Casa de citas. 811. Masticar el caldo. Héctor Cortés Mandujano


Casa de citas/ 811

Masticar el caldo
Héctor Cortés Mandujano

Se sentían unidos por aquella cosa inefable y sin amos que es la vida

Salvador Satta,
en El día del juicio

Salvador Satta (1902-1976), italiano, fue un jurista reconocido en su país. Hacia el final de su vida escribió la novela El día del juicio, que, publicada póstumamente, ganó premios y lectores. Yo supe de ella por la recomendación que George Steiner, uno de mis ensayistas de cabecera, hizo en uno de los varios libros suyos que he leído.
El día del juicio (Anagrama, 1983), de Salvador Satta, con traducción de Joaquín Jordá y prólogo de Steiner, habla del matrimonio y sus incomprensiones, que se agudizan en la vejez; de cómo la madre es el amor en el hogar y el padre la lejanía y la provisión; de la incomprensión humana entre personas que están unidas por la sangre y la misma historia...
La historia se centra en los Sanna, quienes viven en Cerdeña. Hablan también de otras personas (p. 24): “Don Gabriele Mannu, como todos los Mannu, era rico y vivía en la miseria; pero había estado en Roma, había estudiado y había vuelto ingeniero a un pueblo donde desde hacía cien años no se levantaba una casa”.
Las personas desaparecen, también los objetos (p. 25): “Una lámpara como aquella valdría hoy quién sabe cuánto, pero los Sanna, con su maldito instinto de disolución, no han dejado la menor huella de su pasado. La muerte es eterna y efímera en Cerdeña no sólo para los hombres sino también para las cosas”.
Don Sebastiano Sanna, protagonista, tiene sus ideas (p. 75): “Todas esas cosas que se escriben sobre los padres y sobre los hijos, todos esos dramas, son para mí literatura, y la famosa pedagogía es una paternidad en frío, y nada más. Cada cual es padre de sí mismo e hijo de sí mismo, esa es mi idea”.
Los hijos crecen y comienzan a juzgar a su padre, don Sebastiano, a no estar de acuerdo con él (p. 159): “¿Qué sabían ellos de la vida, de esta invisible tela de araña en la cual uno cae como una mosca, y no hace más que agitarse para escapar a la araña que corre desde el centro donde está en acecho?”.
Me encantó esta frase (p. 195): “Don Sebastiano, en la mesa, masticaba el caldo, como él decía a los hijos cuando eran lentos en comer”.
Don Sebastiano (p. 218) “tenía, en 1914, sesenta y cuatro años, que en aquella época eran muchos, pero los llevaba perfectamente”.

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Leo Reflexiones literarias (Gobierno del Estado de México, 2006), de Giacomo Leopardi, con traducción de Guillermo Fernández, que (p. 53) “Leopardi comenzó a llevar a partir del año 1817”.
Dice (p. 95): “Por darle gusto a los críticos, se escribe: 1. Con temor, cosa mortífera. 2. Se buscan cosas insólitas, finezas, humor, mil bagatelas”.
Escribe (p. 225): “El entusiasmo y la inspiración, esenciales para la poesía, no son cosa perdurables. Tampoco duran mucho en quien lee”.

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Si yo le dijera: mate a ese hombre, ¿lo haría?

Polina a su enamorado,
en El Jugador,
de Dostoyevski

El narrador en El jugador, apuntes de un joven (Ediciones Destino, 1993), de Dostoyevski, con traducción de Ángel C. Tomás, lamentablemente uno de los poquísimos libros que me quedaban por leer de la ingente cantidad que escribió este ruso genial, está enamorado sin esperanzas de Polina y se lo confiesa (p. 52): “¿Y por qué se enfada conmigo? ¿Por el hecho de llamarme esclavo? ¡Aprovéchese de mi esclavitud, aprovéchese! ¿Sabe que un día u otro la he de matar? Pero no la mataré por celos o porque haya dejado de amarla, sino, simplemente, porque a veces siento deseos de comérmela”.
Le sigue diciendo (p. 53): “Sabe usted, además, que es peligroso que paseemos juntos: experimento muchas veces deseos de golpearla, de mutilarla, de estrangularla. ¿Cree usted que no llegaría a tanto? Me pone a veces en estado febril. [...] La amo sin esperanza alguna y sé que después de eso la amaré mil veces más. Si la mato algún día, tendré que matarme yo también; tardaré en hacerlo cuanto pueda para sentir ese dolor insoportable de su ausencia”.

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En la revista Tierra Adentro 99 (agosto-septiembre, 1999), dedicada a revisar vida y obra de Jaime Sabines (1926-1999), Claudio Isaac escribe un texto donde expone varios trapitos sucios del poeta y su hermano Juan, aunque ello esté envuelto en una crónica bien contada: “Esperando a Jaime Sabines. Historia de una filmación”.
No hablaré de lo de Jaime, porque me llamó más la atención lo que narra de Juan (p. 52): “recuerdo una mañana en que Jaime y yo nos vimos en una cantina con Juan, que llevaba días sin dormir, atormentado. Había baleado la fachada de la casa de su querida después de haber ganado en el Hipódromo. Sus actos descabellados obedecían a la lógica de ‘afortunado en el juego, desdichado en amores’. Si su caballo favorito entraba en primer lugar, sin duda su amante la estaba engañando”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Photo by Yunus Tuğ: https://www.pexels.com/photo/cozy-antique-shop-with-vintage-collectibles-33630610/
Fotografía: Yunus Tuğ: https://www.pexels.com/photo/cozy-antique-shop-with-vintage-collectibles-33630610/




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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