Polvo del camino. 302. T. Monk. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 302

T. Monk
Héctor Cortés Mandujano

Thelonious Monk (1917-1982), pianista y compositor estadounidense de jazz, es uno de los nombres más conspicuos en este género. Tuvo, tiene, como casi todos los grandes, un estilo al que fue fiel desde sus inicios. Oírlo es servir a los oídos un platillo delicioso. Su rostro es uno de los mejor fotografiados, me parece, porque su expresión facial era en sí misma un tema. También tenía varias peculiaridades, entre las que se cuentan su vestuario (trajes inusuales, sombrero o gorros, lentes de sol) y su comportamiento en los varios grupos que encabezó: detener su ejecución, bailar…
No tenía las manos clásicas de un pianista (largos y delgados dedos), sino al contrario: parecían las de un trabajador manual, lo que era de algún modo. Tuvo, como afroamericano, todas las caídas usuales (droga, persecución policiaca, etcétera), pero alcanzó la gloria y el reconocimiento, antes de mandar todo al demonio.
La leyenda cuenta que tenía una enfermedad mental que fue empeorando. En una de sus últimas giras, dicen, no pronunció palabra, se refugió en un mutismo del que nadie pudo sacarlo. Dejó de hablar, dejó de tocar, sin explicaciones. Se encerró, se aisló. Murió de un derrame cerebral.

Veo Rewind & Play, un documental de 2022 dirigido por Alain Gomis, que rearma el material grabado en diciembre de 1969 para un programa de la televisión francesa, previo al concierto que dio Monk en la Salle Pleyel en ese año. Conversan –por llamarlo de alguna manera– el pianista francés de jazz Henri Renaud, quien lo invitó a París, y Monk.
Lo bueno es que vemos a Thelonious tocar las maravillas que solía componer, con sus dedos gordos, y sudando a mares (¡por Dios, que alguien le pase un pañuelo o una servilleta!). Lo horrible es la presencia de Renaud, preocupado tan solo por salir bien en pantalla y obligar a Monk a responderle lo que él suponía que debía responder. Monk lo miraba sin contestar y el otro insistía. Los silencios son largos, incómodos, muy incómodos, aunque evidentemente Monk era especialista en ellos. Calla y suda, sonríe…
En varias ocasiones, Monk pide a su contertulio que dejen la entrevista (“¿Y si nos vamos a cenar y nos olvidamos de este programa de televisión?”) y Renaud lo ignora. Está muy ocupado viéndose a cuadro, componiendo su traje, reformulando las preguntas tontas…
El documental llega a ser desagradable. Las imágenes no favorecen, casi nunca, a Monk, y sí al relamido Renaud. Pueden ser una magnífica lección de cómo no se debe hacer una entrevista, un programa de televisión: el que pregunta cuenta lo que el entrevistado no quiere contar y no acepta otra respuesta que no sea la que él ya sabe de antemano.
Aplaudo a Alain Gomis por rescatar estos fragmentos (hizo del error un acierto) donde podemos gozar del arte de Thelonious Monk, y ver lo que pasa cuando se juntan un tonto y un genio.
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 301. La hoguera del recuerdo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 301

La hoguera del recuerdo
Héctor Cortés Mandujano

La distancia es como el viento:
Apaga el fuego pequeño, pero enciende aquellos grandes

De una canción de Domenico Modugno

En Bajo el signo de la nostalgia hasta el título nos lleva a la remembranza y la melancolía, porque es este un verso de nuestro querido y añorado Noquis Cancino Casahonda. Alguien que ya no está y sigue estando con nosotros.
Es la nostalgia la que empapa los corazones de las nueve mujeres que escriben aquí, que abren las puertas hacia el pasado que ya no existe, pero -evidente y natural oxímoron- sigue vivo.
No hay nada muerto que haya vivido alguna vez, salvo que se olvide.
Desde siempre ha sido masculina la idea del nacimiento del cuento: hombres que rodeaban la fogata antigua mientras oían a otro que, en la noche, hilvanaba historias de entretenimiento. Este libro, en cambio, lo escribe un grupo exclusivamente de mujeres que ven hacia la lejanía del pasado viviente, hacia la hoguera del recuerdo que no se apaga.
Es difícil sintetizar cada crónica, porque hay allí un ser humano que habla de material sensible: su vida.
Clara del Carmen Guillén cuenta de su trabajo como promotora cultural en Bochil y cómo ello la hizo conocer y convivir con gente que, como la propia Clara, ama las letras; Elena Díaz Carrión escribe sobre el cine en Comitán, de las carteleras a las salas, de la dulcería; Gilda Rincón Orta rememora el origen del fraccionamiento donde vive; María Eugenia Díaz de la Cruz nos comparte las aventuras que pasó de niña en el Rancho del Niño; Martha Elena Cruz Figueroa recuerda su historia como promotora cultural en el Museo Regional de Chiapas; Socorro Trejo Sirvent indaga sobre las amistades chiapanecas de Carlos Pellicer; Violeta Pinto hace un breve recuento de su vida, sus amistades artísticas, su vocación por el disfrute de las artes y la Cofradía de San Jacinto, como llamaron a su casa, que era punto de reunión de intelectuales y artistas; Virginia Marín Corzo nos refiere un suceso extraño en Loma Bonita y Yolanda Molina Quiñones reflexiona sobre cómo han cambiado los nacimientos decembrinos.
Bajo el signo de la nostalgia es rico por eso: por la diversidad de temas, por la individualidad de lo vivido y lo contado, porque habitar es dejar y tener huellas de instantes significativos, mágicos, inolvidables...
Y parte de su riqueza es, también, su brevedad. Nadie se va por las ramas. Sin muchas vueltas cada autora nos mete a su vida y sus recuerdos.
Noquis Cancino, que era querido amigo, conversador maravilloso y hacedor de frases, me dijo una vez, acerca de la memoria: “Me acuerdo de todo lo que me pasó cuando tenía ocho años, pero no me acuerdo de lo que desayuné hoy”. Bajo el signo de la nostalgia parece seguir esta premisa y por eso deja la historia de lo inmediato y vuelve a aquellos años inmarcesibles, en los que una parte de nuestro corazón quedó prendido.
Y el ayer se vuelve hoy, y la respiración se hace suspiro...

Contactos; hectorcortesm@gmail.com

[Prólogo del libro Bajo el signo de la nostalgia, de varias autoras, leído en la presentación. FIL-Unach, 17 de octubre de 2025. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 300. Efialtes. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Luis Daniel Pulido.

Casa de citas/ 300

Efialtes
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano

¡300, lector, lectora! Muchas gracias. Te abrazo

No hubo nunca mujeres sino una sola mujer que se repetía,
que se repetía siempre de la misma manera

Juan Carlos Onetti,
en El astillero
1

Confieso sin rubor que desde adolescente soy alcohólico. Probé otras drogas, por supuesto. No sé si fue temor a terminar peor que como me decían iba a terminar con el alcohol, pero el caso es que no me enganché con ninguna de ellas.
Digo esto, porque no recuerdo cómo conocí a Rosa. Igual en un prostíbulo que en un rezo (a veces voy, porque no faltan las copas gratis), lo mismo me daba. Nunca pensé que fuéramos a vivir juntos. Un día desperté en su cuarto pobre, aunque menos miserable que el mío, y decidí quedarme.
Rosa era casi muda. Me veía fijamente y me acariciaba. No me pedía ni dinero ni cariño, aunque nunca me negó ninguna satisfacción sexual, cuando a veces la requería.
Salía a trabajar, creo que lavaba ajeno o era sirvienta, y volvía con dinero que compartía conmigo. Yo compraba lo más que podía de alcohol y me encerraba a beber, bajo el manto de su mudez y de sus ojos sin censura.

2

No sé en dónde conocí a la otra Rosa. Estoy seguro que fue en una borrachera. No sé si antes de esta Rosa muda o después o al mismo tiempo. No soy un mujeriego ni por asomo; salvo el alcohol, no hay nada que me apasione, así es que esta nueva mujer tuvo que haber llegado a mi vida por su propia cuenta.
Y qué manera de llegar. En la bruma de mi memoria recuerdo sus primeras palabras:
—¡Borracho inútil!
Y recuerdo también su primer golpe: con el puño cerrado sobre mi ojo izquierdo. Aullé y lloré de dolor, mientras ella se reía.
Tampoco soy violento. Cuando me acerqué a ella, luego de gritar y gritar, sin conseguir nada más que sus burlas (“ay, la nena, no aguanta ni un golpe de pétalo de Rosa”), sentí cómo me daba con un palo en la cabeza. Me desmayé.

3

Primero, los ojos comprensivos de Rosa me miraban. Después o antes, un balde de agua fría de la otra Rosa me despertaba:
—¡A trabajar, güevón!
En mi cerebro lleno de brumas, pensé que tenía que dejar de tomar para poder entender qué estaba pasando: ¿Quién era la Rosa blanca, quién era la Rosa negra?
Vomité por horas (me metí el dedo el boca para provocarme arcadas), sentí escalofríos por días y resistí lo más que pude hasta sentir que la mano amorosa de una Rosa me acariciaba.
—¿Qué tienes, volviste a tener pesadillas?
—¿Cómo?
—Gritas mi nombre y te levantas a quejarte, a llorar, a decir palabras incomprensibles…
La miré. Sí, eran la misma. Nada más que una estaba en la realidad y otra en mis sueños. ¿Era esta mi sueño y aquella mi mujer real o era esta la de mi realidad y la otra mi pesadilla, mi efialtes?
No pude descubrirlo. Ella me puso en la mano una botella y yo le di un trago largo, un buche lo más sustancioso que pude para ya dejar, por un rato al menos, esta desgraciada vida más de espinas que de rosas.
Ilustración: Luis Daniel Pulido.
Ilustración: Luis Daniel Pulido.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 299. La muerte viva. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/299

Háctor
Antes o después de los aplausos/ II


La muerte viva
Héctor Cortés Mandujano


Mis primeras dos obras de teatro las escribí en el mismo año: 1986.
En esos años empezaba en el teatro y en la escritura.
En 1982 me subí por primera vez a escena con La filmación a futuro, un conjunto de obras breves dirigidas por mi querido y recordado primer maestro: Xavier Alcázar, qepd, y en 1983 (el año en que nació mi hija) comencé a entrenar con mi segundo gran maestro: Juan Truko.
En 1984 gané el tercer lugar, en los juegos florales del municipio tuxtleco, en la especialidad de cuento, y en 1985 el primer lugar estatal de cuento en la convocatoria realizada por el CREA.
Para ese entonces ya había hecho varias obras como actor y leído los libros más importantes sobre composición, dirección y actuación. Xavier y Juan me enseñaron, generosamente, el camino. Ya era un lector con bastantes destrezas lectoras y con ganas de explorar la escena.
Mi primera obra la escribí porque empecé a dirigir, en 1985, una de Carballido, con actores de menor edad que yo (tenía 24-25 años), y seguí con ese grupo y otros, con nuevos montajes; llegó un momento en que nos encontramos cuatro hombres jóvenes dispuestos a montar una obra y no hallamos una que se acomodara a nuestro número y género. Decidí escribirla. Cuando lo hice, los tres ya no estaban: habían terminado la prepa y se habían ido a estudiar fuera.
La guardé, simplemente, sin ninguna expectativa. Se llama Tres sueños muertos y está constituida por tres cuadros que tratan de 1). La separación e incluso el enfrentamiento entre el cuerpo y el alma, 2). La lucha entre el bien y el mal, y 3). La respuesta de Dios y la muerte a una petición humana.
Mucha filosofía para un dramaturgo debutante. En la obra, además, usábamos una bata extensa donde nos metíamos tres, como un monstruo de tres cabezas, y nos maquillábamos con extravagancia. Sin embargo, la obra interesó a un primer grupo de teatro (luego la montarían varios más), que decidió llamarse Pro-puesta, al que yo no pertenecía, y del que me convertí, a petición de ellos, en director.
Con el elenco inicial hicimos varias funciones y cosechamos aplausos y buenos comentarios, lo que resultaba muy estimulante para mí, porque había decidido no seguir los caminos trillados de la dramaturgia y hacer mi propia poética, como ha quedado claro, supongo, después de las más de veinte obras mías que han subido a escena.
La conformación del grupo fue cambiando hasta que, muchos montajes después, decidimos terminar Pro-puesta o, más bien, yo decidí dejar el grupo, donde conocí a varias y varios amigos que aún lo siguen siendo: Jaime Carrillo, ya ido; Hilda Jiménez, Tere Argueta, Felipe Reyes y Alejandro Nudding. Hubo muchos más, porque la obra se presentó en muchos foros y con elencos diversos.
Fue una etapa muy divertida, con los Pro-puesta, porque luego de los ensayos nos quedábamos a jugar cartas, juegos de mesa y un sinfín de tonterías; cantábamos y nos quedábamos conversando naderías hasta la madrugada. Reírnos era lo más importante. Mi hija y mi mujer se acostumbraron a ser parte y apoyo de los ensayos y funciones. Anduvimos del tingo al tango, en presentaciones y en paseos.
Fue muy bonito…
Al centro HCM; atrás, Hilda Jiménez
Al centro HCM; atrás, Hilda Jiménez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 298. Asfódelos de la sombra. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 298

Evocadas páginas de otro libro/ XVIII

Asfódelos de la sombra
Héctor Cortés Mandujano

¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

Borges

Pregunté por él en algún momento de mi infancia, creo. Me dijeron que era francés. Su padre o su abuelo, en esas versiones, había llegado aquí y se cambió el apellido porque el original, Courtois, era difícil de escribir y pronunciar.
Otra persona, mucho después, me dijo que en realidad era judío, quizás de Polonia. El mismo asunto: se cambió el apellido porque aquí Kertész generaría confusiones.
Florentino Cortés Mendoza era mi abuelo paterno. No lo conocí. Cuando nací, él ya había muerto y sólo he visto una fotografía suya, donde tiene una camisa a rayas y una expresión ambigua: ¿Indiferente, serio, retador? No sé. Dicen que tenía los ojos verdes. Quién sabe. La fotografía es en blanco y negro.
Nunca he estado interesado particularmente en mi genealogía, pero a veces, cuando encuentro a alguien que pudo conocerlo, pregunto por él y siempre me he quedado con agua entre los dedos.
Borges escribió sus versos para otro. Podría yo dedicarlos a ese abuelo: “¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?”.

Mariano Mandujano Corzo fue mi abuelo materno. Tampoco lo conocí. Cuando nací ya lo habían matado, nunca se supo quién. Su cadáver fue hallado en uno de los potreros de la finca. Lo ultimaron a balazos. Para mí es, lo mismo que el otro, sólo un nombre, una sombra.
Dice Borges: “Dieron a otros gloria interminable los dioses,/ inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;/ de ti sólo sabemos, oscuro amigo,/ que oíste al ruiseñor, una tarde”.

Dice Wikipedia de los asfódelos: “se han difundido hoy por todo el mundo como plantas ornamentales, por sus grandes flores, la facilidad de su cultivo (y) el poco requerimiento de nutrientes”. Sigue: “En la antigua Grecia, los asfódelos se colocaban en la tumba de los muertos y se empleaban en las ceremonias fúnebres, en la creencia de que facilitaban el tránsito de los difuntos a los Campos Elíseos, que se creía tapizado de estos. También era costumbre comerlos días antes cuando iban a entrar en batalla”.
Sigue Borges, como si hablara de mis abuelos: “Pero los días son una red de triviales miserias,/ ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,/ de que está hecho el olvido?”.

[Escribió Homero en el Canto XI de la Odisea, sobre cómo recuerda Ulises su charla con los muertos: “Vi después al gigantesco Orión, el cual perseguía por la pradera de asfódelos las fieras que antes matara en las solitarias montañas, manejando irrompible clava toda de bronce”. Escribe Borges en “Un poeta menor de la antología”: “Entre los asfódelos de la sombra, tu vana sombra pensara que los dioses han sido avaros”.]
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 297. Final de escena. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 297

Final de escena
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano

Salime al campo;
vi que el sol bebía los arroyos del hielo desatados…

Quevedo

La persecución nos hizo salir de la ciudad. Yo iba en mi patrulla y él, en un coche maltrecho que, sin embargo, no dejaba de ser veloz. No sólo cumplía con mi deber, había algo más. Él sabía que de caer en las manos de la ley perdería la libertad hasta su muerte y tal vez por eso, nunca lo sabríamos, había secuestrado a la hija de mi jefe. Pensaba negociar, sin duda.
Ella había sido mi novia en la adolescencia y, como suele ocurrir con esos amores, caló hondo, se volvió mi amor inolvidable. No podía permitir que ella, que era una mujer con una familia ideal, perdiera la honra o la vida a manos de un delincuente tan ruin como ése.
Íbamos por un camino de terracería cuando su coche se detuvo. Se le acabó la gasolina, supuse. Él sacó a jalones a la que fue mi amor y corrió con ella, con la previsible rémora, porque no era fácil correr y jalar a quien no cedía con docilidad a la violencia del tipejo.
Mi coche, como si se tratara de un empate de incompetencias, también se detuvo. Bajé y corrí tras ellos. Los alcanzaría con cierta facilidad, pensé. Ella hizo dos movimientos certeros: zafó su brazo de un jalón y lo empujó haciéndolo trastabillar. No le daba tiempo a él para regresar por ella, porque yo ya me acercaba. Su furia ciega localizó una piedra, la tomó y la lanzó hacia la mujer que corría hacia mí.
Le dio en el occipital. Ella cayó frente a mis ojos. Apenas me detuve a verla, porque supe que lo suyo era fatal por necesidad.
No seguí corriendo, porque yo rebasaba los sesenta (igual que ella) y él no llegaba a los treinta. No lo podría alcanzar.
Me planté y apunté con mucho cuidado. Jalé el gatillo. La bala atravesó su pulmón izquierdo. Cayó aparatosamente hacia adelante, con la fuerza de su carrera.
No se levantaría.
Chequé los signos vitales de ella.
Ninguno.
Me senté en el camino, derrotado, “y no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese el recuerdo de la muerte”.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 296. Les toca a ustedes/III. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 296

Les toca a ustedes/ III
Héctor Cortés Mandujano

[Escojo lo que creo puede resultar interesante de lo que me mandan. Esto es un resumen y una antología. Ustedes hablan aquí...]

Marzo 2025

Sobre Casa de citas/ 731, “Nueve mujeres”, 1, escribe María Yolanda García: “¡Desde Chiapas! Esta nota sobre el Premio Dolores Castro 2024 en la categoría de ensayo. ¡Hoy es el día del bailarín! Feliz día, bailarinas señoras y no señoras. Belleza total, también acompañan a la nota el ensayo hermoso de la sirena Roxana Cortés”.
Damaris Disner: “Querido Héctor, siempre tus textos le dan alegría a mis domingos. Domingos que no son tristes desde mi decisión de florecer en vez de marchitarme. Y digo alegría, porque aunque a veces tocas temas profundamente dolorosos e inquietantes; si pensamos en el dolor propio o de la otra, son gozosos porque una lectura invoca al Espíritu Creador que se hace presente para alentarnos a no perder la esperanza; cuando nombramos hay una posibilidad de asimilar el por qué de los sucesos y vislumbrar un mejor sendero. Te dejo un abrazo grande”.
Dos amigos lectores coinciden: Luis Daniel Pulido: “He estado releyendo Casa de citas y es inmenso en acervo y memoria. Y es un pedacito nomás de tus lecturas. Eres una biblioteca con patitas jajaja. Gracias, maestro”, y Leonora Ventura: “En la semana leí varias (columnas), de años anteriores, que me gustaron mucho y ya no te comenté. Un abrazo”.
         Sobre Casa de citas/ 732. “Nueve mujeres”, 2: Leo Morales: “No sé si tendría estómago para leer cosas tan crudas, tan reales, que se viven. Justo en nuestro estado, en ocasión del día de la mujer, escuché a tres mujeres indígenas. Me tocó profundo su lucha, su superación... [...] Me gusta que hasta piedras digieres, bonitas letras nos regalas”.

Luis Daniel Pulido me comparte un texto suyo llamado Para mí siempre será 1977: “Hoy viajé a Tuxtla. Las nubes no acostumbran a cerrar filas por la melancolía del viajero; callo y asiento, resignado, que acá no hay fresnos ni álamos, sólo batallas diarias por un plato de comida. Vamos varios en el transporte y hay una lucha invisible de todos contra todos: el que lleva prisa, el que no deja de teclear en su celular, el que escucha música sin audífonos, el albañil libidinoso, la joven que habla y habla y va feliz por haber asistido a un concierto de reguetón y ningún atisbo de piedad a la anciana con sus ojitos de selvas y manglares, a su destino: el olvido. ‘Las gentes son horribles. Y uno es tan horrible como ellas’, sentenció José Revueltas.
“Llegué a Tuxtla con el peso en el alma de todo lo que vi.
“Pero mi ciudad, como una foto de Win Wenders de 1977, sigue vigente, no se la comieron los pájaros, conserva su luz y su sombra, su sol voraz, las calles que me llevan a un amigo: el escritor Héctor Cortés Mandujano. Hay siglos que duran cuatro horas de conversación –esta vez analizando la estructura de La muerte me da, de Cristina Rivera Garza. Y de películas que ganaron el Oscar.
“Pero tengo que regresar.
“Y vuelvo a morir poco a poco.”
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 295. Ocho películas famosas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 295

Ocho películas famosas
Héctor Cortés Mandujano

Todo en el cine es falso y, sin embargo, real

Fernanda Solórzano,
en Misterios de la sala oscura

Fernanda Solórzano escribía críticas de cine en la revista Letras libres, y las decía, con su agradable presencia, en el podcast de la propia revista; también es co-conductora en el programa Encuadre Latinoamericano. La veía, la veo en ambos programas.
Leo su libro Misterios de la sala oscura. Ensayos sobre el cine y su tiempo (Debolsillo, 2020). Son ocho prolijos trabajos sobre el mismo número de películas donde aborda el antes, la proyección y el después de la cinta; al mismo tiempo cuenta la historia de los actores, el director, el guionista, las peripecias que los llevaron a juntarse… El ejemplo clave es el texto más largo y más completo: “El redentor de la noche”, su ensayo sobre Taxi Driver; en él habla de las infancias, adolescencias, vidas de Martin Scorsese (el director), Robert de Niro (el actor principal), Paul Schrader (el guionista), Jodie Foster (la niña co-protagonista), los asesinatos masivos en EUA, el diario del psicópata Arthur Bremer, las diferencias entre los asesinos múltiples y los asesinos seriales, las consecuencias que en los actores y especialmente en la actriz tuvo la proyección de la cinta, etcétera…
“Las máscaras de la violencia” es sobre La naranja mecánica (basada en la novela de Anthony Burgess), dirigida por Stanley Kubrick; “La erótica feminista” analiza El último tango en París, de Bernardo Bertolucci; “La purificación del poder” se adentra en El padrino (basada en la novela de Mario Puzo), dirigida por Francis Ford Coppola; “Los resortes del miedo” estudia El exorcista, basada en la novela de William P. Blatty y dirigida por William Friedkin; “La entronización de la adolescencia” se centra en Tiburón (basada en la novela de Peter Benchley), dirigida por Steven Spielberg; “En defensa del mediocre” aborda Forrest Gump, basada en la novela de Winston Groom, dirigida por Robert Zemeckis, y “Las transformaciones del cuerpo” examina Matrix, de los todavía entonces hermanos (los dos después se han definido como mujeres) Wachowski.
El libro está escrito con inteligencia, conocimiento y una prosa cuidada, que elude pedanterías y suscita interés. Solórzano evidentemente no tomó como suya la obligación de hablar de cineastas mujeres (los ocho directores; los novelistas, cuando son la base de la película, y los guionistas son hombres) y los protagonistas (en El exorcista, aunque la niña es la estrella, el título alude al sacerdote) pertenecen también al género masculino.
Al final, en “Lecturas generales”, escribe Fernanda Solórzano (p. 351): “Seguí el mismo esquema de trabajo con cada ensayo: leí las novelas –si las había– en las que se basaron los guionistas y directores para las películas comentadas; revisé después biografías de directores, actores, guionistas u otros personajes relevantes para cada una de las películas y busqué aquellas enfocadas más en la vida de los sujetos que en su trabajo, o en interpretaciones del mismo; por ello traté de evitar estudios críticos –menos aun los que abordaban directamente la película analizada”.
Un libro muy recomendable.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 294. Amor sin sexo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 294

Amor sin sexo
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

La depresión es un lirio desmayado, un viento detenido, un perro muerto. Me llegó con la suavidad y lo imprevisto de, por ejemplo, un árbol que se derrumba sin ningún aparente aviso previo. Y todo se detuvo en mi vida. Ninguna luz tenían mis días, ningún sueño mis noches.
Tal vez por eso algo sentí (no alegría, no entusiasmo) cuando mis tres amigos de siempre llegaron a mi departamento: Ava, cincuentona con aires de reina mala y vestida con la elegante extravagancia de siempre; Julia, adorable criatura, cuyo corazón parecía de 15 años aunque lo demás de su cuerpo no tuviera tanta juventud, y Ramo, homosexual guapísimo, maquillado con discreción, lleno de poses de diva.
—Venimos por ti, vamos al cine.
Me pareció una invitación del mesozoico (¡ir al cine, por Dios!), pero no tuve fuerzas para negarme. Ava, evidentemente, tenía coche y chofer. Los cuatro nos acomodamos en el espacioso y cómodo vehículo.
Ya sabía que el problema sería elegir la cinta: Ava prefiere las tragedias, Julia las películas románticas, Ramo las superficiales (de preferencia las musicales) y yo no estaba para ningún género.
Decidí no participar en la discusión cuando nos hallamos frente a la cartelera. Cada cual se aferró a su gusto y se metió a su sala. Yo quedé solo. Cada cual, supongo, pensó que entraría con alguna, alguno. Era una descortesía que en otro momento me hubiera dado igual; en ese momento me hundió más el puñal de la tristeza.
Salí, caminé al tuntún un rato, detuve un taxi y me fui a mi departamento. Cuando llegué y abrí la puerta, ¡sorpresa!, mis tres amigos habían llenado de globos, adornos, bocadillos, vinos, licores y gente mi depa (bueno, no ellos con sus manitas inútiles, sino sus servidores). Y allí estaban ellas y él, con las caras alegres por haberme jugado la broma en el cine, cuando lo único que necesitaban era sacarme un rato para armar su borlote.
Una copa fue puesta en mis manos por Julia y la bebí. Qué delicia. Y ya había preparado para mí otra igual. Qué música tan bien elegida. Mi cuerpo, aunque no lo quisiera, comenzó a bailar; mis amigos me abrazaron y la sonrisa llegó de nuevo a mis labios…
Estuve feliz hasta que la madrugada y el cansancio me llevaron a la cama. Desperté y a mi lado había un ramo de rosas y una tarjeta de ellos. ¡Te amamos!, decía.
Llegaron a desayunar conmigo y comentamos las peripecias de la noche anterior. Soy un afortunado, porque estos tres seres son parte de mi corazón y lo pintaron de nuevo de colores, le barrieron las sombras, lo hicieron latir contento otra vez.
La amistad es amor sin sexo. La felicidad es un lirio abriéndose, un fuerte viento, un perrito jugando sin pensar ni en el ayer ni en el mañana…
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 293. Novela, película, cortometraje. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: "David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz".


Polvo del camino/ 293

Novela, película, cortometraje
Héctor Cortés Mandujano

3. El cortometraje La mujer de negro (2012), de Juan Carlos Martín, no cuenta una historia (la cámara toma el rostro, el cuerpo, la silueta de una mujer, y juega con otras tomas desconectadas que no aluden a lo figurativo), pero muestra un abanico de imágenes que, conjugadas con la música, crean un coctel del blanco y negro al color, que me mantuvo pendiente y feliz durante los 13 minutos que dura.

2. No sabía quién era Juan Carlos Martín cuando comencé a ver la cinta 40 días (2008), una road movie de tres amigos: Andrés, cineasta, a quien su mujer dejó para irse a buscar respuestas; Ecuador, actriz que pierde el papel en una obra de teatro por un accidente que le impide caminar sin muletas, y Pato, poeta homosexual enamorado sin esperanza de Andrés.
Los tres se van, primero, a Real de Catorce para experimentar con los hongos y luego, en el mismo coche, a Nueva York. Juan Carlos Martín llena de postales constantes el camino y hace que en la película se involucre, como un viajante más, el espectador. El guion, de Pablo Soler Frost, hace alusiones constantes al cine y a la literatura, y la historia –donde hay enamoramientos, borracheras, canciones y las aventuras que supone un camino tan largo– tiene casi al final una ruptura imprevista. En una simetría infausta, al actor en la vida real le pasó lo que al personaje en la película.

1. He leído varios libros de Pablo Soler Frost, y había comprado quién sabe dónde y desde cuándo Yerba americana (Ediciones Era-CNCA, 2008), la novela que el autor escribió después del guion de 40 días, con la misma trama y con distinto título.
Pato –se llama David– dice a Andrés (pp. 31-32): “Güey, a mí me gusta ser maricón… Es más fluido, más acorde con el espíritu de los tiempos… […] No porque me estén diciendo en la tele todo el tiempo que ser gay es superchingón, voy a hacerme gay; a mí me gustan los güeyes, no los gays. A mí me gustan los hombres como se gustaban los hombres en Grecia. No hoy”.
Explica Pato a Ecuador el futbol americano (p. 97): “Mira, hay un güey guapísimo, increíble, como un delfincito al que toda su banda, de hombres gigantescos y fornidos, adora; y estos tienen que protegerlo del ataque de una banda enemiga, que quieren tronchárselo y proteger a su propio príncipe. Ah, y además, hay una pelota, que en realidad es una especie de rombo, y puntos y goles, pero eso, en realidad, no importa. Lo que importa es el güey más guapo…”.
Dice Pato a Ecuador, para explicar sus problemas de comportamiento (p. 121): “Estoy enojado porque no me tocó más, no porque a otros les haya tocado menos. Y eso me está matando”.
Los tres contestan el célebre Cuestionario Proust. Esta es la última respuesta de David- Pato (p. 140): “Si no tú, ¿entonces quién? Si no ahora, ¿entonces cuándo?”.
En la nota final, Soler Frost explica la diferencia entre la película y la novela (p. 185): “Las películas son como aviones que estallan; las novelas (por lo menos las mías) como barcos que se hunden”.
Leí primero la novela, después vi la película y luego, el corto. Sin pausa. Quedé agradecido con todos y con todo.

Ilustración:  "David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz".
Ilustración: «David Lynch por Juan Ángel Esteban Cruz».




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com