó que quizá era su abuelita. La actitud de Dani le hizo evocar a Margarita en su niñez en las vacaciones de verano. A esa edad su única preocupación era el juego con sus amistades del barrio.
Doña Ceci, vecina de Margarita, quien tenía una tienda de abarrotes se había hecho amiga de Dani. Conforme fueron pasando los días, Margarita fue conociendo un poco más sobre ella. Era una niña migrante que junto con su familia había salido de su país, Venezuela, en busca de mejores oportunidades de vida. Había aprendido a leer pero al migrar no continuó estudiando.
Las veces que Margarita llegaba a la tienda encontraba a doña Ceci acompañada de Dani, incluso antes de las 9 de la mañana. Dani ayudaba a acomodar algunas cosas en la tienda, le avisaba a doña Ceci cuando alguien llegaba a comprar y era gran conversadora. Doña Ceci compartía a Dani el desayuno y algunas frutas para su familia.
Dani siempre saludaba a Margarita y a quien llegara a la tienda, era atenta y les preguntaba qué cosa buscaban para avisar a doña Ceci. Margarita observaba que, aunque Dani era muy pequeña, era una niña muy segura, respetuosa y alegre. Al escuchar las conversaciones con doña Ceci advertía que la plática de la niña era interesante, denotaba sinceridad y madurez, a pesar de su corta edad. Por la mente de Margarita pasó más de una vez la reflexión sobre los retos que tenía la niñez migrante, de las difíciles experiencias que vivían con sus familias y que la infancia de niñas y niños era una etapa que poco podrían vivir en ese tránsito de la migración. Aún con todo, Dani era un ejemplo de las experiencias de vida que dejan aprendizajes; su ánimo, su voz alegre y sonrisa estaban presentes en su rostro, a diferencia del de su abuelita, con ojos grandes pero semblante triste, callada, como ausente.
Pasado ese mes Dani se había ganado el aprecio de doña Ceci, Margarita y la gente del barrio. Una tarde doña Ceci le comentó a Margarita y a otras vecinas que Dani y su familia continuaban su camino y se irían del barrio. Enseguida se hicieron comentarios que era una triste noticia, se organizaron para hacerle un desayuno a la niña y a su familia. Dani estaba muy contenta, el desayuno fue una sorpresa que la emocionó. Su familia estaba agradecida. Margarita se acercó y le obsequió una bolsa de tela, tipo mochila, con algunos dulces.
—Te vamos a extrañar Dani, te hemos agarrado cariño en el barrio. ¿A dónde irán ahora?
—Muchas gracias por el regalo doña Margarita, yo también los voy a extrañar. Primero iremos a México, de ahí hasta llegar a nuestro destino.
Margarita abrazó a Dani, sintió varios nudos en la garganta y no pudo evitar las lágrimas. Dani la observó,
—No llore, siempre los voy a recordar. Ahorita vengo, voy con mi abuelita —expresó, mientras su rostro sonriente observaba a Margarita.
Margarita se talló los ojos, respiró profundo deseando que Dani y su familia tuvieran buen camino y llegarán con bien a su destino.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.