Casa de citas/ 807
Nacer llorando
Héctor Cortés Mandujano
Tengo la suerte de leer un libro más de mi admirado Harold Bloom: Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (Editorial Páginas de espuma, 2010), con traducción de Amelia Pérez de Villar
Primero la Biblia, de la que cita “El libro de Job” (p. 15): “Pues la mejor prueba que podía dar Job de su paciencia era permanecer del todo desnudo, en tanto eso era lo que complacía a Dios” y compara a Job con El rey Lear, de Shakespeare, quien aconseja a Glucester (p. 16): “Resígnate, hemos venido al mundo llorando” (pareciera que José Alfredo Jiménez hubiera leído a Skakespeare. Escribe en “Camino de Guanajuato”: “La vida no vale nada: comienza siempre llorando y así llorando se acaba”).
También cita a Montaigne, claro: “Todos somos viento. Y hasta el viento, más sabio que nosotros, ama hacer ruido y deambular, y está satisfecho con sus propias funciones, sin desear la estabilidad ni la solidez, cualidades que no le son propias”.
William Hazlitt dice en las páginas de Bloom (p. 118): “Todo se mueve, pero no hacia adelante, sino en un círculo sin fin. Nuestra fortaleza reside en nuestra debilidad; nuestras virtudes se construyen sobre nuestros vicios; nuestras facultades son tan limitadas como nuestro ser; y tampoco podemos elevar al hombre por sobre su naturaleza más de lo que se eleva por sobre la tierra que él mismo pisa”.
Hazlitt compara la poesía con el poder. Su argumento es poderoso (p. 120): “El lenguaje de la poesía cae, de manera natural, en la misma categoría que el lenguaje del poder. La imaginación es una facultad exclusiva que todo lo exagera: toma algo de una cosa para añadírselo a otra, acumula circunstancias y las une para dotar del mayor efecto posible a un objeto favorito”. Y más (p. 121): “La poesía es verdaderamente excepcional. Pone al individuo por encima de la especie, el uno sobre el infinito”.
Habla aquí Bloom de Carlyle (p. 140): “Desde el punto de vista crítico, toda escritura es religiosa, o toda es profana. Carlyle piensa que Shakespeare ha abolido esa distinción, y se ha convertido en la segunda Biblia de Occidente”.
En este libro Bloom ha juntado a grandes pensadores. Dice Emerson, en la cita de Bloom (p. 166): “Las corrientes del Ser universal circulan a través de mi cuerpo. Soy parte, o partícula, de Dios”. Y también (p. 175): “Lo que escribo me parece, mientras lo escribo, lo más natural del mundo; pero ayer veía un vacío aterrador en la misma dirección en la que hoy me parece ver tanta abundancia. [...] Yo soy Dios en la naturaleza. Yo soy el hierbajo junto a la tapia”.
Luego cita, en otro capítulo, a Henry David Thoreau, quien se refiere a Emerson (p. 183): “Comencé a leer a Emerson de forma obsesiva, justo antes de la mitad del viaje, cuando atravesaba una crisis. Y ya nunca paré. Emerson me ayudó a cambiar mi visión de la mayoría de las cosas, tanto de la vida como de la literatura, hasta de mí mismo”. Qué enorme halago.
Lowell, aunque escribe contra Thoreau, dice cosas interesantes (pp. 188-189): “La noción de una originalidad absoluta, como si uno pudiera tener derecho de patente sobre esto, es absurda. [...] Y de igual manera que nadie ha inventado jamás una palabra y el lenguaje crece, de alguna manera, gracias a la necesidad y a la contribución general, así sucede también con el pensamiento. [...] Montaigne, por ejemplo, es uno de los autores más originales, aunque se servía de ideas de todo tipo”.
John Ruskin es citado (p. 210): “Y la diferencia entre un hombre de talento y el resto de los hombres es que el primero sigue siendo, en cierto modo, un niño”. Y Walter Pater (p. 227): “Lo más grande que hace un alma humana en este mundo es ver algo y contar lo que ha visto de la forma más simple. Por cada centenar de personas que pueden hablar sólo hay uno que puede pensar, pero por cada mil que pueden pensar sólo hay uno que puede ver. Ver con claridad es poesía, profecía y religión, todo en uno”.
También está en el libro Friedrich Nietzsche, quien dice bien lo que dice (p. 263): “La poesía cuenta mentiras, pero la verdad –que es el principio de la realidad– se reduce a la muerte, a nuestra muerte. Amar la verdad supondría amar la muerte”.
En la Voluntad del poder, 1884, escribió Nietzsche (p. 265): “4. ¿Podemos decir que los contrahechos son los que más sufren y los más sutiles? ¿Es que los que están contentos consigo mismo no valen nada?”.
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Ambrose Bierce (1842-1914), célebre escritor estadounidense, quien murió en México, en Chihuahua, escribió varios libros, entre ellos El diccionario del Diablo (que es muy divertido) y varias notables colecciones de cuentos. Su relato más famoso es “El incidente en el Puente del Búho” (que Borges reformuló varias veces), donde un hombre detiene el instante de su muerte para vivir una nueva vida.
También era periodista y vino a México para entrevistar a Villa (Carlos Fuentes escribió su biografía en Gringo viejo, que también se volvió película). De algún modo se volvió villista. Su muerte ha supuesto un enigma.
Fernando Tola de Habich, en uno de los artículos de su libro Museo literario (La red de Jonás, 1984), desvela lo ocurrido al descubrir el testimonio (p. 104) “que el ingeniero veracruzano Elías L. Torres da sobre la muerte del escritor norteamericano en su libro 20 vibrantes episodios de la vida de Villa (Fragmentos de la vida revolucionaria del General Francisco Villa), Editorial Sayrols, S. A., México, 1914”.
El testimonio, incluido en Museo literario, se llama “El chiste de la muerte”, y cuenta un hecho en el que se supone estuvo presente el Ing. Torres. Cenaron y (p. 108) “Al final de la cena y con cierta brusquedad, Bierce empezó diciendo que ya estaba cansado de andar con Villa”, que ellos no eran un ejército, “sino partidas de ladrones y asesinos”. Pensaron que era un chiste. Y no. Le dijo a Villa que se iba con Carranza, que ya tenía caballo, mozo, todo listo. Borunda, uno de los cercanos a Villa, le iba a disparar y Villa le hizo señas de que saliera. Luego abrazó a Bierce (p. 108): “Dios quiera que Carranza lo reciba mejor que yo...”.
Se fue Bierce, Villa siguió cenando (p. 109): “De pronto se oyeron unos disparos. Villa volvió a sonreírse, y dirigiéndose a Fierro, le dijo:
“—A ver si este gringo desgraciado les cuenta el último chiste a los zopilotes de la sierra.
“Efectivamente, Bierce, mozo y caballos, fueron devorados por los zopilotes en una loma donde nadie se atrevió a levantarlos.”
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com