Polvo del camino/ 28

La palabra aguda es grave/III
(Y el diente de oro vuelve a brillar)

Héctor Cortés Mandujano

 

Nada tan fácilmente controlable (antes de las redes sociales) que la música popular. Por un lado, el gobierno, a través de una de sus secretarías, podía impedir que una canción no se reprodujera; por el otro, lo hacían las propias compañías de grabación que no querían perder dinero sacando una canción inapropiada.
            [Es paradigmático el cambio que, por presiones de la Benemérita Liga de la Decencia –que existió, no es un chiste–, se hizo a la letra de una canción de Agustín Lara: “Aunque no quiera Dios, lo quieres tú, lo quiero yo”, decía. ¡¿Qué!? Imposible, no se puede pasar por encima de la voluntad de Dios. La canción, por eso, dice ahora: “Aunque no quieras tú, ni quiera yo, lo quiere Dios”. Rodrigo de la Cadena comentó en Noche, boleros y son, en Canal Once, algo que había olvidado: José Antonio Méndez escribió en “La gloria eres tú”: “Dios dice que la gloria está en el cielo, que es de los mortales el consuelo al morir. Desdigo a Dios, porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo tisú, si alma mía: la gloria eres tú”. Oh, nadie puede desdecir a Dios y entonces la palabra cambió por Bendigo a Dios o Bendito Dios, aunque ambas hagan ilógica la idea original.]
            Por otra parte, la música se oía sólo en la radio, luego en los tocadiscos, después en la televisión (mi trazo histórico es de anchos brochazos), y se necesitaba que tuviera un máximo de minutos: cualquiera que se pasara de los tres, ya tenía problemas para reproducirse.
            Estaba, además, el asunto de los temas, que podrían reducirse a muy pocos: 1). Yo te amo-te amé-te amaré y tú me amas-me amaste-me amarás, donde cabe la mayoría de las canciones que reproducía la radio; 2). Yo te amo y tú no, y su reverso: tú me amas y yo no (me engañaste, me dejaste, te dejé por otra, etcétera): si un extraterrestre hubiera llegado a la tierra y hubiera decidido conocer a los terrícolas por sus canciones, se había encontrado que todo se refería al amor y al desamor; 3). Temas locales (“Qué bonito es Chihuahua”), 4). Nacionalistas (“Yo soy mexicano”, “México lindo y querido”) 5). Generales (“Madrigal”, “La feria de las flores”) y 6). Música para fiestas, que podía decir más o menos lo que fuera, pero no lógico ni serio (“El bobo de la yuca”, “La múcura”, “La pollera colorá”). Mis ejemplos son, obvio, de los años 40, 50, 60, los tiempos donde la radio era la reina.
            En términos de libertad expresiva, la televisión no hizo ni un mínimo cambio: el gobierno era el que mandaba y se buscaba “decencia”; más libertad había en el cine y el teatro, pero esos son otros rumbos.
            Dice Pável Granados, en Apague la luz… y escuche (Biblioteca del ISSSTE, 1999:73) que “la XEX comienza su admirable labor vetando algunas canciones pecaminosas”, entre ellas “Aventurera”, “Juan Charrasqueado”, “Pecadora”… pero “dicen que los compositores se ponían felices cuando les prohibían sus canciones, porque entonces se volvían éxitos seguros”.
            Pero las canciones entraban (entran) al cerebro y al corazón de los oyentes. Dice José Joaquín Blanco, en Crónica de la literatura reciente en México (1950-1980), editada por el INAH, en 1982, que fueron las “canciones de la radio, las exageraciones cachondas, sensibleras o claramente masturbatorias que hicieron de los autores de letras radiales, y hasta de las cantantes, la verdadera voz lírica”, en letras y voces de “José Alfredo Jiménez, Julio Jaramillo, Lolita de la Colina, Juan Gabriel, Rigo Tovar, Lucha Villa, Armando Manzanero, Gabriel Ruiz, Angélica María, José José, etcétera”.
            En una entrevista que hice a Armando Jiménez (en el desaparecido semanario Este Sur, hace años), autor de la célebre Picardía mexicana y cuya firma era un gallito inglés al que, como dice el versito sicalíptico, si “le quitas el pico y los pies”, es básicamente un falo erecto, la salida de su libro, en 1960, que ponía en letras de imprenta todas las groserías que los hombres escriben en el baño, fue el canto de cisne de la Liga de la Decencia. Si le creemos, a partir de allí se pudo decir casi lo que fuera en las canciones que se oían por la radio en forma de sugerencias: “¿Quieres ser mi amante?” (1974), de Camilo Sesto, o explícitamente: “Hoy tengo ganas de ti” (1976), de Miguel Gallardo, y “I Feel Love” (1977), de Donna Summer, que hace gráfica la posesión erótica mientras dice, en inglés: “Oh, es tan bueno, el cielo sabe, siento el amor”.
            Rotas las prohibiciones acerca del sexo y las groserías dichas con todas sus letras, quedaba por romper la más difícil, porque iba en contra directamente de los anuncios, es decir, del negocio: la duración de la pieza. Y aquí no hubo ninguna canción desafiante hasta que llegó una que rompió todos los esquemas que la radio y la televisión cuidaban con escrúpulo (lo importante en las programaciones eran los comerciales), porque duraba no los tres minutos consabidos, sino ¡7 minutos, 26 segundos!
            [Hay piezas, de blues y jazz fundamentalmente, que rebasaban los diez minutos, incluso: pero no las programaban en las radios comerciales ni tocaban en programas de televisión la versión completa.]
            La canción se llama “Pedro Navaja”, del álbum Siembra, de 1978. Rubén Blades, su compositor e intérprete, es un hombre al que se le notan las lecturas: la canción está inspirada en “Mack The Knife”, escrita por Bertolt Brecht para La ópera de los tres centavos (que grabó después Louis Armstrong, y que Blades canta a veces en vivo como preámbulo a su “Pedro…”); en la línea final de “Pedro Navaja”(antes del locutor que da el parte policiaco) dice Blades: “Como en una novela de Kafka, el borracho dobló por el callejón”.           
            En 1987, Blades grabó con la agrupación Seis del solar el álbum Agua de luna, cuyas canciones están inspiradas en cuentos de Gabriel García Márquez. El título más evidente es “Ojos de perro azul”, porque es el nombre de uno de los libros del Nobel de Literatura, pero si se las oyen y se conoce la obra de GGM es muy fácil relacionarlas. En el coro de “Isabel” dice “llueve en Macondo, relámpago, limpia un dolor ancestral”, que es casi el título del escritor colombiano: “Isabel viendo llover en Macondo” incluido, justamente, en su colección de cuentos Ojos de perro azul.
            García Márquez dijo, como un cumplido al músico, que nada le hubiera gustado más en el mundo que escribir “la historia hermosa y terrible de Pedro Navaja” (El País, 1 de diciembre de 1982). Y no hubo mejor piropo.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: HCM.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com