Voces ensortijadas 249. Las manos que hablan. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez
Las manos que hablan


Nati observó con atención su mano izquierda que tocaba el cristal de la ventana. Estaba a bordo de un camión, viajando en carretera. El paisaje era una selva verde con un cielo en tonos grisáceos y unas pinceladas en color azul.
El tono del esmalte que decoraba sus uñas le gustaba, no se había percatado que también las uñas tenían sus colores favoritos. Se alegró de haber elegido el tono de color palo de rosa, le sentaba muy bien.
Continuó observando la forma de sus dedos, cada una de las partes que integraban las falanges, las falanginas y las falangetas de su mano. Siguió moviendo los dedos, se sintió muy agradecida de poder hacerlo. Tenía unas manos sanas y eso era un gran regalo. Absorta en el movimiento de la mano recordó que había aprendido elementos básicos de la lengua de señas. Comenzó a hacer el repaso del abecedario, su nombre completo, el nombre que le había otorgado su maestra sorda en lengua de señas. Las manos eran una herramienta fundamental para las personas sordas y las personas hablantes que querían comunicarse con ellas. El movimiento de las manos era todo un arte combinado con los gestos.
Además de lo anterior, las manos cumplen con muchas actividades, se usan para comer, vestirse, escribir, bordar, acariciar, cocinar, pintar, esculpir, maquillar, ejecutar un instrumento, construir, sostener, aplaudir, entre muchas funciones más. En su mente asomó la frase: ¡Vaya que las manos tienen un papel vital!
Continuó repasando algunas frases que había aprendido en lengua de señas, recordó que tenía palabras favoritas como los días y meses del año, se puso a deletrearlas. Luego, se descubrió intentando dibujar las formas que imaginaba en las nubes. En espacio de instantes, las nubes se esparcieron y el sol se asomó para reflejar sus rayos sobre el rostro de Nati quien llevó sus manos para cubrirse los ojos.
‘Las manos que hablan’, dijo para sí, volviendo de nuevo la vista a sus dedos, ahora de ambas manos, como si fuera la primera vez que descubría lo maravillosas y bellas que eran, además de agradecer por lo afortunada que se sentía de tenerlas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 248. Los días de fiesta. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Los días de fiesta

Ernestina echó una vista al paisaje que tenía frente a su casa, la bella montaña que rodeaba a la colonia donde vivía. Justo estaba a punto de presenciar el ocaso, se dio cuenta que disfrutaba tanto ese momento. Era la espera de la magia, el poder ver al sol ocultarse. Cuando la magia sucedía solía contemplar las hermosas tonalidades que coloreaban el cielo, como en esa tarde.
Observó la llegada de la noche, ese día estaban en casa Pilita, la perrita que tenían como una integrante más de la familia y ella. Jesusa, su hija y Matías, su esposo habían salido a comprar unos antojitos para la cena.
Pilita estaba en la entrada de la casa, acostada en su tapete, últimamente se cansaba y dormía más. Ernestina la observó y regresó el tiempo cuando era una cachorra, habían pasado varios años desde su llegada. Fueron sumando a su mente la serie de experiencias que en familia tenían con Pilita. Además de ser una gran cuidadora en casa, era una excelente compañía, amorosa, le gustaba que la acariciaran y disfrutaba tomar el sol en los días calurosos.
El silbido del viento hizo volver la mirada de Ernestina hacia la ventana, percibió el aire frío. Se acercó despacio a Pilita para colocarle una cobija. Ni siquiera sintió su presencia, estaba enrrollada sobre el tapete. Dormía profundamente y dejaba escuchar un ligero ronquido.
El clima le hizo apetecer un atole a Ernestina. Fue a la cocina para ver qué ingredientes tenía. Decidió hacer atole de amaranto. Doró la cantidad de amaranto que tanteó para que la consistencia del atole fuera espesita. Posteriormente, lo licuó. Colocó en un recipiente leche, canela, azúcar y el amaranto en polvo. Mientras preparaba el atole siguió pensando en la importancia de Pilita en la familia, se sintió muy afortunada y agradecida de tenerla y de los distintos aprendizajes que les había llevado.
Respiró profundo al tiempo que disfrutaba el aroma de la canela que daba un toque especial al atole. Esa tarde era de fiesta, los motivos eran varios, el ocaso contemplado, la presencia de la noche, el viento, el atole de amaranto, la presencia de Pilita y sus ronquidos, los antojitos que venían en camino y cenarían en familia.
Ernestina pensó que finalmente los días de fiesta podían ser todos. Qué difícil era poder apreciarlo así, a simple vista. Sin embargo, al volver la mirada al tiempo pasado, la memoria y el corazón se conectaban, trayendo las imágenes de esas experiencias vividas, los instantes, las emociones distintas y a los distintos personajes que formaban parte de ellas.
Apagó el fuego. Dejó tapada la olla donde preparó el atole. Fue a poner la mesa para la cena y a buscar el recipiente para la cena de Pilita. A lo lejos se escuchó el sonido de un carro, Pilita despertó de inmediato y se dirigió ladrando rumbo a la entrada de la casa, la cobija quedó a medio camino.
Ernestina observó la escena. Sonrió. Los días de fiesta podían ser todos, cada quien tenía la libertad de elegir si así lo vivía.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 247. Me cuido, me exploro, me amo. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Me cuido, me exploro, me amo

Silvana abrió la ventana de la sala, el clima de ese día era agradable. La intensa lluvia de un par de días anteriores había dejado una sensación de frescura que aún perduraba. Se acomodó en una pequeña mesa para iniciar su sesión de trabajo. Ese día les habían designado laborar desde casa porque no habría energía eléctrica en su centro de trabajo.
Mientras iniciaba con la integración de un informe de actividades buscó la estación de radio en línea que le gustaba escuchar. En ese momento estaba música del género bossa nova. Subió un poco el volumen y se dirigió a la cocina. Se preparó café, degustó un par de sorbos y fue a sentarse para iniciar su jornada laboral.
Releyó algunas ideas del documento, las ajustó y de pronto se dio cuenta que ya no estaba la música sino un podcast que llamó su atención. Conducía una voz femenina y hacía el recordatorio a las mujeres de cuidar la salud, el contenido hacía un llamado al público a sensibilizarse sobre el Cáncer de Mama. Silvana recordó que estaba en octubre y justo era el mes de la lucha contra ese tipo de cáncer.
Se concentró en el podcast al tiempo que degustaba nuevamente su café, escuchó breves testimonios de mujeres que relataban sus historias sobre la enfermedad. Recordó que el año anterior que ella había cumplido los 40 años fue a que le hicieran la mastografía por vez primera. Había escuchado comentarios diversos de familiares y amistades sobre el estudio. Ella también había buscado información en algunas páginas de internet, lo cierto es que con todo y los datos que recabó, tenía nervios. Sin embargo, los diversos testimonios que conocía de gente cercana a ella le hicieron no desistir ante la importancia del cuidado de su salud.
Cuando estuvo en el lugar donde le harían la mastografía sintió que el tiempo se volvió lento, estaba en una habitación pequeña frente a un aparato de gran tamaño que observó con curiosidad para identificar cómo estaba conformado. Mientras esperaba que la atendieran, recordó la importancia de respirar profundo, para calmar la sensación de nervios. Su mirada se concentró en las líneas de los mosaicos del piso donde, con ayuda de su imaginación, halló una diversidad de rostros y siluetas de mujeres, animales y árboles. Luego llegó el turno para que le hicieran el estudio, el proceso fue poco grato, lo que prevaleció de inicio a final para Silvana fue la importancia del cuidado de la salud.
Volvió la mirada al texto del informe, ya casi estaba listo. Dedicó nuevamente su atención al podcast que ya estaba por terminar, según indicó la conductora. Por la mente de Silvana vinieron muchas ideas, la urgente necesidad de que las mujeres estemos más informadas sobre lo que implica cuidar nuestra salud, conocer a nuestros cuerpos, escucharlos y sobre todo amarlos. Pensó en que muchas mujeres en contextos campesinos, rurales, de pueblos originarios y aún urbanos, desconocen la importancia de las revisiones constantes y de estudios para prevenir el Cáncer de Mama. La labor de informar sobre estos temas es una parte clave en materia de salud, de cuidados y de brindar mejores servicios y al alcance de toda la población.
La reflexión de Silvana sobre el tema del podcast la hizo pensar en lo valioso de conocer esos datos no solo para las mujeres sino para el público en general, no solo para octubre sino para todos los meses del año, al tiempo que decía en voz alta como una especie de mantra: yo me cuido, me exploro, me amo.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 246. ¿Cuánto cuesta la salud? María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

¿Cuánto cuesta la salud?

Selene revisó su reloj, eran las 9:45 de la mañana, había quedado de ir a la farmacia por los medicamentos de su tío René. Bianca su prima le llamó un par de días antes para pedir su apoyo para la compra de las medicinas. Selene y sus familiares más cercanos habían conformado una red de colaboración para situaciones diversas, entre ellas las cuestiones de la salud.
—No solo hay que estar juntos en la pachanga, también en los momentos de necesidad —solía decir la tía Chayito, esposa del tío René.
Antes de salir a la farmacia, Selene buscó la imagen de la receta médica que le mandó Bianca y el mensaje con los costos de los medicamentos. Hizo una cuenta sobre el aproximado del total que sería, siempre y cuando hallara todas las medicinas. Se alegró que no tuviera que comprar ningún antibiótico porque no le aceptarían la receta en formato digital.
Para la compra de los medicamentos Selene siguió la ruta que le sugirió Bianca. Al llegar a la primer farmacia, una de las mejor surtidas, se formó en la larga fila que había.
—Pero qué barbaridad, cuánta gente hay aquí. ¿Será que está más económico acá? Por eso habrá esta fila de espera —dijo para sí Selene mientras esperaba pasar pronto para que la atendieran.
Como al interior de la farmacia se perdía la señal de internet, Selene se concentró en observar el servicio que daba cada trabajador y trabajadora de la farmacia a la clientela. Tocó el turno a una señora que iba antes que ella. La señora habló con el empleado y le pidió el precio del medicamento solicitado y que le repitiera nuevamente el costo.
—Cuesta 1105 pesos, es lo de una caja. Aquí dice que es una caja por mes y que tiene que tomar el medicamento por un año.
El rostro de la señora dibujó desaliento, a pesar de eso siguió preguntando,
—Si cuesta eso, entonces como cuánto sería en un año. Más de 10 mil pesos, como 13 mil…
El empleado, con un rostro de poco interés, hizo movimientos en la computadora y dijo,
—13,260 pesos, sería —mientras su mirada se enfocaba en la fila de espera.
La señora repitió la cantidad y nuevamente inquirió si no habría otro medicamento de más bajo costo, el empleado le dijo que no. La señora volteó a ver a la fila de la clientela en espera, como una especie de auxilio. Finalmente, dijo que avisaría del costo del medicamento y luego regresaría a la farmacia.
Selene sintió una especie de impotencia. Quiso tener mucho dinero y poder apoyar a la señora. Por fin, le tocó el turno de atención, pasó y refirió la lista de medicamentos. Mientras el empleado iba a buscarlos, ella se quedó pensando en la señora que no compró el medicamento. ¿Cuánto cuesta la salud? Fue la pregunta que le resonó. Vinieron a su mente una serie de pensamientos, entre ellos que no todos tienen las posibilidades de comprar medicamentos caros, no todas las personas tienen acceso a un sistema de salud público y tienen que acudir a un servicio médico particular, pero no alcanzan a cubrir el costo de las medicinas.
El empleado regresó con los productos, a excepción de uno, todos los demás de la receta estaban surtidos. Al momento de pagar, Selene agradeció en su interior que su familia tuviera la oportunidad de hacer uso de un servicio médico particular y tener dinero para comprar medicamentos. Rumbo a casa siguió pensando, ¿cuánto cuesta la salud? Y en la medida que sus pasos avanzaban fue ideando en cómo poder aportar desde su red familiar para situaciones como la de la señora. Sin embargo, el trabajo tenía que ir más allá, porque la salud es un derecho y como tal las autoridades tienen, dentro de sus tantas encomiendas, que trabajar en eso. Respiró profundo, un par de niños corriendo delante de ella le hizo intentar esbozar una sonrisa, sin duda que había mucho que trabajar desde la sociedad en el tema de la salud y los derechos a ella.
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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 245. A la falda de la montaña. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

A la falda de la montaña

El otoño no solo había llegado con esos aires que anuncian que falta poco para concluir el año, sino que también había traído consigo tormentas tropicales. A Samantha le gustaban los días lluviosos, siempre y cuando no fuera a causa de tormentas o huracanes, por ese ambiente relajado que puede generar la lluvia, el olor a tierra mojada y el contemplar la vegetación verde.
Justamente había pasado la mitad de la semana con lluvias intermitentes, por ratos muy fuerte, luego llovizna, una leve pausa y de nuevo llovía con fuerza. La tarde del jueves la lluvia había dado tregua buena parte del día, justo casi a la hora de salir del trabajo comenzó a hacerse presente en forma de llovizna, menudita pero continua.
Samantha verificó que ya era hora de la salida, apagó el equipo de cómputo, verificó que no hubiera quedado nada prendido y salió de su oficina. Se puso el impermeable, esa vez olvidó el paraguas en casa. Se agradeció tener el impermeable de emergencia que solía guardar en la oficina. Caminó hacia la entrada, esperaría a que pasaran por ella.
Contrario a otras ocasiones esta vez el paso de Samantha fue sin prisa, no solo porque Mineth su hermana e Ignacio, su primo, no eran puntuales sino porque sintió una sensación de disfrutar el paisaje de la llovizna. Se dirigió lentamente por el pasillo hasta quedar de frente a la montaña que rodeaba su espacio laboral.
Observó el paisaje, muchos árboles frente a ella. Los árboles eran altos, con un follaje precioso, la lluvia les daba un toque especial, casi mágico. Recordó los dibujos que solía hacer de niña cuando intentaba representar montañas. En sus trazos dibujaba una especie de líneas curvas que adquirían la forma como ella veía las montañas, luego las rellenaba con árboles cuyo follaje tenía un intenso color verde. Cuando terminaba sus dibujos se quedaba pensando en las imágenes que veía en la carretera, las montañas le causaban mucho asombro. Más de una vez se hizo dos preguntas, ¿qué se sentirá subir a la montaña? ¿Los árboles serán acolchonados en sus copas?
La llovizna le había mojado el rostro, pero eso no era impedimento para que siguiera contemplando el gran regalo. Halló que entre los árboles también había pequeños espacios, la distribución entre el tamaño de los árboles era lo que generaba el curveado que ella intentaba dibujar con formas como rizos que se juntan.
Mientras seguía contemplando la vista hacia la montaña su rostro dibujó una sonrisa. Tenía un par de años trabajando en ese lugar y no se había percatado que justamente se ubicaba a la falda de la montaña.
—Mira Samantha, tu sueño de niña hecho realidad ahora que eres adulta —se dijo en voz alta.
El sonido de su celular le hizo volver la vista a su bolso, era un mensaje de Ignacio.
—Samantha ya estamos en la entrada, te esperamos.
Guardó el celular. Se llevó las manos al rostro intentando limpiar las gotas de la lluvia. Se acomodó el gorro del impermeable y con el corazón contento caminó rumbo a la entrada.
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Sobre la autora:

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Voces ensortijadas 244. Se envuelven regalos. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Se envuelven regalos

Yunuen salió por el mandado que le pidió su mamá, el clima ese sábado estaba muy caluroso. Al entrar al mercado sintió un poco menos de calor; en algunos puestos tenían encendidos ventiladores. Pasó al puesto de las especias, revisó la lista de ingredientes que le anotó doña Pilar. Fue pidiendo la mercancía y por suerte, halló todo lo que necesitaba.
—Mi mamá se pondrá bien contenta, pocas veces encuentro todo lo de la lista —dijo para sí, mientras disfrutaba el olor que despedía la bolsa con rollitos de canela. El olor de la canela era de sus favoritos y qué decir del sabor.
Guardó los productos en las bolsas de tela que había llevado. Llegó al puesto donde vendían pescados y camarones, compró algunos filetes de pescado y aprovechó que también tenían bolsitas con verduras picadas y ramos de epazote.
Mientras seguía el recorrido en el mercado, se detuvo un momento, repasó la lista de cosas pendientes por comprar. Continuó caminando y se topó con un puesto de coronas de flores, de las que suelen usarse para coronar y felicitar a quienes cumplen años.
—¡Uy pero qué despistada soy! Mañana es el cumpleaños de la tía Lucita y se me olvidó por completo. ¿Y ahora qué le voy a regalar? —se dijo en voz alta mientras se llevaba la mano a la frente. Sintió algunas miradas de personas que la observaban. Yunuen siguió su camino, ahora con ese nuevo pendiente.
Su mente seguía pensando en el regalo para la tía Lucita, era una de sus tías consentidas, no solo de ella, sino de toda la familia. Como si tuviera una especie de rayo de luz, Yunuen recordó que tenía una manta para bordar, eso sería el regalo para la tía. Aprovechando que estaba cerca de ahí un puesto de hilos, se acercó y compró un par de ellos para combinar con los que ya tenía en casa.
Antes de retomar el camino a casa verificó la lista del mandado, llevaba todo y hasta algunas cosas de más, como los hilos. Hizo nuevamente una pausa, descansó un ratito del peso de las bolsas y se quedó observando a las personas que pasaban a su lado y al frente de ella. Nuevamente sintió lo cálido del clima. Se le antojó un agua de jamaica, pero no vio ningún puesto de aguas frescas. Gente iba y venía, adultas, jóvenes, niñas, niños. Cada quien en su mundo.
—¡Cristos, Cristos! —se escuchó del lado derecho, era un comerciante ambulante que iba con su diablito lleno de imágenes religiosas, de bulto.
El señor se veía cansado, sediento como Yunuen, solo que a diferencia de ella, la carga que él llevaba era más pesada y no podía darse el lujo de detenerse a observar como ella. El vendedor siguió su paso. La mirada de Yunuen se detuvo en un letrero, Se envuelven regalos, colgando frente a una caja envuelta con papel de fiesta.
—¡Oh! También necesito una envoltura para el regalo de la tía —se dijo para sí.
Hizo memoria si tenía algún ahorro para comprar una envoltura. Antes de iniciar con una nueva preocupación decidió que haría algo creativo con los materiales de reuso que encontrara en su casa. Respiró profundo. Era hora de volver a casa, se dirigió a la parada del colectivo. Subió, se acomodó en el asiento junto con sus bolsas. El transporte pasó justo frente a la tienda donde estaba el letrero de las envolturas. Yunuen sonrió. Recordó que de niña le gustaba crear envolturas distintas para los regalos. Su mente ya estaba ideando la envoltura ideal para el obsequio de la tía Lucita.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 243. Entre el azul y el silencio. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Entre el azul y el silencio

Rebeca dio el último sorbo a su vaso de agua fresca que le había preparado Dinorah, su hermana menor, conocía bien sus gustos, limonada con un toque de jengibre. Como muy pocas veces, Rebeca se había dado el espacio para estar sin hacer nada, algo raro en ella, todo el tiempo andaba de un lado a otro. Recordó que su tía Domi le solía decir cuando visitaba a la familia,
—Rebe, pará un rato hijita, no que sos una pirinola, gire y gire. ¿Es que no te cansás?
Cuando escuchaba eso de la tía Domi, Rebeca sólo sonreía y le preguntaba qué postre quería, la tía Domi hacía una pausa en los comentarios y hasta se animaba a cocinar con ella. Las galletas con grageitas eran sus favoritas.
Esa tarde del miércoles, luego de comer, Rebeca decidió no ir a trabajar al negocio familiar. Tenían una papelería muy sui géneris, en ella se podía comprar desde un lapicero, hasta estambre, agujas, aros para bordar y unas macetas pequeñas, con estilos no repetidos. Dinorah se había adelantado a abrir el negocio, más tarde llegarían don Santiago y doña Mirta, padre y madre de las hermanas.
—¡Hola, Dinorah! Esta tarde me quedo en casa, les veo en la noche. Besos —escribió Rebeca en un mensaje por Whatsapp.
—¿Te sientes bien, Rebe? Tú nunca faltas a la tienda —contestó de inmediato Dinorah.
—Todo bien, nenita, hoy me tomé la tarde 🙂 —señaló Rebeca.
—¡Súper! Me alegra, yo les aviso por acá que no vienes. Disfruta —se despidió Dinorah.
Sin tener bien claro qué haría en la tarde, Rebeca se decidió por la lectura, tomó el libro que tenía intacto desde muchas semanas atrás, El eterno femenino, de la autora Rosario Castellanos. De una sentada logró avanzar lo que no había hecho en semanas, hasta terminar la obra. En voz alta leyó:
—"Voy a ponerme a cantar/el muy famoso corrido/de un asunto que se llama/el eterno femenino,/ y del que escriben los sabios/ en libros y pergaminos… Porque me voy despidiendo/ y no quisiera olvidar/ a ninguna, aunque bien sé/ que en un corrido vulgar/ ni están todas las que son/ ni son todas las que están."
La obra de teatro de la autora había sido de su total agrado, se quedó reflexionando en los tres actos planteados, en la manera de abordar las realidades de las mujeres, de una manera crítica, con un humor que invita a no quitar el dedo del renglón, la condición de las mujeres en las sociedades. Dejó el libro sobre un estante y salió al patio. Aún tenía tiempo para contemplar el cielo.
La tarde era soleada. Rebeca recordó la importancia del silencio, ese que normalmente no solía disfrutar por el constante ajetreo. Levantó la vista al cielo y descubrió un intenso azul que regocijaba al contemplarlo, luego se sentó un rato cerca de un árbol de jazmín que había sembrado don Santiago. Cerró los ojos unos instantes, percibió el aroma de los jazmines; en el silencio se asombró, cuánto tiempo tenía de no poner atención a los latidos de su corazón. Ahí se quedó un ratito más. Esa tarde de "ombligo de semana", Rebeca había tomado la mejor decisión, entre el azul y el silencio, se había vuelto a escuchar.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 242. El encanto sonoro de la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

El encanto sonoro de la noche

La época de lluvias estaba en su apogeo en el verano. Bertha disfrutaba de la lluvia, siempre y cuando estuviera en casa. Tenía gratos recuerdos de pequeña cuando en los días lluviosos las clases en la escuela se suspendían. Ella y sus hermanos solían jugar, inventándose historias que iban en barcos y transformando la sala de su casa en ese escenario.
El fin de semana Bertha, Amparo su pequeña hija de cinco años y Jacobo su esposo habían quedado de acampar en el patio de su casa. Amparo tenía mucha emoción por acampar; la situación económica en la familia no estaba tan generosa para salir de paseo fuera de la ciudad, así que Bertha propuso hacerlo en casa. A Jacobo y Amparo les pareció buena idea.
Cada integrante de la familia tenía asignadas tareas y las realizaron. Amparo buscó las lámparas de mano, unas cobijas y tapetes para colocar en el piso. Jacobo preparó los sandwiches para la cena. Eligió hacerlos dulces y salados. A Amparo y a Bertha les gustaba la mermelada de higos, también el atún con aguacate y lechuga. Bertha fue a buscar la casa de campaña que tenían tan guardada que le costó encontrarla. También preparó un té de zacate con una pizca de canela. Ésa era una bebida caliente que les encantaba.
Mientras buscaba la casa de campaña, Bertha halló unas velitas que había olvidado que tenía en casa. Se le ocurrió que podría colocarlas en vasos chicos y hacer como un pequeño camino con ellas que le diera un toque especial frente al campamento.
Entre los tres instalaron la casa de campaña, la reforzaron por si acaso llovía, acondicionaron al interior. Jacobo fue por la cena y Bertha con ayuda de Amparo prendió las velitas. Eran alrededor de las siete de la noche cuando el campamento ya estaba listo, así que decidieron entrar. No solo Amparo estaba emocionada también su mamá y papá.
Entraron a la tienda de campaña, prendieron las lámparas. Acto seguido comenzaron a caer unas gotitas de agua, estaban con tal algarabía degustando la cena que no alcanzaron a percibirlas hasta que la llovizna dejó de serlo para tornarse en una lluvia más fuerte. Amparo no tardó en preguntar si la casa de campaña resistiría a la lluvia, Bertha le dijo que sí, secundada por Jacobo.
Jacobo propuso leer el libro Las mil y una noches, como por arte de magia, lo sacó de una de las cobijas. Bertha y Amparo aceptaron, cada quien fue leyendo en voz alta una parte. Estaba tan entretenida la lectura que se olvidaron de la lluvia, hasta que Amparo dijo,
—¿Ya no está lloviendo?
—Es cierto, ¿tienen sueño? —preguntó Bertha.
—Yo no, ¿y ustedes? —respondió Jacobo.
—Tampoco —dijo Amparo.
Bertha les propuso acostarse, apagar las lámparas y disfrutar el encanto sonoro de la noche. Justo después de la lluvia había una especie de magia con los sonidos. Les invitó a disfrutarlos. Así, fueron distinguiendo el canto de los grillos, el croar de las ranas, el gotear de algunas hojas de los dos árboles que tenían en el patio y cerca de donde estaba la casa de campaña, más allá los ladridos de algunos perros de casas vecinas. Esa noche la lluvia había sido un bello regalo para disfrutar más su campamento.


    
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Voces ensortijadas 241. La vida es una fiesta. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

La vida es una fiesta

Julieta había quedado de comer el sábado con Mónica y Ramiro, dos de sus amistades de la época universitaria. Pese a su intensa semana laboral había despertado temprano ese día, tenía alrededor de un mes sin hacer su rutina de caminata en fines de semana. Echaba de menos salir a caminar, disfrutar la mañana sin prisas, escuchar el canto de los pájaros que solían habitar el parque por el que normalmente pasaba como parte de su ruta y observar esos detalles que de lunes a viernes pasaba inadvertidos por el incesante transcurrir del tiempo.
Mientras caminaba se percató que había nuevos murales en algunas bardas de casas, varios de ellos con alusión a temas de cuidado a la naturaleza. También encontró pequeños letreros como señalética para recordar depositar la basura en los botes. Eso le alegró no solo la vista sino también el corazón, sobre todo porque en esa zona había pequeñas áreas verdes y más de una ocasión ella había levantado botellas de plástico que la gente tiraba.
—¡Ojalá que estos murales nos hagan reflexionar y tener presente que si cuidamos a la naturaleza nos cuidamos! —se dijo en voz alta.
Continuó su recorrido, hizo una pequeña pausa para tomar agua, se dio cuenta que aunque era sábado había mucho movimiento, personas en distintas faenas, ésas que normalmente no tenía el gusto de observar en la semana. Se alegró de haber retomado la caminata, decretó desde su corazón que el tiempo tenía que ser su aliado, para poder disfrutar al máximo cada instante.
Al retomar su caminata vio a lo lejos que unas personas adultas mayores tenían una plática amena en la puerta de una casa. Al pasar cerca de ellas se dio cuenta que era una señora y dos señores quienes conversaban. El rostro de las tres personas mostraban alegría, la señora era quien tenía el turno de la palabra, justo cuando Julieta pasó frente a ella la escuchó decir:
—¡La vida es una fiesta! Reímos, bailamos, luego paramos, nada es para siempre.
El tono en que la señora expresó su sentir hizo mover muchas emociones en Julieta, cuántas veces se podía olvidar que la vida es una continua sucesión de oportunidades para estar y vivirlas. Vinieron a su mente los instantes de agobio y estrés en su dinámica cotidiana, había tanto que soltar. Siguió su caminata con más ánimo para luego dirigirse rumbo a casa.
Al llegar a su domicilio respiró profundo, vaya que la actividad había sido intensa, no solo por haber retomado el ritmo de hacerla sino por la cantidad de paisajes con los que se había deleitado. En eso estaba cuando escuchó su celular, era un mensaje de Ramiro, les preguntaba a Mónica y a ella si confirmaban la comida de esa tarde. Mientras Julieta respondía el mensaje afirmando que ella ya tenía agenda apartada para comer con ambos, que tenía muchas ganas de saludarles y conversar largo y tendido, sonrió para sí. Luego se dirigió a la cocina para ver qué prepararía de desayuno, el canto de un pájaro se escuchó como fondo musical y en su mente resonó nuevamente la frase, la vida es una fiesta.

    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 240. Los dulces del terruño. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Los dulces del terruño

Terminó la jornada laboral del miércoles, Mariela apagó su equipo de cómputo, tomó su bolso y se encaminó a la salida. En el pasillo coincidió con Mercedes y Trinidad, quienes trabajaban en el área de contabilidad de la empresa, se saludaron y platicaron brevemente. El tema de la charla fue el clima, coincidieron en que percibían aires del tiempo que daban señales cercanas a fin de año, específicamente, un clima que anunciaba el Día de Muertos. Lo más curioso es que aún estaban en verano. Se despidieron y cada quien tomó su rumbo.
     Mariela se quedó pensando en la coincidencia con Trinidad y Mercedes, de inmediato vino a su mente el mensaje de dulces regionales. Antes de subir a su coche revisó su reloj eran las 5:15 de la tarde, recordó que Damián, su hijo, le había pedido que le comprara algunos dulces regionales. Al día siguiente tenía que participar en una exposición en la primaria.
     —¡Uff por poco se me olvida! ¡Bendito clima que me hiciste evocar los dulces! —dijo para sí.
     Subió al carro, estaba a tiempo de pasar cerca del mercado, justo cerraban a las 6 de la tarde. Por fortuna no tuvo problemas para hallar lugar donde estacionarse. Ahora el reto era encontrar puestos donde vendieran dulces.
     Mariela caminó entre los puestos, el área de las cocinas económicas estaba casi por cerrar. Se sintió extraña al pasar por ahí sin que nadie la llamara, como solían hacer en las cocinas cuando era mañana o mediodía, "¡pásele, le mostramos la carta! ¿Qué va a querer güerita?" Apresuró un poco el paso, atravesó el pasillo de las carnicerías, todo cerrado. Dio vuelta y alcanzó a distinguir unos canastos grandes, seguro eran las señoras que vendían pan, ya no estaba tan lejos de hallar quien vendiera dulces.
     Para la sorpresa de Mariela además de los puestos de pan estaban los de tamales, pero de dulces no se miraba ninguna señora con venta. El corazón de Mariela comenzó a sentir una especie de angustia, se resistió a mirar el reloj. No se dio por vencida y preguntó con una señora que vendía tamales y atole, dónde podría encontrar dulces regionales. La señora hizo un ademán en dirección opuesta a donde estaba. Mariela agradeció y se dirigió a ese rumbo.
     La mirada de Mariela se alegró, al fondo había una señora ya mayor, con una pañoleta roja cubriendo su cabeza, era la única que estaba vendiendo dulces. Los productos de la señora eran diversos, tenía dulces de cupapé, higos, camote, turuletes, chilacayote, gaznates y puxinú.
     —Buenas tardes señora —dijo Mariela.
     —¿Buena tarde chula, qué va usté a querer? —respondió la señora.
     Mariela hizo su pedido con un poco de cada dulce, se sintió afortunada de encontrar a la señora vendiendo a esa hora. Cada uno de los dulces le gustaba. Además de comprar para la tarea de Damián, apoyaba al comercio local y a una labor que cada vez se volvía más escasa, la elaboración de dulces regionales, los dulces del terruño. Dio las gracias a la señora, quien también se mostró contenta.
     —Muchas gracias señora —dijo Mariela.
     —¡Dios la bendiga chula! Le voy a poner su coitán, usted me trajo la suerte, ya voy a levantar mi venta, ya es tarde —señaló la marchanta.
     Mariela retomó su camino, con el corazón contento, vino a su mente la época de su infancia donde las vendedoras de dulces pasaban en las calles, vendiendo de casa en casa, con su canasto sobre la cabeza y anunciando sus productos de una manera muy particular,
     —¿Vas té a queré caballito, turulete, dulce de puxinú, oblea, gaznate?
     Vaya que los tiempos cambian pensó, ya tenía que compartirle a Damián, para su exposición sobre los dulces del terruño.


    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.