Voces ensortijadas 262. Al son de una guitarra. María Gabriela López Suárez

     
   
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez
Al son de una guitarra

El autobús que llevaría a Federica a su nueva ciudad de residencia salía a las 15:30 horas. Federica llegó, como no solía hacerlo, muy temprano a la terminal. Ni ella podía creer que estaba media hora antes en la sala de espera. Usualmente llegaba rayando en tiempo cada ocasión que viajaba.
     Se acercó al área para documentar su equipaje, le dieron su ticket y posterior a eso, buscó un asiento. Revisó el reloj, le quedaban 20 minutos de espera. El aire acondicionado de la sala se sentía muy frío e  hizo que tuviera la necesidad de frotar sus manos.
     Luego de eso, lo primero que se le vino a la mente fue revisar su celular y enviar mensaje al grupo de chat familiar para avisar que estaba por salir. Sin embargo, se hizo el propósito de dejar un rato el celular y observar con atención qué pasaba a su alrededor. Muy pocas veces hacía eso.
     Se acomodó en la silla donde estaba, puso su bolsa sobre las piernas y contempló sus manos, tenía mucho tiempo que no se detenía a observarlas. Las frotó nuevamente, comenzó a dar un leve masaje a cada uno de sus dedos y luego a las palmas de las manos. Se fijó en sus uñas, esta vez no tenían esmalte y eso le permitía observarlas al natural. Se había olvidado cuánto le gustaban.
     Una serie de murmullos hizo que volviera la vista a buscar de dónde venían, identificó que había una larga fila de personas comprando boletos. Algunas estaban con equipaje en mano, otras con más equipaje y alguien que estuviera al cuidado.
     Giró su rostro y observó que las tres pantallas que había en la sala estaban proyectando lo mismo, una película que no se escuchaba y tampoco llamaba su atención. Sin embargo, alcanzó a escuchar un sonido que sí atrajo su atención, era el de una guitarra y una voz que acompañaba los acordes. Volvió a ver las pantallas y no provenía de ahí. Con la mirada buscó si había alguien que trajera una guitarra como parte del equipaje, su mirada comenzó a escudriñar en la fila de personas, no halló a nadie.
     Su búsqueda continuó, levantó un poco el rostro, al no encontrar lo que buscaba decidió ponerse de pie y como si estuviera tratando de identificar a alguien conocido continuó observando. Como una especie de halo de luz descubrió que quien ejecutaba el instrumento era un adolescente que muy quitado de la pena estaba cómodamente sentado en uno de los pasillos, en una parte discreta y donde también cantaba.
     Federica tomó asiento nuevamente, intentó identificar qué canción interpretaba el adolescente, hizo un esfuerzo entre los murmullos de las personas, el de la voz que anunciaba las salidas y finalmente,  se dio cuenta que era una de las canciones que a ella le gustaban, qué guapa es la gente luminosa, esa que no se preocupa de la marca de tu ropa, la que pone a la alegría siempre en su menú del día, gente que ilumina el menú, gente guapa como tú.
     —¡Pasajeros que viajan con boletos marcados a las 15:30 horas con destino a Jalapa, favor de pasar al andén 8! —se escuchó que vocearon.
     Al son de una guitarra, Federica tomó su bolso y buscó su boleto, sonrió para sí agradeciendo y agradeciéndose el regalo de esos minutos de espera. Ahora iniciaba una nueva travesía.


Fotografía: David Bartus: https://www.pexels.com/photo/person-playing-electric-guitar-435840/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 261. Atardecer en invierno. María Gabriela López Suárez

     
   
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María Gabriela López Suárez

Atardecer en invierno


Sofía revisó su reloj, ese viernes se había concentrado en el desarrollo de la propuesta de un proyecto cultural para infancias que presentaría el siguiente lunes. Tenía mucho entusiasmo por lo que representaba esa propuesta para su colonia, en el documento había integrado las ideas y necesidades que las niñas y niños de su colonia señalaron en un diagnóstico previo.
     Su celular sonó, era un mensaje de Romina, su amiga y compañera del trabajo, le recordaba que esa tarde se verían para organizar una kermés en el barrio donde vivía Romina, a beneficio de niñez migrante de madres y padres desplazados.
     —¡Chofi! Por favor, acuérdate que nos vemos hoy, a las 6 de la tarde en la canchita del barrio. Invité también a Temo, a Lupita y a Quique, seguro que traen buenas ideas.
     —¡Hola Romi! Gracias por el mensajito, nos vemos en un rato más.
     Terminó de hacer ajustes de formato al texto y Sofía revisó nuevamente el reloj, estaba justo a tiempo para salir a la cita con Romina. Se dirigió al sitio de vagonetas que la llevarían al barrio de su amiga. El carro no tardó en salir. El trayecto le tomaría alrededor de 30 minutos.
     Sofía se sentó en lado de ventanilla, se colocó sus audífonos. Pensó que tenía dos opciones, dormitar un ratito o bien, observar el paisaje.  Eligió la segunda. La luz de la tarde era sumamente hermosa. A diferencia de otros atardeceres que pintan el cielo con distintas tonalidades desde los tonos celestes, rojizos, naranjas, violetas, azules y grises, ese atardecer en invierno tenía una luz en tono dorado que irradiaba a todo el paisaje. Lo anterior, permitía que los árboles lucieran al máximo sus distintas formas, tamaños, follajes y ramas.
     El trayecto le pareció un gran regalo a Sofía, contempló ceibas, árboles de flamboyant, algunos pinos, y a lo lejos alcanzó contemplar las montañas que rodeaban la ciudad y las siluetas de los árboles que las bordeaban. Los tonos que predominaban esa tarde eran dorado y una especie de tono oscuro que le daba un toque especial a todo el paisaje, como a manera de contraluz. Indudablemente esa tarde era hermosa.
      Sumado a lo anterior, la pieza de jazz contemporáneo le daba un toque peculiar que la hacía sentirse muy animada. El celular de Sofía sonó nuevamente, era un mensaje de Romina que preguntaba si ya estaba cerca.
     —¡Romi ya estoy a unos minutos de llegar a la parada!  ¡Nos vemos en la canchita!
Mientras Romina continuaba con los ojos atentos al paisaje, su corazón también se deleitaba con la música de jazz.


Fotografía: María Gabriela López Suárez.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 260. Saludos al mar. María Gabriela López Suárez

     
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María Gabriela López Suárez

Saludos al mar

Cristina revisó el calendario, aún faltaban varias semanas para las vacaciones. Respiró profundo, se sintió como cuando estaba en la primaria que al inicio de cada ciclo escolar averiguaba cuándo eran las siguientes vacaciones. Estaba tan entretenida en eso que no se percató que entró a su oficina Iván, su colega y amigo del trabajo, seguido de Fabiana, la jefa del área.

—¡Hola, hola! ¡Buen día Cristi! —dijo Iván.
—¡Buen día! ¿Cómo están? —saludó enseguida Fabiana.
—¡Wow! Pero qué coincidencia, buen día, qué gusto saludarles —respondió Cristina, con el corazón un poco acelerado de la sorpresa.

Después de los saludos Fabiana comentó cuáles eran los pendientes más prioritarios y tanto Iván como Cristina tomaron nota para entregar lo que tenían avanzado y lo que trabajarían aún.
La primera en salir de la oficina de Cristina fue Fabiana. Iván permaneció un ratito más, comentaron los pormenores de las encomiendas y llegaron al tema de las vacaciones próximas, que era el tema que ocupaba la mente de Cristina antes de las visitas.

Ambos coincidieron en que ir a la playa era uno de los destinos más anhelados, cada quien dio sus puntos de vista y el por qué de ese destino. Iván se despidió y salió de la oficina.
Cristina se acomodó en su silla y se puso frente a la computadora, mientras abría el archivo que trabajaría se le vino a la mente la imagen del mar. Se quedó pensando en comentarios que habían hecho algunas de sus amistades, que caminar en la playa ayuda a soltar estrés y tensiones; que el agua salada es buena para la salud; que nadar en el mar es terapéutico; que meditar frente al mar es una experiencia única.

De lo que sí estaba segura Cristina era que a ella le gustaba ir a la playa para disfrutar las puestas del sol y también los amaneceres, para dejar que el agua del mar acariciara sus pies, para quedarse contemplando por mucho rato el ir y venir de las olas y la inmensidad del mar. En resumen, a Cristina le agradaba la conexión tan bella que sentía cuando estaba en ese bello paisaje de la naturaleza.

Hizo una pequeña pausa. Cerró los ojos, se imaginó estar sentada escuchando las olas del mar y contemplando un ocaso, desde su corazón le envío saludos al mar, como si en un susurro le dijera que era su próximo destino. Luego de la pausa abrió lentamente los ojos, volvió al aquí y ahora y comenzó a redactar su encomienda laboral.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 259. Rosca de reinas. María Gabriela López Suárez

     
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María Gabriela López Suárez

Rosca de reinas

Tamara despertó temprano el 6 de enero, desde pequeña tenía esa costumbre. Como una especie de flash vinieron a su mente algunas de las ocasiones donde bajó rápidamente de la cama para ver qué les habían traído los Reyes Magos. Sintió nuevamente esa emoción, dibujó en su rostro una gran sonrisa y sus ojos se llenaron de agua.
     Repasó la lista de propósitos de año nuevo que había colocado en una parte de su habitación, el primero era Salir a caminar todas las mañanas o tardes.
     —¡Vamos ya es el sexto día! —dijo para sí. Se colocó una sudadera, pantalones, tenis y gorra. Se percató que había poca gente, disfrutó el clima fresco, el canto de las aves y esa sensación de estar dándose el regalo de hacer su caminata. Revisó su reloj, ya habían pasado 30 minutos. Regresó a casa. Nadie más se había levantado de su familia. Mientras se servía un vaso con agua, Tamara verificó si tenía algún mensaje o llamada en el celular, era muy temprano, apenas las 7 de la mañana. Sin embargo, encontró un par de mensajes, la tía Patricia le estaba recordando que llevaran la rosca de reyes y también el chocolate.
     Le agradeció el recordatorio, a Tamara se le había pasado por completo qué les tocaba compartir. Se dirigió a la cocina, preparó café y mientras bebía unos sorbos comenzó a repasar los ingredientes que llevaba la rosca que solían cocinar en la familia. Buscó en la alacena, a excepción de los higos y vainilla tenían todos los ingredientes. Para el chocolate no hubo mayor problema, contaban con todo. Buscó el molinillo que luego parecía que les jugaba a las escondidas porque no lo encontraban.
     Continuó bebiendo su café, se detuvo unos instantes para recordar en qué momento ella se había sumado a preparar la rosca con su familia. De pequeña le llamaba la atención, la cocina se volvía una especie de fiesta. Ella quería estar ahí. Hacían maravillas con pocos ingredientes. Participaban la abuelita Marce a la cabeza, tía Juli, tía Patricia, su mamá Miriam, la vecina Nati, tía Maye y su prima Rome, que era la mayor de las nietas y nietos, normalmente a quienes tenían menos de 10 años de edad no les dejaban ayudar porque se mancharían, se quemarían o se comerían algunos ingredientes como las frutas secas.
Además del gran jolgorio que se armaba en la cocina, la parte favorita de Tamara era cuando decoraban las roscas y al sentir el aroma de pan horneado. Recordaba que se quedaba en la ventana de la cocina intentando ponerse de puntillas para ver cómo quedaban las roscas antes de meterlas al horno, se preguntaba cómo le hacían para resistirse a comerlas cuando el aroma inundaba la cocina.
     Recordó una frase de la vecina Nati, ‘cuando se cocina y se hace con amor, todo sabe delicioso’. Tenía mucha razón. Ahora, a ella le tocaba ser parte de quienes preparaban las roscas. Tamara disfrutaba tanto ese momento. Se detuvo a pensar que en su familia desde hace mucho tiempo cocinaban roscas. Todas quienes formaban parte del ritual de las roscas eran mujeres, con historias interesantes que le daban los toques mágicos a las roscas, mujeres que hacían maravillas aún con una economía que en varias ocasiones había sido precaria. Roscas con amor, rosca de reinas.
 

Foto por Vinícius Vieira ft

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 258. Entre ausencias y agradecimientos. María Gabriela López Suárez

     
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María Gabriela López Suárez

Entre ausencias y agradecimientos

Estas líneas que escribo antes de culminar el 2024 se inspiran escuchando un coro de grillos que fondea como uno de los más bellos paisajes sonoros de la noche. El clima es un tanto fresquito, agradable, me hace recordar la época invernal que en el sureste chiapaneco se torna distinto, dependiendo de la región geográfica en la que una se encuentre. Me acompaña también el calor de una velita que desprende un sutil aroma a vainilla, el fueguito que honra la memoria de quien ha partido recientemente de este espacio físico, una de las integrantes de nuestra bandita peluda. En un cuarto plano alcanzo a percibir el viento que mece los árboles.
El fuego de la velita me hace recordar a la luz que me ha acompañado este 2024, esa luz que está siempre ahí, hay que darse el espacio para tenerla presente. Sin duda, ha sido un año lleno de diversas experiencias, aprendizajes, sinsabores, ausencias, despedidas, pero también momentos únicos, intensamente gratos y amorosos que es importante agradecer.
Uno de los regalos más valiosos que una persona y un ser vivo puede tener es la salud, de ahí que llegar con salud al finalizar un año es un gran tesoro. Mientras observo el cielo, que en esta época del año nos permite percibir más estrellas que titilan, me hace evocar lo maravilloso que es el regalo de contemplar la bóveda celeste. Un tercer regalo invaluable es el acompañamiento de nuestros seres amados, los que están en las distintas vicisitudes y que reconfortan y apapachan nuestro corazón.
Y además de los regalos que ya mencioné, en este 2024 he tenido el regalo de caminar en otros espacios, en otros senderos, recorrer caminos, escuchar y encontrarme con personas nuevas, reconocerme en las redes que se han ido tejiendo con el tiempo, valorar esas redes y crear nuevas, valorarme a mí como parte de ellas. Valorar y agradecer a quienes forman parte del andamiaje que día a día se construye, se alimenta, se cuida y se fortalece.
El tema de las ausencias no se puede hacer a un lado, forman parte de la vida, se aprende de ellas, aunque el dolor pueda hacerse presente. Es necesario hacerles frente y dejar que suceda la vida. Y una parte fundamental en este 2024 son los agradecimientos, por lo que ha venido, lo que ha fluido, lo que se ha gestado, lo que el universo y la divinidad nos ha brindado.
Un agradecimiento muy especial es poder continuar compartiendo estas Voces ensortijadas de manera semanal. La escritura y la lectura son también regalos que nos permiten volver la mirada a nuestro interior, conectar con nosotras, con nosotros. Valoro, agradezco y me llena de alegría, motivación e inspiración cuando estas voces resuenan en ustedes, con algún suceso, pensamiento, evocan experiencias o anécdotas, que me comparten y me llevan a reconocer la importancia de la escritura cuando trasciende de lo personal a lo colectivo.
Muchas gracias al público por este año de lectura de las Voces ensortijadas, por el espacio de tiempo que brindan para conectar con ellas; agradezco de manera especial a Letras, idea y voz, Chiapas Paralelo y Tropikalia en Radio Siberia, por la divulgación de esta columna semanal.
¡Muy feliz y venturoso año 2025 para ustedes y sus familias! Que la lectura y la escritura sean los puentes que nos permitan conectar con más corazones y mentes.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 257. Aroma a Navidad. María Gabriela López Suárez

     
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María Gabriela López Suárez

Aroma a Navidad

La alarma del reloj sonó a las 7 de la mañana, Roberta la apagó, recordó que era domingo y siguió durmiendo. Un sobresalto en su sueño la hizo despertar. Revisó la hora, las 8:15 de la mañana. Mientras se estiraba para terminar de despabilarse se acordó que, aunque era domingo, tenía que ir a comprar el mandado para la cena de Navidad.
Antes de preparar su café se dio un baño rápido, luego fue a despertar a Mateo, su hijo de 7 años, para que la acompañara. A Mateo le gustaba ir al mercado, solía hacer una serie de preguntas de todo lo que llamaba su atención. Ese día, Roberta había invitado a Cielo, su vecina de 13 años y amiga de Mateo, para que fueran a las compras. No recordaba a qué hora habían quedado de verse. No tardó en saberlo porque justo antes de las 9 el timbre ya estaba sonando, era Cielo, tan puntual. Roberta la invitó a tomar café con pan y luego ella y sus dos acompañantes salieron por el mandado.
Mateo y Cielo habían leído previamente la lista del mandado, así que se iban alternando para recordar a Roberta lo que tenía que comprarse. Para la cena de Navidad Roberta se había propuesto preparar Bacalao tradicional, era la primera vez que lo cocinaría, así que le hacía mucha ilusión. Aunque el presupuesto para el platillo era un tanto oneroso, sabía que la ocasión lo ameritaba. Doña Vicky, mamá de Cielo haría una sopa de pan que le quedaba muy rica, además de temperante y hojuelas. Doña Refugio, mamá de Roberta prepararía el ponche con la ayuda de don Ricardo, papá de Roberta, quien también se había apuntado para cocinar el bacalao.
Mateo iba poniendo en práctica las matemáticas al ir haciendo las cuentas de lo que se gastaba y los cambios que le daban a su mamá. Cielo también quería aportar a la celebración y dijo que con sus ahorros compraría una piñata pequeña. Mateo no quiso quedarse atrás y cooperó para comprar cacahuates y unas mandarinas, Roberta pondría dulces y confeti.
—Pero qué bonito se siente venir acompañada por el mandado, además que me ayudan a cargar con tantas bolsas —señaló sonriente Roberta, al tiempo que escuchaba cómo Mateo leía en voz alta los letreros.
—¡Obleas, hojaldras! ¡Lleve sus obleas! —se escuchó decir a un vendedor ambulante, que portaba un gorro con motivos navideños y que se movía de un lado a otro en una esquina.
Roberta observó el panorama, la algarabía de la gente por las compras, los puestos diversos por doquier, el ir y venir de las personas, el tráfico algo paciente, los policías en modo resguardo de seguridad, personas en el comercio ambulante, jóvenes y adultas mayores, algunas con rostros sonrientes, otras con mirada triste, muchas niñas y niños con rostros de asombro por ver juguetes, lucecitas con música decembrina, las decoraciones diversas en calles y comercios, los colores rojo, verde, plata y dorado al máximo.
—¡Mamá ya tenemos todas las cosas de la lista! Solo nos falta ir por la piñata y los dulces —señaló Mateo, con alegría, trayendo de nuevo a Roberta al presente.
—¡Muy bien! Se aceptan propuestas para ir a ver las piñatas —dijo Roberta.
—¡Ya tengo una buena opción, buenas, bonitas y económicas! ¡Vamos con doña Pili! —propuso Cielo.
Roberta observó los rostros de Mateo y Cielo, sus ojos tenían un brillo hermoso, agradeció desde su corazón tener con quienes compartir la Navidad, estar con los seres amados era para ella el verdadero aroma a Navidad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 256. Dejar que suceda. María Gabriela López Suárez

     
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María Gabriela López Suárez

Dejar que suceda

A nuestra querida Chilis, integrante de la banda peluda.
Gracias por tanto.

Esa tarde de invierno Bernarda se colocó sus gafas para intentar leer uno de los tantos libros que tenía en espera, lo primero que saltó a su vista fue un pequeño separador de la librería Gandhi con la frase: "Hace mucho que no veía la luz". Intentó hacer un esfuerzo para recordar cuántos días o, más bien, semanas tenía en espera el libro. Respiró profundo. Cerró los ojos.

Empezó por hacer una recopilación de cómo se sentía su corazón, sin duda lo sabía, había muchas emociones, nostalgias de fin de año, pero sobre todo el dolor que invade no solo el corazón sino todo el cuerpo cuando un ser querido trasciende del mundo físico. Bernarda tenía más de un duelo, el de su ser querido; el de otros seres que formaban parte de su día a día como los árboles que rodeaban el pequeño parque cercano a casa, que habían sido derribados por la construcción de un edificio y además, el duelo que dejan las ausencias cuando las amistades simplemente se alejan.

A medida que iba haciendo el recordatorio sintió cómo su corazón se estremecía, respiró profundo más de una vez, no puedo evitar que sus ojos se llenaran de agua. Le costaba mucho soltar que un ser querido partiera de su vida. Recordó las charlas que había tenido con amistades, con su terapeuta y en algunos conversatorios que había visto de manera virtual. De eso había retomado una frase que le hacía sentido y le costaba poner en práctica, ‘dejar que suceda’.

Continuó respirando despacio, hasta ser más consciente de su respiración. Nuevamente se observó. Alcanzó a percibir que estaba más tranquila. Desde su corazón fue agradeciendo a cada ser querido por todo lo que habían compartido. El proceso no fue sencillo. Vinieron a su mente muchos recuerdos. Los recibió uno a uno, como una especie de película que pasaba frente a ella. Sintió cómo fue percibiendo una sensación grata en su corazón. El dolor no se había ido del todo, sin embargo, la gratitud estaba presente. Bernarda alcanzó a identificar en esa gratitud como una especie de bálsamo, en su corazón, en su alma. Dibujó en su rostro una leve sonrisa y puso las manos sobre su pecho. Permaneció así algunos minutos.

Una ráfaga de aire frío que se coló por la ventana que daba a su cuarto la hizo volver al presente. Abrió los ojos lentamente. Se descubrió con el libro entre las manos, Meditaciones para una vida plena, era el título, del autor Constancio J. Gribaudo. Había tomado el libro sin fijarse en el título, recordó la frase dejar que suceda. Buscó en el índice, sin dudarlo, eligió Meditación para superar las pérdidas, se fue a la página 141, “El duelo emocional es un proceso de adaptación que nos permite restablecer el equilibro personal que ha quedado alterado por una pérdida…”.

Bernarda continúo con la lectura. Afuera, en un par de calles aledañas a su vivienda la música estaba en su apogeo, contaré la historia de una famosa persona, todas la conocen con el apodo de chona...



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Voces ensortijadas 255. Corazonarnos. María Gabriela López Suárez

  Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Corazonarnos

La tarde del miércoles Marina tenía reunión con sus vecinas y vecinos del barrio, el motivo era organizarse para que las calles pudieran estar más limpias y también para cuidar en colectivo los pocos arbolitos que tenía el parque que estaba en su barrio.
     La reunión fue en un pequeño salón de usos múltiples que habían construido entre el vecindario. Marina quien había convocado fue la primera en llegar. El frío comenzaba a sentirse en los primeros días de diciembre, así que ella preparó un par de termos con té de limón. Doña Fluvia había quedado de llevar unas galletas de animalitos, doña Paty  y don Lisandro se ofrecieron a llevar el café. A toda la gente se le convocó a llevar su taza y plato, para evitar generar basura.
     La cita era a las 5 de la tarde, por lo regular, la gente del barrio era puntual, así que la reunión inició al alrededor de las 5 con 15 minutos. En la sesión se atendieron los dos temas centrales por los que se convocó la reunión. Pero, además de eso,  comenzaron a salir otros temas que preocupaba a la gente del barrio. Uno de los temas fue el caso de doña Asunción, doña Chonita como la conocían con cariño. Era una señora de la tercera edad que tenía problemas para caminar, sus rodillas le ayudaban poco. Doña Chonita era mamá soltera, tenía una hija, Gertrudis, quien trabajaba prácticamente todo el día para poder sostener a sus dos hijos y a su mamá. Gertrudis hacia limpieza en casas por la mañana y por la tarde era cocinera en una fonda. De tal forma que doña Chonita a veces solía salir por algún mandado, pero no siempre lograba llegar a su destino, más de una persona se había percatado de ello.
     En la reunión no se contaba con la presencia de Gertrudis, doña Chonita llegó al salón con la ayuda de doña Fluvia. La mayor parte de quienes llegaron estuvieron de acuerdo en ayudar a doña Chonita y a su hija por si requerían algún mandado, del mercado, de la tiendita, o incluso por algún malestar de salud de doña Chonita. En el caso de que Gertrudis estuviera en su horario de trabajo.
     Cuando escuchó a sus vecinas y vecinos, doña Chonita sintió muchas emociones en el corazón, no se había dado cuenta que en estas personas su familia podría encontrar un gran apoyo. Fueron tomando la palabra doña Fluvia, Marina, don Lisandro, doña Paty, cada quien compartió alguna experiencia vivida con Chonita y también con Gertrudis.
     Marina remarcó que entre más unida esté la gente, se pueden lograr más cosas; doña Fluvia dijo que la confianza es un punto importante entre quienes habitan un barrio; don Lisandro señaló que no hay que tener vergüenza para solicitar ayuda. Por su parte, doña Paty mencionó que es importante estar al pendiente de quienes son las vecinas y vecinos, habló de volver la mirada a los corazones:
     —¡Hay que corazonarnos! Por ejemplo, hoy estamos quienes pudimos asistir a la reunión, trajimos algo para compartir, no importa que sea algo sencillo, pero se hace de manera sincera.
     Los ojos de doña Chonita se llenaron de agua, intentó sonreír y agradecer, lo hizo entre sollozos. Marina sintió mucho agradecimiento por esos momentos, no pensó que una reunión pudiera ser tan emotiva y compartir cosas importantes, que a veces pasan desapercibidas. La ayuda entre vecinos. La frase, ¡hay que corazonarnos!, seguía resonando en ella.


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Voces ensortijadas 254. El guardián silencioso. María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez


El guardián silencioso

El sol estaba en su apogeo, a pleno mediodía. Cinthya había llegado a casa de tía Leonor y tío Ezequiel, había decidido pasar unos días de sus vacaciones compartiendo con familiares a quienes normalmente no veía. La primer parada eran con ellos, después pasaría otros días con sus primas Raquel y Eloisa. Finalizaría con tío Panchito y tía Martina.
Al llegar a su primera visita lo primero que atrajo la atención de Cinthya fue el árbol frondoso que se veía al final del camino. Mientras abría el portón de la entrada observó que el follaje del árbol era tan amplio que se le figuró como un hongo enorme. No tardó en que aparecieran doña Leonor y don Ezequiel para darle la bienvenida.
Se saludaron con mucho cariño. Invitaron a Cinthya a pasar a la casa. Tío Ezequiel le ofreció un vaso con limonada que ella aceptó con gusto. Le ayudó a sofocar el calor del mediodía.
Tía Leonor esperaba que Cinthya llevara un gran equipaje, la sorprendió ver que solo llevaba una mochila en la espalda y otra pequeña bolsa. Y más sorprendida se quedó cuando de la bolsa pequeña sacó un par de obsequios que identificó de inmediato por los aromas, café y chocolate. Agradecieron los regalos de Cinthya, la invitaron a dejar su equipaje en el cuarto que le habían destinado y luego, fueron al patio de la casa para sentarse un rato y conversar.
Cinthya no tardó en comentar su asombro y gusto por el árbol frondoso que rodeaba la casa de sus familiares. Tía Leonor le dijo que era un árbol de higo no comestible. Tío Ezequiel compartió que ese árbol era no solo un hermoso ejemplar de la naturaleza sino que también tenía una conexión especial con la familia canina que habían tenido. Mientras escuchaba a su tía Leonor, Cinthya percibió que en más de una ocasión la voz se le quebró, tomó más de un respiro y continuó.
El árbol de higo guardaba en sus raíces preciados tesoros. Doña Leonor y don Ezequiel habían tenido muchos perros y al ser parte de su familia, cuando cada uno trascendió decidieron que los despedirían de una manera digna y amorosa. Eligieron como espacio, alrededor del árbol de higo. De tal forma que ese gran árbol era muy generoso, no solo les proporcionaba sombra, aire fresco sino que también había dado cobijo en sus raíces a los peludos de la familia.
Luego de las anécdotas que le compartieron llegó la hora de la comida, los tres se levantaron para ir al comedor. Degustaron una sopa de champiñones con epazote, que a la tía Leonor le quedaba muy bien y unos tacos dorados de papa con pollo, bañados en una salsa de tomate, con lechuga, crema y queso.
Al término de la comida don Ezequiel y doña Leonor tomaron una siesta. Cinthya decidió ir al patio, se sentó en el piso frente al árbol de higo. Se quedó contemplando su majestuosidad, lo grande de sus ramas y su follaje tan verde. Se sintió muy agradecida de estar cobijada por la sombra, se le figuró que ese árbol era como el guardián silencioso de la familia. Sintió una especie de conexión con el árbol, se acercó a él, tocó su tronco, abrió sus brazos y lo rodeó con ellos. Ahí se quedó unos minutos, el canto de los pájaros acompañó el latido de su corazón que fue sintiendo, poco a poco, mientras ponía atención en su propia respiración.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 253. No estamos solas. María Gabriela López Suárez

 
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

No estamos solas

A todas las mujeres víctimas de feminicidios.
A sus familias y amistades.

Irene cerró la aplicación de su red social en el celular. Se quedó un rato ahí, sentada, en el borde de su cama. Intentó tragar saliva y le costó, sintió más de un nudo en la garganta. Sintió que se ahogaba. No sabía si ir a tomar agua o correr hacia la ventana, abrirla, sacar la cabeza y gritar a todo lo que dieran sus pulmones.
         No pudo ni siquiera levantarse, sus piernas no lo permitieron, se soltó a llorar y dar de puñetazos sobre su almohada. Una de sus amigas de la infancia, con la que solía jugar en el barrio donde ambas crecieron, había desaparecido hace un par de días y esa mañana encontraron su cuerpo sin señales de vida, a las afueras de la ciudad.
         Pasaron quizá más de dos horas sin que Irene lograra levantarse, había llorado tanto que sentía los ojos casi cerrados. Solo quería dormir. A lo lejos escuchó que alguien tocaba la puerta del cuarto.
        —¡Irene, Irene! ¿Estás ahí muchacha? ¿Hoy no vas a ir a trabajar?
        Era doña Tina, la señora donde rentaba el cuarto de abonadas. Irene no tenía ganas de hablar, sentía desfallecer. Doña Tiña siguió insistiendo y al no tener respuesta, se preocupó tanto que fue por la llave para abrir el cuarto.
        Encontró a Irene acostada, le preguntó qué pasaba, si se sentía mal. Permaneció ahí hasta que logró que Irene se incorporara, tomara un poco de agua y le contara lo sucedido. Doña Tina se quedó en silencio, sus ojos se llenaron de agua, respiró profundo y abrazó a Irene. Ambas permanecieron en silencio mucho rato.
        —¿Por qué tanto odio a nosotras, las mujeres, doña Tinita? —preguntó Irene.
         Doña Tina que casi siempre solía responder a las dudas de Irene no tuvo la respuesta en ese momento. Se quedaron conversando sobre el incremento de los feminicidios, que las autoridades debían mucho a la sociedad, a las mujeres víctimas de feminicidios, a sus familias, que falta más por trabajar en temas que ayuden a tomar conciencia sobre lo que implica la violencia en sus distintas formas, que las mujeres necesitan denunciar antes estas violencias y también que es necesario escucharlas y atender esas denuncias.
        Doña Tina logró convencer a Irene que fuera a desayunar con ella. Mientras le preparaba un atole de guayaba y unas dobladitas de frijol, Irene buscó el número de teléfono de alguien de la familia de su amiga para ponerse en contacto.  Se detuvo un instante y agradeció estar con doña Tina, las redes de apoyo en la vida siempre son importantes, pensó. Luego cerró los ojos y con un halo de esperanza dijo para sí, NO estamos solas, no estamos solas.

   

Fotografía: Sina Rosas: https://www.pexels.com/photo/people-protesting-on-a-street-with-a-hand-written-banner-20626940/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.