Voces ensortijadas
Los amores que permanecen
María Gabriela López Suárez
Matilde y Rebeca se levantaron tempranito, antes de las siete de la mañana ya estaban en el mercado para comprar las flores, el papel picado, las frutas, el dulce de calabaza y los tamales que pondrían como ofrenda en el altar por la celebración del Día de Muertos.
Rebeca había aprendido a preparar el atole agrio con su abuelita Esther, así que por la bebida no se preocupaban. Mientras Matilde compraba algunas cosas, Rebeca buscaba lo que necesitaba para el atole agrio.
El mercado comenzó a llenarse de clientela, aunque era temprano. Mientras la atendían en uno de los puestos Matilde observó con detalle que, en esta ocasión, el mercado tenía una decoración distinta, muchos elementos que antes no se veían. Le gustó el colorido, pero le pareció que eso era influencia de otros lugares. Concentró su atención en recibir su mercancía. Luego se encontró con Rebeca y regresaron a casa.
En el camino platicaron de los recuerdos de cada familiar que había fallecido, de cómo las celebraciones en el Día de Muertos habían cambiado y que ahora en muchos lugares tenía un toque comercial. Llegaron a su casa, ahí estaban doña Tomasita, su mamá y don Ricardo, su papá, que terminaron de tomar café con pan y las esperaban para comenzar a poner el altar.
La tarea empezó a llevarse a cabo. Rebeca tenía la encomienda de preparar el atole agrio, mientras el resto de la familia colocaba la ofrenda y decoraba el altar. Los aromas de flores, frutas y tamales se percibían, dándole una mezcla muy agradable. Matilde colocó los retratos de los familiares a quienes honraban con la ofrenda. Doña Tomasita fue por las veladoras que ya tenían reservadas y don Ricardo a recibir unas cañas que le llevarían.
Matilde hizo una pausa, observó el altar, recorrió con la mirada a cada retrato, intentando traer al presente alguno de los tantos recuerdos vividos. Halló más de uno, sintió varios nudos en la garganta. Respiró profundo, se limpió las lágrimas. No tenía duda que para los amores que permanecen la mejor forma de honrarlos, además del altar con las ofrendas es tenerlos presentes en el corazón y en la memoria. ¡Qué bonito nos está quedando el altar!, dijo en voz alta mientras sonreía.

Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Catedrática, periodista, escritora y comunicadora
Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL).
Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural.
Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos. En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo. Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.