Voces ensortijadas. 299. Los caminares desde el corazón. María Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Los caminares desde el corazón

Caminar con respeto, escuchar con el corazón.
Citlalli Fernanda Pérez Cázares

El reloj marcó las 07 horas del día lunes, Elena abordó el transporte que la llevaría a su primer destino para que dos horas después tomara otro autobús que la trasladaría a su destino final en ese viaje. Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad recordó las veces que solía viajar con su familia en carretera, lo disfrutaba mucho. Solía imaginar muchas historias mientras escuchaba las canciones que su papá ponía y ella tarareaba en el asiento trasero. De las imágenes que más recordaba era el verde del paisaje, las montañas enormes y las nubes con una variedad de formas que se perdían para conformar otras en breves instantes.

Llegó a su destino antes del mediodía. Se felicitó por madrugar, aunque le costara levantarse temprano. Revisó el mensaje que Leonor, su compañera de trabajo, le había enviado. La esperaban después del mediodía para hacer un recorrido por la nueva ruta donde le tocaría estar trabajando de manera mensual.

Elena hizo su tercer viaje en el día, tomó un mototaxi que la llevó hasta el lugar de la cita con Leonor. Pagó su pasaje y se dirigió a buscar la entrada del lugar. No tardó en divisar a Leonor quien la esperaba. Después de saludarse, Leonor le presentó al resto del equipo de trabajo con el que estaría interactuando Elena. Ahí estaban Manuel, Eréndira, Matilde y Gerardo, quienes con mucha amabilidad le dieron la bienvenida.

Matilde fue quien guió a Elena a donde sería la nueva ruta del trabajo, un espacio donde recibirían cada mes a distintos grupos de mujeres bordadores y alfareras para brindarles talleres de cómo comercializar sus productos y divulgarlos a través de las redes sociales. Para llegar al espacio tenían que caminar un poco entre una pequeña selva, a quien Matilde bautizó como el sendero de la felicidad. Cuando Elena escuchó el nombre empezó a pensar qué habría en ese espacio para que Matilde lo llamara así. No tardó en descubrirlo.

Manuel se adelantó al recorrido. Matilde fue explicando las especies de árboles que habitaban el sendero. Era importante que conocieran y respetaran ese espacio que sería su nueva ruta de encuentros con la creatividad, el amor, la dedicación y entusiasmo de las mujeres bordadoras y artesanas. Elena estaba maravillada, era como adentrarse a un lugar mágico, rodeado de mucha vida, el verde en su máximo esplendor. De pronto se vio caminando entre piedras cubiertas por pequeñas decoraciones de musgo, guiada no solo por Matilde sino por una diversidad de flores que rodeaban el sendero de la felicidad, una variedad de mariposas y aves que iban apareciendo en el camino, como dándoles la bienvenida.

Elena hizo una pausa mientras contempló un árbol enorme, vaya que la naturaleza era no solo bella sino asombrosa y sabia, pensó. Matilde volteó a ver si Elena la seguía, al verla detenida la llamó, le tenía una sorpresa preparada, ya estaban cerca del lugar donde darían los talleres. Antes había que cruzar un pequeño puente colgante. Al final se veía la casita que era el espacio para sus actividades. El rostro de Elena se llenó de más asombro, aunque con un poco de nervios, una sonrisa se dibujó en su rostro mientras pasaba en el puente, con paso firme y seguro. Vinieron a su mente la serie de vicisitudes que le había tocado pasar para estar en este momento, sin duda que los caminares desde el corazón eran parte de su vida. Agradeció a la divinidad, a la naturaleza, a su cuerpo y a quienes la rodeaban para poder vivir esos caminares. Ahora le tocaría empezar una nueva travesía.
Foto de Nataliya Vaitkevich: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-camara-subjetiva-pov-calzado-5291690/
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 298. Atardecer en otoño. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez
Atardecer en otoño

El reloj marcó las cinco de la tarde, Dinorah vio la hora y se dio cuenta que ya tenía que salir por el mandado para ir a comprar los ingredientes que le faltaban para hacer los postres que vendería al día siguiente. Aunque tenía prisa fue caminando a paso normal y de pronto, como normalmente no solía hacer por las rutinas cotidianas, se descubrió contemplando el paisaje de esa tarde.

Agradeció el clima. El calor se había ocultado aún cuando el sol alumbraba con una intensa luz. Corría un ligero viento que hacía la tarde más amena. Asimismo, la temporada de lluvias había dado un bello toque al paisaje que rodeaba a la ciudad. Las montañas resaltaban por el verde intenso y las nubes que decoraban el cielo generaban algunas sombras que las embellecían más.

Continuó su paso, su mirada se siguió recreando con los frondosos árboles de flamboyant que se dejaban ver en los patios de algunas casas. A lo lejos alcanzó a divisar un par de ceibas, eran sus favoritas. Siempre le parecían hermosas, pero ahora tenían un toque distinto. Dinorah recordó que la época de lluvias era una bendición para la naturaleza y también para las personas, siempre y cuando, las lluvias no ocasionaran algunos desastres.

Pensó que la humanidad era en gran medida responsable de tantos desastres naturales. El respeto a la flora, la fauna, la tierra se había ido perdiendo. Mientras esperaba que un semáforo diera el verde alzó la mirada al cielo, contempló una variedad de nubes, justo para hallar en ellas un sinfín de formas.

Cruzó la calle y su mirada se posó en una pequeña jardinera, alrededor de ella había varias palomas muy entretenidas que picoteaban algo en la tierra. Siguió su camino y observó gente yendo y viniendo. En un pequeño parque comenzaban a instalar vendimias. A su memoria vino un par de recuerdos de su adolescencia, en las tardes de verano solía ir con sus primas a la paletería, los sabores favoritos eran de cacahuate, cajeta y coco.

Esa tarde tenía algo en especial, Dinorah lo había percibido y le gustaba la presencia de la naturaleza en los paisajes que rodeaban a su colonia. No era una tarde cualquiera, era un atardecer en otoño que le recordaba que la vida está llena de hermosos colores y era un gran regalo poder reconocerlos y disfrutarlos. Sonrió para sí; en menos de lo que imaginó había llegado a su destino.
Foto de Hiếu Hoàng: https://www.pexels.com/es-es/foto/fotografia-de-enfoque-superficial-de-flores-naranjas-720390/
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 297. Atesorar los hilos de plata. María Gabriela López Suárez

Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/gota-de-agua-en-foto-de-primer-plano-1422501/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Atesorar los hilos de plata

El incesante ruido de la lluvia despertó de manera abrupta a Inés; el golpeteo del chorro de agua que caía en la lámina que daba al patio de su casa hizo que el sueño se le quitara. Dio vueltas y vueltas en la cama y no logró conciliar el sueño. Observó a Mateo, su esposo, estaba completamente dormido. Sueño profundo, pensó ella.
Se levantó de la cama y se dirigió a la sala. Se sentó en su sillón favorito, buscó si tenía cerca alguna novela para leer, justo estaba tratando de avanzar con El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. No halló el libro. Su mente empezó a pensar, dónde lo había dejado. ¿Estaría en el cuarto? No, seguro que no. Le dio un poco de pereza ir a buscar al comedor. ¿Pero por qué lo habría dejado ahí? Quiso salir de la duda y a paso lento fue al comedor. En efecto, el libro no estaba ahí. Regresó a la sala.
Se acomodó nuevamente en el sillón y observó a lo lejos, en el sillón más grande se asomaba algo parecido a un libro, debajo de uno de los cojines que decoraban el juego de sala. Se levantó y fue a verificar. El libro estaba ahí, como sonriéndole. Inés le correspondió. Vinieron a su mente varias preguntas, ¿por qué había olvidado dónde estaba el libro? Y qué pereza le había dado ir a buscarlo. Bueno, era de noche madrugada, eso debía ser.
Regresó al sillón y cuando se disponía a retomar la lectura se acordó de su mamá que solía decirle que el paso de los años no era en vano. Inés estaba acercándose a los 60 años. Ella se sentía muy bien, pero quizá eran ciertos avisos de poner atención y cuidarse. Sintió como una especie de angustia, pero respiró profundo. Se vinieron a su mente las imágenes de las personas mayores de su linaje. Recordó a las abuelitas y a los abuelitos, a su madre y a su padre, a quienes siempre tuvo admiración y respeto, los recordaba con amor y como fuentes de sabiduría inagotables.
Observó sus manos, las pecas que tenía habían incrementado, pero lucían bellas, con todo y eso. Tomó uno de los mechones de su cabello, el tono gris matizado se asomó. Sonrió para sí, el paso del tiempo era también una oportunidad de haber vivido un sinfín de experiencias y era importante atesorar los hilos de plata que ya tenía y que continuarían acompañándole hasta que el universo se lo permitiera. De pronto, se dio cuenta que había silencio. La lluvia había cesado. Era hora de regresar a la cama.
Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/gota-de-agua-en-foto-de-primer-plano-1422501/
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 296. Entre el tiempo y la lluvia. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Monojit Dutta: https://www.pexels.com/photo/adventurous-photographer-in-kolkata-s-rain-33294902/
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María Gabriela López Suárez

Entre el tiempo y la lluvia

Mireya escuchó las noticias mientras terminaba de preparar su desayuno, en el estado del tiempo se anunciaban fuertes lluvias durante la semana. Respiró profundo y pensó que les esperaba una ardua jornada en las campañas de salud que tenían. Recientemente había regresado de una comunidad rural cercana a su lugar de residencia, parecía tan asombroso que, aunque era un territorio tan cercano a la ciudad, las condiciones de camino, servicios de agua, energía eléctrica y qué decir de salud eran tan precarios.
Recordó que conversó con Santiago y Ernestina, sus colegas del trabajo, los tres habían estudiado Enfermería y le entristecía mucho las condiciones en que habían encontrado en esa comunidad, a la población adulta mayor y a la niñez. Los tres llegaron a la conclusión de que por más que quisieran no podrían solucionar el problema, sin embargo, en la labor que hacían ponían no solo su mejor esfuerzo, sino también la práctica de su vocación, con compromiso, ética y amor. Eso era aportar un granito de arena.
Guardó su desayuno; colocó sus botas de plástico en una bolsa y jaló su chubasquero, su bolso y emprendió el camino a su centro laboral. Al salir de casa observó los cerros, cubiertos de neblina, el cielo grisáceo y el viento que anunciaba la llegada de la lluvia. Así fue. Se puso el chubasquero y siguió su ruta.
Al llegar a la oficina saludó al personal de vigilancia, a lo lejos saludó a Ernestina que ya había llegado y se dirigió al área donde le indicarían a qué lugar le tocaría ir en ese día. En esta ocasión le tocó trabajar en una comunidad ubicada a dos horas de la ciudad, ahora solo iría con Ernestina. Ambas se dirigieron a donde estaba el transporte que pasaría a dejar al personal, el regreso sería hasta después de las tres de la tarde.
La lluvia había arreciado acompañada de viento, Mireya se alegró de haberse llevado las botas. Se dispuso a desayunar mientras observaba la lluvia incesante. Recordó sus tiempos de estudiante en la licenciatura, las veces que contemplaba la lluvia desde su aula de clases e imaginaba cómo sería su vida laboral. Años después de nuevo tenía a la lluvia como escenario, solo que ahora estaba justo en el lado que anhelaba. Sonrió. Sintió los latidos de su corazón, entre emoción y nervios. Le gustaba su labor, quería dar lo mejor en su trabajo.
Ernestina la miró y preguntó,
─¿En qué piensas, Mire? Estás bien concentrada mirando hacia la lluvia.
─Me gusta observar la lluvia, me evoca tantas cosas, me hace recordar etapas de mi vida─ respondió Mireya.
─Las personas que bajan en la comunidad de San Quintín, ya estamos a cinco minutos de llegar─ se escuchó decir al conductor.
Mireya y Ernestina intercambiaron miradas y sonrisas. Mireya se acomodó el chubasquero y se puso las botas. Entre el tiempo y la lluvia les tocaría sortear una nueva jornada.
Fotografía: Monojit Dutta: https://www.pexels.com/photo/adventurous-photographer-in-kolkata-s-rain-33294902/
Fotografía: Monojit Dutta: https://www.pexels.com/photo/adventurous-photographer-in-kolkata-s-rain-33294902/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 295. Arrulladores de los sueños. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Arrulladores de los sueños

El ambiente colorido en tonos verde, blanco y rojo, propio de las fiestas patrias en México, había llenado las calles del barrio donde vivía Isabelina y su familia. Ella era viuda, tenía un hijo, Alfonso, que vivía en Estados Unidos, él había migrado hace más de diez años y aunque le llamaba con frecuencia y le enviaba apoyo económico a su mamá, no daba señales de que regresaría. Sin que se lo dijera, Isabelina lo percibía. La familia de Isabelina eran sus vecinas y vecinos del barrio San Felipe, sus dos gatos y sus gallinas a quienes apreciaba tanto.
El barrio de San Felipe era pequeño, muy pintoresco, la gente que lo habitaba era unida y servicial. De ahí que para Isabelina era muy significativo tener el apoyo no solo moral, de cariño, sino también en algunas ocasiones económico de su familia del corazón.
Para el festejo de la noche del grito de Independencia organizaron una pequeña reunión vecinal, en el salón que tenían para sus juntas del barrio. Se distribuyeron las tareas de qué llevaría cada quién, entre antojitos, bebidas, postres, las mesas, sillas, manteles, la música y los adornos. Isabelina se propuso para preparar taquitos dorados, rellenos de pollo con papa, acompañados de ensalada de repollo con verduras y una salsa de tomate rojo asado. Doña Vicky, la señora que vendía antojitos en la cuadra donde vivía Isabelina, se integró a la comisión. Así que ambas se pusieron de acuerdo para los preparativos.
Llegó la fecha de la reunión, todo estaba organizado, el salón tenía adornos pequeños pero bonitos y vistosos. El ambiente de fiesta se percibía, las mesas muy bien colocadas, con unas flores al centro y detalles alusivos a la celebración. El aroma a la comida se percibía desde antes de entrar al salón. La algarabía de la gente fue el ingrediente esencial.
Isabelina estaba ataviada con un vestido rojo, zapatos color blanco y el cabello era sostenido por un par de listones en tono verde. Su rostro estaba contento, se acordó de Alfonso y de su esposo, le habría gustado que estuvieran ahí para festejar. Prefirió no ponerse nostálgica y se sumó a las tareas que la familia del barrio tenía.
Todo el público asistente degustó los antojitos y bebidas. Nadie se quedó sin comer. La música le dio un toque más emotivo a la celebración, un trío de jóvenes era el deleite para interpretar las canciones mexicanas, Cielito lindo fue de las más solicitadas. ¡Viva México! ¡Viva México! Se escuchó al final de la celebración.
En casa Isabelina compartió con sus gatos un pequeño trozo de carne que les había guardado y para sus gallinas había llevado unas tortillas de maíz, de las que compartió doña Refugio. Al día siguiente se las daría remojadas. Antes de irse a dormir se asomó al patio de su casa. Había sido una linda velada.
Ya en su cama, el silencio de la noche le permitió escuchar con atención a los grillos. Se sintió contenta, era una bella melodía. Los grillos eran para ella arrulladores de los sueños. ¿Qué tanto dirían en sus cantos? ¿Sería el festejo de la vida, de la libertad? Los ojos de Isabelina se fueron cerrando, al fondo el canto de los grillos seguía escuchándose.
Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/
Fotografía: Marcus Goodman: https://www.pexels.com/photo/close-up-of-a-grasshopper-sitting-on-a-flower-19840359/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 294. Apapachos al corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez


Apapachos al corazón

Las mujeres con alas de paso tejidas con hilos de la infancia,
atravesadas por afilados hilos de la adultez.
Carmen Agudelo Baquero

El ciclo escolar había comenzado de nueva cuenta, las prisas se hacían presentes en lo cotidiano, Ibeth ya tenía previsto que les tocaría a Josué y a ella volver a la rutina de correr con Rubén y Benito, sus hijos, sobre todo ahora que ya iniciaban a cursar el primer grado de primaria.

En más de una ocasión Josué le había planteado a Ibeth que dejara de trabajar en la escuela de nivel preescolar donde era auxiliar de las maestras titulares, para poder dedicar más tiempo a sus hijos y no andar con tantas carreras. Ibeth no había dudado en decirle que, además de que le gustaba su trabajo, tenían la necesidad económica de ambos sueldos para el sostén de los gastos de la casa, de la educación de sus hijos y también los gastos personales de cada uno.

El primer día de clases fue toda una odisea. Ibeth se despertó más temprano que de costumbre en los días laborales. La alarma la hizo levantarse con un sobresalto, estaba profundamente dormida, soñaba que llegaba tarde a su trabajo. Se alegró de que fuera un sueño. Había olvidado que ajustó la alarma más temprano porque tenía la incertidumbre de que no le fuera a dar tiempo de preparar el desayuno para la familia y también el lunch que haría Josué para llevar a la escuela y al trabajo. Por fortuna todo fluyó bien. Josué llevó a los hijos a la primaria, Ibeth pensó que a ella le habría gustado llevarlos, pero a la vez se alegró de que no, porque le daría una sensación de nostalgia.

Su día laboral fue intenso, muchas niñas y niños ingresaron por vez primera al preescolar y para varias y varios había sido algo complicado el separarse de mamá y papá que los llevaron a la escuela. A la hora de la salida mientras acompañaba a las niñas y niños de su grupo para entregarlos a sus mamás y papás Ibeth se sentía agotada, le costaba dibujar la sonrisa en su rostro, pero hacía el mejor esfuerzo.

Ordenó el espacio del salón y guardó sus cosas. Revisó su reloj, ya estaba en su hora de salida y justo a tiempo para ir por Rubén y Benito. Se apresuró para llegar en tiempo. Subió al transporte colectivo y dio un respiro tan profundo que varias personas voltearon a verla. Ibeth se sonrojó, pero a la vez sonrió, algunas personas le devolvieron la sonrisa.

Mientras llegaba a la escuela se puso a pensar que el mundo de las personas adultas no es tan fácil, sobre todo para las mujeres, una se la pasa corre y corre, ella era un ejemplo. Siguió ensimismada en su sentir; apenas era el primer día del nuevo ciclo escolar y estaba muy cansada. Respiró profundo por segunda vez, pero sin ser tan expresiva como la primera. Sintió una sensación de alivio, muy grata. Lentamente llevo una de sus manos al corazón, la dejó ahí unos instantes. Le pareció mágico sentir sus propios latidos, la respiración profunda y el conectar con su mano habían sido sus apapachos al corazón. Se dio cuenta que esa conexión tenía que hacerla más seguido, por lo regular, solía olvidarse de ella e Ibeth también era importante.

Respiró profundo por tercera vez antes de pedir la parada para bajarse. Cuando descendió del transporte sintió que tenía un poco más de energía, caminó al portón de la escuela y ahí se detuvo a esperar a Benito y Rubén, no tardó en divisarlos. Ambos la buscaban entre las personas, ella agitó la mano para que la vieran. Abrazarlos era también un lindo apapacho a su corazón.

Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/
Fotografía: Alexandro David: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-person-holding-feet-and-hands-1912359/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 293. El intercambio de sonrisas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El intercambio de sonrisas

La riqueza es el lujo de saber vivir con las cosas pequeñas

 y menudas de la vida

José Luis Quintero Carrillo

 

Ese martes la lluvia dio un poco de tregua, Mariela y su familia aprovecharon para salir a tiempo a sus diversas actividades. El tío Guillo tenía mucho trabajo para limpiar su carpintería, la lluvia había hecho algunos estragos por el techo donde se colaba agua en una rendija. Doña Celeste, madre de Mariela, tenía pedidos de tamales para esa tarde, se alegró que su comadre Trini le llevara un día antes muchas hojas de plátano para envolver los tamales; Juan, hermano menor de Mariela iría por la masa que habían encargado. Mariela tenía la encomienda de ir al mercado a comprar los ingredientes. Arturo, hermano mayor de Mariela, ayudaría en la mañana al tío Guillo y por la tarde sería quien haría la entrega de los tamales.

Cada integrante de la familia se dirigió a hacer sus tareas. Antes de salir de casa, Mariela revisó que no le faltara la lista de los ingredientes. Se encaminó al mercado, el sol no solo se había asomado esa mañana, sino que había despertado con tal fuerza que parecía casi increíble que tras tres días de lluvia seguida casi no hubiera rastros de agua en el suelo. El calor comenzaba a sentirse. Mariela se alegró de haber salido temprano de casa. 

Al entrar al mercado recordó la recomendación que solía hacerle doña Celeste,

─Por favor, no te vayas a distraer a comprar otras cosas que no te pida─ ante esa petición Mariela siempre solía decir que no había de qué preocuparse, pero en más de una vez se había dejado atrapar por ir a ver la venta de flores, productos de semillas o una gran variedad de cestas de todos los tamaños y colores.

Esta ocasión se fue directo a los puestos indicados para surtir los ingredientes. Hasta revisó con detalle que fueran las cantidades indicadas para que no hiciera falta algo. El calor al interior del mercado ya se percibía, en algunos puestos tenían prendidos sus ventiladores, por momentos Mariela sintió que se quería quedar ahí un rato más, pero tenía que regresar pronto a casa.

Estaba por comenzar a refunfuñar por el calor que estaba más fuerte cuando se acordó que hace unos días había querido que saliera el sol y cesara tanta lluvia. Así que su rostro no solo cambió, sino que sintió que algo en su interior y en su cuerpo también había cambiado. Recordó que se había pintado los labios con uno de sus colores favoritos, así que había que lucirlo con una sonrisa. Se acomodó las bolsas del mandado y emprendió el camino a casa. 

En el trayecto de regreso Mariela se encontró con una diversidad de personas, nadie conocida, cada quien en su mundo. Le llamó la atención una señora mayor, que venía en sentido contrario a ella, a paso tranquilo, con la cabeza cabizbaja, quizá ensimismada en sus pensamientos o pendientes. Mariela continuaba sonriendo y de pronto, el rostro de la señora se levantó y coincidió con el de ella, la señora dibujó una sonrisa tímida. El intercambio de sonrisas fue fugaz, ambas continuaron su paso. A Mariela ese intercambio le pareció un regalo muy bonito. Le generó una sensación de gratitud en el camino, en el día; se alegró de sonreír, en el día a día tan ajetreado y con tantas vicisitudes, esos intercambios, sin duda, eran una especie de bálsamo para recordar la importancia de disfrutar y agradecer cada instante. Apresuró el paso, la estaban esperando para comenzar a hacer los tamales..

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 292. Entre neblina y montañas. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Entre neblina y montañas 

La terminal de autobuses estaba con bastante afluencia, Alfonso y Roberto habían llevado a Marina, su mamá, que salía de viaje para su ciudad de origen. Roberto había comprado una bufanda artesanal para la tía Bertha, hermana de Marina, por su parte, Alfonso le compró un par de guantes afelpados. La tierra de Marina estaba enclavada en las montañas y el clima era muy frío.

Marina se despidió de ellos con nostalgia, pero a la vez contenta de regresar a su terruño, tras años de una larga ausencia. Se subió al autobús, buscó el número de su asiento, los números estaban casi ocultos. Una chica le ayudó a identificar el número 9. Se alegró que sus hijos le hubieran elegido ventanilla. 

El conductor dio el saludo de bienvenida y mencionó que el tiempo de viaje estimaba entre 10 y 12 horas. 

Todo dependía de las condiciones del clima, si llovía podrían demorarse un poco más. Marina calculó que estarían llegando alrededor de las siete de la mañana a su querida tierra. 

Marina envió mensaje a Bertha, le avisó que acababa de salir y que calculaba que llegaría temprano, a las siete de la mañana. Bertha había quedado de ir por ella a la terminal. Luego de eso revisó sus mensajes, guardó el celular y decidió disfrutar el viaje. Se acomodó para observar en la ventanilla, al poco rato ya estaban en carretera. El cielo se decoró con muchos relámpagos. Marina auguró que era una señal segura de lluvia y no se equivocó. A Marina no le gustaba viajar con lluvia, pero se encomendó a la divinidad y a confiar en el manejo del conductor. Se quedó dormida. 

El sonido de su alarma la hizo despertarse, había olvidado apagarla. Eran las seis de la mañana. Se sintió apenada porque los demás pasajeros iban durmiendo aún. Se alegró de que nadie más fuera a su lado, de lo contrario también se habría despertado. Buscó su botella de agua, tenía sed y hambre. Había dormido tan profundo que ni había cenado el sándwich que llevaba. Nuevamente buscó en su bolsa y lo halló. Comenzó a degustarlo mientras contemplaba el paisaje.

Su corazón desbordó de alegría, divisó las montañas que le daban la bienvenida a su territorio. En la parte alta los copos de neblina las decoraban. Su mente viajó años atrás, la primera vez que salió de su terruño, cuando era niña, ese paisaje la atrapó. Se quedó mucho tiempo observando, le parecía demasiado hermoso y mágico.

Ahora de nueva cuenta estaba contemplando tan bello regalo de la naturaleza. Las montañas seguían ahí, tan imponentes, resguardando el territorio de sus habitantes. La neblina se iba esparciendo poco a poco. Marina estaba de vuelta a esa gélida tierra. Sus ojos se llenaron agua, sintió que su corazón latía más rápido. 

El sonido del celular la sorprendió, era Bertha, ya estaba por salir de casa para la terminal. Marina le dijo que ya merito se verían y se darían muchos abrazos. Esa mañana era uno de los despertares más hermosos para Marina, entre neblinas y montañas, y ella era la protagonista.

Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/
Fotografía: Dante Muñoz: https://www.pexels.com/photo/a-foggy-forest-with-trees-and-fog-17488441/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 291. Otra oportunidad. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Otra oportunidad

La tarde se había escapado en menos de lo que Martina se dio cuenta, estaba muy concentrada avanzando en las tareas que tenía por entregar, dos ensayos, uno sobre el libro Álbum de familia, de la autora Rosario Castellanos y otro del libro Crónica de una muerte anunciada, del autor Gabriel García Márquez. Estudiaba la preparatoria en una escuela pública y uno de sus grandes sueños era ser escritora.

Vivía en una ranchería que se ubicaba a 40 minutos del pueblo donde estaba la escuela. Así que diariamente tenía una travesía donde invertía dinero, tiempo y esfuerzo. Se sentía muy afortunada de contar con el apoyo de su familia para poder estudiar. 

Esa noche mientras Martina avanzaba escribiendo sus reflexiones, se percató que Osa, su perra, estaba muy atenta viendo hacia el gallinero que tenía la familia de Martina, como en posición de cazar algo. Martina continuó con su tarea, de pronto Osa corrió tan rápido que Martina solo alcanzó a ver su ráfaga que se escabullía al interior del gallinero. Algo había ahí y Osa lo sabía.

Hizo una pausa, se ayudó con la lámpara del celular y trató de alumbrar hacia donde estaba Osa quien no dejaba de sujetar algo en el hocico, como un animal. No alcanzó a identificar qué animal era. 

–¡Osa, ven para acá, suéltalo! –gritó Martina.

Sin dudarlo llamó a su mamá y a su papá. Martina se adelantó y entró al gallinero. Ahí se percató que el animal era un pequeño tlacuache. Al principio ella pensó que estaba muerto, no se movía. Sin embargo, identificó que tenía los ojos abiertos y observó que estaba respirando. Llamó a su papá y al volver nuevamente el tlacuache se había movido lentamente. Ahí ambos recordaron que los tlacuaches suelen actuar como si estuvieran muertos, cuando se ven en peligro. 

En un breve instante, la mirada del tlacuache se fijó en la de Martina. Ella observó unos ojitos pequeños, relucientes, era la primera vez que tenía frente a ella a un tlacuache. Se alegró de haber llegado a tiempo antes de que Osa lo matara. Las gallinas estaban a salvo. 

Don Chepe, papá de Martina, dijo que lo dejarían ir. El tlacuache se veía entre asustado y lastimado. El animalito merecía tener otra oportunidad para vivir.  Don Chepe lo tomó de la cola para ponerlo fuera del gallinero, el tlacuache de nuevo tomó la postura de un cadáver. Pero al darse cuenta que estaba libre de peligro se escabulló ágilmente. 

Martina regresó a terminar su primer ensayo; garabateó la frase otra oportunidad, cuánto representa esta frase en la vida, pensó, recordando el instante fugaz donde su mirada se cruzó con la del pequeño tlacuache. Osa había regresado a su postura de guardiana, mirando fijamente hacia el gallinero. Enseguida se escuchó el llamado de doña Enedina:

–¡Martina, ya vamos a cenar!

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 290. Diente de león. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Diente de león

Mientras caminaba presurosa a la reunión laboral que tendría, Bianca iba concentrada en un mar de pensamientos, además de los nervios que sentía porque representaba una actividad importante. Había llegado con anticipación, tenía alrededor de treinta minutos de tiempo para relajarse antes de entrar al gran salón donde se llevaría a cabo la actividad. 

Ese día había elegido usar un vestido de tela de algodón en color verde agua, con unos detalles muy discretos en tono rosa claro. Sus zapatos eran color beige que hacían juego con su bolso. Decidió llevar el cabello levantado en una coleta y como aretes, unas pequeñas arracadas de plata que le encantaban. 

Antes de llegar al salón atravesó por un espacio muy lindo, un jardín muy cuidado y al cruzarlo atrapó su atención una especie de pequeña colina dentro de una jardinera. Estaba poblada de muchos dientes de león. Era la primera vez que Bianca veía a tantos dientes de león juntos, le pareció que estaba como en una especie de pintura. La vista era preciosa. 

Su mente se concentró en los dientes de león y las imágenes previas que tenía desde su infancia. Vinieron los recuerdos de cuando era niña y salía a la calle. Le gustaba observar las flores que crecían en las banquetas, de lo que más recordaba eran esas pequeñas flores en tono amarillo que solía ver hasta en el lugar menos esperado. Alguna ocasión que salió con su tía Priscila le preguntó:

–Oiga tía, ya miró esas florecitas amarillas, hay muchas, ¿sabe cómo se llaman?

–¿A cuáles te refieres Bianca? 

–A las que están creciendo en las orillas de las banquetas y mire allá hay una en esa grieta de la pared.

–Ah sí, se llama diente de león, hay muchas por donde quiera que vayas. Son muy resistentes a las adversidades. Y cuando la florecita se va secando se transforma y sucede algo mágico.

–¿Cómo es eso tía?

–Sí, una vez que la flor se seca, en lugar de marchitarse da paso a un conjunto de pelos plumosos que le dan una vista hermosa y al soplarlos ayudas a esparcir la semilla del diente de león. Ojalá que encontremos alguna para que te muestre.

Pasó un tiempo después de esa conversación hasta que Bianca encontró en cierta ocasión algunos dientes de león con los pelos plumosos en tono blanco y recordó lo que le había contado tía Priscila. Se acercó cuidadosamente y observó. Después sopló con mucha fuerza y la magia sucedió, vio volar los pelos plumosos y se sintió contenta de que se esparcieran para dar vida a más flores.

De la plática con la tía Priscila a Bianca le quedó grabado no solo la transformación del diente de león, sino su presencia en las regiones menos esperadas, resistiendo a muchas situaciones climáticas. Para Bianca cada diente de león que solía ver crecer era como una lucecita de esperanza, ante las diversas situaciones en la vida, además del bello tono amarillo que alegraba la vista, recordaba que la magia después se hacía presente. De ahí que en más de una ocasión Bianca se había repetido, quiero ser como un diente de león.

El sonido del celular la hizo volver al presente, era la alarma que había programado. Continuó su paso, cada vez más cercano al salón. Ahora se sentía más tranquila, la vista de los dientes de león había sido un hermoso regalo no solo para apaciguar los nervios sino como inspiración para florecer en su actividad.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.