Polvo del camino/ 346
Lo que hubiera quedado en el tintero/ V
Anochecer
Héctor Cortés Mandujano
Mi amigo y yo conversábamos, en Tuxtla Gutiérrez, en la sala de su casa. Fue atardeciendo y la noche llegó. Ni él ni yo nos levantamos para encender la luz. Mi mujer y la suya se oían conversando animadas en otra parte de la casa; con las luces encendidas, claro.
Hubo un momento de silencio en nuestra charla y yo recordé que, cuando niño, varias veces caminé en la oscuridad de los pasillos, del corredor, de las estancias de El Ciprés, la finca donde nací.
También en los campos pude verme caminar por los potreros mientras salía la luna y me ayudaba a mirar la vaca echada, el toro moviendo la cola, los caballos comiendo pasto, los árboles vueltos bultos, las sombras de los cerros...
Tal vez mis recuerdos más sentidos parecen sueños.
Dos que vuelven cada tanto a mi memoria tienen que ver conmigo y un caballo que, supongo, no era el mismo.
Uno. Vengo de Nuevo México, el pueblo cercano. Me mandaron a comprar cosas. El camino carretero, tan familiar en el día, se vuelve misterioso con tantos ruidos que inducen a la sospecha: algo o alguien camina o repta sobre las hojas secas de la orilla: ¿una serpiente, una persona, un perro perdido, un espanto?
Aunque haya luna, los árboles vuelven oscuro todo. El caballo resopla, bufa cada tanto. Alcanzo a notar como sus orejas van hacia adelante o hacia atrás, como tratando de desentrañar los lenguajes del coro de grillos y cigarras que nos acompañan o simplemente poniendo atención a lo que pueda pasar: para reparar, tirar a su jinete y salir corriendo. Resuenan sus cascos en el camino, como si tuviera expansores de sonidos en sus patas. Yo vengo callado, también atento, medroso.
Llegamos al arroyo de la finca, que sale al camino del pueblo. La luna está untada a la superficie líquida y se mueve según los caprichos del agua. El caballo se detiene a beber. Subimos un poco y no falta mucho para ver la blanca construcción donde me sentiré seguro, aunque la única luz que habrá será la de un quinqué o la del fogón. De allí soy.
Dos. En otra ocasión voy por los caminos de otro rancho, San Antonio, donde nació mi mamá. Lo conozco menos y es más imprevisible. ¿Por qué ando solo en el campo, montado en este caballo? No lo sé.
Buena parte del camino es hondo y lo que me queda a ras del rostro es el suelo de arriba, los troncos de los árboles y, obvio, los animales nocturnos, que siento me pueden brincar a la cara. No ocurre, pero esa experiencia que se repitió no sé si muchas veces me quedó tan presente, que la sueño con frecuencia.
Mis pensamientos duran unos segundos.
Mi amigo se levanta y enciende la luz.
Mi niñez, la noche, mis miedos, los caballos desaparecen...

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com