Voces ensortijadas 256. Dejar que suceda. María Gabriela López Suárez

     
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Dejar que suceda

A nuestra querida Chilis, integrante de la banda peluda.
Gracias por tanto.

Esa tarde de invierno Bernarda se colocó sus gafas para intentar leer uno de los tantos libros que tenía en espera, lo primero que saltó a su vista fue un pequeño separador de la librería Gandhi con la frase: "Hace mucho que no veía la luz". Intentó hacer un esfuerzo para recordar cuántos días o, más bien, semanas tenía en espera el libro. Respiró profundo. Cerró los ojos.

Empezó por hacer una recopilación de cómo se sentía su corazón, sin duda lo sabía, había muchas emociones, nostalgias de fin de año, pero sobre todo el dolor que invade no solo el corazón sino todo el cuerpo cuando un ser querido trasciende del mundo físico. Bernarda tenía más de un duelo, el de su ser querido; el de otros seres que formaban parte de su día a día como los árboles que rodeaban el pequeño parque cercano a casa, que habían sido derribados por la construcción de un edificio y además, el duelo que dejan las ausencias cuando las amistades simplemente se alejan.

A medida que iba haciendo el recordatorio sintió cómo su corazón se estremecía, respiró profundo más de una vez, no puedo evitar que sus ojos se llenaran de agua. Le costaba mucho soltar que un ser querido partiera de su vida. Recordó las charlas que había tenido con amistades, con su terapeuta y en algunos conversatorios que había visto de manera virtual. De eso había retomado una frase que le hacía sentido y le costaba poner en práctica, ‘dejar que suceda’.

Continuó respirando despacio, hasta ser más consciente de su respiración. Nuevamente se observó. Alcanzó a percibir que estaba más tranquila. Desde su corazón fue agradeciendo a cada ser querido por todo lo que habían compartido. El proceso no fue sencillo. Vinieron a su mente muchos recuerdos. Los recibió uno a uno, como una especie de película que pasaba frente a ella. Sintió cómo fue percibiendo una sensación grata en su corazón. El dolor no se había ido del todo, sin embargo, la gratitud estaba presente. Bernarda alcanzó a identificar en esa gratitud como una especie de bálsamo, en su corazón, en su alma. Dibujó en su rostro una leve sonrisa y puso las manos sobre su pecho. Permaneció así algunos minutos.

Una ráfaga de aire frío que se coló por la ventana que daba a su cuarto la hizo volver al presente. Abrió los ojos lentamente. Se descubrió con el libro entre las manos, Meditaciones para una vida plena, era el título, del autor Constancio J. Gribaudo. Había tomado el libro sin fijarse en el título, recordó la frase dejar que suceda. Buscó en el índice, sin dudarlo, eligió Meditación para superar las pérdidas, se fue a la página 141, “El duelo emocional es un proceso de adaptación que nos permite restablecer el equilibro personal que ha quedado alterado por una pérdida…”.

Bernarda continúo con la lectura. Afuera, en un par de calles aledañas a su vivienda la música estaba en su apogeo, contaré la historia de una famosa persona, todas la conocen con el apodo de chona...



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 255. Corazonarnos. María Gabriela López Suárez

  Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Corazonarnos

La tarde del miércoles Marina tenía reunión con sus vecinas y vecinos del barrio, el motivo era organizarse para que las calles pudieran estar más limpias y también para cuidar en colectivo los pocos arbolitos que tenía el parque que estaba en su barrio.
     La reunión fue en un pequeño salón de usos múltiples que habían construido entre el vecindario. Marina quien había convocado fue la primera en llegar. El frío comenzaba a sentirse en los primeros días de diciembre, así que ella preparó un par de termos con té de limón. Doña Fluvia había quedado de llevar unas galletas de animalitos, doña Paty  y don Lisandro se ofrecieron a llevar el café. A toda la gente se le convocó a llevar su taza y plato, para evitar generar basura.
     La cita era a las 5 de la tarde, por lo regular, la gente del barrio era puntual, así que la reunión inició al alrededor de las 5 con 15 minutos. En la sesión se atendieron los dos temas centrales por los que se convocó la reunión. Pero, además de eso,  comenzaron a salir otros temas que preocupaba a la gente del barrio. Uno de los temas fue el caso de doña Asunción, doña Chonita como la conocían con cariño. Era una señora de la tercera edad que tenía problemas para caminar, sus rodillas le ayudaban poco. Doña Chonita era mamá soltera, tenía una hija, Gertrudis, quien trabajaba prácticamente todo el día para poder sostener a sus dos hijos y a su mamá. Gertrudis hacia limpieza en casas por la mañana y por la tarde era cocinera en una fonda. De tal forma que doña Chonita a veces solía salir por algún mandado, pero no siempre lograba llegar a su destino, más de una persona se había percatado de ello.
     En la reunión no se contaba con la presencia de Gertrudis, doña Chonita llegó al salón con la ayuda de doña Fluvia. La mayor parte de quienes llegaron estuvieron de acuerdo en ayudar a doña Chonita y a su hija por si requerían algún mandado, del mercado, de la tiendita, o incluso por algún malestar de salud de doña Chonita. En el caso de que Gertrudis estuviera en su horario de trabajo.
     Cuando escuchó a sus vecinas y vecinos, doña Chonita sintió muchas emociones en el corazón, no se había dado cuenta que en estas personas su familia podría encontrar un gran apoyo. Fueron tomando la palabra doña Fluvia, Marina, don Lisandro, doña Paty, cada quien compartió alguna experiencia vivida con Chonita y también con Gertrudis.
     Marina remarcó que entre más unida esté la gente, se pueden lograr más cosas; doña Fluvia dijo que la confianza es un punto importante entre quienes habitan un barrio; don Lisandro señaló que no hay que tener vergüenza para solicitar ayuda. Por su parte, doña Paty mencionó que es importante estar al pendiente de quienes son las vecinas y vecinos, habló de volver la mirada a los corazones:
     —¡Hay que corazonarnos! Por ejemplo, hoy estamos quienes pudimos asistir a la reunión, trajimos algo para compartir, no importa que sea algo sencillo, pero se hace de manera sincera.
     Los ojos de doña Chonita se llenaron de agua, intentó sonreír y agradecer, lo hizo entre sollozos. Marina sintió mucho agradecimiento por esos momentos, no pensó que una reunión pudiera ser tan emotiva y compartir cosas importantes, que a veces pasan desapercibidas. La ayuda entre vecinos. La frase, ¡hay que corazonarnos!, seguía resonando en ella.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 254. El guardián silencioso. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez


El guardián silencioso

El sol estaba en su apogeo, a pleno mediodía. Cinthya había llegado a casa de tía Leonor y tío Ezequiel, había decidido pasar unos días de sus vacaciones compartiendo con familiares a quienes normalmente no veía. La primer parada eran con ellos, después pasaría otros días con sus primas Raquel y Eloisa. Finalizaría con tío Panchito y tía Martina.
Al llegar a su primera visita lo primero que atrajo la atención de Cinthya fue el árbol frondoso que se veía al final del camino. Mientras abría el portón de la entrada observó que el follaje del árbol era tan amplio que se le figuró como un hongo enorme. No tardó en que aparecieran doña Leonor y don Ezequiel para darle la bienvenida.
Se saludaron con mucho cariño. Invitaron a Cinthya a pasar a la casa. Tío Ezequiel le ofreció un vaso con limonada que ella aceptó con gusto. Le ayudó a sofocar el calor del mediodía.
Tía Leonor esperaba que Cinthya llevara un gran equipaje, la sorprendió ver que solo llevaba una mochila en la espalda y otra pequeña bolsa. Y más sorprendida se quedó cuando de la bolsa pequeña sacó un par de obsequios que identificó de inmediato por los aromas, café y chocolate. Agradecieron los regalos de Cinthya, la invitaron a dejar su equipaje en el cuarto que le habían destinado y luego, fueron al patio de la casa para sentarse un rato y conversar.
Cinthya no tardó en comentar su asombro y gusto por el árbol frondoso que rodeaba la casa de sus familiares. Tía Leonor le dijo que era un árbol de higo no comestible. Tío Ezequiel compartió que ese árbol era no solo un hermoso ejemplar de la naturaleza sino que también tenía una conexión especial con la familia canina que habían tenido. Mientras escuchaba a su tía Leonor, Cinthya percibió que en más de una ocasión la voz se le quebró, tomó más de un respiro y continuó.
El árbol de higo guardaba en sus raíces preciados tesoros. Doña Leonor y don Ezequiel habían tenido muchos perros y al ser parte de su familia, cuando cada uno trascendió decidieron que los despedirían de una manera digna y amorosa. Eligieron como espacio, alrededor del árbol de higo. De tal forma que ese gran árbol era muy generoso, no solo les proporcionaba sombra, aire fresco sino que también había dado cobijo en sus raíces a los peludos de la familia.
Luego de las anécdotas que le compartieron llegó la hora de la comida, los tres se levantaron para ir al comedor. Degustaron una sopa de champiñones con epazote, que a la tía Leonor le quedaba muy bien y unos tacos dorados de papa con pollo, bañados en una salsa de tomate, con lechuga, crema y queso.
Al término de la comida don Ezequiel y doña Leonor tomaron una siesta. Cinthya decidió ir al patio, se sentó en el piso frente al árbol de higo. Se quedó contemplando su majestuosidad, lo grande de sus ramas y su follaje tan verde. Se sintió muy agradecida de estar cobijada por la sombra, se le figuró que ese árbol era como el guardián silencioso de la familia. Sintió una especie de conexión con el árbol, se acercó a él, tocó su tronco, abrió sus brazos y lo rodeó con ellos. Ahí se quedó unos minutos, el canto de los pájaros acompañó el latido de su corazón que fue sintiendo, poco a poco, mientras ponía atención en su propia respiración.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 253. No estamos solas. María Gabriela López Suárez

 
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

No estamos solas

A todas las mujeres víctimas de feminicidios.
A sus familias y amistades.

Irene cerró la aplicación de su red social en el celular. Se quedó un rato ahí, sentada, en el borde de su cama. Intentó tragar saliva y le costó, sintió más de un nudo en la garganta. Sintió que se ahogaba. No sabía si ir a tomar agua o correr hacia la ventana, abrirla, sacar la cabeza y gritar a todo lo que dieran sus pulmones.
         No pudo ni siquiera levantarse, sus piernas no lo permitieron, se soltó a llorar y dar de puñetazos sobre su almohada. Una de sus amigas de la infancia, con la que solía jugar en el barrio donde ambas crecieron, había desaparecido hace un par de días y esa mañana encontraron su cuerpo sin señales de vida, a las afueras de la ciudad.
         Pasaron quizá más de dos horas sin que Irene lograra levantarse, había llorado tanto que sentía los ojos casi cerrados. Solo quería dormir. A lo lejos escuchó que alguien tocaba la puerta del cuarto.
        —¡Irene, Irene! ¿Estás ahí muchacha? ¿Hoy no vas a ir a trabajar?
        Era doña Tina, la señora donde rentaba el cuarto de abonadas. Irene no tenía ganas de hablar, sentía desfallecer. Doña Tiña siguió insistiendo y al no tener respuesta, se preocupó tanto que fue por la llave para abrir el cuarto.
        Encontró a Irene acostada, le preguntó qué pasaba, si se sentía mal. Permaneció ahí hasta que logró que Irene se incorporara, tomara un poco de agua y le contara lo sucedido. Doña Tina se quedó en silencio, sus ojos se llenaron de agua, respiró profundo y abrazó a Irene. Ambas permanecieron en silencio mucho rato.
        —¿Por qué tanto odio a nosotras, las mujeres, doña Tinita? —preguntó Irene.
         Doña Tina que casi siempre solía responder a las dudas de Irene no tuvo la respuesta en ese momento. Se quedaron conversando sobre el incremento de los feminicidios, que las autoridades debían mucho a la sociedad, a las mujeres víctimas de feminicidios, a sus familias, que falta más por trabajar en temas que ayuden a tomar conciencia sobre lo que implica la violencia en sus distintas formas, que las mujeres necesitan denunciar antes estas violencias y también que es necesario escucharlas y atender esas denuncias.
        Doña Tina logró convencer a Irene que fuera a desayunar con ella. Mientras le preparaba un atole de guayaba y unas dobladitas de frijol, Irene buscó el número de teléfono de alguien de la familia de su amiga para ponerse en contacto.  Se detuvo un instante y agradeció estar con doña Tina, las redes de apoyo en la vida siempre son importantes, pensó. Luego cerró los ojos y con un halo de esperanza dijo para sí, NO estamos solas, no estamos solas.

   

Fotografía: Sina Rosas: https://www.pexels.com/photo/people-protesting-on-a-street-with-a-hand-written-banner-20626940/

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 252. Los letreros en lo cotidiano. María Gabriela López Suárez

 
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Los letreros en lo cotidiano

Marcela revisó su reloj, eran las 8:35 de la mañana, había quedado de pasar a traer a Lourdes y a Juan, sus colegas en la tienda de productos de plástico donde trabajaban. Vivían cerca de la casa de ella. Los sábados tenían como hora de entrada las 10. Estaba en tiempo para desayunar.
     Se recogió el cabello en una coleta y se fue directo a la cocina. Se preparó un licuado de leche con tazcalate y le apeteció degustar una torta. Revisó ingredientes, tenía bolillos, pollo con verduras y unas rodajas de chile en escabeche. En unos minutos tenía la torta preparada y la desayunó rápidamente.
     Al salir de casa tomó el camino más corto para pasar por Juan y Lourdes. Vio nuevamente la hora, 9:15. Apresuró el paso, agradeció que el día estaba nublado, eso le ayudaba a caminar sin fatigarse tanto. En el trayecto puso especial atención en los distintos letreros que había en los comercios, en puestos de comida ambulante y afuera de algunas tiendas.
     El primer letrero que llamó su atención fue el de una cocina económica: "Se solicita empleada responsable". Se quedó pensando si era necesario especificar tanto. Más adelante pasó un adolescente con un triciclo, el letrero que llevaba era: "Se vende tepache". En unos locales de la siguiente cuadra estaba un escritorio público: "Se hacen trabajos urgentes". Frente a la acera del escritorio público había un local de arreglo de zapatos, tenía en la parte de afuera un par de dibujos de zapatos con su respectivo letrero: "Así llega, así sale". Antes de que pudiera distraer su atención, la captó el letrero colgado en la entrada de una tienda de productos lácteos regionales: "Del campo a tu mesa".
     —¡Wow¡ No me había percatado de lo importante que son los letreros en lo cotidiano —dijo para sí Marcela.
     En su mente comenzó a recordar cuando inició leyendo en la primaria, le gustaba ir intentando leer en voz alta los letreros que estaban en las calles. Cuando salía con su mamá o su papá, además de preguntarles cuando no le entendía a algo, iba deletreando las palabras que entendía. Era como una especie de descubrir un mundo nuevo, eso le motivaba. ¿En qué momento había olvidado el sentido de asombro ante las palabras escritas que hay alrededor? Ella se dio la respuesta, al crecer y dejarse envolver en el ajetreo cotidiano de la gente adulta. Se sintió muy afortunada y agradecida de poder leer y escribir, aunque solo había podido terminar el bachillerato, le gustaría continuar estudiando. Sonrió de solo imaginarlo.
     Por tercera vez en la mañana verificó el reloj, eran las 9:35 y estaba a unos cuantos pasos de llegar a casa de Lourdes y Juan. Mientras tocaba el timbre de la casa nuevamente se sintió atrapada por un letrero en una tiendita de abarrotes: "Se vende mole, en bote o en bolsita, solo sábados y domingos". Su mente ya estaba asociando el mole con unas ricas enchiladas cuando el saludo de Lourdes la tomó por sorpresa.
     —¡Hola Marce! ¡Tan puntual como siempre!


Foto de Fernando Gomez Cortes (Torta mexicana): https://www.pexels.com/es-es/foto/pan-comida-sandwich-aguacate-14911455/

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Voces ensortijadas 251. Conectar, aquí y ahora. María Gabriela López Suárez

 

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Conectar, aquí y ahora

El día comenzó más temprano que de costumbre para Tabita, tenía una agenda llena de actividades laborales. Madrugó para viajar. La faena no era nada sencilla, implicaba trasladarse vía terrestre muchas horas lejos de casa, pero le hacía mucha ilusión el poder compartir sus servicios como tallerista en temas como la escritura y la lectura.
Su viaje fue cansado pero interesante. Tabita gustaba de observar los paisajes que tenía el trayecto a los espacios a donde se trasladaba. Los paisajes que contempló desde el amanecer hasta el atardecer no solo deleitaron la vista de Tabita, sino que le animaron en la ruta del viaje.
Una vez llegado a su destino, la recepción de sus colegas fue muy grata. Tabita se sintió en un ambiente con armonía, acompañada, como estar en casa. Esa ocasión tuvo un doble reto, trabajar con personas mayores que tenían interés en desarrollar la escritura y, además, con un grupo multigrado en educación básica.
Ambas experiencias fueron de diversos aprendizajes, no solo entre quienes integraban cada grupo, sino también para Tabita. Al trabajar con las personas mayores identificó las habilidades y conocimientos que cada integrante tenía, y cómo en las dinámicas que ella presentó pudieron explorarlas al máximo para plasmarlas en la escritura de textos breves. Los resultados eran escritos muy emotivos.
En el grupo multigrado destacó el interés por la lectura en voz alta, el esfuerzo que hicieron sus integrantes fue algo muy valioso para Tabita. Implicó la escucha atenta, perder la pena a leer frente a otras personas, poner en práctica el respeto a cada integrante y, sobre todo, generar en el grupo el sentido de confianza e incentivarles la lectura. Uno de los momentos más emotivos fue cuando algunas estudiantes leyeron en voz alta un par de textos de autoría de Tabita.
Las experiencias con los grupos le hicieron volver la mirada a Tabita hacia su propio caminar. Agradeció la posibilidad de hacer su trabajo en colectivo. Aún faltaba cerrar con broche de oro.
Tabita fue invitada a participar en un temazcal. Había escuchado diversas experiencias, tenía ganas de vivenciarlo, aunque le faltaba dar el paso para ello. Sin pensarlo más, se decidió a participar en el temazcal. El espacio estaba conformado por una estructura a base de ramas entrelazadas en forma circular que eran cubiertas con gruesas cobijas. En ella ingresaron mujeres y varones, quienes se integraron alrededor del círculo del temazcal. Al interior del temazcal, depositaron a las abuelitas, piedras volcánicas que habían sido calentadas previamente. El ambiente comunitario se hizo presente, el ritual fue guiado por Nayelli, colega de Tabita. La respiración profunda, el estar en silencio e inclinar la cabeza hacia el suelo, para hacer contacto con el pasto en caso de sentirse sofocados, fueron las indicaciones que Nayelli comentó al principio.
Se entonaron cantos, se compartieron esencias sobre las abuelitas. Tabita se fue dejando guiar, volviendo su mirada al interior. El calor que generaban las abuelitas era una sabia manera de poder hacerlo. Al terminar el ritual del temazcal Tabita tuvo la oportunidad de compartir la palabra, agradeció desde el corazón el regalo de estar en esa práctica. En su interior agradeció que ese viaje le había permitido no solo hacer su trabajo sino de darse el espacio para conectar, aquí y ahora.
Uno a uno fue saliendo cada participante del temazcal, afuera el paisaje del atardecer les esperaba con bellos tonos entre naranjas y azulados.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 250. Recordar al linaje desde el corazón. María Gabriela López Suárez

 
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María Gabriela López Suárez


Recordar al linaje desde el corazón

El viento frío se dejó sentir esa tarde del 01 de noviembre. Citlalli, observó el paisaje desde el balcón de su centro de trabajo. El cielo tenía un ligero tono celeste que se combinaba con las nubes que iban tomando tonos entre grisáceos y  morados. Su mirada se fijó en las montañas que alcanzaba a ver, prácticamente estaban del otro lado de la ciudad.

No tardaba en caer el atardecer, Citlalli había hecho una pausa en sus labores. Tuvo una sensación de nostalgia, era el primer año que no participaba en la visita al panteón que acostumbraban a hacer con su familia. Echó de menos realizar la ofrenda con flores que tanto disfrutaba cada año. Su rostro percibió las ráfagas de viento. Respiró profundo.

Mientras observaba cómo el atardecer se hacía presente, puso atención a la diversidad de árboles que tenía en su centro de trabajo, cuyo follaje se mecía al compás del viento. Escuchó el canto de las aves que se asomaba con discreción. Desde ahí hizo memoria de sus familiares que habían trascendido, fueron viniendo a su mente cada uno de los rostros, sus gestos, experiencias y aprendizajes compartidos. La naturaleza se convirtió en el puente que la hizo conectarse con su linaje. Era como si cada susurro del viento le trajera una caricia de cada integrante de su familia. Percibió una especie de sensación de paz en el corazón.

El rostro de Citlalli dibujó una sonrisa discreta, sintió que sus ojos se llenaban de agua. Respiró profundo nuevamente. Agradeció por esos momentos de conexión interna. Honraba la memoria de sus ancestras y ancestros, aunque en esta ocasión no había podido participar en la ofrenda familiar,  había otra forma de hacerles presentes, era importante recordar al linaje desde el corazón. Ahí tenían un sitio sagrado y con mucho amor.

El sonido del teléfono la hizo volver la vista a la oficina, se acercó a contestar la llamada. Posteriormente, retomó sus actividades. Mientras lo hacía agradeció también la oportunidad de tener ese espacio laboral, el servicio era una manera de que su linaje también estuviera presente. Volvió la mirada hacia la ventana, la noche había llegado  y el canto de los grillos la acompañaba.


Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 249. Las manos que hablan. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez
Las manos que hablan


Nati observó con atención su mano izquierda que tocaba el cristal de la ventana. Estaba a bordo de un camión, viajando en carretera. El paisaje era una selva verde con un cielo en tonos grisáceos y unas pinceladas en color azul.
El tono del esmalte que decoraba sus uñas le gustaba, no se había percatado que también las uñas tenían sus colores favoritos. Se alegró de haber elegido el tono de color palo de rosa, le sentaba muy bien.
Continuó observando la forma de sus dedos, cada una de las partes que integraban las falanges, las falanginas y las falangetas de su mano. Siguió moviendo los dedos, se sintió muy agradecida de poder hacerlo. Tenía unas manos sanas y eso era un gran regalo. Absorta en el movimiento de la mano recordó que había aprendido elementos básicos de la lengua de señas. Comenzó a hacer el repaso del abecedario, su nombre completo, el nombre que le había otorgado su maestra sorda en lengua de señas. Las manos eran una herramienta fundamental para las personas sordas y las personas hablantes que querían comunicarse con ellas. El movimiento de las manos era todo un arte combinado con los gestos.
Además de lo anterior, las manos cumplen con muchas actividades, se usan para comer, vestirse, escribir, bordar, acariciar, cocinar, pintar, esculpir, maquillar, ejecutar un instrumento, construir, sostener, aplaudir, entre muchas funciones más. En su mente asomó la frase: ¡Vaya que las manos tienen un papel vital!
Continuó repasando algunas frases que había aprendido en lengua de señas, recordó que tenía palabras favoritas como los días y meses del año, se puso a deletrearlas. Luego, se descubrió intentando dibujar las formas que imaginaba en las nubes. En espacio de instantes, las nubes se esparcieron y el sol se asomó para reflejar sus rayos sobre el rostro de Nati quien llevó sus manos para cubrirse los ojos.
‘Las manos que hablan’, dijo para sí, volviendo de nuevo la vista a sus dedos, ahora de ambas manos, como si fuera la primera vez que descubría lo maravillosas y bellas que eran, además de agradecer por lo afortunada que se sentía de tenerlas.
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Voces ensortijadas 248. Los días de fiesta. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Los días de fiesta

Ernestina echó una vista al paisaje que tenía frente a su casa, la bella montaña que rodeaba a la colonia donde vivía. Justo estaba a punto de presenciar el ocaso, se dio cuenta que disfrutaba tanto ese momento. Era la espera de la magia, el poder ver al sol ocultarse. Cuando la magia sucedía solía contemplar las hermosas tonalidades que coloreaban el cielo, como en esa tarde.
Observó la llegada de la noche, ese día estaban en casa Pilita, la perrita que tenían como una integrante más de la familia y ella. Jesusa, su hija y Matías, su esposo habían salido a comprar unos antojitos para la cena.
Pilita estaba en la entrada de la casa, acostada en su tapete, últimamente se cansaba y dormía más. Ernestina la observó y regresó el tiempo cuando era una cachorra, habían pasado varios años desde su llegada. Fueron sumando a su mente la serie de experiencias que en familia tenían con Pilita. Además de ser una gran cuidadora en casa, era una excelente compañía, amorosa, le gustaba que la acariciaran y disfrutaba tomar el sol en los días calurosos.
El silbido del viento hizo volver la mirada de Ernestina hacia la ventana, percibió el aire frío. Se acercó despacio a Pilita para colocarle una cobija. Ni siquiera sintió su presencia, estaba enrrollada sobre el tapete. Dormía profundamente y dejaba escuchar un ligero ronquido.
El clima le hizo apetecer un atole a Ernestina. Fue a la cocina para ver qué ingredientes tenía. Decidió hacer atole de amaranto. Doró la cantidad de amaranto que tanteó para que la consistencia del atole fuera espesita. Posteriormente, lo licuó. Colocó en un recipiente leche, canela, azúcar y el amaranto en polvo. Mientras preparaba el atole siguió pensando en la importancia de Pilita en la familia, se sintió muy afortunada y agradecida de tenerla y de los distintos aprendizajes que les había llevado.
Respiró profundo al tiempo que disfrutaba el aroma de la canela que daba un toque especial al atole. Esa tarde era de fiesta, los motivos eran varios, el ocaso contemplado, la presencia de la noche, el viento, el atole de amaranto, la presencia de Pilita y sus ronquidos, los antojitos que venían en camino y cenarían en familia.
Ernestina pensó que finalmente los días de fiesta podían ser todos. Qué difícil era poder apreciarlo así, a simple vista. Sin embargo, al volver la mirada al tiempo pasado, la memoria y el corazón se conectaban, trayendo las imágenes de esas experiencias vividas, los instantes, las emociones distintas y a los distintos personajes que formaban parte de ellas.
Apagó el fuego. Dejó tapada la olla donde preparó el atole. Fue a poner la mesa para la cena y a buscar el recipiente para la cena de Pilita. A lo lejos se escuchó el sonido de un carro, Pilita despertó de inmediato y se dirigió ladrando rumbo a la entrada de la casa, la cobija quedó a medio camino.
Ernestina observó la escena. Sonrió. Los días de fiesta podían ser todos, cada quien tenía la libertad de elegir si así lo vivía.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 247. Me cuido, me exploro, me amo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Me cuido, me exploro, me amo

Silvana abrió la ventana de la sala, el clima de ese día era agradable. La intensa lluvia de un par de días anteriores había dejado una sensación de frescura que aún perduraba. Se acomodó en una pequeña mesa para iniciar su sesión de trabajo. Ese día les habían designado laborar desde casa porque no habría energía eléctrica en su centro de trabajo.
Mientras iniciaba con la integración de un informe de actividades buscó la estación de radio en línea que le gustaba escuchar. En ese momento estaba música del género bossa nova. Subió un poco el volumen y se dirigió a la cocina. Se preparó café, degustó un par de sorbos y fue a sentarse para iniciar su jornada laboral.
Releyó algunas ideas del documento, las ajustó y de pronto se dio cuenta que ya no estaba la música sino un podcast que llamó su atención. Conducía una voz femenina y hacía el recordatorio a las mujeres de cuidar la salud, el contenido hacía un llamado al público a sensibilizarse sobre el Cáncer de Mama. Silvana recordó que estaba en octubre y justo era el mes de la lucha contra ese tipo de cáncer.
Se concentró en el podcast al tiempo que degustaba nuevamente su café, escuchó breves testimonios de mujeres que relataban sus historias sobre la enfermedad. Recordó que el año anterior que ella había cumplido los 40 años fue a que le hicieran la mastografía por vez primera. Había escuchado comentarios diversos de familiares y amistades sobre el estudio. Ella también había buscado información en algunas páginas de internet, lo cierto es que con todo y los datos que recabó, tenía nervios. Sin embargo, los diversos testimonios que conocía de gente cercana a ella le hicieron no desistir ante la importancia del cuidado de su salud.
Cuando estuvo en el lugar donde le harían la mastografía sintió que el tiempo se volvió lento, estaba en una habitación pequeña frente a un aparato de gran tamaño que observó con curiosidad para identificar cómo estaba conformado. Mientras esperaba que la atendieran, recordó la importancia de respirar profundo, para calmar la sensación de nervios. Su mirada se concentró en las líneas de los mosaicos del piso donde, con ayuda de su imaginación, halló una diversidad de rostros y siluetas de mujeres, animales y árboles. Luego llegó el turno para que le hicieran el estudio, el proceso fue poco grato, lo que prevaleció de inicio a final para Silvana fue la importancia del cuidado de la salud.
Volvió la mirada al texto del informe, ya casi estaba listo. Dedicó nuevamente su atención al podcast que ya estaba por terminar, según indicó la conductora. Por la mente de Silvana vinieron muchas ideas, la urgente necesidad de que las mujeres estemos más informadas sobre lo que implica cuidar nuestra salud, conocer a nuestros cuerpos, escucharlos y sobre todo amarlos. Pensó en que muchas mujeres en contextos campesinos, rurales, de pueblos originarios y aún urbanos, desconocen la importancia de las revisiones constantes y de estudios para prevenir el Cáncer de Mama. La labor de informar sobre estos temas es una parte clave en materia de salud, de cuidados y de brindar mejores servicios y al alcance de toda la población.
La reflexión de Silvana sobre el tema del podcast la hizo pensar en lo valioso de conocer esos datos no solo para las mujeres sino para el público en general, no solo para octubre sino para todos los meses del año, al tiempo que decía en voz alta como una especie de mantra: yo me cuido, me exploro, me amo.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.