Voces ensortijadas 282. Emprender el vuelo. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Emprender el vuelo

Leonor miró su reloj, ya no le daría tiempo de ir a comer a casa. Recordó que su amigo Efrén le recomendó una cafetería-restaurante que estaba cerca del lugar donde ambos trabajaban.

Hizo memoria para acordarse de la ruta, el Google maps la ayudó. Al llegar al lugar observó que había muchos comensales. Se formó en la fila de espera. No demoró para que la atendieran. Le asignaron una mesa en la esquina, ahí tenía vista a una de las avenidas principales. Se acomodó y mientras le tomaron la orden prestó atención al paisaje que le permitía contemplar el ventanal.

Llamaron su atención varios elementos, la cantidad de perros que sacaban a pasear, el incesante tráfico vehicular y de caminantes de a pie, también el relajante vaivén de las ramas de los árboles mecidas por el viento. Sin embargo, lo que más atrapó su atención fue que en la parte alta de un poste de luz posaba una paloma que no dejaba de moverse, sin por ello perder el equilibrio en la base. Permaneció allí varios minutos.

Una mesera le tomó la orden a Leonor, le llevaron pronto sus alimentos y mientras ella los degustaba siguió contemplando a la paloma. En menos de lo que imaginó, emprendió el vuelo. En tanto volaba, como por arte de magia, ya se había hecho presente otra paloma, en el mismo espacio. A diferencia de la anterior, ésta permanecía inmóvil, como resguardándose del viento. A Leonor le pareció que era como cuando una persona quiere volver a su centro, se detiene, hace pausas, se escucha, permanece ahí hasta que siente que retomó su eje y está lista para continuar el ritmo en su vida. La paloma siguió ahí un momento más, luego alzó el vuelo. Leonor la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista. 

Ninguna paloma más llegó a posarse en el poste, mientras Leonor terminaba de comer. El paisaje otoñal del cielo era bello, Leonor lo contempló con mucho gusto, al tiempo que pensaba que emprender el vuelo en la vida es una tarea importante; cada quien lo hace a su tiempo. Una de las cosas esenciales para este emprendimiento es estar preparada para lo que conlleva eso y disfrutarlo.

Terminó su postre. Era hora de regresar al trabajo.

 

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 281. Caminar sobre la lluvia. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Erik Blanc: https://www.pexels.com/photo/a-hanging-umbrellas-on-the-street-12925374/

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Caminar sobre la lluvia

El caer de la lluvia se escuchó. Sara se asomó a una de las ventanas de su casa. Observó que aún llovía. Recordó que tenía pendiente comprar la despensa de la casa; ella se había propuesto a hacerlo en esa semana. Normalmente se solía organizar con Raúl, su esposo, para alternarse en las compras en cada quincena.

–De haber sabido que tocaría lluvia en esta semana le cambio el turno a Raúl. Ahora estamos a mitad de semana y ya quedan pocas cosas en la despensa. Voy a salir, con todo y lluvia –señaló para sí.

Se preparó no solo mentalmente sino también se puso sus botas para lluvia, un rompevientos y su paraguas. Antes de salir revisó llevar la lista del mandado.
A Sara le gustaba caminar, lo disfrutaba, cuando llovía no le resultaba tan grato. Sin embargo, para su gran sorpresa la lluvia había aminorado.

Comenzó la travesía. Decidió ir al supermercado por la ruta de costumbre. Se percató que había varias cosas distintas. En primer lugar, alzó la vista al cielo y lo encontró más limpio; observó que las montañas que rodeaban a la ciudad donde vivía estaban hermosas, el verde oscuro resaltaba y le daba un toque mágico a la atmósfera.

Como segundo hallazgo, identifico que las calles estaban un poco vacías, había pocos autos y los rastros del agua se asomaban en diversas formas. Identificó muchos espejos de agua, como Sara solía llamar a los charcos que se formaban. A su paso fue observando el reflejo de edificios, árboles, palomas, jardineras en los distintos espejos de agua.De pronto, se dio cuenta de que iba caminando de manera pausada, disfrutando del recorrido, lo que en un principio le había causado incertidumbre, ahora le provocaba regocijo. Contempló su figura con el paraguas, escuchó con detenimiento la llovizna que aún persistía y el sonido de sus botas al pasar por los charcos formados.

A su alrededor pasó poca gente, algunas personas iban con paraguas, otras se cubrían con impermeables improvisados con bolsas de plástico de color negro. También se dejaron ver paraguas en colores fluorescentes que figuraban como pequeños detalles en la tarde gris. Y los vendedores de paraguas también se hicieron presentes.

Sara se detuvo un instante, su rostro hizo un leve giro de 180 grados para contemplar el paisaje. Sonrió, se sintió agradecida de caminar bajo la lluvia. Una lluvia que no solo había refrescado la tierra, regado las plantas, limpiado los techos y las calles, sino también le había dado el regalo de deleitarse con ella, de ofrecer la paz que el ajetreo cotidiano hace olvidar. Caminó un poco más y llegó a su destino para surtir la despensa de casa.

 

Fotografía: Erik Blanc: https://www.pexels.com/photo/a-hanging-umbrellas-on-the-street-12925374/
Fotografía: Erik Blanc: https://www.pexels.com/photo/a-hanging-umbrellas-on-the-street-12925374/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 280. Entre sonidos, aromas, colores y sabores. María Gabriela López Suárez

Fotografìa: Armando Belsoj: https://www.pexels.com/photo/mercado-hidalgo-27797628/

Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Entre sonidos, aromas, colores y sabores

La alarma del despertador sonó a las 7 de la mañana, aunque era sábado Julieta tenía que levantarse temprano para ayudar en casa y avanzar con sus pendientes personales. Quiso quedarse unos minutos más en cama pero prefirió no hacerlo e iniciar con su día. El canto de los pájaros fue uno de sus estímulos.

El ambiente en casa era muy tranquilo, aparte de ella nadie más se había levantado. Fue a la cocina, se preparó un licuado de mango y luego se puso a ordenar su cuarto. La actividad no le llevó más de una hora, así que después de eso se dio un baño. El agua la ayudó para que terminara de despertarse.

Se asomó frente al espejo que tenía en el cuarto, comenzó a peinarse y observó que sus mechones en tono  morado estaban ya por desaparecer. Le faltaba darse un retoque o teñirse el cabello; buscó en sus productos de belleza y no halló ningún tinte. Así que la compra se sumó a su lista de actividades.

Era alrededor de las 8:40 de la mañana cuando se escuchó movimiento en la cocina de la casa, Julieta se asomó, era su papá que estaba revisando qué les prepararía para el desayuno. Se encontraba en un dilema, entre chilaquiles rojos con pollo o huevos a la mexicana. A Julieta le gustaban ambos, así que no tenía predilección por alguno.

El resto de la familia no tardó en despertar, así que antes de las 10 de la mañana ya habían desayunado y Julieta estaba lista para ir a hacer sus pendientes.

—Juli, aprovechando que pasarás por el mercado, por favor, te encargo me compres unas frutas y un ramo de flores —dijo doña Roselia, mamá de Julieta.

—¿Alguna fruta y flor en particular? —preguntó Julieta.

Una vez aclarado el pedido, Julieta partió a hacer los mandados. Iba muy entretenida pensando en qué tono se teñiría el cabello, castaño almendra, azul, cobrizo, rojo. En menos de lo que se imaginó ya estaba en la tienda revisando las tonalidades. Rojo oscuro fue la elección. Su rostro dibujó una sonrisa de oreja a oreja, imaginando cómo se vería con ese color de cabello. Además se compró un par de ballerinas en tonos fluorescentes.

Acto seguido, se encaminó por los pedidos de doña Roselia. Cruzó un par de calles y alcanzó a percibir el murmullo de la gente que estaba haciendo compras y de la que vendía: ¿Qué va a llevar marchanta? ¡Pásele por aquí güerita! ¿Quiere probar el quesillo? ¿Cuánto cuestan los dulces? Me da una medida de mangos. La voz de Julieta también se integró a estas expresiones, ¿dónde puedo encontrar flores? La respuesta fue inmediata: de aquel lado chula, ahí están los manojos.

El mercado era un espacio de encuentros entre mucha gente, pero además de eso prevalecían algunos elementos que llamaron la atención de Julieta en ese espacio tan lleno de vitalidad y movimiento. Los encuentros no eran simples sino entre sonidos, aromas, colores y sabores, que sin duda, formaban parte del día a día y que muchas veces se pasa desapercibido.

—¿Solo eso marchantita? —dijo una señora a Julieta, al entregarle un manojo de flores de azucena.

—Sí, muchas gracias — respondió Julieta mientras disfrutaba el aroma de las flores que se mezclaba con el de guayabas y mangos de la vendimia cercana, cuyos colorido despertaba el apetito y qué decir, del aroma a café recién molido del puesto de al lado.

Julieta regresó a casa, no solo con los mandados realizados sino con el deleite del conjunto de sonidos, aromas, colores y sabores que había presenciado.

 

Fotografìa: Armando Belsoj: https://www.pexels.com/photo/mercado-hidalgo-27797628/
Fotografìa: Armando Belsoj: https://www.pexels.com/photo/mercado-hidalgo-27797628/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 279. Las noches en el terruño. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Mario Samuel Chavez Ceja: https://www.pexels.com/photo/blood-moon-in-the-dark-night-sky-12161289/

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez


Las noches en el terruño

Cada mes del año tiene su encanto especial, cada persona tiene su mes favorito. Mayo es de los meses que me gusta porque la temporada de lluvias —que tristemente cada año va teniendo más cambios — suele iniciar. El olor a tierra mojada es de los aromas más agradables para mí. Entre algunos motivos es porque me remonta a la infancia, a los días en que lo prioritario era el juego, así como esperar las vacaciones para que las amistades o familiares nos visitaran y las cálidas tardes eran acompañadas de la lluvia que las refrescaba. Luego, las familias solían salir a la calle, colocar sus sillas entretejidas o tipo mecedoras para conversar o simplemente tomar el aire.

A medida que Tuxtla Gutiérrez ha ido creciendo, no solo en población sino en tener más calles, más edificios, más autos, más puentes y menos árboles, menos espacios verdes, la dinámica en la vida cotidiana se ha modificado mucho. Aún con todos estos cambios los meses siguen teniendo sus detalles lindos.

Continuaré comentando que, en mayo además de las diversas celebraciones que hay, se pueden percibir conciertos matutinos muy gratos, parvadas de cotorros que contagian su algarabía por las mañanas y qué decir del canto de los zanates y de los cenzontles. En la temporada de lluvias la naturaleza cobra nueva vida, no solo reverdecen los árboles sino que también la fauna nos muestra su alegría.

Pero, ¿qué hay de los encantos en la noche? Es muy curioso que mientras en varias partes de la ciudad está la bulla del tráfico, las plazas comerciales, los negocios, los restaurantes, hay otros espacios que nos recuerdan la bella vida nocturna de la naturaleza. Algunos de estos espacios los encontramos en los andadores del Río Sabinal.

Hace algunos días mientras caminaba en uno de los andadores, cobijado por un frondoso árbol de ceiba, un árbol de guaya y otro de guayaba, escuché el tímido canto de unos grillitos. Digo tímido porque no se escuchaba tan fuerte, quizá por la presencia de quienes pasamos por ahí. A lo lejos, otro sonido llamó mi atención, me detuve un momento y alcancé a escuchar un paisaje sonoro que tenía bastante tiempo de no contemplar, el canto de los sapos.

¿Han escuchado este canto? Es bastante potente, se genera también como una especie de eco que se convierte en una melodía que, sin duda, arrulla en la noche. Este canto fue un bello regalo, me recordó la importancia de disfrutar que las noches en el terruño son bellas en cada época del año, solo hay que salirse un poquito de lo rutinario y darnos la oportunidad de prestar atención a lo que nos rodea en la naturaleza.

Fotografía: Mario Samuel  Chavez Ceja: https://www.pexels.com/photo/blood-moon-in-the-dark-night-sky-12161289/
Fotografía: Mario Samuel Chavez Ceja: https://www.pexels.com/photo/blood-moon-in-the-dark-night-sky-12161289/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 278. Cruzar el puente. María Gabriela López Suárez

Fotografía: María Gabriela López Suárez.

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez
Cruzar el puente

Esa cálida tarde de verano Tina se sentía a punto de desfallecer, el calor era sofocante, alrededor de los 41 grados centígrados. Estaba en casa, en espera de que Gina y Óscar, dos de sus amistades en la universidad que ahora vivían en otro estado, le hicieran una videollamada. Antes de revisar el celular para ver a qué hora habían quedado de platicar, se dirigió a la cocina para prepararse un suero casero.
Se sirvió el suero y se fue al pequeño jardín que tenía en casa. Las flores que había en diversas maceteras eran una especie de oasis en su hogar, tenerlas no solo le generaba paz sino también un agradable aroma. Esa tarde decidió degustar su suero sentada, cerca de sus maceteras, donde colocó un pequeño banco. Revisó el celular y confirmó que faltaba un par de horas para el encuentro en línea con sus amistades. Respiró con tranquilidad.
Terminó el suero, se sintió mejor. Alcanzó a percibir el aroma de sus flores, sobresalía el de un pequeño rosal que le había obsequiado su tía Inés. Observó las flores que había en sus maceteras, todas eran bellas; cada una tenía una historia particular de cómo habían llegado a su casa. No pudo evitar traer a la mente las travesías que hay en la vida, para ella eran como cruzar un puente.
Tina tenía muy presente todas las odiseas que habían vivido en su familia y ella, de manera particular, al cruzar distintos puentes, en distintos lugares; puentes colgantes, de madera, metálicos, puentes solitarios y con mucha gente. Los aprendizajes, sin duda, eran muchos; primero, el valor de animarse a cruzar el puente. Otro era el no desistir para llegar al destino y cruzar de regreso. Un tercer aprendizaje era disfrutar de contemplar el paisaje, a pesar de las alturas, valía la pena detenerse un momento, observar y continuar el paso; de la mano con el anterior era el dominio de los miedos. Y uno de los aprendizajes más importantes era el acompañamiento en la travesía de cruzar el puente. Indudablemente que cuando se cruzaba un puente no era un acto aislado, requería el valor y el ánimo individual, pero también el acompañamiento colectivo a quien se anima a hacer el recorrido, de echarle porras en el tránsito, de generarle confianza, empatía, amistad, cariño. Es decir, la certeza de que no se está sola, solo; de esa forma cruzar el puente se torna en una aventura inolvidable, que dan ganas de repetir nuevamente y de animar a otras personas a cruzarlo.
Se escuchó sonar el teléfono celular. Verificó quién era, le llamaba su tía Inés. Había olvidado que su tía le entregaría una maceta con helechos.
—¡Hola Tinita! ¿Cómo estás hija? ¿Qué estás haciendo?
—Linda tarde tía Inesita, aquí nomás, recordando los puentes que hemos cruzado. ¿Te acuerdas cuándo fuimos a Camécuaro?

Fotografía: María Gabriela López Suárez.
Fotografía: María Gabriela López Suárez.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 277. El jardín en la casa. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El jardín en la casa

Romina y su familia iban de visita a la casa de la tía Genoveva, la menor de las tías abuelas que tenían. Era la primera ocasión que Romina viajaba para visitar a la tía. Doña Genoveva vivía en otro estado, solía llegar a visitar a la familia de Romina pero, por su avanzada edad, cada vez lo hacía con menos frecuencia.

La travesía del viaje en carretera para llegar a la casa de la tía estuvo llena de experiencias, para Romina la mayoría fueron divertidas, para su mamá, papá y hermanos no lo eran tanto. Por ejemplo, como Romina era la menor, 11 años, no le tocaba cargar las maletas más pesadas, solo llevaba su pequeña mochila, una almohadita y sus inolvidables audífonos. Dormitó la mayor parte del tiempo, lo que la libró de sentir el efecto que causan las múltiples curvas en el camino. No se percató de un gran lapso de espera por un tramo de reparación en la carretera. De tal forma que cuando despertó ya faltaba poco tiempo para llegar a su destino. El viaje había sido largo, casi 15 horas de camino.

En la terminal de camiones los esperaba el tío Rafa, hijo de doña Genoveva, quien los recibió con mucho cariño y los llevó a la casa de su mamá. Romina observaba con atención el paisaje que iban pasando, como queriendo captar al máximo esas imágenes que eran nuevas para ella. Le llamó la atención ver que había árboles que ya conocía, eran como los de su pueblo. Por su mente pasaron varias ideas: ¿cómo un lugar tan distante puede tener árboles similares? ¿Será que el clima de este lugar es como el de mi pueblito? ¿Quién será la primera persona que sembró estos árboles?

Mientras seguían rumbo a la casa de la tía, Romina siguió atenta viendo los árboles, las flores en los camellones, recordó a su abuelita Luz, amaba la naturaleza. Tenía poco tiempo de haber fallecido. La extrañaba. Ya quería ver a la tía Geno y darle muchos abrazos y besos, sería como dárselos a la abuelita Luz. 

El coche del tío Rafa se detuvo, 

—Bueno familia, hemos llegado, mi mamá ya los espera. Pasen, pasen.

Romina observó la fachada de la casa, le pareció muy linda, una puerta antigua, de color madera natural y una campanita afuera con un listón, ¿sería acaso el timbre? Se acercó despacito, hasta que llegó con toda la intención de jalar el listón y hacerla sonar.  De pronto se sintió descubierta.

—Hija, puedes hacer sonar la campana, para que alguien nos abra —señaló el tío Rafa.

Romina se sintió delatada, pero se le olvidó de inmediato y no se hizo del rogar.

—¡Sí tío! —respondió, mientras jalaba con fuerza la campana.

—¡Ya voy, ya voy! Doña Geno, ya llegó su familia —se escuchó una voz femenina. 

La puerta se abrió. Bajaron el equipaje, tío Rafa fue el primero en pasar animando a la familia de Romina y a ella a hacer lo mismo. Romina se adelantó y vio venir a la tía Geno, ataviada con un bello vestido con flores azules y detalles de encaje blanco, apoyada en su bastón. Al fondo tenía como escenario un vistoso jardín. 

—¡Creatura, cómo has crecido! ¡Qué linda estás! —le dijo a Romina.

Romina apresuró el paso, caminó hacia ella con mucha alegría.

—¡Tía Geno, qué ganas tenía de verla! —exclamó Romina mientras la abrazaba con mucho cariño.

Detrás de Romina venía su familia, que también se sumó a saludar a la tía Geno. Romina sintió algo especial en esa casa, su corazón estaba contento. Buscó con la mirada hasta llegar al jardín, se acercó a él, había una variedad de flores y árboles como en casa de la abuelita Luz,  seguro que tía Geno lo cuidaba bastante. El jardín en la casa era un lugar no solo bonito sino que ahí se hacía presente la vida. Romina sintió que alguien se acercaba, era la tía Geno,

—¿Es hermoso, verdad Romi? Es mi  lugar favorito.

Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 276. El valor de las memorias. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.


Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

El valor de las memorias

El mes pasado se conmemoró el Día Mundial del Libro. No sé a ustedes, pero a mí, siempre me ha gustado tener contacto con los libros físicos. El poder palparlo, sentir sus hojas, percibir el olor a libro nuevo o ya con algunos años de creación; observar su diseño, su forma y por supuesto, leer el gran valor de su contenido. Y además de lo anterior -que no es poco-, algo muy importante, en lo que quizá no solemos poner atención, todo el camino que ha llevado cada libro para llegar a nuestras manos, desde el cómo surgió la idea creativa para  dar origen a la obra hasta su publicación e impresión. Sobre todo si es un proyecto autogestivo, hay más esfuerzo.

Cada que se presenta un libro y tengo la oportunidad de asistir, es para mí una lucecita de esperanza en este mundo donde la lectura tiene que incentivarse cada vez más. Hoy les compartiré sobre una obra que se presentó recientemente en San Cristóbal de Las Casas, me refiere al libro ¡Ya entendí compañera! Pequeñas memorias, de la autora Coni Suárez Aguilar, con prólogo de Jorge Santiago Santiago.  Cabe mencionar que ésta es la segunda presentación del libro, la primera fue en el marco del Encuentro de arte Rebel y Revel.

En esta ocasión la obra fue comentada por Liliana K’an, Delmar Penka y Estela Barco, como moderadora estuvo Magali Caballero. El escenario fue el Café restaurante Las Damián, un espacio acogedor, que dio cabida no solo al evento sino a las emociones que se vertieron en este compartir literario y de vida.

¡Ya entendí compañera! Es una obra con doce relatos, que tiene como eje central a la castilla, que cuestiona sobre esta resignificación del castellano que muchas veces se desprecia, se excluye y se considera inferior a quienes lo hablan. Las protagonistas de las historias son mujeres de pueblos mayenses de Chiapas, cada relato que Coni nos narra nos traslada a contextos no solo físicos sino históricos, políticos, socioculturales,  de luchas, de reivindicación de los derechos de las mujeres y a escenarios íntimos del día a día. Es importante enfatizar que son relatos basados en experiencias vividas por la autora en colectivo con otras compañeras.

Liliana K’an destacó en la obra de Coni, la importancia de los procesos de escucha a las mujeres, de visibilizar temas como violencia, discriminación, desigualdades y la castilla como un medio para comunicarse. Asimismo, lo señaló como un homenaje al linaje femenino.

Por su parte, Delmar Penka enfatizó que el libro es disruptivo y esperanzador, “un faro en la obscuridad”; que nos invita a situarnos en el conocimiento de las mujeres. Así como también, la castilla nos visibiliza las formas en que las mujeres hablan y usan para sí mismas.

Estela Barco señaló que la obra nos habla de la construcción de las autonomías de las mujeres; nos presenta los miedos a los que las mujeres se enfrentan a diario. Y a la vez es un libro que da esperanza, que nos invita a conocer y reconocer las luchas que han realizado las mujeres.

Magali Caballero, quien también estuvo a cargo de la edición de la obra, remarcó la importancia que tuvo la autora del libro, de la escucha a las mujeres y a sus contextos.

Posterior a los compartires de quienes comentaron la obra, Jorge Santiago señaló que el libro ¡Ya entendí compañera!, nos recuerda “la exposición del alma, escribir con el corazón, que es el corazón quien marca el ritmo, pone los colores y la intensidad”.

Coni nos deleitó con la lectura de uno de los relatos que más revuelo ha causado, Aunque se te afloje el calzón, cuya protagonista es una niña, Juanita.

Al final hubo un espacio para que quienes asistimos pudiéramos compartir la palabra sobre la obra. La presentación fue muy emotiva, no solo por los mensajes de cada comentarista, sino por lo que engloba la obra en sí, por el valor de las memorias que Coni recabó y que nos ha transmitido en esta escritura en castilla.  De ahí que hubo sonrisas, quiebres de voz, lágrimas de alegría, emoción y reconocimientos a todas las mujeres, no solo las de las historias relatadas, sino las que siguen en lucha cotidiana y las que aún no son visibilizadas.

Indudablemente la escritura nos une, nos permite conectarnos con otras, otros, otres y volver la mirada a el valor de las memorias, ésas que no siempre se pueden plasmar en los libros, porque se cuentan de manera verbal, a veces en tono bajito, otras con un tinte de pena, lo valioso es no olvidarlas y prestarles atención, ahí hay mucho de nuestra vida y nuestros linajes.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 275. Habitar el desierto. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

 Voces ensortijadas

Habitar el desierto

María Gabriela López Suárez

Con cariño para Tere y familia

Corina dibujó una gran sonrisa cuando se enteró que conocería unas grutas en la región Sierra en Lerdo, Durango. Su familia y ella habían ido de visita a familiares que vivían en esa ciudad. A Corina le encantó la idea desde que se enteró que visitarían las grutas, era la primera ocasión que estaría en una. Estuvo a punto de buscar información en la red pero prefirió no hacerlo y dejarse sorprender, algo en su corazón le indicaba que serían hermosas.
Tomaron como guía el google maps y junto con sus familiares emprendieron la travesía. El paisaje de ese día era algo distinto, el sol no se apreciaba, ni las montañas. En la carretera la vista era de un paisaje nublado, como una especie de neblina que impedía ver las montañas, apenas se alcanzaban a divisar las más grandes. Su familia le dijo que a ese fenómeno se le conocía como lluvia lagunera. Es decir, una tolvanera que es característica de la región desértica o semidesértica.
Mientras avanzaban rumbo al destino, Corina pensó que si ella fuera caminando segurito que quedaría empanizada de tanto polvo. Pronto dejaron la ciudad e iniciaron el recorrido por terracería. La tolvanera seguía presente, sin duda que era parte del encanto del viaje, al menos así lo sentía Corina.
En menos de lo imaginado eran los únicos que iban en el camino, seguían la ruta indicada, guiados por el google maps. Además de las charlas y conversaciones amenas, Corina se percató que por ningún motivo daría algún pestañazo en el viaje. Tenían frente a ellos un paisaje árido con vegetación que Corina solo había visto en libros o en películas donde relataban historias de zonas áridas o desérticas. Observó atenta la variedad de flora que tenían las extensiones de tierra por las que iban pasando; conoció los árboles de mezquite, vio matorrales achaparrados, cactus, nopales, maguey, y para su mayor asombro, en esa zona tan árida algunos de los cactus florecían.
El camino de terracería parecía no tener fin, sin embargo, Corina y su familia seguían atentos a los paisajes que la naturaleza les presentaba y a que apareciera alguna señalética. Por algún momento, Corina sintió que estaban como en una película, nadie más en el camino, un paisaje árido, en algunas zonas asomaban vacas, pero ninguna persona. Entre la tolvanera no se podía distinguir qué había más adelante, de pronto identificaron como casas.
—¡Al fin, ya era justo ver personas! —pensó para sí Corina.
La sorpresa que se llevaron fue que las casas, que no eran pocas, estaban no solo semidestruidas sino deshabitadas. Algo así como una especie de pueblo fantasma, entre magia y nostalgia. A medida que observaba el paisaje, a Corina se le vino a la mente, cómo habitar el desierto. Contempló que la flora que prevalecía estaba muy adaptada al clima de la región, zona muy árida, y aún bajo el intenso sol estaba de pie, como dándoles la bienvenida.
La pregunta pasó al tramo de la vida. ¿Era posible habitar el desierto? Sí, en medio de todas las vicisitudes, de una o más tolvaneras, había que resistir desde el amor, la lucha constante, la escucha, la confianza, el valor y darse espacio para adaptarse al clima que se presentara. En eso estaba cuando se escuchó:
—¡¡Grutas del Rosario a diez kilómetros!! Ya estamos cerca —expresó con entusiasmo la prima Teté.
Los rostros mostraron alegría; Corina volvió al presente, deseosa de llegar al lugar, bajarse y poder conocer cómo eran las grutas. Entre tanto siguió observando el paisaje con el encanto del desierto.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 274. Algodones en primavera. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Algodones en primavera

Doña Cristina se levantó temprano, como solía hacerlo todos los días. Se asomó al calendario y revisó que se acercaba la Semana Santa. De no haber visto el calendario ni en cuenta de la fecha; entre el ajetreo cotidiano de la tienda de abarrotes que tenía, la visita de sus hijos, las nueras, las nietas, los nietos, las charlas con sus comadres y las reuniones de asamblea en el barrio, la vida se le iba.

Antes de abrir la tienda, tenía como su ritual de la mañana ir a regar sus maceteras y los árboles que tenía en el patio. Alberto, su hijo menor, le había dicho en más de una ocasión,

—¿Ya tomó su café con pan? Dele apapacho a su estómago y luego riega sus maceteras.

Ella solía responder, 

—¡Ay hijo, ellas también tienen sed! No me tardo nada regando, además eso me da mucha felicidad.

Ese día no fue la excepción. Después de regar las maceteras y los árboles observó que había mucha hojarasca, propia del cambio de hojas que suelen hacer los árboles previo a la primavera. Se dispuso a barrer el patio, se dio cuenta que no solo era hojarasca sino también los algodones que solía desprender el árbol de pochota que había en la casa de unos vecinos. En lugar de colocarlos en la bolsa de la basura decidió que esa hojarasca y algodones fueran para la composta que tenía en el árbol de guayaba y de flor de mayo.

Uno de los algodones se escapó sutilmente, pasó frente a los ojos de doña Cristina y tomó su rumbo, elevándose hasta que ella lo perdió de vista. Mientras lo observaba, vino a su mente cuando era niña y contemplaba con mucho asombro el árbol de pochota grande y frondoso que había cerca de su casa. Justo en temporada de primavera, sus amistades del barrio y ella solían ir a jugar cerca de ahí. A ella le encantaba quedar viendo cómo caían los algodones y se esparcían en distintos rumbos, el viento era el aliado en esos menesteres. Doña Cristina podía pasarse mucho rato frente a ese paisaje. Las mamás de sus amistades no disfrutaban igual que ella la caída de los algodones, porque significaba estar barriendo constantemente las casas y los patios. 

Doña Cristina dio un suspiro grande que la hizo volver al presente y observar que ya estaban de nuevo algunos algodones en el patio, sonrió mientras los barría suavemente. Los algodones en primavera eran una especie de regalo que aún seguía dándole deleite.

Se dirigió a la cocina; se lavó las manos y preparó su café. Buscó en la alacena si tenía pan, encontró unas galletas de amaranto que le había regalado Marina, una de sus nueras. El aroma a café recién preparado inundó la pequeña cocina. Mientras degustaba su café con galletas sonó el teléfono; era don Ismael, su compadre, saludando y preguntando que cómo estaba y a qué hora abriría la tienda. El día había comenzado acompañado de algodones en primavera.

Fotografía: Nadia Arce

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 273. Danzar la vida. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez 

Danzar la vida

Federica despertó antes de que sonara la alarma de su reloj. Ese sábado le correspondía cubrir su turno en horario matutino en el restaurante donde trabajaba. Permaneció unos minutos más en la cama. Observó con atención el techo de su cuarto, el color blanco le provocaba mucha paz. Alcanzó a escuchar el silbido del viento acompañado del canto de los pájaros. Decidió levantarse al tiempo que intentaba adivinar cómo estaría el clima. Encendió la radio, subió el volumen y  se dirigió a darse una ducha. 

El clima estaría con muchas ráfagas de viento y temperatura con una máxima de 18 grados. Federica comenzó a arreglarse y dejó al final el secado del cabello. Se dirigió a la cocina, buscó qué tenía en la alacena para desayunar. Preparó con rapidez un sándwich de pollo con lechuga, mostaza y jitomate. Revisó si aún le quedaba café en la despensa, para su buena fortuna sí. Acompañó su desayuno con una taza con café.  

Dirigió su mirada a la ventana,  el día era soleado aún con sus ráfagas de viento. Le apeteció quedarse en casa degustando otra taza con café, hablar por teléfono con su familia y enterarse de los últimos acontecimientos en su pueblo. Su jornada laboral empezaría en un rato más. Así que se apresuró para estar en tiempo. Antes de salir de casa eligió si iría en transporte público o caminando.  Pensó que el clima era cómodo para andar y quizá le vendría bien caminar para terminar de despertar.

Inició la travesía hacia el restaurante; mientras iba tomando atajos Federica comenzó a hacer memoria de que pronto cumpliría un año y medio de trabajar en ese lugar. Pensó en la serie de vicisitudes desde que había llegado a la ciudad para ingresar a la universidad, no había pasado el examen de admisión, así que decidió quedarse trabajando para presentar el examen el siguiente año. En su segundo intento sí aprobó el examen, sin embargo, el ingreso económico no estaba de más, así que aceptó la oportunidad de poder trabajar los fines de semana.

Regresó al presente. Se alegró de que el clima de ese sábado estuviera agradable; dejó que el viento le acariciara el rostro y se sintió contenta de que había madrugado. Se agradeció haber elegido caminar esa mañana. Atravesó un andador con muchos árboles. Alzó la vista, le pareció que el paisaje era sumamente bello y mágico, los árboles se mecían al compás del viento. Las ramas parecían como brazos que se extendían y se movían sutilmente. Federica se sintió parte de ese paisaje, se descubrió moviendo los brazos suavemente sin perder el ritmo de su andar. Echó un vistazo a su reloj, estaba a buen tiempo para llegar al restaurante.

Sonrió para sí; el paisaje de esa mañana le había recordado que aún con todas las vicisitudes la vida era una danza y danzar la vida en sus distintos ritmos, era un regalo muy valioso y necesario que cada persona tendría que descubrir y poner en práctica. 

Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.