Voces ensortijadas. 18. Nutrir el alma. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 18

Nutrir el alma

María Gabriela López Suárez

Josefina estaba terminando de cepillarse los dientes cuando escuchó  el claxon, era el colectivo de don Genaro que había llegado para llevarla al trabajo. Se apresuró a ver el reloj, eran las 7:20 de la mañana. –¿Y ahora qué le habrá pasado? Vino 20 minutos antes, sin avisar. ¡Ay, no! –Dijo en tono desesperado.

Tomó su bolsa, jaló su refrigerio. Salió corriendo, no sin antes cerciorarse de cerrar bien la puerta.

Subió al carro y saludó a don Genaro. El conductor explicó a Josefina que había llegado antes porque había un retén en el camino que siempre tomaban. Ahora necesitaba recorrer otro tramo y le llevaría unos minutos más.

–¡Muy bien! Gracias por preverlo don Genaro, usted siempre tan cuidadoso –señaló. Por dentro su corazón aún estaba agitado por la prisa de los últimos minutos.

Revisó el reloj nuevamente, 7:27, faltaba un rato para llegar al rumbo donde vivían Corina y Mateo, sus colegas del trabajo. Josefina era quien vivía más lejos, fuera de la ciudad. Por eso pasaban primero por ella. Pensó que aún le daba tiempo para dormitar unos minutos. Se dio cuenta que no podría, don Genaro iba escuchando música y tarareando alegremente la canción Buenos días señor sol, del cantante Juan Gabriel. 

En realidad la canción no le disgustaba a Josefina, por el contrario, el ritmo le fue contagiando y decidió observar el paisaje,  era un rumbo que no conocía. Se percató que aún llevaba entre las manos la bolsa del refrigerio. No recordaba qué se había preparado para comer ese día. Con la actitud de niña curiosa revisó rápidamente, granola, fruta picada, panecillos de cacao que le habían quedado de la cena y su bote con agua. Nada mal para amortiguar el hambre y también, son cosas nutritivas, pensó.

 Volvió la vista al paisaje, el sol comenzaba a asomarse detrás de  las montañas,  lo nutritivo quedó resonando en su mente. ¿Y qué hay de nutrir el alma? Alguna ocasión se lo había preguntado,  últimamente lo tenía en el olvido.  Estuvo a punto de preguntar a don Genaro qué pensaba de nutrir el alma,  pero él seguía cantando,  ahora le hacía coro a Joaquín Sabina. 

Así que Josefina empezó a tener un diálogo interno. ¿Para qué nutrir el alma? Para estimular el caminar cotidiano, ése lleno de vicisitudes, de ires y venires, de alegrías y tristezas, para continuar con nuevos bríos después de tropezar o caer. ¿Qué nutre mi alma? Con la vista puesta en los árboles floreciendo en primavera fue respondiéndose, estar en contacto con la naturaleza, amar a mi familia, mi pareja, mis amistades, enlodarme las manos mientras remuevo la tierra para apapachar las flores, viajar en autobús y a través de la literatura, cocinar para compartir, oler flores, guardar pétalos y hojas en la mitad de los libros, respirar conscientemente, escuchar anécdotas de mis ancestros y mi pueblo, hacer las libretas con hojas recicladas que me pide Corina y su hijo Joshua…

–Lic. Jose, ¿le molesta el volumen de la música? Hasta ahora me di cuenta que no le pregunté y nomás me puse a cantar –comentó don Genaro.

–Para nada don Genaro, hay que empezar alegres el día. Sabe, cantar es una manera de nutrir el alma. ¡Mire qué rápido llegamos! Ahí están ya en la puerta Corina y Mateo saludando con su mano, listos  para ir al trabajo –dijo entusiasta Josefina, mientras agitaba la mano afuera de la ventana respondiendo al saludo.

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Fotografía:  Aldo Picaso 

Voces ensortijadas. 17. Una pausa en primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 17

Una pausa en primavera

María Gabriela López Suárez

Era domingo de convivencia familiar, Tabita había regresado de comprar lo que faltaba para el platillo de ese día. Mientras Meriem, su hermana mayor y Felipe, su sobrino, preparaban la comida, ella fue a abrir el portón de la casa. No tardaban en llegar la tía Clara y su familia.

Ataviada con una blusa color naranja, pantalón de mezclilla deslavada y sus tenis fue atravesando el camino que conducía al portón. El azul cielo de ese día le daba un toque especial al paisaje, mientras avanzaba observó que tenía el regalo de andar entre árboles de flores de mayo y bugambilias de colores que rodeaban el camino. Lucían espléndidas en primavera.

Llegó a la entrada, quitó el cerrojo y decidió quedarse ahí a esperar a la familia. Seguro no demoraban. Buscó un espacio y se acomodó bajó un árbol de flor de mayo, había sombra y se percibía el airecillo  matutino, además del aroma de las flores y una linda vista del paisaje.

Se percató que las flores que habían caído decoraban el piso como una especie de alfombras matizadas. Tomó algunas piedras y les comenzó a buscar formas. Recordó que de niña le gustaba hacer eso. Escuchó el trinar de los pájaros; el canto de las chicharras se volvía intermitente. Este último indicaba que el calor estaba aumentando. Nunca había visto una chicharra pero le impresionaba la potencia del sonido que emitían, iba de menor a mayor volumen y hacían pausas.

Siguió buscando qué otros elementos la acompañaban, encontró mariposas que revoloteaban de vez en cuando. El cerro que estaba frente a la casa era un vecino impresionante. Él era el principal testigo de la puesta del sol cada atardecer. Para Tabita ese cerro era el gran afortunado de terminar de ver el sol cuando se ocultaba. 

Bajó la vista y frente a ella vio pasar algunas hormigas que llevaban cargando hojas secas, siempre le llamaba la atención la organización que tenían. Iban en fila, con un ritmo incesante. Estaba ensimismada tratando de descubrir a dónde se dirigían cuando,  a lo lejos, escuchó el ruido de un coche. Era un sonido conocido. Se levantó, abrió el portón y vio que era la tía Clara y compañía. Les saludo moviendo la mano derecha, al tiempo que se quedaba pensando qué rápido había pasado el tiempo. Siempre era necesario hacer una pausa en primavera para admirar los paisajes naturales y agradecer la vida.

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Fotografía:   Streetwindy

Voces ensortijadas. 16. Los susurros en la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 16

Los susurros en la noche

María Gabriela López Suárez

Quizá les haya sucedido, a veces una no presta tanta atención a lo que nos rodea, por ejemplo, a los momentos que tiene el día. Me refiero a lo que va caracterizando  el amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la madrugada. Si nos detenemos a contemplar el cielo, hallaremos rasgos particulares, y también en todo el ambiente que nos rodea. Me he percatado que, normalmente, los gallos comienzan a cantar a eso de las seis de la mañana. Las aves trinan casi a esa hora. Y también es agradable escuchar las parvadas de loros por las mañanas o las tardes, cuando se acerca la puesta del sol. La algarabía de los loros es inmensa en ambos momentos.

La gente que ha crecido en el campo sabe distinguir la hora con ver la posición que tiene el sol. También es asombroso cuando al echar un vistazo al cielo saben si hará calor, si es segura o no la lluvia y si habrá frío o mal tiempo, como suelen decir.

Las tardes también tienen su encanto, las puestas de sol son un deleite. En cada espacio donde estemos tiene su elemento a destacar, aún cuando sean días de lluvia. Y qué decir de la noche, tiene magia que vale la pena descubrir, en algunos espacios urbanos aún se tiene la fortuna de escuchar el canto de los grillos, o en época de lluvias el croar de los sapos. 

Sin embargo, estar en el campo o en la selva, alejado de los ruidos propios de espacios citadinos, hace que nuestros oídos puedan disfrutar o conocer otros paisajes sonoros y nuestras pupilas contemplen  el cielo estrellado, o una noche llena de relámpagos después de la lluvia.

Entre los susurros en la noche además de los grillos, está el ladrido de los perros que toma cierto ritmo primero ladra uno, dos, luego más adelante se escuchan más. El sonido del viento crea atmósferas que  dan efectos diversos, es una especie de silbido agudo que luego si se presta atención va cargado de mensajes, sumado a el movimiento de los árboles que se mecen a su compás. Los patos suelen ser animales nocturnos que no cesan de caminar y el crash crash de su paso sobre las hojas de los árboles puede hacernos pensar que hay alguien ahí deambulando en la noche. Y sí en efecto, son ellos que de vez en cuando aletean y emiten un sonido particular. 

La noche tiene silencios que sumados a los susurros le dan un encanto especial. Esos sonidos que nos permiten descubrir lo bello de la naturaleza.

Cada que tengan oportunidad les invito a prestar atención e identificar qué les susurra la noche.

Fotografía:  Pixabay.

Voces ensortijadas. 15. Historias cotidianas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 15

Historias cotidianas

María Gabriela López Suárez

Leonor revisó la alacena, el refrigerador y comenzó a tomar nota de lo que faltaba en la despensa. También se habían terminado algunas cosas para hacer limpieza. Escribió en un post un mensaje para Patricio, Hijo, regreso al rato, voy  a comprar la despensa. Adentro del refrigerador hay licuado. Besos. Dejó el letrero sobre el comedor.

Con la cuarentena a Patricio y a ella les había cambiado el reloj biológico, más a él, aprovechando que no iba a la primaria se dormía profundamente hasta después de las 9  de la mañana. Leonor, trabajaba en línea, desde casa, en diferentes horarios del día.  

Hizo su ritual para salir, se colocó playera, pants, tenis, gorra, lentes para sol, cubrebocas. Dejó el gel antibacterial cerca de la entrada y salió al mercado. En las últimas semanas sus compras las hacía ahí, era importante apoyar la economía local. 

Observó las calles, había pocos autos. Las personas que transitaban no todas iban con cubrebocas, ni todas mantenían la sana distancia.  Iba algo apresurada. En su paso vio a una vecina del barrio, de avanzada edad caminando con dificultad, tratando de sostenerse de su bastón y la pared. Pasó a su lado pensando qué complicado sería para la señora enferma andar saliendo por el mandado, además se dio cuenta que no llevaba cubrebocas. La vecina hizo una pausa y Leonor también. Decidió regresar y preguntarle si le podía apoyar en algo. Por su mente pasó lo de sana distancia, sin embargo, era importante  ayudar a la señora. 

La vecina no reconoció a Leonor,  y menos como iba vestida, pero sintió confianza, le tomó la mano  y se fue apoyando en ella para caminar. Al principio, a Leonor, le costó seguir el paso de la señora, mientras cruzaban la calle y avanzaban se fue acoplando a él. La llevaba a una caseta telefónica. Fueron conversando. El rostro apacible y la voz tranquila de la vecina le hizo parecer a Leonor como si hubieran platicado desde siempre. En realidad, era la primera vez que lo hacían, había visto a la señora muchas veces en las actividades de la iglesia a la que ambas asistían, solo habían intercambiado miradas y saludos. Tenía rato de no verla, ahora la salud de su vecina estaba muy deteriorada.

Llegaron a la caseta, Leonor la ayudó a subir un escalón y a sentarse mientras la señora daba el número telefónico a la empleada. Se despidió de ella y siguió su recorrido. Su mente y su corazón iban con un mar de sentimientos. Se le hicieron varios nudos en la garganta, pensó en tantas personas mayores que estaban solas. El rostro de agradecimiento de la vecina se le vino a la mente. Siguió su paso.

Cerca del mercado la sana distancia se había olvidado, mucha gente sin cubrebocas. Un auto se detuvo a mitad de calle ante un vendedor ambulante, a preguntar por unos tines. – Vaya ocurrencia- pensó Leonor. Más adelante en otro puesto se dejaba escuchar la canción Help, ayúdame, de Tony Ronald, pero en versión de música de banda. El calor estaba en su apogeo.

A la entrada del mercado había un señor colocando gel antibacterial a quienes ingresaban. Leonor sacó su lista, hizo su ruta, compró su despensa. Era una odisea salir de ahí, mucho comercio ambulante, parecía que la gente había olvidado la cuarentena. ¿Acaso era la quincena que había ocasionado tal aglomeración? La economía local estaba bastante precaria ante la contingencia sanitaria, la gente necesitaba vender, ése podría ser otro motivo. Buscó la acera menos congestionada, guardó distancia del señor que iba delante de ella, alcanzó a escuchar que hablaba por teléfono y con tono alto decía: ¡Aquí en el centro hay mucha gente! ¡Vinieras!

Al pasar por un puesto de tacos vio a una mesera y un mesero en la entrada, la chica con el cubrebocas en la garganta, como tomando un receso de él y el chico portándolo bien.  A donde quiera que volteara encontraba diferentes situaciones. Iba pensando, cuántas realidades en las historias cotidianas, ésas de a pie, y ahora en tiempos de cuidado de la salud afloraban más. Patricio vino a su mente, ojalá ya se hubiera levantado, eran casi las 12 del día.

Fotografía:  Anna Shvets .

Voces ensortijadas. 14. ¡Paletas, paletas! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 14

¡Paletas, paletas!

María Gabriela López Suárez

El calor en la temporada de abril era bastante seco, la lluvia no parecía querer asomarse. Eva y Julieta tenían muchas ganas de salir a comer helados a la plaza central de su ciudad. La cuarentena no se los permitía. No era fácil para Belén y Matías explicarles a sus hijas pequeñas que debían mantenerse en casa y esperar a que la contingencia sanitaria pasara. Hacían el intento por distraerlas, pero continuaban insistiendo.

A Belén se le ocurrió que jugaran a ir a la paletería, ante esa idea Julieta, la mayor de sus hijas, dijo,

—Pero juguemos de verdad. ¡Yo quiero comer paletas de hielo!

El rostro de Belén se puso rojo, mientras Matías sonreía disimuladamente. Acordaron que el juego sería una tarde de fin de semana. Matías se comprometió con Belén a que cuando fuera por la despensa, compraría frutas de temporada para que les hicieran a sus hijas las anheladas paletas. Y así fue, mangos, fresas, duraznos y moras fueron las frutas elegidas para preparar las paletas. No les dijeron nada a las niñas, sería su sorpresa.

El sábado por la tarde, mientras Julieta y Eva jugaba a armar rompecabezas, Belén y Matías prepararon las paletas, sin que ellas los vieran. Belén preguntó qué hora era, las 6 de la tarde le dijo Matías. Hora de tirar la basura, esta vez le tocaba a Belén esa tarea. Juntó las bolsas, se puso el cubrebocas y salió a la calle.

Aunque el sol comenzaba a ocultarse el calor era aún fuerte. Al llegar a la esquina se percató que las calles estaban desoladas. Mientras volteaba del otro lado, se dio cuenta que el único que iba a casi una cuadra de distancia de ella era un señor mayor empujando un carrito de  paletas de hielo. Un sombrero pequeño, como de palma, un pantalón color beige y una playera acompañaban la silueta y el andar cansado del vendedor.  Recordó que la mayor parte de quienes vendían paletas de hielo eran adultos mayores. En plena emergencia sanitaria seguro las ventas estaban muy bajas y ellos necesitaban el salario y tenían que vender. —De haber salido antes lo habría visto y comprado paletas para hacerle el gasto— pensó.

Regresó a la casa. Se lavó las manos, rocío su ropa y zapatos con gel antibacterial casero y fue a la cocina. Entusiasmado, Matías le mostró un letrero que había diseñado de manera creativa,  para jugar a la paletería con las niñas. Al observarlo Belén imaginó al señor paletero gritando: ¡Paletas, paletas! Y a mucha gente a su alrededor, comprándole para mitigar el calor de la temporada.

Fotografía:  Annelies Brouw.

Voces ensortijadas. 13. Gardenias, jazmines y sicqueté. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 13

Gardenias, jazmines y sicqueté

María Gabriela López Suárez

Eloísa había terminado de hacer sus compras en el mercado, la emergencia sanitaria hacía que algunas personas como ella realizaran sus actividades de manera rápida en la calle. En la medida de lo posible trataba de quedarse en casa, solamente salía para abastecer la despensa por varios días.  

Iba de regreso a casa cuando vio una señora que llevaba envueltas en papel periódico flores de coyol, propias de la temporada de Semana Santa. Las reconoció de inmediato, por la textura y también por el dulce aroma que estas flores desprendían. Pensó por un instante en comprar algunas para llevar y colocar en casa, buscó rápidamente con su vista y no halló.

Caminó unos pasos más y una deliciosa mezcla de aromas de flores hizo volver su vista, ahí estaba una señora y dos niñas vendiendo flores de jazmín, gardenias y collares de sicqueté. Eloísa había olvidado que era la temporada en que vendían las flores de sicqueté en forma de collares, así como las ensartas de flores de mayo. Aunque no vio estas últimas a la venta en el único puesto ambulante de flores.

No pudo resistir la tentación de comprar unos ramitos de gardenias, el aroma era tan agradable, que le hacía evocar la naturaleza,  la frescura del campo y le dio una sensación de alegría. También se animó a llevar  collares de sicqueté, estaban muy fresquitas, eso avivaba el color naranja y el tamaño pequeño  de sus flores.

Mientras le envolvían sus gardenias Eloísa observó a la señora vendedora y a sus niñas, tenían sus bandejas con flores, listas para partir por si las autoridades las llegaban a mover del lugar donde estaban vendiendo. Ninguna usaba cubrebocas. La vendedora pidió a una de las niñas, Lupita, que pusiera los collares de sicqueté en una bolsita. Lupita, una niña con no más de diez años, estaba ataviada con un pequeño mandil de cuadritos donde colocaba las monedas de las ventas, tenía una sonrisa que le transmitió alegría, paz y entusiasmo a Eloísa, quien les agradeció los productos y se fue.

Rumbo a casa vino a su mente la imagen de Lupita y su familia, sin duda, no podían hacer caso a la  petición de quedarse en casa, eso era un lujo. Y aunque quizá sabían que se exponían, necesitaban salir y vender para obtener ingresos, así como ellas, había muchas personas más. Agradeció la oportunidad de haber aportado al menos con un granito de arena en la economía de aquella familia.

Llegó a su domicilio, se lavó muy bien las manos, dejó las bolsas con el mandado y fue a colocar las flores de gardenias en un jarrón. Los collares de sicqueté los puso alrededor del jarrón y cerró los ojos para percibir de nueva cuenta el aroma de gardenias, jazmines y sicqueté.  

Fotografía: Rk Preetham.

Voces ensortijadas. 12. El celofán color amarillo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 12

El celofán color amarillo

María Gabriela López Suárez

Era domingo de Pascua, Alba se había propuesto cocinar ejotes capeados rellenos de quesillo. Abrió el refrigerador, sacó los ejotes que previamente había lavado y se dispuso a cortarles las orillas (siguiendo la receta de su mamá). Al terminar recordó que no había sacado el quesillo. Buscó al interior del refrigerador y se dio cuenta que no había.  Sin embargo, al fondo vio un trozo cubierto con papel celofán amarillo que le salvó la comida, era queso crema.

Abrió el papel celofán, enseguida se topó con la capa de papel aluminio y después sacó el queso. No pudo evitar cortar una rebanada  y saborearla antes de iniciar la labor de cocinar. El queso crema era de sus favoritos. Observó la etiqueta, provenía del municipio de Ocozocoautla, mejor conocido por la población chiapaneca como Coita.

Comenzó a preparar los ejotes, la parte que menos le parecía divertida era cuando tenía que costurarlos  para evitar que el queso se saliera y el capeado quedara bien. En esa labor estaba cuando el papel celofán atrapó su atención. El color amarillo le traía muchos recuerdos.

Su memoria se remontó a la niñez, veía los quesos en casa, sus papás solían obsequiarlos a los familiares que les visitaban. Recordó las charlas que escuchaba, en ellas siempre mencionaban que los quesos chiapanecos eran deliciosos, por eso eran tan preciados por quienes los recibían. Había una diversidad de ellos, desde el queso fresco, el crema, el de doble crema, el quesillo, el que tenía verduras y chile, el queso asadero hasta el famoso queso bola. Entre los nombres de algunos municipios  donde los producían recordó  Cintalapa, Rayón, Pijijiapan, Villaflores, Villacorzo, Ocosingo, Ocozocoautla.

En su imaginario el celofán color amarillo con el que cubrían los quesos era representación de un sabor muy grato al paladar y un sabor para compartir con los seres queridos.

– Comprá el del papelito amarillo, del que viene de Pijijiapan, ése sale bueno – . Solía decir la tía Inés a doña Gloria, mamá de Alba, cuando ella le preguntaba qué queso le sugería comprar.

Alba se puso contenta de haber terminado de costurar los ejotes, capeó los huevos y bañó ahí cada montoncito de ejotes. Se dispuso a freírlos, los escurrió del aceite y luego los dejó cocinar en caldillo de tomate, agregó hierbas de olor para que la comida tomara sabor.

Mientras tapaba la olla y percibía el aroma de la comida se quedó pensando, cuántas historias tenían las cosas más comunes, como el celofán color amarillo.

Fotografía: Lukas.

Voces ensortijadas. 11. ¡Al agua patos! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 11

¡Al agua patos!

María Gabriela López Suárez

Enfrascada en el trabajo en línea que estaba haciendo desde casa Dinora no había reparado que el viento estaba soplando de manera distinta. Las gallinas, pollitos y patos estaban tranquilamente en el patio. Se asomó por instantes y percibió la sensación de frescura, como cuando se anuncia la lluvia. Alzó la vista al cielo, vio nubarrones grises. Ella quería aprovechar al máximo el tiempo, avanzar con las actividades que tenía pendientes. El ritmo de su cotidianidad había cambiado desde el inicio de la cuarentena por el Covid-19.  Así que regresó a lo suyo.

Se preguntaba si todas las personas que estaban trabajando desde sus hogares habían encontrado la forma de organizarse ante esta crisis de salud. Ahora entendía que no es lo mismo hacer algún pendiente laboral en casa que estar trabajando ahí de continuo.  De pronto sentía que la tarde ya había caído y ella seguía en el trabajo. Hacía sus espacios de receso, no precisamente para hacer lo que deseaba sino para atender tareas en casa. Recordó nuevamente que los roles de las mujeres eran distintos, siempre estaban ocupadas en algo que hacer.

Sin embargo, no todo era tan angustiante, valoraba mucho su trabajo, se sentía afortunada y bendecida de poder estar en casa con sus familiares, haciendo caso a la frase más recomendada de esos días: Quédate en casa.

La parte que más le causaba cierta incomodidad era a la hora de estar informándose por la televisión, en los diferentes noticieros y cadenas televisivas la información era similar. Seguían anuncios de prevención, entrevistas con especialistas en salud, eso era importante, pero también percibía que la sensación de infundir miedo no dejaba de estar presente. En otros espacios informativos, no precisamente noticiosos, hacían la recomendación de no consumir aquellos mensajes que infundieran el miedo, la preocupación, el pánico. Las personas especialistas en terapias de sanación sugerían mantenerse en alta vibración.

Seguía concentrada en la revisión de un presupuesto económico cuando escuchó que las gotas de agua caían fuertemente. Salió al patio y observó que las gallinas corrían a guarecerse, cuidando a sus polluelos. Los truenos comenzaron a escucharse fuertemente y de manera continua. La lluvia se intensificó en instantes.

Dinora dejó su trabajo para apreciar la lluvia, sintió el olor a tierra mojada. Se quedó pensando que un par de días antes había deseado que lloviera, los árboles lo necesitaban, los percibía tristes y la tierra estaba agrietada de tanta sequía. El llamado de su mamá la hizo volver al presente.

– ¡Dinora, ven, mira!- dijo doña Patricia.

-¡Qué bonito! ¡Al agua patos!- exclamó Dinora.

Ante ellas estaba un paisaje natural tan bello, además de la lluvia, mientras las gallinas y pollitos huían del agua, los patos disfrutaban al máximo la caída torrencial de agua. Se habían formado pequeños charcos que les servían de estanques para nadar. Y ahí estaba la comunidad de patos, sin dejar de zambullirse y aletear, se veían muy felices. 

Dinora agradeció desde su corazón la lluvia de esa tarde. Esos pequeños detalles eran regalos y el recordatorio que cada instante en la vida es importante. Que hacer las pausas necesarias permite darle sentido a la vida. 

Deseó que las personas que tenían la oportunidad de estar en casa por el Covid-19, además de cuidarse, pudieran encontrarle los lados lindos del permanecer sin salir. Para Dinora también era una oportunidad de volver la vista a su interior, de sentirse, reconocerse y amarse, para poder estar en armonía con los seres que la rodeaban.

Comenzó a oscurecer. La lluvia siguió y los patos continuaron disfrutando estar bajo el agua.

Fotografía: Nur Andi Ravsanjani Gusma.

Voces ensortijadas. 10. Puros cuentos los de José. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 10

Puros cuentos los de José

María Gabriela López Suárez

El calor se dejaba sentir desde la mañana, la primavera había llegado desde hace algunos días, el sol alumbraba con intensidad y el trinar de los pájaros era más alegre. 

Mónica tenía destinado el fin de semana para leer por placer, lo necesitaba, eso alimentaría su espíritu, ansioso de conocer otras historias. Tenía varios días que en casa solo estaban pendientes por lo que publicaban los medios  de comunicación sobre la pandemia del Covid-19, Coronavirus.

El viento comenzó a soplar sin que por eso disminuyera el calor, Mónica fue al estante de los libros, comenzó a buscar por títulos. Halló varios. Eligió uno de narrativa, de un autor paisano, chiapaneco, el maestro José Francisco Nigenda Pérez. El título de la obra Puros cuentos los de José, había sido editado por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. 

Se sintió atrapada por el texto desde el inicio al leer el mensaje del autor, “Representa la oportunidad de expresar evocación y sentimiento, una manera íntima de externar lo profundamente guardado en el corazón. Y es así porque cada suceso es real. Porque cada acontecimiento forma parte de mi vida personal. Porque cada línea me sigue produciendo felicidad o dolor. El título no es más que una manera de decir que los textos son cotidianos de una persona común y corriente, de vivencia  nada extraordinaria, de personajes como tú o yo, como cualquier persona que ha vivido a plenitud la vida, sin que esto signifique ausencia de dolor y de extravíos en las emociones del alma”.

Mónica buscó su rincón favorito para leer, se acomodó e inició la lectura de los cuentos. A medida que avanzaba fue sintiéndose identificada con algunos escenarios y personajes, recordó algunos sitios que había visitado desde niña, la calidez de la gente de la zona costa de Chiapas, su manera tan peculiar de hablar, las expresiones coloquiales. Vino a la mente una de sus tías que había vivido en Arriaga, la alegría que siempre tenía ella y sus amigas, acompañadas del sentido del humor tan característico de la gente de esa región chiapaneca.

Cada cuento estaba impregnado del sentir de experiencias personales del autor, encontró también historias que le hicieron varios nudos en la garganta; algunas más  exponían datos históricos, esos que hallan su riqueza cuando son compartidos a través de la literatura. La descripción y narrativa en cada cuento daba un toque peculiar a la obra,  invitaba a quien leía a situarse en las historias y espacios donde se vivían. 

Se sintió muy afortunada de saber leer y escribir, la lectura era una manera de adentrarse en conocer y reconocer historias, mundos, personajes, sentimientos, sueños, nostalgias, alegrías, tristezas. Indudablemente Puros cuentos los de José, había dejado en Mónica un grato sabor de boca.  La tarde se asomaba y el viento ahora se percibía con frescura, qué mejor regalo de fin de semana.

Fotografía: UNICACH.

Voces ensortijadas. 9. Té de limón. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Té de limón

María Gabriela López Suárez

La vista de Roberta estaba posada sobre las llamas de las quince veladoras blancas que hacían una especie de semicírculo, depositadas frente al féretro de su vecino. Alrededor había flores de distintos colores.

Se sentía perpleja, estaba consciente que la muerte era una etapa de la vida en toda persona. Sin embargo, esos instantes repentinos del fallecimiento de alguien cercano siempre le hacían recordar lo efímero de la vida terrenal y le traían de vuelta el ejercicio obligado de vivir al máximo cada instante.  Ejercicio que ella solía olvidar al entrar en el ajetreo cotidiano.

Esta ocasión no pensó en el dolor que siempre le asomaba ante la sola idea de imaginar a sus seres queridos en ese estado, esta vez pensó en cómo sería su funeral. En eso estaba cuando le ofrecieron té o café, aceptó el té, era de sus favoritos, de limón.

Mientras su vista permanecía frente a las veladoras, dio un sorbo al té y el sabor la hizo regresar a distintos momentos en su vida. El primero fue el de la infancia, en su casa el té de limón era conocido como té de zacate. Así le llamaba su familia. A ella le gustaba tomarlo con dulce, desde esa época le pareció un sabor tan agradable, suave, aromático, relajante.

Los momentos con sus abuelitos estaban también impregnados del sabor y olor del té de zacate, esos instantes tan cálidos con la familia, sentados alrededor  del fogón de la cocina eran acompañados de esta bebida con pan o tortillas hechas a mano.

La infusión era parte de los recuerdos que tenía de las salidas con sus amistades, cuando iban a acampar. No faltaban los termos con café y té de limón para la noche o por la mañana.

El sabor del té de zacate con canela lo había conocido gracias a su suegra, cuando le ofreció por vez primera esa mezcla de sabores que gustó a Roberta, endulzada ligeramente con miel de abeja.

Di otro sorbo a su bebida, no cabía duda que los sentidos del olfato y el gusto eran evocadores de memorias. El olor del té de limón la hizo regresar al presente, en ese instante comenzaría la oración en el funeral. Dejó su vaso en el piso y se dispuso a escuchar con atención, sin perder de vista los destellos de luz de las veladoras.

Fotografía: Sankalpa Joshi.