Voces ensortijadas 32

Sentirse lacia

Por María Gabriela López Suárez

El despertador sonó a las 7 de la mañana. Margarita decidió quedarse en cama un ratito más, era domingo y había tenido una semana intensa. Apenas empezaba a soñar cuando escuchó rascar la puerta,  era su perrita Canica, ella no perdonaba la hora del desayuno.

Se levantó, saludó a Canica quien respondió los buenos días aventándose sobre ella y moviendo la cola. Le dio su alimento y se fue a la cocina a preparar un té verde. Abrió la ventana y sintió los rayos del sol que se filtraban entre las ramas de los árboles del patio, acariciándole los ojos, era una luz brillante y a la vez suave. La noche anterior había llovido, aún estaban los charcos y el olor a naturaleza viva. Respiró profundamente y mientras sostenía la taza con té siguió sintiendo cómo la luz del amanecer penetraba suavemente sobre su su rostro. Agradeció la vida y se sintió nuevamente con energía para seguir en su travesía.

La semana se le había pasado volando, entre emociones y estrés. Al llegar la noche del sábado Margarita se sintió lacia, lacia. Recordó la primera vez que escuchó esa frase, en aquella clase en la universidad cuando su maestra de Literatura mexicana la dijo en un ejemplo: ¡Me siento lacia, lacia! Margarita no comprendió el significado, la maestra lo explicó pero, hasta ese momento, no había caído en la importancia de sentirse así.

Fue hasta el sábado cuando se le vino a la mente el término, al no saber qué adjetivo usar para expresar su sentir. Estaba decaída y lo que le seguía. En la noche se quedó contemplando el fuego de la vela que encendió, para aromatizar su habitación con un incienso. El fuego sagrado,  el abuelito fuego, como le llamaban en algunos rituales, hizo fijar su atención en la llama que era intensa y se mantuvo sin movimiento, eso le confortó un poco. Un cúmulo de pensamientos fueron asomándose, paso a paso, a su mente. Demasiado ruido en su interior ante el impávido abuelito fuego que la observaba. Decidió irse a descansar, con la esperanza de un nuevo día.

Su sueño estuvo lleno de aventuras, caminó mucho, recorrió rutas y calles nuevas, se halló personas conocidas y muy queridas. Su niña interior se hizo presente y por instantes se sintió como en un cuento. El amanecer del domingo, entre el cariño de Canica y los regalos de la mañana, hicieron que en su rostro se dibujara nuevamente una sonrisa. Largo camino había por andar. Era importante darse el espacio para sentirse lacia, era como hacer una pausa en la ruta de la vida. El secreto estaba en no estancarse en ese sentir sino continuar. Prendió la radio, que los ríos te sean propicios, que corran para el lado que quieras navegar, que las nubes cubran el sol cuando estés en el desierto, que nunca te falte el fuego, que nunca te falte el agua, que nunca te falte el amor…la canción bendición de dragón estaba al aire.





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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.