Casa de citas/ 803
Vivir para morir mil veces
Héctor Cortés Mandujano
Aquí entró,
como el alba por un prado
Lope de Vega,
en El perro del hortelano
Leo El perro del hortelano y El castigo sin venganza (Editorial Castalia, 2001) del clásico español Félix Lope de Vega (1562-1635).
Las obras de teatro del Siglo de Oro parecen, en general, escritas con fórmulas y los enredos casi siempre se desatan de la misma fortuita forma. Pero la poesía de Lope de Vega es otra cosa. Dice Tristán en El perro… sobre lo que cambia la gente con ropa elegante (p. 93): “Toda es vana arquitectura,/ porque dijo un sabio un día/ que a los sastres se debía/ la mitad de la hermosura”.
Me llama la atención una expresión del mismo Tristán (p. 102): “¡Oxte, Puto!”; en el pie de página se explica que oxte es “apártate, quítate” y que se usaba “comúnmente cuando tomamos en las manos alguna cosa… mui caliente […] y no la afecta la palabra puto por sí sola que vale homosexual”.
La obra trata de enredos amorosos y hay varios sonetos de amor; en uno de ellos estos versos (p. 107): “que como el color sale a la cara,/ sale a la lengua lo que el alma altera”. Otro símil del amor (p. 195): “árboles son amores desdichados,/ a quien el hielo marchitó floridos”.
En Castigo sin venganza, Batín dice algo que me pasa a mí y, creo, a cualquiera: si está pensando en un balcón teme aventarse de él y, en fin (p. 274), “dame gana de reír/ si voy en algún entierro”. Federico propone algo complejo (p. 287): “Y si muriera, quisiera/ poder volver a vivir/ mil veces, para morir/ cuantas a vivir volviera”.
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María Isabel Pachón Varón, joven escritora colombiana (nació en 1994), ganó el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2001 con Sobre tierra quemada que, en forma fragmentaria, cuenta del narcotráfico desde el desamor de Emilia, desde la desaparición de Miguel.
Hay un espacio para la cita precisa (p. 101): “Cuenta también Plutarco que cuando Platón se encontraba con personas que obraban torpemente, se volvía a sí mismo y se preguntaba: ‘¿Seré yo como ellos?’. Para que la censura hacia la vida de otro no sea inútil y vacía hay que observar la propia vida y cambiarla en dirección contraria de aquello que se censura”.
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El pueblo, muchas veces,
ha sido excusa para atacar así
a la inteligencia
Guillermo Sheridan
en Los Contemporáneos ayer
Leo Los contemporáneos ayer (FCE, 1985), de Guillermo Sheridan. Como suele suceder con los libros de este autor, el ensayo sobre el famoso “grupo sin grupo” resulta una enriquecedora experiencia, porque Sheridan es acucioso y de enorme sapiencia.
Escribe en su introducción (p. 11): “Los Contemporáneos es un lugar imaginario en el que coincidieron diversos discursos y maneras de ejercer el quehacer literario y cultural entre los años de 1920 y 1932 y alrededor de un cierto número de empresas como revistas, grupos de teatro y sociedades de conferencias. […] Ellos mismos se asombraban de haberse configurado como ‘grupo’ dada la variedad enorme de sus caracteres e intereses y así lo hicieron notar en diversos, lúcidos, artículos”.
Cierra su introducción con una declaración de Paz a Monsiváis, en 1966 (p. 21): “en un sentido estrictamente intelectual casi todo lo que se está haciendo ahora en México les debe algo a los ‘Contemporáneos’, a su ejemplo, a su rigor, a su afán de perfección”.
Dentro de lo que se podía hablar en 1921, dice Sheridan, está el tema (p. 28) “de que María Conesa había sido la mejor India Bonita del concurso nacional de indias bonitas”.
Una cita del Vasconcelos apasionado (p. 100): “Aprovecha la lección del sol. No basta resplandecer. El ser a quien buscas… ha de ser capaz de deslumbrar”.
A los Contemporáneos los acusaron, entre otras cosas, de ser homosexuales y de ser extranjerizantes. De lo primero ni hablar, porque los ejercicios sexuales no debieran ser tema descalificatorio nunca. La escritura es pública, la sexualidad es privada y no hay una forma de ejercerla más correcta que otra, siempre que los practicantes sean adultos y lo hagan por consenso. De lo otro hace Sheridan un análisis, en la página 344, que echa por tierra la acusación; sin embargo, como (p. 345) “la machacaron tantas veces y desde foros tan diversos, que la etiqueta logró serle fijada”.
Los Contemporáneos, por el nombre de la revista y el “movimiento”, se relacionan generalmente con los nombres de Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta y Gilberto Owen. Escribe Sheridan (p. 369): “Nunca hubo un grupo detrás de Contemporáneos: lo que hubo fue un director que perteneció a un grupo y que llevó la revista por lo que supuso que eran las directrices de él. Los ocho escritores de la generación con que hemos trabajado en este libro, jamás estuvieron reunidos –en tanto grupo– alrededor de la mesa de las decisiones”.
Las revistas en nuestro país suelen aparecer y desaparecer con rapidez. Contemporáneos logró cuarenta y tres entregas, contra viento y marea. Eso solo se logra, como dice Paz del grupo, con rigor, talento, afán de perfección, lo que fue santo y seña de los que pertenecieron a este “archipiélago de soledades”…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com