Voces ensortijadas 146. Flores de lechita. María Gabriela López Suárez

Flores de lechita

Por Maria Gabriela López Suárez

Doña Agustina y don Adolfo se estaban preparando para ir al mercado, debían comprar los productos para poner el altar en honor al Día de muertos. Era una tradición que tenían desde sus antepasados. 

—¿Llevás la morraleta grande Tinita? Aquí tengo otra bolsa mediana.

—Sí, ya la tengo apartada, gracias por decirme, luego se me olvida.

Se escuchó que abrieron la puerta de la entrada y luego unos pasos.

—Buenos días, ¿ónde es que van ya?  —era Mónica, una de sus hijas. 

—Buenos días, que bueno que vinieron. Vamos al mercado hija, te olvidaste que ya casi estamos en Todos Santos y Día de los fieles difuntos. ¿Quieren venir con nosotros? —dijo doña Agustina.

Mónica iba con Alejandrina, su hija de 10 años, quien se acercó a saludar a doña Agustina y don Adolfo. La niña apenas escuchó la invitación respondió:

—Yo si quiero ir abue, ¿me dejas mamá?

—Cuándo no, la pata de chucho luego se apunta. Tus abuelitos no van a llevar carro, hay mucha gente, tendrás que caminar —señaló Mónica para ver si Alejandrina desistía pero no lo logró. 

—Si camino, no me voy a quejar, ándale mami, déjame ir.

—Ve pues y te portas bien. Ayudas a tus abuelitos a cargar las bolsas. Me avisan cuando regresen. Se van con cuidado.

Los tres emprendieron la caminata al mercado. Alejandrina había visto cómo montaban cada año el altar sus abuelitos, le gustaba ayudarles y solía preguntar sobre la comida, los dulces, las bebidas que ponían, cómo lo decoraban y se había aprendido los nombres de sus tías y tíos fallecidos cuyas fotos colocaban en el altar para honrar su memoria.

El mercado estaba lleno a más no poder, afuera, en las calles aledañas había muchos puestos de vendedores ambulantes, se veían las ventas de dulces de calabaza, camote, higo, yuca, empanizado de cacahuate, los dulces tradicionales de día de muertos elaborados con azúcar y decorados con colores rojo y verde. No podían faltar los panes y la delicia de Alejandrina, los dulces garapiñados de cacahuate, envueltos en papel china de vistosos colores.

Dentro del mercado estaban a la venta las diversas frutas de temporada, destacando la mandarina, naranja, caña, limas, además de los tamales en sus distintos sabores. Don Adolfo y doña Agustina hicieron las compras de las frutas y encargaron a Alejandrina hacerse cargo de los garapiñados. Ella se dio gusto eligiendo envolturas de todos colores.

Solo les faltaba comprar las flores, adentro no había venta. Al salir, lo primero que se escuchó fue:

—¡Flores de lechita, lleve sus flores de lechita, de flor de coyol, de musá! ¡Lleve su juncia! —Era un niño, un poco menor que Alejandrina, quien a todo pulmón gritaba para llamar la atención de los clientes.

—Mirá Tinita, hasta cuándo veo que vendan estas flores de lechita ¿y si llevamos flores de musá, de lechita y juncia? —preguntó don Adolfo.

—Sí Adolfo, se ven muy frescas las flores y luego vamos por unas margaritas blancas que vi de aquel lado. Ya solo nos falta el carbón, el estoraque y el ocote. Vente Alejandrina, no te quedes atrás.

Alejandrina no dudó en preguntar por qué se llamaban así las flores, no recordaba esos nombres, mientras sus abuelitos le explicaban se dirigieron al otro puesto de flores y compraron lo pendiente.

Una vez adquirido todo lo necesario hicieron un repaso de la lista, para cerciorarse que nada se les olvidaba. Tenían todos los ingredientes para el altar, así que regresaron a casa, cada quien con sus bolsas.
 
Alejandrina iba bien contenta, era la encargada de llevar los garapiñados y algunas flores, estaba segura que el altar quedaría muy bonito.  A lo lejos seguía escuchando la voz del niño que vendía flores.

—¡Flores, flores de lechita, lleve sus flores de lechita, flores de coyol, de musá!


Fotografía: M. G. L. S.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 145. Dejarse consentir. María Gabriela López Suárez

Dejarse consentir

Por Maria Gabriela López Suárez

La familia de doña Linda se había dado cita en su domicilio para festejar su cumpleaños. La reunión era a la hora de la comida. Ese día doña Linda se había levantado más temprano que de costumbre para ir al mercado a comprar los ingredientes para hacer la comida, normalmente preparaba de dos a tres platillos en su cumpleaños. Esta ocasión había elegido cocinar costillitas de puerco fritas, patitas de puerco envinagradas y sopa de arroz. Se acordó que a sus hijos Pedro y Adolfo les gustaban las costillitas, a  sus hijas Marina y Julia las patitas de puerco. Y de postre se animaría a hacer flan napolitano, era el favorito de Lucia, Rogelio, Antonia y Esther, sus nietas y nieto. Por la bebida no se preocupó, Adolfo había ofrecido en llevar aguas de jamaica y horchata.

A la hora que comenzaron a llegar sus familiares la mesa ya estaba bellamente decorada, el mantel de fiesta, los tapetes rojos y un ramillete de margaritas amarillas al centro de la mesa. Esas flores eran las que más le gustaban a doña Linda, le recordaba las veces que su papá le regalaba flores cuando cumplía años de niña.

El rostro de la cumpleañera se mostraba contento, se sentía cansada pero el tener a su familia en casa le hacía sentir que el esfuerzo valía la pena. Una vez reunida la familia fueron tomando sus lugares en la mesa. Doña Linda estaba en la cocina, como siempre, atenta al servicio de la comida, las aguas, las servilletas…

—¡Mamá, por favor, ve a sentarte! Hoy es tu cumpleaños, te servimos nosotros —dijo Adolfo que estaba llenando las jarras con aguas de sabores.

—Ay hijo, sabes que lo hago con gusto, no me sé estar quieta. A ver déjame ayudarte.

—Ya trabajaste demasiado, cada cumpleaños te empeñas en cocinar tú y no disfrutas de la celebración, hasta el postre hiciste. 

Mientras Adolfo y doña Linda estaban en esos comentarios, Lucia, la más pequeña de sus nietas, de seis años, se acercó a la cocina. Quería mostrarle a su abuelita el regalo que le tenía, era un dibujo con flores amarillas, sabía que eran sus favoritas. Ninguno de los dos se percató que Lucia los estaba escuchando, guardó silencio y se regresó a la mesa con su regalo. Se sentó y pensó que se lo daría al terminar de comer.

Doña Linda y Adolfo regresaron con jarras y vasos que comenzaron a repartir. Toda la familia se sentó y degustaron la comida. Al terminar, doña Linda se levantó para ir por el postre. Lucia la observó atenta y fue tras ella. Cuando la abuelita se dio cuenta de su presencia, le preguntó si ya quería postre. Lucia dijo que no, solo quería entregarle su regalo. Doña Linda hizo una pausa y tomó con mucha delicadeza el sobre, dentro estaba el dibujo de Lucia. Le agradeció tan bello regalo y la abrazó. 
Lucia le correspondió y le dijo que lo había hecho con mucho amor. Y agregó,

—Abuelita Linda, ¿por qué no te gusta dejarte consentir?

El rostro de doña Linda mostró asombro y se quedó sin poder responder pronto. Balbuceó un poco antes de emitir alguna palabra.

—Mmm, ¿qué es lo que dices Luci?

—Es tu cumpleaños y no has descansado, ven te vamos a cantar las mañanitas —le extendió la mano y doña Linda correspondió el gesto y la tomó, mientras en la otra mano sostenía el regalo del dibujo. Linda la condujo de regreso al comedor. 

—¿Mami de nuevo en la cocina? Yo voy por el postre y los platos —comentó Marina quien se apresuró a la cocina. No tardó en regresar con el flan y 
con la velita para colocarla al centro.

Mientras la familia entonaba las mañanitas, en la mente de doña Linda resonaba la frase, dejarse consentir, qué significaba eso. Ella siempre era la que consentía, la que servía a los demás, a su familia, eso la hacía sentir bien, así la habían educado, pero… lo que Lucia había dicho la había conmovido, porque en el fondo sabía que tenía razón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, justo en el momento que toda su familia aplaudía y la felicitaba. Quizá no era tarde para permitirse dejarse consentir… se lo merecía.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 144. Tres en uno. María Gabriela López Suárez

Tres en uno

Por Maria Gabriela López Suárez

Ese viernes el sol no se levantó tan temprano, aún así la familia de Cristina madrugó para realizar sus actividades cotidianas. Don Martín y doña Hortensia vendían atoles y tamales, solían viajar a la ciudad todos los días, vivían en una ranchería que estaba como a 40 minutos de distancia. Cristina y Agustín, sus hijos, también madrugaban. Agustín iba con sus papás porque la escuela primaria les quedaba cerca del mercado donde vendían los alimentos. Cristina, en cambio, tomaba otra ruta para ir a la secundaria. Se despidieron como de costumbre, deseando llegar con bien a sus destinos y cada quien emprendió su camino.

En la ruta donde solía esperar el colectivo Cristina, normalmente, permanecía 15 o 20 minutos hasta que el cupo del transporte se llenaba. Cuando Cristina llegó se sentó en banca de la parada, el colectivo aún no llegaba. Revisó su reloj, estaba 10 minutos antes de lo que acostumbraba.

—Ahora sí te gané, señor solecito —dijo para sí, al ver que el sol aún no se animaba a dar señales de luz, mientras dibujaba una sonrisa de complicidad.

Se acomodó el gorro de su sudadera, esa mañana el viento soplaba y llevaba consigo un aire frío, como indicando la cercanía del mes de noviembre. Cristina se acordó de la frase que solían decir en su familia, ya se acerca Todo-santo, se siente y se huele en el aire. 

Abrazó su mochila y se dispuso a observar qué pasaba mientras llegaba la combi. En un abrir y cerrar de ojos fue asomándose el sol, acompañado de unas nubecitas que eran como filtro para que sus rayos fueran menos intensos. La gente que transitaba a pie iba a paso presuroso, algunas señoras usando rebozos, con sus canastas llenas de productos para vender, se iban sumando a la espera del transporte.

El viento continuaba meciendo las hojas de los árboles, Cristina estaba atenta viendo cómo las ramas se movían al vaivén del viento y los pastizales que estaban en el terreno frente a la terminal se agitaban suavemente. Se imaginaba que era como cuando se colorea un dibujo, el paisaje era sumamente apacible. 

Un ruido fuerte le hizo volver la vista, era una pequeña moto con tres tripulantes jóvenes, ninguno llevaba casco. El conductor tenía la mano derecha en el volante y en la izquierda llevaba una pala. El de enmedio llevaba en la mano izquierda un colador de arena y el último tripulante tenía un martillo en la mano derecha. Esa imagen estaba para foto, tres en uno, no solo Cristina sino las otras personas que estaban en la parada los siguieron con la vista, con mirada de asombro. 

Por la mente de Cristina pasaron muchas ideas, qué intrépidos esos muchachos, pero a la vez pensó que era un riesgo que fueran tantas personas en un transporte como la moto y con instrumentos de trabajo que podrían ser peligrosos si tenían un accidente. Nadie llevaba casco. En eso estaba cuando el colectivo hizo su llegada. Rápidamente se bajó de la banca donde estaba para formarse en la fila y abordar. 

Una vez sentada en el colectivo se quitó el gorro de la sudadera, dentro se sentía menos frío, se preparó para el viaje mientras llegaba a la escuela. En su mente seguía la imagen de la moto, tres en uno. El cuchicheo de las señoras con sus canastas la hizo volver su atención a la plática,

—A ver cómo está la venta el día de hoy doña Trini, ayer no me fue tan bien, regresé con la mitad de mis panes…



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 143. ¿Y las empanaditas de manjar? María Gabriela López Suárez

¿Y las empanaditas de manjar?

Por Maria Gabriela López Suárez

Ruth se levantó temprano ese sábado para avanzar en acomodar la nueva mercancía que le había llegado. Tenía una tienda de abarrotes, era de las más antiguas en la colonia. Esa mañana compró unas empanaditas de manjar a su vecina doña Chole, quien las preparaba, le quedaban muy ricas y solo las vendía los fines de semana. Eran tan famosas y de buen sabor que se le acababan pronto, había que hacer pedido previamente. Ruth puso las empanaditas sobre un plato y las dejó en un lugar poco visible.

Después de desayunar empezó la tarea de guardar la variedad de dulces en los frascos de vidrio que tenía. Le gustaba cuando su clientela le decía que muy pocas tiendas conservaban ese toque en el barrio. En eso estaba cuando entró Natalia, su sobrina de 9 años. 

—Buenos días tía Ruth —dijo en un tono muy apagado.

—Buenos días Nati, ¿y ahora qué mosco te picó? ¿Por qué tan triste?

Natalia, quien solía visitarla con frecuencia, le externó su preocupación porque en la escuela le habían dejado hacer unos guiñoles y no sabía cómo los haría. Se había enojado con su papá, quien le dijo que ni él ni su mamá le ayudarían a hacer la tarea. Así que recurrió a la tía Ruth.  
Estaba segura que ella la apoyaría.

—Así que de eso se trata, no te angusties Nati, te voy a dar algunas ideas. Los podrás hacer tú, sin gastar nada. Buscaré retazos de tela, hilazas, estambres, agujas y plumones. Mientras ayúdame a acomodar los dulces en estos frascos.

El rostro de Natalia se iluminó.

—¿De veras tía Ruth? Muchas gracias, ahorita te ayudo con los dulces.

Natalia inició la encomienda. Cuando la tía Ruth regresó la niña ya había terminado la actividad. Su tía le elogió la rapidez y le obsequió una bolsita con algunos dulces. Luego le preguntó si ya tenía pensadas las figuras de qué haría los guiñoles, ése era el primer paso. Buscó un trozo de papel e hizo el bosquejo de un gato. La ayudaría a hacer un guiñol, de esta manera le fue indicando el proceso a seguir. El resultado fue un bonito gato multicolor hecho con retazos de tela, a Natalia le gustó mucho.

—¡Tía Ruth muchas gracias! ¡Te quedó bien bonito! —le dijo al tiempo que la abrazó.

—De nada Nati, ya viste que no tenías por qué desesperarte. Ahora llévate los materiales para que avances en tu casa, ya me mostrarás cómo te quedan. Con cuidado al cruzar la calle.

Justo cuando Natalia se había ido, Ruth recordó que tenía empanaditas de manjar y no le había compartido a su sobrina. Fue a buscarlas. ¿Y las empanaditas de manjar? No las hallaba, cuando encontró el plato solo había una, acompañada de un trocito de papel con un mensaje de Natalia: Tía Ruth, me acordé que sueles decir las penas con pan son menos, te quiero. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 142. Ocaso en el otoño. María Gabriela López Suárez

Ocaso en el otoño

Por Maria Gabriela López Suárez

Catalina comenzó a sentir cómo la temperatura iba bajando, el airecillo de la tarde acariciaba su cabello suelto al caminar. Había decidido salir a dar un paseo, sentía la mente llena de ruido, el corazón apretado y quería despejarse un rato. 

Esa tarde era relajada, en el trayecto rumbo a casa pasaron pocos coches, para ser más precisa solo logró contar dos autos y dos camionetas. Se sintió afortunada que el lugar donde vivía aún tenía vegetación, eso le daba un aspecto campirano que disfrutaba al máximo.

Las ideas en su diversidad se conjuntaban en la mente, acechando, como una especie de enmarañamiento que se resiste a fluir. Se acordó de la respiración consciente y empezó a practicarla. Se fue sintiendo  mejor, su paso era tranquilo y la acompañaban el silbido del viento y el canto de las aves. Catalina recordó que ese canto era distintivo del atardecer, no tardaba en llegar.

Siguió su recorrido, ya le faltaba poco para estar en casa, no topó a ninguna persona. Era algo extraño. Se sintió como la protagonista de alguna película de suspenso, donde no tardaría en aparecer algo. Sonrió y se quedó pensando que su mente ya estaba en otra cosa, algo más grato, eso le pareció muy bien.

Dio unos pasos  más y llegó a su vivienda. Abrió el portón, no vio el coche de la familia. Seguro no tardaban en aparecer Renato con las sobrinas Alexa y Violeta. Antes de cerrar el portón se quedó atenta. Alzó la vista, ahí estaba el astro rey, enmarcado entre las montañas vecinas frente a la vivienda de Catalina. Era una especie de círculo perfecto, en tamaño mediano, el tono era naranja con un filtro que le daba un aire opaco, sumamente hermoso. Un bello ocaso en el otoño, sin nada ni nadie que la perturbara, era el mejor regalo que la naturaleza le había dado esa tarde. Se quedó perpleja ante el paisaje, deleitando su vista.

El sol se despidió lentamente ante su mirada, lo tomó como una señal y un apapacho para seguir caminando con alegría y asombro, a pesar de todas las vicisitudes. Esa tarde Catalina había sido la protagonista de un atardecer poco común. Inhaló, exhaló y agradeció al universo.

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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 142. Ser generosa. María Gabriela López Suárez

Ser generosa

Por Maria Gabriela López Suárez

Mientras observaba que el atardecer se había ocultado, Regina se sentó en la parada de los colectivos a esperar la ruta 125 que la llevaría cerca de su casa. Había salido de su cita con la dentista. Se alegró que alcanzó a llegar a tiempo. Al fin tenía resuelto el problema de una de sus muelas. 
Cuando el transporte llegó se subió, era la primera pasajera, en menos de 2 minutos se subió una señora, se le hizo conocida. Era doña Trini, la señora que anteriormente hacía la limpieza en la oficina donde trabajaba Regina. Doña Trini la identificó de inmediato y la saludó. 

—Licenciada, ¿cómo está? ¡Hasta cuando la vuelvo a ver!

—Doña Trini buenas tardes, casi noches, qué gusto saludarla. ¿Cómo le ha ido?

—Ahí vamos, trabajando, no queda de otra.

Regina observó que la señora llevaba una canasta grande, no alcanzó a distinguir qué llevaba porque una manta tapaba el contenido.

—¿En dónde trabaja ahora doña Trini? En la oficina la extrañamos.

Doña Trini esbozó una sonrisa, un tanto tímida, mientras destapaba su canasta. En ese momento, el conductor del colectivo subió, prendió el carro y comenzó el recorrido. 

—Ahora estoy vendiendo pan —respondió doña Trini. Y justo sacó una bolsa con panes que entregó a Regina. 

—¡Ah qué bien! —dijo Regina y  tomó la bolsa. ¡Qué bien huele! Debe saber rico. ¿Cuánto le debo doña Trini?

Nuevamente el gesto de timidez se reflejó en el rostro de la señora,

—No es nada, es para que lo pruebe, a ver si le gusta.  
   
—Muchas gracias, pero dígame cuánto cuesta la bolsita, es su trabajo, sino no hay ganancia. 

Después de la insistencia de Regina, doña Trini le pasó otra bolsa con panes y le dijo que le pagara una nada más, la otra era de cortesía.
Regina agradeció el gesto de la señora, quien no demoró en bajar.

—Bajo en la parada, por favor. Cuídese mucho licenciada, yo me quedó por acá. Es la hora de vender el pan afuera de la escuela. Ya vi que me están esperando las clientas.

—Muchas gracias doña Trini,  igualmente. Que le vaya muy bien y gracias de nuevo por el pan. Baje usted y yo le paso la canasta.

Mientras el transporte se alejaba Regina alcanzó a ver cómo se acercaban las señoras a doña Trini, se alegró que tuviera esa fuente de trabajo. Y se quedó pensando en el regalo que le había obsequiado esa tarde la señora, el ser generosa. Recordó que su abuelita materna solía decir, a veces las personas más humildes son las que suelen ser más generosas, comparten lo que tienen, lo hacen con todo su corazón y eso se valora mucho. Sin duda alguna, doña Trini era una de esas personas generosas. Regina sonrió y se sintió afortunada de coincidir con ella en su caminar.

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Voces ensortijadas 140. Prohibido rendirse. María Gabriela López Suárez

Prohibido rendirse

Por Maria Gabriela López Suárez

Los espejos de agua que formó la lluvia de la noche, alumbrados por los rayos de sol, reflejaban las imágenes de los patos y gansos que se movían para ir a beber agua. Cristina se asomó por la ventana para ver si el sol había decidido levantarse esa mañana se percató que sí. Había demorado en asomarse, eran más de la nueve y apenas iniciaba su saludo matutino.

Los ánimos de Cristina estaban algo bajos, su estado anímico obedecía a su situación de salud. Sus estudios médicos no habían sido favorables. Marlene, su hermana y única familiar le echaba porras para que siguiera con su tratamiento.

Esa mañana Cristina puso mucha atención en uno de los gansos que tenía Marlene en su patio, presentaba alguna especie de enfermedad, el cuello lo tenía hacia abajo. Nunca se había percatado de él, hasta ese momento. Observó que por su enfermedad caminaba con dificultad, sin embargo, se movía y hacía las demás actividades que sus compañeros gansos. 

Sin dejar de prestarle atención Cristina se quedó pensando que ese ganso era un ejemplo de vida. En todo el rato que lo observó percibió en él su anhelo de vivir. Su limitación no le impedía moverse, tomar agua, comer y andar con sus compañeros. Era sin duda un aliciente que la vida le presentaba para que ella continuara la batalla que le correspondía enfrentar. 

El cielo se fue nublando y el sonido de la lluvia que comenzaba a caer hizo que los gansos se juntaran justo donde las gotas caían con más fuerza. Todos estaban ahí y alrededor los patos, como una especie de jolgorío de aves.

Cristina respiró profundo y sonrió. Aunque le costaba aceptarlo, la vida era una constante lluvia de retos, todos había que irlos enfrentando. De alguna manera cada reto se iría librando, la importante lección que le había recordado esa mañana el ganso era que, a pesar de todo lo que sucediera, estaba prohibido rendirse.


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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 139. Hasta siempre. María Gabriela López Suárez

Hasta siempre

Por Maria Gabriela López Suárez

Esa mañana Joaquina sintió ganas de sentarse en el banquito que solía usar Benjamín, su hijo, cuando tenía dos años y hacerse pequeña, taparse con una cobija la cabeza y quedarse ahí un largo rato para luego destaparse y volver a la realidad, sin sentir tristeza. Sin embargo, eso no era posible.
 
La noticia del fallecimiento de su amiga Irene la tomó por sorpresa, tenía rato de no verla. Sus rumbos tomaron distintas rutas y eso no les permitió frecuentarse como antes. Si de algo estaban seguras era que el cariño permanecía en sus corazones, a pesar de las distancias físicas. Y eso siempre lo tuvieron presente.

Joaquina no pudo evitar traer a la mente la pregunta que alguna vez le hizo Joaquín cuando tenía cuatro años,

– Mami, ¿de qué tamaño es nuestro corazón?

La respuesta de Joaquina fue:

– El corazón tiene el tamaño de un pequeño mundo.

Y en ese mundo le dijo que estaban las personas que cada uno amaba y también  se guardaban los momentos que no eran felices. Justo estaba sintiendo uno de esos momentos, la partida de Irene. Su mente evocó el rostro de su amiga, sonriente, pizpireta, un rostro amable que inspiraba confianza y sinceridad. Las anécdotas compartidas fueron asomando una a una, todas llenas de cariño, risas, aventuras y andanzas que formaban parte de su memoria y de su corazón. Estaban ahí y las agradecía.

Joaquina se asomó frente a la ventana de su cocina, el sol no tenía muchos ánimos de salir, los tonos grises del cielo se ponían acorde al sentir de esa mañana, nostálgico. Dejó que las lágrimas fueran aflorando poco a poco hasta que no pudo contenerse, era necesario fluir.

El sonido del teléfono le hizo volver la atención. Era Cristina, otra de sus amigas que le llamaba para ponerse de acuerdo y que fueran a despedir a Irene. El teléfono volvió a sonar, era Benjamín, su hijo, que ya se había enterado de la noticia y se ofrecía a llevar a Cristina y a ella a la terminal de camiones. Joaquina comenzó a preparar su maleta; mientras empacaba tuvo sentires encontrados, regresaría al terruño de su amiga donde habían estado tantas veces, solo que ahora para darle la despedida, más bien el hasta siempre.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 138. La escritura por placer. María Gabriela López Suárez

La escritura por placer

Por Maria Gabriela López Suárez

Al público lector de las Voces ensortijadas

El canto de las aves me acompaña mientras tecleo en la computadora. El paisaje de hoy es  nublado, con tintes de nostalgia y alegría -eso percibo en los días lluviosos-, en segundo plano se escucha el barullo que hacen los gansos, más allá el ladrido de un perro y uno que otro coche que pasa en la calle. 

Escribo con el gusto y ánimo de cada semana, como lo hago desde hace cinco años y en esta entrega quiero compartir con ustedes, público lector, la alegría que me da la publicación de la Antología I, 2020-2021 de las Voces ensortijadas con el sello de la Editorial Tifón. Me siento muy agradecida con el Creador del Universo, con mi familia, con quienes cada semana leen estas líneas y con quienes han compartido su valiosa colaboración para esta publicación, Roger Octavio Gómez, editor de la Revista Letras, ideaYvoz por el estímulo para realizar el proyecto y por el patrocinio; Damaris Disner por el acompañamiento desde el inicio de esta columna; Erik García por compartir tu arte y  Editorial Tifón, casa editorial chiapaneca, por el trabajo realizado.

La Antología I, integra 100 textos de estas Voces ensortijadas, en cada uno de ellos va un cachito de mi corazón, con la intención de compartirles diversos instantes de las realidades que están presentes y cómo las percibo o se perciben, teniendo como herramienta en varias ocasiones un tinte de ficción. 

La escritura por placer, además de ser grata compañera para echar a volar la imaginación o retomar momentos cotidianos de lo que acontece -dentro de lo más común, en el día a día – es una bella manera de sanar el alma, de conectar con otras personas y de comunicarnos, más allá de las fronteras territoriales. 

Escribir por placer tiene sus retos, tener disciplina -como me suelen recordar Damaris y Erik-, es necesaria una dosis de ánimo, entusiasmo y ganas de compartir. También está el cómo se organiza la historia, el relato o el texto que se redactará, que las ideas afloren y vayan tomando forma. Es todo un entramado de colores que se van entretejiendo y que cuando se ven plasmadas las ideas llenan de alegría, más cuando conectan con quienes las leen.

En este proyecto he tenido una serie de avatares en la publicación, al ser un proyecto independiente se convierte en una labor de autogestión y por supuesto, implica inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, además de estar pendiente de todas las etapas del proceso. Sin embargo, en esta red de puentes que se van integrando en la vida, es importante contar con quienes se sumen, colaboren, compartan desde el corazón y animen a continuar con los proyectos. Desde ahí va mi agradecimiento para quienes han estado en este proyecto personal que se ha tornado colectivo.

Al público lector, nuevamente, les agradezco el dar lectura a las Voces ensortijadas, compartir sus comentarios, anécdotas y experiencias con las que resuenan, son una parte importante para continuar con la escritura por placer. Les invito a estar pendientes de las presentaciones de la Antología para poderla adquirir.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 137. Emprender el vuelo. María Gabriela López Suárez

Emprender el vuelo

Por Maria Gabriela López Suárez

La tarde de verano era lluviosa, con tintes de nostalgia, o al menos así lo percibía Rosaura quien observó con atención mientras Ernesto se perdía en el andén número 8  para abordar el autobús que lo llevaría a su nuevo destino. Antes de subir volvió la vista hacia Rosaura y Joaquín, su  mamá  y su papá, les dijo adiós moviendo la mano derecha y enviándoles un  beso. Rosaura sintió que el corazón se le estremecía y se le hicieron nudos en la garganta, sin poder evitar sollozar. Joaquín la abrazó al tiempo que le decía con los ojos llenos de lágrimas,

—Nuestro muchacho estará bien, ten en cuenta que ha decidido cambiar de ruta para iniciar su camino profesional.

Rosaura no pudo hablar, solo asintió mientras dejaba que fluyera el llanto.

Al llegar a casa hubo un silencio prolongado por parte de Joaquín y Rosaura, el ambiente era de nostalgia ante la ausencia de Ernesto. Se echaban de menos las noches con música de rock  alternativo, jazz, blues o reggae, algunos de los géneros que solía escuchar su hijo. Neska, su gata, rompió el silencio, llegaba no solo a saludar sino a recordarles que era hora de su cena.

Rosaura la abrazó y colocó en su regazo para acariciarla, mientras Joaquín iba por el alimento. En cuanto Neska se dio cuenta que ya tenía su cena, saltó de inmediato para ir en busca de ella. Joaquín le volvió la vista a Rosaura y sonrieron. También era hora de cenar para ellos.

—¿Qué te parece si hoy preparamos crepas dulces lopara la cena? Aún hay mermelada de guayaba que preparé —comentó Rosaura.

—Muy buena idea y la acompañamos con un té chai con leche —señaló Joaquín.

Rosaura prendió la computadora, buscó música de jazz latino y la dejó como fondo. No pudo evitar que los recuerdos asomaran a su mente, Ernesto en sus distintos momentos, siempre optimista y con entusiasmo para llevar cabo sus actividades y proyectos, alegrándoles cada momento.

Comenzaron a preparar la cena, la sirvieron y se sentaron a degustarla. 
Neska, por su parte, estaba ya en su cojín, aplicando aquello de ‘barriga llena, corazón contento’.

Joaquín y Rosaura hicieron varios brindis, por el nuevo proyecto de vida de Ernesto, para que le fuera muy bien, la separación les daba tristeza pero a la vez era una alegría que tuviera la oportunidad de emprender el vuelo para iniciar su carrera profesional. Un brindis por la vida que les permitía estar juntos y disfrutar esta nueva etapa en pareja y otro más por la compañía de Neska quien les recordaba que la vida continúa y que en familia se disfruta más. De fondo sonaba una pieza de bossa nova arrullando la noche, como augurio del inicio de una nueva etapa en la vida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.