Voces ensortijadas 266. Miércoles, el consentido. María Gabriela López Suárez

     
 
    Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Miércoles, el consentido*


Si tengo que evocar en la memoria, en ese baúl donde anidan muchos, muchos instantes de diversa índole, sin duda que vienen a mi mente los días de la semana. Y como en todo, aparecen los días que me llevan a asociar con experiencias tan variadas y en distintas etapas de mi vida.

En mi infancia los días lunes eran no tan esperados, tenía que reanudar ir a la escuela y a veces, no me  resultaba tan grato. Y no era porque la escuela fuera algo desagradable con sus procesos de experiencias, sino algo en mí que no logro explicar del todo.

Durante la adolescencia los domingos se tomaron un tanto simples, aburridos, eran muy lentos, o más bien para mí pasaban así. Ahora como persona adulta, los domingos son fugaces y trato de disfrutarlos al máximo. Han cobrado un tinte muy especial, quisiera que cada domingo durara más.

Y sin duda alguna, también dentro de los días de la semana hay uno especial, el consentido. En mi caso es el ombligo de la semana, el miércoles. Dentro de los motivos del por qué me gusta es porque lo asocio con una serie de sucesos gratos, en lo emocional, en lo amistoso, en lo visual y hasta en esas experiencias que no sé si es coincidencia, casualidad, o más bien, causalidad, pero que se presentan. Si me dan a elegir algún día, el primero que viene a mi mente es el miércoles.

¿A qué suena un miércoles? Mmm, no hay sola respuesta. Ahí anidan risas, abrazos, complicidades, expectativas, paisajes sonoros y visuales, esperanza, amor, retos, miradas y por supuesto, silencios.

Es curioso que una puede detenerse un instante, o varios y reflexionar sobre la importancia que se le da a los días. Hay conexiones especiales y en mi caso, de los días de la semana, es el miércoles, el consentido. Y para ti, ¿cuál es el día consentido?




*Este texto es producto del ejercicio realizado por la autora de esta columna en el taller Entonces, escribo, facilitado por la dramatura y escritora Damaris Disner Lara, el 20 de febrero de 2025 en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.





  
  

Fotografía: ROGE

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 265. En busca de un hogar. María Gabriela López Suárez

     
 
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

En busca de un hogar

Martina apresuró el paso, se le había hecho tarde para ir a traer un pedido de galletas que le encargó su primo Juan. Llegaría de viaje al día siguiente y le gustaban mucho unas galletas de mantequilla, que   preparaban en la colonia donde vivía Martina. El negocio de los postres era pequeño pero el sabor era delicioso, tenían una tradición familiar que era reconocida.
    Cada que Martina tenía prisa se acordaba de una frase familiar:
     —¡Fíjate en tu camino, no te vayas a tropezar! Más vale tarde pero seguro.
     Solo que en ese momento, recordó que a doña Fide, la dueña de la tienda de postres le gustaba que la gente fuera puntual.
     Mientras estaba en esos recordatorios, se fijó en la acera de enfrente de donde ella iba. Tres adolescentes iban caminando, casi por orden de estatura, chico, mediano y grande. Parecía que también llevaban prisa, iban entre platicando y riendo. Sin embargo, la mirada de Martina también observó un detalle, a la par de los tres chicos iba un perro, como cachorro, que intentaba ir al paso de ellos. El perrito era blanco con manchas en tono café claro, las orejas algo largas. A Martina le pareció lindo.
     Por su mente pasó la idea de que era raro que lo llevaran sin correa, sobre todo porque se veía pequeño. El perrito iba muy contento, esa sensación le dio a Martina. Tanto ella como los chicos y el perrito seguían por el mismo rumbo, en aceras distintas. Siguió atenta con la mirada y se percató que alguien de los chicos hizo un comentario como que el  perrito iba siguiéndolos, de ahí ella dedujo que el perrito no era de ellos. ¿De quién sería? ¿Qué buscaba o a quién buscaba?
     Los chicos apresuraron el paso, el perrito también lo hizo; uno de los chicos se cruzó la calle, casi corriendo, los otros dos esperaron, el perrito también. Posteriormente, cruzaron la calle los tres. Martina intentaba seguirles el ritmo, solo que los zapatos altos no se lo permitían. Por un momento pensó que los había perdido, pero no, iban un poco más adelante, el perrito no dejaba de seguirlos.
     Dieron vuelta a la izquierda, justo el rumbo que también tenía Martina. Lo que le permitió seguir observando lo que pasaba. Los chicos llegaron a un parque, ahí se detuvieron, otros adolescentes les esperaban ahí. El perrito también hizo su pausa y se quedó al lado de ellos. Los amigos de los tres chicos quedaban viendo al perrito, y aunque Martina no alcanzó a escuchar la conversación dedujo que les preguntaban de quién era. El perrito los observaba y movía la cola. Si por ella fuera se habría sentado en una banca cercana para seguir viendo qué sucedía, qué haría el perrito, si lo tomarían en cuenta. Sin embargo, aún tenía el pendiente de las galletas, así que siguió su camino.
    Por fortuna llegó en tiempo a la tienda de los postres. Revisó discretamente su reloj mientras entraba al negocio. Faltaban 2 minutos para las 6 de la tarde. Sintió un gran alivio, dejó salir un suspiro. Ahí estaba doña Fide que supervisó la entrega de las galletas y hasta le dio una cajita con unas galletas con nuevo sabor, cocoa con almendras. Martina pagó el pedido y agradeció el obsequio.
Retomó el camino a casa; pasó nuevamente por el parque, ni señal de los chicos ni del perrito. Regresó a su mente la imagen del cachorro muy contento intentando alcanzar a los chicos, como quien anda en busca de un hogar. Martina sintió un pequeño nudo en la garganta, imaginó cuántos perros y gatos estaban en situación de calle. Se prometió que si alguna ocasión tenía un perro o un gato, lo trataría con mucho amor y le daría el hogar que se merece.




  
  

Fotografía: Saqlain Ashraf Clicks: https://www.pexels.com/photo/grayscale-photo-of-a-puppy-15028332/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 264. La espera que no desespera. María Gabriela López Suárez

Fotografía por Gonzalo Guzmán García: https://www.pexels.com/photo/a-delicious-tamale-on-banana-leaf-14179987/

 Voces ensortijadas  
María Gabriela López Suárez

La espera que no desespera

La familia de Marisol se había puesto de acuerdo para cenar tamales por la celebración de la virgen de la Candelaria. A ella, a su prima Cristina, su tío René y la tía Domi, les había tocado llevar los tamales. Sin embargo, ante la insistencia de tía Domi accedieron a no comprar tamales y a prepararlos.
Marisol, poco afecta a la labor de cocinar, había expuesto sus argumentos para la compra de tamales.

—Oiga tía, pero si cocinamos los tamales tendremos más trabajo, una, ponernos de acuerdo para comprar los ingredientes y otra, prepararlos. Ya sabe que no tengo habilidades culinarias y luego nos llevaría más tiempo —dijo Marisol ante la mirada y escucha atenta de la tía Domi.
—Mirá hija, es más bonito que uno haga los tamales, podés aprender a hacerlos, así tendrás la receta familiar. Entre todos nos ayudamos, ya verás que la familia quedará bien contenta y más con el sazón que tendrán —comentó la tía Domi, con ese tono indicador que no había más que discutir, algo así como ‘no hay pero que valga’.

Ese lunes Cristina, tía Domi, tío René y Marisol habían ido al mercado a comprar los ingredientes, cada quien tenía su encomienda. La que terminó primero fue Marisol, les avisó que los esperaría en la entrada de la tienda de semillas y condimentos.
A diferencia de otras ocasiones Marisol se hizo el propósito de no presionarse con el tiempo, lo puso en práctica desde que comenzó a hacer el pedido de la lista de ingredientes que requería. Mientras la atendían en la tienda, se percató que las tres personas que trabajaban ahí se coordinaban muy bien. Por momentos la tienda se llenaba e iban tomando los pedidos conforme la clientela llegaba, nadie quedaba sin atención, la gente salía contenta con sus compras. Marisol se acordó del refrán, el que tenga tienda que la atienda. Una vez que compró sus ingredientes, decidió esperar a sus familiares a la entrada del negocio.

Se colocó en una parte donde no atrasaba el paso de la clientela que iba a la tienda. El clima de esa mañana era cálido. Alzó la vista, el tono azul del cielo era sumamente hermoso. Marisol se alegró de haber llevado puesta la gorra, así se resguardaba un poco del sol. Su atención se centró en el ir y venir de tantas personas en las calles aledañas al mercado. Observó la fluidez vehicular, supuso que porque no era quincena. Los conductores de taxis se percibían sofocados por el calor, uno que otro se secaba el rostro con la toalla que llevaba.

Volvió la atención hacia ella. Se observó tranquila, mimetizada en el entorno, disfrutando de ese momento, con todo lo que la rodeaba. Ni siquiera se había percatado de cuánto tiempo llevaba ahí, estaba experimentando la espera que no desespera. El timbre de su celular la hizo volver la mirada a su bolsa, era un mensaje de Cristina que le avisaba que estaban muy cerca de la tienda, que saliera a la calle, pasarían por ella.
—Ahora toca la experiencia de hacer tamales —dijo para sí Marisol con una sonrisa, mientras se acercaba a la calle.
  
   

Fotografía por Gonzalo Guzmán García: https://www.pexels.com/photo/a-delicious-tamale-on-banana-leaf-14179987/
Fotografía por Gonzalo Guzmán García: https://www.pexels.com/photo/a-delicious-tamale-on-banana-leaf-14179987/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 263. Febrero loco. María Gabriela López Suárez

     
   
Voces ensortijadas 
María Gabriela López Suárez

Febrero loco

La alarma del despertador sonó, a lo lejos, muy a lo lejos, Genoveva alcanzó a escucharla. Se levantó y la apagó. Había olvidado desactivarla. Era sábado, no iría a la prepa, así que volvió a dormirse.
     El resplandor del sol se coló a través de la ventana de su cuarto, esos rayos la hicieron despertarse. Abrió lentamente los ojos, se estiró y se quedó un rato más en la cama. Saber que era sábado le hizo dibujar una gran sonrisa en su rostro. Abrazó su almohada favorita, intentó dormitar un ratito más. Sin embargo, el canto de varios pájaros, en distintos tonos, la hizo recordar que era hora de despertarse.
     Se levantó de la cama, se asomó a la ventana, observó el paisaje soleado y siguió escuchando el canto de los pájaros. Era un regalo tan bello, se sintió afortunada de poder escuchar y de contemplar el cielo azulado.
     Genoveva se dirigió al baño y cepilló sus dientes. Se recogió el cabello y se detuvo unos instantes frente al espejo. Sonrió. Salió del cuarto en espera de que hallara a más integrantes de su familia despiertos. Verificó la hora, eran las 8:30. Lo más seguro era que doña Dora, su mamá, no estuviera en casa. Los sábados solía asistir a los desayunos que organizaban en la junta vecinal. Edmundo y Gustavo, sus hermanos mayores eran más dormilones que ella, así que ni las luces de ninguno.
     Se sirvió un vaso con agua. Luego preparó un licuado de manzana con avena y se asomó a la ventana de la cocina. La ropa que habían lavado la noche anterior ya estaba seca. Llamó su atención que la ropa se movía al compás del viento.
     —¿Viento en día soleado? —preguntó para sí.
     Salió al patio para cerciorarse, de nueva cuenta percibió el canto de los pájaros. Además, sintió el airecillo fresco que soplaba esa mañana. Alzó la vista, unas nubes cruzaban con prontitud el cielo, como si alguien las apresurara.
     Con algunos restos soñolientos Genoveva intentó encontrar la explicación al clima de esa mañana, antes de hacer una consulta a la aplicación del clima. Sonrió para sí, estaba dándose un receso para no usar el celular tan temprano.
     El soplido del viento trajo consigo unas hojas que fueron directo al rostro de Genoveva, como un susurro para darle la respuesta.
     —¡Con qué esas tenemos, ya recordé, estamos estrenando mes! Febrero loco, mira lo que nos has traído —dijo en voz alta.
     El canto de los pájaros seguía acompañando el ambiente de esa mañana, el viento no les distraía para nada, más bien parecía que les agradaba y los motivaba a seguir cantando.



Fotografía por Nino  Sanger: https://www.pexels.com/photo/black-and-white-picture-of-a-white-sheet-on-a-grass-field-15792430/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 262. Al son de una guitarra. María Gabriela López Suárez

     
   
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez
Al son de una guitarra

El autobús que llevaría a Federica a su nueva ciudad de residencia salía a las 15:30 horas. Federica llegó, como no solía hacerlo, muy temprano a la terminal. Ni ella podía creer que estaba media hora antes en la sala de espera. Usualmente llegaba rayando en tiempo cada ocasión que viajaba.
     Se acercó al área para documentar su equipaje, le dieron su ticket y posterior a eso, buscó un asiento. Revisó el reloj, le quedaban 20 minutos de espera. El aire acondicionado de la sala se sentía muy frío e  hizo que tuviera la necesidad de frotar sus manos.
     Luego de eso, lo primero que se le vino a la mente fue revisar su celular y enviar mensaje al grupo de chat familiar para avisar que estaba por salir. Sin embargo, se hizo el propósito de dejar un rato el celular y observar con atención qué pasaba a su alrededor. Muy pocas veces hacía eso.
     Se acomodó en la silla donde estaba, puso su bolsa sobre las piernas y contempló sus manos, tenía mucho tiempo que no se detenía a observarlas. Las frotó nuevamente, comenzó a dar un leve masaje a cada uno de sus dedos y luego a las palmas de las manos. Se fijó en sus uñas, esta vez no tenían esmalte y eso le permitía observarlas al natural. Se había olvidado cuánto le gustaban.
     Una serie de murmullos hizo que volviera la vista a buscar de dónde venían, identificó que había una larga fila de personas comprando boletos. Algunas estaban con equipaje en mano, otras con más equipaje y alguien que estuviera al cuidado.
     Giró su rostro y observó que las tres pantallas que había en la sala estaban proyectando lo mismo, una película que no se escuchaba y tampoco llamaba su atención. Sin embargo, alcanzó a escuchar un sonido que sí atrajo su atención, era el de una guitarra y una voz que acompañaba los acordes. Volvió a ver las pantallas y no provenía de ahí. Con la mirada buscó si había alguien que trajera una guitarra como parte del equipaje, su mirada comenzó a escudriñar en la fila de personas, no halló a nadie.
     Su búsqueda continuó, levantó un poco el rostro, al no encontrar lo que buscaba decidió ponerse de pie y como si estuviera tratando de identificar a alguien conocido continuó observando. Como una especie de halo de luz descubrió que quien ejecutaba el instrumento era un adolescente que muy quitado de la pena estaba cómodamente sentado en uno de los pasillos, en una parte discreta y donde también cantaba.
     Federica tomó asiento nuevamente, intentó identificar qué canción interpretaba el adolescente, hizo un esfuerzo entre los murmullos de las personas, el de la voz que anunciaba las salidas y finalmente,  se dio cuenta que era una de las canciones que a ella le gustaban, qué guapa es la gente luminosa, esa que no se preocupa de la marca de tu ropa, la que pone a la alegría siempre en su menú del día, gente que ilumina el menú, gente guapa como tú.
     —¡Pasajeros que viajan con boletos marcados a las 15:30 horas con destino a Jalapa, favor de pasar al andén 8! —se escuchó que vocearon.
     Al son de una guitarra, Federica tomó su bolso y buscó su boleto, sonrió para sí agradeciendo y agradeciéndose el regalo de esos minutos de espera. Ahora iniciaba una nueva travesía.


Fotografía: David Bartus: https://www.pexels.com/photo/person-playing-electric-guitar-435840/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 261. Atardecer en invierno. María Gabriela López Suárez

     
   
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Atardecer en invierno


Sofía revisó su reloj, ese viernes se había concentrado en el desarrollo de la propuesta de un proyecto cultural para infancias que presentaría el siguiente lunes. Tenía mucho entusiasmo por lo que representaba esa propuesta para su colonia, en el documento había integrado las ideas y necesidades que las niñas y niños de su colonia señalaron en un diagnóstico previo.
     Su celular sonó, era un mensaje de Romina, su amiga y compañera del trabajo, le recordaba que esa tarde se verían para organizar una kermés en el barrio donde vivía Romina, a beneficio de niñez migrante de madres y padres desplazados.
     —¡Chofi! Por favor, acuérdate que nos vemos hoy, a las 6 de la tarde en la canchita del barrio. Invité también a Temo, a Lupita y a Quique, seguro que traen buenas ideas.
     —¡Hola Romi! Gracias por el mensajito, nos vemos en un rato más.
     Terminó de hacer ajustes de formato al texto y Sofía revisó nuevamente el reloj, estaba justo a tiempo para salir a la cita con Romina. Se dirigió al sitio de vagonetas que la llevarían al barrio de su amiga. El carro no tardó en salir. El trayecto le tomaría alrededor de 30 minutos.
     Sofía se sentó en lado de ventanilla, se colocó sus audífonos. Pensó que tenía dos opciones, dormitar un ratito o bien, observar el paisaje.  Eligió la segunda. La luz de la tarde era sumamente hermosa. A diferencia de otros atardeceres que pintan el cielo con distintas tonalidades desde los tonos celestes, rojizos, naranjas, violetas, azules y grises, ese atardecer en invierno tenía una luz en tono dorado que irradiaba a todo el paisaje. Lo anterior, permitía que los árboles lucieran al máximo sus distintas formas, tamaños, follajes y ramas.
     El trayecto le pareció un gran regalo a Sofía, contempló ceibas, árboles de flamboyant, algunos pinos, y a lo lejos alcanzó contemplar las montañas que rodeaban la ciudad y las siluetas de los árboles que las bordeaban. Los tonos que predominaban esa tarde eran dorado y una especie de tono oscuro que le daba un toque especial a todo el paisaje, como a manera de contraluz. Indudablemente esa tarde era hermosa.
      Sumado a lo anterior, la pieza de jazz contemporáneo le daba un toque peculiar que la hacía sentirse muy animada. El celular de Sofía sonó nuevamente, era un mensaje de Romina que preguntaba si ya estaba cerca.
     —¡Romi ya estoy a unos minutos de llegar a la parada!  ¡Nos vemos en la canchita!
Mientras Romina continuaba con los ojos atentos al paisaje, su corazón también se deleitaba con la música de jazz.


Fotografía: María Gabriela López Suárez.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 260. Saludos al mar. María Gabriela López Suárez

     
  Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Saludos al mar

Cristina revisó el calendario, aún faltaban varias semanas para las vacaciones. Respiró profundo, se sintió como cuando estaba en la primaria que al inicio de cada ciclo escolar averiguaba cuándo eran las siguientes vacaciones. Estaba tan entretenida en eso que no se percató que entró a su oficina Iván, su colega y amigo del trabajo, seguido de Fabiana, la jefa del área.

—¡Hola, hola! ¡Buen día Cristi! —dijo Iván.
—¡Buen día! ¿Cómo están? —saludó enseguida Fabiana.
—¡Wow! Pero qué coincidencia, buen día, qué gusto saludarles —respondió Cristina, con el corazón un poco acelerado de la sorpresa.

Después de los saludos Fabiana comentó cuáles eran los pendientes más prioritarios y tanto Iván como Cristina tomaron nota para entregar lo que tenían avanzado y lo que trabajarían aún.
La primera en salir de la oficina de Cristina fue Fabiana. Iván permaneció un ratito más, comentaron los pormenores de las encomiendas y llegaron al tema de las vacaciones próximas, que era el tema que ocupaba la mente de Cristina antes de las visitas.

Ambos coincidieron en que ir a la playa era uno de los destinos más anhelados, cada quien dio sus puntos de vista y el por qué de ese destino. Iván se despidió y salió de la oficina.
Cristina se acomodó en su silla y se puso frente a la computadora, mientras abría el archivo que trabajaría se le vino a la mente la imagen del mar. Se quedó pensando en comentarios que habían hecho algunas de sus amistades, que caminar en la playa ayuda a soltar estrés y tensiones; que el agua salada es buena para la salud; que nadar en el mar es terapéutico; que meditar frente al mar es una experiencia única.

De lo que sí estaba segura Cristina era que a ella le gustaba ir a la playa para disfrutar las puestas del sol y también los amaneceres, para dejar que el agua del mar acariciara sus pies, para quedarse contemplando por mucho rato el ir y venir de las olas y la inmensidad del mar. En resumen, a Cristina le agradaba la conexión tan bella que sentía cuando estaba en ese bello paisaje de la naturaleza.

Hizo una pequeña pausa. Cerró los ojos, se imaginó estar sentada escuchando las olas del mar y contemplando un ocaso, desde su corazón le envío saludos al mar, como si en un susurro le dijera que era su próximo destino. Luego de la pausa abrió lentamente los ojos, volvió al aquí y ahora y comenzó a redactar su encomienda laboral.


Photo by Damien Schnorhk on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 259. Rosca de reinas. María Gabriela López Suárez

     
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Rosca de reinas

Tamara despertó temprano el 6 de enero, desde pequeña tenía esa costumbre. Como una especie de flash vinieron a su mente algunas de las ocasiones donde bajó rápidamente de la cama para ver qué les habían traído los Reyes Magos. Sintió nuevamente esa emoción, dibujó en su rostro una gran sonrisa y sus ojos se llenaron de agua.
     Repasó la lista de propósitos de año nuevo que había colocado en una parte de su habitación, el primero era Salir a caminar todas las mañanas o tardes.
     —¡Vamos ya es el sexto día! —dijo para sí. Se colocó una sudadera, pantalones, tenis y gorra. Se percató que había poca gente, disfrutó el clima fresco, el canto de las aves y esa sensación de estar dándose el regalo de hacer su caminata. Revisó su reloj, ya habían pasado 30 minutos. Regresó a casa. Nadie más se había levantado de su familia. Mientras se servía un vaso con agua, Tamara verificó si tenía algún mensaje o llamada en el celular, era muy temprano, apenas las 7 de la mañana. Sin embargo, encontró un par de mensajes, la tía Patricia le estaba recordando que llevaran la rosca de reyes y también el chocolate.
     Le agradeció el recordatorio, a Tamara se le había pasado por completo qué les tocaba compartir. Se dirigió a la cocina, preparó café y mientras bebía unos sorbos comenzó a repasar los ingredientes que llevaba la rosca que solían cocinar en la familia. Buscó en la alacena, a excepción de los higos y vainilla tenían todos los ingredientes. Para el chocolate no hubo mayor problema, contaban con todo. Buscó el molinillo que luego parecía que les jugaba a las escondidas porque no lo encontraban.
     Continuó bebiendo su café, se detuvo unos instantes para recordar en qué momento ella se había sumado a preparar la rosca con su familia. De pequeña le llamaba la atención, la cocina se volvía una especie de fiesta. Ella quería estar ahí. Hacían maravillas con pocos ingredientes. Participaban la abuelita Marce a la cabeza, tía Juli, tía Patricia, su mamá Miriam, la vecina Nati, tía Maye y su prima Rome, que era la mayor de las nietas y nietos, normalmente a quienes tenían menos de 10 años de edad no les dejaban ayudar porque se mancharían, se quemarían o se comerían algunos ingredientes como las frutas secas.
Además del gran jolgorio que se armaba en la cocina, la parte favorita de Tamara era cuando decoraban las roscas y al sentir el aroma de pan horneado. Recordaba que se quedaba en la ventana de la cocina intentando ponerse de puntillas para ver cómo quedaban las roscas antes de meterlas al horno, se preguntaba cómo le hacían para resistirse a comerlas cuando el aroma inundaba la cocina.
     Recordó una frase de la vecina Nati, ‘cuando se cocina y se hace con amor, todo sabe delicioso’. Tenía mucha razón. Ahora, a ella le tocaba ser parte de quienes preparaban las roscas. Tamara disfrutaba tanto ese momento. Se detuvo a pensar que en su familia desde hace mucho tiempo cocinaban roscas. Todas quienes formaban parte del ritual de las roscas eran mujeres, con historias interesantes que le daban los toques mágicos a las roscas, mujeres que hacían maravillas aún con una economía que en varias ocasiones había sido precaria. Roscas con amor, rosca de reinas.
 

Foto por Vinícius Vieira ft

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 258. Entre ausencias y agradecimientos. María Gabriela López Suárez

     
Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Entre ausencias y agradecimientos

Estas líneas que escribo antes de culminar el 2024 se inspiran escuchando un coro de grillos que fondea como uno de los más bellos paisajes sonoros de la noche. El clima es un tanto fresquito, agradable, me hace recordar la época invernal que en el sureste chiapaneco se torna distinto, dependiendo de la región geográfica en la que una se encuentre. Me acompaña también el calor de una velita que desprende un sutil aroma a vainilla, el fueguito que honra la memoria de quien ha partido recientemente de este espacio físico, una de las integrantes de nuestra bandita peluda. En un cuarto plano alcanzo a percibir el viento que mece los árboles.
El fuego de la velita me hace recordar a la luz que me ha acompañado este 2024, esa luz que está siempre ahí, hay que darse el espacio para tenerla presente. Sin duda, ha sido un año lleno de diversas experiencias, aprendizajes, sinsabores, ausencias, despedidas, pero también momentos únicos, intensamente gratos y amorosos que es importante agradecer.
Uno de los regalos más valiosos que una persona y un ser vivo puede tener es la salud, de ahí que llegar con salud al finalizar un año es un gran tesoro. Mientras observo el cielo, que en esta época del año nos permite percibir más estrellas que titilan, me hace evocar lo maravilloso que es el regalo de contemplar la bóveda celeste. Un tercer regalo invaluable es el acompañamiento de nuestros seres amados, los que están en las distintas vicisitudes y que reconfortan y apapachan nuestro corazón.
Y además de los regalos que ya mencioné, en este 2024 he tenido el regalo de caminar en otros espacios, en otros senderos, recorrer caminos, escuchar y encontrarme con personas nuevas, reconocerme en las redes que se han ido tejiendo con el tiempo, valorar esas redes y crear nuevas, valorarme a mí como parte de ellas. Valorar y agradecer a quienes forman parte del andamiaje que día a día se construye, se alimenta, se cuida y se fortalece.
El tema de las ausencias no se puede hacer a un lado, forman parte de la vida, se aprende de ellas, aunque el dolor pueda hacerse presente. Es necesario hacerles frente y dejar que suceda la vida. Y una parte fundamental en este 2024 son los agradecimientos, por lo que ha venido, lo que ha fluido, lo que se ha gestado, lo que el universo y la divinidad nos ha brindado.
Un agradecimiento muy especial es poder continuar compartiendo estas Voces ensortijadas de manera semanal. La escritura y la lectura son también regalos que nos permiten volver la mirada a nuestro interior, conectar con nosotras, con nosotros. Valoro, agradezco y me llena de alegría, motivación e inspiración cuando estas voces resuenan en ustedes, con algún suceso, pensamiento, evocan experiencias o anécdotas, que me comparten y me llevan a reconocer la importancia de la escritura cuando trasciende de lo personal a lo colectivo.
Muchas gracias al público por este año de lectura de las Voces ensortijadas, por el espacio de tiempo que brindan para conectar con ellas; agradezco de manera especial a Letras, idea y voz, Chiapas Paralelo y Tropikalia en Radio Siberia, por la divulgación de esta columna semanal.
¡Muy feliz y venturoso año 2025 para ustedes y sus familias! Que la lectura y la escritura sean los puentes que nos permitan conectar con más corazones y mentes.

Photo by Anugrah Lohiya on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 257. Aroma a Navidad. María Gabriela López Suárez

     
Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Aroma a Navidad

La alarma del reloj sonó a las 7 de la mañana, Roberta la apagó, recordó que era domingo y siguió durmiendo. Un sobresalto en su sueño la hizo despertar. Revisó la hora, las 8:15 de la mañana. Mientras se estiraba para terminar de despabilarse se acordó que, aunque era domingo, tenía que ir a comprar el mandado para la cena de Navidad.
Antes de preparar su café se dio un baño rápido, luego fue a despertar a Mateo, su hijo de 7 años, para que la acompañara. A Mateo le gustaba ir al mercado, solía hacer una serie de preguntas de todo lo que llamaba su atención. Ese día, Roberta había invitado a Cielo, su vecina de 13 años y amiga de Mateo, para que fueran a las compras. No recordaba a qué hora habían quedado de verse. No tardó en saberlo porque justo antes de las 9 el timbre ya estaba sonando, era Cielo, tan puntual. Roberta la invitó a tomar café con pan y luego ella y sus dos acompañantes salieron por el mandado.
Mateo y Cielo habían leído previamente la lista del mandado, así que se iban alternando para recordar a Roberta lo que tenía que comprarse. Para la cena de Navidad Roberta se había propuesto preparar Bacalao tradicional, era la primera vez que lo cocinaría, así que le hacía mucha ilusión. Aunque el presupuesto para el platillo era un tanto oneroso, sabía que la ocasión lo ameritaba. Doña Vicky, mamá de Cielo haría una sopa de pan que le quedaba muy rica, además de temperante y hojuelas. Doña Refugio, mamá de Roberta prepararía el ponche con la ayuda de don Ricardo, papá de Roberta, quien también se había apuntado para cocinar el bacalao.
Mateo iba poniendo en práctica las matemáticas al ir haciendo las cuentas de lo que se gastaba y los cambios que le daban a su mamá. Cielo también quería aportar a la celebración y dijo que con sus ahorros compraría una piñata pequeña. Mateo no quiso quedarse atrás y cooperó para comprar cacahuates y unas mandarinas, Roberta pondría dulces y confeti.
—Pero qué bonito se siente venir acompañada por el mandado, además que me ayudan a cargar con tantas bolsas —señaló sonriente Roberta, al tiempo que escuchaba cómo Mateo leía en voz alta los letreros.
—¡Obleas, hojaldras! ¡Lleve sus obleas! —se escuchó decir a un vendedor ambulante, que portaba un gorro con motivos navideños y que se movía de un lado a otro en una esquina.
Roberta observó el panorama, la algarabía de la gente por las compras, los puestos diversos por doquier, el ir y venir de las personas, el tráfico algo paciente, los policías en modo resguardo de seguridad, personas en el comercio ambulante, jóvenes y adultas mayores, algunas con rostros sonrientes, otras con mirada triste, muchas niñas y niños con rostros de asombro por ver juguetes, lucecitas con música decembrina, las decoraciones diversas en calles y comercios, los colores rojo, verde, plata y dorado al máximo.
—¡Mamá ya tenemos todas las cosas de la lista! Solo nos falta ir por la piñata y los dulces —señaló Mateo, con alegría, trayendo de nuevo a Roberta al presente.
—¡Muy bien! Se aceptan propuestas para ir a ver las piñatas —dijo Roberta.
—¡Ya tengo una buena opción, buenas, bonitas y económicas! ¡Vamos con doña Pili! —propuso Cielo.
Roberta observó los rostros de Mateo y Cielo, sus ojos tenían un brillo hermoso, agradeció desde su corazón tener con quienes compartir la Navidad, estar con los seres amados era para ella el verdadero aroma a Navidad.

Photo by Tiarra Sorte on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.