Voces ensortijadas 276. El valor de las memorias. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.


Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El valor de las memorias

El mes pasado se conmemoró el Día Mundial del Libro. No sé a ustedes, pero a mí, siempre me ha gustado tener contacto con los libros físicos. El poder palparlo, sentir sus hojas, percibir el olor a libro nuevo o ya con algunos años de creación; observar su diseño, su forma y por supuesto, leer el gran valor de su contenido. Y además de lo anterior -que no es poco-, algo muy importante, en lo que quizá no solemos poner atención, todo el camino que ha llevado cada libro para llegar a nuestras manos, desde el cómo surgió la idea creativa para  dar origen a la obra hasta su publicación e impresión. Sobre todo si es un proyecto autogestivo, hay más esfuerzo.

Cada que se presenta un libro y tengo la oportunidad de asistir, es para mí una lucecita de esperanza en este mundo donde la lectura tiene que incentivarse cada vez más. Hoy les compartiré sobre una obra que se presentó recientemente en San Cristóbal de Las Casas, me refiere al libro ¡Ya entendí compañera! Pequeñas memorias, de la autora Coni Suárez Aguilar, con prólogo de Jorge Santiago Santiago.  Cabe mencionar que ésta es la segunda presentación del libro, la primera fue en el marco del Encuentro de arte Rebel y Revel.

En esta ocasión la obra fue comentada por Liliana K’an, Delmar Penka y Estela Barco, como moderadora estuvo Magali Caballero. El escenario fue el Café restaurante Las Damián, un espacio acogedor, que dio cabida no solo al evento sino a las emociones que se vertieron en este compartir literario y de vida.

¡Ya entendí compañera! Es una obra con doce relatos, que tiene como eje central a la castilla, que cuestiona sobre esta resignificación del castellano que muchas veces se desprecia, se excluye y se considera inferior a quienes lo hablan. Las protagonistas de las historias son mujeres de pueblos mayenses de Chiapas, cada relato que Coni nos narra nos traslada a contextos no solo físicos sino históricos, políticos, socioculturales,  de luchas, de reivindicación de los derechos de las mujeres y a escenarios íntimos del día a día. Es importante enfatizar que son relatos basados en experiencias vividas por la autora en colectivo con otras compañeras.

Liliana K’an destacó en la obra de Coni, la importancia de los procesos de escucha a las mujeres, de visibilizar temas como violencia, discriminación, desigualdades y la castilla como un medio para comunicarse. Asimismo, lo señaló como un homenaje al linaje femenino.

Por su parte, Delmar Penka enfatizó que el libro es disruptivo y esperanzador, “un faro en la obscuridad”; que nos invita a situarnos en el conocimiento de las mujeres. Así como también, la castilla nos visibiliza las formas en que las mujeres hablan y usan para sí mismas.

Estela Barco señaló que la obra nos habla de la construcción de las autonomías de las mujeres; nos presenta los miedos a los que las mujeres se enfrentan a diario. Y a la vez es un libro que da esperanza, que nos invita a conocer y reconocer las luchas que han realizado las mujeres.

Magali Caballero, quien también estuvo a cargo de la edición de la obra, remarcó la importancia que tuvo la autora del libro, de la escucha a las mujeres y a sus contextos.

Posterior a los compartires de quienes comentaron la obra, Jorge Santiago señaló que el libro ¡Ya entendí compañera!, nos recuerda “la exposición del alma, escribir con el corazón, que es el corazón quien marca el ritmo, pone los colores y la intensidad”.

Coni nos deleitó con la lectura de uno de los relatos que más revuelo ha causado, Aunque se te afloje el calzón, cuya protagonista es una niña, Juanita.

Al final hubo un espacio para que quienes asistimos pudiéramos compartir la palabra sobre la obra. La presentación fue muy emotiva, no solo por los mensajes de cada comentarista, sino por lo que engloba la obra en sí, por el valor de las memorias que Coni recabó y que nos ha transmitido en esta escritura en castilla.  De ahí que hubo sonrisas, quiebres de voz, lágrimas de alegría, emoción y reconocimientos a todas las mujeres, no solo las de las historias relatadas, sino las que siguen en lucha cotidiana y las que aún no son visibilizadas.

Indudablemente la escritura nos une, nos permite conectarnos con otras, otros, otres y volver la mirada a el valor de las memorias, ésas que no siempre se pueden plasmar en los libros, porque se cuentan de manera verbal, a veces en tono bajito, otras con un tinte de pena, lo valioso es no olvidarlas y prestarles atención, ahí hay mucho de nuestra vida y nuestros linajes.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 275. Habitar el desierto. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

 Voces ensortijadas

Habitar el desierto

María Gabriela López Suárez

Con cariño para Tere y familia

Corina dibujó una gran sonrisa cuando se enteró que conocería unas grutas en la región Sierra en Lerdo, Durango. Su familia y ella habían ido de visita a familiares que vivían en esa ciudad. A Corina le encantó la idea desde que se enteró que visitarían las grutas, era la primera ocasión que estaría en una. Estuvo a punto de buscar información en la red pero prefirió no hacerlo y dejarse sorprender, algo en su corazón le indicaba que serían hermosas.
Tomaron como guía el google maps y junto con sus familiares emprendieron la travesía. El paisaje de ese día era algo distinto, el sol no se apreciaba, ni las montañas. En la carretera la vista era de un paisaje nublado, como una especie de neblina que impedía ver las montañas, apenas se alcanzaban a divisar las más grandes. Su familia le dijo que a ese fenómeno se le conocía como lluvia lagunera. Es decir, una tolvanera que es característica de la región desértica o semidesértica.
Mientras avanzaban rumbo al destino, Corina pensó que si ella fuera caminando segurito que quedaría empanizada de tanto polvo. Pronto dejaron la ciudad e iniciaron el recorrido por terracería. La tolvanera seguía presente, sin duda que era parte del encanto del viaje, al menos así lo sentía Corina.
En menos de lo imaginado eran los únicos que iban en el camino, seguían la ruta indicada, guiados por el google maps. Además de las charlas y conversaciones amenas, Corina se percató que por ningún motivo daría algún pestañazo en el viaje. Tenían frente a ellos un paisaje árido con vegetación que Corina solo había visto en libros o en películas donde relataban historias de zonas áridas o desérticas. Observó atenta la variedad de flora que tenían las extensiones de tierra por las que iban pasando; conoció los árboles de mezquite, vio matorrales achaparrados, cactus, nopales, maguey, y para su mayor asombro, en esa zona tan árida algunos de los cactus florecían.
El camino de terracería parecía no tener fin, sin embargo, Corina y su familia seguían atentos a los paisajes que la naturaleza les presentaba y a que apareciera alguna señalética. Por algún momento, Corina sintió que estaban como en una película, nadie más en el camino, un paisaje árido, en algunas zonas asomaban vacas, pero ninguna persona. Entre la tolvanera no se podía distinguir qué había más adelante, de pronto identificaron como casas.
—¡Al fin, ya era justo ver personas! —pensó para sí Corina.
La sorpresa que se llevaron fue que las casas, que no eran pocas, estaban no solo semidestruidas sino deshabitadas. Algo así como una especie de pueblo fantasma, entre magia y nostalgia. A medida que observaba el paisaje, a Corina se le vino a la mente, cómo habitar el desierto. Contempló que la flora que prevalecía estaba muy adaptada al clima de la región, zona muy árida, y aún bajo el intenso sol estaba de pie, como dándoles la bienvenida.
La pregunta pasó al tramo de la vida. ¿Era posible habitar el desierto? Sí, en medio de todas las vicisitudes, de una o más tolvaneras, había que resistir desde el amor, la lucha constante, la escucha, la confianza, el valor y darse espacio para adaptarse al clima que se presentara. En eso estaba cuando se escuchó:
—¡¡Grutas del Rosario a diez kilómetros!! Ya estamos cerca —expresó con entusiasmo la prima Teté.
Los rostros mostraron alegría; Corina volvió al presente, deseosa de llegar al lugar, bajarse y poder conocer cómo eran las grutas. Entre tanto siguió observando el paisaje con el encanto del desierto.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 274. Algodones en primavera. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Algodones en primavera

Doña Cristina se levantó temprano, como solía hacerlo todos los días. Se asomó al calendario y revisó que se acercaba la Semana Santa. De no haber visto el calendario ni en cuenta de la fecha; entre el ajetreo cotidiano de la tienda de abarrotes que tenía, la visita de sus hijos, las nueras, las nietas, los nietos, las charlas con sus comadres y las reuniones de asamblea en el barrio, la vida se le iba.

Antes de abrir la tienda, tenía como su ritual de la mañana ir a regar sus maceteras y los árboles que tenía en el patio. Alberto, su hijo menor, le había dicho en más de una ocasión,

—¿Ya tomó su café con pan? Dele apapacho a su estómago y luego riega sus maceteras.

Ella solía responder, 

—¡Ay hijo, ellas también tienen sed! No me tardo nada regando, además eso me da mucha felicidad.

Ese día no fue la excepción. Después de regar las maceteras y los árboles observó que había mucha hojarasca, propia del cambio de hojas que suelen hacer los árboles previo a la primavera. Se dispuso a barrer el patio, se dio cuenta que no solo era hojarasca sino también los algodones que solía desprender el árbol de pochota que había en la casa de unos vecinos. En lugar de colocarlos en la bolsa de la basura decidió que esa hojarasca y algodones fueran para la composta que tenía en el árbol de guayaba y de flor de mayo.

Uno de los algodones se escapó sutilmente, pasó frente a los ojos de doña Cristina y tomó su rumbo, elevándose hasta que ella lo perdió de vista. Mientras lo observaba, vino a su mente cuando era niña y contemplaba con mucho asombro el árbol de pochota grande y frondoso que había cerca de su casa. Justo en temporada de primavera, sus amistades del barrio y ella solían ir a jugar cerca de ahí. A ella le encantaba quedar viendo cómo caían los algodones y se esparcían en distintos rumbos, el viento era el aliado en esos menesteres. Doña Cristina podía pasarse mucho rato frente a ese paisaje. Las mamás de sus amistades no disfrutaban igual que ella la caída de los algodones, porque significaba estar barriendo constantemente las casas y los patios. 

Doña Cristina dio un suspiro grande que la hizo volver al presente y observar que ya estaban de nuevo algunos algodones en el patio, sonrió mientras los barría suavemente. Los algodones en primavera eran una especie de regalo que aún seguía dándole deleite.

Se dirigió a la cocina; se lavó las manos y preparó su café. Buscó en la alacena si tenía pan, encontró unas galletas de amaranto que le había regalado Marina, una de sus nueras. El aroma a café recién preparado inundó la pequeña cocina. Mientras degustaba su café con galletas sonó el teléfono; era don Ismael, su compadre, saludando y preguntando que cómo estaba y a qué hora abriría la tienda. El día había comenzado acompañado de algodones en primavera.

Fotografía: Nadia Arce

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 273. Danzar la vida. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Danzar la vida

Federica despertó antes de que sonara la alarma de su reloj. Ese sábado le correspondía cubrir su turno en horario matutino en el restaurante donde trabajaba. Permaneció unos minutos más en la cama. Observó con atención el techo de su cuarto, el color blanco le provocaba mucha paz. Alcanzó a escuchar el silbido del viento acompañado del canto de los pájaros. Decidió levantarse al tiempo que intentaba adivinar cómo estaría el clima. Encendió la radio, subió el volumen y  se dirigió a darse una ducha. 

El clima estaría con muchas ráfagas de viento y temperatura con una máxima de 18 grados. Federica comenzó a arreglarse y dejó al final el secado del cabello. Se dirigió a la cocina, buscó qué tenía en la alacena para desayunar. Preparó con rapidez un sándwich de pollo con lechuga, mostaza y jitomate. Revisó si aún le quedaba café en la despensa, para su buena fortuna sí. Acompañó su desayuno con una taza con café.  

Dirigió su mirada a la ventana,  el día era soleado aún con sus ráfagas de viento. Le apeteció quedarse en casa degustando otra taza con café, hablar por teléfono con su familia y enterarse de los últimos acontecimientos en su pueblo. Su jornada laboral empezaría en un rato más. Así que se apresuró para estar en tiempo. Antes de salir de casa eligió si iría en transporte público o caminando.  Pensó que el clima era cómodo para andar y quizá le vendría bien caminar para terminar de despertar.

Inició la travesía hacia el restaurante; mientras iba tomando atajos Federica comenzó a hacer memoria de que pronto cumpliría un año y medio de trabajar en ese lugar. Pensó en la serie de vicisitudes desde que había llegado a la ciudad para ingresar a la universidad, no había pasado el examen de admisión, así que decidió quedarse trabajando para presentar el examen el siguiente año. En su segundo intento sí aprobó el examen, sin embargo, el ingreso económico no estaba de más, así que aceptó la oportunidad de poder trabajar los fines de semana.

Regresó al presente. Se alegró de que el clima de ese sábado estuviera agradable; dejó que el viento le acariciara el rostro y se sintió contenta de que había madrugado. Se agradeció haber elegido caminar esa mañana. Atravesó un andador con muchos árboles. Alzó la vista, le pareció que el paisaje era sumamente bello y mágico, los árboles se mecían al compás del viento. Las ramas parecían como brazos que se extendían y se movían sutilmente. Federica se sintió parte de ese paisaje, se descubrió moviendo los brazos suavemente sin perder el ritmo de su andar. Echó un vistazo a su reloj, estaba a buen tiempo para llegar al restaurante.

Sonrió para sí; el paisaje de esa mañana le había recordado que aún con todas las vicisitudes la vida era una danza y danzar la vida en sus distintos ritmos, era un regalo muy valioso y necesario que cada persona tendría que descubrir y poner en práctica. 

Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 272. Cuando las voces viajan. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Vladimir Contreras Escamilla

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Cuando las voces viajan

¿Se han preguntado alguna ocasión sobre el viaje que hacen nuestras voces diariamente?  Es interesante la reflexión sobre cómo las palabras que decimos o los mensajes que compartimos, de manera verbal o escrita, no permanecen en un solo espacio, ni con un solo grupo de personas.

El pasado 27 de marzo tuve la oportunidad de que Voces Ensortijadas,  Antología 1, 2020-2021, que recopila 100 textos de esta columna periodística, se presentara en la ciudad de Mérida, Yucatán, en el marco de la décimo tercera edición de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) 2025. La obra fue comentada por María Amparo Salazar Córdova, Julio César Medina López y en la moderación estuvo Vladimir Contreras Escamilla, a quienes agradezco profundamente sus palabras, sus reflexiones, sus compartires, su tiempo y su cariño.

Si vuelvo la mirada a unos años atrás, para ser más precisa al 3 de julio del año 2017, comienza un recorrido con la palabra escrita que he ido compartiendo de manera semanal a través de esta columna. Muchas gracias por su lectura en estos casi 8 años. Les confieso que cuando comencé a escribirla no imaginé el alcance o la trascendencia que tendría, la conexión que se generaría con el público lector y sobre todo, que sería un espacio no solo individual sino colectivo. Además de lo anterior, que tendría la posibilidad de que se imprimiera un libro con algunos de los textos y que éste tendría la oportunidad de poder ser presentado en varias ocasiones; gracias nuevamente al escritor Roger Octavio Gómez Espinosa por la propuesta de la obra.  

La escritura tiene un valor fundamental que se acompaña con la lectura, así que ambas representan mucho para mí. De tal forma que los textos que cada semana comparto intentan tomar un pequeño trozo de la realidad en la que interactúo, en la que interactuamos y a través del tejido de las palabras va adquiriendo una forma, en varias ocasiones a manera de relatos, como Begoña Sánchez los llama. 

Cada texto de las Voces ensortijadas tiene un valor especial; regresando a la presentación del libro en la FILEY 2025, ha sido muy grato escuchar en los comentarios a la obra, la identificación de diversos elementos de mi terruño tuxtleco y chiapaneco en varios de los escritos. La matria se hace presente en la escritura. De ahí que como mencioné, se genera la conexión con el público que lee la columna, lo cual es un regalo muy valioso. A la presentación asistieron jóvenes universitarios; al final, algunos, algunas, comentaron que resonaron con la obra, que Yucatán, Oaxaca y Chiapas tienen mucho en común. 

Cuando las voces viajan pueden alcanzar a llegar no solo a otros territorios de la geografía estatal o nacional, sino llegar a contactar con otras culturas, con otras generaciones, con otros pensamientos, llegar a los corazones de las personas y resonar con ellas; todo eso es una parte importante del viaje para que pueda continuar la travesía con emoción, entusiasmo y compromiso.

Gracias al público, al universo, a la divinidad, a mi familia, a los medios que divulgan la columna y a quienes organizan los eventos literarios, por hacer posible que las  Voces ensortijadas viajen.

Fotografía: Vladimir Contreras Escamilla
Fotografía: Vladimir Contreras Escamilla

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 271. Lluvia en primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez


Lluvia en primavera

El canto de los pájaros era el mejor despertador para Dania, a las seis de la mañana comenzaba el concierto musical. Además de no tener que apagar la alarma cuando ésta sonara, el barullo de las aves le conectaba una energía muy linda que la animaba a dejar la cama e iniciar un nuevo día. Esa mañana no fue la excepción.
Dania se levantó y se estiró con suma calma y cuidado. Entrelazó las manos, estiró los brazos hacia arriba, luego  se balanceó suavemente a la derecha y a la izquierda.
Como cada mañana acostumbraba saludar a sus plantas, abrió la ventana que daba al patio y se percató que el piso estaba mojado.
          —¡Wow, llovió toda la noche y yo ni en cuenta! Estarán muy contentas plantitas, esta lluvia es un regalo, sobre todo ante la sequía que hemos estado teniendo —dijo Dania mientras disfrutaba el aroma que la lluvia había dejado y se mezclaba con el viento frío que se coló a través de la ventana.
Fue a la cocina; mientras decidía qué preparar para el desayuno eligió escuchar una selección musical, Putumayo, Women of the world, Mujeres del mundo. Con el acompañamiento de la música, el canto de las aves, el aroma a tierra mojada se inspiró para preparar sus alimentos. El aroma del café se percibió pronto en la cocina, mezclado con el aroma de unos huevos con tocino y plátanos fritos.
           Dania revisó el reloj, había decidido hacer una tregua con el tiempo y hacerlo su aliado, eran las 6:45 de la mañana. Se sirvió el desayuno, mientras lo degustaba pensó en escuchar las noticias, pero siguió deleitándose con las Mujeres del mundo, Lua vai, lua vem, de solidao em solidao, lua vai, lua vem.
          Escuchó a lo lejos el toque de la campana, anunciaba que estaba por llegar el camión de la basura, era otra de sus alarmas, indicaba las siete de la mañana. Se apresuró a bañarse y arreglarse para ir al trabajo.
Mientras lavaba los trastes Dania se quedó pensando en que era poco común que lloviera justo en el inicio de la primavera. Sin dudarlo, vino a su mente la deforestación en varias partes de su ciudad, del estado, del mundo, entre muchas acciones más que afectaban a la casa de todas las personas, el planeta Tierra.
         Revisó su bolso y que no le faltaran las llaves de la oficina, se cercioró de cerrar la llave del tanque de gas y dejar apagadas las luces. Antes de salir de casa, jaló un suéter ligero, la lluvia había dejado un poco frío el clima. El sol aún no se asomaba, el cielo permanecía con sus tonos grises. Dania respiró profundo antes de salir de casa. Sintió cómo sus pulmones se llenaron de ese aire que dejó la lluvia en primavera. Cerró la casa y se dispuso a ir al trabajo.
          —¿Ya para el trabajo Dania? Que te vaya bien —se escuchó decir a doña Lourdes, vecina de Dania.
         —¡Buenos días doña Lulú! Sí, ya es hora, que tenga bonito día, ya estamos en primavera.




 

Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 270. Dejarse sorprender. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Dejarse sorprender*

Emilia avanzó en su trayecto al trabajo, el centro de la ciudad dejaba sentir una especie de caos, sumado al tráfico que era característico antes de las nueve de la mañana.
          El paisaje del día era bello, un día soleado, con ese brillo que caracteriza a un día primaveral y no lo era, para Emilia eso era un gran regalo. Una mañana otoñal soleada, qué más podía pedir a la vida.
         Mientras caminaba a la parada del transporte público observó una fila grande de personas esperando el colectivo. Los rayos del sol la seguían acompañando, decidió recibirlos con una sonrisa. Se formó en la fila, alcanzó a escuchar una serie de comentarios haciendo referencia a que llegarían tarde al trabajo, que el colectivo demoraba. La voz interior de Emilia le dijo, ‘por más que uno se presione o estrese, el tiempo no se detiene, así que disfruta esta espera’.
        Un par de niños estaba delante de ella, jugaban animadamente a adivinar caricaturas, haciendo caras y gestos. Emilia halló en ellos un lindo momento para sobrellevar la espera. Se percató que ella también quería jugar, sintió a su niña interior a flor de piel. Su rostro dibujaba una gran sonrisa. Una señora la empujó sin darse cuenta.
        —¡Discúlpeme! Ya la empujé, es que esta gente me pone de malas. No avanza la fila —dijo la señora.
        —No se preocupe señora, no hay problema —respondió Emilia, con gesto amable.
        Emilia volvió nuevamente la mirada a los niños, se percató que la fila había avanzado. Los niños ya no estaban. Hizo una especie de escaneo interno antes de ver el reloj; se sentía motiva y tranquila. Estaba en tiempo para llegar al trabajo. Le tocó el turno, subió al colectivo. Saludó a las personas, sonriente; recordó a los niños jugando, dejándose ser sin estrés, ni enojos.
          Contempló el paisaje por la ventana, le dieron ganas de sacar la cabeza y observar el cielo. Pidió la parada, bajó del colectivo, caminó a paso veloz. Entró a la tienda donde trabajaba, nueve en punto.
         —¡Jugos, jugos de naranja! —exclamó un vendedor ambulante, con el rostro bien sonriente bajo el sol radiante.
          Emilia se quedó con la imagen de los niños y del vendedor, pensó que en la vida hay que dejarse sorprender y tener presente eso hasta en los momentos de caos o estrés.

*Este texto es producto del ejercicio realizado por la autora de esta columna en el taller Entonces, escribo, facilitado por la dramaturga y escritora Damaris Disner Lara, el 20 de febrero de 2025 en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.




 

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 269. Extensiones del cuerpo. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  
María Gabriela López Suárez

Extensiones del cuerpo

La alarma del celular sonó. Aurelia despertó. El tono de la alarma que había elegido para no despertar de golpe la arrullaba más en vez de ayudarla a despertar. Aún así apagó la alarma. Se quedó unos minutos más en la cama. Luego se levantó. Era domingo pero había quedado de ir al mercado por un encargo de su mamá.
Escuchó el canto de las aves que se traían gran algarabía, eso era una manera de ir anunciando la llegada de la primavera. Al menos así lo percibía Aurelia. El canto quedó en un tercer o cuarto plano. Se dirigió a la cocina, se preparó un licuado de leche y manzana. Se dio un baño rápido y salió a la calle.
El clima ya se comenzaba a tornar caluroso, agradeció la sombra que aún permanecía y le daba cobijo. Revisó su reloj, eran las 7:50 de la mañana.
—Ni yo me la creo, levantarme temprano en domingo —dijo para sí, mientras sonreía.
Observó que había poca gente en las calles. Alzó la vista, el tono del cielo era un azul de los que apetece quedarse contemplando por un gran rato. Las aves parecían disfrutar el paisaje, Aurelia también se deleitó con la vista.
En su trayecto al mercado se dio cuenta que cada persona con la que se topaba en el caminar iba con el teléfono celular en uso. Una persona mandando mensajes, otra persona sonriendo mientras leía, otra más detenida en algún espacio de la banqueta para escribir, una más hablando por teléfono. A lo lejos vio a dos personas más, sentadas una al lado de otra pero sin tener un intercambio verbal. Cada una adentrada en su mundo, atrapadas por las pantallas de sus teléfonos móviles.
A su mente vinieron de inmediato como ráfagas algunos comentarios que había escuchado y un texto que había leído sobre los celulares, como extensiones del cuerpo y la dependencia que se tiene a ellos. Sin duda que ella también usaba el celular, era una herramienta no solo para tener contacto con personas, sino de trabajo y por supuesto, para revisar sus redes sociales.
Para su sorpresa ese domingo había dejado el celular en casa y su reloj no era de los inteligentes que se conectan al celular. Se alegró de haber olvidado el teléfono móvil y poder disfrutar en esos momentos del paisaje visual, del paisaje sonoro, de los elementos cotidianos de su día. Mientras avanzaba a su destino, atravesó un pequeño parque con varios árboles que le daban la bienvenida. Sonrió, pensó que le encantaría que las ramas de alguno de esos árboles fueran extensiones del cuerpo.
Apresuró el paso, la señora que vendía los tamales horneados de flor de cuchunuc no tardaba en llegar y Aurelia quería ser de las primeras de la fila para alcanzar a comprar el pedido de su mamá.


 

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 268. La escritura nos une. María Gabriela López Suárez

Ilustración proporcionada por el autor.

     Voces ensortijadas  
María Gabriela López Suárez

La escritura nos une

¿Cuál fue la última vez que gritaron para alzar la voz por algo que no querían hacer? ¿Cuántas veces han callado ante situaciones con las que están en desacuerdo? ¿Cuántas situaciones de exclusión, de injusticia, de discriminación, de violencia han tolerado? ¿De qué manera se alza la voz ante todo esto que no solo duele, indigna y genera impotencia? Hay distintas formas, algunas más crudas, otras sutiles, pero indudablemente una que nos permite conectar con las demás personas es a través de compartir la palabra, sea de manera verbal o escrita.
El pasado 6 de marzo del año en curso tuve la invitación, por parte de la poeta Chary Gumeta, para participar en la décimo quinta edición de Grito de Mujer, coordinado por Mujeres Poetas Internacional y el Festival Mundial de Poesía Contemporánea de San Cristóbal de Las Casas, el evento se realizó en el Centro Cultural Carlos Jurado. Ahí tuve la oportunidad de conocer a compañeras poetas, locales e internacionales.
La poesía – y esta columna – fue la herramienta clave para que el público asistente y las compañeras que participamos con la lectura de nuestros textos compartiéramos eso que no se dice de manera tan simple, en lo cotidiano, eso que nos duele, nos lastima, que a veces sentimos que nos asfixia y nos genera ansiedad, melancolía, nostalgia, pero también lo que nos permite reconocernos en un mundo donde la naturaleza nos brinda vida, colores, aromas y que también nos invita a reconectarnos en el aquí y en el ahora.
Los temas que se compartieron fueron diversos, emotivos, todos centrados en las mujeres, las que forman parte de nuestro linaje, las que nos inspiran, las de a pie, las que luchan desde el silencio; también hubo textos autobiográficos, esos donde se reconoce la valentía de quien escribe y lo lee, porque implica hacer público algo personal e íntimo.
De tal forma que hubo muchos momentos en los que sentí la piel chinita, al escuchar los textos de viva voz de las autoras; pero sin duda uno de los instantes que más nos conmovió fue el cierre del evento, un performance a cargo de la actriz y promotora cultural, Isabel Araujo.
Es indudable que la escritura nos une, sumado a ello están las artes, como el teatro, que permite comunicar con el cuerpo, con la voz, con las emociones, apropiarse del escenario e interactuar con el público para tratar distintos, temas. El performance de Isabel fue una manera muy valiente de alzar la voz, de denunciar la violencia de que fue víctima el año pasado y ella, en esta ocasión, fue la protagonista de esta historia que nos compartió.
Esta edición de Grito de Mujer me hace recordar la importancia de fortalecer las redes entre mujeres, no estamos solas y es muy importante alzar la voz, denunciar y compartir lo que nos sucede.
 
 
 

Ilustración proporcionada por el autor.
Ilustración proporcionada por el autor.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 267. El valor de compartir la palabra. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Ron Lach : https://www.pexels.com/photo/a-woman-s-silhouette-8259344/

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez
El valor de compartir la palabra

A todas las mujeres, en especial a las de mi linaje.

Mónica terminó de arreglarse, se colocó un par de sus aretes favoritos, unos colibríes en tono tornasol. Se pintó los labios de color marrón y se observó unos instantes frente al espejo. Respiró profundo y sonrió, estaba lista para irse al evento en conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
En la universidad donde estudiaba harían una serie de actividades para conmemorar la fecha, el trabajo realizado por las docentes y las estudiantes de la institución era digno de reconocerse, en pleno 2025 el patriarcado continuaba con sus lógicas institucionales. De tal forma que una fecha importante como la del 8 de marzo no podría pasarse desapercibida y las mujeres, luego de esa fecha, continuarían con la lucha diaria, desde sus trincheras, algunas alzando la voz, otras desde el silencio.
Como parte de las actividades se organizó un espacio para compartir la palabra, desde sus experiencias, reflexiones, lectura de poesía, semblanza de mujeres destacadas en distintas áreas de los conocimientos, tanto locales hasta internacionales. Mónica se animó a participar, lo pensó en más de una ocasión y finalmente, tomó la decisión de que sí participaría. Liliana, una de sus amigas le había propuesto pasar por ella a su casa, al principio Mónica dijo que sí, luego prefirió irse sola. Agradeció a Liliana la invitación, pero como sabía que estaría nerviosa había decidido irse por su cuenta.
En el trayecto a la universidad fueron viniendo a la mente de Mónica algunos recuerdos de su familia, así como experiencias en su infancia y adolescencia. En su familia, las mujeres de su generación, sus primas y ella, habían ido a la escuela, a diferencia de su mamá y tías, que por cuestiones no solo económicas sino socioculturales de la época se consideraba que no era importante que las mujeres fueran a la escuela, su labor sería ser esposas, madres y amas de casa.
Durante su niñez y adolescencia la timidez fue una característica de Mónica, le gustaba escribir y dibujar, pero lo hacía para ella, temía que sus trabajos pudieran ser rechazados. De igual manera, en las clases le costaba participar si tenía que hablar en voz alta, además de que hablaba en tono bajo se ruborizaba fácilmente. Trajo a la mente la libreta donde escribía sus acrósticos, sus reflexiones sobre la vida, la naturaleza, el amor.
En casa su mamá y su papá le animaban a ser más sociable y participativa, a no quedarse callada cuando quería compartir lo que pensaba. Además de eso, también tuvo dentro de sus referentes académicos a sus docentes, la mayor parte eran mujeres que invitaban a sus grupos a la lectura y escritura, a compartir los pensamientos, las disidencias, las propuestas. Las mujeres también contamos, las mujeres tenemos voz y voto, las mujeres somos seres pensantes, eran algunas frases que solía recordar Mónica de sus profesoras. Recordó en particular a su docente filósofa, una de sus maestras inspiradoras a escribir y a que ese día tuviera el valor de compartir la palabra.
—¡Bajan en la universidad! —se escuchó decir a un pasajero.
Mónica se percató que ya estaba en la escuela, pagó el pasaje y bajó. Se dirigió con paso firme al auditorio donde serían las actividades. Sintió que el corazón le latía más fuerte, las manos se le pusieron un poco frías, comenzó a respirar profundo y más lento. A lo lejos distinguió una mano que la saludaba muy animadamente, era Leticia, había llegado ya.
—Moni, pero qué guapa, ¿lista para tu participación? —preguntó con una gran sonrisa, mientras saludaba a Mónica.
—¡Hola Leti! Sí, algo nerviosa pero también emocionada —respondió Mónica, con el rostro entre nervioso y sonriente.
Ambas entraron al auditorio que comenzaba a llenarse. Mónica observó el escenario, el atril, la iluminación, dentro de unos minutos estaría frente al público compartiendo la palabra y honrando a su linaje.
   
 
 
  
  

Fotografía: Ron Lach : https://www.pexels.com/photo/a-woman-s-silhouette-8259344/
Fotografía: Ron Lach : https://www.pexels.com/photo/a-woman-s-silhouette-8259344/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.