Polvo del camino/ 341
Libros olvidados
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano
Escribí varios libros, aunque ya no los tengo conmigo, ni siquiera en versiones digitales. Apenas los recuerdo, porque los escribí afiebrado, como si fueran un dictado divino o demoníaco.
El primero se llamaba Historia general de las cosas y estaba dividido en dos volúmenes; se llamaba Adarme uno y el otro, Adunar.
El segundo: Calígine.
El tercero se llamaba Historia general de la nada. Tenía muchas páginas.
Hubo un cuarto, que era un libro pequeño. Se llamaba Historia de un niño. Creo que, incluso, el niño al que se refería el libro no nacía. No sé.
Los libros eran, pues, se supone, una especie de mitología, incluso para mí. Y no, descubrí que no.
Hasta el cuchitril en que vivía llegó un anciano calvo, vestido con una túnica. Entró con sólo empujar la puerta, que nunca tenía puesto el pasador. Me dijo que sabía de los libros. Me pareció imposible, hasta que me dijo cada uno de los títulos. Yo estaba hambriento, ardía en fiebre, casi no alcanzaba a hablar. Temblaba no sé si de frío o de miedo o de hambre, porque en algún momento creí que ese viejo era la muerte, en este tiempo de transgéneros.
Me extendió, con su mano huesuda, un USB y me pidió que guardara allí los archivos.
—¿Por qué?, alcancé a preguntar.
—Porque esos libros los has escrito para cumplir tu sueño: conocer a la mujer más hermosa del mundo.
—¿Sí? No me creía tan banal. ¿Y esa mujer va a besarme, va a ser mía, va a acostarse conmigo, va a vivir aquí?
—Eso no me está permitido decírtelo.
No tenía fuerza para discutir, de modo que guardé los archivos. El viejo entonces tomó la computadora, la desconectó y la estrelló contra el piso. Puso los pies descalzos contra ella y la rompió lo más que pudo. Piel gruesa: ningún asomo de sangre.
—Así nadie más podrá tener estos libros…, dijo.
Me pidió acompañarlo. No sé si me dormí, me desmayé o caí muerto, porque no recuerdo nada del camino, si es que fuimos a alguna parte.
Abrí los ojos y frente a mí había una luz fortísima.
Oí la voz del viejo, detrás de mí.
—Ella es la mujer más bella del mundo.
—¿La luz?
—Sí.
—¿Cómo sé que es bella? Sólo veo luz.
—¿Quieres que la apague?
—Por favor.
Apagó la luz y vi en el lugar que debía estar la mujer un ser repugnante, lleno de babas, con fauces, de cuerpo amorfo y fofo. Un monstruo.
—Esa cosa es horrible.
—Sólo es bella cuando se ilumina, dijo el viejo.
—Esto es una tontería. Devuélvame mis libros.
—Los quemé. Nadie debía leerlos.
—¿Y qué hago ahora?
—Escribe lo que quieras. Nunca podrás llegar a la cúspide que suponía tu escritura con esos libros. No sé porque tú fuiste el escribano de algo tan profundo, tan sabio. Vete, vive tu miserable vida y olvida esto, como has olvidado casi todo.
Volví a mi cuarto. Estaba limpio, había comida y una computadora nueva. Comí. Escribí lo que me dictó el momento, un título: Me gustan las manzanas. Hice una pausa en mi escritura para contar lo que me pasó antes, cuando había escrito los otros libros que ya no recuerdo…

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com