Voces ensortijadas 128. Florecillas de colores. María Gabriela López Suárez

Florecillas de colores

Por María Gabriela López Suárez

Melissa se sentó en el borde de la cama para amarrarse las agujetas de sus tenis, como todas las tardes saldría a correr en un parque poco cercano a su casa. Esta vez iría sola, sus acompañantes Rubí y Danilo, vecinos de su colonia, estaban de viaje. Aunque sentía un poco de nervios de salir sola, se armó de valor, era el primero de quince días que lo haría, mientras la pareja de vecinos regresaba a la ciudad. Mientras terminaba de ajustarse las agujetas pensaba que le gustaría poder salir sin temor a que alguien le acosara o molestara en la calle, guardó en el bolsillo de su sudadera su spray con gas pimienta y se dispuso a salir.

Conocía muy bien la ruta para llegar al parque, mientras atravesaba el mercado que estaba en el camino, apresuró el paso, no sin antes darse tiempo para observar la cantidad de basura que había en el piso, aunque los botes para depositarla se encontraban colocados a un costado, como si la gente no los viera, o peor aún, como que no le dieran importancia a poner la basura en donde deberían. 

Al llegar a una esquina, en el cruce de un semáforo, se detuvo mientras daba el rojo y se percató de la cantidad de basura que se puede generar a partir de lo que se consume, vio gente bebiendo refrescos, comiendo frituras, alimentos yaen platos y vasos desechables. Un dato que llamó su atención fue que una persona colocó una botella de plástico en uno de los botes para basura, eso le dio gusto, sin embargo, se dio cuenta que la persona lo puso en el bote de basura orgánica, sin que le diera mayor importancia a la confusión.

—¿Será que no sabe leer? Clarito dice orgánica e inorgánica —pensó. 

Continuó su camino rumbo al parque, mientras lo hacía iba pensando en las diversas formas que se genera contaminación y el poco cuidado al medio ambiente, a la naturaleza, que cada día evidencia los daños que se le causan. Llegó a su destino. Hizo su rutina de calentamiento y comenzó a correr. Antes de que terminara su primera vuelta le llamaron la atención los cambios en las jardineras ubicadas en una parte del parque. Recordó qué había antes ahí, su mente que no solía fallar le trajo el dato: la imagen de un espacio abandonado, gris. Ahora lucía distinto, había muchas florecitas de colores que estaban habitando el lugar. 

Melissa disminuyó el ritmo de su paso para acercarse a ver las flores, le dio mucho gusto que ese espacio que antes lucía triste, olvidado, ahora tuviera una parte de naturaleza viva. Se quedó observando si no había invasión de basura y su corazón se alegró al ver que no. Mientras regresaba a su ritmo se le ocurrió que podría proponer a Rubí y Danilo platicar con la gente vecina del parque, para que se organizaran y pudieran cuidar el parque de manera colectiva, no solo en el mantenimiento, en la naturaleza, sino también en la seguridad del lugar. Siguió corriendo, se había propuesto hacer dos vueltas más, la recompensa era linda, saludar nuevamente a las florecitas de colores.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 127. Cuando cae la lluvia. María Gabriela López Suárez

Cuando cae la lluvia

Por María Gabriela López Suárez

La tarde del sábado Bernarda observó atentamente el cielo, estaba gris y se tornó oscuro. Era una señal de que la lluvia no tardaba en llegar. Las nubes se movieron rápidamente y el cielo comenzó a tronar con los rayos. La lluvia se hizo presente en menos de lo que imaginó.

El olor a tierra mojada se fue esparciendo y el viento comenzó a soplar moviendo, primero suave y después con fuerza las hojas de los árboles. Bernarda se quedó contemplando la lluvia desde el patio de su casa, el viento le salpicaba el agua en el rostro como una suave caricia. Cerró los ojos y se dejó llevar por el concierto natural que traía la lluvia, se dispuso a disfrutarlo.

Ese día se encontraba sola en casa, Renato, su compañero, y Mariposa, su perrita, habían salido. Él solía llevar a la cachorra cuando iba a comprarle el alimento. Así que el concierto no tenía el paisaje sonoro de los ladridos de Mariposa que, normalmente, se ponía nerviosa cuando había truenos.

Permaneció con los ojos cerrados y comenzó a identificar la mezcla de sonidos que provocaba la lluvia, en el techo, al rozar con la tierra, el chorro que caía en la tina donde almacenaban el agua,  el viento que rozaba con los árboles y los truenos que continuaban haciendo retumbar el cielo.

Le encantaba disfrutar la lluvia si estaba en casa, para ella era un regalo que agradecía, la lluvia era una bendición y le recordaba los regalos que traía para la vida. Vino a su mente lo que escuchaba que decían sus abuelitos en las noches de lluvia, la alegría con que la recibían, 

—Cuando cae la lluvia la naturaleza se pone contenta, escuchen el canto de las ranas. No tardará en aparecer el canto de los grillos, una vez que acabe el agua, —decía la abuelita Martina. 

Bernarda respiró profundo, sintió que su corazón se apapachaba, como si acabara de escuchar esas palabras y que la presencia de sus abuelitos la acompañaba esa tarde. Cuando cae la lluvia, pensó, la vida se reconforta y el espíritu se fortalece. A lo lejos escuchó el ladrido de Mariposa, era el anuncio de que Renato y ella habían llegado.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 126. Crear historias. María Gabriela López Suárez

Crear historias

Por María Gabriela López Suárez

Paquita estaba acostada en uno de los sillones de su sala, abrazando a su conejo de peluche, su rostro mostraba la tristeza que tenía. 

—Toc, toc, ¿hay alguien por acá que me abra la puerta? —Se escuchó la  alegre voz de la tía Vero, que como cada viernes por la tarde pasaba a visitar a sus familiares después del salir de su trabajo.

—Mamá abriré la puerta, es la tía Vero —mencionó Paquita.
Luego de saludar a Paquita la tía Vero le dijo,

—¿Y esa carita? ¿Qué te pasa Paquita? Por cierto, es raro que estés en casa, normalmente sales a jugar con tus amistades del vecindario.    

—Estoy enferma tía —respondió casi sollozando, mientras se recostaba nuevamente en el sillón.

En ese momento llegó Gertrudis, la mamá de Paquita, saludó a la tía Vero y le comentó que Paquita había tenido fiebre un par de días antes y no podía salir a jugar al patio hasta que estuviera recuperada. 

—Ah con que es eso, Paquita si te cuidas y sigues las indicaciones de tu mamá estarás mejor y podrás salir a jugar. ¿Quieres que preparemos juntas los hot cakes que te gustan?
Paquita movió la cabeza, en señal de negación, para luego colocarse en posición fetal.

—Niña, no seas grosera.

—Déjala Gertrudis, está triste. Ya sé, más tarde haremos los hot cakes, mientras te propongo jugar a crear historias, ¿te gustaría?   

Paquita levantó la cara y respondió, —¿jugarás conmigo tía Vero?

—Claro que sí, a ver, antes sécate las lágrimas y trae a tu conejo para que también juegue con nosotras. Gertrudis también estás invitada.

Vero las llamó para observar desde la ventana que daba a la calle, como vivían en un departamento en segundo piso, la vista era bastante generosa. Las tres se pusieron cómodas, acercaron unas sillas y para Paquita pusieron un banco más alto para que ella y su conejo vieran mejor. 

El juego consistía en mirar con atención qué pasaba en la calle, para que luego cada quien eligiera algo que llamara la atención y a partir de eso crear historias. En la calle había varios personajes, el señor que vendía raspados, la muchacha que iba con su venta de globos, el carro que anunciaba la venta de tamales, los camiones que pasaban constantemente, uno que otro ciclista que asomaba, unas niñas que vendían rosas y la gente que salía de la jamonería que estaba situada en esa calle.

—¿Quién quiere iniciar? —Preguntó Vero.

—Tú tía, para que nos enseñes cómo hacerlo — respondió de inmediato dijo Paquita, quien tenía el rostro más animado y no soltaba a su conejo.   

—Muy bien —dijo Vero.  La historia es sobre la muchacha que vende globos. Eloisa salió como todas las tardes con su vendimia, sus globos habían sido inflados con gran alegría y había elegido cuidadosamente cada uno de los colores de los globos...

Mientras Vero contaba la historia, Gertrudis observaba a su hija y sentía que el corazón se le llenaba de gusto, vaya que había sido muy buena idea la de Vero para que Paquita estuviera entretenida esa tarde.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 125. Tarde de primavera. María Gabriela López Suárez

Tarde de primavera

Por María Gabriela López Suárez

Margarita aceptó la invitación de Andrea y Genaro, sus amistades que vivían en otro estado de la República Mexicana, para ir a visitarlos en sus vacaciones. Como estaba acostumbrada a andar de un lado para otro, o como  le decían en su familia, de pata de chucho, la invitación le vino muy bien.

Andrea y Genaro organizaron una serie de actividades para que pudieran coincidir en sus tiempos libres con Margarita, además de realizar una cartelera con propuestas para que ella eligiera qué le apetecía más hacer de manera individual.

Una de las tardes la propuesta fue visitar un parque cercano a la casa de Andrea y Genaro, era un espacio muy grato, con vegetación y ambiente familiar. Sus amistades le comentaron que solían ir ahí para correr los fines de semana, querían que conociera para ver si se animaba a acompañarlos el próximo fin.
El parque les quedaba como a 8 cuadras de distancia de su domicilio. Caminaron al destino y desde que Margarita observó el arbolado sintió que le encantaría el lugar, así fue, sin duda. Buscaron una banca para sentarse y a lo lejos estaba un puesto ambulante de papas fritas caseras y aguas frescas. 

—¡Con este calor se antoja un agua de jamaica como las que se ven allá! —dijo Margarita, al tiempo que señalaba la dirección del puesto ambulante.

—No se diga más, ahora vamos por aguas y unas papas, —señaló Andrea. ¿Vienen conmigo?

—¡Vamos chicas! —exclamó Genaro.

—Prefiero esperarlos y observar el paisaje, les encargo un agua, por favor  —comentó Margarita. 

Mientras sus amistades iban por el encargo, Margarita fue recorriendo el parque con la mirada. Había una zona donde la gente llegaba a hacer ejercicio, pensó que ahí aplicaba lo de juntos pero no revueltos. Le llamó la atención la organización que había, gente de diversas edades, cada quien en su actividad, el dinamismo afloraba. Por otro lado, estaban las personas que asistían a pasar una tarde amena llevando a niñas, niños a jugar con sus patines, triciclos y bicicletas. Los gritos y bulla eran parte del paisaje sonoro. También observó a personas muy mayores de edad que visitaban el parque en silla de ruedas, las asistían sus familiares, le pareció un detalle muy bonito e importante, la atención a los adultos mayores, el estar en contacto con la naturaleza seguro les distraía y brindaba energía y alegría. 

Se puso de pie para ver mejor otra área, la de los caninos,  parejas, familias o de manera individual llevaban a sus perros de paseo, los animales lo disfrutaban al máximo. Pensó en la importancia del cuidado y atención a los integrantes peludos que forman parte de las familias, el paseo era parte de ello. Sobre otro lado había un área con pasto donde las personas estaban recostadas, algunas leyendo o conversando en pequeños grupos.  Cada quien parecía disfrutar su espacio, su actividad y la compañía con quien estaba.  Su mirada se detuvo en una especie de parada de autobús, ahí estaba sentado un señor indigente, solo, con la mirada dispersa, parecía imperceptible para el resto de las personas.  No pudo evitar sentir una sensación de nostalgia.

Margarita volvió la mirada al puesto de papas y aguas frescas, por un instante olvidó que Andrea y Genaro había ido a comprar. Los vio que ya venían de regreso con los alimentos. Estaba contenta de conocer ese lugar, al tiempo que pensaba cómo en un solo espacio, el parque, cabían tanta situaciones y personas, todo eso percibido en una tarde de primavera.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 124. Diez minutos. María Gabriela López Suárez

Diez minutos

Por María Gabriela López Suárez

La cita que tengo es a las seis de la tarde, apenas me alcanza el tiempo para llegar puntualmente al lugar indicado. Calculo que en diez minutos podré estar en el estudio donde tendré la entrevista, mi mente dice si llego, les digo a mis piernas y mis pies si llegamos, seguro que lo haremos. Observo mi silueta que se dibuja con la luz del sol que me acaricia la espalda, una sombra pinta el movimiento de mi cuerpo y mi cabello, corrijo mi postura. Me gusta mi silueta que se va combinando con el paisaje que me rodea.
  
Dejó de prestar atención a mi sombra y  me pongo a observar a la gente, buscó algún rostro conocido con quien yo coincida en las calles, ninguno. Veo a las personas que, al igual que yo, aún portan su cubrebocas y eso me hace recordar que tenemos un nuevo rostro cuando lo portamos correctamente. Sigo mi camino, falta más de la mitad del recorrido.

Intento conectar con la arquitectura de las calles, hay banquetas en remodelación, muchos locales comerciales que no estaban, edificios antiguos que han sido derribados. Me atrapa el cielo azul con sus detalles en tonos blancos, como una especie de pinceladas bellamente trazadas. El sol sigue acariciando mi piel, siento sus rayos tan intensos, después de una semana de paisaje en tono gris por las intensas lluvias trato de disfrutar del clima cálido. Estoy en mi tierra, mi lindo Tuxtla.

Me interno por calles que no suelo transitar, hago memoria para recordar qué anécdotas tengo de estos espacios, intento reconocer el barrio. No tardan en aflorar momentos de la adolescencia, con mi familia y amistades. De pronto, la atmósfera se convierte en esos instantes que ya he vivido, las fachadas de las casas, las viviendas con árboles que se asoman y que me saludan recordándome su presencia. Un señor de rostro amable, quien porta un sombrero y se detiene con su carrito de paletas antes de cruzar la calle, me hace reconocer este oficio que permanece. Nada más agradable que degustar una paleta de hielo en una tarde calurosa como la de hoy. 

Sigo caminando, ya falta poco para llegar a mi destino, conecto con esta emoción de caminar en una tarde cálida, a un ritmo que es muy característico en mi andar, sobre todo cuando llevo prisa. Un ritmo que echaba de menos. Siento mis pasos y mi respiración agitada. Mi mirada se deleita con el colorido de los graffitis que descubro como bellos hallazgos, casi me quedó ahí observando las calles bellamente trazadas en una ventana. 

Buscó la dirección a donde me dirijo, voy bien ubicada, las casas con techos de teja me siguen haciendo sentir ese aire nostálgico del Tuxtla que se esfuma. Una señora y un señor sentados afuera de sus viviendas me evocan a una calle de mi barrio, las tardes donde se solía tomar el aire fresco. Regreso la mirada buscando el número de la dirección, antes que el número descubro que ahí está Tito quien me hará la entrevista. He llegado a mi destino. Reviso la hora, las seis de la tarde. Respiró profundo, estoy en el tiempo indicado. Sonrío, saludo a Tito, ahora viene otra travesía.

[Entrevista a la autora: Maria Gabriela López Suárez]
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 123. Sentirse bonita. María Gabriela López Suárez

Sentirse bonita

Por María Gabriela López Suárez

Ada se detuvo frente al espejo de su tocador, estaba sin una gota de maquillaje. Observó atentamente su rostro, lo veía pálido, sin los tonos que acostumbraba a colocarse y se asomaban las líneas de expresión propias de su edad. Tomó el cepillo y comenzó a peinarse, lo hacía con sumo cuidado y observando que su cabello estaba tomando el color natural, el tono del tinte que solía pintarse se había desvanecido. Se asomaban los hilos de plata en buena parte de la cabellera. 

Una vez que terminó de cepillarse buscó con la mirada dónde estaban los botes del tinte. No tardó en hallarlos, los tenía bien colocados, en un lugar visible. Se acercó a tomar uno de ellos, y como si fuera la primera vez que lo veía se dispuso a leer cuidadosamente las instrucciones. Volvió la vista al espejo y nuevamente fijó la mirada en su rostro, poniendo especial atención al cabello. Esta ocasión no había tomado el bote de tinte en automático para hacer la preparación y colocarlo en cada hebra de su cabellera, tenía días que venía meditando esa decisión, le costaba mucho pero estaba dispuesta a no dar marcha atrás. Dejaría de teñirse con el bello tono de castaño claro que le había acompañado por varios años.

Mientras recopilaba los botes de tinte para depositarlos en una caja que luego obsequiaría, la mente de Ada tenía varias ideas que no dejaban de asomarse, imaginaba las palabras de Rita y Alberto, su hija e hijo, ¿mamá, te sientes mal? ¿Por qué no te has teñido el cabello? ¿Te has dado cuenta que ya se asoman las canas? ¿Qué dirán tus amistades y la tía Paty que siempre anda fashion?

Ada tenía las respuestas a cada una de esas preguntas, decidió dejar de agobiarse por estar observando que las raíces del cabello se habían despintado y tenía que retocarlas de manera urgente. La frase de ‘siempre debes lucir impecable para verte bella’ resonó mucho tiempo en su vida. Muchos años después había reflexionado: ¿por qué estar dando gusto a medio mundo sin escucharse? Quería darle un apapacho a su cabello y dejarlo respirar. No era una tarea fácil acostumbrarse a su nuevo tono, valía la pena intentarlo.

Por tercera ocasión se observó frente al espejo, buscó una ballerina color marrón y se la colocó. Acomodó su cabello. Su rostro seguía al natural, se quedó viendo, como si intentara reconocerse. Después de varios instantes ahí, sonrió, tenía mucho tiempo sin sentirse bonita. Le gustaba como se veía. Buscó uno de sus labiales favoritos y se pintó. Se dirigió al alhajero y eligió unas arracadas medianas de plata para usar. Ese día había tomado una decisión importante, el sentirse bonita era algo que debía vivir y gozar, sin tener que estar dándole gusto a las demás personas. Ahora quería disfrutar de sus canas, de sus hilos de plata con toda la tranquilidad. 

El timbre del teléfono sonó. Era su prima Paty que llamaba para avisarle que, en un rato más, pasaría por ella para que fueran a desayunar. Ada  le dijo que la esperaba, al tiempo que sonreía pensando en el rostro que pondría, tía Paty, cuando la viera con su nueva imagen.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 122. Respira, respira. María Gabriela López Suárez

Respira, respira

Por María Gabriela López Suárez

El canto de un ave despertó a Cristina, había conciliado el sueño pasada la media noche y su propósito ese sábado era despertar tarde. No pudo hacerlo.  En cuanto escuchó el canto abrió los ojos, como si fuera una especie de alarma matutina, con la diferencia que no se levantó de golpe, como solía hacerlo entre semana para apagar la alarma del reloj. Recordó que era sábado y no tenía ningún compromiso.

Permaneció unos minutos en cama, tratando de cerciorarse que en realidad era el canto de un ave lo que escuchaba, cuando lo confirmó se levantó de la cama para abrir la ventana de su cuarto. Se sentía afortunada de que el edificio donde vivía con su familia tenía algunos árboles alrededor, eran los únicos que había en el condominio y justo frente a su ventana estaba uno de esos árboles. 
Descubrió posando en una de sus ramas al pájaro que estaba concentrado en su cantar, era de tamaño pequeño, con el pecho rojo y las plumas negras, una bella combinación. Se quedó unos instantes contemplando el paisaje y escuchando el canto.

Regresó a su cama,  reviso qué hora era, las 6:30 de la mañana —aún es de madrugada para ser fin de semana —pensó. Estaba indecisa si seguía durmiendo o ya se levantaba, sintió la ráfaga de aire fresco que se colaba por la ventaba abierta. 

Tenía la mente llena de ruido, había estado en situaciones de estrés por cuestiones familiares y laborales y justo por eso quería dormir mucho, para ver si lograba descansar y levantarse con más ánimo. El canto del ave seguía deleitándola, en ese momento le dieron ganas de ser ese pájaro que lejos de enojarla por haberla desmañanado le brindaba el regalo de su melodía.

Decidió que ya no dormiría, se asomó nuevamente a la ventana, no tardaba en darle los buenos días el sol. Se quedaría despierta e intentaría hacer un ejercicio de meditación ayudándose de algún video guía. Una de sus compañeras del trabajo le había comentado que la meditación era una herramienta útil para disminuir el estrés, la respiración era el ingrediente esencial.  —Ante una situación de ansiedad, respira, respira —solía decirle Paola. También se le vino a la mente una frase que le compartió en alguna ocasión una de sus amigas, Mente quieta, espalda recta y corazón tranquilo. Eso era lo que necesitaba en ese momento. 

Buscó uno de los videos que le habían recomendado para meditar, colocó una manta en el piso, se acomodó sobre ella en una postura cómoda. Escuchó la voz que guiaba la meditación, inhale lento y profundo, exhale… comenzó a sentir cómo su cuerpo se relajaba y a escuchar su propia respiración.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 121. El jolgorio. María Gabriela López Suárez

El jolgorio

Por María Gabriela López Suárez

Rita aceptó la invitación de sus amistades Carlos y Sarita para visitar a los abuelitos de ellos que vivían fuera de la ciudad, en un ejido. Pasarían ahí el fin de semana. Salieron a la primera luz del día, justo al alba, el clima era muy agradable y el paisaje sumamente bello. 

El camino no estuvo mal, la carretera estaba en buenas condiciones, probablemente porque aún no era temporada de lluvias. Antes de llegar a la casa de doña Esther y don Toño pasaron por un tramo de terracería como de dos kilómetros aproximadamente. Era el indicio de que estaban cerca de su destino.
Fueron recibidos con  mucha alegría, Sarita y Carlos presentaron a Rita con sus abuelitos, quienes le dieron la bienvenida.

—Mucho gusto hija, estás en tu casa, humilde pero llena de amor —dijo doña Esther.

—Las amistades de nuestros nietos son también nuestras, siéntete en familia —comentó don Toño.

—Gusto en conocerles, Sarita y Carlos me han platicado  mucho sobre ustedes y este bello lugar, muchas gracias por el recibimiento. Les traje pan para compartir —mencionó Rita.

Acomodaron sus cosas en el cuarto donde dormirían y luego se fueron a dar una caminata para conocer el huerto y el terreno aledaño, para que después ayudaran a preparar el desayuno. El huerto tenía muchos árboles frutales y el piso estaba cubierto de hojarasca, eso le daba un efecto especial de sonido al caminar, además de cumplir con una función ambiental importante para la tierra.

El cielo estaba bellamente decorado con nubes blancas y el azul celeste de fondo le daba un lindo toque al paisaje, las ráfagas de aire hacían que la intensidad del sol fuera más llevadera. El arbolado que había favorecía no solo el clima, la sensación de calor era menor, sino que también albergaba a muchos invitados.

Rita comenzó a caminar rumbo a los árboles de mango y toronja, un concierto de aves estaba justo en ese momento. Alzaba la vista intentando identificar a cada intérprete, eran de distintos tamaños y colores y sus cantos iban alternándose, como en sincronía.

Siguió caminando rumbo a la casa, escuchó la voz de doña Esther y se dirigió a donde estaba. Descubrió que platicaba con sus gallinas y guajolotes mientras les daba de comer. La abuelita no se percató de la presencia de Rita, quien guardó silencio al tanto que observaba con alegría el gran jolgorio que tenían las aves mientras les repartían la comida. Además del paisaje sonoro,  se apreciaban las gallinas de diversos colores, blancas, coloradas, negras y las de nuca pelona, los guajolotes permanecían juntos. Jamás había presenciado un momento así, era una especie de fiesta en el gallinero.

El rostro de Rita dibujó una sonrisa, se sentía agradecida de estar en ese lugar y con la familia de sus amistades, esa mañana había presenciado el jolgorio de aves de corral que quedaría grabado en su mente y corazón. Sin duda había regalos, como ése, que eran gratuitos y hermosos, solo había que poner atención en lo cotidiano.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 120. Una pizca de silencio. María Gabriela López Suárez

Una pizca de silencio

Por María Gabriela López Suárez

Antonieta y Augusto, su hermano menor, fueron el fin de semana al zoológico, ella le había prometido que lo llevaría de paseo. El niño estaba aprendiendo a leer y Antonieta pensó que era un buen ejercicio que pusiera en práctica la lectura con los letreros que había ahí.

Augusto iba muy entusiasmado, se puso su gorra favorita y sus tenis verdes que hacían llamativa combinación. Ambos emprendieron el paseo, se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de edades, iban muy conversadores como solían serlo, a ambos les gustaba platicar mucho. Su papá solía decirles, ustedes hablan hasta por los codos, había bastante de cierto en ello.

La actividad de lectura no tardó en comenzar, sin que Antonieta le recordara, Augusto comenzaba a leer en voz alta  y a su ritmo los letreros. Antes de ingresar a espacios cerrados Antonieta le recomendó que pusiera mucha atención, había letreros que indicaban guardar silencio para respetar el hábitat de los animales. 

—Hay muchos letreros acá y con dibujos, se ven bonitos —dijo Augusto.

—Sí, a eso se le llama señalética, está en todas partes a las que vamos, mercados, carretera, restaurantes, hoteles, escuelas —respondió Antonieta.

—Ah ya me acordé que hay varios en mi escuela.

Después de haber recorrido el herpetario, el tortugario, el aviario y el espacio de los felinos, ya casi habían terminado la caminata, solo les faltaba el mariposario. El calor estaba intenso, llegaron a un área de descanso bellamente cobijada por los árboles que tenían bancas de cemento alrededor, tomaron un respiro y se sentaron.  Augusto,  le dijo a su hermana que le gustaba el paseo, había muchos animales y algunos no los conocía más que en fotos, como los que estaban en el herpetario. 

Antonieta abrió su bote con agua, tenía mucha sed, iba a preguntar a Augusto si quería beber un poco y al voltear a verlo  se espantó, tenía los ojos cerrados y permanecía sentado a su lado. 

—¿Augusto te sientes bien? —preguntó asustada mientras lo tomaba del hombro izquierdo.

—Shhhh, sí, solo necesito una pizca de silencio —respondió sin abrir los ojos.

—¿Una pizca de silencio? ¿De qué hablas?

—Acércate —le dijo a Antonieta, con los ojos cerrados y moviendo su mano izquierda para que se inclinara y decirle en voz baja.  

—Aquí hay animalitos en los árboles pero no los podemos escuchar si no guardamos silencio, yo quiero escucharlos, te invito a que cierres los ojos y a ver si adivinamos cuáles son.

—De acuerdo, acepto la invitación —señaló Antonieta en tono susurrante.

Cerró los ojos y comenzó a disfrutar el paisaje sonoro de las aves y también fueron asomando los monos y los loros.
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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 119. Mientras tanto. María Gabriela López Suárez

Mientras tanto

Por María Gabriela López Suárez

Ese jueves por la tarde Rebeca quería que el tiempo pasara volando, le tocaba ir a cita con el dentista. Era necesario quitarle una de las muelas del juicio, le estaba dando muchas molestias. Se preparó mentalmente porque no le agradaba asistir al consultorio dental, sentía nervios de solo pensar en el ruido que hacía uno de los aparatos, como una especie de taladro, solo que al interior de su boca y muy cerca de sus oídos.

Llegó a la clínica, era la segunda ocasión que iba a ese lugar, se lo había recomendado su amigo Renato. Él solía asistir ahí y tenía muy buenos comentarios de los servicios. Esta ocasión Rebeca tuvo la oportunidad de explorar más la sala de espera. La vez anterior no pudo porque pasó de inmediato a su cita donde le hicieron el diagnóstico de la muela.

El espacio de espera tenía un aspecto poco común, eso lo hacía sentirlo acogedor, era como estar en la sala de una casa, así lo percibió Rebeca. Había un ventanal grande que permitía filtrar la luz, los muebles eran modernos y en un tono rojo, una mesa pequeña al centro con objetos artesanales de la región.  Y el elemento principal para Rebeca era un estante mediano como librero, con todas las repisas llenas de libros y revistas. A diferencia de otros consultorios, donde normalmente se encuentran revistas de productos médicos o de celebridades, el estante tenía una colección que le resultó interesante, desde novelas, cuentos, de autores nacionales e internacionales, hasta libros de historia, antropología, sociología.
 
En un primer momento Rebeca se sentó en uno de los sillones, pero al ver el estante se levantó y cual niña frente a una inmensidad de golosinas, comenzó a observar el mosaico de colores y tamaños que dejaban ver los lomos de los libros. Se topó con un tesoro que jamás había visto, una colección de historietas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. —Me habría encantado leerlas de niña —pensó. Las publicaciones estaban muy bien cuidadas, la edición era de la década de los setenta. Seguía recorriendo con la mirada los materiales para decidir cuál le gustaría leer mientras pasaba a cita y hacer más amena la espera. Un libro con lomo rojo y letras negras atrapó su atención, no solo por el color sino por el título Escribir es un oficio peligroso, de la autora Alice Basso.

Regresó a sentarse, se colocó como si estuviera en casa y comenzó la lectura. Se dejó atrapar por el contenido que hasta como en un tercer o cuarto plano alcanzaba a escuchar el ‘taladro’, como ella nombraba al instrumento que le causaba nervios, sin que le interrumpiera la concentración. Estaba por iniciar el cuarto capítulo cuando escuchó su nombre, era el turno de pasar. 

—¡Qué lástima! Ya me había picado leyendo.

Dejó el libro sobre la mesa del centro y se dirigió al consultorio. El corazón empezaba a palpitar con más rapidez, saludó al dentista quien le dio la bienvenida y comenzó a explicar el procedimiento.

—¿Alguna duda Rebeca?

—Ninguna —respondió, tratando de sonreír. 

Rebeca se acomodó en el sillón dental para que iniciara el procedimiento. 
Escuchó el ruido de los instrumentos que preparaba el dentista. Mientras tanto, observó la pintura de fondo en el consultorio, a modo de mural estaba La noche estrellada de Vincent Van Gogh, respiró profundamente y cerró sus ojos. Estaba preparada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.