Polvo del camino/ 32

Tres mujeres
(Cuento)

Héctor Cortés Mandujano

Si logro lo que busco, ¿qué obtendré?

Un sueño, un soplo, un borbotón de dicha.

¿Quién compra un día alegre y llora un mes,

o cambia eternidad por chucherías?

Shakespeare, en La violación de Lucrecia
 

No tenía muchas ganas de verla, pero ella me insistió en que fuera a la universidad a buscarla, porque quería contarme algo importante. 
          La entrada al campus supuso responder a una lista de preguntas, firmar un documento y dejar una identificación oficial.
          Llegué en un receso, supongo, porque los jóvenes se arracimaban en distintas ocupaciones (aunque algún solitario leía sin ver a nadie, una muchacha parecía meditar sentada sobre el pasto). La mayoría era de raza blanca, blanquísima, como si hubieran sido escogidos para un proyecto racista.
          No quedamos de vernos en ningún lugar especial; nos encontramos sin mostrar sorpresa en uno de los pasillos.
          —Hola.
          —Hola.
          —¿Tienes mucha prisa?
          —Depende –le dije–, ¿estás muy ocupada?
          —No, debo hablar con dos o tres personas. Creo que me basta media hora, ¿podrías esperarme en la cafetería?
 
2
 
La esperé leyendo un tratado sobre los encefalogramas, un asunto que me interesa mucho desde la operación de la abuela. Fue más o menos puntual en su llegada.
          —¿Nos vamos?
          —¿Adónde? Es un engorro entrar. Supuse que me citabas aquí, porque aquí platicaríamos. 
          —No. De hecho, no traigo coche. Nos iremos en el tuyo. Si quieres manejo yo, para no darte indicaciones de nuestro punto final.
          —Como quieras –le dije y le extendí las llaves.
 
3
 
Me llevó a un motel; lo que quería decir y hacer era obvio.
          No quise decirle que no quería involucrarme con la prima de mi ex; no me dio tiempo. Ya estaba desnuda y me desnudaba, besándome con una pasión que no le hubiera imaginado. Cuando estaba a punto del clímax, algo me hizo darme cuenta de que aquello era un sueño.
          Abrí los ojos y mi realidad era peor. Sara, una de mis mejores amigas, casi mi hermana, era quien estaba conmigo, en mi cuarto. Destapaba la bolsa de un condón.
          ¿Cómo llegamos a esto? Tal vez platicábamos y me dormí, como suelo hacerlo, como el narcoléptico contumaz que soy, y la acaricié mientras pensaba hacerlo con la mujer del sueño. Y una cosa llevó a la otra. 
          La vi tan concentrada, mientras me ponía la bolsa elástica, que no quise interrumpirla. Se me montó y me sentí con la culpa anticipada de haber quebrantado algo sagrado, nuestra amistad, por un momento de placer que podía encontrar con cualquier otra.
          Vi su gesto pícaro y me dejé llevar.
          Sin embargo, algo raro había en la escena.
 
4
 
Abrí los ojos y noté el rostro de mi mujer encima del mío, viéndome con curiosidad.
          Estaba amaneciendo.
          —Te desperté porque oí tu respiración agitada y hacías unos gestos extraños, ¿tuviste un mal sueño?
          —No uno –le dije–: dos.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: HCM.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com