Rumbo a la gran novela
(Notas sobre tres novelas de Ney Antonio Salinas)
Héctor Cortés Mandujano
Conversé en una cafetería con Ney Antonio Salinas, por primera vez. Antes nos habíamos visto en una mesa redonda sobre la novela negra en Chiapas. Y antes, me cuenta, hace años, platicamos por mail.
Ya me había dicho del aprecio que tiene sobre mi novela Aún corre sangre por las avenidas. En nuestra conversación fue más específico: la tiene a mano siempre, fue tal vez el primero o el segundo en comprar un libro de la primera edición y ha comprado después varios ejemplares. Ve esa novela escrita por mí como un logro literario.
Leo Sombras de la avenida (Coneculta Chiapas, 2020), de Ney, y descubro puntos de contacto con aquella mía. La más obvia es la palabra “avenida” en el título, luego que es una novela sobre el crimen y, finalmente, que la acción trascurre en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Pero es la de Ney una novela original, singular.
Me parece una apuesta riesgosa que empiece con tantas reflexiones de un personaje que no conocemos. El narrador discurre sobre la noche y la pobreza, la rebelión, el amor por una prostituta, Tuxtla… Siguen cartas de amor numeradas, lo que hace suponer un macizo de ellas. No es el arranque de una novela que siga el canon.
Nos enteramos después que quien nos habla es un ingeniero, que fue excelente estudiante y ahora es velador; también intentó la poesía en un taller, donde fue rechazado, como fueron rechazadas sus cartas. Le escribe a Fabiola. [Un personaje muy similar a éste, ingeniero, sin trabajo, pobre y odiador, aparece estelarmente en otra novela de Ney; también aparece un hombre con machete, una maleta llena de dinero y la novela termina entre corchetes: Soledades concurridas, Pinos Alados, 2024]
No entramos aun al quid de la historia, porque lo que sigue es información varia y genérica entre corchetes [p. 39: “¿Qué sería de las veintidós personas de apellido Hitler que aparecían en el directorio de Nueva York antes de la Segunda Guerra Mundial y que al terminar ésta no figuraban?”]. También hubo y hay barruntos de lenguaje chiapaneco, que no siempre parecen apropiados.
Llegamos a los capítulos donde ya aparecen tres personajes principales: Max, Fabiola, Amanda. Sus vidas están enlazadas y son incluso vecinos. Se cuenta, intermitentemente, sobre ellos, del pasado al presente, con una resolución ambigua: un grito y una persona con un machete, un asesinato.
Pareciera una novela divagante. Y no es.
Con Max, Fabiola y Amanda como protagonistas capitulares, la novela empieza a esclarecer la inicial lobreguez.
El personaje llamado Él pone en la mesa todas las piezas del ajedrez. Se llama Flores Nathanael del Carpio. Dio dinero, amor y vida para que Fabiola saliera adelante. Ella después se casó con Max, quien tuvo amoríos antes con Amanda. Nathanael quedó en la miseria, Fabiola se volvió rica.
Nathanael conoce a Armando Chávez, ingeniero, poeta y velador, que es quien inicia con largas reflexiones la novela. Es velador en un almacén de Max y está enamorado de Fabiola.
Armando se enreda cada vez en sí mismo. Se vuelve parachico y pide limosna, aunque es millonario (por un robo lento y continuado en el almacén). Es el hombre del machete que mata a la mamá de Amanda. Y sigue matando…
La novela termina con datos varios, escritos ente corchetes.
He leído tres novelas de Ney: Sombras de la avenida, Soledades concurridas y Sino de Lestrigón. Es notorio el cambio en los títulos: el primero es descriptivo, el segundo es un oxímoron que, como tal, une dos conceptos contrarios, y el tercero es una alusión a la mitología griega.
Las tramas no cambian mucho, ni los procedimientos. Las tres novelas tienen como tema central un crimen (aunque ocurren varios en cada una) y un espacio físico: Tuxtla Gutiérrez. Los personajes son muy parecidos: estudiantes de excelencia, que viven vidas paupérrimas, hasta que se convierten en una suerte de vengadores de su propio destino, que son conocedores de cierto tipo de música (ópera y jazz en Soledades concurridas), leen a autores muy específicos (Thomas Pynchon, por ejemplo) y escriben poesía (Sino de Lestrigón tiene un capítulo de poemas) o cartas amoroso-poéticas (en Sombras de la avenida, el personaje fue expulsado, decíamos, de un taller de poesía).
[No conozco tanto a Ney como para afirmar que los tics culturales de sus personajes son los suyos, pero a veces esas tipicidades estorban un poco a la verosimilitud, como lo hacen también los nombres de sus héroes y antihéroes que suenan a juegos gratuitos.]
Los cortes abruptos de una historia a otra en Sombras de la avenida, se repiten de manera más tajante en Soledades concurridas (Sino de Lestrigón es más convencional en su arquitectura: hay un lago flashback, de presentación, y luego un trascurrir sin cortes) y hay en las tres algo que Kundera, en El arte de la novela, no recomienda: la reunión de personajes disímbolos en un mismo lugar, es decir, la venta del Quijote adonde llegan personajes que no podrían juntarse más que como una necesidad del autor de ponerlos allí, en contra de la lógica de la vida real, para que la escena que tiene en mente suceda. En las novelas de Ney esas casualidades se dan con frecuencia.
Creo que Ney encontrará el camino para convertir lo que de momento parecen (no que lo sean) tropiezos narrativos en aciertos novelísticos. No es fácil escribir una novela, y mucho menos cuatro, como lo ha hecho él. Tampoco es usual que alguien –en Chiapas, digo– se proponga y haga una saga sobre un mismo tema en un mismo lugar.
Hay páginas en el inicio de Sino de Lestrigón que me gustan mucho: aunque creo que en ellas hay un exceso de exabruptos (mentadas de madre y demás), al mismo tiempo la escritura de Ney, aquí y allá, vuela alto.
No me gusta la exaltación de lo lumpen (casi como sinónimo de bondad herida que se transforma en venganza) ni la justificación de lo criminal, a partir de la manida idea de “Los motivos del lobo”. Creo que Ney debe dar un paso adelante de ello.
Emmanuel Carballo dice con claridad algo que yo he entendido desde hace mucho: los lectores en este país pertenecemos a la pequeña burguesía, los que editan libros también y los escritores somos absolutamente pequeños burgueses. Nos guste o no. Si no, estaríamos trabajando de albañiles o de meseros o de asesinos o de narcotraficantes, en lugar de estar oyendo música exquisita o leyendo libros inmensos o escribiendo poemas, obras de teatro, cuentos y novelas. No se trata de defender nuestra causa, si es que la hay, ni atacar a los otros estamentos sociales, pero sí tener claro que Crimen y castigo, Macbeth, El ruido y la furia, y los mil libros que han atravesado épocas, no son importantes y trascendentales porque se refieran a una clase social, sino porque ante todo y sobre todo, como todo el arte que vale la pena, hablan de seres humanos, no importa cuánta fortuna material tengan o de cuánta carezcan. Ser campesino o señor feudal, en la literatura, es nomás un punto de partida. Lo que hagas con ello es lo que será o no una muesca en la historia del lector.
Ney, me parece, es un escritor que ha empezado a caminar, está caminando y puede llegar a la gran novela. Espero que así sea.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com