Voces ensortijadas 172. Sin temor a las alturas. María Gabriela López Suárez

Sin temor a las alturas
María Gabriela López Suárez


Mónica recibió la buena noticia que el examen que aplicó para una plaza laboral vacante había sido aprobado. El puesto de diseñadora gráfica era para ella. Llamó a su familia para compartir el motivo de su alegría. Decidió que cuando le fuera posible festejaría ese logro. 

Su encomienda laboral le implicaba mudarse de ciudad, Mónica tenía ahora una nueva tarea, la búsqueda de vivienda. Estaba consciente que tendría que invertirle paciencia a esa búsqueda, lo bueno es que tenía el tiempo necesario. Iniciaría en su puesto justo dentro de cuatro semanas.

En la cena comentó con su familia sobre su mudanza y la necesidad de encontrar una vivienda lo más cerca de su trabajo. Eso le permitiría ahorrar tiempo y gastos en el transporte. Roberta, su mamá, se acordó que tenía unas amistades en esa ciudad, les preguntaría si conocían de algún departamento pequeño que rentaran por la zona del trabajo de Mónica. Joaquín, su papá, dijo que ahora con las facilidades en internet sin duda encontrarían varias opciones. Miriam, su hermana menor no dudó en decir que ella se apuntaba a acompañar a Mónica en la búsqueda de vivienda, siempre y cuando fuera en fin de semana para no faltar a clases.

Finalmente, entre toda esa búsqueda de opciones Mónica tuvo de dónde elegir. El fin de semana fue con su familia para conocer la opción que le parecía más viable. La colonia en que se ubicaba el departamento estaba aproximadamente a media hora de la empresa donde trabajaría Mónica, esto si lo hacía caminando; a diez minutos en transporte público y a quince minutos en bicicleta. El costo de la renta incluía servicios de agua, luz e internet. El departamento tenía cerca un mercado, supermercado, farmacias, tortillerías, cafeterías, restaurantes, hasta un pequeño parque muy pintoresco con mucha vegetación.

Todo iba bien hasta que llegaron al espacio por el que Mónica se había decidido. Una señora de nombre Blanca les atendió. El departamento se ubicaba en el piso número 10, el penúltimo piso del edificio. Cuando llegaron Mónica no daba crédito a no haberse fijado en ese gran detalle. Ella solía temer a las alturas. Roberta y Joaquín le animaron a vencer ese miedo, sería un gran reto, valdría la pena. Miriam les observaba sin animarse a decir algo, ella también tenía cierto desencanto por las alturas.
 
Por fin lograron que Mónica subiera a ver el departamento, el espacio era pequeño pero confortable, muy bien iluminado y la vista era un deleite. Roberta y Joaquín revisaron que todo estuviera en condiciones seguras, la decisión final la tendría Mónica. 

La mente de Mónica estaba en un dilema, de pronto, se le vino a la memoria, la imagen de una tarde en que entró al gallinero que tenía su tía Lupita. Alzó la vista y observó que en los árboles, de ramas delgadas, estaban muy bien sostenidas varias gallinas, entre ellas una gallina coquena. Le preguntó a la tía Lupita si no se caían, ella respondió que no, que dormían ahí y que ellas elegían ese espacio.

—¿Entonces Moni, qué has decidido por el departamento? —preguntó Roberta, la señora Blanca está esperando la respuesta.

Mónica regresó al presente, sintió la mirada de su familia y de la señora Blanca. Su rostro dibujó una sonrisa:

—Me quedó con él, sin temor a las alturas —dijo en un tono seguro. Mientras tanto su familia se acercaba a felicitarla y abrazarla.
 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 171. Que no sople el viento. María Gabriela López Suárez

Que no sople el viento

Que no sople el viento
María Gabriela López Suárez


Como todos los sábados Margarita despertó después de las 7,30 de la mañana. Junto con su familia se daba el regalo de dormir otro rato más, para compensar el madrugar que tenían de lunes a viernes. Recordó que ese sábado les tocaba comprar cosas para la despensa, irían al mercado. 

No tuvo necesidad de despertar a Gonzalo, su esposo, quien había sido el segundo en levantarse de la cama. Solo faltaba por despertar Lidia, su hija de ocho años. Aún no daba señales de haber abandonado su cama. Margarita decidió que la dejaría dormir un rato más, mientras Gonzalo preparaba licuado para que no se fueran en ayunas y ella tomaba un baño. 

Antes de las 9 de la mañana la familia ya estaba lista para ir por el mandado. Margarita fue la conductora para ese día. Gonzalo propuso que desayunaran en el mercado, en el puesto de doña Esperanza. La señora vendía atole de guayaba y arroz con leche, tamales de anís, de piña con coco y de fiesta, como solían llamar a los de mole. La propuesta de Gonzalo fue aceptada.

En el mercado se organizaron para surtir la lista de productos a comprar, de manera que pudieran aprovechar más el tiempo. Luego se fueron con doña Esperanza, ordenaron lo que desayunarían y escucharon que algunos clientes comentaban su preocupación porque en las faldas del cerro que rodeaba a la ciudad había varios incendios difíciles de sofocar.

Margarita comentó que justo ese día no había prendido la radio, normalmente la escuchaba apenas se despertaba, era su compañera mientras hacía las faenas en la cocina.

Entre Gonzalo y ella comenzaron a externar la tristeza que les daba por la situación que estaba pasando el cerro, cada árbol o especie animal que moría representaba un impacto para el medio ambiente y por lo tanto, para la vida.  Deseaban que las personas que tenían la tarea de apagar el fuego salieran con bien y que el fuego cesara. Lidia escuchaba la conversación sin comentar nada, su rostro estaba atento a la conversación de su mamá y papá. Ambos externaron su interés en poder ayudar de alguna manera. Doña Esperanza alcanzó a escucharles y les dijo que algunos grupos de personas se estaban organizando para recolectar agua, víveres y herramientas para quienes tenían la ardua encomienda de apagar los incendios. Sin dudarlo le pidieron los datos, pasaron a comprar algunas botellas con agua, ese sería su granito de arena para apoyar.

Mientras se dirigían a entregar las botellas, Margarita y Gonzalo seguían platicando de la situación y les angustió más que de pronto se comenzaron a sentir unas ráfagas de viento que, en otro momento, habrían sido bienvenidas pero ahora en esa situación representaba la posibilidad de que el fuego se propagara con mayor rapidez. Lidia seguía escuchando con atención, sin decir alguna palabra. Llegaron al punto de encuentro para dejar las botellas con agua. Margarita volteó a ver qué hacía Lidia, era raro que estuviera callada. Le hizo una señal a Gonzalo. Para sorpresa de ambos el rostro de Lidia tenía los ojos cerrados, y Margarita alcanzó a escuchar que intentaba decir algo. 

—¿Te sientes bien Lidia? —preguntó Margarita en un tono asustado.

Sin abrir los ojos Lidia le respondió, 

—Me dio tristeza lo de ese gran incendio, y lo que dicen ustedes del viento. Yo  también quiero apoyar y estoy intentando que el viento me escuche y deje de soplar. 

Las miradas de Gonzalo y Margarita se encontraron, ella sintió un nudo en la garganta. Gonzalo la tomó de la mano y se volvió hacia Lidia, ¿hija nos dejas ayudarte a esa petición?

Lidia continuaba con los ojos cerrados.

—Sí, si nos juntamos los tres el viento nos podrá escuchar mejor. Repitan conmigo, que no sople el viento, que no sople el viento, que no sople el viento.

Margarita cerró los ojos intentando enunciar la frase mientras sentía rodar las lágrimas en sus mejillas.
 
Que no sople el viento
Ilustración: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 170. Fluir como el río. María Gabriela López Suárez

Fluir como el río
María Gabriela López Suárez


Rosenda había tenido un día complicado, eso le había generado estar dispersa en sus actividades laborales y le resultaba poco grato, no se sentía a gusto. Clara, su colega y una de sus amistades de toda la vida, con quien coincidía compartiendo espacio laboral le aconsejó que no se tomara las cosas tan a pecho.

—No te aflijas tanto por las cosas Rosenda, todo tiene solución. Recuerda que mientras uno tiene más ruido en la mente, menos se concentra. Ya casi es hora de salir, podrás irte a descansar a casa y disfrutar a tu familia.

—Gracias por tus palabras Clara, espero sentirme mejor. 

Se despidieron y regresaron a sus oficinas. 

Llegada la hora de salida Rosenda apagó la computadora, la desconectó y verificó que el regulador también estuviera apagado. En la empresa donde trabajaba era una recomendación especial a todo el personal que hicieran ahorro de la energía eléctrica.

Esa vez más que nunca agradeció que para ir a su casa solo debía caminar alrededor de cinco cuadras. Cuando estuvo en su domicilio sintió un gran alivio, el recibimiento de las flores que tenía en sus macetas le dio una sensación de paz. Federico, su esposo, aún no había llegado con Ariadna su hija. Era miércoles y solía llevarla a clases de dibujo. Revisó el reloj, eran las 5,20 pm. Decidió que los esperaría un rato más para que en familia decidieran qué cenarían.
Se colocó sus sandalias, se recogió el cabello en una coleta y se sentó frente a donde podía apreciar sus macetas con flores de geranios. Las observó atentamente, disfrutaba los colores de cada una, en tonos rojo, rosa, blanco. Todas le gustaban mucho. 

Recordó el mensaje de Clara, la sugerencia de dejar la aflicción a un lado. Mientras dedicaba su atención a las flores, se le vino a la mente una de las imágenes más bellas que tenía guardada en su memoria y en su corazón, el paisaje del fluir constante de un río. En un paseo que realizó se le quedó grabada una escena que la impresionó, la imagen era una parte del río, donde unas piedras formaban una pequeña caída de agua y como efecto, de manera incesante, se creaba una especie de espuma blanca que desaparecía y de inmediato se formaba nuevamente. 

Qué razón tenía Clara, pensó para sí. Justo lo que Rosenda necesitaba era permitirse fluir como el río, como esa imagen que le había cautivado cuando la tuvo frente a ella. Cerró los ojos, intentó recuperar el paisaje sonoro que acompañaba a la imagen. Primero cerró sus ojos fuerte, fuerte y luego se acordó del fluir del agua, así que los fue relajando y comenzó a respirar de manera consciente, intentando concentrarse para evocar el sonido del agua. Se fue sintiendo más relajada. Pudo escuchar su respiración, se quedó un momento consigo misma. Se sentía mucho mejor, su corazón y mente se habían conectado. Rosenda dibujó una sonrisa, aún permanecía con los ojos cerrados. 

Los murmullos cercanos a casa la trajeron de nuevo al presente, eran Ariadna y Federico que ya estaban de vuelta. 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 169. El sobreviviente. María Gabriela López Suárez

El sobreviviente
María Gabriela López Suárez


Ese martes Tamara decidió ir a buscar el par de sandalias que tanto quería. Era un día muy caluroso,  por lo que no demoró en salir de casa. Se dirigió rumbo al mercado, le gustaba pasar por los puestos donde vendían productos de ixtle. Se podía pasar mucho rato viendo la diversidad de cosas que tenían en ese pasillo. Casi siempre salía comprando algo, para ella o para alguien de su familia. Recordaba siempre a la tía Bertha, era una amante de esos productos y artesanías, quizá ella le había heredado eso. Para no perder la costumbre Tamara terminó comprando un cepillo redondo para el cabello, le encantó desde que lo vio.

Se apresuró para ir en busca de sus sandalias, tenía que regresar a más tardar al mediodía porque había quedado de ir a comer con su familia y no quería que se le hiciera tarde. Después de ir a tres zapaterías, por fin encontró las sandalias en el modelo que deseaba, en tono color marrón y con unos detalles en forma de flores muy discretas.

Salió con dirección a su casa, de pronto, se quedó observando la calle que estaba frente a  ella. En la esquina un terreno con extensión grande donde antes estuvo un edificio muy antiguo que luego demolieron, parecía ocupado. Ahora fungía como un estacionamiento rústico, sin techo, eso no es lo que llamó la atención de Tamara sino que el único árbol que sobrevivió a lo que antes había en el lugar podría desaparecer si decidían construir en ese espacio. El solo pensarlo le provocó una especie de tristeza. Recordó las veces que había pasado cerca del árbol y lo había saludado. Solía expresarle que le daba gusto que permaneciera ahí. Era uno de los árboles endémicos en la ciudad, quizá era de edad mediana porque su tamaño no era tan grande; conforme pasaba el tiempo esos árboles parecían extinguirse sin que casi nadie lo tuviera en cuenta.

Cada que caminaba por donde estaba el árbol, agradecía su presencia porque le brindaba un poco de sombra, sobre todo en días soleados como ese martes. Sin dudarlo caminó rumbo a la calle y se quedó contemplando el árbol, como si quisiera tener una conversación con él. Se puso bajo el árbol y le agradeció la oportunidad de tenerlo cerca, las veces que había alegrado la vida de quienes caminaban por ahí y se sentían confortados con su sombra, con el danzar de sus ramas en los días de intenso viento. Casi como un susurro le dijo:

—Eres el sobreviviente de lo que antes hubo en este espacio, te deseo larga vida y que permanezcas mucho tiempo alegrando esta calle. 

Acarició parte del tronco y algunas ramas, las que pudo alcanzar, respiró profundo. Se le vino a la mente lo que solía decirle su tío Carlos, siempre que se pueda hay que hablarle a los árboles, ellos nos escuchan y agradecen que les tengamos cariño. Dirigió sus pasos a casa, estaba a buen tiempo de llegar  para la comida.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 168. El silbido del viento. María Gabriela López Suárez

El silbido del viento
María Gabriela López Suárez


La ciudad se percibía tranquila, el periodo vacacional le daba un respiro al incesante cotidiano lleno de ajetreo y prisas. Iracema se percató de eso al no escuchar el ir y venir de los coches y del transporte público, el ruido del claxon y el inconfundible acelerar de motocicilistas que continuamente llegaba hasta su casa.

—¡Qué apacible atmósfera se percibe hoy! Tenía rato de no disfrutar este ambiente —dijo para sí.

Se entrajinó en algunos menesteres pendientes en la cocina, en la temporada de la Semana Santa en la familia de Iracema tenían la tradición de preparar dulce de garbanzo. Esa tarde iracema y su familia habían quedado de ir a casa de la tía Lourdes para compartir la cena. Ella había quedado de llevar el postre, dulce de garbanzo. Así que terminó de lavar el garbanzo previamente hervido y lavado; lo preparó con canela, un poco de azúcar y panela para que fuera tomando sabor.

Llamó a Jeremías y Tobías, sus hijos, para que le ayudaran a lavar los recipientes en que llevaría el garbanzo. Un poco a regañadientes llegaron e hicieron la labor encomendada para luego escabullirse y continuar jugando dominó.

Iracema estuvo pendiente que el dulce quedará bien cocido y con caldito, sin olvidar una de las principales recomendaciones, evitar agregar agua fría para que el garbanzo no se pasmara. Es decir, tomará una consistencia dura, sinónimo de haberlo echado a perder. Una vez cocinado el dulce de garbanzo, llevó la olla al patio para que se enfriara.

Después de colocar la olla sobre una mesita, se sentó un rato y se detuvo a contemplar de nuevo el paisaje sonoro, sin la bulla de coches. Observó la luz de la tarde, era sumamente bella. En el patio, la hojarasca que se mecía al compás del suave oleaje del viento que la empujaba llegaba a formar pequeños remolinos. Iracema respiró profundo, como en un cuarto plano alcanzó a escuchar las risas de sus hijos, seguro que se la estaban pasando bien, aunque no tardaría en llegar el reclamo de alguno de los dos al perder en la partida de dominó.

El paisaje de la tarde trajo a la memoria de Iracema  las tertulias en familia cuando era niña. Algo que disfrutaba era escuchar las anécdotas de la abuelita o el abuelito y qué decir de las experiencias que compartia el tío Panchito, tenía un estilo peculiar de narrar las historias y de lo chusco que le había sucedido. El silbido del viento la hizo volver al presente. Iracema revisó su reloj, ya era hora que se fueran arreglando para ir a casa de la tía Lourdes; el dulce de garbanzo ya estaba preparado y el viento había sido el mejor aliado para enfriarlo.

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Voces ensortijadas 167. Bienvenida a la primavera. María Gabriela López Suárez

Bienvenida a la primavera
María Gabriela López Suárez


Se acercaba el periodo vacacional de la Semana Santa, Roberta esperaba con ansias unos días de descanso. Felipe, su esposo, la había invitado a que fueran a visitar a sus tías Conchita y Luisa que vivían en un pueblo ubicado a unas 3 horas y media de la ciudad. La idea de estar en contacto con el campo le hacía mucha ilusión a Roberta.
          Finalmente llegó la fecha esperada. Felipe compró chocolate con cardamomo para obsequiarle a las tías, había recordado que era una de sus bebidas favoritas. Roberta preparó pan de cazueleja para compartirles.
          Salieron de casa con previa revisión de que el coche estuviera en buenas condiciones para viajar en carretera. El paisaje que les acompañó en el camino a su destino fue una bella tarde soleada, de esas que arrullan e invitan a tomar una siesta. El clima caluroso se dejaba sentir. Cuando salieron de la ciudad el clima se sintió más agradable, un airecillo fresco acarició el rostro y cabello de Roberta.
           En su trayecto, mientras conducía, Felipe le fue comentando a Roberta algunas anécdotas de su infancia y adolescencia en compañía de las tías Conchita y Luisa. La casa donde vivían guardaba una serie de gratas nomemorias. Felipe era tan buen narrador que Roberta disfrutaba de la charla, escuchaba con atención y se imaginaba las historias.
         —Felipe debías ser cuentacuentos porque describes con tanto detalle lo que pasó que casi siento que estoy en el lugar de los hechos.
          —Y eso que no me viste cuando la tía Luisa me enseñó a hacer unos guiñoles con retazos de tela, era para la presentación de un cuento que, por cierto, terminó relatando ella porque me dio pena hablar en público.
          Ambos sonrieron y Roberta preguntó,
          —¿Ya estamos cerca del pueblo? Tiene rato que no veníamos pero hay ciertos elementos que voy recordando.
          —Tienes buena memoria, así es, llegaremos como en  media hora.
          Hicieron una pausa en la charla. Roberta observó que el camino se iluminaba con los rayos de la Luna que estaba cercana a su etapa de Luna llena. Se deleitó con la vista hacia la bóveda celeste, las estrellas titilaban decorando el cielo. Agradeció la ausencia de tantas luces como las que había en la ciudad. Alcanzó a percibir uno de sus paisajes sonoros favoritos, el canto de los grillos. Ese canto se había ido perdiendo en la ciudad y cada que Roberta tenía la oportunidad  lo disfrutaba. Percibió que la noche tenía un aroma distinto, el olor a naturaleza se hacía presente, no solo por estar en el pueblo de las tías sino también porque estaban en una de sus épocas favoritas del año. Ese viaje era una bella forma de dar la bienvenida a la primavera.
         El sonido del celular de Felipe se dejó escuchar, era la tía Conchita que preguntaba si ya estaban por llegar a casa, les estaban esperando para cenar.


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Voces ensortijadas 166. Al mal tiempo, buena cara. María Gabriela López Suárez

Al mal tiempo, buena cara
María Gabriela López Suárez

Genoveva había tenido un día de esos que dan ganas que termine pronto la jornada laboral y llegar a refugiarse en la comodidad del hogar. Las cosas no habían salido como deseaba y para acabarla había olvidado su comida en casa. No pudo evitar recordar la canción A bad day que solían recitar en una de sus clases de inglés: I overslept and missed my train, slipped on the sidewalk in the pouring rain, sprained my ankle, skinned my knees , broke my glasses, lost my keys… En un contexto más local, había pensado para sí misma, vaya que hoy me llovió en mi milpa y también se le vino a la mente la frase que solía decir su tía Clemencia cuando algo no le salía bien, solo falta que me orine un chucho. Sin embargo, aún con lo poco grato del día, Genoveva tenía presente aquella frase de al mal tiempo, buena cara; claro que esto último le estaba costando bastante.
          Cuando revisó el reloj vio que eran las seis de la tarde, el rostro se le iluminó, al fin era hora de salida. Se despidió de sus colegas de la oficina deseándoles buena tarde y por dentro se incluía en ese deseo. Camino a la parada del transporte, de nueva cuenta vio el reloj, no tardaba en llegar el autobús que la llevaba cerca de su domicilio. En efecto, el camión arribó puntualmente. Genoveva subió, iban varios de lugares vacíos. Sintió gran alivio, tenía pocas ganas para ir de pie. Justo cuando se preparaba para pedir la parada alguien más se adelantó. Sonrió para sí misma, qué bien, pensó.
          Se dirigió al departamento que rentaba con Ingrid y Donato, sus amistades y paisanos. Al abrir la puerta de la entrada Genoveva percibió un agradable olor a crepas de champiñones, se le vino a la mente que Donato e Ingrid podrían haber llegado antes que ella y estaban cocinando su comida o cena, ya casi eran las siete de la noche. Antes de que pudiera asomarse a la cocina, alguien salió a su encuentro, era Ingrid, 
         —¡Hola Geno! Llegas justo a tiempo para comer-cenar juntas, ¿te apetece? 
         —¡Hola Ingrid! Muchas gracias, claro que acepto. Creerás que olvidé mi comida.
         —Me di cuenta, guardé tu recipiente en el refri. Debes venir exhausta y con hambre, vente ya están listas las crepas. Preparé agua de guayaba.
          Cenaron, conversaron y a la charla se sumó Donato, quien llegó un rato después de la cena. Luego se despidieron para ir a dormir. En su cuarto Genoveva abrió la ventana que daba al patio, se acostó mientras trataba de repasar su día, se quedó con la parte de regreso a casa, su cierre del día había sido mucho mejor de lo que esperaba. Le había venido muy bien recuperar la frase al mal tiempo, buena cara. Cerró los ojos. Se sentía cansada, quería conciliar el sueño pero faltaba algo para cerrar con broche de oro la noche. No tardó en escuchar el canto arrullador de un grillito que habitaba en el jardín, la melodía fue acompañándola hasta que se quedó dormida.


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Voces ensortijadas 165. Menos puentes, más ciudad. María Gabriela López Suárez

Respetar y cuidar la vida
#MenosPuentesMasCiudad

María Gabriela López Suárez

Sonia revisó el calendario, quería confirmar la fecha en que había dicho a René, su hijo y a Juliana, su sobrina, de 10 y 11 años, que los llevaría al parque a montar bicicleta. El fin de semana había llegado, le llamó a Belén, su hermana, para que dejara ir a Juliana al paseo.

El domingo Sonia y René se levantaron tempranito, acomodaron en el coche la bici de René, sus botes con agua y luego pasaron por Juliana, quien vivía a un par de cuadras y los esperaba con ansias. Subieron la bici de Juliana al auto. Belén los saludó y despidió deseando que se la pasaran muy bien.

—Buenos días Juli, ¿cómo estás? Ya te hicimos madrugar en domingo —dijo Sonia.

—¡Hola tía Sonia! ¡Hola René! No te apures, ya contaba los días para que fuera la salida.

—¡Hola Juli! Ahora si podremos dar muchas vueltas en la bici, a ver cuántas vueltas aguantamos. 

La ciudad estaba sin tráfico, eran las 7,30 de la mañana. El clima daba pinta que iba a ser caluroso ese día.

En el camino hicieron una parada, pasaron a comprar jugo de naranja con doña Chofi, quien vendía jugos a la entrada de la colonia donde vivían. Sonia se estacionó y bajó por los jugos.

—Buenos días doña Chofi, ¿cómo le va? 

—Buen día señora Sonia. Aquí ya lista con la venta, ¿cuántos jugos y de qué sabor quiere? Hoy tengo de naranja, zanahoria, betabel y toronja. 

—Por favor, quiero tres, de naranja. 

Sonia compró los jugos, se despidió de doña Chofi y regresó al auto para continuar rumbo al parque. En el trayecto había señalamientos de ir más despacio, Sonia observó la maquinaria trabajando para excavar. No tardó en darse cuenta que buena parte de lo que estaban excavando tenía como vecinos a una hilera de árboles que, sin duda, no tardaban en ser derribados.

—¿Oye mamá qué van a construir acá? ¿Por qué hay tantas máquinas?

Antes que Sonia pudiera responder, Juliana preguntó,

—Tía, ¿y esos arbolitos de allá los van a tirar? Son muchos, ¿verdad?

Sonia les explicó que en la ciudad había proyectos para construir puentes, y desafortunadamente, en muchos de esos proyectos el cuidado y respeto a la naturaleza no estaba contemplado, ni tampoco las afectaciones que eso podría causar a la población. Juliana y René escuchaban con atención. Mientras iban pasando por un puente les compartió que años atrás ahí había muchos árboles que fueron derribados para construir sobre ese espacio el puente. Como parte del resultado ahora el clima era más caluroso al haber menos árboles y más asfalto. Además de que los espacios con áreas verdes cada vez eran  más pocos.

Cuando llegaron al parque ya eran alrededor de las 8,30; bajaron las bicicletas y botes con agua. Sonia se acomodó en el pasto donde un árbol de matilisguate le brindaba una confortable sombra y además le permitía observarlos mientras rodaban bicicleta. 

Al alejarse observó cómo René y Juliana se apresuraban con entusiasmo para montar sus bicicletas. 
Respiró profundo y pensó qué afortunados eran por contar con esos espacios rodeados de naturaleza. 
Sin embargo, eso también implicaba cuidar los parques, los árboles, la fauna que habitaba esos espacios, y para ello la organización y movilización ciudadana era esencial porque también significaba respetar y cuidar la vida.

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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 164. No estás sola. María Gabriela López Suárez

No estás sola
María Gabriela López Suárez


Jocelyn logró cambiar el turno de su trabajo en la papelería con su compañera Ariadna, fue la única que se mostró solidaria con ella cuando comentó que deseaba participar en la marcha del 8 de marzo. Ariadna era madre soltera, tenía una hija y un hijo adolescentes, Martha y Artemio; cuando escuchó a Jocelyn con tanto entusiasmo y esperanza de participar en la marcha no dudo en apoyarla para cubrir su turno por la tarde. Recordó que Martha y Artemio también tenían interés en sumarse a la marcha. Ariadna estaba motivada porque veía que en las nuevas generaciones traían inquietudes por conocer, defender  y hacer respetar sus derechos.

—Doña Ari, muchas gracias por hacerme el paro, mañana le cuento cómo estuvo la marcha. Mi participación también va por usted. A lo mejor me topo con la Marthita o el Temo y los saludo.

—Lo hago con gusto Jocelyn, ve con cuidado y recuerda no apartarte del contingente. Ojalá te los encuentres.

Jocelyn salió de la papelería, no sin antes preparar su pancarta, #RespetaMiCuerpo, #VivasNosQueremos. Se colocó su gorra color morado, el sol estaba intenso y se dirigió al punto de reunión. Comenzó a caminar a paso rápido, vio su reloj y llevaba 15 minutos de retraso. En el trayecto se encontró con algunas mujeres, no las conocía. Sin embargo, todas iban a la marcha, intercambió mensajes con ellas y eso le generó una sensación grata, de compañerismo y empatía.

El contingente se veía a lo lejos, muchas mujeres, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas que se habían congregado para partir a la plaza central. Jocelyn buscó si lograba ver a alguna de sus amistades, no tardó en hallar a dos de ellas, de la secundaria, Lulú y Aurora. Se saludaron y se formaron en las filas, no tardaba en iniciar la marcha.

Durante el recorrido hubo organización y gran participación de las compañeras, quienes con entusiasmo, fuerza y convicción gritaban diversas consignas: Ni una más ni una más, ni una asesinada más; Ni una más ni una menos porque vivas nos queremos; Vivas se las llevaron, vivas las queremos. Jocelyn observó con gusto y esperanza que era una gran cantidad de mujeres que se habían sumado a la marcha. Mientras iba gritando las consignas, venían a su mente las mujeres de su familia, ella iba en representación de cada una, pero también de sus vecinas, doña Pilar, la señora que cosía manteles; doña Hortensia, la señora que tenía su tiendita de abarrotes en el barrio; doña Ari, su compañera de trabajo; doña Petrita, la señora que hacía el aseo en la papelería y también dedicó su participación a las mujeres migrantes como doña Luci, una vecina que había ido a alcanzar el sueño americano junto con su hijo Chepe.

Una vez que llegaron a la plaza central, se invitó a hacer uso del micrófono. Jocelyn se quedó con Lulú y Aurora. Escucharon las diversas denuncias que hacían, de vez en vez intercambiaban miradas. Jocelyn observó los rostros de las mujeres que estaban a su alrededor, algunos denotaban asombro, coraje, dolor. También percibió un ambiente de confianza y seguridad entre todas las mujeres. Su corazón se sintió fortalecido cuando más de una vez, después de cada testimonio o denuncia compartida, se dejó escuchar en coro la frase: No estás sola, no estás sola. 

De regreso a casa, Jocelyn se acompañó con Lulú y Aurora, escuchaba sus impresiones sobre la marcha. Ella iba en silencio, sintiendo aún la fuerza de la frase: No estás sola.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 163. Elijo vivir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Elijo vivir
María Gabriela López Suárez



       A todas las mujeres, en especial a las de mi linaje, gracias por las luchas cotidianas.


La tarde del miércoles había llegado, era uno de los días favoritos de Esperanza porque tenía clase de danza contemporánea. Desde la preparatoria le gustaban los miércoles, no sabía si era azar o coincidencia que en esos días tenía actividades que le agradaba hacer o le sucedían las experiencias más gratas. 

Esperanza disfrutó su sesión de danza como solía hacerlo cada semana. Sin embargo, ese día tuvo un toque especial, desde su corazón dedicó el baile a las mujeres de su linaje. Judith, la maestra, preparó la clase para que, a través de la danza, hicieran una especie de homenaje a las ancestras, justo en el inicio del mes de marzo en donde se conmemora el Día Internacional de las Mujeres.

Los cuerpos de las personas danzantes dibujaron formas diversas, cada una sintiendo la música que las acompañaba incentivando los corazones. Una de las características de la clase y que gustaba mucho a Esperanza era que cada compañera y compañero se concentraba en su actividad, así que eso permitía que la energía fluyera mejor. Judith solía decirles que no era competencia, sino que la danza era una forma de cómo comunicar y comunicar-se, una bella forma de liberar lo que traían en el interior.

Al ir bailando Esperanza realizó una especie de ofrenda a cada una de las mujeres de su familia que habían trascendido y a las que continuaban en el caminar de la vida. Las fue evocando una a una en su mente y agradeciendo su presencia en el corazón. Cuando la clase finalizó Judith les propuso que guardaran un minuto de silencio para agradecer y honrar la memoria de todas las mujeres, las que habían luchado y las que luchaban desde distintas trincheras, en la casa, en la calle, en los espacios públicos, las mujeres de a pie, las mujeres olvidadas, las madres con hijas, hijos desaparecidos... el momento fue muy emotivo.

La sesión terminó y cada participante se fue despidiendo. Esperanza se quedó al final, para agradecer a Judith la clase, era un gran regalo y también le brindaba una motivación para continuar en el día a día. Ese cotidiano que a veces se tornaba gris ante tanta injusticia, inseguridad, exclusión y desigualdad para las mujeres.

Una vez realizado su cometido,  Esperanza se despidió de Judith y emprendió el camino a casa. Al caminar observó la silueta de su sombra, dibujada por los faroles en las calles. Mientras se internaba en el rumbo de su barrio en su mente sonaba la frase, elijo vivir aún con todas las vicisitudes que tenga en el camino. Respiró profundo, la calle estaba solitaria, apresuró el paso con la certeza de que no estaba sola, las mujeres de su linaje la acompañaban.
 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.