Voces ensortijadas 152. Reencontrarse. María Gabriela López Suárez

Reencontrarse

Por Maria Gabriela López Suárez
La tarde invernal era fría, la temperatura había descendido, Úrsula se ajustó la chamarra y acomodó su bufanda. Por suerte había jalado la bufanda delgada color azul turquesa, una de sus favoritas. Salió de su oficina y decidió ir a tomar un chocolate con cardamomo, su bebida preferida cuando sentía mucho frío. Esa vez no convocó a Patricio, Olga y Mariela, sus amistades de toda la vida. Sintió la necesidad de ir sola a degustar el chocolate.

El café al que solía ir quedaba cerca de su espacio laboral, alrededor de seis cuadras de distancia. Comenzó a caminar y sintió lo helado del viento que le acariciaba el rostro, tenía las manos frías, buscó en su bolso el par de guantes y se los colocó. Las calles estaban un tanto solitarias, sin transeúntes ni coches. Las lámparas ya realizaban su labor de iluminar calles y banquetas. 

Úrsula fijó la atención en su sombra proyectada en la banqueta al ir caminando, su paso era tranquilo, seguro. Observó a su alrededor, detuvo la mirada en los techos de las viviendas, algunos estaban decorados con maceteras, otros más con enredaderas. El paisaje del cielo pintaba las tonalidades propias de la época invernal. Mientras seguía su trayecto el farol de una vivienda la hizo voltear, observó un letrero Galería Lumiere.

—¿En qué momento pusieron esta galería? No me había percatado. Un día de estos paso a ver qué exposición hay, seguro que habrá algo interesante —dijo para sí.

De pronto, como si un imán la atrajera hacia la galería, regresó unos pasos y decidió conocer el espacio. ¿Para qué esperar más? Se dijo y entró. Era un lugar pequeño, con iluminación en tono cálido que le daba un aire confortable. Sus muebles eran de madera, en barniz color natural. El letrero del tema de la exposición indicaba que eran estampillas postales de diversos países de Europa, América y África, de la segunda mitad del siglo XX. Sin dudarlo decidió ver la exposición. La curaduría era excelente y las estampillas estaban muy bien cuidadas. 

Al salir de la galería sintió una sensación muy agradable, tenía tiempo de no registrar ese sentir, el motivo era que se había tiempo para ella. Mientras se dirigía a la cafetería, pensó que no imaginó que esa tarde tendría oportunidad de conocer una galería, ver una exposición y además degustar su chocolate con cardamomo. Era una manera de reencontrarse, algo que le hacía falta. Llegó a la cafetería, saludó y ordenó su bebida, se animó a pedir una rebanada de  rosca de mantequilla. Su chocolate no tardó en llegar, le dio un sorbo y degustó el sabor.

—Mmm, delicioso, no en vano es mi bebida preferida y la rosca le hace buena combinación.

De fondo se escuchaba la canción "Vas a encontrarte", "Levántate y camina, porque en cualquier esquina, vas a encontrarte, vas a encontrarte..."
Photo by Dima Valkov on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 151. Un esfuerzo sin prisas. María Gabriela López Suárez

Un esfuerzo sin prisas

Por Maria Gabriela López Suárez

Ningún libro vive la misma vida…

Horacio Vallejo

Diciembre ha llegado y el tic tac del reloj continúa incesante en su caminar, la vida va que vuela y en ese vuelo este año casi culmina. Sin duda que para mí el inicio de este mes ha quedado con un agradable sabor de boca, agradecimientos y bellos recuerdos. Justo el pasado 1 de diciembre, en el marco de las actividades del XXI Festival de Fotografía Tragameluz 2022 se presentó por segunda ocasión en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, el libro Voces Ensortijadas, Antología I. 2020-2021, de mi autoría, con el sello de la editorial Tifón. El espacio de presentación fue en Kinoki, Foro Cultural Independiente.

En esta ocasión tuve el honor y gusto que comentaran la obra Andrea Mendoza y Miguel de Jesús Hernández Paniagua, como moderador Alan Fuentes, a quienes agradezco profundamente compartir sus palabras y brindar su tiempo para esta presentación. Asimismo, a quienes hicieron espacio en su agenda para asistir y acompañarnos.

Vienen a mi memoria diversos instantes de la infancia en que solía copiar frases que me gustaban de algunos libros de texto y acompañarlas con dibujos, los libros han sido uno de mis grandes gustos desde que recuerdo. Asimismo, evoco la emoción que me han generado las presentaciones de libros. Ahora que tengo la oportunidad de poder compartir esta antología que no es un proyecto individual sino colectivo, me siento muy agradecida con la divinidad, con mi familia, con las amistades y con quienes he tenido la fortuna de coincidir en el caminar para ir tejiendo las redes que permiten ampliar los horizontes y cumpliendo proyectos.

Uno de los regalos más bellos con los que me quedo de las presentaciones de la antología I de Voces ensortijadas es cada mensaje que han compartido. El corazón siente bonito y agradece cuando escucho cómo las líneas que cada semana trazo pueden resonar en ustedes, público lector, cómo evocan recuerdos, experiencias, coincidencias, sentimientos, reflexiones, cómo los terruños cobran lugar y me permiten reafirmar la importancia de comunicar a través de las letras, de los relatos, de lo que acontece en lo común, en lo cotidiano. 

La antología I de las Voces ensortijadas es resultado de un esfuerzo sin prisas,  la autora de estas líneas espera que puedan conocer y disfrutar este trabajo, así como también poder seguir redactando historias, compartires y que ustedes puedan continuar acompañando esta travesía con su lectura. Gracias, gracias, gracias.

Video de la presentación de la antología «Voces ensortijadas» de María López Suárez, cortesía Rongo Rongo Chiapas.
Photo by Mehmet Turgut Kirkgoz on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 150. La esfera olvidada. María Gabriela López Suárez

La esfera olvidada

Por Maria Gabriela López Suárez

Mónica salió apresurada de su casa, ya estaba sobre tiempo para que Gonzalo y Mireya, sus amistades y colegas del trabajo, pasaran por ella. Se puso su mochila en la espalda, acomodó sus lentes, sacudió su cabello húmedo y se hizo una coleta. Sus amistades tenían como parte de su ruta diaria pasar justo en la calle que vivía Mónica, así que se habían organizado para que se fuera con ellos.

Revisó su reloj y se percató que ella había salido antes. Estaba diez minutos adelantada, respiró profundo, 

—¡Uff, qué alivio! Menos mal que soy yo la que esperaré un ratito y no ellos.

Mientras esperaba, vio que pasaban las personas frente a ella, algunas iban con calma, otras apresuradas. De esas últimas Mónica pensó que seguro se les había hecho tarde para ir al trabajo o a la escuela. Siguió recorriendo con la mirada su calle, pocas veces o casi nunca lo hacía. En esa cotidiana rutina de salir rápido y regresar cansada a casa había perdido ser observadora y descubrir qué hallaba de nuevo. 

La mirada de Mónica se dejó atrapar por un gato blanco que cruzó corriendo los techos de las casas situadas frente a la vivienda de ella. El gato se fue a colocar sobre los tejados de una casa, ahí se acomodó muy bien, tanto que podía pasar desapercibido. Después de eso, Mónica se quedó observando el cableado extenso que colgaba de los postes, le dio una especie de temor, su memoria trajo al presente el peligro de esos cables cuando había temblores.

Del temor pasó al relajamiento, además de los cables había lazos colgados en lo alto, de un extremo al otro de la calle, eran utilizados para colgar adornos en ciertas fiestas. De pronto, giró su mirada hacia el tejado donde estaba el gato blanco, pero su vista se posó sobre una esfera navideña que colgaba de uno de los lazos. La decoración dorada de la esfera se conservaba,

—¡Wow! No puedo creer que aún permanezca esta esfera, casi intacta, y  bien colgada.

Justo estaba por cumplirse un año que sus vecinos habían decorado la calle con motivos navideños. ¿Y qué había pasado con esa esfera? Se habían olvidado de ella, de quitarla. Su mente no daba crédito a que casi un año después ni ella se había dado cuenta de la esfera olvidada y eso que la tenía muy cercan. A Mónica se le figuró que como esa esfera podría pasar con las personas, que pudieran estar necesitadas de que alguien las escuchara, conversara con ellas o quisieran compartir lo que les pasaba. Sin embargo, en el ajetreo cotidiano nadie se percataba de eso, ni siquiera la gente más allegada.

Mientras bajaba la vista Mónica vio acercarse al auto donde iban Mireya y Gonzalo.

—Ahora sí te caíste de la cama Moni —dijo en voz alta Mireya.

El rostro de Mónica sonrió sin decir nada, en su mente seguía resonando la esfera olvidada. 
Photo by Mehmet Turgut Kirkgoz on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 149. Aliarse con el tiempo. María Gabriela López Suárez

Aliarse con el tiempo

Por Maria Gabriela López Suárez

Yesenia llegó con antelación a su cita para la entrevista laboral, era preferible esperar unos minutos a estar con el alma en un hilo por la posibilidad de llegar tarde. Ser impuntual restaba puntos para poder ser contratada. La puntualidad es una regla de oro, solía decir su tío Concepción.

Una de las asistentes le dijo que esperaría un rato porque iban demorados con las entrevistas. Yesenia dijo sonriente que no había problema, ella esperaba. Mientras tanto por dentro decía,

—¿Qué más me queda que esperar? Justo hoy que no traje alguno de los libros que me falta terminar de leer o retomar la lectura. 

Revisó su reloj, faltaban 15 minutos para la hora que la habían citado, más los minutos extra que ya le habían advertido. Decidió no sacar el celular, ahí tenía un par de libros que había descargado. Prefirió hacer otra cosa. En realidad no se le ocurría nada. 

Empezó a observar el espacio de espera, era un lugar pequeño con tres sillones en colores en tono pastel y textura aterciopelada. Había dos cuadros que decoraban las paredes, con motivos de cultura japonesa. Le pareció identificar en uno de ellos unas flores del cerezo. Las había visto en películas. En la sala, además de la persona recepcionista y ella había otra chica que quizá también estaba para la entrevista. Siguió el recorrido, los adornos navideños se hacían presentes con antelación a la temporada. Unas cajitas de colores muy llamativas lucían junto a un pinito de papel, estos detalles le daban un toque lindo a la atmósfera.
 
Miró de reojo a la chica que esperaba, estaba sumamente absorta en su teléfono celular. La persona de la recepción tenía la atención fija en la pantalla de la computadora. Yesenia dio un vistazo a la puerta que daba a la entrada de la sala, el cristal transparente le permitía ver el follaje verde de los árboles del parque situado frente a la oficina. Era un bello día soleado que contrastaba con el ambiente donde ella estaba, el aire acondicionado le sugería imaginarse que estaba en un lugar invernal y esto iba acorde a la decoración navideña.

Le tocó el turno de contemplar la mesita del centro. Halló una vasija de barro bellamente decorada con la técnica del laqueado, un ángel de cristal y unas velas de té. Siguió buscando qué observar y se detuvo en una de las esquinas de la mesa, el color de la madera era natural, sin barnizar. Tenía una parte redonda, donde se podía observar los anillos del árbol. Yesenia recordó que alguna vez le contaron que los anillos representan la edad que tiene un árbol, cuánto ha crecido por cada anillo. Comenzó a contar, intentando no perder la cuenta… 

—Veinte, veintiuno, veintidós, ay no, ya me confundí —dijo para sí. 
Mientras volvía a contar, había llegado a veintisiete, una voz la interrumpió.

—Yesenia del Carmen Hernández, pase a entrevista, por favor.

Sin titubear Yesenia se levantó con paso firme para la entrevista, al mismo tiempo que pensaba qué bella forma de aliarse con el tiempo se le había ocurrido. Ahora solo esperaba que le fuera muy bien y consiguiera el trabajo.
Photo by Andrey Grushnikov on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 148. La silla y yo. María Gabriela López Suárez

La silla y yo

Por Maria Gabriela López Suárez

Después del desayuno en casa, la familia de Sabina se levantó de la mesa y se fueron a realizar las actividades que cada integrante tenía en el fin de semana. Sabina era la encargada de lavar los trastes ese día. Se quedó un rato más sentada. Le apetecía un postre. Degustó una naranja, saboreando gajo por gajo la dulce y jugosa fruta. De pronto volteó su mirada hacia el lado derecho y observó con atención una de las sillas del comedor, la sombra se reflejaba en una pared creando una bella fusión con el color que tenía, caoba.

La luz del sol que entraba por la ventana de la sala llegaba hasta el comedor e iluminaba perfectamente a la silla. Esa mañana la luz tenía un color muy especial, un tono ámbar. Sabina no despegaba la mirada de ese mueble que había acompañado el comedor familiar desde que ella tenía uso de razón. Sentía una especie de atracción hacia ella en ese momento, como si en la atmósfera solo se encontraran ambas en ese instante.

El estilo de la silla era muy sencillo, eso le daba también un toque interesante. Recordó cómo su abuelita solía mencionar que los muebles del comedor eran de caoba, una madera preciosa y que los muebles hechos con ese material eran muy duraderos. He ahí la prueba.

Los reflejos de la silla sobre la pared dibujaban las líneas horizontales del respaldo. Ese detalle hizo que  la mente de Sabina viajara en el tiempo, vinieron los recuerdos de todas las personas en su familia que se habían sentado ahí, las que permanecían y las que habían trascendido; amistades, gente conocida e invitados a algunas celebraciones.

—Si la silla hablara, la de historias que podría contar, desde las más alegres hasta las más nostálgicas, no solo de la familia sino desde que fue tallada y su proceso antes de llegar a casa. Y a mí me gustaría  conocer sus vivencias, tener un diálogo entre la silla y yo, —dijo en voz alta.

Terminó de masticar el último gajo de naranja, se sentía muy relajada. Jamás había pasado por su cabeza que una de las sillas que había en casa le causara tal atracción.

—Estoy segura que si mi hermana Azucena me viera en este momento atenta sobre la silla, diría que me estoy resistiendo a lavar los trastes —pensó Sabina, al tiempo que sonreía.

Justo en ese momento se escuchó la voz de Azucena:

—¿Ya terminaste tu tarea Sabina? 

—¡En eso estoy! —respondió Sabina, mientras decía para sí:— Se acabó el encanto.
Photo by Allec Gomes on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 147. Renacer en la vida. María Gabriela López Suárez

Renacer en la vida

Por Maria Gabriela López Suárez

Ese amanecer del sábado fue distinto para Josefina, no había escuchado el canto de los gallos, ni el incesante barullo de los gansos, menos el ladrido de los perros que llegaban a pedir su desayuno, sino un silencio y luego un toquido en la puerta del cuarto. Era la enfermera que le llevaba sus medicamentos. Se le había olvidado que estaba en el hospital. 

Tomó las pastillas y se quedó un rato contemplando el silencio en la habitación. No estaba sola, su amado compañero la acompañaba, cuidando su sueño, era quien le había dado los buenos días, un tanto adormitado. Ella cerró los ojos y se quedó pensando que no tenía idea de qué hora era, quizá como las seis de la mañana. Había perdido la noción del tiempo. No le quiso preguntar a él, mejor seguir descansando ambos otro rato.

La mente de Josefina estaba tranquila, en la tarea de asimilar el proceso de recuperación de su enfermedad. No era fácil  librar las batallas, a cada persona le toca lidiar con una batalla distinta, pensó. Se acordó de don Paquito y su esposa Sara, tenía poco que había fallecido su hijo Luis, un adolescente. Lupita, su vecina, mamá soltera que tenía enferma de asma a su hijita Rosa. Don Juvencio que había sido abandonado por sus hijos y ya  era una persona mayor. Rebeca y Jacinto que eran mamá y papá de unos gemelos y tenían meses de no conseguir trabajo. 

Respiró profundo y se sintió agradecida de estar viva, aún con lo que tocara seguir. Era parte de los aprendizajes. Se sentía acompañada y fortalecida. Una de las tareas grandes era tener como aliado al tiempo para darse sus espacios y eso sería parte de la sanación que requería, no solo física sino interior. Ese día se sintió bendecida por el bello regalo de renacer en la vida.
 
Permaneció con los ojos cerrados. En un tercer plano escuchó el canto de un zanate, tenía la fortuna de tener cerca una ventana en el cuarto del baño, eso le recalcó que eran como las seis de la mañana. En un quinto plano escuchó cantar a una de las enfermeras, primero una de las interpretaciones de Luis Miguel… "miénteme como siempre, por favor miénteme", luego una interpretación de Laura Pausini… "no puedo dividirme ya entre tú y mil mares…" regresó al primer plano del silencio en su cuarto y se fue quedando dormida..

Photo by Erkan Utu on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 146. Flores de lechita. María Gabriela López Suárez

Flores de lechita

Por Maria Gabriela López Suárez

Doña Agustina y don Adolfo se estaban preparando para ir al mercado, debían comprar los productos para poner el altar en honor al Día de muertos. Era una tradición que tenían desde sus antepasados. 

—¿Llevás la morraleta grande Tinita? Aquí tengo otra bolsa mediana.

—Sí, ya la tengo apartada, gracias por decirme, luego se me olvida.

Se escuchó que abrieron la puerta de la entrada y luego unos pasos.

—Buenos días, ¿ónde es que van ya?  —era Mónica, una de sus hijas. 

—Buenos días, que bueno que vinieron. Vamos al mercado hija, te olvidaste que ya casi estamos en Todos Santos y Día de los fieles difuntos. ¿Quieren venir con nosotros? —dijo doña Agustina.

Mónica iba con Alejandrina, su hija de 10 años, quien se acercó a saludar a doña Agustina y don Adolfo. La niña apenas escuchó la invitación respondió:

—Yo si quiero ir abue, ¿me dejas mamá?

—Cuándo no, la pata de chucho luego se apunta. Tus abuelitos no van a llevar carro, hay mucha gente, tendrás que caminar —señaló Mónica para ver si Alejandrina desistía pero no lo logró. 

—Si camino, no me voy a quejar, ándale mami, déjame ir.

—Ve pues y te portas bien. Ayudas a tus abuelitos a cargar las bolsas. Me avisan cuando regresen. Se van con cuidado.

Los tres emprendieron la caminata al mercado. Alejandrina había visto cómo montaban cada año el altar sus abuelitos, le gustaba ayudarles y solía preguntar sobre la comida, los dulces, las bebidas que ponían, cómo lo decoraban y se había aprendido los nombres de sus tías y tíos fallecidos cuyas fotos colocaban en el altar para honrar su memoria.

El mercado estaba lleno a más no poder, afuera, en las calles aledañas había muchos puestos de vendedores ambulantes, se veían las ventas de dulces de calabaza, camote, higo, yuca, empanizado de cacahuate, los dulces tradicionales de día de muertos elaborados con azúcar y decorados con colores rojo y verde. No podían faltar los panes y la delicia de Alejandrina, los dulces garapiñados de cacahuate, envueltos en papel china de vistosos colores.

Dentro del mercado estaban a la venta las diversas frutas de temporada, destacando la mandarina, naranja, caña, limas, además de los tamales en sus distintos sabores. Don Adolfo y doña Agustina hicieron las compras de las frutas y encargaron a Alejandrina hacerse cargo de los garapiñados. Ella se dio gusto eligiendo envolturas de todos colores.

Solo les faltaba comprar las flores, adentro no había venta. Al salir, lo primero que se escuchó fue:

—¡Flores de lechita, lleve sus flores de lechita, de flor de coyol, de musá! ¡Lleve su juncia! —Era un niño, un poco menor que Alejandrina, quien a todo pulmón gritaba para llamar la atención de los clientes.

—Mirá Tinita, hasta cuándo veo que vendan estas flores de lechita ¿y si llevamos flores de musá, de lechita y juncia? —preguntó don Adolfo.

—Sí Adolfo, se ven muy frescas las flores y luego vamos por unas margaritas blancas que vi de aquel lado. Ya solo nos falta el carbón, el estoraque y el ocote. Vente Alejandrina, no te quedes atrás.

Alejandrina no dudó en preguntar por qué se llamaban así las flores, no recordaba esos nombres, mientras sus abuelitos le explicaban se dirigieron al otro puesto de flores y compraron lo pendiente.

Una vez adquirido todo lo necesario hicieron un repaso de la lista, para cerciorarse que nada se les olvidaba. Tenían todos los ingredientes para el altar, así que regresaron a casa, cada quien con sus bolsas.
 
Alejandrina iba bien contenta, era la encargada de llevar los garapiñados y algunas flores, estaba segura que el altar quedaría muy bonito.  A lo lejos seguía escuchando la voz del niño que vendía flores.

—¡Flores, flores de lechita, lleve sus flores de lechita, flores de coyol, de musá!


Fotografía: M. G. L. S.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 145. Dejarse consentir. María Gabriela López Suárez

Dejarse consentir

Por Maria Gabriela López Suárez

La familia de doña Linda se había dado cita en su domicilio para festejar su cumpleaños. La reunión era a la hora de la comida. Ese día doña Linda se había levantado más temprano que de costumbre para ir al mercado a comprar los ingredientes para hacer la comida, normalmente preparaba de dos a tres platillos en su cumpleaños. Esta ocasión había elegido cocinar costillitas de puerco fritas, patitas de puerco envinagradas y sopa de arroz. Se acordó que a sus hijos Pedro y Adolfo les gustaban las costillitas, a  sus hijas Marina y Julia las patitas de puerco. Y de postre se animaría a hacer flan napolitano, era el favorito de Lucia, Rogelio, Antonia y Esther, sus nietas y nieto. Por la bebida no se preocupó, Adolfo había ofrecido en llevar aguas de jamaica y horchata.

A la hora que comenzaron a llegar sus familiares la mesa ya estaba bellamente decorada, el mantel de fiesta, los tapetes rojos y un ramillete de margaritas amarillas al centro de la mesa. Esas flores eran las que más le gustaban a doña Linda, le recordaba las veces que su papá le regalaba flores cuando cumplía años de niña.

El rostro de la cumpleañera se mostraba contento, se sentía cansada pero el tener a su familia en casa le hacía sentir que el esfuerzo valía la pena. Una vez reunida la familia fueron tomando sus lugares en la mesa. Doña Linda estaba en la cocina, como siempre, atenta al servicio de la comida, las aguas, las servilletas…

—¡Mamá, por favor, ve a sentarte! Hoy es tu cumpleaños, te servimos nosotros —dijo Adolfo que estaba llenando las jarras con aguas de sabores.

—Ay hijo, sabes que lo hago con gusto, no me sé estar quieta. A ver déjame ayudarte.

—Ya trabajaste demasiado, cada cumpleaños te empeñas en cocinar tú y no disfrutas de la celebración, hasta el postre hiciste. 

Mientras Adolfo y doña Linda estaban en esos comentarios, Lucia, la más pequeña de sus nietas, de seis años, se acercó a la cocina. Quería mostrarle a su abuelita el regalo que le tenía, era un dibujo con flores amarillas, sabía que eran sus favoritas. Ninguno de los dos se percató que Lucia los estaba escuchando, guardó silencio y se regresó a la mesa con su regalo. Se sentó y pensó que se lo daría al terminar de comer.

Doña Linda y Adolfo regresaron con jarras y vasos que comenzaron a repartir. Toda la familia se sentó y degustaron la comida. Al terminar, doña Linda se levantó para ir por el postre. Lucia la observó atenta y fue tras ella. Cuando la abuelita se dio cuenta de su presencia, le preguntó si ya quería postre. Lucia dijo que no, solo quería entregarle su regalo. Doña Linda hizo una pausa y tomó con mucha delicadeza el sobre, dentro estaba el dibujo de Lucia. Le agradeció tan bello regalo y la abrazó. 
Lucia le correspondió y le dijo que lo había hecho con mucho amor. Y agregó,

—Abuelita Linda, ¿por qué no te gusta dejarte consentir?

El rostro de doña Linda mostró asombro y se quedó sin poder responder pronto. Balbuceó un poco antes de emitir alguna palabra.

—Mmm, ¿qué es lo que dices Luci?

—Es tu cumpleaños y no has descansado, ven te vamos a cantar las mañanitas —le extendió la mano y doña Linda correspondió el gesto y la tomó, mientras en la otra mano sostenía el regalo del dibujo. Linda la condujo de regreso al comedor. 

—¿Mami de nuevo en la cocina? Yo voy por el postre y los platos —comentó Marina quien se apresuró a la cocina. No tardó en regresar con el flan y 
con la velita para colocarla al centro.

Mientras la familia entonaba las mañanitas, en la mente de doña Linda resonaba la frase, dejarse consentir, qué significaba eso. Ella siempre era la que consentía, la que servía a los demás, a su familia, eso la hacía sentir bien, así la habían educado, pero… lo que Lucia había dicho la había conmovido, porque en el fondo sabía que tenía razón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, justo en el momento que toda su familia aplaudía y la felicitaba. Quizá no era tarde para permitirse dejarse consentir… se lo merecía.



Photo by Pixabay on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 144. Tres en uno. María Gabriela López Suárez

Tres en uno

Por Maria Gabriela López Suárez

Ese viernes el sol no se levantó tan temprano, aún así la familia de Cristina madrugó para realizar sus actividades cotidianas. Don Martín y doña Hortensia vendían atoles y tamales, solían viajar a la ciudad todos los días, vivían en una ranchería que estaba como a 40 minutos de distancia. Cristina y Agustín, sus hijos, también madrugaban. Agustín iba con sus papás porque la escuela primaria les quedaba cerca del mercado donde vendían los alimentos. Cristina, en cambio, tomaba otra ruta para ir a la secundaria. Se despidieron como de costumbre, deseando llegar con bien a sus destinos y cada quien emprendió su camino.

En la ruta donde solía esperar el colectivo Cristina, normalmente, permanecía 15 o 20 minutos hasta que el cupo del transporte se llenaba. Cuando Cristina llegó se sentó en banca de la parada, el colectivo aún no llegaba. Revisó su reloj, estaba 10 minutos antes de lo que acostumbraba.

—Ahora sí te gané, señor solecito —dijo para sí, al ver que el sol aún no se animaba a dar señales de luz, mientras dibujaba una sonrisa de complicidad.

Se acomodó el gorro de su sudadera, esa mañana el viento soplaba y llevaba consigo un aire frío, como indicando la cercanía del mes de noviembre. Cristina se acordó de la frase que solían decir en su familia, ya se acerca Todo-santo, se siente y se huele en el aire. 

Abrazó su mochila y se dispuso a observar qué pasaba mientras llegaba la combi. En un abrir y cerrar de ojos fue asomándose el sol, acompañado de unas nubecitas que eran como filtro para que sus rayos fueran menos intensos. La gente que transitaba a pie iba a paso presuroso, algunas señoras usando rebozos, con sus canastas llenas de productos para vender, se iban sumando a la espera del transporte.

El viento continuaba meciendo las hojas de los árboles, Cristina estaba atenta viendo cómo las ramas se movían al vaivén del viento y los pastizales que estaban en el terreno frente a la terminal se agitaban suavemente. Se imaginaba que era como cuando se colorea un dibujo, el paisaje era sumamente apacible. 

Un ruido fuerte le hizo volver la vista, era una pequeña moto con tres tripulantes jóvenes, ninguno llevaba casco. El conductor tenía la mano derecha en el volante y en la izquierda llevaba una pala. El de enmedio llevaba en la mano izquierda un colador de arena y el último tripulante tenía un martillo en la mano derecha. Esa imagen estaba para foto, tres en uno, no solo Cristina sino las otras personas que estaban en la parada los siguieron con la vista, con mirada de asombro. 

Por la mente de Cristina pasaron muchas ideas, qué intrépidos esos muchachos, pero a la vez pensó que era un riesgo que fueran tantas personas en un transporte como la moto y con instrumentos de trabajo que podrían ser peligrosos si tenían un accidente. Nadie llevaba casco. En eso estaba cuando el colectivo hizo su llegada. Rápidamente se bajó de la banca donde estaba para formarse en la fila y abordar. 

Una vez sentada en el colectivo se quitó el gorro de la sudadera, dentro se sentía menos frío, se preparó para el viaje mientras llegaba a la escuela. En su mente seguía la imagen de la moto, tres en uno. El cuchicheo de las señoras con sus canastas la hizo volver su atención a la plática,

—A ver cómo está la venta el día de hoy doña Trini, ayer no me fue tan bien, regresé con la mitad de mis panes…



Photo by JESUS ORTEGA on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 143. ¿Y las empanaditas de manjar? María Gabriela López Suárez

¿Y las empanaditas de manjar?

Por Maria Gabriela López Suárez

Ruth se levantó temprano ese sábado para avanzar en acomodar la nueva mercancía que le había llegado. Tenía una tienda de abarrotes, era de las más antiguas en la colonia. Esa mañana compró unas empanaditas de manjar a su vecina doña Chole, quien las preparaba, le quedaban muy ricas y solo las vendía los fines de semana. Eran tan famosas y de buen sabor que se le acababan pronto, había que hacer pedido previamente. Ruth puso las empanaditas sobre un plato y las dejó en un lugar poco visible.

Después de desayunar empezó la tarea de guardar la variedad de dulces en los frascos de vidrio que tenía. Le gustaba cuando su clientela le decía que muy pocas tiendas conservaban ese toque en el barrio. En eso estaba cuando entró Natalia, su sobrina de 9 años. 

—Buenos días tía Ruth —dijo en un tono muy apagado.

—Buenos días Nati, ¿y ahora qué mosco te picó? ¿Por qué tan triste?

Natalia, quien solía visitarla con frecuencia, le externó su preocupación porque en la escuela le habían dejado hacer unos guiñoles y no sabía cómo los haría. Se había enojado con su papá, quien le dijo que ni él ni su mamá le ayudarían a hacer la tarea. Así que recurrió a la tía Ruth.  
Estaba segura que ella la apoyaría.

—Así que de eso se trata, no te angusties Nati, te voy a dar algunas ideas. Los podrás hacer tú, sin gastar nada. Buscaré retazos de tela, hilazas, estambres, agujas y plumones. Mientras ayúdame a acomodar los dulces en estos frascos.

El rostro de Natalia se iluminó.

—¿De veras tía Ruth? Muchas gracias, ahorita te ayudo con los dulces.

Natalia inició la encomienda. Cuando la tía Ruth regresó la niña ya había terminado la actividad. Su tía le elogió la rapidez y le obsequió una bolsita con algunos dulces. Luego le preguntó si ya tenía pensadas las figuras de qué haría los guiñoles, ése era el primer paso. Buscó un trozo de papel e hizo el bosquejo de un gato. La ayudaría a hacer un guiñol, de esta manera le fue indicando el proceso a seguir. El resultado fue un bonito gato multicolor hecho con retazos de tela, a Natalia le gustó mucho.

—¡Tía Ruth muchas gracias! ¡Te quedó bien bonito! —le dijo al tiempo que la abrazó.

—De nada Nati, ya viste que no tenías por qué desesperarte. Ahora llévate los materiales para que avances en tu casa, ya me mostrarás cómo te quedan. Con cuidado al cruzar la calle.

Justo cuando Natalia se había ido, Ruth recordó que tenía empanaditas de manjar y no le había compartido a su sobrina. Fue a buscarlas. ¿Y las empanaditas de manjar? No las hallaba, cuando encontró el plato solo había una, acompañada de un trocito de papel con un mensaje de Natalia: Tía Ruth, me acordé que sueles decir las penas con pan son menos, te quiero. 

Photo by NEOSiAM 2021 on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.