Casa de citas/ 801
Curar la enfermedad de las palabras
Héctor Cortés Mandujano
Una idea, para ser admitida, debe probar su ancianidad;
una obra de arte, para agradar, debe inspirarse en un modelo antiguo
Sartre,
en ¿Qué es la literatura?
Aunque tiene muchos años de publicado (mi ejemplar es de Losada, 1950, traducción de Aurora Bernárdez, regalo de mi amiga Linda Esquinca), el ensayo ¿Qué es la literatura?, de Jean-Paul Sartre, me parece que aún tiene mucha actualidad. Vean si no. Dice Sartre en la introducción sobre el papel histórico de los escritores (p. 8): “Antes, el poeta se tenía por un profeta y resultaba algo muy digno; luego se convirtió en un paria y un réprobo, lo que todavía era aceptable. Pero, hoy, ha descendido a la categoría de los especialistas”.
Sartre sabe de lo que habla, porque atacó varios géneros: la novela, el cuento, el ensayo, la dramaturgia y, claro, la filosofía. El escritor se parece al político, dice (p. 40): “Lo que se sabe es poca cosa y debe decidir a partir de lo que sabe”.
¿Qué conoce el escritor? Las palabras, el lenguaje (pp. 47-48): “Para el poeta, el lenguaje es una estructura del mundo exterior. El que habla está situado en el lenguaje, cercado por las palabras; estas son las prolongaciones de sus sentidos, sus pinzas, sus antenas, sus lentes; ese hombre las maneja desde dentro, las siente como siente su cuerpo, está rodeado de un cuerpo verbal del que apenas tiene conciencia y que extiende su acción por el mundo”.
Sartre busca modos de presentar sus ideas, de que se entiendan (p. 61): “Un sollozo completamente desnudo no es bonito: molesta. Un buen razonamiento molesta también, como Stendhal lo había advertido. Pero un razonamiento que oculte un sollozo es precisamente lo que buscamos”.
Se vale de ejemplos, de cuentos (p. 67): “Un aprendiz de pintor preguntaba a su maestro: ‘¿cuándo debo estimar que mi cuadro está acabado?’. Y el maestro contestó: ‘Cuando puedas contemplarlo con sorpresa, diciéndote: ‘¡Soy yo quien ha hecho esto!’. Lo que equivale a decir: nunca. Pues esto equivaldría a contemplar la propia obra con ojos ajenos y a revelar lo que se ha creado”.
Escribe (p. 73): “La belleza de la naturaleza no tiene nada de comparable con el arte. La obra de arte no tiene finalidad; estamos de acuerdo con Kant. Pero es en sí misma un fin”.
Un escritor no lo es sin lector (pp. 75-76): “El autor escribe para dirigirse a la libertad de los lectores y requerirla a fin de que haga existir la obra. […] Cuando disfruto de un paisaje, sé muy bien que no soy yo quien lo ha creado, pero sé también que, sin mí, las relaciones que se establecen ante mis ojos entre los árboles, los follajes, la tierra y la hierba no existirían en modo alguno”.
El medio y el público (p. 92): “El medio es determinante: el medio produce al escritor. […] El público, por el contrario, llama al autor, es decir, plantea problemas a su libertad”, porque (p. 94) “debe satisfacer cierta demanda”. Además (p. 97): “En el fondo, no se paga al escritor: se le alimenta, bien o mal, según las épocas. No puede ser de otro modo, porque su actividad es inútil; no es modo alguno útil y es a veces perjudicial que la sociedad adquiera conciencia de sí misma”.
Los escritores escriben para las clases ilustradas, las privilegiadas y (p. 101) “no se les pide ya que sean guardianes de los dogmas, sino simplemente que no sean sus detractores. […] El público del escritor continúa siendo estrictamente limitado. En su conjunto, es denominado la sociedad y este nombre designa una fracción de la corte, del clero, de la magistratura y de la burguesía rica”. No pertenece generalmente a esos ámbitos (p. 112): “El escritor disfruta a veces de los favores de una marquesa, pero se casa con la criada o con la hija del albañil”.
El siglo XVIII, dice Sartre, no era pan comido para un escritor (p. 116): “Una obra del espíritu era entonces un acto por partida doble, porque producía ideas que iban a ser el origen de trastornos sociales y porque ponía en peligro a su autor”. Eso pasó, ahora la burguesía ha absorbido a la nobleza y los autores atienden a este público unificado (p. 118): “Han perdido toda esperanza de salir de su clase de origen. Hijos de padres burgueses, leídos y pagados por burgueses, seguirán siendo burgueses: la burguesía les ha encerrado como en una prisión”.
Si quiere triunfar, el escritor no debe ser difícil (p. 120): “La facilidad se vende mejor: es el talento encadenado y que se resuelve contra sí mismo, el arte de asegurar con discursos armoniosos y previstos y de mostrar con campechanía que el mundo y el hombre son mediocres, transparentes, sin sorpresa, sin amenazas y sin interés”. Es la receta (p. 122): “No se le pide que restituya la extrañeza y opacidad del mundo, sino que lo disuelva en impresiones elementales y subjetivas que hagan más fácil la digestión del mismo: tampoco se le pide ya que vuelva a encontrar en lo más profundo de su libertad los más íntimos movimientos del corazón, sino que confronte sus ‘experiencias’ con la de sus lectores”. Así (p. 123): “El público no teme ninguna sorpresa; puede comprar a ojos ciegos. Pero la literatura ha sido asesinada. […] No es casualidad que hayan escrito malos libros; si han tenido talento, ha sido necesario esconderlo. Los mejores se han negado […] la unificación radical de su público induce al autor a escribir por principio contra todos sus lectores”.
Dice que varios autores clásicos han dicho de distintas maneras esto (p. 130): “Es con los buenos sentimientos como se hace mala literatura”. Paulhan escribe y lo cita Sartre (p. 147): “Todos saben que hay en nuestro tiempo dos literaturas: la mala, que es propiamente ilegible –es muy leída–; y la buena, que no se lee”.
En las notas de final de un capítulo cita varias ideas no necesariamente suyas (p. 153): “Creo que la multitud, el rebaño, será siempre odioso. Lo único importante es un reducido grupo de inteligencias, siempre las mismas, que se pasan la antorcha (Croiste, 3 de septiembre de 1871)”, y “El pueblo es un eterno menor de edad y siempre estará en la última fila, ya que el número, la masa, es ilimitado”.
Escribe (p. 237): “La función de un escritor es llamar al pan pan y vino al vino. Si las palabras están enfermas, a nosotros toca curarlas”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com
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