Voces ensortijadas. 295. Arrulladores de los sueños. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Arrulladores de los sueños

El ambiente colorido en tonos verde, blanco y rojo, propio de las fiestas patrias en México, había llenado las calles del barrio donde vivía Isabelina y su familia. Ella era viuda, tenía un hijo, Alfonso, que vivía en Estados Unidos, él había migrado hace más de diez años y aunque le llamaba con frecuencia y le enviaba apoyo económico a su mamá, no daba señales de que regresaría. Sin que se lo dijera, Isabelina lo percibía. La familia de Isabelina eran sus vecinas y vecinos del barrio San Felipe, sus dos gatos y sus gallinas a quienes apreciaba tanto.
El barrio de San Felipe era pequeño, muy pintoresco, la gente que lo habitaba era unida y servicial. De ahí que para Isabelina era muy significativo tener el apoyo no solo moral, de cariño, sino también en algunas ocasiones económico de su familia del corazón.
Para el festejo de la noche del grito de Independencia organizaron una pequeña reunión vecinal, en el salón que tenían para sus juntas del barrio. Se distribuyeron las tareas de qué llevaría cada quién, entre antojitos, bebidas, postres, las mesas, sillas, manteles, la música y los adornos. Isabelina se propuso para preparar taquitos dorados, rellenos de pollo con papa, acompañados de ensalada de repollo con verduras y una salsa de tomate rojo asado. Doña Vicky, la señora que vendía antojitos en la cuadra donde vivía Isabelina, se integró a la comisión. Así que ambas se pusieron de acuerdo para los preparativos.
Llegó la fecha de la reunión, todo estaba organizado, el salón tenía adornos pequeños pero bonitos y vistosos. El ambiente de fiesta se percibía, las mesas muy bien colocadas, con unas flores al centro y detalles alusivos a la celebración. El aroma a la comida se percibía desde antes de entrar al salón. La algarabía de la gente fue el ingrediente esencial.
Isabelina estaba ataviada con un vestido rojo, zapatos color blanco y el cabello era sostenido por un par de listones en tono verde. Su rostro estaba contento, se acordó de Alfonso y de su esposo, le habría gustado que estuvieran ahí para festejar. Prefirió no ponerse nostálgica y se sumó a las tareas que la familia del barrio tenía.
Todo el público asistente degustó los antojitos y bebidas. Nadie se quedó sin comer. La música le dio un toque más emotivo a la celebración, un trío de jóvenes era el deleite para interpretar las canciones mexicanas, Cielito lindo fue de las más solicitadas. ¡Viva México! ¡Viva México! Se escuchó al final de la celebración.
En casa Isabelina compartió con sus gatos un pequeño trozo de carne que les había guardado y para sus gallinas había llevado unas tortillas de maíz, de las que compartió doña Refugio. Al día siguiente se las daría remojadas. Antes de irse a dormir se asomó al patio de su casa. Había sido una linda velada.
Ya en su cama, el silencio de la noche le permitió escuchar con atención a los grillos. Se sintió contenta, era una bella melodía. Los grillos eran para ella arrulladores de los sueños. ¿Qué tanto dirían en sus cantos? ¿Sería el festejo de la vida, de la libertad? Los ojos de Isabelina se fueron cerrando, al fondo el canto de los grillos seguía escuchándose.
Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/
Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 294. Apapachos al corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez


Apapachos al corazón

Las mujeres con alas de paso tejidas con hilos de la infancia,
atravesadas por afilados hilos de la adultez.
Carmen Agudelo Baquero

El ciclo escolar había comenzado de nueva cuenta, las prisas se hacían presentes en lo cotidiano, Ibeth ya tenía previsto que les tocaría a Josué y a ella volver a la rutina de correr con Rubén y Benito, sus hijos, sobre todo ahora que ya iniciaban a cursar el primer grado de primaria.

En más de una ocasión Josué le había planteado a Ibeth que dejara de trabajar en la escuela de nivel preescolar donde era auxiliar de las maestras titulares, para poder dedicar más tiempo a sus hijos y no andar con tantas carreras. Ibeth no había dudado en decirle que, además de que le gustaba su trabajo, tenían la necesidad económica de ambos sueldos para el sostén de los gastos de la casa, de la educación de sus hijos y también los gastos personales de cada uno.

El primer día de clases fue toda una odisea. Ibeth se despertó más temprano que de costumbre en los días laborales. La alarma la hizo levantarse con un sobresalto, estaba profundamente dormida, soñaba que llegaba tarde a su trabajo. Se alegró de que fuera un sueño. Había olvidado que ajustó la alarma más temprano porque tenía la incertidumbre de que no le fuera a dar tiempo de preparar el desayuno para la familia y también el lunch que haría Josué para llevar a la escuela y al trabajo. Por fortuna todo fluyó bien. Josué llevó a los hijos a la primaria, Ibeth pensó que a ella le habría gustado llevarlos, pero a la vez se alegró de que no, porque le daría una sensación de nostalgia.

Su día laboral fue intenso, muchas niñas y niños ingresaron por vez primera al preescolar y para varias y varios había sido algo complicado el separarse de mamá y papá que los llevaron a la escuela. A la hora de la salida mientras acompañaba a las niñas y niños de su grupo para entregarlos a sus mamás y papás Ibeth se sentía agotada, le costaba dibujar la sonrisa en su rostro, pero hacía el mejor esfuerzo.

Ordenó el espacio del salón y guardó sus cosas. Revisó su reloj, ya estaba en su hora de salida y justo a tiempo para ir por Rubén y Benito. Se apresuró para llegar en tiempo. Subió al transporte colectivo y dio un respiro tan profundo que varias personas voltearon a verla. Ibeth se sonrojó, pero a la vez sonrió, algunas personas le devolvieron la sonrisa.

Mientras llegaba a la escuela se puso a pensar que el mundo de las personas adultas no es tan fácil, sobre todo para las mujeres, una se la pasa corre y corre, ella era un ejemplo. Siguió ensimismada en su sentir; apenas era el primer día del nuevo ciclo escolar y estaba muy cansada. Respiró profundo por segunda vez, pero sin ser tan expresiva como la primera. Sintió una sensación de alivio, muy grata. Lentamente llevo una de sus manos al corazón, la dejó ahí unos instantes. Le pareció mágico sentir sus propios latidos, la respiración profunda y el conectar con su mano habían sido sus apapachos al corazón. Se dio cuenta que esa conexión tenía que hacerla más seguido, por lo regular, solía olvidarse de ella e Ibeth también era importante.

Respiró profundo por tercera vez antes de pedir la parada para bajarse. Cuando descendió del transporte sintió que tenía un poco más de energía, caminó al portón de la escuela y ahí se detuvo a esperar a Benito y Rubén, no tardó en divisarlos. Ambos la buscaban entre las personas, ella agitó la mano para que la vieran. Abrazarlos era también un lindo apapacho a su corazón.

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/
Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 293. El intercambio de sonrisas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El intercambio de sonrisas

La riqueza es el lujo de saber vivir con las cosas pequeñas

 y menudas de la vida

José Luis Quintero Carrillo

 

Ese martes la lluvia dio un poco de tregua, Mariela y su familia aprovecharon para salir a tiempo a sus diversas actividades. El tío Guillo tenía mucho trabajo para limpiar su carpintería, la lluvia había hecho algunos estragos por el techo donde se colaba agua en una rendija. Doña Celeste, madre de Mariela, tenía pedidos de tamales para esa tarde, se alegró que su comadre Trini le llevara un día antes muchas hojas de plátano para envolver los tamales; Juan, hermano menor de Mariela iría por la masa que habían encargado. Mariela tenía la encomienda de ir al mercado a comprar los ingredientes. Arturo, hermano mayor de Mariela, ayudaría en la mañana al tío Guillo y por la tarde sería quien haría la entrega de los tamales.

Cada integrante de la familia se dirigió a hacer sus tareas. Antes de salir de casa, Mariela revisó que no le faltara la lista de los ingredientes. Se encaminó al mercado, el sol no solo se había asomado esa mañana, sino que había despertado con tal fuerza que parecía casi increíble que tras tres días de lluvia seguida casi no hubiera rastros de agua en el suelo. El calor comenzaba a sentirse. Mariela se alegró de haber salido temprano de casa. 

Al entrar al mercado recordó la recomendación que solía hacerle doña Celeste,

─Por favor, no te vayas a distraer a comprar otras cosas que no te pida─ ante esa petición Mariela siempre solía decir que no había de qué preocuparse, pero en más de una vez se había dejado atrapar por ir a ver la venta de flores, productos de semillas o una gran variedad de cestas de todos los tamaños y colores.

Esta ocasión se fue directo a los puestos indicados para surtir los ingredientes. Hasta revisó con detalle que fueran las cantidades indicadas para que no hiciera falta algo. El calor al interior del mercado ya se percibía, en algunos puestos tenían prendidos sus ventiladores, por momentos Mariela sintió que se quería quedar ahí un rato más, pero tenía que regresar pronto a casa.

Estaba por comenzar a refunfuñar por el calor que estaba más fuerte cuando se acordó que hace unos días había querido que saliera el sol y cesara tanta lluvia. Así que su rostro no solo cambió, sino que sintió que algo en su interior y en su cuerpo también había cambiado. Recordó que se había pintado los labios con uno de sus colores favoritos, así que había que lucirlo con una sonrisa. Se acomodó las bolsas del mandado y emprendió el camino a casa. 

En el trayecto de regreso Mariela se encontró con una diversidad de personas, nadie conocida, cada quien en su mundo. Le llamó la atención una señora mayor, que venía en sentido contrario a ella, a paso tranquilo, con la cabeza cabizbaja, quizá ensimismada en sus pensamientos o pendientes. Mariela continuaba sonriendo y de pronto, el rostro de la señora se levantó y coincidió con el de ella, la señora dibujó una sonrisa tímida. El intercambio de sonrisas fue fugaz, ambas continuaron su paso. A Mariela ese intercambio le pareció un regalo muy bonito. Le generó una sensación de gratitud en el camino, en el día; se alegró de sonreír, en el día a día tan ajetreado y con tantas vicisitudes, esos intercambios, sin duda, eran una especie de bálsamo para recordar la importancia de disfrutar y agradecer cada instante. Apresuró el paso, la estaban esperando para comenzar a hacer los tamales..

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 292. Entre neblina y montañas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Entre neblina y montañas 

La terminal de autobuses estaba con bastante afluencia, Alfonso y Roberto habían llevado a Marina, su mamá, que salía de viaje para su ciudad de origen. Roberto había comprado una bufanda artesanal para la tía Bertha, hermana de Marina, por su parte, Alfonso le compró un par de guantes afelpados. La tierra de Marina estaba enclavada en las montañas y el clima era muy frío.

Marina se despidió de ellos con nostalgia, pero a la vez contenta de regresar a su terruño, tras años de una larga ausencia. Se subió al autobús, buscó el número de su asiento, los números estaban casi ocultos. Una chica le ayudó a identificar el número 9. Se alegró que sus hijos le hubieran elegido ventanilla. 

El conductor dio el saludo de bienvenida y mencionó que el tiempo de viaje estimaba entre 10 y 12 horas. 

Todo dependía de las condiciones del clima, si llovía podrían demorarse un poco más. Marina calculó que estarían llegando alrededor de las siete de la mañana a su querida tierra. 

Marina envió mensaje a Bertha, le avisó que acababa de salir y que calculaba que llegaría temprano, a las siete de la mañana. Bertha había quedado de ir por ella a la terminal. Luego de eso revisó sus mensajes, guardó el celular y decidió disfrutar el viaje. Se acomodó para observar en la ventanilla, al poco rato ya estaban en carretera. El cielo se decoró con muchos relámpagos. Marina auguró que era una señal segura de lluvia y no se equivocó. A Marina no le gustaba viajar con lluvia, pero se encomendó a la divinidad y a confiar en el manejo del conductor. Se quedó dormida. 

El sonido de su alarma la hizo despertarse, había olvidado apagarla. Eran las seis de la mañana. Se sintió apenada porque los demás pasajeros iban durmiendo aún. Se alegró de que nadie más fuera a su lado, de lo contrario también se habría despertado. Buscó su botella de agua, tenía sed y hambre. Había dormido tan profundo que ni había cenado el sándwich que llevaba. Nuevamente buscó en su bolsa y lo halló. Comenzó a degustarlo mientras contemplaba el paisaje.

Su corazón desbordó de alegría, divisó las montañas que le daban la bienvenida a su territorio. En la parte alta los copos de neblina las decoraban. Su mente viajó años atrás, la primera vez que salió de su terruño, cuando era niña, ese paisaje la atrapó. Se quedó mucho tiempo observando, le parecía demasiado hermoso y mágico.

Ahora de nueva cuenta estaba contemplando tan bello regalo de la naturaleza. Las montañas seguían ahí, tan imponentes, resguardando el territorio de sus habitantes. La neblina se iba esparciendo poco a poco. Marina estaba de vuelta a esa gélida tierra. Sus ojos se llenaron agua, sintió que su corazón latía más rápido. 

El sonido del celular la sorprendió, era Bertha, ya estaba por salir de casa para la terminal. Marina le dijo que ya merito se verían y se darían muchos abrazos. Esa mañana era uno de los despertares más hermosos para Marina, entre neblinas y montañas, y ella era la protagonista.

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/
Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 291. Otra oportunidad. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Otra oportunidad

La tarde se había escapado en menos de lo que Martina se dio cuenta, estaba muy concentrada avanzando en las tareas que tenía por entregar, dos ensayos, uno sobre el libro Álbum de familia, de la autora Rosario Castellanos y otro del libro Crónica de una muerte anunciada, del autor Gabriel García Márquez. Estudiaba la preparatoria en una escuela pública y uno de sus grandes sueños era ser escritora.

Vivía en una ranchería que se ubicaba a 40 minutos del pueblo donde estaba la escuela. Así que diariamente tenía una travesía donde invertía dinero, tiempo y esfuerzo. Se sentía muy afortunada de contar con el apoyo de su familia para poder estudiar. 

Esa noche mientras Martina avanzaba escribiendo sus reflexiones, se percató que Osa, su perra, estaba muy atenta viendo hacia el gallinero que tenía la familia de Martina, como en posición de cazar algo. Martina continuó con su tarea, de pronto Osa corrió tan rápido que Martina solo alcanzó a ver su ráfaga que se escabullía al interior del gallinero. Algo había ahí y Osa lo sabía.

Hizo una pausa, se ayudó con la lámpara del celular y trató de alumbrar hacia donde estaba Osa quien no dejaba de sujetar algo en el hocico, como un animal. No alcanzó a identificar qué animal era. 

–¡Osa, ven para acá, suéltalo! –gritó Martina.

Sin dudarlo llamó a su mamá y a su papá. Martina se adelantó y entró al gallinero. Ahí se percató que el animal era un pequeño tlacuache. Al principio ella pensó que estaba muerto, no se movía. Sin embargo, identificó que tenía los ojos abiertos y observó que estaba respirando. Llamó a su papá y al volver nuevamente el tlacuache se había movido lentamente. Ahí ambos recordaron que los tlacuaches suelen actuar como si estuvieran muertos, cuando se ven en peligro. 

En un breve instante, la mirada del tlacuache se fijó en la de Martina. Ella observó unos ojitos pequeños, relucientes, era la primera vez que tenía frente a ella a un tlacuache. Se alegró de haber llegado a tiempo antes de que Osa lo matara. Las gallinas estaban a salvo. 

Don Chepe, papá de Martina, dijo que lo dejarían ir. El tlacuache se veía entre asustado y lastimado. El animalito merecía tener otra oportunidad para vivir.  Don Chepe lo tomó de la cola para ponerlo fuera del gallinero, el tlacuache de nuevo tomó la postura de un cadáver. Pero al darse cuenta que estaba libre de peligro se escabulló ágilmente. 

Martina regresó a terminar su primer ensayo; garabateó la frase otra oportunidad, cuánto representa esta frase en la vida, pensó, recordando el instante fugaz donde su mirada se cruzó con la del pequeño tlacuache. Osa había regresado a su postura de guardiana, mirando fijamente hacia el gallinero. Enseguida se escuchó el llamado de doña Enedina:

–¡Martina, ya vamos a cenar!

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 290. Diente de león. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Diente de león

Mientras caminaba presurosa a la reunión laboral que tendría, Bianca iba concentrada en un mar de pensamientos, además de los nervios que sentía porque representaba una actividad importante. Había llegado con anticipación, tenía alrededor de treinta minutos de tiempo para relajarse antes de entrar al gran salón donde se llevaría a cabo la actividad. 

Ese día había elegido usar un vestido de tela de algodón en color verde agua, con unos detalles muy discretos en tono rosa claro. Sus zapatos eran color beige que hacían juego con su bolso. Decidió llevar el cabello levantado en una coleta y como aretes, unas pequeñas arracadas de plata que le encantaban. 

Antes de llegar al salón atravesó por un espacio muy lindo, un jardín muy cuidado y al cruzarlo atrapó su atención una especie de pequeña colina dentro de una jardinera. Estaba poblada de muchos dientes de león. Era la primera vez que Bianca veía a tantos dientes de león juntos, le pareció que estaba como en una especie de pintura. La vista era preciosa. 

Su mente se concentró en los dientes de león y las imágenes previas que tenía desde su infancia. Vinieron los recuerdos de cuando era niña y salía a la calle. Le gustaba observar las flores que crecían en las banquetas, de lo que más recordaba eran esas pequeñas flores en tono amarillo que solía ver hasta en el lugar menos esperado. Alguna ocasión que salió con su tía Priscila le preguntó:

–Oiga tía, ya miró esas florecitas amarillas, hay muchas, ¿sabe cómo se llaman?

–¿A cuáles te refieres Bianca? 

–A las que están creciendo en las orillas de las banquetas y mire allá hay una en esa grieta de la pared.

–Ah sí, se llama diente de león, hay muchas por donde quiera que vayas. Son muy resistentes a las adversidades. Y cuando la florecita se va secando se transforma y sucede algo mágico.

–¿Cómo es eso tía?

–Sí, una vez que la flor se seca, en lugar de marchitarse da paso a un conjunto de pelos plumosos que le dan una vista hermosa y al soplarlos ayudas a esparcir la semilla del diente de león. Ojalá que encontremos alguna para que te muestre.

Pasó un tiempo después de esa conversación hasta que Bianca encontró en cierta ocasión algunos dientes de león con los pelos plumosos en tono blanco y recordó lo que le había contado tía Priscila. Se acercó cuidadosamente y observó. Después sopló con mucha fuerza y la magia sucedió, vio volar los pelos plumosos y se sintió contenta de que se esparcieran para dar vida a más flores.

De la plática con la tía Priscila a Bianca le quedó grabado no solo la transformación del diente de león, sino su presencia en las regiones menos esperadas, resistiendo a muchas situaciones climáticas. Para Bianca cada diente de león que solía ver crecer era como una lucecita de esperanza, ante las diversas situaciones en la vida, además del bello tono amarillo que alegraba la vista, recordaba que la magia después se hacía presente. De ahí que en más de una ocasión Bianca se había repetido, quiero ser como un diente de león.

El sonido del celular la hizo volver al presente, era la alarma que había programado. Continuó su paso, cada vez más cercano al salón. Ahora se sentía más tranquila, la vista de los dientes de león había sido un hermoso regalo no solo para apaciguar los nervios sino como inspiración para florecer en su actividad.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 289. La música en el corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: The Humantra: https://www.pexels.com/photo/man-playing-an-instrument-on-a-sidewalk-13517376/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

La música en el corazón

Eleonora, Mario y Elizabeth habían coincidido en ir a cursar sus estudios de licenciatura a otro estado, en una universidad pública, tenían la oportunidad de que sus madres y padres pudieran financiar sus gastos. Como era de esperarse, habían rentado un espacio en común para vivir ahí. Mario y Elizabeth eran hermanos, Eleonora era su prima. 

Estaban adaptándose a la nueva ciudad y a la colonia donde vivían. Ya habían hecho algunos recorridos a los lugares más necesarios de conocer, las paradas de transporte público que los llevaba cerca de la universidad, el mercado, tiendas de abarrotes, farmacias, papelerías, algunos restaurantes, cafeterías y hasta un par de bares.

Entre los tres se iban alternando para ver quién cocinaba, cada integrante intentaba lucirse a la hora de preparar el desayuno y la cena. Normalmente comían en alguna cocina económica cercana a la universidad.

Ese fin de semana era cumpleaños de Elizabeth y Mario, por alguna extraña coincidencia habían nacido el mismo día, pero con dos años de diferencia, ella era mayor que él. Eleonora quería darles una linda sorpresa para la comida, prepararía uno de los platillos tradicionales de su región, nopales guisados con camarón y sopa de arroz; le había pedido la receta a su mamá. Así que ese sábado madrugó para ir al mercado y comprar los ingredientes.

Eleonora emprendió la ruta al mercado. Le gustaba ir ahí, aparte de que recordaba a los mercados de su terruño, le encantaba cómo tenían organizadas las frutas en cada puesto, algunos tenían hasta canastas de mimbre que hacían lucir más a las frutas y verduras. Ya tenía su marchanta preferida. No tardó en comprar los ingredientes y regresar a casa.

Mientras caminaba se dio cuenta que, aunque apenas iban a dar las ocho de la mañana, había mucha gente en el mercado. Así que decidió ir a paso lento, aprovechó para observar los puestos informales que había, las frutas de temporada y cómo las vendían empacadas, la cantidad de señoras mayores que ofrecían su vendimia, sentadas en una especie de banquitos improvisados, como cubetas con algún cartón o trapo encima. La venta era, en su mayoría verduras, dulces tradicionales, algunas con frijoles de distintas variedades y otras, flores. 

Entre el ir y venir de las personas, y el barullo propio del mercado, alcanzó a escuchar una melodía que le sonó conocida, pensó que el sonido venía de algún transporte público, porque había paradas aledañas. A medida que continuaba caminando seguía escuchando la canción, ahora un poco más cerca y logró identificar que era el inicio de la canción La vida es un carnaval. Sin embargo, la música se cortaba por instantes, solo era la pista, sin voz. 

Delante de ella iba un señor como de setenta años que caminaba despacio y se detenía. Eleonora se dio cuenta que el señor llevaba cargando algo, al frente del pecho, cuando estuvo más cerca, descubrió que la pista musical provenía de una grabadora que el señor cargaba al frente. Además, alcanzó a ver que también llevaba un micrófono; en algún momento el señor se detuvo, buscó un pequeño espacio para acomodarse y comenzó a cantar. 

Eleonora se quedó escuchando algunos minutos. La canción era una de sus favoritas, tarareó la letra, y poco a poco, fue pensando en el trabajo informal de varias personas adultas mayores en el mercado, era evidencia de las necesidades que tenían para subsistir, algunos rostros mayores manifestaban no solo el paso de los años sino también rastros de tristeza, cansancio, pero algunos más una viveza en los ojos que se contagiaba. El señor de la grabadora parecía que tenía la música en el corazón, entonaba la canción con mucho entusiasmo. Eleonora buscó una cooperación para darle, ni cuenta se dio en qué momento el señor había colocado una gorra al lado de donde cantaba.

Al ritmo de la vida es un carnaval siguió su camino a casa. A medida que avanzaba iba repasando la receta que guisaría, mientras se le venía a la mente la importancia en la vida diaria de llevar la música en el corazón.

Fotografía: The Humantra: https://www.pexels.com/photo/man-playing-an-instrument-on-a-sidewalk-13517376/
Fotografía: The Humantra: https://www.pexels.com/photo/man-playing-an-instrument-on-a-sidewalk-13517376/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 288. Tejer la palabra, una labor desde el corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Alex Dos Santos: https://www.pexels.com/photo/reflection-of-a-child-in-a-puddle-on-the-stree-22243356/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Tejer la palabra, una labor desde el corazón

A mi niña interna, con mucho amor.

Con gratitud, a quienes forman parte de las Voces ensortijadas.

La lluvia que inició desde la tarde me acompaña mientras escribo estas líneas; en realidad tengo más acompañantes, los grillos que no dejan de sorprenderme, con su canto incesante, aún bajo la lluvia. Se siente muy grato escuchar al mismo tiempo el sonido de la lluvia que cae sobre las hojas de los árboles y crea una especie de ritmo, que se va dispersando y regresa. Y como en un quinto plano alcanzo a escuchar el canto de las ranas que, aunque lejano, es potente el sonido. Se me figura como si a través del canto expresaran la alegría por la lluvia. 

Hoy en particular, siento la presencia de mis ancestras y ancestros como en una especie de abrazo, de esos que apapachan lindo y que recuerdan lo bello de la existencia, de ahí que la lluvia y los demás elementos que comento sean elementos muy importantes, de conexión con la naturaleza. 

Vamos concluyendo el mes de julio, éste es un mes muy especial para mí, entre uno de los motivos principales es porque se celebra el aniversario de esta columna, Voces ensortijadas. Este mes la columna cumplió ocho años de su creación. El tiempo pasa pronto, en estos ocho años he tenido la oportunidad, el regalo, la bendición de escribir cada semana, sobre una diversidad de temas, y de que las Voces ensortijadas continúen teniendo los espacios para poder ser divulgadas, leídas, escuchadas y comentadas.

Me gusta recordar los momentos en la infancia y adolescencia que me remiten a mi gusto por la lectura y la escritura, bases importantes para el caminar de la vida. Este recorrido que inicié desde el 2017 que decidí escribir la columna me ha llevado a encuentros muy gratificantes, a volver la mirada no solo a lo cotidiano, a la naturaleza, a quienes me rodean, a mi terruño, sino también a los conflictos que se suscitan en los diversos contextos, también me ha reiterado la importancia del valor que tiene la escucha no solo para las demás personas sino también la escucha interna, volver la mirada hacia mí.  

Considero que la escritura se ha convertido en una parte esencial de mi cotidiano, me siento muy agradecida de poder hacerlo, sobre todo consciente de la responsabilidad que implica escribir para divulgar los textos y que estos textos tienen un acompañamiento colectivo. Escribir las Voces ensortijadas semanalmente, desde hace ocho años, es para mí una valiosa forma de tejer la palabra, una labor desde el corazón que me llena de entusiasmo, de emoción, donde la creatividad y la memoria se hacen presentes.

Agradezco mucho al público lector de esta columna, por su cariño, por su tiempo para leer, por resonar con los textos; muchas gracias a Letras, Idea y Voz, a Chiapas Paralelo, a Tropikalia, por el espacio que le siguen brindando a las Voces ensortijadas para su divulgación. Un abrazo con cariño para todas, todos, todes. La lluvia sigue, me parece que continuará toda la noche, arrullando los sueños, con los grillos que siguen animados para darle el toque mágico a este concierto de la naturaleza, como el festejo del octavo aniversario de esta columna.

Fotografía: Alex Dos Santos: https://www.pexels.com/photo/reflection-of-a-child-in-a-puddle-on-the-stree-22243356/
Fotografía: Alex Dos Santos: https://www.pexels.com/photo/reflection-of-a-child-in-a-puddle-on-the-stree-22243356/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 287. Acompañada por la naturaleza. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Acompañada por la naturaleza

Elvira revisó el mensaje que le anotó en un papel su abuelita Esther, para no errar y confundirse en las piezas que tenía por encargo comprar en la ferretería. Después de haber buscado en dos tiendas y comparado los precios, había decidido hacer las compras en la tienda ubicada más lejos de casa. Por suerte, Elvira se puso la gorra para salir por el mandado. El sol veraniego estaba no solamente radiante sino sumamente cálido.

Caminó hacia la parada del transporte público, subió a la ruta 231. Tuvo la fortuna de hallar lugar cerca de la ventana, pagó su pasaje y luego, cerró un instante los ojos. El calor le daba mucho sueño. El movimiento del colectivo fue como una especie de arrullo.

–¡En la parada bajan por favor! –se escuchó la voz de un adolescente.

Elvira abrió los ojos, su rostro buscó alguna señal para ubicar cuánto le faltaba para bajar, qué suerte, pensó, todavía no es el rumbo. Cuando llegó a la calle, pidió la parada. Entró a la ferretería, la atendieron sin demora y regresó con el pedido para la tita Esther.

El calor se había tornado más sofocante. Elvira no quiso regresar en colectivo, ni en taxi, decidió que iría a casa caminando, por la zona de los andadores. Pasó por una botella de agua a la tiendita más cercana y emprendió la travesía. Tenía rato de no caminar por ahí, se animó a hacerlo porque estaban rodeados de árboles propios de la región y estaría más fresco.

Elvira se felicitó por la decisión, tenía que caminar un rato, pero la sombra de los árboles era un gran regalo. Mientras iba avanzando observó no solo el verde de los árboles sino también hermosos colores de las flores que había, vio las que parecían campanitas blancas, campanitas lilas, flor de mayo en tono blanco y rosa. Escuchó el canto de los pájaros que habitaban el espacio, muchos zanates y algunos cotorros.

Por un momento pensó que alguien podría aparecer de pronto y darle un susto, los andadores no tenían muchos transeúntes. Sin embargo, ese pensamiento se esparció y, por el contrario, sintió una especie de cobijo por la naturaleza. Contempló con asombro los troncos gruesos de árboles adultos que seguramente tenían muchos años de vida. Recordó relatos de la abuelita Esther. Les agradeció la sombra, la vida, el estar ahí.

A medida que iba cruzando andadores Elvira se dio cuenta que, aunque pocas personas, pero sí había por esos rumbos. Observó a un par de enamorados platicando muy animadamente, un señor que tomó un descanso en una de las banquitas que había, una señora que llamaba por teléfono, una chica que estaba muy atenta observando los árboles, un repartidor de agua y por supuesto, ella, Elvira, que esa tarde de verano había experimentado una sensación tan bella al caminar por esa ruta, sentirse acompañada por la naturaleza.

Apresuró el paso, se había terminado la botella con agua. Ya faltaba poco para llegar a casa.

Fotografía: MGLS.
Fotografia: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 286. Contemplar el ocaso. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Abdullah Al Mallah: https://www.pexels.com/photo/gray-clouds-in-the-sky-8205796/

 Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Contemplar el ocaso

Esa tarde de verano Elvira se sentó en una de las mecedoras que tenía justo a la mitad del patio rodeado de árboles, en su casa. Recordó con cuánta ilusión Gilberto, su esposo, y ella habían elegido el espacio en el que podrían construir su casa. Dentro de las propuestas que ella hizo fue elegir qué árboles plantarían y participar en la siembra. Desafortunadamente, a Gilberto ya no le tocó acompañar a Elvira ni a su hija e hijos en buena parte de sus planes. Falleció muy joven, en un accidente en carretera.

Cada árbol que estaba plantado era una especie de aliento para Elvira, recordó lo difícil que había sido la crianza de la hija e hijos. Observó sus manos, con las muestras de expresión que deja el paso de los años. Las acarició suavemente. Muchas horas habían sido de costurar a mano y luego a máquina para poder entregar los trabajos con los que pudo sostener a su familia. 

El viento acarició su rostro y movió las ramas de los árboles. Elvira alzó la vista al cielo, ningún rastro de lluvia. Los recuerdos siguieron asomándose en la mente y en el corazón. El patio era testigo de las grandes carreras que pegaban Leticia, Alfredo y Roberto, durante la niñez. Luego ese espacio había sido partícipe de los primeros pasos de Eneida, Francisco, Lourdes y Leonel, sus nietas y nietos, que ahora entraban en la adolescencia. 

Además de su familia biológica, las charlas tan amenas con sus amistades y vecinos de la colonia eran parte importante de ese espacio. Las mecedoras no solo eran muebles cómodos, sino que también formaban parte de las historias de la familia de Elvira, tantas anécdotas contadas desde ahí. Nuevamente levantó la mirada, no tardaba en comenzar a ocultarse el sol. 

Sonrió para sí, mientras decía:

–¿Qué tal la vida Elvira? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué sueños tienes pendiente todavía?

El canto de un colibrí atrapó su atención, su vuelo fue efímero, para ella fue un gran regalo. Su corazón sintió una especie de emoción, vaya que todavía tenía sueños por cumplir. 

Instantes después, alzó la vista para contemplar el ocaso. Pensó que cada etapa en la vida había que disfrutarla y vivirla plenamente. Deseó que, como ella, una mujer adulta, abuela y madre, muchas más mujeres pudieran darse la oportunidad de encontrar qué les faltaba por vivir.

El sonido del timbre la hizo recordar que esa noche su comadre Esther la había invitado a cenar tamales de pollo con verdura y de bebida, un rico chocolate. 

–¡Ya voy, ya voy! – exclamó Elvira, al tiempo que se levantaba de la mecedora. 

Fotografía: Abdullah Al Mallah: https://www.pexels.com/photo/gray-clouds-in-the-sky-8205796/
Fotografía: Abdullah Al Mallah: https://www.pexels.com/photo/gray-clouds-in-the-sky-8205796/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.