Líneas de desnudo. 26. El oficio de editar III. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 26

El oficio de editar III
Por Manuel Pérez-Petit

Igual que todo cabe en los libros, todo cabe en nuestra cabeza, en la de todos y cada uno. Otra cosa es que lo ejercitemos, que si no lo hacemos tampoco pasa nada. No estoy aquí para prescribir, menos mal. Pero la vida sigue su curso, y no podemos clavarnos solo en lo que nos acucia.
            Hablemos hoy de racionalidad, que es el atributo cognitivo en que se enmarca y desarrolla la capacidad de pensar, evaluar, entender y actuar de todos y cada uno. No debe confundirse con la inteligencia. Hay personas muy inteligentes que no tienen capacidad alguna de raciocinio. Doctores tiene la iglesia, como suele decirse, y no abundaré en temas que son más propios de científicos que de humanistas, dos cosas que no deberían tampoco confundirse, como ya deberíamos tener asumida la diferenciación de la trinidad información-conocimiento-sabiduría, aunque sea de manera intuitiva. La lógica, por su parte, además de una disciplina de la filosofía, es, por decirlo de algún modo, la forma en que se expresa la racionalidad de cada uno en cada uno. Por lo general, la mayoría de nosotros utilizamos la lógica racional –reconozco que en esta afirmación soy generoso–, que conforma lo que llamamos sentido común, mediante lo cual decidimos qué tiene sentido o qué no lo tiene. Pero con solo el uso de la lógica racional no se puede de ningún modo ser editor, pues hacen falta muchas más herramientas cognitivas e intelectivas para ejercer este oficio tan antiguo y complejo.
            Igual que se dice que todo está en los libros –y yo lo creo–, todo está en nuestra cabeza –así, dicho literal–. Otra cosa es sacar de nuestras mentes todo lo que se puede sacar. Nuestras capacidades cognitivas e intelectivas pueden entrenarse y desarrollarse. El ejercicio de la memoria –no confundir con la memorística, fruto de la capacidad de memorizar–, por ejemplo, se puede trabajar al punto de que todos tenemos capacidad de reconstruir nuestras propias historias de vida, incluso por encima de los recuerdos, los cuales, por lo general, vienen a distorsionar nuestra memoria, por cuanto son siempre subjetivos, en tanto la memoria es identitaria, y, por eso, tiende más hacia la objetividad. Es en nuestras capacidades cognitivas –relacionadas con el conocimiento– e intelectivas –relacionadas con el entendimiento– donde radica la clave. Un editor debe ejercitar y desarrollar ambas. 
            Para comprenderlo, debemos seguir abundando en los niveles superiores de la lógica, una vez visto que el nivel básico –el racional– no es suficiente. Si ascendemos por la escala, nos encontraremos con la lógica analógica, que nos permite poner en relación una cosa con otra. Es lo que conocemos por analogía, en realidad también un método simple de deducción que nos permite, por ejemplo, separar las obras literarias por géneros, no solo por narrativa, poesía, teatro…, sino por novela histórica, policíaca, de amor… Está bien poder poner en relación una obra literaria con otra y así tener un método, una categorización, pero esto es a todas luces insuficiente para ser editor, lo cual nos obliga a subir un nivel más en el desarrollo de la lógica: la silogística, mediante la cual se puede poner en relación una cosa con otra y sacar una conclusión, de carácter deductivo. Este nivel de la lógica no es tan simple como los anteriores, pero tampoco habilita a una persona para el oficio de editor, lo que nos obliga a acudir aún a un nivel superior: la lógica heurística, que nos pone en la situación no ya de relacionar una cosa con otra sino de conocerlas –comprenderlas– a fondo y establecer un debate. La heurística, conocida como ciencia del descubrimiento, permite resolver problemas y desarrollar la creatividad. Es el único nivel de la lógica en que puede moverse un editor, que, en el marco de la pragmática lingüística, debe interesarse en la interpretación de cada obra, por ejemplo, y su contexto, entendido éste en su conjunto –como situación, según dirían los expertos–, teniendo en cuenta los factores extraliterarios que condicionan al autor en cuanto hacedor de una obra, esto es, a todos los factores que no son en sentido estricto formales. Es en este nivel, ya digo, del desarrollo cognitivo e intelectivo en el que solo se puede ser de verdad editor. 
            Y esto no es teoría.  Es más, en la posibilidad de abrir las capacidades cognitivas e intelectivas a mucho más de lo habitual está la clave del desarrollo real y efectivo de este oficio desconocido que es el de editor. A ello se puede llegar con dinámicas, juegos, estrategias tendentes, en primer lugar, a romper las barreras mentales que, por motivos culturales y/o educacionales, se llevan, por decirlo de algún modo, “de fábrica”. En esa línea, se tendría que poder responder rápido a preguntas que nos rompen los esquemas. Y para empezar con ello no conozco nada mejor ni más adecuado que una obra de Gianni Rodari (1920-1980), escritor, pedagogo y periodista italiano, “Gramática de la fantasía”, subtitulada “Introducción al arte de contar historias”, publicada en 1973 por cierto por uno de los más notables editores de todos los tiempos, Einaudi. En “Gramática de la fantasía”, un ensayo pedagógico dirigido a docentes, padres y animadores, según sus propias palabras, para quien cree que es necesario que la imaginación tenga su lugar en la educación, para quien confía en la imaginación infantil, para quien conoce el poder de liberación que puede tener la palabra, Rodari exprime las posibilidades de la inventiva a través, en efecto, de la palabra, para lo cual comienza con romper las estructuras lógicas del lenguaje, que es en los términos en que se mueve la mente de las personas, y pasa del “qué pasaría si...” a proponer retorcimientos de la lógica en forma de ejercicios de lo que podríamos llamar “gimnasia intelectiva”, con técnicas hoy ya tan populares como la de “el binomio fantástico” –tomar dos palabras en nada relacionadas entre sí para inventar la manera de relacionarlas–, la “ensalada de cuentos” –mezclando cuentos tradicionales en uno solo– o “los cuentos al revés”.... Técnicas todas ellas eficaces, y lo digo también por experiencia, en la tarea de cualquier creador y, por ende, de cualquier editor, que debe tener las mismas condiciones que un autor y editar su obra sin intervenirla.
            Toda mente es maravillosa, pero toda mente ejercitada es incontenible. Si la mente del editor no es incontenible, no podrá ser nunca un buen editor.

   
Fotografía:  Portada de la primera edición de "Gramatica de la fantasía": GIANNI RODARI, Grammatica della fantasia. Introduzione all’arte di inventare storie. Giulio Einaudi editore, Torino, 1973 (prima edizione).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 25. Hombre-Voluntad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 25

Hombre-Voluntad
Por Manuel Pérez-Petit

La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, 
absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos.
Antonio Florido

Vaya por delante mi agradecimiento a mi muy querido amigo, el escritor de Carmona –lo cual ya es un grado– Antonio Florido, quien, estoy seguro que motivado por su aprecio personal, tuvo a bien escribir acerca de mí, y, a colación de mi artículo publicado en Letras, ideaYvoz el pasado día 16 de febrero, titulado Vivir es amar, hasta en dos medios digitales españoles (periodistadigital.com y elcorreodeespana.com), se descolgó con una reproducción de mi ya mencionado texto como percha para una reflexión en que me define como Hombre-Voluntad. Y, en efecto, lo soy, como también es cierto que no pocas veces a lo largo de los años he querido mandar a la voluntad a freír gárgaras, reconozco que fracasando en cada intento.
            Voluntad de vivir, voluntad de amar, hasta convertirme en una especie de ejemplo del arquetipo –si es que existe, que, si no, debería existir– del que no se rinde nunca, dotado de ese tipo de constancia que nunca ceja en su o sus empeños, y cae cuesta abajo una y otra vez, y una y otra vez vuelve a levantarse y sube, sometido en todo caso siempre a las limitaciones de la racionalidad y el sentido común, cuestiones con las siempre estoy en disputa y que estoy seguro que no juegan limpio conmigo, con lo importante que es eso que llaman fair play, pero también a una fuerza interior y una visión del mundo  en la que nada es imposible –y acaso al ser diferente genera controversia–. Que conste que yo sí juego limpio, que siempre jugué limpio con todas y cada una de mis cosas, aunque tampoco es menos cierto que siempre tuve facilidad de hacer amigos de esos que, a las primeras de cambio, no te perdonan un estornudo, pero también a construir amistades de verdad, cimentadas en el conocimiento y el reconocimiento mutuos, que – ésas sí– siempre van conmigo. En definitiva, un tenaz, acaso algo torpe, que no malo, y puede que autolesivo en cierto modo; eso creo que soy en parte, con todos los matices que se quieran poner. 
            En una ocasión, un viejo amigo me dijo que yo tenía miedo al triunfo, y puede que algunas veces haya sido cierto. Mi tío Antonio, que en paz descanse, al que dediqué mi Líneas de desnudo del sábado pasado, me dijo varias veces, hace años, que no me metiera más a crear empresas, y ya ven cómo me ha ido por no haberle hecho caso. Me falta colmillo, por ejemplo, y la capacidad de decir no, y me sobran muchos síes, por no abundar en el asunto, pero, en líneas generales, acepto de buen grado mi deriva. Entre las muchas cosas que me aportó mi tío, aprendí a pactar con la realidad, pero una cosa es la teoría y otra la vida, y mira que me puso ejemplos. Aún así, a estas alturas del campeonato de mi existencia, pacto de manera decente con lo que me toca. Adquirí también, por otras vías, la capacidad de vivir cada momento como si fuera el primero y el último, lo cual es compatible con una visión que vaya más allá, mucho más allá, de lo inmediato. Soy de los que piensan que cada uno se busca lo que tiene. No le echo la culpa a nadie de nada, aunque me hayan fallado –yo también fallo en muchas ocasiones–, pues si ese alguien me falló fue porque yo, y solo yo, lo puse en la posición de hacerlo. Soy el único responsable de todos los errores cometidos por todas las personas en que he confiado a lo largo de mi camino, incluido yo mismo, y atribuyo los méritos acumulados siempre a los demás. No me gusta el escaparate, prefiero las bambalinas, y mi tendencia es a lamerme heridas en silencio y oculto y a ponerme mi dosis de Jean Paul Gaultier para salir a la calle, aunque se me esté cayendo el mundo encima. De todos modos, si eso ocurriera –que el mundo se me cayera encima– lo que habría que hacer es volver a levantar el mundo. ¿Dónde está el problema? Debo confesar, de todos modos, que poseo una clave que me lo da todo: la fe. Soy persona de fe, aunque en la práctica a veces pueda disimularlo. Me criaron en la fe, y vivo convencido de que la fe está en la base de mi capacidad. Y creo en los milagros, que son fruto solo de la voluntad, de la fe y del amor.
            Varios amables lectores han coincidido en estos días en sugerirme que siga escribiendo de amor. Que sí, que están muy bien mis series de la distopía, el elegido y tal, pero que en el mundo lo que hace falta es amor, y que, por lo visto, yo lo hago bonito. Sin embargo, más que en el amor creo en la voluntad. Amo, sobre todo debido a mi fe, que no puede darse sin amor. En mi capacidad de amar está también la base de mi resistencia. Creo, en cualquier caso, que la combinación buena está en unir el ejercicio de la voluntad y la capacidad de amar. 
            Dando en el clavo que más duele, dice Antonio en su artículo: “A lo que nos enfrentamos día a día en este indeseable mundo donde pareciera que el amar y el vivir estuviesen prohibidos”, y es que lo están, y no digamos Dios o los valores buenos –la honestidad, entre ellos, pero también la compasión, la integridad, el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, el perdón, la gratitud...–, que no es que estén de facto prohibidos, es que están desprestigiados y hasta denostados por la mayoría. Dice Antonio más adelante –y es el epígrafe con que he iniciado este Líneas de desnudo–: “La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos”. A Sísifo, hijo de Eolo y Enareta, marido de Mérope, posible padre de Odiseo –Ulises– con Anticlea, que luego fue esposa de Laertes, rey de Corinto, lo conocemos de primera mano por Homero. ¿Podría yo compararme con Sísifo? Con el personaje, imposible, pues tenía fama de ser astuto y sabio, condiciones que creo que no me alumbran en exceso. ¿Por su castigo? Ahí sí soy Sísifo. En el inframundo, en que Ares lo puso bajo su custodia, Sísifo fue obligado a cumplir su famoso castigo ejemplar:  empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, piedra que antes de llegar a la cima siempre rodaba hacia abajo, por lo que debía empezar de nuevo desde el principio una y otra vez, tal y como se cuenta en La Odisea, que no especifica la causa de tamaño castigo, aunque sí nos cuenta la habilidad que tuvo Sísifo para poder salir del inframundo, lugar al que al final se negó a regresar, muriendo de viejo en su casa. Y en esto último ya sí creo que me parezco algo a Sísifo, aunque no tanto como Heráclito, el protagonista de La lluvia en las hojas del platanar, novela de mi querido editor en este espacio de Letras, ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espinosa, que volvió del otro mundo para cumplir nada menos que su proyecto de amar... 
            En lo del castigo, desde luego parece el mío, pero yo no lo llamaría castigo, aunque sí acierta de pleno Antonio en que mi lucha tiene mucho de ciega y absurda pero “inmanente a su [mi] forma de entender el caos”, como cuando remata: “Tal vez el secreto que nuestro autor [yo] nos oculta es que este caos, además de simbolizar un esperpento ondulado, como lo previó Inclán en Luces de Bohemia, se nos presenta como la salvación para levantarte cada mañana y seguir con la eterna roca del mito”.
            Tengo claro que la piedra que me toca empujar, porque me toca empujarla, no podrá nunca conmigo. Es cuestión de voluntad, de amor... y de fe.
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Nota del autor
Valga esta desnudez expresada aquí como celebración de mis simbólicas “bodas de plata” –mi artículo 25– en Letras, ideaYvoz, con gratitud y sin que sirva de precedente.
 
   
 ©Viviana Castillo, 2011.
Fotografía:  15 de abril de 2011. Manuel Pérez-Petit leyendo poemas de su libro Creo en los milagros. Antología personal 1985-2009 (Morvoz, 2011) en la celebración del Día Internacional del Libro en Tlalnepantla de Baz, Estado de México, en un acto organizado por la Casa del Poeta José Emilio Pacheco. Fotografía: ©Viviana Castillo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 24. El elegido 2: Frodo, el tonto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 24

El elegido 2: Frodo, el tonto
Por Manuel Pérez-Petit

Necesitamos arquetipos, pues con ellos nos entendemos mejor. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) incide en ello, otorgando a la voz ‘arquetipo’ nada menos que cinco definiciones, de las cuales se puede sacar un denominador común: un arquetipo es, de manera elemental, un modelo, tal y como indica en la primera definición: “Modelo original y primario en un arte u otra cosa”, aunque también matiza en las demás. Dice, por ejemplo, que es un “Punto de partida de una tradición textual”.
            Visto lo visto hasta el momento, podríamos concluir que un arquetipo es un elemento de ficción, pero nada más lejos de la realidad si seguimos consultando el DRAE. Para el ámbito de la psicología reserva hasta dos acepciones. Dice, primero, que es “Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad”, y en la cuarta afirma: “Imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo”. Y hay que llegar a la quinta (“Tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos”) para completar el cuadro y darme por completo la razón en la frase con la que he comenzado esta nueva entrega de mi Líneas de desnudo, esta vez perteneciente a la serie “El elegido”: Los arquetipos sirven para entendernos.
            Hay muchos arquetipos, pero aquí nos ocupa el del elegido. Un elegido no es un héroe y tampoco un redentor dotado de fuerza y capacidad fuera de lo normal. Al contrario, se trata de una persona corriente que, incluso, tiene mayores limitaciones que los demás. Veíamos el caso de Neo, en Matrix, un pirata informático en una sociedad controlada al que no le cuadran las cosas y busca respuestas para entender mejor lo que ocurre, tarea en la que descubre su misión, y hoy quisiera detenerme en el caso de Frodo Bolsón, al que cariñosamente llamo el tonto más tonto que pueda uno imaginarse. Porque lo es.
            Así que Bilbo se va y, aconsejado por el mago Gandalf, le deja a su sobrino Frodo el anillo que le ganara con acertijos a Gollum en la cueva de las montañas Nubladas, hace años, cuando formaba parte de la expedición de los enanos que iban a luchar por recuperar Erebor, como se cuenta en El Hobbit. Así arranca El señor de los anillos, obra cumbre de J. R. R. Tolkien, publicada en 1954 y llamada a convertirse desde el primer día en un clásico. Se trata de un anillo misterioso y mágico cuya importancia no tardará en conocerse: es el anillo único, forjado por Sauron, el señor oscuro, en Mordor, en los fuegos del monte del Destino, para dominar la tierra. El señor de los anillos es la historia de la destrucción del anillo único. Frodo lo lleva a Rivendel, donde tendrá lugar el Concilio de Elrond, en el que se decide –no sin arduos debates– que el anillo debe ser destruido en el mismo lugar en que fue creado, pues, además, es indestructible por cualquier otra vía. Nadie puede quedárselo dado que el anillo, que tiene voluntad propia, busca regresar a su dueño originario, y, por si fuera poco, tiene el poder de envilecer a quien lo posea. Como en principio parece el más inmune al poder del anillo de todos los presentes, se le encarga a Frodo la tarea y se constituye una cofradía o hermandad compuesta de ocho integrantes, representantes de distintas razas y pueblos, denominada “La comunidad del anillo”, que parte hacia Mordor a cumplir la encomienda. Lo demás, lo deberían conocer todos, no por las películas –que tampoco están mal, pero no cuentan de verdad la historia– sino por la lectura de este cuento largo maravilloso al que todos llaman novela, aunque para mí tiene más de lo primero que de lo segundo, sobre todo si nos atenemos al perfil de los personajes, siendo la mayoría de ellos planos –y arquetípicos en algunos casos–, y en el que, dicho sea de paso, el héroe no es de ningún modo Frodo. Pero aquí no estamos hablando de héroes sino de elegidos. A Frodo le toca como a cualquiera de nosotros nos puede tocar la cagadita de un pájaro echando una tarde de domingo en una terraza cualquiera. En su simpleza, a Frodo le engaña todo hijo de vecino. Pocos personajes he conocido en mis lecturas tan influenciables como este joven hobbit de La Comarca, al que, como es lógico, el anillo seduce y tortura, sin prisa y sin pausa, con una eficacia demoledora y terrible. Menos mal que siempre está con él Samsagaz Gamyi, un hobbit bueno y leal, que cuida de él y observa con agudeza todo lo que está pasando. Es su escudero en las duras y en las maduras. Sin él, la historia hubiera sido distinta, porque si hubiéramos dependido de Frodo estaríamos listos. Y me ahorro contar la de veces que Sam salva a Frodo.
            Al llegar al final de su camino, quedando solo como asunto arrojar el anillo a los fuegos, va Frodo y dice que no, que se lo queda, y Gollum, que los ha estado siguiendo en secreto a fin de recuperar su “tesoro”, se lanza sobre él y forcejea, consiguiendo arrancarle el anillo a Frodo de un mordisco en el que se lleva también el dedo del hobbit, pero en su festejo por haber conseguido lo que buscaba, se tropieza y cae al fuego, convirtiéndose de este modo en el ejecutor inconsciente del mandato del Concilio de Elrond. ¿Han visto ustedes un final más tonto alguna vez? No me hablen de la condición humana. Frodo no es humano, no me sirve que me digan que los seres humanos son débiles. Lo de Frodo no es debilidad, es tontez, y de la importante. Cierto es que a Frodo lo eligieron por simple, lo cual en apariencia le hacía menos vulnerable al poder del anillo que cualquier otro, como también lo es que Frodo fracasó en su misión. Sin Samsagaz no hubiera llegado a su destino, y cuando llegó se declaró poseído. Menos mal que estaba Gollum –un ser tampoco dotado de una inteligencia extrema–, casi tan tonto como él, que se cae en donde no debería celebrando haber conseguido su objetivo.
            Personaje plano y previsible como tablero de ajedrez, inadecuado como ninguno para la misión que se le encarga, dotado de una torpeza paradigmática al punto de que ni siquiera genera simpatía, en todo caso es, pues, Frodo, el más básico, limitado y tonto de los ejemplos del arquetipo de elegido, pero un buen personaje para la historia que se nos cuenta, un cuento para niños que debe tener como tal, peripecias, enredo y tropezones. Simple y funcional, un arquetipo con el que ni siquiera merecería la pena entenderse.
   
Fotografía:  Dibujo original de 'El señor de los anillos' (Ilustración: J.R.R. Tolkien). Donado en 2008 por Julian Blackwell, presidente de la cadena británica de librerías Blackwell, a la biblioteca de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Fuente: https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/07/cultura/1204898375.html

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 23. El sobrino del diablo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 23

El sobrino del diablo
Por Manuel Pérez-Petit

                     A la memoria de mi tío Antonio Petit Caro*

Me gusta redactar mis Líneas de desnudo justo el día antes de su publicación. Debo confesar que el cierre diario siempre fue mi debilidad y mi predilección, y aún con el riesgo que pudiera conllevar siempre hago lo mismo. Es una herencia de mi oficio de periodista, que tuve el honor de desarrollar, hace muchos años, en varias redacciones de periódicos en España y México.
          Ayer me encontraba en plena redacción de una nueva entrega de mi serie El elegido, dedicada esta vez a Frodo Bolsón, sobrino de Bilbo y portador del anillo en El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, cuando desde Sevilla me llamó mi madre para comunicarme una noticia que no por esperada era y es brutal para mí.
          —Manolo, tengo malas noticias…
          —Dime, mamá, sin preámbulos.
          —Es que me lo acaban de decir.
          —Pero dime ya –en realidad, yo ya sabía a qué se estaba refiriendo.
          —Tu tío Antonio ha muerto esta tarde.
          Colgué. A qué decir que al momento fui yo quien la llamó y continuamos conversando por un rato.
          De entrada, les voy a pedir disculpas por la naturaleza personal del presente texto, pero la verdad es que no podía no hacerlo. Bien. Desconozco si conocen la expresión de ser sobrino del diablo. Frodo y yo tenemos en común serlo –en su caso– o haberlo sido –en el mío–. Se dice que uno es sobrino del diablo cuando su tío es soltero, hasta donde sé. Y durante años, para mi tío Antonio yo fui un sobrino del diablo, y hasta de este modo se refería a mí.
          El escritor británico C. S. Lewis (1898-1963) publicó en 1942 el libro del que deviene tal expresión: “Cartas de un diablo a su sobrino” –dedicado, por cierto, a J. R. R. Tolkien–: recopilación de treinta y un artículos en forma de carta publicados en un diario inglés en los meses precedentes, escritas por un viejo y pérfido demonio, de nombre Escrutopo, a su sobrino Orugario, imberbe aún en las tareas que le correspondían como diablo. Se trata de una apología de las virtudes cristianas escrita en forma de sátira, de muy recomendable lectura, en la que el anciano Escrutopo imagina el infierno en el siglo XX: una gigantesca burocracia capaz de hacer el mal mejor que nunca… ¿No les suena? A mí, sí, desde luego, pues es uno de los factores principales de la nueva Era distópica que acaba de comenzar y se implanta a velocidad extrema ya desde este mismo p. año 1 (d.p.), en el que –y no es casualidad– acaba de fallecer el maestro "diablo" del que fui y seguiré siendo sobrino.
          Las cartas son lecciones que el anciano imparte al joven a fin de prepararlo para su tarea: cada ser humano es una potencial víctima –a la que denomina “el paciente”– que hay que sumir en el sumo mal a fin de conseguir su condenación y poder devorarlo y tomar posesión de su alma y su voluntad. Si el diablo en cuestión fracasa en la misión, el diablo viejo tendrá que intervenir y hacer él su tarea.
          Pero “Cartas de un diablo a su sobrino” no se queda en lecciones teóricas. La víctima objeto de la misión de Orugario es un londinense, a quien, por supuesto, hay que debilitar su fe. Se supone que si el joven diablo consigue que no practique valores o virtudes va a tener ganada buena parte de la batalla, dado el supuesto de que un acto bueno refuerza una virtud. Para ello, debe llevar a su paciente al terreno de las tentaciones, de promover en él la indolencia, la gula, la promiscuidad y/o la venganza, y conducirlo por una ruta gradual, casi sin que se dé cuenta, hasta que sea irreversible su perdición. Todo ello era posible merced tanto a la debilidad como a la influenciabilidad de los seres humanos. C. S. Lewis, conocido sobre todo esta obra y por “Las crónicas de Narnia”, por ejemplo, y de quien yo recomendaría, de igual modo, su ensayo “La abolición del hombre”, tenía la intención con esta compilación de epístolas de resaltar las virtudes humanas como vía para no llegar al pecado, poniéndolas aún en mayor valor por las tentaciones que cada persona debe soportar. 
          Mi tío Antonio fue así conmigo, y de nadie aprendí como de él, y aunque no tanto como hubiera debido sí lo bastante como ser buena persona y mejor profesional. Periodista de carrera y profesión, fue director del diario vizcaíno La Gaceta del Norte, hoy ya extinto, y fundó en Bilbao, España, con otros compañeros de profesión, la primera agencia española regional de noticias, VascoPress, que dirigió durante cerca de 20 años. En 1999 se trasladó a vivir a Madrid en que fue director de comunicación y relaciones externas de Unesa, la patronal eléctrica española, hasta 2010, fecha de su jubilación. En 1987 había sido nombrado presidente de la Asociación de Periodistas de Vizcaya, y en 1993 de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), máximo órgano colegiado de los periodistas españoles. Bajo su presidencia fue creado el código deontológico de la profesión en España, siendo fundador y vocal del Comité de Quejas y Deontología de la FAPE durante años. A lo largo de su vida obtuvo muchos premios literarios y reconocimientos profesionales. Fue autor de media docena de libros. Gran amante de la tauromaquia, ámbito en que es reconocido como autoridad, gozó en general de un gran prestigio profesional.
          Ya me gustaría a mí tener muchas más cosas en común con él de las que al final tengo, pero entre las que sí teníamos estaba habernos formado como periodistas en la misma casa de estudios: la Universidad de Navarra, que es algo que marca, como sabrán los que conocen dicha institución, así como la fe –la suya más fuerte y estable que la mía, desde luego; un modelo para mí–, y el amor a la profesión, que ambos ejercimos –salvando las distancias, pues él era un profesional excepcional– con verdadera pasión. Con todo, nada de lo anterior es en realidad importante si no puedo destacar lo que fue –y seguirá siendo– para mí: el "diablo" mayor y sabio que a mí –su sobrino escuincle– me dio las claves principales para entender el mundo. Durante años ambos nos buscábamos y lo cierto es que muchas veces no respondí a sus expectativas acerca de mí. Él me ayudó en vida más –mucho más– de lo razonable, y yo lo necesitaba de manera sistemática por cuanto que sin su presencia en mi vida me sentía huérfano. Aunque se casó con mi querida tía Charo y tuvo cuatro hijos, para mí fue siempre como Escrutopo para Orugario. 
          Le debo casi todo, por eso le dedico este espacio. Fue mi modelo, mi guía, mi maestro, y quedarán para mí sus correcciones fraternales, muchas, que muchas veces dolían, y no poco. Podría escribir ahora algo así como las cartas de Antonio a su sobrino, pero mi testimonio profesional y de vida son más elocuentes en la mayor parte de los casos. Tardé en aprender y nunca aprendí del todo de su magisterio lleno de vida y sabiduría. Podría volverme de golpe hernandiano, y escribir, por ejemplo, que se me ha muerto como del rayo –lo cual es cierto, por otra parte– o aquello de que con él tanto quería…, pero también sé que dándome igual lo que piense cualquiera siempre seguirá conmigo. Y lo que sé es que sin sus lecciones y su benéfica y potente presencia en mi vida yo no estaría ahora aquí. Y casi ni siquiera sería yo.

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Nota de autor *
Publico este Líneas de desnudo en su homenaje. Escritor y periodista, nació en Sevilla en 1943, murió en Madrid en 2021. Sus restos volverán a Sevilla a descansar para siempre.
   
«Cartas de un diablo a su sobrino», de C. S. Lewis. 1942.
Fotografía:  Ejemplar con sobrecubierta de la primera edición de "Cartas de un diablo a su sobrino", de C. S. Lewis. Geoffrey Bles publisher, 1942.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 22. El oficio de editar II. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 22

El oficio de editar II
Por Manuel Pérez-Petit
Lo venía hablando ayer mismo con un compañero de Kolaval. Todo el mundo cree que es escritor y todo el mundo cree que puede ser editor, y el caso es que todos los procesos históricos suponen una transformación fruto de lo cual llegamos a nuestro presente, el que nos toque, y las cosas no son tan fáciles como parecen. Esa evolución o complejización del proceso da en que hoy el editor tiene mucha menos importancia que nunca. Por el diletantismo imperante –pues todos creen creer que pueden ser editores–, por la desaparición del rigor –causado por el todo vale tan propio del legado de la Revolución francesa– o por la proliferación de la formación –todo el mundo recibe cursos sin parar como si ello les capacitara para formarse en profesión alguna o para poder presentarse ante posibles empleadores con un perfil cada vez más amplio, olvidando que el que vale para todo, en realidad, no vale para nada–. Decía un autor, José Joaquín León, gran periodista y editor de prensa, en un leve debate que se suscitó en el foro que tenemos de autores de nuestro modesto aunque ambicioso proyecto editorial: “Salvemos al editor, en trance de extinción”. Y en otra conversación –la primera a la que me refería en este artículo–, David Hidalgo, compañero desde España entre otras en las tareas editoriales de nuestra casa, me preguntaba: “¿Puede ser considerado el editor un superhéroe altruista de la cultura que lleva a cabo su labor (justiciero de los textos) en las sombras?”, a lo que yo contesté: “El editor, poéticamente hablando, es una especie de Indiana Jones del talento y, sobre todo, de la obra literaria, que puede ser hecha con el talento pero más que nada está hecha de voluntad y rigor”. Continuaron los debates, por lo que decidí adelantar en varios días esta segunda entrega de El oficio de editor. Luego, en nota de autor aparte, les anunciaré mi nuevo plan de publicación, una vez mi editor, Roger Octavio Gómez Espinosa, me lo ha aprobado. Sin embargo, el debate con David prosiguió, al punto de que le dije: “No se puede ser editor si se tiene mentalidad de funcionario. El editor es un emprendedor, alguien que rompe sus barreras mentales y es capaz de abrirse a lo inesperado…”
          Debo reconocer que me sorprendieron, y de manera grata, los diversos frentes de debate abiertos a colación de mi artículo de este martes, por estas y otras vías que no desglosaré acá para no agotar mi espacio disponible y entrar en materia a fondo, y lo cierto es que mientras el editor fue un gran motor del cambio en el mundo occidental durante el XVIII y el XIX hoy es un productor de objetos residuales en la cadena de consumo. Cuando no se entienden las Cortes de Cádiz de 1812 sin los doscientos periódicos que hubo en el proceso constitutivo gaditano, en una ciudad chiquitita, bien chiquitita; cuando no se entiende la gran literatura del siglo XVIII sin la prensa, porque Gulliver de Swift es una crónica parlamentaria, no una novela; cuando no se entiende el concepto de libelo sedicioso y los impresores los escribían y difundían en forma de panfletos periódicos tendenciosos para promover cambios en la sociedad, a fin de salvar la censura del sistema…, cuando no se conoce esto ni se comprende no nos puede sorprender –pues fue una constante en la historia– que, en la nueva sociedad que surgió tras la Revolución francesa, la censura fuera igual o peor que en la sociedad estamental previa, resultando además que el editor pasó de ser un protagonista del cambio social a convertirse en un elemento extraño e incómodo, pues acostumbrado ya a ser resistencia con mucha dificultad aceptaba el nuevo control. 
          A mí me recuerda aquello a Platón, en que la poesía se quedó al margen de la sociedad en Occidente, y, por tanto, ningún trabajo creativo o fruto del libre pensamiento tendría cabida en el concepto social por cuanto rompe con los esquemas que se pueden establecer como convencionales. Y así, a partir del siglo XIX, el concepto de artista romántico, que hace lo que quiere y rompe si quiere, supone una gran transformación y también un gran elemento de confusión, en el sentido de que altera el canon imperante. En nuestro tiempo –esto es, en los últimos dos siglos– el talento es un gran mal. Hasta finales del siglo XVIII se podía encauzar muy bien, pero ya a finales del XIX se convirtió en algo de libre disposición, pudiendo cada cual desarrollarlo a su mejor entender y surgiendo, en consecuencia, los problemas.  Yo he conocido mucho talento que no sirve para nada, muchas personas que tienen muchas ideas pero no desarrollan ninguna.  Y hoy el talento, en efecto, no sirve para nada. Es una fuente brutal de frustración, pues hay que tener una madurez personal muy sólida para poder manejarlo. Podríamos, no es menos cierto, analizar esta cuestión del talento, y es posible que lo haga en alguna de mis próximas entregas, pero a mi entender es, de entrada, un terrible mal de nuestro tiempo, y dejo aquí mi reflexión, para que no me digan que me encanta hacer amigos, no sin dejar de indicar que este problema es también hijo de la Revolución francesa, a su vez legataria, en última instancia, de Platón.
Cuando todo el mundo cree que puede hacer de todo, la mediocridad, o sea, la negación del talento, se sienta en el trono de la pirámide social. Su origen está en Platón, desde luego, y pasa por Santo Tomás de Aquino cuando a éste se le ocurrió sistematizar todo el conocimiento y, por si fuera poco, ponerlo al servicio de la fe, pues a partir de ahí surgió el debate en el barro del pensamiento que nos ha traído estos lodos de nuestro tiempo. Apenas un siglo después, Guillermo de Ockham lo revisó y –ojo al dato– negó la teoría de los Universales, que era aquello que sostenía y daba coherencia al pensamiento tomista, dando pie, un siglo después, a la Reforma protestante, rompimiento de la unidad de pensamiento de Europa, centro del universo incontestable de aquel tiempo.  No es casualidad que, también poco más de un siglo más tarde, surgieran dos figuras fundamentales para entender lo que hoy ocurre: John Locke y Thomas Hobbes. Es este último el que en su obra Leviatán escribe: “el hombre es un lobo para el hombre”, y sentencia que la sociedad es una “guerra de todos contra todos”, a partir de lo cual establece un orden social basado en celdas, en el que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro, marcando el origen de la sociedad de solitarios que hoy existe.  
          Pareciera que estamos hablando de filosofía, pero estamos hablando de cosas reales.  De filósofos aferrados a la realidad que dictan la norma social. Hoy, sin embargo, un filósofo escribe algo y solo queda en el plano de los intelectuales. No sabemos qué pasará dentro de un siglo, pero es terrible lo del Leviatán, porque Thomas Hobbes diseña la sociedad que tenemos hoy, y aunque hay debates que revisan esto y dicen que la libertad de uno no termina donde empieza la libertad del otro, que nuestra sociedad no tendría que ser de solitarios, pues la libertad de uno termina donde empieza el deber que tiene uno de respetar la libertad del otro –si establecemos una secuencia lógica de que un derecho conlleva una obligación–, estos no dejan de ser pensamientos. Válgame dios de corregir a Thomas Hobbes, pero lo cierto es que está en el origen de la Revolución francesa, y en el de que a partir de cierto momento de la historia –finales del XVIII-principios del XIX– el concepto del artista y de las profesiones cambiara por completo y uno ya pudiera hacer lo que le diera la gana.  
Hoy por hoy todo el mundo escribe en una hiperinflación que tiene que ver con la confusión que nos invade.  No es lo mismo ser original que creativo.  Muchas veces nos basamos en nuestra capacidad de tener ocurrencias con las que escribir un libro que ofrecer a un editor… Y mi conclusión como tal es que el ochenta por ciento de la gente que escribe no sabe escribir. No es capaz, por ejemplo, de concebir una frase con sujeto, verbo y predicado. En fin. También hablaba hace un par de días de los diccionarios, que nacieron al calor de toda esa época convulsa.  Los diccionarios son el instrumento elemental tanto del escritor como del editor, pero nos encontramos con que la inmensa mayoría no los usa.
          ¿Cómo se separa hoy la función de editor de la del escritor? ¿Hasta qué punto, desde el ámbito profesional y/o moral, un editor tiene el poder o el permiso para entrar un poco, invadir un poco, lo que es la faceta de la obra creada por el  escritor o son compartimentos totalmente aparte? Bueno, son oficios diferentes. Normalmente un editor no debe ser escritor.  Hay una incompatibilidad de base. Otra cosa es que el editor pueda tener a otro editor para sus obras, porque la cuestión es que no puede editarse a sí mismo. Es mi caso, y funciona. Hay editores, desde luego, que son escritores. Los grandes editores de la historia, y un día hablaremos de varios de los más significativos, por ejemplo, no eran autores, o lo eran en secreto. El Impresor tampoco lo era, o, en todo caso, lo era de libelos que solían cocinarse en las trastiendas de las imprentas, en tertulias sediciosas con los autores de referencia de su casa. Pero el que es escritor tiene un texto que ha hecho con esfuerzo y rigor y voluntad y que pone en manos de un editor, de un productor de libros, y empieza a trabajar con él. Aquí no hay teoría, para la teoría se apunta uno a uno de esos cursos de formación que al final no sirven para nada. El editor tiene que tener suficiente cabeza para entender aquello sobre lo que no está de acuerdo, sin ir más lejos, y poder llevarlo a buen puerto.  No importa el gusto del editor sino la pertinencia del texto que está trabajando con el propio autor, que sea lo que tiene que ser. Lee en voz alta, pues la literatura entra por el oído y no por los ojos, y avanza con una lectura analítica a fin de dejar el texto en condiciones de ser reproducido, fino, lo cual es capital.
          (... Continuará…)

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Nota del autor
Sí, ya sé que hoy no es martes 2 de marzo, fecha para la que anuncié mi segunda entrega de El oficio de editor, pero, como he dicho, el debate suscitado antes de ayer me ha llevado a seguir en ello. Debo anunciar que esta semana habrá artículo mío, además de hoy, jueves, el sábado 25, y que a partir de la próxima semana, mi Líneas de desnudo en Letras, ideaYvoz aparecerán lunes, miércoles, viernes y domingo, no teniendo día fijo para ninguna de mis líneas. 
Fotografía: Portada del libro Leviathan, de Thomas Hobbes. 1651. La frase latina que aparece en la parte superior ("Non est potestas super terram quae comparetur ei", que se puede traducir como "No hay poder sobre la Tierra que se le compare") es una cita del Libro de Job. (La imagen es de dominio público)

Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.