Casa de citas/ 800
Relaja todos tus músculos, excepto uno
Héctor Cortés Mandujano
Cada cien columnas celebro contigo lector, lectora, la maravilla que es saberte del otro lado de la página o la pantalla. ¡Llegamos a 800!
Muchas gracias, te abrazo.
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Recuerdo algunas escenas de la versión cinematográfica, pero hasta ahora leo Bailando con lobos (Ediciones Grijalvo, 1998), de Michael Blake. Gocé su lectura. La novela se ciñe al modo clásico de contar y lo hace bien. Me gustaron mucho sus comparaciones, en especial ésta, que se refiere a un muchacho comanche cuando ve por primera vez al hombre blanco. No sabe qué hacer (p. 117): “Todo le daba vueltas, como semillas en una matraca”.
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Vi la película Las niñas bien (2018, escrita y dirigida por Alejandra Márquez Abella), basada en el libro homónimo de Guadalupe Loaeza, que no he leído. La cinta es muy buena. De allí este chiste clasista, ubicado en el sexenio de López Portillo, que me encantó:
Le pregunta una niña de la Ibero a una niña de la Anáhuac:
—¿Tu papá está en la lista de los sacadólares?
—No.
—¡Qué naco!
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¿Acaso una mujer no tiene lengua para eso?
Ethel Krauze,
en “Lo que su cuerpo me provoca”
Mi querida amiga Gladys Fuentes Milla me regaló su libro antológico Sobre seis letras cabalga el deseo (Editorial Canto de Zenzontle, 2023), donde la acompañan las también poetas Ethel Krauze, Gela Manzano, Kyra Galván, Leticia Luna y Socorro Trejo Sirvent.
Es un libro de poesía erótica, cuyos versos, a veces, son muy explícitos. Escribe, por ejemplo, Ethel Krauze, en “Lo que su cuerpo me provoca”, sobre su marido (p. 19): “Que su vara de varón/ parta mi mar/ en dos,/ y libere su simiente/ en la tierra que le tengo prometida”. Luego dice que a su marido lo llaman (p. 20): “el señor del Mástil y el Martillo/ por su en-verga-dura/ larga y dura”.
Gela Manzano escribe a su pareja en “Cuando llueve en Santa Clara” (p. 34): “Aullaremos como lobos torso a torso/ con el sudor a cuestas. […] oleremos a sal/ a musgo/ a alga marina”.
Gladys Fuentes Milla cuenta y canta en “Veinte” (pp. 55-56): “La vida es un vértigo desde que te apetezco/ desde que sueño abrirme para que mueras dentro/ […]/ y me desgarro en temores ancestrales por beber la delicia/ de tu semen/ ávida de llenarme en el sacro lugar de tu existencia/ con afán de aluzar estas penumbras/ de tener sobre el vientre tus locuras/ el empuje de tu ardor entre mi carne”.
Kyra Galván dice en “Mecánica de los cuerpos terrestres” (pp. 67-68): “porque tu lengua era mi madre alimentándome/ y tu miembro era mi padre./ Eras mi figura masculina y femenina a un tiempo./ Eras el vientre materno:/ mi boca llena de pechos, lenguas, falo,/ mi tajo colmado de saliva y músculo”. A ella pertenece el verso que titula esta columna y tiene una brevísima “Ars Erótica”, que trascribo completamente:
Me levantaste en un soplo
–pirueta en el aire–
y no nos desuncimos un milímetro.
Escribe Leticia Luna, en “La canción del alma” (p. 86 y 88): “La brasa de la noche es una pira/ cuando enciendes o exaltas,/ fragmentas o penetras/ en mi nombre furtivo./ […]/ tu falo adquiere mi vocación de orquídea,/ vive alegre, da floración perpetua”.
Socorro Trejo Sirvent, por último, escribe en “Invitación” (p. 101): “Acércate a la hoguera de mis senos:/ te auguro que no encontrarás mejor destino/ Derrama licores sobre mi pelvis de canela:/ no te alcanzará la vida para tanta muerte”.
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Leo la extraña y divertida novela Griego busca griega (Tusquets, 1987), del suizo Friedrich Dürrenmatt: un oficinista cualquiera conoce a una mujer por un mensaje en el periódico al que alude el título. A partir de ese momento la gente importante comienza a saludarle, le dan un ascenso increíble en su trabajo, le regalan una mansión, su vida se vuelve una locura. La novela, al final, propone dos finales, uno feliz y otro desgraciado.
Inmediatamente después de terminar ésta, en un volantazo, que no lo fue tanto, leo Chin Chin el teporocho (SEP, 1985), del tepiteño Armando Ramírez. Aquí también Michelle transforma la vida de un don nadie y lo vuelve teporocho, por decepción. Es este borrachín quien cuenta la novela que no tiene ni acentos ni reglas ortográficas (quien lee debe decidir acentos, cambios de narrador y todas las zarandajas que suelen tener los libros correctos) y donde se le habla constantemente al lector, invitándolo a un trago, a que entienda que la historia es parte de “una enfermedad” que se llama vida, a que escriba en unas líneas lo que quiera…
Vi la película hace mucho y ya había leído esta novela que propone nuevas formas de contar, fuera del canon y la solemnidad, como varias mexicanas famosas: El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata; La princesa del Palacio de Hierro, de Gustavo Sainz; La tumba y De perfil, de José Agustín, etcétera.
Es divertida y violenta. Me volvió a gustar.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com