Polvo del camino. 183. Las trampas de la eternidad. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                               Polvo del camino/ 183

                            Las trampas de la eternidad
                                    (Minificción)
                              Héctor Cortés Mandujano


No sé en qué momento de mi vida (o de mis vidas) decidí hacer una pequeña trampa. Nací no sé de quiénes ni dónde y mis primeros recuerdos son de un orfanato. Pasemos por encima de todas las tonterías cotidianas (que incluían maltratos, hambre y una serie de zarandajas con las que los pobres de espíritu se entretienen llorando) y lleguemos al punto clave: la primera vez que vi a Clo.
	Ella era una muchacha, pero o no estaba antes en este establecimiento financiado por ricos o de pronto, como hacen algunas de su raza en el campo, floreció y sus ojos de cierva, sus pechos, su cintura, sus movimientos se adecuaron a mi sueño recurrente de mujer.
	Como Romeo y Julieta éramos adolescentes y como ellos, sin el baile, nos vimos en el patio, y nos citamos a la medianoche en el cuartucho de trebejos donde conocimos el amor y la pasión. Lo hicimos casi sin palabras, como si no hubiera mañanas.
	Nos hallamos 15, 20 veces donde multiplicamos las ganas y las formas de amar. Nos prometimos, con la honesta cursilería del caso, la eternidad juntos. Ella se fue un día, se supone que alguien la adoptó; yo escapé después y una vez, pasado el tiempo, me la encontré; yo ya era un borracho vagabundo, sin esperanzas, y ella estaba convertida en una gran señora. Tal vez fue ese golpe al corazón –saberla perdida, nunca mía– el que me mató la primera vez.

De nuevo en el orfanato la vi y supuse que era la mujer de mis sueños. Estuvimos juntos 15, 20 veces hasta que un día ella se fue… Yo escapé y esa noche, quién sabe cómo ni porqué, descubrí que eso ya había pasado, y que me volvería alcohólico y me la encontraría convertida en una gran señora y…
	Me morí varias veces hasta que descubrí que…
	Aquí ideé mi trampa: mover las fichas para que ella y yo viviéramos juntos siempre.

Hallé la forma y me descubrí un gran señor y fui por ella al orfanato, y la elegí como si fuera a adoptarla, pero me casé con ella. La amé con la mayor ternura que había guardado en tantas vidas sucesivas, y porque mi cuerpo no estaba para pasiones incendiarias: yo era un viejo y ella era apenas mayor de edad…
	Un día volvió a nuestra mansión y la vi fuera de sí. Pregunté a una de sus damas de compañía sobre lo que había pasado en la calle, y ella me dijo que Clo se había puesto de esa manera –blanca como papel, temblorosa, desquiciada– después de ver a un vagabundo borracho en la calle. Sonreí. Le iba a explicar que era yo mismo, en otra encarnación, cuando me anunciaron su deceso.
	Clo muerta.
	Dejó un diario donde leí sus cartas de amor al muchacho del orfanato: “Te amaré siempre –decía–, aunque tenga que vivir mi vida junto al viejo asqueroso de mi marido, al que odio con toda el alma”. 
        La vida, comprendí, es más tramposa que la peor zorra del monte.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 182. Las enseñanzas de Judas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
                               Polvo del camino/ 182

                         Evocadas palabras de otro libro/ X
                              Las enseñanzas de Judas
                              Héctor Cortés Mandujano

El profesor Judas Iscariote calló, luego de su larga exposición, y vio al auditorio atento a sus movimientos pausados ya por su avanzada edad.
	Suspiró satisfecho de haber terminado la clase, porque, con sus años, estar de pie durante tanto tiempo no era una de sus actividades favoritas. Le encantaba, eso sí, dar cátedra, enseñar, ayudar a que los demás supieran pensar, hurgar en sus inteligencias.
	—¿Alguien tiene una pregunta?
	Estaban en un espacio al aire libre, semicircular, hecho de rocas, donde la veintena de jóvenes se hallaban sentados como si aquellos asientos duros fueran pedazos de nube.
	—Maestro –dijo uno–, yo quisiera saber cuándo va a hablarnos de Él. Prometió que un día lo haría…
	Judas suspiró y dijo:
	—Ese día es hoy. Pueden preguntarme lo que quieran.
	Sin excepción, levantaron las manos. Judas los iba señalando y ellos hacían las preguntas.
	—¿Cómo era Jesús?
	—Era un hombre.
	—¿Y de verdad hacía milagros?
	—Sí, de hecho, todos podemos hacerlos. Él insistió en que nadie estaba enfermo, nadie moría, se podía caminar sobre el agua, se podía volar… y lo que dijo es cierto.
	—¿Usted lo quería?
	—Lo amaba.
	—¿Y por qué lo traicionó?
	Pareció callarse el mundo. No se oyeron las respiraciones luego de estas palabras. Judas no se inmutó.
	—No existe la traición. Las cosas que los demás hacen, para ti sólo son interpretaciones. Por ejemplo, si me meso las barbas, tú crees que estoy pensando con profundidad y tal vez eso no sea cierto. Yo hago un acto y tú lo interpretas, y lo mismo hago yo contigo. ¿Traición? Es una palabra que aplicas a un acto. No existe algo en el universo que se llame traición. 
	—Usted lo entregó a los soldados…
        —Sin mí, Jesús no hubiera sido sacrificado y su asesinato –violento y cruel, inhumano– fue una forma extrema para lograr que despertaran las conciencias. También sirvió para demostrar que la muerte no existe.
	—Se dijo que usted se había ahorcado por remordimiento.
	—¿Tú me ves ahorcado, tengo señales del lazo en mi cuello?
	—¿Dónde está ahora Jesús?
	Judas señaló a quien preguntaba, dirigió su índice después a los cuatro puntos cardinales, y por último a su cabeza y su corazón.
	—Ahí, allá, aquí.

Los demás bajaron sus manos. El maestro levantó la suya en señal de despedida y varios acompañaron a Judas Iscariote en el camino a su pobre casa. Allá lo esperaban sus hijos y varios nietos. Los jóvenes y su familia lo adoraban, lo consideraban un hombre maravilloso. Judas era feliz.	

***

[En Borges (Editorial Destino, 2006: 527), de Adolfo Bioy Casares, dice Borges: “Pensé alguna vez escribir un cuento sobre Judas. Decir que no se suicidó después; siguió viviendo entre los discípulos, que lo querían mucho. Obró como obró, de puro infeliz. Todos sabían que era un infeliz y lo querían. Sobrevivió a todos y hubo una época en que la gente lo miraba con veneración, porque era el discípulo, el único que quedaba”. Borges escribió este proyecto enunciado y anunciado aquí. Se llama “Tres versiones de Judas”, y es parte de su célebre volumen de cuentos Ficciones.]

 

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 181. Para un sólo deán. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
                                Polvo del camino/ 181

                                 Para un solo deán
                               Héctor Cortés Mandujano

Sueño constantemente con bibliotecas, que leo en ellas: estantes infinitos, atiborrados de libros (Borges se me aparece en la memoria, por razones obvias). A veces soy un viejo que revisa papiros, volúmenes incunables en espacios líticos, que nunca he visto en la vigilia. A veces encuentro libros en pagos selváticos y en cómodo sillón me veo disfrutando de pasar las páginas luego de haberlas gozado, consumido. Leo libros que nunca se han escrito, de autores que supongo inventa mi incesante actividad onírica.
	Uno recurrente es que voy a librerías y compro montones de ellos. Otro es que los que quiero leer son enormes y con más de tres mil páginas. Cargarlos (lo hago, para revisarlos) no es fácil y son temáticos: sobre el siglo XII, de asuntos filosóficos, novelas que no se habían publicado, volúmenes que fueron censurados… Las ediciones son bellas, cuidadas, carísimas. Me doy cuenta que sólo podré comprar uno o dos. Lo hago. Luego vuelvo a soñar con el mismo lugar (está en una gran ciudad desconocida y tengo miedo de perderme. A veces llamo a una amiga o amigo y le pido que venga por mí, porque no sé dónde estoy) y compro uno o dos más. Sé que no me alcanzará la vida para leerlos todos, aunque sólo me dedique a eso, como quisiera.
	También sueño con palabras que no existen. En algún momento, por consejo de mi mujer, las he apuntado (he escrito incluso sobre ellas alguna vez); ella piensa que podrían ser un diccionario que quizás me llevara a escribir algo así como un libro sagrado. “No me interesa la idea –le dije–; si algún espíritu quiere escribir un libro, que se busque otro amanuense, yo bastante tengo con mis propias locuras”.
	Un asunto aparte es que a veces sueño que reviso libros míos que no he escrito y no creo escribir. De uno de ellos hablé una vez (“El amor es el corazón de un cerdo”) e incluso cité algo de su contenido. Porque además es eso: leo en sueños y en muchos casos recuerdo mis lecturas. Escribo también en sueños, por supuesto.
	Ni hablar de todo lo que de mis noches dormido ha brincado, a veces sin retoques, a mis obras de teatro, novelas, cuentos, artículos, varia escritura. Es lo más. Mucho de mi imaginación está centrada en la más profunda oscuridad, mientras tengo los ojos cerrados, la respiración tranquila, el corazón relajado; mientras “el músculo duerme y la pasión descansa”.

Soñé hace poco que presentaba mi libro Para un solo deán. No lo he escrito, por supuesto, ni sé de qué podría tratarse, porque en mis sueños estoy agradeciendo los aplausos, solo, de pie ante la audiencia, y luego me veo en el brindis posterior, con una copa en la mano, y debajo del brazo el susodicho: a todo lujo, cuadrado, de pasta dura, fondo blanco, con dibujos prehispánicos en la portada.
	Me veía feliz, risueño, como si hubiera escrito algo plausible. Escribo esto para dejar constancia. Tal vez algún día se me ocurra en sueños la trama y lo escriba, dado que mi actividad onírica (como si fuera una multitud de duendes) trabaja en esas materias más que yo. Ya veremos. 

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 180. La vida feliz de L. V. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                                Polvo del camino/ 180

                               La vida feliz de L. V.
                              Héctor Cortés Mandujano

                                                                    In memoriam


—¿Cómo amaneciste? –dijo Isa.
        —Bien –mintió Lupita.
        —Voy a hacer el desayuno y te lo voy a traer a la cama.
        —No, quiero ir a la mesa.
        —Estás muy débil, mejor quédate descansando. 
        —Bueno, ayúdame a moverme, porque me pasé la noche inmóvil. Me duelen los huesos.
	Isa ayudó a Lupita a recargarse sobre su hombro derecho.
	—¿Así estás bien?
	—Sí.
	—Ahorita vengo, voy a prepararte un jugo.
	—Gracias.

Lupita, cuando quedó sola, tuvo una regresión a su infancia: pasaron veloces las imágenes de sus padres (peón él, sirvienta ella), que trabajaban con los papás de Isa. Lupita tenía en ese entonces seis-siete años y ya ayudaba a su mamá. Un día, sus papás le dijeron que regresarían al paraje indígena del que provenían. El papá de Isa los despidió con afecto y les dio un dinero de compensación por el tiempo que habían trabajado.
	El papá de Lupita dijo:
	—Si quiere que se quede mi hija con usted para que le ayude, se la dejamos, se la regalamos.

Lupita se convirtió en la cuidadora, en la nana de los hijos de su patrón, que le fueron naciendo en su matrimonio. Eran muchos. Cuando la menor de ellos tenía ocho años, murió la patrona y Lupita se volvió indispensable en la vida de los niños, que fueron creciendo, casándose, formando nuevas familias.
	Lupita se quedó a vivir en la casa de quien consideró no su patrón, sino su padre, cuando él murió. Para todos los demás hijos, Lupita era una hermana.

Una de las particularidades de su carácter era que nunca discutía (“como tú dices/ como usted dice debe ser”), no insultaba, estaba dispuesta a ayudar a quien se lo pidiera y se reía incesantemente de casi todo. Su capacidad de no causar ni causarse conflictos era notable; su inteligencia emocional para ser feliz era su santo y seña. Envejeció y comenzó a tener achaques, hasta que le vino una enfermedad grave, que la puso en cama.

Isa hizo con rapidez el licuado y regresó a la recámara donde, dos-tres minutos antes, había dejado a su hermana. La halló recargada sobre su hombro derecho. 
        Lupita no tenía gesto de dolor, sino una sonrisa en el rostro: había muerto.




Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 179. Un equis bato. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz

                        
                                Polvo del camino/ 179

                                  Apuntes de oído/16
                                    Un equis bato
                                Héctor Cortés Mandujano

                                                               Luz a los poetas,
                                             pa’ que no anden malgastando letras

                                                              Marcial Alejandro,
                                                                        en “Luz”

Marcial Alejandro nació y murió en Ciudad de México (1955-2019). Su obra musical, grabada por él mismo, se reduce a tres discos: Marcial Alejandro (1984), Aquí estoy (1993) y Sin Cruz (2004). Tenía sentido del humor. En una entrevista, a propósito de su segundo trabajo dijo que era “el disco de la década”, no porque fuera maravilloso, sino porque se había tardado diez años en grabarlo.
	Antes y después estuvo en grupos y discos colectivos, y canciones suyas fueron grabadas por, entre otras, Tania Libertad, Margie Bermejo, Betsy Pecanins, Amparo Ochoa, Maru Enríquez (quien fue su pareja) y Eugenia León.
	Me gustan muchas de sus canciones. Le daba vueltas a las palabras (en su primer disco musicaliza versos de Miguel Hernández, “Canción última”, y un texto recopilado por Juan Rulfo, “El gavilán”) y trataba de huir de lo manido. En “Nos caímos juntos”, de su tercer disco, usa con exactitud dos palabras que usualmente la gente usa como sinónimos: Terco, que se refiere a la persistencia, y necio, que se refiere a la tontería. La Real Academia de la Lengua dice que terco es “pertinaz, obstinado e irreductible” y necio “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”, en su primera acepción; en la segunda: “Falto de inteligencia o de razón”.
El famoso inicio de las redondillas de sor Juana, “Hombres necios que acusáis”, hace alusión no que a los hombres sean tercos, sino a que son tontos si hacen lo que nuestra inteligente monja describe. En el colmo de la confusión, tal vez pensada, Silvio Rodríguez tiene una canción que se llama “El necio” y parece que se refiriera a la terquedad no más ("Yo me muero como viví”), aunque quizás también a la estupidez de no querer cambiar.  
	Hablábamos de “Nos caímos juntos”. En una parte de su letra dice: “Los dos pagamos el mismo precio: uno por terco y otro por necio, qué caray”.
Con “El fandango aquí”, interpretada por Eugenia León, ganó el Festival Internacional OTI, en 1985.
	La pieza es de muy ágil ejecución. La letra tiene, me parece, varios logros formales desde su primera línea, que mezcla presente, pasado y futuro con mucha gracia: “Vamos andando, porque el fandango a punto está que empezó. Vámonos, vámonos a la fiesta, que el que no va no llegó. El buen semblante lucir, como quien va a seducir, pedir su mano y, ya de plano, lo que se pueda pedir”.
	La pachanga que describe la canción hace que se rompan todas las distancias: “En semejante tropel, amiga de éste y de aquél, al poco rato un equis bato quiere que pague por él”.
	Vale la pena oír las canciones de Marcial Alejandro. Hay hondura y buena escritura en ellas. Dice en “Se puede morir”, de su tercer disco: “Lo que sin duda es terrible es morir de soledad. […] Ese viaje en que te fuiste, debe resultar muy triste cuando nadie te da un beso”.

En una entrevista (la recuerdo con las imprecisiones de la memoria), Eugenia León contó que a Marcial le dio una enfermedad terminal; él puso en orden todo lo suyo, se despidió de sus amigos y familiares, y se fue sin decir adónde a nadie, para que nadie se ocupara de las miserias que supone la atención de alguien que no tiene remedio. 
Para hacer lo que hizo se necesita una altura que no todo mundo tiene. No quería ni lástima ni compasión. No era, no fue un equis bato. 

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 178. Las trampas de la inspiración. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                        
Polvo del camino/ 178

                        Las trampas de la inspiración
                                (Minificción)
                           Héctor Cortés Mandujano

                                                       A Luisa, mi mujer,
                                        y a quienes estuvieron esa noche…

Llegó el escritor a la fiesta y fue recibido con aplausos. Le fue servido un trago, que él tomó con avidez. Su mujer, discreta, se sentó a su lado.
	Él tomó la palabra, como solía hacer, y contó anécdotas sobre libros y películas; lució su saber disímbolo y fue escuchado en silencio por los demás, que lo llamaban Maestro.
	La noche comenzó el camino de las manecillas que suelen medir el tiempo y el hombre comenzó a sucumbir ante el alcohol, que se le servían con prontitud y buen ánimo. Su mujer, a su lado, bebía agua mineral y luego, hacia la madrugada, un par de tazas de café. Rara vez condescendía al vino, salvo que fuera suave, dulce, de buena calidad. Nunca más de dos copas.
	El Maestro ya no tenía la atención de todo el grupo y su sapiencia se concentraba en los oídos de sus cercanos, quienes asentían, sonreían, agradecían.
	Llegó el momento de irse. El Maestro, con el cerebro obnubilado y el paso tambaleante; su mujer, incólume, tomó su papel de chofer cuidadosa, hábil. 

Cuando el Maestro despertó tenía dolor de cabeza. Su mujer, atenta a su despertar, puso en sus manos un vaso con un líquido, que para él fue como agua en el desierto.
	Le fue servido un desayuno frugal y luego el hombre, ya a todas vistas mejorado y lúcido, se regaló un pausado baño.
	Con su bata china y sus cómodas pantuflas, el escritor veía el jardín cuando su esposa llegó hasta él y le dijo con suavidad:
	—¿Te diste cuenta de que anoche nuestro amigo Ángel parecía triste?
	—No.
	—No era una tristeza depresiva –agregó ella–, sino algo más sutil. Como un desinterés vital, como si la realidad le pareciera apabullante.
	Él nada dijo, ella continúo:
	—Creo que valdría la pena que escribieras sobre un personaje como él, ¿no crees?, con un dejo fantástico: un ángel harto de su trabajo bondadoso, que ha notado que no vale la pena salvar las almas humanas.
	Ella se fue y él se quedó allí, adormilado. Se durmió luego. Cuando despertó pensó en escribir un cuento sobre un hada enamorada de un árbol danzante (tal vez su sueño se lo hubiera sugerido), que dejaba solo al humano que debía guardar para volar hasta la montaña y ver cómo aquel ser arbóreo danzaba con el viento, cantaba a la noche con la voz innúmera que salía desde la oscura tierra donde bebían sus raíces, desde las ramas más tiernas que eran acariciadas por las estrellas… 


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 177. Creer en el génesis. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
Polvo del camino/ 177

                               Árbol-Jaguar/ 6
                             Creer en el génesis
                           Héctor Cortés Mandujano

                   Al fin y al cabo, las personas son la sal de la tierra

                                                       Sebastião Salgado


Ya conocía las fotografías de contenido social del célebre fotógrafo brasileño Sebastião Salgado (Aimorés, Minas de Gerais, 1944) cuando compré el voluminoso y espléndido Génesis (2013), cuya intención es, simplifico, mostrar la naturaleza no habitada por el hombre, aunque en las últimas páginas haya seres humanos que viven y conviven con ambientes ásperos, helados. 
	Ver después el documental La sal de la tierra (2014), dirigido por Win Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião, me pareció que me iba a dar más información, más imágenes dolorosas y maravillosas del hombre y su entorno. 
        Y así fue.
	Sin embargo, la tercera parte del documental supuso mi mayor sorpresa. Sebastião fundó con su esposa Leila el Instituto Terra, en Brasil, con la intención de transformar el rancho familiar Bulcao, de Aimorés, donde Sebastião vivió de niño.
	A su regreso, después de andar por el mundo ejerciendo su oficio y su vocación de “pintar con luz”, el fotógrafo descubrió que su familia, por su dedicación a la ganadería, había deforestado totalmente la selva que él recordaba en su hacienda. 
        Donde habían existido antes miles de árboles, plantas, animales, había sólo tierra seca, erosionada, yerma. 
	La apuesta de Leila y Sebastião fue recuperar la selva perdida. 
        Lo consiguieron después de más de diez años.
        Dice Wikipedia: “Actualmente el Instituto Terra ha recuperado más de 297 especies de árboles nativos. En un total de 710 hectáreas ha acogido de manera natural a diversos animales, y hoy en día es un foco permanente de difusión por la conservación del planeta. La hacienda cuenta con asesoramiento para agricultores y un programa educativo que difunde los beneficios de la conservación de los bosques y el agua, creando conciencia ambiental”.
        No he visto de nuevo el documental, pero recuerdo que Salgado dice que cuando los árboles sembrados fueron naciendo, creciendo, fueron surgiendo a la par otros árboles, otras plantas, hasta que un día nació un arroyo aparentemente salido de la nada y otro día apareció un jaguar…
        Hay quienes, desde la religión, sólo están obsesionados por el apocalipsis y hay, por suerte, aquellos que no han cesado de creer en el génesis. Hay los que son veneno y los que son, para bien de todos, la sal de la tierra.

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 176. Ellél. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
Polvo del camino/176
                                   Ellél
                               (Minificción)
                           Héctor Cortés Mandujano

                                              La divina estaba desnuda.
                                           Rosa y nardo dieron su olor…
                                        Mi alma estaba extasiada y muda, 
                                             y en el sexo ardía una flor

                                                            Rubén Darío,
                                             en “La hembra del pavo real”


La muchacha vivía sola, en las afueras, y desde su ventana vio a un joven que iba hacia su casa. No sabía cómo se llamaba, pero ya lo había visto y le gustaba su modo de vestirse: camisas de grandes flores, pantalones extraños, ceñidos; cabello largo. Le gustaba él.
	Lo veía, a veces, y le hubiera gustado hablarle, tocarlo, conocerlo.
	Oyó el toquido de la puerta y fue a abrir.
	—¿Diga?
	Hasta ese momento no había visto sus ojos tan de cerca. Le encantaron.
	—¿Puedo pasar?
	—Adelante.
	Lo guio hasta el comedor. Le ofreció asiento y el muchacho, con un gesto de manos, le hizo saber que estaba bien de pie. Ella dijo:
	—¿En qué le puedo ayudar?
	El muchacho dijo, pareció, un discurso ensayado.
	—Mire, no quiero quitarle mucho tiempo. Sé que le gusto. Vine a hacerle el amor. Lo haremos sólo si usted está de acuerdo...
	—¿Qué quiere que haga?
	—Desnudarse, tenderse.
	—¿No le molesta que lo haga sobre esta mesa?
	—No.
	Ella se quitó la bata de entre casa y quedó casi desnuda. No traía puesto sostén. Se quitó la última prenda y vio que el hombre se había bajado los pantalones y mostraba su falo erecto.
	Se acostó sobre la mesa y no vio que el hombre se desnudó por completo. Se montó en ella. Las caras quedaron una contra otra. Se besaron.

El joven cerró los ojos unos instantes previos a la eyaculación. Sintió un placer intenso y gimió con fuerza, como si vaciarse de esperma le doliera. En el sexo ardía una flor. Cuando pudo ver, notó que la mujer no estaba. Bajó de la mesa y fue hacia lo que suponía el cuarto. Frente al espejo de cuerpo completo se vio y no se asombró al notar que se había convertido en ella, en la muchacha, completamente.
	Fue hasta el comedor y recogió la minúscula prenda, que se puso de nuevo. Tomó la bata (qué raro, también habían desaparecido los pantalones, la camisa, la ropa masculina) y la deslizó sobre su cuerpo.
	En ese momento vio por la ventana a un hombre joven, cuya ropa le gustaba, cuyo ser le atraía, que venía rumbo a su casa. Se acomodó los cabellos. Oyó el toquido en la puerta y fue con rapidez a abrir…

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 175. Construcción. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding

                        
Polvo del camino/ 175

                            Apuntes de oído/ 14
                                Construcción
                          Héctor Cortés Mandujano

                                                  Quién fuera ruiseñor.
                                        Quién fuera Lennon y McCartney,
                                   Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque…

                                                      Silvio Rodríguez, 
                                             en su canción “Quién fuera”


No uso el título de esta columna por cómo se llama la canción que comentaré, sino porque ésta, “Construcción”, de Chico Buarque, propone en sí misma de-construir y construir la historia con sólo algunos cambios en las palabras. “Construcción”, pues, es al mismo tiempo una construcción rítmica, de creativa versificación.
	Chico Buarque (Río de Janeiro, 1944) es poeta, cantante, compositor, dramaturgo y novelista brasileño. Ha publicado nueve novelas, han sido representadas por los menos seis de sus obras de teatro y ha grabado una cuarentena de discos. Sabe lo que hace con las palabras. 
         Varias de sus canciones han sido traducidas al español y grabadas por muchos intérpretes (Ana Belén, Jairo, Mercedes Sosa, Fito Páez, Soledad Bravo, Nacha Guevara, etcétera). El grabó, incluso, un disco en español (Chico Buarque en español, 1982), lleno de maravillas, donde se halla la canción a que hago referencia.
         En “Construcción” cuenta la historia de un albañil que hace el amor con su esposa en la noche, en la mañana besa a sus hijos y a su mujer, va hacia la construcción donde trabaja (se infiere que es un edificio), come, se emborracha, tropieza y cae hasta el pavimento de la calle, donde muere. El qué (la historia), como dicen los manuales de la literatura, no importa tanto como el cómo (es decir, la forma, la manera en que se cuenta) y en eso Chicho Buarque hace gala de virtuosismo.
          La canción repite la historia tres veces, pero cambia la última palabra de los versos, de modo que es la misma y es distinta. Pongo como ejemplo la segunda estrofa, que dice en la primera pasada: “Subió a la construcción como si fuese máquina, alzó en el balcón cuatro paredes sólidas, ladrillo con ladrillo en un diseño mágico, sus ojos embotados de cemento y lágrimas”; en la segunda dice: “Subió a la construcción como si fuese sólida, alzó en el balcón cuatro paredes mágicas, ladrillo con ladrillo en un diseño lógico, sus ojos embotados de cemento y tránsito”; en la tercera entremezcla versos, con un coro que también agrega elementos nuevos a las frases: “Alzó en el balcón cuatro paredes fláccidas” ...
          Daniel Viglietti (en Trópicos, de 1974) sigue la versión de Chico Buarque, cuyo arreglo musical es una bossa nova; Fito Páez (en Canciones para aliens, 2011) propone una orquestación distinta, con acentos en los violines, aunque agrega en el final de la canción un fragmento de otra, “Dios le pague”, de Chico (lo hace Buarque en su versión original). Hay otras versiones. La que me parece insuperable es la de Nacha Guevara (en Aquí estoy, de 1981), que se concentra sólo en esta gran canción y no agrega el fragmento de la otra: arranca con un piano que suena a premonición trágica y su coro agrega en un mismo verso varias opciones; pongo como ejemplo, en la tercera pasada: “Y atravesó la calle con su paso lógico, lúcido, tímido”.
            En todas las versiones, sin embargo, tropieza (como si fuera alcohólico, como si fuera un pájaro, cual si oyese música), cae y muere. La canción, en este caso, es sensibilidad e inteligencia, es decir, corazón y cerebro…



Ilustración: Alejandro Nudding
Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 174. El insondable misterio de una cama revuelta. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                          Polvo del camino/ 174
              El insondable misterio de una cama revuelta
                      Héctor Cortés Mandujano

¿Estamos enamorados 
o sólo estamos en celo?
¿Lo nuestro es un encharcado
o estamos tocando el cielo?

¿Me lo ha dicho tu boca
o tal vez lo he pensado yo?
¿Seremos como la roca
o como agua del arroyo?

¿Me amas como te amo?
¿Te podré dar lo que me das?
¿Soy tu esclavo, soy tu amo?
¿Es este el final o habrá más?

[Dicen los tratados sobre versificación que los versos octasílabos son los más fáciles de escribir. Y sí, escribí estos en un santiamén, sólo por jugar, después de leer al poeta argentino Baldomero Fernández Moreno, quien escribe versos románticos. También hice unos bisílabos jugando: “Nora besa como habla: rico.”]



Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com