Polvo del camino. 286. Zona lacustre. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 286

Zona lacustre
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

Me entregarán el diploma que me acreditará como tenedor de libros, una profesión que, visto el estado de la sociedad, me servirá para maldita cosa. No importa. Tengo una herencia que me hace no necesitar un empleo y soy muy joven, 21 años, de modo que quizás en algún momento del futuro estudie algo más útil.
Nuestra casa de campo, que en realidad es simplemente nuestra casa, nos permite ir caminando hasta el colegio universitario donde estudié la aberración de la que seré ungido. “No es aberrante, dice mi mujer, porque puedes ser tu propio tenedor de libros”. Lo soy, lo he sido, parece que lo seré ahora en forma profesional.
Tenemos, mi mujer y yo, apenas un año de casados. No queremos tener hijos. Yo decidí ir vestido con una camisa negra de seda y unos pantalones elegantes; mi mujer optó por una batita con pedrería y unos zapatos de color crudo, de cuero de ternera.
Para llegar al instituto de estudios basta atravesar un pequeño cerro boscoso y lacustre. Las pozas, como ojos de la tierra, se suceden una tras otra. Caminamos, pues. Al llegar a la primera, mi mujer se saca por la cabeza la breve prenda de vestir –no trae ropa interior– y patea con maestría los zapatos que quedan listos, aunque inertes, para seguir caminando. Se arroja al agua.
Es menuda, musculosa (se la pasa en el gimnasio), tiene la piel blanquísima, el vello púbico rubio, cortado casi al ras, y parece danzar mientras nada, como si fuera un animal acuático. Me siento en una piedra a esperarla. Sale por la orilla contraria y me hace una seña, que entiendo: tomo su vestidito y sus zapatos, y voy tras ella. En su nalga izquierda no se ve el llamativo lunar que tiene en forma de corazón y parece extrañamente morena, como quemada de sol. Se lanza a la siguiente poza.
Decido caminar con lentitud, mientras ella gimotea de placer, como si el agua fuera un amante experimentado que la estuviera haciendo llegar al orgasmo. Me encanta este bosque tan lleno de sorpresas arbóreas y formaciones rocosas, que nos pertenece en exclusiva. Oigo el ruido de mi mujer, a mis espaldas, lanzándose en clavado a otra poza. No la volteo a ver.
Vuelvo la vista ahora. La mujer que nada tiene la piel negra y el cabello blanco. Es muy alta. Sale y viene hacia mí. Tiene afeitado completamente el pubis.
¿Nos vamos?
Camino con ella. Poco a poco se vuelve morena, menos alta y cambia el color de su cabello. Cuando llegamos al final del bosque, mi mujer ya es la de siempre y toma su vestido de mi hombro izquierdo y extiendo mi mano para darle sus zapatos. Se viste y calza; parece venir de un salón de belleza, de tan despampanante que la veo.
¿Y qué? ¿Cómo vamos a celebrar tu logro académico?
No sé –le digo.
¿Y si vamos juntos a la poza número siete? ¿No te gustaría hacerme el amor, como si fuéramos cocodrilos?
No es mala idea –le digo.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 285. Les toca a ustedes/ 1. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

        Polvo del camino/ 285

Les toca a ustedes/ 1
Héctor Cortés Mandujano

Durante los muchos años que tengo publicando, haciendo teatro, dando clases y conferencias, la gente me escribe, me comenta, me pregunta, me felicita, me dice. Yo leo, contesto y no guardo la correspondencia, se pierde más tarde o más temprano. Por prurito no la publico y en ocasiones me parece que debiera. Decidí hacerlo en este 2025, a partir del 19 de enero. Escojo lo que creo puede resultar interesante de lo que me mandan. Ustedes hablan aquí...

Enero 2025

Sobre “After”, Polvo del camino 261, escribe Leo Morales: “Excelente cuento, impecable”; Leonora Ventura: “Buenísimo tu encuentro con Pepe y Fredy”; Óscar Márquez: “Sencillito, cortito e inesperado. ¡Bravo, primo!”; Jaime Ruiz: “El final dos es: ‘Alcé mi copa y brindamos por los viejos tiempos. Quedé muerto de cansancio, demasiadas emociones. La Güera me despertó: ‘Mi vida, tus amigos ya se fueron, dejaron la puerta abierta. Los chuchos se salieron. Anda, ve a buscarlos’. Salí trastabillando. Encontré a los chuchos aullando, uno de ellos traía en el hocico un ejemplar del Este Sur’ ”.
Sobre “El eterno masculino”, Polvo del camino 262, dice Tania Corzo: “Buen análisis, no me había dado cuenta que dejaba tan mal parados a los hombres. El eterno masculino, dices bien”.
Sobre “De tormentos y falsos suicidios”, Casa de citas 726, escribió Tere Argueta: “Wow!, me encantó, pobres sacerdotes. Fíjate que ayer hablábamos sobre la leyenda del suicidio colectivo. Gracias”. Rocío Molina: “No sabía tantos detalles de la batalla en el Cañón del Sumidero, apenas lo poco que explican en la primaria. Una leyenda más, que sostiene una gran fiesta a través de los años”.
Sobre mi libro La orilla y la maldad. Historias de Cerro Hueco, me dice Damaris Disner: “Querido Héctor. Este libro hoy será detonante para escribir. Es un gran, gran libro. Gracias por tu humanidad”.

Febrero 2025

Sobre “Una mujer en la luna”, Polvo del camino 264, me escribe Valeria Trejo, de 17 años: “Qué curioso. Yo tengo un escrito que se llama ‘Un hombre en la luna’ ”. Me lo envía. Es éste: “Una noche leyendo poemas, leí uno que hablaba de un hombre divergente, castigado por pecador; inmediatamente pensé en aquel hombre en la luna con el que suelo soñar.
El Principito brincó planetas, pero yo brinco sueños y sueño con un anciano de capa azul y un bastón, que habita la luna; le pregunté por el conejo y me ha dicho que se marchó hace mucho tiempo, que lo único que hay ahí son él y las estrellas que a lo lejos acompañan su soledad inmensa.
“—¿Y usted quién es?
“—Soy la luna, contesta.
“—¿Es su hijo?, pregunto.
“—La luna no tiene hijos.
“—¿Y el conejo?
“—Se ha ido hace tiempo.
“—¿Está usted solo?
“—Nunca estoy solo con tantas estrellas.
“—¿Hay un hombre en el sol?
“—Hay muchas cosas en el sol.
“—¿Hay muchas cosas en la luna?
“—Hay un hombre en la luna.”
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 284. Los guerreros de la luna. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

        Polvo del camino/ 284

Los guerreros de la luna
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

El actor que iba a hacer el papel se enfermó, por eso me llamaron. La escena era simple: tenía que arengar a una compañía que iba enfrentar una batalla. Primero se oiría mi voz y luego me filmarían en un close up mientras los estimulaba verbalmente para que los soldados a mi cargo (en la ficción de la película) se entregaran sin temor a la pelea. La toma después se diversificaría en los muchos puntos de vista que la dirección decidiera.
Cuando llegué a la locación, estaban allí, silenciosos, los guerreros. Era de madrugada y la luna alumbraba el campo. El enfrentamiento sería en cuanto amaneciera. Hasta ese momento me di cuenta que lo de la película era una idea que yo me había hecho (suelo perderme en los laberintos de la imaginación, sin ningún esfuerzo), cuando en verdad yo era el capitán de los soldados y no había ningún proyecto de cine.
Adopté de todos modos un tono teatral/cinematográfico para hablar con ellos. La luna estaba en su esplendor, bellísima, y fue ella quien me inspiró. Dije:
—¡La luna nos alumbra, nos cobija, nos ama! ¡Su luz nos dará el poder para derrotar al enemigo! ¡Tenemos que tener la convicción de que llevamos la luna en nuestro corazón y de que ella es nuestra protectora, el escudo que ningún arma podrá horadar!
Me di cuenta que el astro al que aludía comenzó a moverse más rápidamente en el cielo. Hubo un silencio de mi parte. Los soldados parecían de piedra, bultos hermanados que hacían una figura extraña.
La luna se puso al final de la fila, frente a mí.
—¡La luna es nuestra y nosotros le pertenecemos: somos los guerreros de la luna!
El astro pareció escucharme y fue adelantándose, por encima de las cabezas de la compañía, con cierta lentitud. Cuando estaba a quizás tres metros de mí se convirtió en una pelota brillante que, de manera intempestiva, llegó hasta mi cuerpo, atravesó ropa, músculos, huesos y se me acomodó en el corazón, en una suerte de encogimiento y elongación, como duplicándolo.
Sentí ardor, dolor, quemazón, y tal vez fue eso lo que fue reflejando mi semblante; los soldados continuaron impertérritos, como si nada pasara. Mi luna-corazón pareció adaptarse a la sangre (que dejó de ser lava) y a las palpitaciones. Quedé desnudo de la parte donde había entrado y se notaba debajo de mi piel una luz flava.
Intenté hablar y no pude. Comencé a flotar: la luna me llevaba a su lugar en el cielo. Mientras ascendíamos noté que el astro que me ocupaba comenzaba a expandirse y a ser yo nomás su ocupante. No: uno de sus ocupantes.
Dentro del cuerpo lunar había una multitud: mujeres de distinta edad: jóvenes, niñas, viejas; hombres de varia laya. Cuando entré en contacto con algunos me percaté que habían entre ellos matrimonios, hijas, nietos, noviazgos, lo convencional del mundo; era obvio, también, que nadie pensaba que estaba viviendo dentro de la luna.
Fue entonces cuando recibí una llamada en la que me pedían hacer una escena, porque el actor contratado no llegaría. Mi trabajo consistiría en arengar a los guerreros de la luna…
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 283. El chompipe de la fiesta. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 283

El chompipe de la fiesta
Héctor Cortés Mandujano

Digna de ti y de tu senil puerilidad es esta estúpida manera de ver las cosas

Álvaro Mutis,
en “Antes de que cante el gallo”

Hace tiempo publiqué un Polvo del camino sobre “Boricua en la luna” y dije, citando un verso de Corretjer, “y el lechón que me desmienta”; un lector atento me desmintió: “El poema dice ‘echón’, no ‘lechón’ ”.
En otra de las canciones de Roy Brown (quien también musicalizó “Boricua…”) está el origen de mi equívoco. “La profecía de Urayoan” (1975) es un discurso en contra del poderoso; en algún momento dice Brown al político podrido “Viejo lechón”. Me gustó el insulto. Un hombre mayor que parece un marrano bebé.
Me encanta leer diccionarios y me hallé el Diccionario de la injuria (Editorial Losada, 2006), de los escritores argentinos Sergio Bufano y Jorge S. Perednik, quienes juntaron insultos de América Latina y España, cuyos comienzos (p. 9) “fueron respectivamente mentiroso y maldito, pronunciados por la serpiente contra Dios y por Dios contra la serpiente”.
El insulto, escriben (p. 15), “bien podría ser considerado un paso importante en la evolución de la humanidad, en tanto la violencia física es reemplazada por un ejercicio dialéctico de enfrentamiento”. Dejo con rapidez el prólogo para compartir contigo, lector, lectora, algunos insultos simpáticos.
“Aborto” (p. 29): “Persona que llama la atención por su extrema fealdad”. Es curioso que el nombre del primer hombre sobre la tierra sea injurioso (p. 33): “Adán se aplica al hombre descuidado en su arreglo personal”.
“Afrechudo” se usa en Argentina (el libro nos lo informa) y significa varias cosas (p. 35): “Urgido por mantener relaciones sexuales. Caliente. También, falta de higiene entre el prepucio y el glande”. Me encantó éste de Guatemala: “Aguacate” (p. 36): “Poco atrevido o arriesgado”.
“Andá a cagar”, en Argentina y Uruguay, supone variantes (p. 43): “Andá a la mierda; andá al demonio; andá al diablo; andá a freír papas; andá a lavar platos; andá a la concha de tu hermana; andá a la puta que te parió”.
“Arrechentida”, en Ecuador, es una (p. 50) “mujer que no llegó a tener un orgasmo”.
Qué divertido sería que me llamaran así, como en Ecuador, “Capitán Araña” (p. 94): “Persona que entusiasma a los demás con un propósito y luego se echa atrás”. También en Ecuador, que resultaron buenos para insultar, dicen “Cocadú” (p. 112): “Persona vaga e indolente. En alusión a que sólo come, caga y duerme”.
Rebuscado y bonito es éste de Guatemala (p. 133): “El chompipe de la fiesta. […] Persona a quien se echa la culpa cuando hay más de un responsable”. En México se le dice, muy elegantemente y se usa otro animal, “Chivo expiatorio”.
Eneas es el nombre del héroe de la Eneida, de Virgilio, y es, en Venezuela (p. 137), “una persona o cosa extremadamente desagradable” (no pongo más nombres, pero hay muchísimos que resultan ser insultos). “Está de tomate” se dice en Uruguay, a quien (p. 142) “está loco, que carece de razón”.
También en Uruguay se dice “Hachedepé” (iniciales de Hijo de puta) a quien es (p. 165) “malo, malintencionado. Persona despreciable”. En Perú le dicen Perro o Perra al (p. 232) “mal olor de pies”.
En Venezuela, es “Semáforo de media noche” (p. 258) “una persona fácil, que no la respeta nadie” y “Vagón de ferrocarril” es el (p. 273) “bisexual, trolo porque engancha por delante y por detrás”.
     
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 282. Cinco historias, 48 palabras. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.

Polvo del caminos 282

Cinco historias, 48 palabras
Héctor Cortés Mandujano

Hay muchas formas de escribir una oración. Decidí jugar con cinco maneras de hacerlo y usar las mismas 48 palabras para contar varias historias o una, con una quinteta de variantes. Aquí están. Se las dedico a mi mujer. Ella sabe por qué.


Ellos juegan ajedrez

Ella pide aprender. Él ofrece enseñar.
Se encuentran.
Frente al tablero, ella habla, pregunta, coquetea.
Intenta ella aprender el juego.
Ella toma su mano, él acerca su rostro.
Se besan. Son novios. Se casan.
Pasa el tiempo
Ella nada sabe de ajedrez.
Ni le interesa.

Ellos ajedrez juegan

Él ofrece enseñar. Ella pide aprender.
Se encuentran.
Ella coquetea, habla, pregunta, frente al tablero.
Intenta ella aprender el juego.
Él toma su mano, ella acerca su rostro.
Se cazan, se besan.
Pasa el tiempo.
Él nada sabe de ajedrez. Ni le interesa.
Son novios.

Juegan ajedrez ellos

Se encuentran.
Ella habla, pregunta; frente al tablero, coquetea.
Enseñar él ofrece. Intenta aprender ella el juego.
El tiempo pasa.
Se besan. Quiere aprender ella.
Él toma su mano, acerca su rostro ella.
Son novios.
Nada sabe de ajedrez él. Ni le interesa.
Se casan.

Juegan ellos ajedrez

Son novios.
Él toma su mano, acerca ella su rostro.
Se besan. Se casan. El tiempo pasa.
Él nada sabe de ajedrez. Ni le interesa.
Quiere aprender ella.

Se encuentran.
Él ofrece enseñar.
Ella coquetea frente al tablero; habla, pregunta.
Intenta aprender, ella, el juego.

Ajedros ezellga juen

Juego ella aprender intenta el.
Enseñar ofrece él. Encuentran se.
Ella aprender quiere.
Coquetea frente ella; habla, pregunta tablero al.
Toma mano su él; acerca ella rostro su.
Pasa tiempo el.
Ni interesa le. Ajedrez nada él de sabe.
Novios se. Casan se.
Besan son.
     
Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.
Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 281. El mar y la oscuridad. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 281

El mar y la oscuridad
Héctor Cortés Mandujano

El otoño recorre las islas (SEP-Era, 1985), de José Carlos Becerra, contiene todos los poemas que escribió este poeta tabasqueño antes del accidente que, en Brindisi, Italia, lo llevó a la muerte.
El libro agrega varios textos más. En uno de ellos, Becerra entrevista al gran Carlos Pellicer y éste le dice (p. 273): “El primer acontecimiento importante de mi vida fue cuando yo tenía cinco años: mi madre me llevó por primera vez al mar”.
Curiosamente, yo también fui con mi madre por primera vez al mar cuando tendría quizás seis años. No recuerdo los detalles de ese raro viaje que hicimos en un autobús donde iban (lo intuyo en realidad) padres y madres de familia, niñas y niños de mi escuela rural. No sé cuál fue la razón de ir al mar ni cómo mi mamá (que a veces tenía una timidez enfermiza, que yo aprendí y reproduje durante un tiempo) decidió ir conmigo.
Nunca he sido muy amiguero, de modo que no recuerdo a nadie de mi salón ni de mi escuela; a nadie del pueblo. Ni idea de quién y cómo era el chofer.
No hay en mi memoria nada del camino, ni siquiera de mi primer encuentro con aquel vasto universo líquido. Es curioso que incluso de mi mamá recuerde tan poco. ¿Cómo iba vestida, cómo era físicamente en ese entonces? En una clase de neurociencias, en la Universidad Veracruzana, nos pidieron que comentáramos algo de nuestra infancia que nos hubiera dado felicidad y sin pensarlo mucho yo recordé ese viaje y lo conté como algo fabuloso. Mi sorpresa fue que en cierto momento se me quebró la voz. Fue un instante. Me sonreí y seguí contando ya sin melodrama, divertido, porque de lo que se trataba era de recordar más bien las impresiones no los hechos.
Como suelo darle vueltas a mis emociones (y de eso iba el curso), me di cuenta de que ese fue el único viaje nuevo, largo, sorpresivo, al que fui a solas con mi madre. ¿Y por qué lo he olvidado casi todo? No sé.
Sin embargo, hay algo que se me quedó grabado y es lo que conté en nuestra sesión universitaria: mi mamá y yo íbamos caminando por la playa y de pronto, no sé quién fue el primero en hacerlo, hallamos una moneda, y luego otra y otra. Fue una sensación exultante. Hallar dinero tirado se me hacía como un cuento de Las mil y una noches que ya había empezado a leer o ya me habían contado.
Le pregunté algo así como:
—Mamá, ¿esto es un tesoro?
—Sí –me dijo–, aquí cerca se debe de haber hundido un barco y el mar está sacando el dinero que la gente llevaba.
—¿Y qué le pasó a la gente?
—Se ahogó.
No sé qué le hicimos a las monedas, en qué las gastamos. Tampoco sé cuánto tiempo estuvimos en el mar y a qué oscuridad se fueron los recuerdos que me trajo el recuerdo de Carlos Pellicer…
     
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

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Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 280. Margie Bermejo: Clavar los dientes. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

      Polvo del camino/ 280

Apuntes de oído/ 22

Margie Bermejo: Clavar los dientes
Héctor Cortés Mandujano

Los compositores son Arturo Márquez, ese gran músico, y la propia cantante Margie Bermejo. La canción es muy creativa en música y letra, y barre la idea de usar la palabra zorra como insulto a una mujer.
Margie Bermejo nació en Argentina, en 1953, y llegó muy pequeña a México, donde, de adolescente, fue corista de cantantes comerciales de éxito. Su primer disco, Las cosas sencillas, en 1979, la presentó como una mujer de ideas y búsquedas, que luego se movió hacia al jazz (Morir amando, La eterna desventura de vivir, Agua en la boca…). Su discografía tiene un cuidado repertorio y mucha gana y talento para explorar nuevas posibilidades del canto. En su exploración artística grabó incluso, con Dmitri Dudin, pianista y compositor de altos vuelos, una cantata (Ofrenda del tiempo) basada en “Piedra de sol”, de Octavio Paz.
“La zorra” (del álbum Mamacita del Mayab, 2000) inicia con un arreglo muy teatral, con la sabia mano de Márquez, como el presagio de algo que aparecerá pronto, hasta que se oye la voz ronca, temperamental, llena de matices de Margie Bermejo: “La ciudad nos aguarda, nuestros cuerpos están calientes, en el día se forma un calambre de impotencia; en las nubes, en el pavimento”.
Creo que la primera vez que oí esta canción -no estoy muy seguro, y ya no tengo el LP como para verificarlo- fue en otro álbum de Margie: Vox Urbi, de 1989, un buen bocado para la puesta en escena y el arte musical e interpretativo, porque la cantante también es actriz (estudió con José Luis Ibáñez y con Héctor Mendoza).
La primera parte de “La zorra” es hacia afuera, hacia el contexto: “la ciudad me enamora […] vidrios rotos, cabezas despeinadas, el filo del cuchillo, los viejos en las plazas”.
El arreglo maravilloso lo envuelve todo, con una tensión especial en el puente y es la voz de Margie quien de nuevo desliza sus palabras a nuestro oído y ya no habla de la ciudad de afuera, sino de lo que la puebla por dentro: “Amo ciertos silencios, a las moscas en la cocina, a los que llevan la botella en el bolsillo; los que hablan solos frente a un espejo, las mujeres que han vivido, que han vivido a piedra y agua. Amo a aquellas mujeres que aprenden con los dientes, la lengua, con los dedos y con los apetitos de la mente”.
Sin duda, la gran frase de esta canción viene casi al final y me parece una definición frontal y valiente: “Amo el ahora y le clavo los dientes, como una zorra hambrienta”.
Luego Margie juega con su voz: grita, gime, hace un coro más bien de jazz con las dos sílabas: zo-rra. El arreglo, la música, la sigue con agilidad en los tumbos, los remansos, los géiseres, en los sorpresivos meandros de esta canción río…
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

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Polvo del camino. 279. Árboles y dioses, 2. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.

       Polvo del camino/ 279

Árboles y dioses
(Segunda de dos partes)
Héctor Cortés Mandujano

Allá adentro, en mi frente,
el árbol habla.
Acércate, ¿lo oyes?

Octavio Paz,
en “Árbol adentro”

Seguimos con La rama dorada, de James Frazer.
La idea de hombres dioses es primitiva; sin embargo, permeó y permea aún en las nuevas épocas. Los dioses encarnan en hombres. En algunas sociedades, se necesita que el mago o el sacerdote beba sangre para ser poseído por un dios; en otras basta usar un árbol sagrado o una planta.
En algunas comunidades hubo dioses humanos elegidos por creer que podían curar o matar a voluntad. Ningún lugar más prolífico en hombres dioses como la India. Del lechero al rey, cualquiera puede ser un dios encarnado.
No sólo allí. “Montano el Frigio proclamó ser él mismo la encarnación de la Trinidad, uniendo en su sola persona a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo”.
En 1830 apareció en EUA un hombre que declaró ser el hijo de Dios; aseguró que si la humanidad no cambiaba haría pedazos el mundo. Un alemán le pidió que hablara en su lengua., porque no entendía inglés. Y el “salvador” dijo que no sabía alemán. Un hijo de Dios sabe todos los idiomas, le dijeron, y se burlaron de él.
Los tibetanos saben que el alma de los grandes lamas, cuando mueren, trasmigran a un niño. Lo buscan y se prosternan ante él. En África hay reyes de la lluvia; si no cumplen su función, les abren la panza (allí llevan la lluvia, se supone) o los apedrean.
En Camboya hay reyes de fuego y agua. Llevan sendas espadas. Si las sacan un poco, hay quemazones e inundaciones; si las sacaran completas, el mundo acabaría.
Hay bosques y árboles sagrados. En ciertos pueblos se cobraba vida por vida. Si un hombre tiraba-mataba un árbol, era muerto. El árbol gigante grita cuando cae.
En los árboles, creen en la India, hay machos y hembras. Hay celebraciones en distintas partes del mundo donde hombres se disfrazan del rey árbol y los niños del rey hoja. Las mujeres son flores. Esa costumbre se da aún en lugares, como Chiapas, donde se elige a una muchacha como “la flor más bella del ejido”.
En homenaje a los dioses forestales, dice James, se hacen ofrendas con hojas, flores y frutos colgados en un palo, que en Chiapas, con el nombre de somé, sigue siendo práctica cotidiana…
[Cuando siga leyendo este libro infinito, les seguiré contando.]
Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.
Ilustración: Verónica Ordaz Trujillo.




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Polvo del camino. 278. Árboles y dioses, 1. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                  Polvo del camino/ 278

Árboles y dioses
(Primera de dos partes)
Héctor Cortés Mandujano

Hace tiempo, en uno de mis lectores electrónicos, comencé a leer el enormísimo libro La rama dorada, de James George Frazer (1854-1941), que en 1890 apareció con dos volúmenes, en 1900 con tres, en 1906-1915 con 12 y en 1936 con 13.
En abril de 1922, Lady Frazer se dispuso a crear una versión abreviada, con ayuda de James. La versión que leo tiene las adiciones de esta última. [Dejé de leer el libro, no sé cuándo ni por qué, pero encontré una libreta donde hice a mano estos apuntes, que comparto contigo lector, lectora.]
Escribe en el libro I, “El rey del bosque”, sobre la sucesión al sacerdocio de Diana Nemorensis (Diana del bosque, Diana la cazadora). Alrededor de cierto árbol, una figura siniestra rondaba: un sacerdote con una espada desenvainada. Sabía que para relevarlo de su cargo, cuidar del árbol, habían que matarlo. No podía dormir ni relajarse. Esta idea la instituyó Orestes (de quien Esquilo escribió una trilogía de tragedias) y ese sacerdote cuidaba que nadie se acercara al árbol, al que no se le podía cortar ni una rama: “La rama fatal era la rama dorada que Eneas, aconsejado por la sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada a la Mansión de los Muertos” (y aquí este texto entronca con La Eneida, de Virgilio.)
También hay una leyenda sobre que este sacerdocio lo instituyó Hipólito ( Eurípides cuenta su historia trágica): Diana lo volvió a la vida como un viejo y lo pone allí. Él, en agradecimiento, le hace ese santuario.
Diana, en esta idea, era el árbol y sus cuidadores dedicaban la vida a ella. “La costumbre de desposar físicamente a árboles con hombres o mujeres se practica todavía en la India y otras partes del Oriente”. Los árboles por eso, porque son humanos, son informantes: “Hay maridos que pueden saber si sus mujeres le son infieles, por ciertos nudos en los árboles; se cuenta que, en tiempos pasados, muchas mujeres fueron muertas por su marido celoso sin más evidencia que la de estos nudos”.
El libro hace digresiones y se mete en otros temas. Por ejemplo, cuenta que la razón para invocar a las ratas y darles los dientes de leche de los niños es que “según los nativos los dientes de rata son los más fuertes que se conocen”.
“Plinio nos cuenta que si se ha herido a un hombre y se está apenado por ello, no hay más que escupirse en la mano heridora y el paciente se sentirá instantáneamente aliviado”.
Dice James que dicen en la India: “Todo el universo está subordinado a los dioses; los dioses están obligados a los conjuros (mantras); los conjuros a los brahmanes; por consiguiente, los brahmanes son nuestros dioses”.
La religión, la magia y la ciencia, por distintos caminos, creen que se puede modificar el orden natural de las cosas; la muerte, por ejemplo. Con el avance de la religión, la magia se vuelve un arte tenebroso. La religión es para los píos y cultos; la magia, refugio de supersticiosos e ignorantes.
       
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 277. Viajar a pie y leer. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

                          
Polvo del camino/ 277
Viajar a pie y leer
Héctor Cortés Mandujano

Werner Herzog (Múnich, Alemania, 1942) hizo una película, en 2019, sobre un negocio japonés llamado Family Romance. La cinta se llama igual, con el agregado de LLC, para implicar la idea de empresa.
El actor principal, Yuichi Ishii, es el director de la compañía, pero aquí interpreta un personaje que tiene mucho parecido con la realidad, pues Family Romance, su empresa, tiene como objetivo alquilar personas sustitutas (un hijo, un hermano, una esposa, un marido, etcétera), contratadas ex profeso y con información esencial que el propio contratante proporciona.
En la cinta de Herzog alquilan para una boda a un padre, ya que el real es alcohólico y podría echar a perder la celebración; una mujer alquila a varios fotógrafos y a un camarógrafo para que la sigan por las calles, como si ella fuera una celebridad, aunque la historia principal es sobre Yuichi Ishi, quien finge ser el padre de una adolescente, cuyo progenitor se fue de su vida cuando ella era una niña de, creo, tres años. El problema surge por las implicaciones sentimentales de la madre y la jovencita con el profesional contratado.
Herzog aparece antes de la película explicando cómo partió de la realidad para hacer su ficción y al final, en una charla, donde habla de que es tal la soledad en la que vivimos, que se ha hecho un negocio alquilar a una persona para que finja lo que no es. No se hace prostitución, porque está prohibido, incluso, tener una implicación personal con el cliente. Se finge, pero no se debe querer al o la contratante.
Herzog también se dice sorprendido por algo que filma: un hotel robotizado, en Japón, donde quienes atienden son robots, que fingen ser personas; el hotel tiene también, para entretener a los clientes, una pecera con peces robóticos. Son preciosos.
Lo otro que me llamó la atención fue que, al volverse conocido, la prensa pidió a Yuichi que les diera el nombre de alguien que hubiera sido su cliente para entrevistarlo; Yuichi dio nombre y dirección de una persona a quien contrató para que fingiera ser el cliente que los periodistas querían entrevistar. Nadie se dio cuenta de la sustitución. Ah, maravilla.
Dos preguntas a Herzog me parecieron muy interesantes. La primera fue cómo notar la diferencia entre la ficción y la realidad en nuestra vida. Su respuesta incluyó una referencia a los mexicanos. “La pura vida -dijo y cito de memoria-, como dicen en México, se siente en dos actividades: viajar a pie y leer un libro”.
La segunda fue que si contratara a alguien para qué lo querría. Dijo Herzog que vive en Los Ángeles y no puede hablar su idioma natal. “Contrataría a alguien que hablara Bávaro y jugaría salvajemente futbol con él, para decir groserías en mi lengua”.
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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