Polvo del camino/ 349
Dejar de volar
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
Descubrí que podía volar a los cincuenta años, una edad sin pedigrí literario, y no muy alto. En las ciudades, por ejemplo, apenas rebasaba la altura de los coches y cuando venía en dirección a mí un tráiler o un camión, tenía que hacerme a un lado.
La otra cuestión es que mi vuelo no era tan rápido. Una vez, como mero ejercicio, traté de alcanzar a un zopilote que andaba volando bajo, y no pude.
Pero volaba, algo inusual para todos los demás humanos.
Me volví una especie de celebridad y cobraba para que la gente me viera en acción. Hice videos, películas e inspiré cómics, libros gráficos y novelas.
Pasé de moda rápidamente, porque mi único chiste era volar y me negué a hacer las payasadas que me sugerían para tener más público o cobrar más.
Un día recibí la llamada de un hombre, lo llamaré Pablo, quien me dijo que quería ofrecerme un negocio.
—Si es para volar, no me interesa –le dije.
—Es para lo contrario. ¿Por qué no nos vemos y le explico?
Quedamos de vernos en un lugar extraño para los negocios: el campo, cerca de una cascada y de un cerro desgajado.
—Yo vivo por allí –me dijo.
Fui. El hombre era escaso en carnes, de pequeña estatura y unos ojos de maldad tremenda. No se anduvo con vueltas y me enseñó una bolsa de cuero de donde extrajo un objeto negro.
—Es un espejo prehispánico –me explicó–, se lo comprarán en varios millones. Es una joya extrañísima y muy valiosa.
—¿Y por qué no la ha vendido?
—Se la doy a usted –me dijo, evitando la respuesta– a cambio de su don de volar.
—No sabría cómo hacer para que usted volara y yo dejara de hacerlo.
—No se preocupe, yo conozco la fórmula mágica. Mire, con la venta de este espejo usted se olvidará de trabajar por mucho tiempo. Si lo invierte en negocios, puede volverse millonario…
Tomé el objeto y ese momento oímos un ruido horrísono. Un enorme árbol seco empezó a caer cerca de nosotros, no tanto como para alcanzarnos.
Vimos el espectáculo. Un gigante parecía gritar mientras caía. Se estrelló rompiendo todo lo que encontraba a su paso.
De una de las ramas salió, a gran velocidad, como si fuera una alargada piedra, un fragmento de rama. Se estrelló en la sien de Pablo, quien cayó fulminado.
Me acuclillé. Le tomé el pulso en las muñecas, la garganta, la sien que le quedó como tamal, el corazón… Nada.
Estaba muerto, era evidente.
Me puse en pie. Vi hacia todos lados. Dudé.
Me incliné de nuevo y tomé la bolsita de cuero. Metí el espejo y me fui volando de allí.

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com