Polvo del camino/ 29

Gigante rubio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

La playa y el mar azul pasarían con notas de excelencia un examen del paisaje más bello. Pero yo no estaba allí para verlo ni para tomarle fotos. Lo supe cuando vi a mi lado el tobillo inmenso del gigante a quien, por más que intenté, no alcanzaba a ver en su estatura inmensa, prodigiosa, que se perdía hasta donde mi vista –con mi cabeza alzada y con una mano haciendo de visera para no sentir tan directos los rayos del sol– alcanzaba a llegar.
            No podía ver completo ni siquiera su pie, que supuse el derecho, porque hacia el otro lado se alzaba una columna que pensé era su otro tobillo.
            Algo me levantó con suavidad y sólo hasta que estuve en su palma izquierda –como en un inmenso campo de carne suave y rosada– me di cuenta que él me había levantado con su derecha.
          Puso su enorme dedo índice en mi cabeza y luego recorrió con él mi cuerpo desnudo. Ante sus proporciones, me sentía un muñequito de plastilina. Tomó mis piernas y rotó mis dos rodillas sin que yo sintiera dolor o incomodidad. Un dedo suyo hubiera bastado para aplastarme; sin embargo, sentía que donde me tocaba algo mejoraba, florecía, se pacificaba, se alegraba, crecía o disminuía. Su tacto era milagroso, transformador.
          Traté de ver su rostro y sólo alcancé a vislumbrar su quijada, sus labios que tenían una expresión de seriedad, algún asomo de su cabello rubio.
          En la pantalla de mi cerebro nació su voz, que me dijo cuatro cosas: eres rojo, siempre lo has sido; no tienes enfermedades de ningún tipo; tienes una fortuna en dólares que pronto llegará a tus manos, y no te olvides de esto: Rn-. Averigua.
          [Rn-, averigüé después, es como le ponen, en una cinta amarrada al dedito gordo del pie, a los bebés de padres desconocidos, y también es el símbolo del radón, un elemento químico que, con sus descendientes, dado que emana de la tierra, puede matar a seres humanos si se le aspira. En EE. UU. su aspiración está considerada la segunda causa de muerte por cáncer de pulmón, después del tabaco.]
Una de sus manos, no supe cuál, me trajo a casa. Me metió por las paredes, como si no existieran –“no existen”, sentí que decía– y me dejó en el cuarto iluminado por la luz fortísima que emanaba de su mano gigante.
          Hubiera querido creer, para tranquilizarme, que aquello fue un sueño. Pero no. Esta realidad está llena de realidades paralelas y el gigante rubio es mi doble, soy yo mismo en una dimensión a la que sólo puedo acceder cuando cierro los ojos y duermo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com