Voces ensortijadas 226. Neraju. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Neraju

Malavi se hallaba en un dilema, su mente estaba dispersa por no poder decidir si ir a la tienda de doña Lupita para comprar un postre dulce o uno agridulce con sabor a tamarindo. Ambos le gustaban mucho, así que le resultaba difícil elegir. Había ahorrado parte de su gasto en la semana y ahora tenía la posibilidad de comprar un postre o los dos.

Caminó rumbo a la tienda, luego decidió ir a otro espacio. Llegó a una esquina, justo como a doscientos metros de la casa de su tío Chilo, avanzó sigilosamente. ¿Estaría ahí tío Chilo? ¿La dejaría ver su trabajo? Finalmente, hizo caso a su corazón, caminó decidida.

—Toc, toc. ¡Tío Chilo, tío Chilo! —gritó lo más fuerte que pudo, con voz segura.
—¡Ey, quién muere! Pero mira qué sorpresa, mi querida Malavi, pasa hijita.

El olor a a barro, a naturaleza se dejó sentir apenas abrió la puerta don Chilo. Sin pensarlo Malavi se dirigió al patio de la casa, al fondo, donde se hallaba el taller de don Chilo, quien la siguió sin chistar palabra. Don Chilo sabía que su sobrina tenía un gusto especial por el taller de alfarería.

—¿Qué estás haciendo hoy tío?
—Mira mi nueva creación. ¡Tarán!
—¡Wow! Animalitos de una granja. ¡Qué bello puerquito! ¿Puedo tomarlo tío?
—Claro que sí, elegí cuáles te gustan. Puedes llevarlos.

Los ojos de Malavi revelaron su asombro, su rostro dibujó una gran sonrisa por el regalo, al tiempo que comenzó a tocar las piezas con sumo cuidado y a hacer un montón de preguntas a su tío Chilo.

El dilema por los dulces había quedado atrás. Ahora estaba en Neraju, como ella había nombrado al lugar que no solo era el taller de su tío, sino también un espacio donde hallaba magia, esparcimiento y la convivencia con el barro, con la naturaleza a través del trabajo de don Chilo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 225. La naturaleza es vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

La naturaleza es vida

Patricia salió al patio de su casa para refrescarse un poco, el interior de su vivienda era una especie de horno. Tenía prendidos ventiladores en su sala y cuarto pero el aire se sentía muy cálido, sofocante. Aunque el sol se había ocultado desde hacía gran rato, la sensación del calor continuaba sin dar tregua.
Regresó a su cuarto por un pequeño banco y luego pasó a la cocina por un vaso de limonada, el café no se le apetecía. Acomodó su banquito cerca de un árbol de tulipanes y uno de jazmín.
—¡Qué barbaridad de calor! Siento que me voy a desvanecer —exclamó en voz alta.
Comenzó a degustar su limonada, aún se conservaba algo fría. Estaba deliciosa, sin mucho dulce, justo para quitar la sed. Se sintió mejor, hidratada. Se puso a pensar que habría sido mejor opción ir a comprar la despensa con Sebastián, su esposo, y la pequeña Rita, su hija de cinco años. Normalmente los tres iban a hacer las compras, esa tarde Patricia se sintió con poco ánimo de salir. El calor la tenía agotada.
Bebió el último sorbo al vaso de limonada. Se quedó observando el cielo, los arbolitos bajo los que estaba sentada y las plantitas que la rodeaban. Algunas plantas estaban sumamente tristes, sus hojas se veían caídas, el calor había hecho estragos en ellas.
—Un poco de agua les sentará muy bien. Justo lo que me pasó a mí con la limonada —señaló Patricia para luego levantarse en búsqueda de una cubeta y un recipiente para regar las plantas.
Antes de comenzar su labor se percató que el agua de la llave no estuviera caliente, era una sugerencia que había aprendido de su mamá. No tardó en percibirse el olor a tierra mojada. Las plantas y árboles absorbieron rápidamente el agua.
Mientras continuaba regando las plantas alcanzó a escuchar el canto de un grillo. Primero fue leve, luego agarró un tono un poco más alto que se mantuvo. Sin duda, ese canto alegraba el paisaje de la tarde noche. La naturaleza también libraba una lucha contra el calor. Se sintió muy afortunada de poder tener en casa arbolitos y plantas. Recordó que en su familia paterna y materna siempre decían que era importante sembrar árboles, la naturaleza es vida y por lo tanto, hay que cuidarla, solía decir tío José y tía Lolita, su tío y tía abuelos. Patricia había escuchado esa frase más de una ocasión en su infancia y le ponía poca atención, sin embargo, ahora cobraba sentido. Y vaya que era importante.
Una vez terminada su labor, regresó a sentarse al banquito. El grillo continuaba cantando y Patricia lo disfrutaba. Qué ganas tenía de que Rita y Santiago llegaran, para poder apreciar ese regalo de la naturaleza. La noche se fue dejando sentir, acompañada de una leve ráfaga de viento, como una caricia muy sutil que acaricia el alma. Patricia comenzó a percibirse relajada, sin sensación de calor. A lo lejos se escuchó,
—¡Mami, mami! ¿Dónde estás ya llegamos? —era Rita que había llegado con Sebastián y buscaba a su mamá.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 224. El fueguito interior. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

El fueguito interior
A mi comadre Sandra, en su nueva vuelta al sol.

Mientras caminaba a casa, luego de su jornada laboral, Rita sintió cómo el viento soplaba fuertemente, aún en una tarde soleada. Recordó el dicho de febrero loco y marzo otro poco, justo estaba por concluir el mes de marzo. Muy cerca de su casa percibió la hojarasca que iba cayendo y se volvía una especie de remolino sobre las banquetas. A lo anterior, se sumaban los bollos de algodón que desprendía un árbol de pochota en un pequeño parque donde Rita solía salir a pasear con su perro Campeón.
Por un momento, Rita sintió que estaba dentro del paisaje de algún cuento; se le vino a la mente que si su abuelita Rosa viera la calle diría,
—¡Qué bárbaro ese árbol de pochota, cuánto algodón tira! Ganas me dan de meterlo en unas fundas para mis almohadas.
Una ráfaga de viento la hizo volver al presente, al tiempo que cerró los ojos para que no le entrara polvo. Llegó a casa, la puerta estaba bellamente decorada por bollos de algodón. Campeón la recibió con mucha alegría. Rita dejó su bolso, jugó un momento con él, lo acarició y le dio de comer. Se quitó el uniforme del trabajo, se puso unos pants y una playera y se fue a sentar al pequeño patio que tenía. Campeón se acomodó a su lado. No tardó en quedarse dormido.
Rita se quedó observando el cielo, se veían las ráfagas del atardecer en tonos cálidos. El color rojo le hizo recordar a su elemento fuego, sintió como si esa energía le estuviera faltando. ¿Qué había pasado con el entusiasmo en su caminar? ¿Y los proyectos que se había propuesto en ese nuevo año? Campeón debía echar de menos los paseos al parque porque ahora hasta dormía siesta.
No puedo evitar recordar unas líneas del relato El mundo, del autor Eduardo Galeano, uno de sus preferidos, “Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores”.
—¿Y qué hay del fueguito interior de Rita? ¿Cómo avivarlo? —dijo en voz alta. Cerró los ojos, no tenía idea de cómo meditar. Solo siguió su intuición. Respiró profundo, una, dos, tres veces. Como una especie de cascada vinieron una serie de pensamientos, sintió cómo sus ojos se humedecían y se permitió dejarlos fluir.
Volvió a repetir las respiraciones, profundas, pausadas. El ruido mental se fue calmando, las lágrimas cesaron. Sintió que iba hallando la paz interior que necesitaba. Ese pequeño espacio que le permitía volver su mirada a ella. Permaneció un momento más ahí, escuchando y sintiendo el latir de su corazón. En el ajetreo diario que vivía solía olvidarse de eso.
Poco a poco fue abriendo los ojos, el ocaso había despedido el día y dado paso a la noche. Observó que Campeón seguía a su lado. Rita estiró sus brazos de manera horizontal y se dio un abrazo, permaneció unos instantes sintiendo nuevamente su corazón. Volvió la mirada a Campeón, era hora de retomar los paseos al parque.
Se levantó suavemente, se puso unas sandalias y fue por la correa de Campeón, quien no tardó en identificar la señal para la salida y corrió hacia ella. Mientras caminaban en el parque Rita fue más consciente de sus pasos, de su ritmo. Campeón estaba alegre por el paseo y Rita también. El fueguito interior nuevamente latía en su corazón, la voluntad y la acción eran dos elementos importantes para avivarlo.
De nuevo vino a su mente el relato de Galeano, “Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 223. El regalo más esperado. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

El regalo más esperado

El sol estaba más que intenso al mediodía de ese jueves. Alicia llegó temprano a casa, había solicitado permiso en su trabajo, tenía un fuerte dolor de estómago. El trayecto de la ferretera, en donde laboraba, a su casa se le hizo eterno.
Una vez en casa se sintió tranquila, aunque no había nadie, todos estaban en el trabajo. Alicia recordó que su mamá, doña Olga, solía decir que automedicarse era peligroso. Intentó hacer memoria para verificar qué había comido en la calle que podría dañar su salud. Esperaría a que llegara alguien de su familia para que la acompañara al consultorio médico. De nuevo sintió un retortijón en el estómago. Se acordó que en el patio podría encontrar alguna planta medicinal.
Al dirigirse al patio percibió lo cálido del clima, como cuando estaba cocinando algo y abría la puerta del horno para verificar si se había cocido. En el patio se acercó a buscar unas hojas de estafiate o ajenjo, aunque eran parecidas Alicia las distinguía muy bien. Eso le ayudaría a calmar la molestia del estómago mientras iba a la consulta. Su rostro se asombró al contemplar que la planta de estafiate y ajenjo estaban muy secas, al igual que las hojas de un par de árboles de limón que había. Tenía alrededor de tres días que habían regado las plantas y árboles.
—¡Uy, pero qué les pasó con tanto calor! Ustedes requieren agua para reanimarse, pero agua de lluvia —dijo en voz alta, como en diálogo con las plantas y árboles.
Alicia decidió cortar unas hojas de estafiate para prepararse un té. Mientras esperaba que el agua hirviera volvió al patio, observó con una mirada triste que las hojas de los árboles de limón estaban encogidas. Vaya que el calor era intenso y la sequía generaba parte de esos efectos.
Regresó a la cocina, vertió la infusión de estafiate en una taza y se dirigió al patio. Ahí se sentó sobre un banquito, a esperar que su té se enfriara para tomarlo. Fue bebiendo poco a poco la infusión, disfrutando del aroma de la bebida. Cerró sus ojos un momento y recargó su espalda sobre la pared. Sintió alivio en el estómago luego de haber terminado el té. Se incorporó de nuevo, abrió los ojos y se dio cuenta que la intensidad del sol se había opacado un poco. Alzó la vista y observó que rápidamente se había formado un conjunto de nubes que pasaron de tonalidad gris claro a gris oscuro.
—¿Será que va a llover? No creo, es bien temprano, aunque está bastante nublado y caluroso. ¿Se imaginan que lloviera? Ése es el regalo más esperado para calmar el calor y sobre todo para que ustedes se recuperen. Mi abuelita Sofía siempre comentaba que no hay que perder la esperanza —dijo Alicia dirigiéndose a los árboles y plantas.
Se levantó del banquito y fue nuevamente a la cocina a dejar la taza, ahí estaba cuando percibió el aroma a tierra mojada, seguido de los ruidos de unas gotas de lluvia que comenzaron de menor a mayor intensidad. Alicia se dirigió al patio, se detuvo en la puerta con una sonrisa en el rostro, al tiempo que observaba que la lluvia, el regalo más esperado, se hacía presente.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 222. El baúl de nuestros tesoros. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

El baúl de nuestros tesoros

El olor a tierra mojada le hizo evocar a Pilar uno de los momentos que más atesoraba de su infancia, compartir con doña Beti, su abuelita materna, los tesoros que ambas tenían.

Doña Beti solía sentarse sobre la cama, abrir el ropero y sacar un baúl de tamaño mediano. A su lado se ponía Balín, el perro que era un amoroso integrante de la familia. La primera vez que Pilar vio el baúl tuvo curiosidad de conocer qué tanto tenía en su interior. Más de una vez observó los tesoros que guardaba doña Beti, entre ellos, fotos antiguas, una lámpara que se armaba como una especie de mechero, hilos, agujas, botones y pequeñas latas que eran decoradas con figuras de flores y hojas. Y se sintió agradecida que su abuelita le permitiera un espacio en el baúl para guardar los tesoros de Pilar.

El recuerdo que se le vino a la mente a Pilar fue la ocasión que entró a la habitación de su abuelita justo cuando doña Beti sacaba el baúl de los tesoros.

—Pili, ¿ahora qué trajiste para guardar en el baúl?

—Abuelita esta vez encontré unas piedras pequeñas con formas muy bonitas, como si fueran conchitas, mira.

Balín, inquieto, formaba parte de la escena del compartir los nuevos tesoros, movía la cola como queriendo conocer cuál era la novedad.

—Oye abuelita, ¿qué vamos a hacer cuando ya no quepan más cosas en el baúl? —preguntó Pilar en tono preocupado.

El asombro se percibió en el rostro de doña Beti, su mirada tranquila se fijó en la de su nieta, antes de responder hubo un breve silencio.

—Compraremos más baúles mi niña, no te preocupes por eso. Vengan esas piedritas para guardarlas.

Pilar dibujó una sonrisa mostrando la alegría ante esa respuesta, su mente quería volar para hallar más objetos distintos, los tesoros que su abuelita y ella compartían.

Algunas veces la lluvia era quien acompañaba el paisaje sonoro de esos encuentros entre abuela y nieta. De ahí que el olor a tierra mojada de esa tarde trajera a la mente de Pilar esas memorias.

—El baúl de nuestros tesoros —dijo para sí, Pilar.

Cerró sus ojos, respiró profundo. Observó el baúl de doña Beti, intacto en el ropero, su corazón sintió la emoción que ambas tenían cuando se juntaban para compartir esos instantes. El fondo musical de la lluvia continuaba escuchándose.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 221. El arte de caminar. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

El arte de caminar

El clima en la época de primavera estaba más caluroso que en años anteriores. Inés recordó que era martes, día de ir a caminar por la tarde con Verónica y René, amistades que vivían en su colonia. Por casualidad los había saludado una tarde y le contaron que solían salir a caminar toda la semana, para soltar el estrés laboral y ejercitarse un poco. Inés les preguntó si podía unirse a la caminata y le dijeron que por supuesto, por sus actividades ella solo podía salir tres veces en la semana y el martes era uno de esos días.

Mientras Inés iba a encontrarse con Verónica y René se dio cuenta que el calor se había apaciguado un poco y comenzaba a correr aire, eso ayudaría a que su caminata fuera más grata. El área en la que salían a caminar era un parque con muchos árboles que les brindaban además de un bello paisaje una magnífica sombra.

Al llegar al punto de reunión Inés se percató que solo estaba Verónica quien luego de saludarla le dijo que René llegaría con retraso, así que ellas iniciaron el recorrido. Poco a poco se fueron sumando otras personas de diferentes edades, jóvenes, mayores y algunas adolescentes. Al cabo de un rato la zona era de mucho movimiento.

Esa tarde Inés se detuvo un momento para tomar un descanso, se había doblado el tobillo y aunque la molestia era leve, decidió detenerse para darse un masaje. Verónica quiso ayudarla pero Inés insistió en que no era grave, que ella siguiera con la caminata. Inés buscó un banca, se quitó el tenis del pie derecho y comenzó a masajear la zona del tobillo. Luego movió suavemente el pie hasta dejarlo en reposo por unos minutos.

Al estar sentada comenzó a observar a la gente que caminaba, trotaba y corría en el parque. Su mirada se centró en quienes hacían caminata, se percató de ritmos distintos, al tiempo que los rostros también comunicaban a través de los gestos que cada persona reflejaba. Luego se detuvo en ella, ¿cómo se había doblado el pie? ¿Aceleró el paso? ¿Se distrajo? Intentó hallar alguna respuesta pero nuevamente se fijó en el caminar de las personas, a lo que llamó el arte de caminar, hasta ese momento no se le había ocurrido que el caminar es como vivir la vida. Cada quien tiene su ritmo, su modo, su estilo y su gusto por los lugares que serán recorridos, pero también hay tropiezos, esguinces, caídas y ante ello, las pausas son necesarias para apapacharse, recobrar el ánimo y continuar la caminata.

Inés movió nuevamente su pie, masajeó ligeramente la zona adolorida. Se colocó el tenis y decidió retomar la caminata, lo haría paso a pasito, pero con la mejor actitud. En eso estaba cuando escuchó la voz de Verónica,

—¿Lista Inés? Vamos por una vuelta más.
Inés volvió el rostro y le dijo,

—Sí, voy un poquito más lento pero te sigo.

Ambas sonrieron y continuaron el recorrido, cada una a su ritmo, concentradas. A lo lejos escucharon,

—¡Ya llegué chicas! Tarde pero seguro —era René que se integraba a la caminata.


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Voces ensortijadas 220. Los sonidos de la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Los sonidos de la noche
Manuela había recibido con gran alegría la invitación de su tío Renato y tía Martina a visitarlos a su casa en el campo en el puente vacacional que se avecinaba. Cuando llegó a casa le comentó la noticia a Pedro y Marina, su hijo e hija, quienes se mostraron contentos pero no al grado de Manuela.
—Oye mamá, ¿hay conexión a internet en la casa de tía Martina y tío Renato? —preguntó Marina algo preocupada.
—¿Podré llevar la tableta? —le siguió Pedro.
—Les tengo la noticia que solo yo llevaré el celular por si hay alguna situación de emergencia. Este pequeño viaje además de visitar a nuestra familia también tiene la intención de disfrutar de la naturaleza y desconectarnos de redes sociales —fue la respuesta que les dio Manuela.
Los rostros de Marina y Pedro mostraron cierto desencanto. Manuela ya esperaba algo así pero no les puso mucha atención y les encomendó ir preparando su equipaje para tenerlo listo con anticipación.
El día del viaje madrugaron para salir temprano, subieron al autobús que los llevaría a la terminal cerca de su destino. El viaje tardó alrededor de cuatro horas. Martina y Renato fueron a traerlos. El encuentro familiar fue muy efusivo, la tía Martina era hermana de la mamá de Manuela y quería a su sobrina como si fuera su hija. Manuela había llevado una canasta con frutos secos que gustaban a sus familiares.
Al llegar a casa el tío Renato les indicó donde era la habitación que ocuparían. Luego de instalarse se reunieron en el comedor para desayunar. Al terminar de desayunar la tía Martina los llevó a visitar el huerto que tenían, ahí cultivaban verduras, así como albahaca, epazote, romero, cilantro, perejil, lavanda, citronela. Pedro se interesó en preguntar cómo podrían hacer eso en la ciudad, la casa donde vivían tenía poco espacio. Martina aclaró sus dudas y le dio sugerencias.
Para la comida les prepararon una sopa con verduras cosechadas del huerto y unas quesadillas con epazote hechas con tortillas de maíz amarillo. El agua era limonada con chía y de postre degustaron algunos higos que la tía había cocinado.
Manuela observaba a Marina y Pedro, en qué momento preguntarían si había conexión. Aunque no le veía mucho el caso dado que no habían llevado más que el celular de ella que por cierto ni había usado. El tío Renato dijo que en casa solían tener la tradición de tomar café con pan para contemplar el atardecer. Les contó que con sus vecinos más cercanos habían acordado que por las noches evitarían poner música a alto volumen, esto para disfrutar los sonidos de la noche. En la ciudad siempre había ruido y a ellos les gustaba el campo justo por la cercanía con la naturaleza. Al escuchar eso las miradas de Pedro y Marina se entrecruzaron pero no dijeron nada.
Esa tarde tomaron café con pan mientras la tía Martina y Manuela contaban anécdotas familiares y el tío Renato algunas leyendas. Luego Renato les dijo que pusieran atención cuando el sol se fuera ocultando, empezarían a escuchar los sonidos de la noche en el campo. Cesó el bullicio de las aves, dio paso a el canto de un grillito, luego se sumó otro más, al cabo de un rato la noche tenía un concierto de grillos. A lo lejos se escuchó un canto, pur-weeooo, Martina dijo que ya se había hecho presente un ave llamada tapacamino. Más adelante se comenzó a escuchar el croar de unas ranas y al cabo de un rato la noche en el campo se había hecho presente a través de sus sonidos. Manuela volvió la mirada a Pedro y Marina que mostraban estar disfrutando el momento, entre tanto ella cerró los ojos y nuevamente alcanzó a escuchar el pur-weeooo del tapacamino.


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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 219. Salvemos el agua. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

Salvemos el agua

Leticia había puesto mucha atención en lo que había escuchado en las noticias de la televisión referente a la escasez del agua que se hacía presente en muchos lugares. Observaba los rostros de Lucia y Joaquín, su mamá y su papá, que habían retomado el tema diciendo que en algunos municipios cercanos a donde vivían la gente tenía carencia de agua. Seguía atenta en la conversación, mientras degustaba la sopa que le habían servido para la comida. A su lado derecho estaba sentado Daniel, su hermano menor quien apenas iba a cumplir los cinco años. Leticia era un par de años mayor que él.

Al terminar de comer Lucia levantó los platos y vasos, Joaquín se dispuso a lavarlos. Mientras Leticia veía a su papá lavar los trastes seguía pensando en el tema del agua, se le vinieron a la mente algunas de las recomendaciones, reusar el agua que saliera de lavar los trastes para depositar en la taza del baño. Evitar desperdiciar agua al lavarse las manos, a la hora de bañarse, al lavar los coches y al limpiar las banquetas.

Leticia fue a buscar a Daniel, quien quitado de toda preocupación estaba sentado coloreando un libro de cuentos que había encontrado en su cuarto, tenía las crayolas y colores regados al lado de la mesita en que se apoyaba.

La mente de Leticia estaba buscando de qué manera su familia y ella podrían ayudar a que el agua no se acabara, al ver a Daniel se le vino a la mente que podría poner algunos letreros y pegarlos en ciertos lugares. Daniel sería su aliado, aunque aún no leía ni escribía le pediría apoyo con algunos dibujos, él era muy bueno en eso. Y al final le diría a su mamá y papá que les ayudaran a pegar los letreros en las calles de su colonia .

Cuando Daniel se percató de la llegada de Leticia levantó la vista y le dijo,

—¿Leti quieres colorear conmigo? Ven, siéntate, aquí hay más colores.

—Bueno, un ratito, Dani quiero que me ayudes a hacer algo.
Daniel la quedó mirando, hizo una pausa y preguntó

—¿Tienes otro libro de cuentos para colorear? ¿O en qué te ayudo?

—Tengo un plan para que ayudemos a que el agua no se acabe. A mí me da mucha tristeza que hay mucha gente que no tiene agua, ni para bañarse, lavar su ropa, regar sus plantitas. No quiero que nos pase eso.
Daniel se dio cuenta que el rostro de su hermana estaba triste, a él no le gustaba verla así.

— No te pongas triste, yo te ayudaré para que no se acabe.
Leticia le explicó el plan que tenía. Mientras ella escribía los letreros, Daniel haría unos dibujos para poner en cada uno de ellos. El primer letrero que hizo Leticia decía Salvemos el agua, Daniel le puso unas gotitas de agua que estaban tristes.

—Oye Joaquín, pero qué silencio hay en la casa, qué travesuras estarán haciendo Dani y Leti.

—De seguro están entretenidos jugando, no te preocupes Luci, voy a buscarlos.

Al caminar rumbo a los cuartos Joaquín escuchó la conversación,

—Están quedando bien bonitos los dibujos Dani, voy a remarcar los letreros con las crayolas —dijo Leticia.

—Vaya, vaya, si que están entretenidos, a qué están jugando, ¿me invitan?

—Papá, Leti tiene una gran idea para que el agua no se acabe. ¿Nos ayudarás?

Joaquín escuchó y antes de que respondiera Leticia le dijo,

—Sí, papá, escuché hoy en las noticias que el agua se puede acabar, pero todos podemos hacer algo para ayudar, Dani me está ayudando, mamá y tú también lo pueden hacer.

En eso estaban cuando Lucia se asomó al cuarto,

—¿Hay reunión de familia y no fui invitada? ¿Y estos dibujos? S-a-l-v-e-m-o-s e-l a-g-u-a.

Leticia les explicó a Lucia y Joaquín el plan que había pensado de cómo podían ayudar. Sin dudarlo, se unieron al trabajo de Leticia y Daniel. No solo les parecía una muy buena idea sino que también era importante que desde la niñez se escucharan y respetaran las voces, opiniones y propuestas de cada niña y niño, sobre todo cuando se trataba de abonar para el cuidado de los recursos naturales.


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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 218. La luna lunera. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

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María Gabriela López Suárez

La luna lunera


Ese sábado Violeta había salido de comisión laboral fuera de la ciudad. A su regreso había quedado de ir a traer a su mamá y a su tía Vera que estaban celebrando el cumpleaños de un par de amistades en común. Mientras venía manejando de vuelta a la ciudad percibió una tarde llena de bruma, los rayos del sol se apreciaban, sin embargo, la bruma invadía la atmósfera.

—Seguro este ambiente es por los incendios. Qué contradictorio es, inicia la primavera y también los incendios comienzan a intensificarse —comentó en voz alta.

Con tristeza observó que el paisaje en la carretera era de muchas zonas con pastizales secos y los árboles resistían la temporada de calor que se hacía presente en primavera. Recordó que la problemática de escasez de agua se había intensificado en diversas partes de la ciudad, del estado y que en las noticias se divulgaba que esta problemática se acentuaba a nivel mundial.

Entrando a la ciudad se percató que muchos perros deambulaban en las calles, se percibían sedientos, cansados, algunos ya eran adultos y su paso era lento. Violeta pensó que si ella tuviera algún perro como mascota pondría su mejor esfuerzo para darle un hogar y los cuidados requeridos. De nuevo se le vino a la mente la importancia del agua, qué harían estos perritos sin tener un poco de agua que calmara la sed, hasta qué tramo caminarían para poder hallar un poco de agua para beber. Y qué decir de los árboles, las hojas se mostraban caídas, tristes, las ramas secas en varios casos.

Recién había pasado la conmemoración del Día Mundial del Agua, para Violeta las conmemoraciones eran importantes, aunque estaba consciente que no faltaba quien siempre se valiera de ellas para sobresalir, solo para la foto. Ella consideraba que lo más valioso se hacía cada día para que a la larga se tuvieran beneficios reales. Vaya que la humanidad tenía una gran tarea. No pudo evitar traer a la mente el proceso electoral que se avecinaba, ¿hasta qué punto las personas candidatas tenían en cuenta proyectos viables para atender problemáticas como la escasez del agua?

No cabía duda que el agua era igual a la vida. Entre tanta reflexión se percató que la noche se había asomado y ahora iba a traer a su mamá y a su tía Vera. Intentó recordar la dirección sin hacer uso del google maps, lo logró. En ese momento se dio cuenta que tendría que estacionar su coche alrededor de 150 metros antes del domicilio, ya no había espacio para entrar hasta la casa. Al bajar tomó su celular, casi como en automático para prender la lámpara y alumbrar el camino, antes de hacerlo se percató de la presencia de la luna lunera, estaba ahí guiándola. Violeta avanzó unos pasos, luego se detuvo para contemplar lo luminosa que se veía. Estaba a casi nada de estar en fase de luna llena. Sintió una especie de acompañamiento, agradeció su presencia. Continuó su camino, en su mente resonaba lo sabia que era la naturaleza y la importancia de su cuidado.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 217. Entre azul y naranja. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Entre azul y naranja

Roberta jaló su mochila, con todo el esfuerzo del mundo trató de llevar lo menos posible en su equipaje. Tenía comisión laboral y viajaría fuera de la ciudad. Ir ligera de equipaje no era algo que le saliera tan bien pero ya estaba intentando hacerlo.

Por demora no alcanzó el autobús que la llevaría a su destino, así que decidió irse en un taxi colectivo. La tarde era calurosa, pudo elegir el asiento del lado derecho de atrás, en la ventanilla. El taxi se llenó pronto. Entre las prisas al salir de casa Roberta olvidó sus audífonos, normalmente al ponerse a escuchar música se relajaba y dormitaba en el viaje.

—Bueno, tengo un plan B, estaré atenta al paisaje y disfrutaré la vista —dijo para sí.

El conductor llevaba la música a volumen mediano, Roberta decidió poner atención al paisaje y así minutos después ya ni identificaba qué canción era ni quién la interpretaba.

El primer elemento que atrapó su atención fue el astro rey, el sol tenía un color naranja tan intenso que parecía como si estuviera con algún efecto especial, como estaba a punto de ocultarse se le podía observar con detenimiento sin que molestara la vista. De ahí giró su mirada a la vegetación, en su mayoría se veían pastizales muy secos, Roberta percibió que los árboles estaban en espera de que cayeran las primeras lluvias.

A lo lejos se veía humo, Roberta pensó que era algún incendio y no se equivocó. Los pastizales secos en temporada de calor eran muy propensos a ser afectados, por algún accidente o algo provocado de manera intencional. Eso no era agradable. Desde su corazón deseó que ese incendió lograran apagarlo pronto y no hubiera muchas afectaciones ni a la vegetación, ni a la fauna, ni a ninguna persona.

Llevó la vista al horizonte y el cielo tenía bellas nubecitas, un tanto aborregado en tonos entre azul y naranja, una vista sumamente hermosa, que indudablemente invitaba a relajarse. Vino a la mente una frase que solía decirle su amigo Renato cuando le compartía atardeceres o amaneceres, el cielo tiene tonos baby blue.

Siguió con la vista atenta al horizonte, se sintió muy afortunada de contemplar ese atardecer, en ese momento agradeció haber olvidado los audífonos. De lo contrario, se habría dormido y perdido ese magnificó regalo. Se acordó de la frase de Quino, el creador del personaje de Mafalda, deja que la vida te despeine, sonrió mientras dejaba que el viento le alborotara el cabello y le acariciara el rostro.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.