Voces ensortijadas 37

Los paisajes sonoros en lo cotidiano

Por María Gabriela López Suárez

El movimiento de las hojas meciéndose al ritmo al que caía la llovizna arrulló el sueño de Violeta esa noche. En algún momento de la madrugada despertó, no supo el motivo, se quedó atenta, ya no escuchaba la lluvia. ¿Acaso había cesado? Se sintió extraña de no escuchar ningún sonido, ni siquiera el de sus perritas que solían hacer sus rondas nocturnas afuera de casa. Por instantes, entre el aturdimiento del despertar repentino y el silencio que percibía pasó por su mente que quizá había perdido el sentido del oído. A lo lejos, muy lejos, le pareció escuchar los ladridos de los perros vecinos. Eso se convirtió en su nuevo arrullo y la mente dejó de preocuparse.

A la mañana siguiente estaban ahí el trinar de los pájaros, el rasguño de las perritas en la puerta en señal de pedir el desayuno. Violeta amaneció contenta, podía escuchar los distintos sonidos. Mientras daba de comer a las perritas se percató que aunque el cielo estaba nublado, se comenzaba a asomar  el sol en alguna parte. Ese rayito de luz era un gran regalo. Escucho el silbido del viento, al instante que sus pasos iban creando sonidos al entrar en contacto  con el lodo del patio, la lluvia por más de dos días había dejado sus huellas de manera contundente. 

Violeta fue poniendo especial atención a cada ruido que escuchaba, el camión repartidor del gas no descansaba ni en fines de semana. Los cantos de los pájaros le parecieron como una interpretación de improviso donde se encuentran los artistas  y  deciden hacer un palomazo. Cada entonación era bella, de vez en cuando se unían los cantos de los gallos.

El frío de la mañana le hizo apetecer un ponche de frutas, así que comenzó a prepararlo. El sonido del cuchillo cortando las manzanas, guayabas y jengibre, también estuvo en su atención. Puso a hervir la bebida y recordó que la jarra cambiaba de tono cuando ponía a preparar el café. Mientras estaba en esa reflexión escucho las pisadas de Manchas y Gringa, se hacían presentes dejando huellitas de lodo en la sala, entraban   y salían.

Mientras limpiaba las huellas, Violeta seguía atendiendo a los sonidos, el agua, el trapeador al limpiar el piso, al exprimirlo. Su sentido del olfato le recordó que había puesto a hervir ponche.  Se lavó las manos, se sirvió ponche, el sonido de verter la bebida en la taza y revolver la fruta le recordaron lo que su amigo Pepe le había comentado sobre la radio. La radio tiene elementos básicos, voz, música y efectos y el silencio también juega un papel esencial. Los paisajes sonoros en lo cotidiano eran una especie de inspiraciones para la radio, pensó en las radionovelas o en los radiocuentos. Se sintió muy afortunada de poder escuchar todos esos paisajes sonoros en su día a día. Comenzó a beber su ponche, le había quedado muy rico. Volvió la vista a la sala, de nueva cuenta tendría que hacer aseo, las huellas decorativas habían regresado.





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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.