Casa de citas. 798. Ladinos e indígenas. Héctor Cortés Mandujano

Casa de citas/ 798

Ladinos e indígenas
Héctor Cortés Mandujano

Cuando [el gobierno] me preguntó, ‘¿Cuánto vale tu rancho?’,
yo dije, ‘¿Cuánto vale tu ojo?’

Eulalio Hernández,
ganadero de Chilón

Regalo de mi amado sobrino David, leo Enemigos íntimos. Terratenientes, poder y violencia en Chiapas (UNAM y otras, 2015), de Aaron Bobrow-Strain, con traducción de Isabel Vericat Núñez.
En la introducción clarifica el sentido de su investigación (p. 17): “Esta es la historia de unos caciques locales que cayeron en desgracia: hombres y mujeres cuyo mundo de privilegio racial, poder político y monopolio terrateniente, cuidadosamente defendido, acabó desmoronándose”.
“En los municipios de Chilón y Sitalá” es donde sucede gran parte de la historia de invasiones de tierras (p. 18), “entre febrero de 1994 y finales de 1998”. Dice Aaron (p. 25): “Sostengo que en los años previos a 1994, los terratenientes ya se encontraban encajonados entre las luchas indígenas por el territorio cada vez más organizadas y el apoyo político y económico en declive del Estado neoliberal mexicano”.
Cuenta el autor que entrevistó (p. 28) “a más de 50 terratenientes, activos y retirados, que abarcaban cuatro generaciones”; también habló (p. 29) “con lideres de invasiones de tierras, curas, monjas y activistas religiosos laicos; trabajadores de los derechos humanos; funcionarios del gobierno y otras personas estrechamente asociadas a los movimientos campesinos en Chilón”. Reconoce que la suya no es una “narración objetiva” y que escribe en contra (p. 308) “de los burdos binarios de buenos y malos”.
Los terratenientes ven las tierras que fueron suyas y los hombres que le obedecían, dice el autor, como un pasado que los enferma de rabia y diabetes, pero los nuevos dueños indígenas siguen (p. 54) “el mismo patrón y material del clientelismo corrupto y violento que los de sus predecesores ladinos”.
El libro habla de cómo se fueron fundando las fincas, cómo la religión fue partícipe en la conformación de las relaciones entre indígenas y terratenientes, y de cómo, también, las rebeliones previas a la del 94 (1712, Golonchán en 1980, etcétera) abonaron el campo de disputas e incomprensiones.
Aaron cita la declaración de un terrateniente a Christine Eber (p. 104): “Quítale el aguardiente al indio, y ¿qué pasará con el café? Las plantaciones de café funcionan con aguardiente, como un automóvil funciona con gasolina”; el autor se repregunta: “Quítale el aguardiente al indio, y ¿qué sucedería con las categorías de peón y patrón? La existencia misma de peones y patrones como sujetos descansaba históricamente en los mecanismos bastante burdos de la ebriedad”. El trago hacía que el peón se endeudara con el patrón, ya fuera por el alcohol mismo o por los problemas que tuviera bajo su influjo (si entraba a la cárcel, el patrón pagaba la multa y la cobraba con trabajos interminables).
La religión buscó quitar esta esclavitud al alcohol (p. 108): “No es sorprendente que hoy las comunidades organizadas en torno a la teología católica de la liberación o el EZLN prohíban a los militantes beberlo”.
Cuando los campesinos presionaban para tener tierras, los terratenientes los amenazaban, (p. 145) “los campesinos también amenazaban e intimidaban a los terratenientes, pero estos respaldaban sus fechorías con la amenaza siempre presente de tener el apoyo del Estado”. Golonchán, en 1980, donde mataron a varios campesinos (p. 158) “simboliza un momento en el que ‘el gobierno actuaba rápidamente y con mano dura’ para proteger los derechos de propiedad”.
Otro elemento conflictivo fue que la región se volvió ganadera y esto (p. 161) “tuvo también consecuencias devastadoras para la supervivencia de los campesinos”, porque con la ganadería, según declara Alejandro Díaz (p. 174), “dejó de ser conveniente tener [peones residentes] en nuestras fincas” y ese sentimiento de abandono (p. 175) “que tenían los campesinos no tardó en transformarse en rabia y movilización”.
En 1994 (p. 195) “El viernes de Carnaval y durante la segunda semana de febrero, miles de campesinos indígenas tomaron 40 propiedades que abarcaban más de 2.000 hectáreas en Chilón. A lo largo de la primavera y el verano siguieron más invasiones”. Los terratenientes, que comprobaron que las autoridades no iban a realizar desalojos, decidieron mejor (p. 209) “cooperar con los planes de adquisición del gobierno”.
En el terreno de los hechos, pues, las invasiones se volvieron legales. Algunos terratenientes, entonces (p. 219), “organizaron las invasiones de sus propias tierras por grupos campesinos que se prestaban a cooperar. Los dirigentes indígenas campesinos también manipularon las invasiones en beneficio propio”.
Pasaron antes varios conflictos (p. 220): “A principios de los setenta, a pesar de las intervenciones del ejército mexicano en favor de los terratenientes ladinos, los tsotsiles de San Andrés Larráinzar libraron una exitosa campaña para proscribir a los residentes no indígenas del municipio. De San Andrés, las confrontaciones entre indígenas y ladinos se desparramaron a Simojovel, Teopisca, Venustiano Carranza, Chalchihuitán, Mitontic y Chenalhó”.
Después de las invasiones, el paisaje cambió en Chilón (p. 232): “Casas de tablones de pino se elevan en los campos donde alguna vez pastó el ganado, y de noche el humo azul de los fogones y el aroma de tortillas de maíz suspendidos en el aire de los que alguna vez fueron los pastizales más productivos de Chilón”. La diferencia es que (p. 235) “los ladinos, me dice Rodolfo Domínguez, invierten en la producción con el objetivo de crear ganancias, mientras que los indígenas ‘cultivan para el consumo del hogar, no por la producción’. O como lo aclara Miguel Utrilla, ‘Los indígenas solo trabajan por necesidad, para comprar cosas que necesitan en aquel momento, y después paran de trabajar’ ”.
En las páginas finales, Aaron Bobrow-Strain habla de que en la campaña de Pablo Salazar Mendiguchía, gobernador de Chiapas de 2000 a 2006, después de una reunión, donde las expectativas eran polos opuestos (p. 297), “los líderes indígenas me dijeron que confiaban en que el candidato apoyara la continuación de la reforma agraria, mientras que los ladinos me aseguraron que, una vez elegido, Salazar iba a empezar de inmediato a expulsar a los invasores […] No obstante, a fin de cuentas, la victoria de Salazar no produjo ni la oleada de la nueva redistribución agraria que algunos líderes indígenas esperaban ni satisfizo el hambre de desahucios y ‘orden’ que tenían los terratenientes”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Photo by Peter Caretta: https://www.pexels.com/photo/black-and-white-wooden-pergola-pathway-in-park-32550881/
Fotografía: Peter Caretta: https://www.pexels.com/photo/black-and-white-wooden-pergola-pathway-in-park-32550881/




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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