Polvo del camino/ 355
La mucha muerte
Héctor Cortés Mandujano
La muerte es un lugar común en la literatura. Sobre ella se han escrito novelas, obras de teatro, poemas, ensayos, etcétera. Yo he leído sobre miles de muertes en los muchos libros que he leído. “La felicidad es literariamente improductiva”, como dice Vargas Llosa.
Por saber eso me sorprendió que me quedaran dando vueltas dos muertes imprevistas en dos novelas breves que leí casi una después de otra y que no son los libros más conocidos de estos célebres autores. (Hace tiempo me asestó también un mazazo brutal la muerte de Platero, el burrito de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, quien muere de una página a otra, sin decir agua va.)
El primer libro es Bajo la rueda (Anaya Editores, 1975), de Herman Hesse, y el segundo es El pequeño Arquímedes (Grupo Editorial Tomo, 2009), de Aldous Huxley.
Bajo la rueda se publicó en 1906, originalmente, y cuenta la historia de Hans, un muchacho inteligente a quien su padre despótico obliga a que estudie en un seminario. Allá conoce la amistad, y está cerca del homosexualismo, la ruindad, la muerte de un cercano; al final, decepcionado, se escapa del sinsentido de la disciplina y la injusticia. Es decir, huye de lo que ha sido su vida de huérfano de madre, con un padre primero, y unos maestros después, que le quieren dictar punto por punto su vida.
Vuelve al pueblo y piensa en sus opciones (p. 152): “No sentía ninguna ilusión por ser mecánico ni escribiente”. Tampoco acepta el sexo que le ofrece, con descaro, Emma, una muchacha con ansias de aventura. Se vuelve ayudante de un cerrajero. Asiste al derrumbe de lo que suponían los demás que iba a ser. Un día se emborracha y no llega a dormir a su casa. Su padre está enojado y el narrador nos dice, cuando el padre se logra dormir (pp. 181-182): “A la misma hora, corriente abajo el río arrastraba, silenciosa y reposadamente, el tan amenazado Hans. El asco, la vergüenza y el dolor habían huido de su lado: en su cuerpo delgado y fluctuante se contemplaba la fría y azulada noche otoñal. Jugueteaban las aguas con sus manos, sus cabellos y sus labios pálidos, y los juncos parecían inclinarse a su paso. Mansamente, se deslizaba sin que nadie le viera”.
¿Para esto vivir?, se interroga Jaime Sabines en su desconsolado poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines.
El pequeño Arquímedes se publicó en 1924 y trata también, coincidentemente, de un niño inteligente, Guido, a quien el narrador conoce en un viaje a Italia. Guido convive con los hijos del narrador, pero es evidentemente un niño con una enorme claridad mental, a quien los padres ven como un niño cualquiera.
No sólo el narrador descubre la capacidad de Guido, sino también la vieja que es patrona de sus padres y quien con engaños se lo lleva para usarlo después para sus propios fines. No deja que nadie lo vea y el niño extraña a sus padres, su casa, su campo y muere de tristeza, de manera sorpresiva.
La narración también es escueta y no prepara la sorpresa. Cuenta que el niño se siente abandonado, la línea siguiente dice (215): “Aquí está –me dijo Carlos”, luego el narrador describe brevemente un panteón: “Lo enterraron aquí”.
Tal vez eso fue lo que me hizo quedarme en el círculo de esas vidas ficticias: un golpe que no estaba esperando.
También vi una película que no conocía, Sin fin (1985), de mi admirado Krzysztof Kieslowski. Allí, una joven viuda termina lo que su esposo abogado dejó pendiente y con tranquilidad prepara su suicidio. Pero, bueno, basta de tanta muerte...
[Octubre 2026. Estoy muy agradecido por toda la gente que llegó y participó en la presentación de mi novela Mar en movimiento y Surimbia, crónicas y adioses, el libro de mi amigo Sarelly Martínez, ambos dentro de la colección Lecturas que transforman, de la Secretaría de Educación. Gracias al público por su atención, sus risas (pasaron cosas chistosas) y sus aplausos. Agradezco en especial lo dicho por mi querido amigo Sarelly Martínez, sobre mí y sobre la novela, y la intervención halagadora del Dr. Oswaldo Chacón, rector de la UNACH, quien además, en la clausura de la FIL-UNACH, remarcó su distinción hacia mi persona y mi trabajo de escritor. Muchas gracias.]

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com