Polvo del camino/ 43

El frío corazón, la muerte azul

Héctor Cortés Mandujano

 

No es fácil entrar al ceñido breñal del pasado, cuando se tienen pocos documentos que nos puedan servir de arma que muestren un camino en la oscuridad que supone la nada escrita, el ágrafo infinito. Eso hace A. E. Taylor (Fondo de Cultura Económica, 1961) en El pensamiento de Sócrates, pues sus únicas ayudas son tres autores –Jenofonte, Aristófanes, Platón– que hablaron, no siempre biográficamente, de este maestro que (como Jesús, como Buda) no dejó nada de sí escrito.
      Para llegar a ciertos datos tiene Taylor que hacer inferencias, deducciones, aunque hay algunos hechos más o menos probados. Uno de ellos es que Sócrates fue (p. 30) “hijo de Sofronisco y de Fenarete”; él (p. 32) “artesano, estatuario o cantero” y ella (su nombre “parece indicar que era mujer de buena familia”) con hijo de otro marido.
     En sus Recuerdos, Jenofonte habla (p. 59) “sobre la vida ascética de Sócrates, sus escasas ropas, sus pies descalzos y su pobre comida […] su negativa a cobrar honorarios a sus compañeros por los servicios que les hacía”. Platón, en su Apología, cuenta de la (p. 64) “declaración del oráculo de Delfos de que ‘ningún hombre viviente era más sabio que Sócrates’ ”.
     También sabemos que se casó con Jantipa, con quien tuvo tres hijos (p. 75), “el más pequeño de los cuales parece haber sido un niño en brazos”. Jantipa y el pequeñuelo se supone que pasaron con él la noche antes de su ejecución.
      Sócrates no era cómodo para el Estado, de modo que fue acusado por Melito (p. 88) “de no rendir culto a los dioses a quienes rinde culto el Estado […] de corromper a los jóvenes. El acusador público pide la pena de muerte”.
     La acusación, como vemos, no es clara. No se podía, dice Taylor, decir con claridad la razón de las acusaciones que eran, quizás, que Critias y Alcibíades (p. 95: “los dos hombres que más hicieron por arruinar a su ciudad nativa”) fueron sus amigos y aprendieron en sus discursos lo que después sirvió (p. 94) “para sus propios fines”.
     No se pudo probar que tuvo alumnos o escuela, porque no cobraba (ironizó ante Anito, su contrincante en el juicio, sobre el particular) y lo de no rendir culto suena a endeble pretexto.
     La cicuta que le fue dada para su muerte, y que él tomó por propia mano, es una droga que (p. 105) “obraba por enfriamiento, avanzando hacia arriba desde los pies, y la muerte, acompañada por un espasmo, se producía al afectarse el corazón”. En Borges oral, dice Borges (Bruguera, 1979:40): “La muerte azul le va subiendo por los pies”. Murió, sin aspavientos, rodeado de sus amigos, salvo Platón.
     Su mejor discípulo no estuvo en su muerte, dice Borges, porque cuando se refirió a ello, en tercera persona, escribió (p. 31) “la frase más conmovedora que Platón escribió en su vida, señalada por Max Brod: Platón, creo, estaba enfermo”.
     [En Los filósofos griegos de Tales a Aristóteles (FCE, 1953), de W. K. C. Guthrie, dice (p. 82): “Sócrates replicó que durante toda su vida había gozado de los beneficios que las leyes de Atenas concedían a los ciudadanos, y ahora que esas mismas leyes juzgaban conveniente que muriese, sería injusto y desagradecido si eludiese su aplicación. Por otra parte, ¿quién podía asegurarle que no iba a entrar en una existencia mejor que la que hasta entonces había conocido? Y, con la mayor serenidad de ánimo, bebió la cicuta en el año 399 a. c., a la edad de setenta”.]
     A Sócrates, los políticos reinantes (p. 107) “deseaban echarlo de Atenas. Pero no había deseo alguno de quitarle la vida […] Un cuarenta y cinco por ciento de sus jueces estuvo por la absolución”.
     Hubiera sido absurdo acusarlo de lo que realmente era el problema para el Estado:  ser inteligente y culto, porque esas características siempre han puesto nerviosos a los gobernantes cuando no las pueden poner de su lado con prebendas, con premios o, en la modernidad, con becas. 
     A Joseph Goebbels, propagandista de Hitler, se le atribuye la frase “Cuando escucho la palabra cultura saco la pistola”. Los griegos la inventaron, parece, con otra variante: “Cuando escucho la palabra inteligencia saco el veneno”. 
 
   

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Fotografía: Mario Robles

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com