Voces ensortijadas 132. La puesta del sol. María Gabriela López Suárez

La puesta del sol

Por Maria Gabriela López Suárez

Rafaela estaba por terminar de preparar un pedido de rosca de mantequilla con arándanos que le habían requerido para la tarde - noche de ese miércoles. El aroma que salía de su cocina era delicioso. Ya había apartado una rosca para Roberta, la niña que era su vecina, era fan de su rosca y tenía un olfato inconfundible para detectar cuándo la preparaba.

—¡Mamá, Rafaela está cocinando rosca de mantequilla! ¡Huele riquísimo!

—¡Ay Roberta vaya que eres muy buena identificando sabores en la cocina! Rafaela te consiente mucho, seguro que al rato te trae unas rebanadas.

El rostro de Roberta dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Sabía que su mamá tenía razón. Sin embargo, esa ocasión ella quería obsequiarle algo a Rafaela. Le propuso a Abigail, su mamá si preparaban chocolate con leche y le compartían a Rafaela. Abigail dijo que era una excelente idea y se dispusieron a hacer la bebida.

Rafaela continuaba atareada terminando de decorar las roscas, no era por nada pero le habían quedado muy bonitas. Y qué decir del sabor, una de sus catadoras era Roberta quien, con toda la sinceridad que hay en la niñez, le solía compartir qué tal le habían quedado cada vez que le compartía. Lo hacía muy a su manera, sin esas poses que luego la gente adulta adopta, para quedar bien. 

—Aquí está la rosca para Roberta y Abigail y ahora me daré un receso para que en un rato más se la lleve y luego esté pendiente que vengan por el pedido.

Salió a su patio, tenía la fortuna de contar con un espacio mediano de terreno que le permitía tener árboles frutales y escuchar en cada amanecer y atardecer los conciertos naturales de los pájaros que solían llegar a visitarla. Se sentó sobre una piedra que tenía como especie de banco y dirigió su mirada hacia el rumbo donde se oculta el sol, observó atenta, había llegado a tiempo para contemplar la puesta del sol. Era una actividad que solía hacer las veces que le era posible, le gustaba darse el tiempo para eso, cada puesta del sol era distinta y no dejaba de asombrarla, además era efímera y por eso prefería estar antes. Las tardes de verano tenían su encanto especial.  

No tardó en escucharse que alguien tocaba la puerta en la casa de Rafaela. 
Primero fue un toquido leve, luego comenzó a ser un poco insistente. Antes de abrir Rafaela revisó la hora para verificar si eran sus clientes que llegaban por el pedido, no, aún faltaba más de media hora. Luego se fue percatando que ese estilo de tocar podría corresponder a la pequeña catadora de roscas.

—¡Ya voy! ¿Quién es?

—¡Hola! Soy Roberta, ¿me abre?
  
Rafaela abrió la puerta y saludó a Roberta quien muy sonriente correspondió al saludo y le dijo que le llevaba un obsequio, al tiempo que le entregaba la jarra con chocolate que había preparado con su  mamá.

—¡Muchas gracias Roberta! No tenían por qué molestarse, yo les tengo rosca para compartir, espero que les guste. ¿Qué te parece si le preguntas a tu mamá si quieren venir a tomar este chocolate conmigo y degustamos la rosca?

—!Sí!, gracias Rafaela, ahora le digo —respondió entusiasmada.

Mientras Roberta salía corriendo a su casa, Rafaela se asomó al patio, el sol se había retirado pero el cielo conservaba esos tonos cálidos de una tarde de verano, de esos que invitan a contemplarse.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 131. La aventura de hacer un examen. María Gabriela López Suárez

La aventura de hacer un examen

Por Maria Gabriela López Suárez

Circe acudió a la universidad para presentar su examen de admisión, tenía la firme decisión de estudiar Diseño Gráfico, en su casa querían que siguiera la tradición familiar de estudiar Contabilidad.

—Lo mío, lo mío, no son los números, más que para sumar o restar cuando hago mis cuentas de gastos —solía decir Circe, cada que que le mencionaban sutilmente la carrera que más elegían en la familia.

Llegó temprano a la escuela, sin complicación alguna pasó al aula y esperó las indicaciones. El tiempo le parecía lento previo al inicio del examen. Cuando empezó, le dio una ojeada al cuadernillo de preguntas, casi se va de espaldas.

—¡Madre mía, 210 preguntas! Con 4 horas para responder, uff, espero que me alcance el tiempo. Sin duda, la sección de Mate es la que me dará un poquito de dolor de cabeza, —pensó. Mientras se apresuraba a resolver la sección de Inglés.

Le tocó sentarse al lado de una ventana, inquieta como era Circe, no dejaba de echar un ojo a lo que pasaba, vio algunos estudiantes que llegaron tarde, así como también que el cielo soleado poco a poco se fue nublando.

—Solo espero que llueva una vez que yo haya salido de la escuela —dijo para sí.

Circe trató de no revisar su reloj para no atormentarse y entrar en estrés. Prefirió observar a un pequeño insecto que caminaba sobre el cristal de la ventana.

—¿Caminará más pronto para llegar del otro lado de la ventana antes que yo termine de resolver los problemas de Mate? —se preguntó.

Siguió respondiendo el examen y en efecto, el pequeño visitante no había dejado rastro alguno para cuando Circe concluyó los problemas.

De nuevo, se dejó cautivar por lo que observaba a través de la ventana, el pasto era como una especie de alfombra roja para un zanate que caminaba con un ritmo que dejó asombrada a Circe, era un caminar apresurado pero con elegancia.

Una compañera del grupo preguntó la hora, Circe se percató que solo le quedaban aproximadamente cincuenta minutos para concluir el examen, llevaba un 80% contestado. Se dio prisa y ya no volvió a ver a la ventana hasta que terminó.

Aún le dio tiempo de hacer una revisión general de sus respuestas, mientras pensaba que ojalá le fuera muy bien y quedara en la carrera, de lo contrario le tocaría repetir la aventura de hacer un examen. Entregó la prueba y se dispuso a regresar a casa, mientras el viento  le acariciaba el rostro. La lluvia no tardaba en llegar.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. Estamos de fiesta. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Por María Gabriela López Suárez

Estamos de fiesta

Aprovecho este espacio para agradecer al público lector que semanalmente convida su valioso tiempo para leer la columna Voces ensortijadas, que concede sus comentarios y algunas anécdotas que les evocan estas líneas. 

Les comparto con mucho gusto que esta columna cumplió su quinto aniversario de publicaciones ininterrumpidas el pasado 3 de julio. 

Muchas gracias a Letras, idea y voz por el espacio que brinda para su divulgación, sin duda, un apoyo sumamente valioso. 

Gracias, gracias, gracias.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 130. Árbol de piñas. María Gabriela López Suárez

Àrbol de piñas

Por Maria Gabriela López Suárez

Ernestina viajó a visitar a Elba, su mejor amiga, a un pueblo enclavado en una región  montañosa, donde la vegetación era abundante en pinos y oyameles de gran tamaño. Elba le había contado de la belleza del paisaje y no exageró.

La vivienda de Elba era pequeña y confortable. El rincón favorito de Ernestina fue una ventana que daba al jardín vecino y a través de ésta se asomaba un pino de tamaño mediano, con follaje frondoso y lleno de piñitas. Era un deleite asomarse en distintos momentos del día, contemplar cómo el viento mecía sus hojas y sobre todo, cómo lucía la belleza de cada una de sus piñas.

Cada rama del pino estaba bellamente decorada con piñas, desde la rama más baja hasta la más alta. Las piñas eran irrepetibles en sus tamaños y formas. Algunas estaban unidas, como racimos de uvas, se observaban tres o cuatro piñas, entrelazadas; en otras ramas se apreciaban dos frutos y en pocas ramas solo había una piñita.

Elba encontró más de una vez a su amiga Ernestina observando frente a la ventana, hasta que le preguntó:

—¿Qué tanto miras, qué hay ahí que no me he dado cuenta?

Ernestina le contó que aún no creía que tenía tan cerca un pino lleno de piñas. 
Las piñitas eran un regalo de la naturaleza que ella había recibido por primera vez en su infancia, en una fecha cercana a una Navidad. Desde que las tuvo entre sus manos le encantaron, imaginó cómo habrían nacido, de qué forma y tamaño sería el árbol de donde las cortaron, cómo serían sus hojas. El olor de las piñas le remontaba al bosque, naturaleza viva y ahora era el momento de deleitarse.

Elba le dijo que podría pedirle a sus vecinos si les permitían ver más de cerca el árbol y quizá hasta poder recolectar piñitas que estuvieran en el piso o cortar algunas. La idea le encantó a Ernestina. Lo que no sabía Elba era que, para no perder la oportunidad de tener plasmada la experiencia, su amiga había comenzado a trazar un boceto del árbol de piñas en su libreta de dibujo, actividad que disfrutaba realizar. Sin duda, visitar a Elba y conocer el lugar donde vivía eran de los mejores recuerdos que tendría y había encontrado una linda manera de representarlo.

—Elba, adivina que estoy comenzando a dibujar —dijo Ernestina con la intención de despertar la curiosidad de su amiga.

—¡Mujer, vaya que aprovechas el tiempo hasta en tus ratos de descanso! ¿Acaso tiene que ver algo con un pino?  ¿Le atiné verdad?

Ambas sonrieron y Ernestina fue por su libreta para mostrar el boceto a su amiga.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 129. La esperanza. María Gabriela López Suárez

La esperanza

Por Maria Gabriela López Suárez

Rosalía se levantó más temprano que de costumbre ese miércoles, tenía una comisión por parte de su trabajo y le tocaba viajar fuera de la ciudad. El canto de los pájaros fue el augurio de un día soleado.

Salió de su casa cuando el alba aún no se asomaba. Observó el paisaje de las montañas bañadas en neblina, como una especie de ensueño. Se imaginó escalando alguna de esas montañas, en compañía de Amaranta, Tomás y Timoteo, su pandilla favorita, como llamaba a sus hijos y esposo.

El llamado de un conductor la regresó a su ubicación actual, la terminal de colectivos que la llevaría a su destino. Se subió en uno de los colectivos e inició su travesía.

Era la segunda vez que visitaba ese pueblo, le agradaba mucho la vegetación que había. Su encomienda era dar un taller a un grupo de estudiantes de nivel primaria en la única escuela que tenían ahí. La vez anterior solo había asistido como auxiliar, ahora era la encargada de facilitar el taller.

La dinámica de trabajo en el grupo fue muy buena. Al inicio estaba un poco nerviosa, sin embargo, una visita inesperada le alegró más el día. Cuando estaba explicando una de las actividades a realizar, se hizo presente una cigarra, como ella solía llamar a las libélulas. Era grande, la de mayor tamaño que recordaba haber visto en su vida. Era de color negro brillante y comenzó a danzar por todo el salón. El grupo la recibió con gusto, Rosaura y Joaquín, dos de los estudiantes, dijeron que era raro que llegaran por ese lugar.

En la familia de Rosalía tenían la creencia que si una cigarra les visitaba era augurio de la esperanza, que algo lindo sucedería. Por eso, para ella fue de gran regocijo tenerla en el aula. La perdió de vista, de pronto, cuando estaba resolviendo la duda de un estudiante, sintió una presencia en ella, volteó ligeramente hacia su hombro izquierdo y la descubrió posando sobre él. Fue un bello regalo, como suave caricia. Tuvo la sensación de sentirse acompañada y le generó paz. Siguió con sus actividades, así como llegó la cigarra se retiró. Rosalía terminó el taller con muy buen sabor de boca.

De regreso a la ciudad se deleitó con observar el paisaje en la ventana del colectivo. Cerró sus ojos por un instante y sintió nuevamente la discreta presencia de la esperanza sobre su hombro izquierdo. Estaba muy contenta de volver a casa.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Tifón. 1. Gente, ruido, historias y esa necesidad de escribir. Juventino Sánchez Vera

Gente, ruido, historias y esa necesidad de escribir

Por Juventino Sánchez Vera

Tales son las recompensas de las letras; tales son sus consuelos. Yo

mismo, aun siguiendo de tan lejos a sus favorecidos adoradores,

yo mismo he podido participar de sus beneficios, y

saborearme con sus goces.

Andrés Bello

“Recuerdo que a mi abuelita materna le gustaba escribir detalles de eventos, que ella consideraba importantes, tenía sus libretas, ahí anotaba fechas, nombres y algunas veces también los agregaba a las fotos”, nos cuenta Gabi en “La necesidad de compartir historias" (columna #27 de la antología Voces ensortijadas...). 

ATENCIÓN: Querido lector o lectora si estás a punto de leer este texto y estás cerca de la escritora ten cuidado, ella colecciona momentos, instantes y posiblemente salgas plasmado en un texto suyo que semanalmente realiza, no dudes que te evocará como una parte para embonar otra historia o simplemente mencione algún hecho que hiciste. No te preocupes, te narrará de lo más lindo.

María Gabriela López Suárez estrena su más reciente pieza literaria Voces ensortijadas / Antología 2020-2021. Gabi, así le digo de cariño, es esos ojos que van por ahí “pepenando historias”. Creo e intuyo que con cada parpadear son letras las que recauda. 
         Mi amiga Damaris Disner, me aconsejó que me inspirara en lo visual para escribir este texto y eso he hecho. La sombra “colocha” (como también llamo cariñosamente a Gabi) acechando historias, mirando a la gente. ¿Qué es lo que acecha Gabi? Siempre me pregunto. 
         Como editor de libros, diseñador y director de  un estudio trato de poner énfasis en cada pieza de libro que produzco, Gabi involucró en esta obra a varios artistas: Erick García Briones (ilustrador del libro), Malintzin Yolo González Molina (correctora de estilo), Damaris Disner (prólogo), Roger Octavio Gómez Espinosa (introducción) y yo, Juventino Sánchez Vera. Quiero pensar que estamos atrapados en su obra, capturados y comulgando en este libro, a la distancia pero teniendo en común que estamos dentro de esta pieza y me siento muy feliz. 

Gracias querida Gabi, gracias querido público lector.
  

Ilustración: Erik García Briones




*Sobre el autor:

Juventino Sánchez Vera

Tapachula, Chiapas, México, 1983.

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, gracias a dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha. Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021. Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez; Chiapas, México. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director de Tifón, casa editorial que lleva publicado innumerables títulos de poesía, teatro y narrativa.

Voces ensortijadas 128. Florecillas de colores. María Gabriela López Suárez

Florecillas de colores

Por María Gabriela López Suárez

Melissa se sentó en el borde de la cama para amarrarse las agujetas de sus tenis, como todas las tardes saldría a correr en un parque poco cercano a su casa. Esta vez iría sola, sus acompañantes Rubí y Danilo, vecinos de su colonia, estaban de viaje. Aunque sentía un poco de nervios de salir sola, se armó de valor, era el primero de quince días que lo haría, mientras la pareja de vecinos regresaba a la ciudad. Mientras terminaba de ajustarse las agujetas pensaba que le gustaría poder salir sin temor a que alguien le acosara o molestara en la calle, guardó en el bolsillo de su sudadera su spray con gas pimienta y se dispuso a salir.

Conocía muy bien la ruta para llegar al parque, mientras atravesaba el mercado que estaba en el camino, apresuró el paso, no sin antes darse tiempo para observar la cantidad de basura que había en el piso, aunque los botes para depositarla se encontraban colocados a un costado, como si la gente no los viera, o peor aún, como que no le dieran importancia a poner la basura en donde deberían. 

Al llegar a una esquina, en el cruce de un semáforo, se detuvo mientras daba el rojo y se percató de la cantidad de basura que se puede generar a partir de lo que se consume, vio gente bebiendo refrescos, comiendo frituras, alimentos yaen platos y vasos desechables. Un dato que llamó su atención fue que una persona colocó una botella de plástico en uno de los botes para basura, eso le dio gusto, sin embargo, se dio cuenta que la persona lo puso en el bote de basura orgánica, sin que le diera mayor importancia a la confusión.

—¿Será que no sabe leer? Clarito dice orgánica e inorgánica —pensó. 

Continuó su camino rumbo al parque, mientras lo hacía iba pensando en las diversas formas que se genera contaminación y el poco cuidado al medio ambiente, a la naturaleza, que cada día evidencia los daños que se le causan. Llegó a su destino. Hizo su rutina de calentamiento y comenzó a correr. Antes de que terminara su primera vuelta le llamaron la atención los cambios en las jardineras ubicadas en una parte del parque. Recordó qué había antes ahí, su mente que no solía fallar le trajo el dato: la imagen de un espacio abandonado, gris. Ahora lucía distinto, había muchas florecitas de colores que estaban habitando el lugar. 

Melissa disminuyó el ritmo de su paso para acercarse a ver las flores, le dio mucho gusto que ese espacio que antes lucía triste, olvidado, ahora tuviera una parte de naturaleza viva. Se quedó observando si no había invasión de basura y su corazón se alegró al ver que no. Mientras regresaba a su ritmo se le ocurrió que podría proponer a Rubí y Danilo platicar con la gente vecina del parque, para que se organizaran y pudieran cuidar el parque de manera colectiva, no solo en el mantenimiento, en la naturaleza, sino también en la seguridad del lugar. Siguió corriendo, se había propuesto hacer dos vueltas más, la recompensa era linda, saludar nuevamente a las florecitas de colores.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 127. Cuando cae la lluvia. María Gabriela López Suárez

Cuando cae la lluvia

Por María Gabriela López Suárez

La tarde del sábado Bernarda observó atentamente el cielo, estaba gris y se tornó oscuro. Era una señal de que la lluvia no tardaba en llegar. Las nubes se movieron rápidamente y el cielo comenzó a tronar con los rayos. La lluvia se hizo presente en menos de lo que imaginó.

El olor a tierra mojada se fue esparciendo y el viento comenzó a soplar moviendo, primero suave y después con fuerza las hojas de los árboles. Bernarda se quedó contemplando la lluvia desde el patio de su casa, el viento le salpicaba el agua en el rostro como una suave caricia. Cerró los ojos y se dejó llevar por el concierto natural que traía la lluvia, se dispuso a disfrutarlo.

Ese día se encontraba sola en casa, Renato, su compañero, y Mariposa, su perrita, habían salido. Él solía llevar a la cachorra cuando iba a comprarle el alimento. Así que el concierto no tenía el paisaje sonoro de los ladridos de Mariposa que, normalmente, se ponía nerviosa cuando había truenos.

Permaneció con los ojos cerrados y comenzó a identificar la mezcla de sonidos que provocaba la lluvia, en el techo, al rozar con la tierra, el chorro que caía en la tina donde almacenaban el agua,  el viento que rozaba con los árboles y los truenos que continuaban haciendo retumbar el cielo.

Le encantaba disfrutar la lluvia si estaba en casa, para ella era un regalo que agradecía, la lluvia era una bendición y le recordaba los regalos que traía para la vida. Vino a su mente lo que escuchaba que decían sus abuelitos en las noches de lluvia, la alegría con que la recibían, 

—Cuando cae la lluvia la naturaleza se pone contenta, escuchen el canto de las ranas. No tardará en aparecer el canto de los grillos, una vez que acabe el agua, —decía la abuelita Martina. 

Bernarda respiró profundo, sintió que su corazón se apapachaba, como si acabara de escuchar esas palabras y que la presencia de sus abuelitos la acompañaba esa tarde. Cuando cae la lluvia, pensó, la vida se reconforta y el espíritu se fortalece. A lo lejos escuchó el ladrido de Mariposa, era el anuncio de que Renato y ella habían llegado.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 126. Crear historias. María Gabriela López Suárez

Crear historias

Por María Gabriela López Suárez

Paquita estaba acostada en uno de los sillones de su sala, abrazando a su conejo de peluche, su rostro mostraba la tristeza que tenía. 

—Toc, toc, ¿hay alguien por acá que me abra la puerta? —Se escuchó la  alegre voz de la tía Vero, que como cada viernes por la tarde pasaba a visitar a sus familiares después del salir de su trabajo.

—Mamá abriré la puerta, es la tía Vero —mencionó Paquita.
Luego de saludar a Paquita la tía Vero le dijo,

—¿Y esa carita? ¿Qué te pasa Paquita? Por cierto, es raro que estés en casa, normalmente sales a jugar con tus amistades del vecindario.    

—Estoy enferma tía —respondió casi sollozando, mientras se recostaba nuevamente en el sillón.

En ese momento llegó Gertrudis, la mamá de Paquita, saludó a la tía Vero y le comentó que Paquita había tenido fiebre un par de días antes y no podía salir a jugar al patio hasta que estuviera recuperada. 

—Ah con que es eso, Paquita si te cuidas y sigues las indicaciones de tu mamá estarás mejor y podrás salir a jugar. ¿Quieres que preparemos juntas los hot cakes que te gustan?
Paquita movió la cabeza, en señal de negación, para luego colocarse en posición fetal.

—Niña, no seas grosera.

—Déjala Gertrudis, está triste. Ya sé, más tarde haremos los hot cakes, mientras te propongo jugar a crear historias, ¿te gustaría?   

Paquita levantó la cara y respondió, —¿jugarás conmigo tía Vero?

—Claro que sí, a ver, antes sécate las lágrimas y trae a tu conejo para que también juegue con nosotras. Gertrudis también estás invitada.

Vero las llamó para observar desde la ventana que daba a la calle, como vivían en un departamento en segundo piso, la vista era bastante generosa. Las tres se pusieron cómodas, acercaron unas sillas y para Paquita pusieron un banco más alto para que ella y su conejo vieran mejor. 

El juego consistía en mirar con atención qué pasaba en la calle, para que luego cada quien eligiera algo que llamara la atención y a partir de eso crear historias. En la calle había varios personajes, el señor que vendía raspados, la muchacha que iba con su venta de globos, el carro que anunciaba la venta de tamales, los camiones que pasaban constantemente, uno que otro ciclista que asomaba, unas niñas que vendían rosas y la gente que salía de la jamonería que estaba situada en esa calle.

—¿Quién quiere iniciar? —Preguntó Vero.

—Tú tía, para que nos enseñes cómo hacerlo — respondió de inmediato dijo Paquita, quien tenía el rostro más animado y no soltaba a su conejo.   

—Muy bien —dijo Vero.  La historia es sobre la muchacha que vende globos. Eloisa salió como todas las tardes con su vendimia, sus globos habían sido inflados con gran alegría y había elegido cuidadosamente cada uno de los colores de los globos...

Mientras Vero contaba la historia, Gertrudis observaba a su hija y sentía que el corazón se le llenaba de gusto, vaya que había sido muy buena idea la de Vero para que Paquita estuviera entretenida esa tarde.


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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 125. Tarde de primavera. María Gabriela López Suárez

Tarde de primavera

Por María Gabriela López Suárez

Margarita aceptó la invitación de Andrea y Genaro, sus amistades que vivían en otro estado de la República Mexicana, para ir a visitarlos en sus vacaciones. Como estaba acostumbrada a andar de un lado para otro, o como  le decían en su familia, de pata de chucho, la invitación le vino muy bien.

Andrea y Genaro organizaron una serie de actividades para que pudieran coincidir en sus tiempos libres con Margarita, además de realizar una cartelera con propuestas para que ella eligiera qué le apetecía más hacer de manera individual.

Una de las tardes la propuesta fue visitar un parque cercano a la casa de Andrea y Genaro, era un espacio muy grato, con vegetación y ambiente familiar. Sus amistades le comentaron que solían ir ahí para correr los fines de semana, querían que conociera para ver si se animaba a acompañarlos el próximo fin.
El parque les quedaba como a 8 cuadras de distancia de su domicilio. Caminaron al destino y desde que Margarita observó el arbolado sintió que le encantaría el lugar, así fue, sin duda. Buscaron una banca para sentarse y a lo lejos estaba un puesto ambulante de papas fritas caseras y aguas frescas. 

—¡Con este calor se antoja un agua de jamaica como las que se ven allá! —dijo Margarita, al tiempo que señalaba la dirección del puesto ambulante.

—No se diga más, ahora vamos por aguas y unas papas, —señaló Andrea. ¿Vienen conmigo?

—¡Vamos chicas! —exclamó Genaro.

—Prefiero esperarlos y observar el paisaje, les encargo un agua, por favor  —comentó Margarita. 

Mientras sus amistades iban por el encargo, Margarita fue recorriendo el parque con la mirada. Había una zona donde la gente llegaba a hacer ejercicio, pensó que ahí aplicaba lo de juntos pero no revueltos. Le llamó la atención la organización que había, gente de diversas edades, cada quien en su actividad, el dinamismo afloraba. Por otro lado, estaban las personas que asistían a pasar una tarde amena llevando a niñas, niños a jugar con sus patines, triciclos y bicicletas. Los gritos y bulla eran parte del paisaje sonoro. También observó a personas muy mayores de edad que visitaban el parque en silla de ruedas, las asistían sus familiares, le pareció un detalle muy bonito e importante, la atención a los adultos mayores, el estar en contacto con la naturaleza seguro les distraía y brindaba energía y alegría. 

Se puso de pie para ver mejor otra área, la de los caninos,  parejas, familias o de manera individual llevaban a sus perros de paseo, los animales lo disfrutaban al máximo. Pensó en la importancia del cuidado y atención a los integrantes peludos que forman parte de las familias, el paseo era parte de ello. Sobre otro lado había un área con pasto donde las personas estaban recostadas, algunas leyendo o conversando en pequeños grupos.  Cada quien parecía disfrutar su espacio, su actividad y la compañía con quien estaba.  Su mirada se detuvo en una especie de parada de autobús, ahí estaba sentado un señor indigente, solo, con la mirada dispersa, parecía imperceptible para el resto de las personas.  No pudo evitar sentir una sensación de nostalgia.

Margarita volvió la mirada al puesto de papas y aguas frescas, por un instante olvidó que Andrea y Genaro había ido a comprar. Los vio que ya venían de regreso con los alimentos. Estaba contenta de conocer ese lugar, al tiempo que pensaba cómo en un solo espacio, el parque, cabían tanta situaciones y personas, todo eso percibido en una tarde de primavera.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.